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Sócrates: El Amor al Conocimiento y la Sabiduría, Exámenes de Filosofía

Este documento explora la figura y la filosofía de Sócrates, el famoso filósofo griego que buscaba el conocimiento y la sabiduría. El texto aborda la confusión y la pérdida de crédito de la filosofía en los tiempos modernos y posmodernos, y cómo Sócrates, a pesar de ser un ignorante, buscaba superarla. Además, se discute la relación entre el conocimiento y la sabiduría, y cómo Sócrates enseñaba a reflexionar y a buscar la verdad en la práctica de la vida. El texto también incluye paralelismos entre Sócrates y filósofos como Kant.

Tipo: Exámenes

2021/2022

Subido el 10/10/2022

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TIEMPO 66 CARIÁTIDE
I
En los aciagos tiempos de confusión que vivimos la
filosofía ha venido perdiendo crédito y frecuentemente es
atacada, o bien tratada como una mercancía devaluada que
ya no tiene la menor importancia para la vida del hombre
actual, el cual —según se dice— ya no es solamente un hom-
bre que vive el final de la modernidad, sino que está a la vez
con el pie en el umbral de una época que significa el fondo
de la decadencia: la posmodernidad.
Ciertamente, tales actitudes hacia la filosofía se observan
por lo general en personas que no la entienden, que tienen
sólo unas nociones vagas de ella y, por lo mismo, equivoca-
das. Lo que no puede menos que causar inquietud es que el
menosprecio hacia la filosofía provenga también de intelec-
tuales y escritores de renombre. Al parecer, lo que produce
desconcierto y desconfianza son las discusiones entre los
filósofos mismos, llevadas a cabo en tono presuntuoso y sec-
tario; o bien la abigarrada pluralidad de corrientes de pen-
samiento, escuelas y representantes, la oscuridad y multivo-
cidad de su lenguaje técnico, e incluso la personalidad de
algunos de ellos, afectos a extravagancias y desplantes de “al-
mas bellas”, como diría Hegel.
Amadeo Peralta Adame
N
OTAS SOBRE
SÓCRATES
Amadeo Peralta Adame es licenciado en
filosofia por la UNAM. Fue profesor de la Es-
cuela Nacional Preparatoria y de la Escuela
Normal Superior. En 1988 obtuvo el nombra-
miento de profesor-investigador en la Uni-
versidad Autónoma de Baja California Sur
(UABCS). Ha publicado diversos artículos de di-
vulgación. Fue jefe del Departamento de Hu-
manidades de la UABCS y actualmente es di-
rector general de Difusión Cultural y Extensión
Universitaria de la misma.
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I

En los aciagos tiempos de confusión que vivimos la filosofía ha venido perdiendo crédito y frecuentemente es atacada, o bien tratada como una mercancía devaluada que ya no tiene la menor importancia para la vida del hombre actual, el cual —según se dice— ya no es solamente un hom- bre que vive el final de la modernidad, sino que está a la vez con el pie en el umbral de una época que significa el fondo de la decadencia: la posmodernidad.

Ciertamente, tales actitudes hacia la filosofía se observan por lo general en personas que no la entienden, que tienen sólo unas nociones vagas de ella y, por lo mismo, equivoca- das. Lo que no puede menos que causar inquietud es que el menosprecio hacia la filosofía provenga también de intelec- tuales y escritores de renombre. Al parecer, lo que produce desconcierto y desconfianza son las discusiones entre los filósofos mismos, llevadas a cabo en tono presuntuoso y sec- tario; o bien la abigarrada pluralidad de corrientes de pen- samiento, escuelas y representantes, la oscuridad y multivo- cidad de su lenguaje técnico, e incluso la personalidad de algunos de ellos, afectos a extravagancias y desplantes de “al- mas bellas”, como diría Hegel.

