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Asignatura: Paleografía y Diplomática, Epigrafía y Numismática, Profesor: , Carrera: Historia, Universidad: UCM
Tipo: Apuntes
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(Versión junio 2012)
Por: Prof. Dr. Rafael Feria y Pérez
Se puede decir de forma muy general que dinero es "lo que cumple con esta función” dentro de una sociedad o, lo que es lo mismo, lo que los hombres hacemos que haga de dinero en nuestro entorno. Lo cual no significa que lo sea en todo el mundo a la misma vez y a lo largo del tiempo. Hoy en día, y si se hace la pregunta ¿qué es dinero?, se nos hablará, con toda seguridad, de monedas, billetes de banco, depósitos bancarios, tarjetas de débito, e incluso de las tarjetas de prepago.
El filósofo Platón, hablando de las relaciones económicas humanas y la función de la moneda, dice: 1 "En lo que concierne las relaciones económicas internas (del Estado), ¿de qué modo los ciudadanos se canjearán los productos de su trabajo? Pues precisamente en vista de ello nos hemos reunido en sociedad y hemos fundado un Estado, vendiendo y comprando... Por lo tanto, es necesario un mercado o una moneda corriente que, para facilitar los canjes, pueda ser usada como símbolo". Para Aristóteles, la moneda, como medida de las cosas, las iguala haciéndolas conmensurables. También la considera como garantía de futuros canjes.
Para no perdernos en ideas abstractas vamos a establecer de aquí en adelante que dinero es aquello que sirve para pagar un servicio o la compra de un bien, y que el dinero es parte de la riqueza de un individuo junto con el resto de bienes que posee, los cuales no son dinero, aunque en un momento dado se pueden convertir en éste a través de su venta. Así mismo, es necesario tener en cuenta que las funciones más importantes del dinero son: 1/ servir de medio de pago o de intermediario en los intercambios; 2/ ser patrón de referencia o medida de valor de las cosas o de los servicios; y, finalmente, 3/ ser una forma de atesoramiento, de reserva de valor o poder de compra para el futuro. Todas estas funciones, que son imprescindibles con carácter general para que se pueda hablar de dinero, no se muestran de igual manera en los diferentes momentos de la Historia o ante culturas que lo contemplan más desde el punto de vista simbólico, para lo que también tendrá que cumplir ese dinero con una
(^1) PLATÓN, República, II, 12,
serie de requisitos. Pudiera ocurrir, como nos sugiere Karl Polanyi 2 , que una cultura hubiera utilizado un tipo de dinero como medio de pago interno, otro para ahorrar o acumular riqueza, otro más como patrón de referencia o como unidad contable a la hora de preparar los presupuestos de la administración pública y, finalmente, un último dinero para el comercio externo, recayendo las deferentes funciones en distintos objetos simbólicos. Tampoco debemos olvidar que los economistas hablan de diferentes monedas, más allá de la metálica y en paralelo a ésta, que representa una mínima parte del dinero en circulación, incluso en pleno auge del patrón oro, como son las monedas de crédito, de descuento, etc.
Todas estas funciones, que son imprescindibles para que se pueda hablar de dinero, no se muestran de igual manera en los diferentes momentos de la Historia, para lo que, como ya se ha dicho, tendrá que cumplir con los requisitos que veremos a continuación. En cuanto a la primera función que tiene como medio de pago, se suele distinguir perfectamente ésta de la de medio de cambio. La obligación de atender un pago nos puede ser impuesta a causa de una deuda, un tributo, una multa, etc., y el "dinero" para cancelar esa obligación lo prescribirá el acreedor, independientemente de que haya o no un acuerdo previo. Esto sin duda ayudó a utilizar el dinero y difundir su uso. En la antigüedad, las leyes se solían exponer a la contemplación pública sobre estelas, como el código de Hammurabi^3 , haciendo publicidad las penas o multas que conllevaban las faltas o delitos que se pudieran cometerse. En cuanto a la función de intermediación del dinero, hay que partir del hecho de que lo que sea designado por nosotros para servir como tal deberá ser aceptado por todos los demás implicados, ya que, si no lo es, no tendría esta primera característica y, como consecuencia, no sería dinero. Es decir, debe ser reconocible como tal. En una sociedad en la que algo no hubiera sido aceptado por todos como medio de intercambio, sería muy complicado el realizar transacciones con bienes o servicios, ya que lo que nosotros podríamos ofrecer a cambio de lo que buscamos, o no le interesa en ese momento al contrario, o pudiera valer más o menos que lo que pretendemos obtener con el trueque, con lo que el intercambio nos resultaría muy complicado o definitivamente imposible. Por tanto, nuestro dinero también tendrá que ser útil y oportuno , siendo su valor intrínseco, o el que se le pueda haber otorgado, adecuado al nivel económico de la operación.
Se puede concluir, por tanto, que el dinero al ser transportable e intercambiable cumple una función importantísima facilitando las relaciones humanas y que se trata, asimismo, de una convención social estrechamente ligada a la existencia misma de una sociedad determinada, dado que aquello que es aceptado por un grupo humano como dinero, puede ser rechazado por otro no conectado con éste por lazos culturales, económicos o de dependencia. También se puede concluir que la vigencia de algo que es dinero está sujeto al tiempo y al entorno en el que ha sido concebido o extendido su uso. Además de otros muchos aspectos, también hay que tener en (^2) POLANYI, K, 1994. El sustento del hombre, Barcelona. En el capítulo 9, titulado
"Objetos y usos del dinero". Así mismo, en la página 177, se refiere al dinero como un sistema semántico similar al lenguaje, la escritura, los pesos y las medidas. (^3) Estela donde se hallan grabadas las 282 leyes del Código de Hammurabi. En la parte
superior el rey Hammurabi (1790-1750? a.C.), recibe las leyes de manos del dios Shamash. La estela fue encontrada en Susa, a donde fue llevada como botín de guerra en el año 1200 a.C. por el rey de Elam Shutruk-Nakhunte. Actualmente se conserva en el Museo del Louvre (París). La mayoría de las penas que aparecen en el código son pecuniarias (multas), aunque también existe pena de mutilación e incluso pena de muerte. En algunos casos la ley opta por aplicar talión, es decir, hacer al agresor lo mismo que él hizo a su víctima siempre que ambos sean de la misma "categoría".
