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Entre los edificios públicos de que se siente orgullosa una ciudad, cuyo nombre creo prudente callar por varias razones, hay uno antiguamente común a la mayor parte de las ciudades, grandes o pequeñas: el hospicio. En el hospicio nació, cierto día cuya fecha no me tomaré la molestia de consignar, sencillamente porque ninguna importancia tiene para el lector, el feliz o desdichado mortal cuyo nombre encabeza este primer capítulo de la verídica historia que vamos a narrar.
Largo tiempo después de haber penetrado en este mundo de miserias y de lágrimas gracias a los cuidados del cirujano de la parroquia, dio lugar a dudas muy fundadas la cuestión de si el niño viviese lo bastante para poder llevar un nombre cualquiera. Si la importantísima cuestión se hubiera resuelto en sentido negativo, es más que probable que estas memorias no hubiese visto nunca la luz pública, y aun suponiendo que yo las hubiese escrito, no habrían abarcado más de dos páginas, y hubieran poseído el mérito inestimable de ser el ejemplar más fiel y conciso de biografía de que envanecerse pueda la literatura de todas las épocas y de todos los países.
Aunque no me atreveré a sostener que el hecho de haber nacido en un hospicio es en sí el favor más grande y envidiable que la Fortuna pueda dispensar a una criatura humana, declararé, sin embargo, que en el caso presente fue lo mejor que al pobre Oliver pudo ocurrir. Es el caso que costó ímprobos trabajos conseguir que Oliver se resolviera a llenar sus funciones respiratorias, función penosa, que la costumbre ha hecho necesaria para vivir con reposo. El pobre niño permaneció durante algún tiempo dando boqueadas sobre un colchón fementido, en equilibrio inestable en este mundo y el otro, más inclinado al otro que a éste. Bien seguro es que, si en aquellos momentos críticos hubieran rodeado a Oliver cariñosas abuelas, anhelantes tías, nodrizas expertas y médicos afamados, el niño hubiese muerto a sus manos indubitable e infaliblemente en menos tiempo del que tardo en referirlo; pero como allí no había más que una pobre vieja, casi siempre borracha por efecto del abuso de la cerveza, y un cirujano que prestaba sus servicios al establecimiento por un tanto alzado, entre el niño y la naturaleza pudieron salir airosos del lance. El resultado fue que, después de algunos esfuerzos, Oliver respiró, estornudó y anunció a los habitantes del hospicio que desde aquel instante iba a pesar una carga nueva sobre la parroquia con un grito tan agudo como racionalmente podía esperarse de un recién nacido que solamente desde tres minutos antes está en posesión de la facultad de emitir sonidos.
No bien Oliver dio esta primera prueba de la fuerza y libertad de sus pulmones, se agitó ligeramente la remendada colcha que en picos desiguales prendía por los lados de la cama de hierro; una joven, cuyo rostro cubrían livideces de muerte, alzó penosamente la cabeza sobre la almohada, y murmuró con voz apenas inteligible estas palabras:
—¡Dejen que vea al niño y moriré contenta!
nacimiento debía ocupar en la sociedad; pero luego que le vistieron las mantillas de cotón burdo, amarillentas y deshilachadas a fuerza de años de servicio en el establecimiento, y le fajaron y numeraron convenientemente, el más miope lo hubiese clasificado sin vacilar: aquel niño era un expósito, un hijo de la parroquia, un huérfano del hospicio, el humilde, el mísero paria condenado a sufrir golpes y malos tratos, a vivir despreciado por todo el mundo y por nadie compadecido.
Lloraba Oliver con tesón; pero a buen seguro que si hubiese sabido que era un huérfano entregado a los dulces cuidados de los bedeles e inspectores del establecimiento, sus lloros habrían sido más amargos y desesperados.