Amadeo Peralta Adame

N

OTAS SOBRE

SÓCRATES

Amadeo Peralta Adame es licenciado en filosofia por la UNAM. Fue profesor de la Es- cuela Nacional Preparatoria y de la Escuela Normal Superior. En 1988 obtuvo el nombra- miento de profesor-investigador en la Uni- versidad Autónoma de Baja California Sur ( UABCS ). Ha publicado diversos artículos de di- vulgación. Fue jefe del Departamento de Hu- manidades de la UABCS y actualmente es di- rector general de Difusión Cultural y Extensión Universitaria de la misma.

través de veinticinco siglos; pero seremos malos y pobres herederos mientras vivamos desdeñando esa riqueza, ajenos, extraños o indiferentes a ella; mientras no seamos capaces de formarnos un juicio crítico para discernir y valorar lo que hay de circunstancial y perecedero y lo que hay de per- manente en cada corriente filosófica. Lo circunstancial y perecedero es, desde luego, la época en que vive cada pensa- dor, el contexto social y los diversos factores externos que influyen de diferentes modos en sus intereses intelectuales, en su evolución espiritual y en la forma que finalmente ésta adquiere en su conceptualización del mundo y de la vida. Lo que hay de permanente es aquello que su pensamiento tiene de interés para nosotros, aquello que repercute en nues- tra época, salvando el tiempo, los años, los siglos; aquello que aún nos hace vibrar, tanto las neuronas como las fibras del alma y puede quitarnos incluso el sueño.

La verdadera filosofía, entendida no tanto como un doctri- narismo, como enseñanza dogmática de escuela, sino en su significado clásico y originario, es el amor al conocimiento, el amor a la belleza de las ideas, tal como lo explica Dióti- ma a Sócrates en el Banquete de Platón (203e-204a). Diótima empieza por señalar que los dioses no filosofan ni desean hacerse sabios, pues ya lo son. Tampoco filosofa el que es sabio entre los hombres, pues no lo necesita. Pero hay hom- bres que siendo ignorantes tampoco filosofan ni desean ha- cerse sabios, porque tienen la ilusión de serlo. El que no cree estar falto de nada no siente deseo de lo que no cree necesitar. Por lo tanto, el verdadero filósofo es el que se en- cuentra entre los extremos: ni se tiene a sí mismo como un sabio, ni tampoco como un ignorante, sino como alguien que al menos tiene conciencia de su ignorancia y sabe que no sabe. Este es precisamente el papel que asume Sócrates.

Nacido en el año 470 a.C., Sócrates ejercía el oficio de es- cultor en su vida privada, al igual que su padre Sofronisco; pero en su actividad como filósofo decía que practicaba el arte de su madre Fenarete, que era partera. Sólo que Sócrates hacía dar a luz no a los cuerpos sino a los espíritus. A este arte le llamó mayéutica.

I I En sentido estricto, si la filosofía es un amor al conocimien- to, el filósofo es un ignorante, no sabe, pero se da cuenta de su ignorancia y trata de superarla. Ésta es la postura socrática de la docta ignorantia. En cambio, los que no saben, ni si- quiera saben que no saben y no se interesan por saber; pero

La historia de la filosofía occidental nos presenta un pano- rama rico en rendimientos filosóficos de lo más variado, in- teresante y sugestivo. Parafraseando a Fichte, podemos de- cir que hay formas de pensamiento filosófico adecuadas para cada temperamento, lo mismo para el hombre contemplativo que para el de acción o para el emocional y sensitivo. Somos herederos de una riqueza cultural y espiritual acumulada a

za nada sin un previo examen racional. El oráculo délfico había declarado que Sócrates era el más sabio de los hom- bres. El significado de dicha sentencia consistía en que él se daba cuenta y reconocía que era un ignorante. Esto era lo que lo distinguía de los demás. Por eso declaraba con ironía: “Sólo sé, que no sé nada”. En cambio, los demás sabios de su tiempo no tenían conciencia de su ignorancia, y precisa-

mente por esto pecaban de dogmáticos. No sabían, pero hablaban como si supieran, con mucha seguridad, suficien- cia y autoridad. Asimismo, los ciudadanos con quienes Sócrates dialogaba, pretendían saber, creían conocer lo que en realidad ignoraban. Como no sabían que eran ignoran- tes, pensaban que eran sabios.