Los métodos de pago con los que las diferentes culturas se iban dotando, ya sea por propio desarrollo o por importación, servían mientras que no se sobrepasarán los limites dentro de los cuales debían funcionar. Como el comercio se extendió más allá de las áreas de influencia, se hizo lenta y antieconómica la utilización de cereales y, en especial, los metales en estado bruto, dado que los mercaderes antes del intercambio debían comprobar la pureza y la cantidad del metal que se les estaba entregando en pago, es decir, pesarlo y ensayarlo. Diferentes formas de dinero adoptadas que no guardaban necesariamente una relación previa en el tiempo con la aparición de la moneda metálica; siendo simplemente modelos alternativos de patrones de intercambio que tuvieron menos éxito y no evolucionaron, aunque algunos de ellos todavía se sigan usando en diversas zonas del planeta.
Para agilizar las transacciones se empezaron a utilizar piezas metálicas con formas determinadas, a menudo recordando el objeto al que en un principio equivalía su valor, como son las grandes masas de bronce micénicas en forma de piel de vacuno, con el valor de un talento y 29 Kg. de peso, que era en teoría los podía cargar un hombre. Así mismo, objetos que en un principio tenían valor en sí mismos (por tener una utilidad dentro de las más importantes actividades humanas, siendo, además, de metal y teniendo, por tanto, un valor "económico"), pierden esa faceta práctica y, aún sin perder su apariencia externa, pasan a ser patrones de cuenta y darán nombre, en numerosos casos, a las monedas que siglos después irían surgiendo. Esto es lo que pasó, por ejemplo, con la Dracma y su divisor el Óbolo (denominaciones que fueron posteriormente utilizadas como monedas en el mundo griego), que en época premonetaria micénica la relación existente entre ellos era la que había entre un óbolo - fina varilla o asador de metal usada como moneda- y la cantidad de éstas que cabían en una mano cerrada o puñado -"drax" en Griego-, quedando ésta establecida en 6 óbolos = 1 dracma.
En el ámbito mesopotámico, con la cultura sumeria al frente, surgieron numerosos sistemas de cuenta que hacían de patrón en los intercambios comerciales y administración contable. La utilización de uno u otro ya dependía más de cuestiones políticas que de las comerciales, dado que se adoptaban en función de qué ciudad o pueblo ejercía su hegemonía sobre los otros en un momento dado. Así mismo, se fueron buscando equivalencias entre los patrones al uso, aumentando de esta manera la complejidad de los contactos e intensificándose los problemas a los que tenía que hacer frente el usuario, por el hecho ya comentado de que era costumbre el comprobar la bondad del metal en cada mercadeo. Talento, mina, siclo, modio, etcétera, son nombres habituales en los textos de la antigüedad y hacen referencia a patrones de peso que, a su vez, eran el punto de referencia para el dinero circulante, lo cual no implica que llegaran a tener una existencia física.
La forma que adopta el dinero en esta etapa premonetaria era de lo más variada, respondiendo más a las tradiciones o a la costumbre que a necesidades prácticas. Por una parte estaban, como ya se ha dicho, la que asemejaba a la pieza a la que equivalía en un principio: hachuelas del mundo precolombino, óbolos y trípodes greco-micénicos (también utilizados para el pago de multas y como trofeos en competiciones), anillos o shaty en Egipto, etc. En el mundo oriental existieron piezas con forma de espada o
puñal y que recibieron en China el nombre de Tao. Por otra parte, existieron pesos ponderales utilizados directamente como dinero que tomaban en la mayoría de las ocasiones formas animales (leones, aves, etc), geométricas (cubos, esferas, etc.) o simplemente de lingote.
A pesar de que hemos estado hablando hasta ahora de sistemas premonetarios metálicos, ya hemos adelantado que, en muchas áreas del mundo, se desarrollaron otros sistemas muy interesantes basados en aquello que tenían más a mano, o, por el contrario, que costaba mucho de obtener o de traer desde lejanas tierras, y que desempeñaban mejor aquellas funciones que debían cumplir los objetos llamados a hacer de dinero. En grandes áreas de África, Asia y Oceanía, lo que funcionó como moneda hasta tiempos recientes fue la concha llamada Caorí, (también cauri, científicamente, Cypraea Moneta ); a las mujeres se las llegaba a valorar en caoríes, siendo utilizada también en los adornos rituales. Así mismo, y hasta comienzos de la colonización española, muchas de las culturas precolombinas hicieron uso de plumas de aves exóticas, como el quetzal, o de la almendra del cacao. También en Asia, y casi hasta nuestros días, se manejaron placas de té prensado que incluían, para su mejor manejo y división, marcas formando hendiduras longitudinales y transversales, al estilo de las que muestran nuestras tabletas de chocolate. También en muchas zonas, fundamentalmente desérticas, y a pesar de conocer otros sistemas premonetarios e incluso la moneda, continuaron usando la sal -fundamentalmente de roca- como patrón y objeto de intercambio. Otra explicación puede buscársele a los Fen (fae) , las grandes "ruedas de molino" de piedra de la isla de Yap, en Polinesia; ya que, aunque tradicionalmente son llamadas monedas, su función era más la de demostración de fuerza, prestigio y riqueza, que para ser intercambiadas en las relaciones comerciales, teniendo su uso y posesión una importante vinculación con el ámbito de lo sagrado.
Los sistemas dinerarios alternativos, en especial los basados en los metales y sus equivalencias, hubieran sido válidos si no fuera porque el hombre no es perfecto y rápidamente se empezaron a hacer piezas con aleaciones defectuosas o faltas de peso. Estas circunstancias debieron ser subsanadas, en gran medida, por el pesaje y ensaye del metal y con la adopción de unos patrones fijos y reconocidos por todos. A través de éstos, los poderes públicos se aseguraban, en parte, la confianza de los mercados en su sistema y el control sobre sus áreas de influencia.