Los ocho o diez meses siguientes a la escena referida en el capítulo anterior, fueron meses de engaños continuos y traiciones sistemáticas en contra de Oliver Twist. Hubo necesidad de criarle con biberón. Viéronse en el caso las autoridades del hospicio de dar cuenta a las de la parroquia del estado grave a que el hambre había reducido al huérfano, en vista de lo cual, las autoridades de la parroquia inquirieron con dignidad de las del hospicio si había en «la Casa» alguna mujer que pudiera proporcionar al niño los consuelos y alimentos de que tanta necesidad tenía. Las autoridades de «la Casa» contestaron con una negativa muy humilde, y, en consecuencia, las autoridades de la parroquia, llevando la magnanimidad y la humanidad hasta el exceso, resolvieron que Oliver fuera enviado a una sucursal sita tres millas de distancia, donde veinte o treinta niños, infractores de las leyes de los pobres, pasaban los días revolcándose por el suelo, seguros de no sufrir indigestiones y libres de las incomodidades del vestido, bajo la vigilancia maternal de una anciana, que recibía a los delincuentes a razón de siete peniques y medio semanales por cabeza. Ahora bien: siete peniques y medio semanales bastan y sobran para proporcionar a un niño siete días de dieta. Por la suma mencionada pueden comprarse muchas cosas para llenar su estómago, y hasta para producirle indigestiones, y como la vieja era mujer tan prudente como experimentada, y sabía muy bien lo que a los niños convenía, y más todavía lo que convenía a ella misma, reservaba para sí la mayor parte del socorro pagado por la parroquia, reduciendo a sus queridos pupilos a un régimen alimenticio más exiguo que el del establecimiento en que Oliver había nacido. La buena mujer, filósofa experimental consumada, parecía empeñada en demostrar que por hondo que sea el abismo de miseria en que nos encontramos, hay otros todavía más profundos. Todo el mundo conoce la historia de aquel otro filósofo experimental que inventó una teoría soberbia para conseguir que un caballo viviera sin comer, y que la demostró tan a maravilla, que gradualmente redujo el pienso de su caballo hasta dejarlo en una sola paja diaria. Es indudable que, merced al procedimiento, su corcel hubiera llegado a atesorar la ligereza y agilidad del viento si la fortuna, envidiosa del triunfo del sabio filósofo, no hubiera hecho que muriese el cuadrúpedo veinticuatro horas antes de recibir la primera ración completa de aire puro.
Por desgracia para la filosofía experimental de la vieja cariñosa encargada de atender a Oliver, su sistema daba por regla general el mismo resultado. Precisamente cuando el niño había conseguido subsistir con la porción más microscópica posible de alimento, hacía la fatalidad, de cada diez casos ocho, que un enfriamiento se llevase al pequeño, si éste no se ahogaba por casualidad en cualquier estanque, o perecía por descuido en un incendio. En cualquiera de los casos, el infortunado emprendía el viaje hacia el otro mundo, donde tal vez encontraría a los padres que en el de acá no conoció jamás.
Algunas veces, cuando la muerte desgraciada de un niño producía impresión inusitada en la parroquia, bien porque hubiera muerto como consecuencia de una caída desgraciada de la cama, bien porque inadvertidamente hubiese caído dentro del caldero de la colada, accidente éste
usted, señora Mann, que es dependiente de la parroquia, asalariada de la parroquia?
—No puedo olvidarlo, señor Bumble —contestó con humildad la señora Mann—. Ignorando que la verja estuviera cerrada, fui a llamar a uno o dos de los pobrecitos niños, que tanto le quieren, para decirles que había llegado usted.
El señor Bumble, muy pagado de sus dotes oratorias y de su importancia, como había ya dado pruebas de las primeras y vindicado la segunda, resolvió amansarse, Y dijo:
—Está bien, señora Mann. Es Posible que su falta no sea tan grave como parece. Entremos. Asuntos serios me traen aquí, y necesitamos hablar.
La señora Mann introdujo al bedel en un recibimiento de reducidas dimensiones y pavimento de ladrillo, acercó presurosa una silla y, tomando oficiosamente de manos del visitante su tricornio y su bastón, los colocó encima de una mesa. El señor Bumble secó el sudor que corría por su frente, miró su sombrero, y sonrió; sí, sonrió, aunque parezca extraño, que también los bedeles son hombres, y como tales pueden sonreír como sonríe un simple mortal.
—Sentiría que le ofendiera lo que voy a decirle —dijo la señora Mann, con seductora dulzura—. Ha hecho una caminata larga para que no se sienta un poquito fatigado; de no ser por esa consideración, no me atrevería a invitarle a tomar alguna cosita.