Desde luego que Sócrates no se planteaba el problema del conocimiento en una forma puramente abstracta, como una

cuestión especial, desvinculada de su relación con la vida hu- mana. Todo lo contrario; su interés estuvo centrado —con- centrado— en el hombre, en los asuntos humanos, en lo que es digno de ser conocido por el hombre para vivir como hombre. El conocer, el saber, no puede estar desconectado de la vida. Por eso es que, según Sócrates, una vida sin exa- men no es vida. Su misión como filósofo estaba formulada en la exhortación “conócete a ti mismo”, inscrita en el tem- plo de Delfos.

I I I La filosofía, en el sentido en que Sócrates la entendió, es un amor a la sabiduría. El concepto de sabiduría ( phrónesis ) debe distinguirse del concepto de conocimiento, entendido como un saber puramente teórico, que busca penetrar en la esen- cia o naturaleza de las cosas ( episteme ). La sabiduría es una forma de saber que incide directamente sobre la vida huma- na, sobre el problema fundamental de cómo se debe vivir. La sabiduría tiene que ver con el problema de los valores y de los fines, sobre lo que es digno de aprecio para todos, y, por lo mismo, a todos debe interesar. Ésta es la forma de saber que importaba a Sócrates, a diferencia del conocimien- to teórico de los filósofos presocráticos, que se expresaba en los más variados sistemas cosmológicos, en los que expli- caban el proceso de la formación del universo a partir de una materia o de una multiplicidad de elementos materiales eternos.

Sócrates enseñaba a reflexionar y a buscar la verdad en el terreno de la praxis, de la vida social y política. Se dice que fue el fundador de la ética, esto es, de la disciplina filosófica que indaga sobre los valores morales, como la justicia, el bien, la piedad, la amistad, el amor, la felicidad, la pruden- cia, y sobre la forma de conducta que conduce a la realiza- ción de dichos valores. Por eso decía: “el caso es que los campos y los árboles no quieren enseñarme nada, pero sí, en cambio, los hombres de la ciudad” ( Fedro , 230d). Desde luego que Sócrates no fue un moralista por el estilo de otros grandes, como los chinos Confucio y Lao-Tsé, o los profe- tas hebreos. Es decir, no pretendía ser un conocedor del bien como un valor absoluto, que debe ser enseñado por adoc- trinamiento. No fue tampoco un indignado predicador de sermones, que hubiese estado inspirado por una revelación religiosa. Ciertamente, él creía que era asistido por su daimon , pero este demonio no le exhortaba a actuar, sino que era un poder inhibidor, le advertía sobre los riesgos de actuar en un sentido determinado. Más tarde se interpretó el daimon

socrático como la voz de la conciencia, o como un sexto sentido instintivo que le preservaba de caer en errores. Sin embargo, su enseñanza central es que los errores se cometen por ignorancia.

He aquí su idea, su tesis fundamental: la virtud es conoci- miento. Esto puede interpretarse en el sentido de que sólo el conocimiento del verdadero bien puede ser una guía se- gura de la acción. Conocimiento es aquí conocimiento de un valor, conocimiento práctico. Si logramos obtenerlo, será una base legítima para el buen vivir digno del hombre. Sin embargo, si le preguntaban a Sócrates por el conocimiento del bien, él confesaba que no sabía la respuesta exacta y era consciente de su ignorancia. Por eso incitaba a todos a exa- minarse a sí mismos. Él se daba cuenta de que cuando la voluntad se dirige hacia una meta, un objeto, es porque la inteligencia lo interpreta como un bien y le representa la utilidad, el placer o el mérito que podría alcanzar. Pero si se suprime o cambia la interpretación de la inteligencia, des- aparece o cambia el acto voluntario. Sócrates pensaba que el hombre se comporta mal porque es ignorante, es decir, por- que su inteligencia interpreta erróneamente y cree ver el bien donde en realidad no existe, o considera como bueno algo que en verdad no lo es. Éste es el tema que trata en el diálo- go Menón. Se dedica entonces a interrogar a sus conciuda- danos para hacerles conscientes de su ignorancia, para des- arraigar de su mente los prejuicios, las opiniones infundadas, los malos entendidos.