La invención de la moneda legal, entendida como el uso de piezas de metal, peso, valor y figura estandarizados y garantizados (o impuestos) por el Estado, es decir, por el poder emisor, tiene dos grandes tradiciones. Una, que es la que aquí trataremos en extensión, se sitúa en las poblaciones griegas de las costas del Asia Menor, entre el fin del siglo VII y el inicio del VI a.C.; la otra se inició en el lejano Oriente, concretamente en el norte de China^5 , entre el final del siglo VI a.C. y el V a.C. La necesidad de contar con unos bienes para el intercambio, de un valor y peso razonables, impulsó la adopción y utilización de pequeñas piezas de metal de forma almendroide; apariencia que vendrá dada por el vertido del metal en moldes después de la fundición. A mediados del siglo VII a.C. se empezaron a plasmar unas marcas o figuras en relación con el lugar de origen de la pieza y como garantía de que había existido un control del peso y de la ley que se suponía que ésta debía tener legalmente.
(^5) THIERRY, F., 1992. Monnaies de Chine, París.
palabra latina “moneta”, que, a su vez, se toma del templo de Juno Moneta 8 (Juno “la avisadora”) en Roma, debido a que el taller donde se acuñaban oficialmente las “nomismas” romanas estaba situado anejo a ese templo, y se encontraba bajo su protección. Por su parte, y frente a la pieza metálica o moneta, los romanos también hablaban de “pecunia” (del latín pecus , que significa "rebaño" o "ganado"), término referido al concepto de dinero y que nos remite a un tiempo pasado y de existencia de un comercio en especie.
La moneda, como hoy la concebimos, acababa de nacer, pero incluso en estos primeros momentos, ya debía cumplir una serie de requisitos y mostrar unas características que también son descritas por San Isidoro en sus citadas "Etimologías" 9 : " 12. In nomismate tria quaeruntur: metallum, figura et pondus; si ex his aliquid defuerit, nomisma non erit"; la traducción sería que, para que se pueda hablar de moneda, deben estar presentes tres elementos fundamentales, como son el metal, la figura y el peso. Si alguno de éstos falta, no se puede hablar de moneda. Veamos brevemente y por separado cada uno de estos elementos fundamentales que debe tener una pieza para ser considerada moneda:
EL METAL. La validez de la moneda a lo largo de su historia, y hasta hace muy poco tiempo, venía dada por la materia con el cual se había acuñado, de cuya calidad y proporción dependía el valor intrínseco de la misma. Este valor era marcado por la ley de la oferta y la demanda en relación con ese metal, tratándose de que siempre el valor extrínseco^10 (también llamado modernamente facial) fuera mayor que el del metal que contenía la moneda, pero sin llegar a grandes diferencias que obligaran a rebajarlo.
La fabricación de monedas precisaba (y sigue precisando) de sendas acciones convergentes que se debían cuidar por igual: por una parte, el desarrollo y dominio de una técnica que permitiera plasmar la figura sobre el trozo de metal, y, por otra, la búsqueda, extracción, transporte, refinado, aleación y final obtención del metal monetario preciso que, siendo vertido en un molde, nos permitiera conseguir dicha pieza de metálica, es decir, el flan o cospel. Recordemos que en época premonetaria el hierro, el cobre y el bronce gozaban de una gran estimación que venía determinada por la dificultad en obtenerlos y producirlos; luego, el oro y la plata, pasarán a protagonizar la elaboración de los cospeles 11 en aleación con los anteriores metales, en búsqueda de una mayor resistencia frente al desgaste y los elementos. Así mismo, era también muy importante el poder disponer de un método fiable con el que controlar la bondad y exactitud de la aleación: a la acción de comprobar la ley o pureza de un metal se la
(^8) Construido el año 344 a.C. en la colina del Capitolio. A Juno Moneta, que era la reina del cielo y diosa de la luz, se le atribuía el haber salvado a Roma de la invasión gala del 390 a.C. Como Juno Regina, formaba parte de la Tríada Capitolina junto a Júpiter y a Minerva; era hija de Saturno y hermana y esposa de Júpiter. En el reinado de Domiciano, los talleres de la ceca de Roma se trasladaron a unas instalaciones en el Monte Celio, donde hoy se encuentra la basílica de San Clemente. Por su parte, donde se encontraba el templo de Juno Moneta, se levantó, durante la Edad Media, la basílica de Santa María en Aracoeli. (^9) Ibidem, párrafo 12. (^10) El resultado de sumar al valor intrínseco los costes de fabricación y el lucro o
beneficio que obtiene con la operación el poder emisor gracias a su derecho de señoreaje. (^11) Cospel, disco metálico de ley, peso y dimensiones concretas, que, una vez acuñado,
constituye la moneda.
denomina ensaye^12_._ Hasta la incorporación de nuestro país al sistema métrico decimal, se decía que el oro puro era el de 24 quilates , mientras que para la plata se hablaba de la de 12 dineros. En la actualidad, ambos metales son referenciados en milésimas (999, 925, 750, etc.), aunque en el caso del oro todavía está muy extendido el uso de los quilates : 24kt, 18kt (el denominado oro de ley), 14kt (oro americano), etc. Es importante darse cuenta de que la ley no nos indica la cantidad de metal noble, sino su pureza o tanto por ciento de presencia dentro del peso total de la moneda de que se trate, que, a su vez, nos vendrá marcado por la talla, como más adelante veremos.
Los metales que a lo largo de la historia serán más utilizados en la acuñación son: oro, plata, electro (aleación natural de los anteriores), cobre, bronce (aleación de cobre y estaño), oricalco (cobre y zinc), vellón (aleación de plata y cobre donde la cantidad de ésta es muy pequeña), etc. En los últimos cien años, además de algunos de los anteriores, se han venido utilizando también el aluminio, níquel (al que se le achaca el provocar problemas de alergia cutánea), e incluso el acero, además de unas aleaciones especiales (cuproníquel, bronce-aluminio, etc.) que aseguran a la pieza resistencia, brillo y conductividad, pero cuyo valor es despreciable respecto al nominal y del cual éste último ya no depende para su función de intermediación en las transacciones. Con carácter general, podemos decir que en el mundo antiguo, la relación entre metales fue: 1 medida de oro = 13 1/3 de plata; 1 medida de plata = 120 de cobre.