—¡Nada, nada absolutamente! —contestó el señor Bumble, accionando con dignidad, bien que con placidez de rostro.
—Me atrevo a abrigar la esperanza —replicó la señora Mann, a cuyos ojos perspicaces no había pasado inadvertido el tono de la negativa ni el gesto que la acompañó— que no rehusará unas gotitas mezcladas con un poco de agua fresca bien azucarada.
El señor Bumble se dignó toser. —¡Si no es nada lo que le ofrezco! —insistió la señora Mann con acento persuasivo.
—Veamos de que se trata —contestó el bedel. —Siempre procuro tener en casa alguna cosilla para mezclarla con el jarabe que doy a esos queridos niños en sus indisposiciones, señor Bumble — dijo la señora Mann, al tiempo que abría una alacena y sacaba de ella una botella y un vaso—. Es ginebra... No quiero engañarle a usted.
—¿Y da usted jarabe y ginebra a los niños, señora Mann? —preguntó el bedel, siguiendo con los ojos la interesante operación de la mezcla.
—¡Pobrecitos míos! Caro me cuesta, es verdad; pero no puedo verlos sufrir. ¡Me partiría el alma!
—¡Lo creo, señora Mann, lo creo! Es usted una buena mujer —contestó el bedel, tomando el vaso—. He de aprovechar la primera oportunidad para recomendarla a la junta —añadió, levantando el vaso—. Es usted una madre cariñosa para esos pobrecitos niños, y bebo de todo corazón a su salud, señora —terminó, envasando entre pecho y espalda la mitad del contenido del vaso—. Hablemos ahora del asunto que aquí me trae —prosiguió, sacando del bolsillo una cartera de cuero—. Hoy cumple nueve años el niño a quien pusimos en el bautismo el nombre de Oliver Twist...
—¡Querido niño!... —interrumpió la señora Mann, llevando a su ojo izquierdo la punta de su delantal.
—Y no obstante haber sido ofrecido un premio de diez libras esterlinas, que luego se ha elevado hasta doce; no obstante los esfuerzos increíbles, estoy por decir sobrenaturales, hechos por la parroquia, no ha sido posible averiguar quién es su padre, o cuál era la naturaleza, nombre y condición de su madre.
La señora Mann alzó los brazos al cielo en señal de asombro, y dijo al cabo de algunos momentos de reflexión:
—¿Cómo es, pues, que ese niño tiene apellido? El bedel, irguiéndose en la silla con aire de orgullo, contestó: —Lo inventé yo. —¡Usted, señor Bumble! —Yo, señora Mann. Ponemos apellidos a los niños expósitos ateniéndonos siempre a un riguroso orden alfabético. El último a quien correspondió la letra S, recibió el apellido de Swuble; a Oliver le correspondía la T, y le llamé Twist. El siguiente se llamará Unwin, y Wilkent el que le siga. Tengo apellidos preparados desde el principio hasta el final del alfabeto, y cuando llegue a la Z, volveré a comenzar.
—¡Qué sabio es usted, señor! —¡Psch! ¡Un poquito, señora Mann, un poquito! —contestó el bedel, a quien agradó el cumplido.
Apuró el resto de la ginebra, y prosiguió así: —En atención a que Oliver es ya demasiado crecidito para continuar aquí, la Junta ha resuelto que vuelva al asilo. He venido a buscarle en persona; así que me hará el favor de presentármelo al instante.
— ¡Volando! —exclamó la señora Mann saliendo de la habitación. Oliver, a quien durante este tiempo habían lavado la cara y manos, y adecentado un poco el ennegrecido traje, no tardó en ser presentado por su cariñosa protectora.
—Inclínate ante este caballero, Oliver —dijo la señora Mann. El niño hizo una reverencia, que correspondió por partes iguales al bedel, sentado en la silla, y al tricornio, colocado sobre la mesa.