I V La tarea que Sócrates emprendió de incitar a los atenienses al examen de sí mismos dio un nuevo giro al pensamiento filosófico. El mismo Sócrates, al parecer, creía vivir consa- grado a una misión que el dios de Delfos le había encomen- dado. En el frontispicio del templo de Delfos estaba inscrita la famosa sentencia: Conócete a ti mismo. Pero eso era todo. El dios no enseñaba nada más. Sólo invitaba al hombre a conocerse. ¿Cuál es la verdad sobre el hombre? ¿Qué es el hombre? ¿En qué consiste ser hombre? El médico es hom- bre, el zapatero es hombre, el poeta es hombre. Todos lo son porque tienen un alma. He aquí lo que realmente importa. El cuidado del alma, la salud del alma, la formación y el carácter del alma. ¿En manos de quién pondremos esa deli- cada tarea? Tradicionalmente, los grandes poetas eran la fuen- te de las enseñanzas con que se instruía a los pueblos. En Grecia, Homero y Hesíodo fueron los primeros grandes educadores. Establecieron una sólida tradición, a tal grado

que Platón se mantiene en permanente confrontación con sus enseñanzas.

Sin embargo, como he señalado ya, había surgido una for- ma nueva de interpretación del mundo en la Grecia jónica y en otras colonias, que se basaba en el logos , en la razón, si bien se trataba de una razón con una excesiva confianza en sí misma, que la llevó a expresarse en diversos sistemas cosmológicos. El pensamiento filosófico naturalista había descubierto que todo el orden de las cosas es una unidad, surge de una unidad y retorna a esa unidad, que es una sus- tancia material y eterna, o bien una pluralidad de sustan- cias, por ejemplo los átomos de Demócrito. Toda multipli- cidad es multiplicidad de una unidad, y toda unidad es unidad de lo múltiple. En esto concordaban Parménides y Heráclito, aunque diferían en cuanto al valor que atribuían a lo uno y a lo múltiple.

A mediados del siglo V a. C. surgió una generación de pen- sadores, los llamados sofistas, que abrieron una época de skepsis , de crítica, de cuestionamientos que, en el fondo, res- pondían al anhelo de encontrar las bases del conocimiento. Se preguntaron por la verdad, por el criterio de la verdad, por las formas del saber, por el origen del lenguaje, por el origen de las leyes y de la religión. Para todo tenían respues- tas, pero sabían que tales respuestas no podían pretender tener una validez absoluta. Se ganaban la vida como educa- dores, impartiendo sus enseñanzas a la juventud dorada de Atenas, sobre todo. Crearon la gramática, la retórica, la ló- gica o arte de la dialéctica. Enseñaban a la juventud a pensar bien y a expresarse bien, tanto por escrito como ante el pú- blico, en una asamblea o ante un jurado.

Sócrates no se explica sin el ambiente cultural que crearon los filósofos naturalistas y los sofistas, con quienes sin duda estuvo bien relacionado. Con frecuencia se menciona el he- cho de que el comediógrafo Aristófanes, en su obra Las nu- bes , presenta a Sócrates bajo la figura de un sofista. Obvia- mente, un personaje como Sócrates, que asegura no saber nada y que constantemente pregunta a los demás y los in- duce al examen, sin tener en cuenta la tradición o la opi- nión de la mayoría, tenía que haber recorrido intelectual- mente los caminos que habían abierto los pensadores de su época, hasta descubrir el significado profundo del conócete a ti mismo como un examen racional de las opiniones here- dadas de la tradición y de las creencias y prejuicios que nor- malmente guían la conducta de la gente.

como la areté (excelencia) significaba aquella cualidad del médico o del general que los califica como buenos o virtuo- sos, asimismo todo hombre, en cuanto tal, debe ser capaz de alcanzar la virtud propia de su naturaleza de hombre. Ahora bien, esta naturaleza está definida por el alma ( psyché ), cuya composición comprendía una parte irracional y una parte racional, que para Sócrates es la más importante. En el curso de la vida el hombre vive en permanente lucha con- sigo mismo, porque en su interior hay fuerzas que lo atraen hacia todo tipo de objetos, como el placer, o las riquezas, el poder, la fama. Pero en cuanto está dotado de la capacidad de examen racional, tiene que tratar de vivir conforme a las luces de la razón y discernir, por ejemplo, si acaso no hay placeres buenos y placeres malos, o si las riquezas, digamos en exceso, no son más un mal que un bien para quien las posee. Por eso enseñaba Sócrates que una vida sin examen no es vida.