LA FIGURA. Las formas externas son los elementos constitutivos de casi mayor trascendencia para los estudios históricos y para el coleccionista de monedas, ya que en la figura está representado el país o poder emisor que la manda acuñar y garantiza las características legales y el valor de las piezas. Tradicionalmente se ha dividido a la moneda en anverso y reverso, lo cual no significa que sea siempre sencillo saber a qué parte de la pieza en estudio corresponden estas denominaciones. Las monedas sin leyendas o inscripciones se llaman anepígrafas y, anónimas, las que no nos indican quién fue su emisor.
EL PESO. Algo básico para que la moneda pueda ejercer su función económica es que tenga la ley y la talla correctas que se le supone, que son indicadas por el poder emisor en la orden de fabricación (o en el correspondiente decreto de emisión ), y que nos son garantizadas con la plasmación sobre la pieza de sus marcas de origen y control. El peso de la pieza nos vendrá dado en función de la talla, y, la pureza del metal, por la ley. Es decir, conocemos el peso total de la moneda porque la talla nos indica la cantidad de veces en que se está dividiendo una unidad ponderal o de patrón (Kg.); por lo que para que una moneda tuviera talla exacta tenía que responder al peso que a la misma se le asignaba según la ley de emisión. Por ejemplo, "talla de 40 piezas en kilogramo" significa que la moneda debe pesar 25 grs. (40 x 25 grs. = 1.000 grs.). Mientras que en esa misma pieza, con una ley marcada de 900 milésimas (90 %), solamente tendremos 22.5 grs. de plata pura, el resto son otros metales que garantizan la dureza y los beneficios del emisor. Cuando la talla aumenta, disminuye el peso de la moneda, dado que al ser la unidad ponderal invariable (el citado kilogramo o el marco castellano ) ésta (^12) Con las técnicas de “copelación” para la plata o del “aguafuerte” y “cimiento” para el
oro. El método de ensaye más tradicional y sencillo, aunque menos preciso, es el de las “puntas o piedra de toque", consistente en frotar el metal a ensayar sobre una piedra negra de sílice, y hacer unas rayas junto al trazo de éste con unas varillas cuya composición exacta era conocida; es decir, se efectuaba por comparación cromática. Para más información consultar: CÓRDOBA DE LA LLAVE, R., 2009. Ciencia y técnica monetarias en la España Bajomedieval. Fundación Juanelo Turriano, Madrid.
tratará de hacer prevalecer su moneda sobre la del controlado, incluyendo toda serie datos o propaganda en su beneficio. Mecenas, el conocido y rico asesor de Augusto, le sugirió que debería tomarse en consideración la idea de que las ciudades (conquistadas o por someter) o por no deberían tener "sus propios" pesos, medidas y monedas, sino "las nuestras" 16.
En general, y hasta no hace mucho tiempo, ya se ha dicho que para que una moneda tuviera un valor reconocido por todos, debía de cumplir todos los requisitos que acabamos de ver. Una vez que era puesta en circulación mantenía una cierta "vida" propia, ya que, aunque desapareciera el gobierno o soberano que la había mandado acuñar o la unidad monetaria que expresaba, el valor del metal que contenía nunca se perdía. Igualmente, las monedas, para serlo plenamente, debían responder a una estructura de pesos y composiciones metálicas que las ponían en relación unas con otras, de manera que con ellas se pudiera componer una variada gama de precios con cierta comodidad, es decir, que en los primeros momentos de su historia, y hasta que no se completó la puesta en circulación de los diferentes valores que configuraron los conos o sistemas monetarios, no se podía hacer mucho con unas piezas que podían exceder en mucho el valor del objeto o servicio que se intentaba adquirir. Ahora bien, con el abandono en el siglo XX de los patrones monetarios basados en los metales preciosos, y la extensión y popularización del uso de los billetes bancarios, la utilidad de la moneda metálica pasará a depender totalmente del Poder emisor que le otorga su valor, y de las circunstancias políticas, económicas y financieras que mantendrán o matizarán en el tiempo su capacidad de intermediación. En este sentido, la moneda fiduciaria es mucho más vulnerable de cara a sufrir tensiones monetarias del tipo de una devaluación y "patologías" de carácter inflacionario, como más adelante veremos.
A la acción administrativa de crear un efecto bancario y reconocer oficialmente el valor de cambio y capacidad de circulación a un billete, se le denomina emisión , mientras que las monedas son rendidas y su poder de intermediación librado. Para unos autores, y sobre todo en referencia al pasado, la emisión es ese hecho "simple" de decidir la existencia de un valor, independientemente de que finalmente se ponga o no en circulación. Cuando los billetes salían de la imprenta careciendo de la firma del cajero, al hecho de añadírsela se le denominaba habilitación , sin la cual los efectos no podían ser puestos en circulación aunque estuvieran previamente emitidos.
En la actualidad, los billetes se imprimen ya con todos sus elementos completos. En un principio, no se sabe el número total de billetes que se pondrán en circulación durante el tiempo de vigencia del billete, sino que la cantidad se decide anualmente; por el contrario, con anterioridad se imprimía la tirada completa de un efecto, que era guardado en espera de su puesta o no en circulación. Así pues, se dice que se "emite un billete" cuando el Banco de España hace su apunte contable y lo pone en circulación; por ello, antes de esta operación administrativa, éste es únicamente un papel sin valor monetario, como por ejemplo, durante su transporte de la Real Casa de la Moneda a las cámaras acorazadas del Banco emisor.
(^16) DIÓN CASIO, 52.30.9. Hecho descrito en el siglo III d.C., pero situado en el 29 a.C.