—¿Quieres venir conmigo? —preguntó el bedel con entonación majestuosa. A punto estaba de contestar el niño que nada deseaba tanto como marcharse con quienquiera que fuese, cuando, alzando los ojos, acertó a ver una mirada de la señora Mann, la cual, puesta en pie detrás de la silla del bedel, tenía enarbolado un puño que agitaba con furia. El niño comprendió a las primeras de cambio el lenguaje mímico, no porque le hubieran enseñado esa ciencia, sino porque las relaciones de su cuerpo con aquel puño habían sido muy frecuentes y muy estrechas, y, como es natural, lo conservaba profundamente grabado en su memoria.
—¿Vendrá conmigo la señora? —se apresuró a preguntar el cuitado. —No —contestó el señor Bumble—; pero te hará alguna que otra visita. Tuvo el niño criterio bastante para fingir una pesadumbre que no sentía por su marcha, aunque, a decir verdad, no vio en ella una perspectiva de
—Este chico es idiota... lo habría jurado en cuanto le vi —exclamó el del chaleco blanco.
—¡Silencio! —dijo el que había hablado primero—. Sabes que no tienes padre ni madre, y que te ha criado la parroquia, ¿no es cierto?
—Sí, señor —respondió Oliver llorando amargamente. —¿Por qué lloras? —preguntó admirado el del chaleco blanco. Cosa extraordinaria, en verdad; ¿por qué había de llorar el mimado de la fortuna?
—Supongo que rezas todas las noches —observó otro de aquellos señores con tono gruñón—, y que ruegas por los que te alimentan y cuidan de ti, como buen cristiano que sin duda eres, ¿no?
—Sí, señor —balbuceó el niño. Sin darse cuenta, el que acababa de hablar había dicho una gran verdad. Hubiera sido muy de cristiano, pero de cristiano excepcionalmente perfecto, rezar por los que alimentaban y cuidaban de Oliver. Este, sin embargo, no lo hacía, sencillamente porque nadie le había enseñado a rezar.
—Muy bien —repuso el señor de cara extracolorada, el del alto sillón—. Te hemos traído aquí para que recibas una educación conveniente y aprendas un oficio útil.
—Así, pues, mañana a las seis comenzarás a recoger leña —añadió el del chaleco blanco.
La combinación feliz de los dos beneficios que a Oliver se concedían, la educación y la enseñanza de un oficio útil, en una operación tan sencilla como la de recoger leña, bien acreedora era al agradecimiento más profundo. El niño hizo a la junta una reverencia profundísima, obedeciendo órdenes del bedel, y salió conducido por el mismo guía a una gran sala, donde se le permitió pasar la noche sollozando o riendo, como quisiera, tendido sobre una cama dura como un guijarro. ¡Ejemplo notabilísimo de la dulzura de los reglamentos de nuestra cariñosa Inglaterra! ¡Permiten dormir a los pobres!
¡Desventurado Oliver! Lejos estaba de pensar, mientras dormía en la dichosa ignorancia de lo que alrededor suyo pasaba, que aquel día mismo había tomado la junta una resolución que debía ejercer una influencia material inmensa en sus destinos futuros. El acuerdo estaba adoptado y era el siguiente:
Los miembros de la junta eran varones eminentemente sabios, eminentemente profundos y eminentemente filósofos, y como consecuencia, al fijar su atención en el hospicio, no pudieron menos de ver lo que espíritus superficiales nunca hubieran sospechado: ¡Los pobres huerfanitos tenían cariño a la casa! El hospicio venía a ser para ellos un lugar de recreo, una fonda donde no tenían que pagar; un almuerzo, comida, merienda y cenas gratis asegurado para todo el año, un lugar encantador, un cielo de mampostería donde todo el mundo se divertía y nadie trabajaba.
—¡Se acabó! —dijo la junta, como quien ha resuelto un gran problema—. Nosotros pondremos las cosas en su punto, haremos que cese el abuso, y lo haremos enseguida.
Y, en efecto, a reflexión tan cuerda, siguió el acuerdo, que vino a ser principio fundamental en la Casa: todo huérfano podía elegir libremente (a nadie se obligaba, téngase esto muy presente) entre morirse de hambre poco a
poco y por grados, si permanecía en el hospicio, o rápidamente y de una vez saliendo de él.