V I Sócrates era perfectamente consciente de que el conocimien- to es una condición previa de la areté (virtud). Es decir, la virtud supone la ciencia, pero no se reduce por completo a la ciencia. El puro conocimiento no es suficiente. El condu- cirse como hombre no depende sólo de la inteligencia, diga- mos de la capacidad de razonar de cada persona. Los actos de intelección hacen posible la captación de los conceptos. Sócrates practica la epagogé (comparación inductiva), pro- cura descubrir en las cosas los rasgos comunes que se pue- den sintetizar en la unidad de su concepto, y luego trata de formular la definición correspondiente. Pero este trabajo lógico lo realiza no como un ejercicio ocioso, divorciado de la vida, sino en vista de un interés más profundo, a saber, el de lograr un concepto verdadero de la virtud, saber qué es la verdadera virtud o qué es en verdad la virtud.

Desde luego que el ejercicio del intelecto, el esfuerzo que despliega en la búsqueda de la verdad y su habilidad en evi- tar la ilusión del engaño, también podemos decir que es una virtud. Por eso fue que, más tarde, Aristóteles trató amplia- mente de las virtudes dianoéticas (intelectuales), además de las virtudes éticas. Pero lo que interesaba a Sócrates eran estas últimas. Además, también se daba cuenta de que la posesión de conocimientos no garantiza por sí la areté hu- mana. Es perfectamente posible que haya hombres muy sa- bios, pero también muy perversos. El diálogo Hipias menor está consagrado al examen de este asunto.

Para Sócrates la virtud es conocimiento, porque sólo por el proceso cognoscitivo puedo identificar el bien general. Pero ésta es una mera posibilidad, que Sócrates no se cansa de señalar. Así es como la mantiene, a manera de una hipótesis: es posible, para el hombre como ser pensante, el conoci- miento del bien. Supuesto ese conocimiento, es natural de- sear el bien así conocido. También se supone que el bien es algo útil, en el sentido de provechoso, benéfico, que hace feliz al hombre. En cambio, la ignorancia del bien nos pone en el riesgo de confundir lo bueno con lo malo, y viceversa, y ello le reportará a la persona un daño, le hará miserable e infeliz. Es de experiencia común que la gente, en todo tiem- po, siempre busca el placer, la salud, la fuerza, la belleza, las riquezas, el poder. Sócrates lo reconoce. Sólo advierte que la adquisición de cosas buenas debe procurarse “acompañada de justicia”; que hay que darles un “uso correcto”, y final- mente señala que “todo para el hombre depende del alma, mientras que lo que es relativo al alma misma depende del discernimiento para ser bueno” ( Menón , 79a, 88a, 89a).

En la investigación que Sócrates emprende sobre el concep- to de la virtud, dialogando con Menón, reconoce su igno- rancia. Menón compara a Sócrates con el pez torpedo, que entumece al que se le acerca y le toca, y declara: “Miles de veces he pronunciado innumerables discursos sobre la vir- tud, también delante de muchas personas, y lo he hecho bien, por lo menos así me parecía. Pero ahora, por el con- trario, ni siquiera puedo decir qué es”. A lo cual contesta Sócrates: “En cuanto a mí, si el torpedo, estando él entorpe- cido, hace al mismo tiempo que los demás se entorpezcan, entonces le asemejo; y si no es así, no. En efecto, no es que no teniendo yo problemas, problematice sin embargo a los demás, sino que estando yo totalmente problematizado, tam- bién hago que lo estén los demás” ( Menón , 80b-c).

Su propósito era suscitar inquietud, incitar a las personas a aclararse sus creencias y opiniones, haciéndoles conscien- tes de la gran responsabilidad que tienen de cuidar su alma y de tomar sus propias decisiones. La consecuencia de las enseñanzas de Sócrates no podía ser más que la autono- mía moral.•

Nota Los pasajes citados de los Diálogos de Platón han sido tomados de las traducciones que la editorial Gredos publicó en su Biblioteca Clásica.