La moneda metálica, en cambio, cuando sale de la Casa de Moneda ya vale lo que expresa, porque previamente ha sido rendida ante el correspondiente Tesoro público. En España, desde el Gobierno Provisional hasta 1982, se siguió la costumbre de reflejar en la fecha de la pieza el año de creación de la misma o aprobación del modelo y, dentro de la estrella de seis puntas^17 (a su vez también la marca de ceca de Madrid , aunque en 1982 la estrella se sustituyó por la antigua M coronada ), el de acuñación, que puede o no coincidir con el anterior. Como es de suponer, esta norma se siguió muy pocas veces a rajatabla, ya que hay ejemplos en los que una moneda se sigue acuñando en años posteriores sin variar el dígito de la estrella, o que se cambia cada año la fecha principal, aunque no se varíe el tipo de la pieza. En ocasiones, en la ley de emisión de una moneda, la fecha que ha de lucir la pieza es expresada como “milésima”.
En un principio, el Ministerio de Hacienda sólo podía atender la demanda de numerario de la sociedad española, y poner en circulación los diferentes valores de la unidad monetaria, en función de la disponibilidad real de metal precioso que en un momento dado tuviera en sus arcas; ya que éste era casi en sí mismo el valor de cambio del circulante. De igual manera, muy pocos bancos emisores se atrevían a poner en circulación billetes por una cifra muy superior al valor equivalente en metal que, en teoría, tenían o debían tener depositado en sus cajas fuertes, en espera de que el usuario demandara un posible canje. En este sentido es importante recordar que, inicialmente, los billetes de banco tenían carácter de pagaré al portador, estando el banco obligado a cambiarlos incluso por su valor en oro, si así lo demandaba el cliente, es decir, que tenían “convertibilidad”.
Hasta el establecimiento del Euro como Unidad Monetaria única dentro de la Unión Europea, y del Banco Central Europeo (BCE) como controlador máximo del mismo, los organismos oficiales encargados en España de la emisión y puesta en circulación de las monedas y los billetes han sido, tradicionalmente, la Dirección General del Tesoro (del Ministerio de Hacienda, actualmente dependiente del de Economía) y el Banco de España. El primero era el "propietario" de la moneda metálica, ya que el público es únicamente el usufructuario de la función de la misma. El segundo era quien respaldaba y otorgaba la validez al papel moneda, se encargaba de la distribución y control de ambos numerarios y, llegado el caso, de su retirada de la circulación. La Real Casa de la Moneda-FNMT, por su parte, ha sido por Ley la institución encargada de la acuñación de las monedas y, desde 1940, también de la impresión de los billetes españoles.
Ahora es el BCE y el Ecofin, pero hasta hace bien poco eran directamente nuestras autoridades monetarias quienes decidían cada año la cantidad de monedas y billetes a fabricar y poner en circulación, para satisfacer la demanda del mercado y para compensar y reponer las pérdidas que sufre poco a poco el circulante por causas de la más variada naturaleza: deterioro físico, exportación por turismo, coleccionismo, recuperación de metales, etc. La cantidad de moneda o masa monetaria en manos del público en cada momento, se decidía partiendo de unos parámetros económicos y bancarios que obligaban al Gobierno correspondiente a aumentar, disminuir o, solamente, reponer ese numerario en circulación.
El Producto Interior Bruto (PIB), el valor de las divisas y las reservas de metales (^17) Sevilla, estrella de siete puntas; Barcelona, de ocho; Jubia (cerca de El Ferrol, La
Coruña) con cuatro; y, Segovia, con tres puntas en su estrella.
despreciable respecto al nominal fiduciario o liberatorio que expresan^18.
La emisión de moneda, el ius monetae o derecho de amonedación , ha sido siempre considerada un privilegio del Poder (no su fabricación, que muchas veces ha estado en manos particulares). No obstante, en numerosas ocasiones, y en base al llamado derecho de monedaje , se ha permitido a los particulares presentarse en las cecas con metal en bruto o en barras, para que se lo convirtieran en monedas de curso legal. Como debemos suponer, en esos casos había una diferencia entre el peso del metal inicialmente entregado y el de las piezas acuñadas recibidas, que se correspondía con los gastos de transformación o braceaje y el ya citado beneficio del Estado o señoreaje. Por ejemplo, en el Decreto de octubre de 1868 creando la Peseta, se limitaba la posibilidad de monedaje solamente al oro y a la plata de mayor ley, y se reservaba en exclusiva para el Estado la acuñación del bronce y la plata de 835 milésimas, por ser con estas últimas aleaciones con cuya acuñación se obtenían los más altos beneficios de señoreaje. Igualmente, Philip Grierson cita el caso de Ali Dinar, sultán de Darfur (Sudán) que todavía en 1908 autorizaba a sus súbditos a llevar metal a la “ceca” para su transformación en monedas: De cada 70 piastras acuñadas, 49 eran para el propietario del metal aportado y 21 para el Sultán y los plateros encargados de la labor^19.
El hecho de que un particular pueda hacer monedas o billetes sin permiso o encargo oficial, además de ser evidentemente un grave delito, planteaba en el pasado – suponemos que, en parte, como ahora– varias cuestiones de carácter legal e incluso ideológico. Se pensaba que quien acuñaba moneda por su cuenta, además de provocar un posible problema económico al sistema o al resto de los súbditos, o hurtar a la Corona su justo lucro, se apropiaba de la prerrogativa Real de la emisión moneda. En este sentido, los delitos calificados de lesa majestad fueron siempre considerados como muy graves y solían pagarse, en consecuencia, con la vida del infractor.
En cualquier caso, actualmente, la fabricación de monedas sigue siendo un buen negocio para los poderes emisores de cualquier país. No obstante, producir hoy en día las piezas de menor valor facial no siempre deja beneficios inmediatos, aunque su resistencia al desgaste y el no propiciar su salida de la circulación (en búsqueda del metal más o menos valioso que puedan contener) retarda el proceso de reposición, lo que las hace mucho más rentables, a medio y largo plazo, que sus predecesoras acuñadas en metales nobles.
Cualquier sistema monetario precisa de unos mecanismos de control que garanticen su valor, estabilidad y capacidad de intermediación; y de hecho hay medidas que se aplican tanto en el momento mismo de la fabricación o emisión de las monedas y billetes, como durante el tiempo que éstos permanezcan en circulación. En este sentido, existen, además, con carácter general, las correspondientes barreras legales o policiales para evitar la manipulación o falsificación monetaria y su puesta en (^18) Puede ocurrir en monedas de baja denominación que el valor extrínseco sea superior
al nominal -según el sistema monetario vigente- que expresa la pieza, ya sea porque el metal haya sufrido un incremento de precio en los mercados o porque, de entrada, se considere que esta diferencia se compensará en el tiempo por el largo período de circulación que se espera que disfrute la pieza. (^19) GRIERSON, PH, 1975. Numismatics, Oxford University Press, Londres, págs. 98-99.
circulación.