Con ese objeto a la vista, contrataron con la administración de aguas cantidad ilimitada de este precioso líquido, y con un contratista de trigo, el suministro periódico de cantidades insignificantes de harina de avena. Hecho esto, señalaron a cada huérfano tres ligeras raciones al día de gachas muy claras, a las que se añadiría una cebolla dos veces por semana y medio panecillo los domingos. Con las mujeres, pues el establecimiento, a la par que hospicio era asilo, se tomaron así mismo otras disposiciones tan sabias como humanitarias, que no es necesario mencionar. La junta, llevando a extremos inconcebibles su bondad, acordó tomar a su cargo la obra de divorciar a los pobres casados, a fin de evitarles los gastos enormes y molestias de un proceso entablado ante el tribunal eclesiástico, y en vez de obligar al marido a sostener con su trabajo a la familia, le separaron de ella, convirtiéndolo en soltero.
Es incalculable el número de personas de todas las clases sociales que se hubieran aprovechado de esas dos ventajas, si no hubiesen ido aparejadas con la necesidad de ingresar en el establecimiento. Los miembros de la junta, hombres de gran talento y previsión, obviaron la dificultad. Para disfrutar de los beneficios era indispensable someterse al régimen de gachas, perspectiva que, como es natural, horripilaba a todos.
A los seis meses de la llegada de Oliver al hospicio-asilo, el nuevo sistema estaba en pleno vigor. Al principio ocasionó muchos gastos, pues hubo necesidad de pagar más al empresario de pompas fúnebres, así como también al sastre, quien hubo de estrechar los vestidos de todos los pupilos, cuyos cuerpos, adelgazados y reducidos a la condición de esqueletos vivos de milagro, después de una semana de alimentarse con gachas, daban a aquéllos aspecto de trajes vacíos ambulantes. En cambio, el número de pupilos disminuyó notablemente, y los señores de la Junta estaban sumamente contentos.
Comían los niños en una gran sala, en cuyo extremo veíase una descomunal caldera, junto a la cual, el jefe de cocina, cubierto con un delantal, repartía, ayudado por dos mujeres, las gachas a las horas de comer. Cada niño tomaba una escudilla llena de gachas, nunca más, salvo los días de grandes festejos públicos, en que se les daban, además, dos onzas y un cuarto de pan. No era necesario fregar las escudillas, pues los niños las limpiaban y hasta les sacaban brillo con sus cucharas; y una vez terminada esta operación, que nunca duraba mucho por ser las cucharas tan grandes como las escudillas, quedaban sentados mirando con avidez tal a la caldera, que demostraban harto elocuentemente el placer con que hubieran devorado hasta el cobre de que estaba hecha, y chupando al propio tiempo sus dedos a fin de no dejar en ellos ni un átomo de gachas.
Por regla general, los niños disfrutaban de un apetito excelente. Tres meses hacía que Oliver Twist y sus compañeros sufrían las torturas de una consunción lenta, y el hambre concluyó por extraviarlos hasta extremo tal, que un muchacho, ingresado ya muy talludito en el benéfico establecimiento, y no habituado a semejante régimen alimenticio (su padre había sido dueño de una modesta casa de comidas antes de dejarle huérfano), dijo un día a sus compañeros que, si no le daban otra escudilla de gachas per diem, además de la reglamentaria, era más que probable que acabase por devorar alguna noche al
anuncio pegado en su puerta. Estoy convencido, firmemente convencido, de que ese niño ha de morir ahorcado.
Como quiera que en el curso de esta historia me propongo dar a conocer si se cumplió o no el vaticinio del caballero del chaleco blanco, sería despojar a esta narración de todo interés, suponiendo que alguno tenga, insinuar aquí si Oliver Twist tuvo fin tan desastroso.
Los ocho días que siguieron a la comisión del horrendo e impío crimen de pedir doble ración se los pasó Oliver recluido en el calabozo oscuro y solitario donde le arrojaban la misericordia y la sabiduría de la junta Administrativa. No es preciso ser muy lince para comprender que si el niño hubiera acogido con el respeto que merecía la predicción del caballero del chaleco blanco, la hubiese dado confirmación plena, de una vez y para siempre, sin más que atar una de las puntas de su pañuelo a una escarpia de la pared, y colgarse él de la otra.
Tropezaba, empero, este proyecto con un obstáculo, y es que, siendo los pañuelos de bolsillo objetos de lujo, la junta, en virtud de una orden firmada, revisada y sellada por todos los que la componían, había dispuesto, terminantemente y para siempre, que jamás pañuelo de bolsillo trabase relaciones con nariz de pobre. Existía también otro obstáculo, de mayor importancia todavía que el explicado: la tierna edad de Oliver. Dejó, pues, al tiempo el cargo de dar o no cumplimiento a la profecía, y se contentó con llorar amargamente un día y otro día. Cuando llegaban las interminables y tristes horas de la noche, cubríase los ojos con las manos a fin de no ver las tinieblas, y agazapándose en un rincón, procuraba conciliar el sueño. Con frecuencia despertaba sobresaltado y tiritando de frío, y se pegaba a la helada y dura pared del calabozo, como buscando en ella protección contra las tinieblas y soledad en que yacía.
Se engañarían grandemente los enemigos del «Sistema» si supieran que durante su cautiverio fueran negados a Oliver el placer del ejercicio, las ventajas de la sociedad ni las dulzuras de los consuelos religiosos. En cuanto a lo primero, como el tiempo era hermoso y frío, se daba permiso al niño para que todas las mañanas hiciera sus abluciones al aire libre, colocándose bajo el chorro de una fuente que en el centro del patio había. ¿Que corría peligro de acatarrarse o de contraer una pulmonía? ¡Error! El señor Bumble, ante cuyos ojos tenía lugar la operación, se encargaba de evitar enfriamientos y de acelerar la circulación de la sangre propinando al muchacho frecuentes bastonazos. En cuanto a los encantos de la sociedad, todos los días le conducían al refectorio donde comían los niños, y le administraban una buena azotaina para que sirviera de saludable ejemplo y fuera edificación de los demás. Por lo que respecta a los consuelos religiosos, todas las noches se le hacía entrar a puntapiés en la sala, llegada la hora de rezar, y se le permitía escuchar, para consuelo de su alma, la oración de sus compañeros, a la que la junta había añadido una cláusula especial, que recomendaba la virtud, la docilidad y la obediencia, para librarse de los pecados y vicios de Oliver Twist, a quien la plegaria colocaba bajo la protección y amparo de los espíritus de las Tinieblas, y de quien decía que era horrenda muestra de los productos fabricados por el mismo Satanás.
Una mañana, mientras los asuntos de Oliver Twist tomaban un curso tan poco favorable y ventajoso, aconteció que un tal Gamfield, deshollinador de oficio, pasó por la calle poniendo en tortura su imaginación para excogitar un medio que le permitiera pagar varios alquileres vencidos, por los cuales le
—Se han dado casos en que han perecido niños en las chimeneas, ahogados por el humo —terció otro caballero de la junta.
—Eso ocurría cuando, para hacerlos bajar, mojaban la paja antes de prenderle fuego —replicó Gamfield—. La paja, en esas condiciones, produce mucho humo y ninguna llama, y se ha demostrado que el humo es la carabina de Ambrosio para nuestro objeto, pues no hace más que dormir al niño, que es precisamente lo que ellos desean. Los chicos son muy tercos, caballeros, muy holgazanes, y para obligarlos a bajar volando no hay remedio mejor que encender una buena llama. El remedio, señores, a la par que eficaz, es humanitario, pues por apurado que el niño se encuentre dentro del cañón de la chimenea, en cuanto siente que le tuestan las plantas de los pies, se desembaraza de todas las dificultades.
Esta explicación pareció divertir en extremo al señor del chaleco blanco, pero una mirada severa de Limbkins vino a verter un jarro de agua fría sobre su alegría. La junta procedió a deliberar por espacio de algunos minutos, pero con voz tan baja, que sólo de tanto en tanto se oían frases, parecidas a las siguientes:
«Reducción de gastos...» «Economías...» «Hacer publicar un informe impreso» No fue la casualidad la que motivó que se oyeran esas frases y no otras, sino la circunstancia de que fueran repetidas con mucha frecuencia y con énfasis extraordinario.