EN EL MOMENTO DE LA EMISIÓN. Cualquier proceso industrial encaminado a producir medios de pago conlleva, necesariamente, la aplicación de estrictos esquemas de control y medidas de seguridad, que garanticen en todo momento su inviolabilidad y la inexistencia en el ámbito interno de actividades paralelas de fabricación que estén controladas por la autoridad emisora. Se trata de evitar que se puedan robar monedas o billetes, que se lleguen a distraer –o crear– piezas con alteraciones de cara al mundo del coleccionismo, o que se puedan producir más monedas o billetes de los estrictamente encargados por el Banco de España y el Tesoro, o el Banco Central Europeo.
En el pasado, además, era igualmente importante vigilar que no pudieran fabricarse piezas faltas de ley o peso, si es que no lo querían así las autoridades... En referencia a esto último, cabe destacar que con la reforma de 1868 se reanudó la centenaria costumbre de hacer constar, en cada moneda, las iniciales de los responsables del grabado y de la calidad material de la misma, es decir, el peso y la ley del metal; datos que habían dejado de reflejarse en 1850, reinando Isabel II. De ahí que, en el anverso de las piezas de las primeras series en pesetas, en la base de la figura, en el exergo o en el corte del cuello del personaje retratado aparecieran las iniciales del nombre y primer apellido del grabador ; mientras que en el reverso, a la izquierda del valor, figuran la inicial del primer apellido de cada uno de los dos ensayadores responsables de que la aleación del metal fuera la correcta, y, a la derecha del mismo, la inicial del fiel de balanza , que en las acuñaciones de plata y oro era el responsable de que el peso de cada pieza se ajustara exactamente a lo establecido 20_._
DURANTE SU TIEMPO EN CIRCULACIÓN. De forma independiente a los problemas de naturaleza económica que puedan modificar el valor del dinero circulante ("patologías" que abordaremos a continuación), el Banco de España se encarga -ahora en nombre del BCE- de ir retirando aquellos billetes y monedas que sufran un excesivo desgaste, transmitan una mala imagen o ya no sirvan para la función para la que fueron fabricados. Esta posición vigilante pasa, asimismo, por una brigada policial especializada en los delitos monetarios, también adscrita al Banco de España, que es la encargada de encabezar la investigación y persecución de todo fraude –de origen interno o externo– relacionado con el dinero español; dicha brigada coopera y se mantiene en permanente contacto con las correspondientes de otros países y con la INTERPOL, organismo internacional encargado de coordinar y distribuir la información entre las policías de los diferentes Estados miembros.
El dinero, al tratarse hoy más que nunca de una categoría humana intangible y no basarse en el supuesto valor de una realidad física casi inamovible, como era en tiempos el de los metales preciosos, está sujeto a toda suerte de tensiones especulativas, cambios económicos y "patologías" que pueden alterar su valor e influir sustancialmente en las funciones que cumple. Las alteraciones más comunes que, como cualquier otra moneda, ha sufrido o disfrutado la Peseta son:
(^20) Para mayor información, en especial sobre períodos anteriores al de la Peseta, ver: PELLICER, J., 1997. Glosario de maestros de ceca y ensayadores (SIGLOS XIII 0 0 1 EXX). Museo Casa de la Moneda, Madrid.
Durante la Segunda Guerra Mundial, el Estado Mayor de Adolf Hitler concibió un ingenioso plan denominado "Operación Bernhard" , que, inicialmente, fue concebido como una falsificación masiva de billetes de libras esterlinas británicas, los cuales iban a ser lanzados por aviones sobre las ciudades británicas, provocando de esa forma el completo colapso de la economía británica... Finalmente, las falsificaciones, de gran calidad y para las cuales los nazis utilizaron expertos judíos sacados para tal efecto de diversos campos de concentración, no fueron lanzadas sobre el Reino Unido, sino utilizadas para financiar acciones secretas, pago de confidentes y traidores, facilitar la posterior huída de jerarcas nazis y para comprar aprovisionamientos en naciones neutrales. No obstante grandes cantidades de billetes sin usar fueron encontrados después de la guerra en un lago en Suiza, hecho demostrativo del gran volumen que debió alcanzar la estafa. Tras larga investigación de los servicios secretos, el Gobierno británico tomó conciencia del peligro real que les representaba esta enorme falsificación de sus libras esterlinas, planteándose dos soluciones: una, era hacerla público y retirar de la circulación los billetes falsos, aunque se crearía una situación de pánico en los mercados internacionales. La segunda opción, pasaba por hacer como si no se supiera nada de la falsificación y permitir que circularan los billetes y que el Banco de Inglaterra los aceptara sin problemas (aunque los iría retirando discretamente), y proteger así el prestigio de la divisa y economía del Reino Unido. La opción elegida por el Gobierno británico fue la segunda, por lo que esas libras esterlinas de origen fraudulento nazi circularon libremente y por mucho tiempo después de la II Guerra Mundial, junto a los efectos verdaderos, por todos los mercados del mundo, manteniéndose el asunto como Top Secret de Estado.
Todos estos hechos históricos, demuestran que una forma de provocar el caos en el campo enemigo, es emitir billetes. Desgraciadamente, la emisión monetaria, considerada como un arma destructiva hasta la Segunda Guerra Mundial y solamente diseñada para utilizarse en el campo enemigo, empezó a convertirse en una medicina contra la recesión y el desempleo, vía las interpretaciones de las tesis keynesianas. La inflación se utiliza en casi todos los países del mundo y en especial en Latinoamérica, pero no por el "enemigo", sino por los mismos gobernantes, quienes, a través de las emisiones de dinero han generado un caos social, que en otros tiempos sólo hubiera sido concebible que lo iniciaran los enemigos.
Las Unidades Monetarias, a lo largo de su extensa trayectoria, han sido la base sobre la que ha descansado el ahorro y la búsqueda de un justo lucro de la ciudadanía, es decir, han sido objeto de inversión y especulación. El ejercicio de su función como reserva de valor hace que sea refugio y signo de referencia en las transacciones bursátiles, en las inversiones en productos financieros y, en ocasiones, protagonista de su discurrir por los mercados internacionales de capitales. Por ejemplo, la prosperidad alcanzada por España gracias a su neutralidad durante la Primera Guerra Mundial (1914 0 0 1 E1918), hizo que hubiera mercado y suficientes clientes para la inversión en bolsa o en los productos financieros que emitía el Estado –bonos, deuda, etc.– con cuyos fondos se pudieron acometer, por ejemplo, las grandes obras públicas del período de la Dictadura de Primo de Rivera o de los inicios de la Segunda República Española. En ocasiones, la denominación monetaria de referencia no corresponde con una pieza física, es la llamada Moneda de Cuenta , que suele tratarse de una unidad monetaria en desuso (por ejemplo contar en "duros"), o especialmente creada para esa función, por
servir de referencia fija al estar ajena a los cambios de valor del mercado, como fue el caso del real de vellón , establecida como tal en el reinado de Carlos II. Incluso manejar como referencia una moneda ajena a los protagonistas de la transacción: por ejemplo, valorar un bien en dólares USA, que te lo paguen en su equivalente en francos suizos y, finalmente, cambiarlos a euros.
Cuando se habla de la historia de cualquier moneda, suele plantearse de inmediato una pregunta casi inevitable: cuánto valía en tal o cual época, qué se podía comprar con ella o, en definitiva, cuál era su poder adquisitivo en un momento dado en comparación con el nuestro,... La respuesta resulta por lo general compleja y muy complicada, si no imposible, ya que junto a los aspectos propiamente económicos y monetarios, es necesario considerar las diferencias sociales y laborales que definen cada época. No conviene, por tanto, obsesionarse por hacer un paralelismo entre períodos tan diferentes de nuestra historia, como puedan ser el reinado de Amadeo I, la Segunda República, la posguerra franquista o la España Comunitaria y del Euro. El valor adquisitivo de la Peseta, por ejemplo, en cada momento estuvo matizado por la realidad económica y personal, y por el grado de desarrollo de los servicios sociales del período. El incremento en el nivel de precios, que dé lugar a una disminución del poder adquisitivo del dinero, o un exceso de oferta, que pueda conllevar un incremento del mismo, no será -en ocasiones- directamente detectado por el ciudadano de a pie, por no tener acceso o necesidad de los bienes que sirven de marcadores de control a los parámetros macroeconómicos establecidos.
En materia de salarios, la valoración de su incremento no sólo vendrá determinado por causas cuantitativas (la mera evolución de la inflación, por ejemplo), sino también cualitativas, como puedan ser las mejoras en formación y en las condiciones laborales y beneficios sindicales de los trabajadores... De igual manera, las subidas o bajadas de precio de un producto concreto pueden deberse tanto a los nuevos avances que incorpora como a factores de una mayor producción y competitividad. Eso mismo hace y explica que el ciudadano de hoy pueda tener acceso a bienes de consumo en los que, en ciertas épocas de nuestra historia no muy lejanas, no podía ni soñar, aunque su sueldo se hubiera mantenido sin variación o similar en valor real, incluso cobrando más cantidad de pesetas.
Desde que la moneda metálica, tal y como hoy la concebimos, fuera inventada en la Península de Anatolia a mediados del siglo VII a.C., debieron surgir de inmediato numerosos problemas de carácter técnico y productivo que los encargados de su fabricación tuvieron que ir solucionando poco a poco y a base de mucho ingenio y experimentación... ¿Cómo debían ser fabricadas las monedas para simplificar y perfeccionar el proceso seriado de elaboración, y para que todos los ejemplares producidos en cada caso fueran siempre iguales entre sí?. De igual manera que para que las monedas fueran aceptadas y utilizadas en su función dineraria de intermediación por la comunidad en la que debían circular, se observó que la moneda legal debía cumplir esa serie de requisitos y características ya citadas y descritas por San Isidoro de Sevilla en sus ya referido " Etymoligiarum " 22. Por esta razón, es por lo que
(^22) Etymoligiarum: libro XVI, De lapidubus et metallis; capítulo XVIII, De auro; párrafo 12.
Marx Schwab, y se empezó a extender^26 la técnica de acuñación basada en la utilización de una prensa y en la presión ejercida dentro del cuerpo de la misma (también denominado "lira") por medio de un eje de tornillo, a cuyo extremo que se fijaba el cuño de reverso, mientras que el anverso permanecía inmóvil en la parte inferior. El tornillo descendía y presionaba el cospel interpuesto accionando un volante o brazo de balancín, que disponía de sendos contrapesos en sus extremos que aseguraban la inercia descendente del mismo. La violenta fuerza impulsora del mecanismo a tornillo era transmitida por varios operarios que tiraban de unas sogas fijadas a ambos extremos del volante de balancín.
La fabricación de los troqueles era realizada por el grabador -llamado también tallador o abridor de cuños- de la ceca. Debido a que la vida de los troqueles era limitada, por la cantidad de monedas que se acuñaban y a su vez era necesario garantizar que todas las monedas fueran iguales, se tuvieron que desarrollar procedimientos de fabricación de cuños que garantizaran esa homogeneidad, interviniendo matrices, punzones y, finalmente, los troqueles. Por lo general, y en las cecas importantes, el tallador no grababa directamente en hueco los troqueles, sino que, tallaba dos únicas matrices, una para cada cara de la moneda. Esta matriz, que reproducía en bajo-relieve y en negativo los motivos de la moneda, y una vez templada, se hincaba mediante la aplicación de una presión determinada sobre otro trozo de acero en estado "dulce". El resultado, una vez templado para su endurecimiento, era un punzón, es decir, un útil que en su parte grabada en alto-relieve era una reproducción en positivo de la figura de la moneda. Si el punzón se hincaba de nuevo sobre otro trozo de acero previamente recocido se obtenía un troquel, el cual con el grabado en negativo estaba listo para acuñar. Cuando se estropeaba un troquel, se obtenía uno nuevo hincando el punzón sobre otro trozo de acero recocido; de esta forma, partiendo de una sola matriz por superficie, se garantizaba la igualdad de todas las monedas acuñadas independientemente de la pareja de cuño utilizada.
Buscando una mayor protección frente a una posible manipulación o cercén de la moneda, en 1685, el ingeniero francés Jean Castaing, a partir de un dispositivo creado por el también francés Pierre Blondeau, desarrolló una máquina para torcular y marcar los cantos de los cospeles, la “cerrilla”^27. A partir de inicios del siglo XVIII, el uso de la cerrilla permitió que el canto del cospel pudiera ser ornamentado grabando, con anterioridad a su acuñación, motivos gráficos o cordoncillo. Para poder acuñar a un mismo tiempo y en una sola operación una figura en el canto (estrías, cordón, leyenda, lises, etc.) y los tipos de anverso y reverso (lo cual implica una mejor calidad de ajuste y el perfeccionamiento de la técnica de acuñación en la prensa de balancín), se tuvo que esperar a la adopción del uso de un "collar" o virola (luego generalizada “partida”) a principios del XIX, dispositivo inventado en 1797 por el grabador e ingeniero suizo Jean- Pierre Droz , que fichado por el inglés Matthew Boulton, vino a dar soluciones a las limitaciones de las máquinas de acuñar desarrolladas por éste en su famosa Soho Mint. Philippe Gengembre^28 , por su parte y trabajando en la ceca de París, mejorará el diseño de Droz y desarrollará para los mismos volantes un dispositivo de alimentación (^26) La generalización de su uso se atribuye al francés Nicolás Briot a partir de 1626, ya en
el XVII. (^27) Existen incluso piezas con aros concéntricos grabados en el campo de la moneda que
marcan el nuevo valor inferior de la pieza, según "avanzaba" desde los bordes hacia el centro del campo la sustracción del metal. (^28) Gengembre fue el diseñador, en 1803, del tipo de prensa con virola que en 1807
construyó Jean F. Saulnier en los talleres en la Monnaie de Paris con el bronce de los cañones rusos que capturó Napoleón en la batalla de Austerlitz en 1805.
de cospeles y virola móvil.
AUTOMATIZACIÓN. En el segundo tercio del siglo XIX se producirá la "liberación del ser humano" con la automatización definitiva del momento de la acuñación, de la mano de novedosas prensas movidas por la fuerza obtenida de máquinas a vapor, como las desarrolladas por James Watt o Matthew Boulton, que permitieron un enorme aumento de la producción y una mayor presión y calidad en la acuñación. Hacia 1817, el mecánico alemán Dietrich Uhlhorn , había desarrollado una primera prensa de acuñar mecánica que ejercía una fuerte presión a través del denominado juego de biela-palanca articulada. La evolución técnica de la Prensa Uhlhorn vendrá de la mano de la prensa francesa Le Thonnelier en 1845, que ya usaba virolas partidas , cuya primera máquina fabricada en España, en 1856 29 , se conserva en el Museo Casa de la Moneda. En 1867, en el transcurso de la Exposición Universal de París, el ingeniero francés Chéret, presentó un prototipo de una prensa mecánica denominada “de fricción”, que poco después ya estaban en funcionamiento en la Monnaie de Paris. Como ya se ha dicho, maquinas movidas por la fuerza obtenida del vapor que, gradualmente, sería sustituida a finales del siglo XIX, por la adaptación a estos menesteres de los nuevos motores eléctricos.
En la segunda mitad del siglo XVI se desarrolló otra forma de mecanización de la amonedación a través de la acuñación por molino de laminación , aprovechando que ya se utilizaban laminadores en algún momento del proceso productivo de moneda. Es decir, se pasaban lingotes de metal entre dos rodillos accionados por la fuerza hidráulica de un río o por la unas caballerías, tantas veces como fuese necesario, hasta conseguir una lámina larga y estrecha del grosor preciso denominada riel , del que se extraían los cospeles que iban a ser acuñados, ya fuera a martillo o volante. La novedad fue grabar en los rodillos (uno para anverso y, el otro, con el reverso) del laminador los motivos de la moneda en cuestión. Al pasar por entre los rodillos grabados una plancha de metal que ya había sido previamente laminada, el metal sufría un nuevo rebaje y estiramiento, a la vez que la presión hacía que se imprimieran en la lámina, y a un mismo tiempo, el anverso y reverso de la pieza. Para compensar el estiramiento que sufría la plancha entre ambos rodillos, y poder obtener así una pieza redonda, el motivo de la moneda tenía que ser grabado con forma ovalada sobre aquellos. Posteriormente la moneda era extraída de la plancha por diferentes procedimientos de corte: cizalla, volantillo, etc., en este último caso permitiendo obtener piezas totalmente circulares. Dependiendo del diámetro de la moneda y del desarrollo del cilindro, se podían acuñar una o varias piezas a la vez por cada vuelta del rodillo. Por ejemplo, en 1583 el rey Felipe II estableció en Segovia una nueva ceca, el Real Ingenio de Moneda , en el que se instalaron unos molinos para la acuñación por laminación que habían sido encargados y construidos en Halls, en el Tirol austriaco (donde ya funcionaba un ingenio similar), que hicieron uso de la fuerza hidráulica del río Eresma para su funcionamiento.
Los flanes o cospeles han sido siempre obtenidos por la fundición previa del metal monetario y su vertido posterior en el molde correspondiente^30. Luego, y dependiendo de la época, se procederá a acuñar directamente el cospel resultante, o a someterlo a un proceso previo de laminación para rebajar su grosor e igualar ambas superficies. Pues bien, en numerosas ocasiones del período que va desde de los siglos (^29) Realizada en los talleres de la Cía. "La Maquinista Marítima y Terrestre" de Barcelona. (^30) Los moldes pueden ser univalvos abiertos o bivalvos cerrados, por lo que los cospeles
resultantes pueden ser, por lo general, plano-convexos o globulares.