Cesaron al fin los cuchicheos; y vueltos los miembros de la junta a sus respectivos sillones, el señor Limbkins dijo:
—Examinada su pretensión, hemos acordado no acceder a ella. —La rechazamos en absoluto —añadió el del chaleco blanco. —Decididamente y por unanimidad —dijeron otros. Daba la pícara casualidad que el buen Gamfield había tenido la desgracia de que murieran en un lapso muy breve de tiempo tres o cuatro aprendices suyos, y como sabía que malas lenguas afirmaban que aquellas desgraciadas muertes habían sido consecuencia de otras tantas palizas propinadas por él, asaltóle la sospecha de que la junta, inspirándose en hablillas calumniosas, pudiera recelar que en la mayor o menor duración de la vida de sus aprendices influyera el sistema educativo con aquéllos empleado. No acertaba a comprender que los administradores del establecimiento rechazasen su pretensión; pero hombre de temperamento dulce, poco dispuesto a reñir una batalla contra la voz pública hasta consentir que fueran rectificadas las especies calumniosas a las que me he referido, alejóse lentamente y dando vueltas entre las manos a su gorra de pieles, y al llegar al umbral de la puerta preguntó:
—¿Conque no quieren cedérmelo, señores? —No —contestó Limbkins—. En las condiciones señaladas en el anuncio, desde luego no. En atención a la suciedad del oficio, entendemos que procede disminuir el premio ofrecido.
Gamfield, cuyo rostro iluminó la alegría, se acercó de nuevo a la mesa y preguntó:
—¿Cuánto quieren darme, señores? Les suplico que sean compasivos con un pobre hombre como yo. ¿Cuánto me darán?
—Tres libras y diez chelines bastan y sobran —dijo Limbkins.
—Sobran en efecto; pues con tres libras estaría bien pagado —añadió el del chaleco blanco.
—¡Vaya, señores! —suplicó Gamfield—. ¡Pongan cuatro libras! ¡Cuatro libras, y se libran del muchacho en cuestión!
—Tres libras y diez chelines —repitió Limbkins con firmeza. —Partamos la diferencia —insistió Gamfield—. Lo dejaremos en tres libras y quince chelines.
—Ni un penique más —replicó Limbkins con la misma decisión. —¡Vaya, vaya! ¡Tonterías y ganas de perder tiempo! —exclamó el del chaleco blanco— ¿No comprende usted que, aun tomándole sin premio, haría un buen negocio? ¡No sea usted tonto y lléveselo! Es precisamente el muchacho que le conviene. Algún correctivo necesita, es verdad; pero en cambio lo mantendrá usted con muy poca cosa, pues desde que nació, está acostumbrado a un régimen de parquedad extraordinaria. ¡Ja, ja, ja, ja!
Gamfield miró con aire socarrón a los miembros de la junta, y como observara la sonrisa que animaba los semblantes de todos, no quiso ser menos y sonrió también. El trato estaba hecho. Bumble recibió orden de presentar aquel mismo día a Oliver Twist, juntamente con el contrato de aprendizaje, ante el magistrado, que debía aprobar y firmar el acuerdo de la junta.
Como resultado de esta determinación, Oliver fue sacado del calabozo, con gran sorpresa suya, que subió de punto al ver que le ponían camisa limpia. Apenas terminada esta operación a la que tan poco acostumbrado estaba, Bumble le sirvió, con sus propias manos, un enorme tazón de gachas, y a continuación, dos onzas y un cuarto de pan, ni más ni menos que si fuera día de fiesta.
Oliver, ante espectáculo tan inconcebible, rompió a llorar amargamente, creyendo, no sin fundamento, que la Junta había resuelto matarle con, algún objeto utilitario, y a ese efecto principiaban por engordarlo.
—No llores, Oliver —dijo Bumble con prosopopeya—. Come bien y alégrate. Vas a aprender un oficio.
—¡Un oficio, señor! —exclamó Oliver. —Sí, Oliver, sí. ¡Los hombres generosos y caritativos que han sido para ti padres cariñosos, supliendo a los que tú no tienes, van a darte un oficio, van a lanzarte al mundo, a hacer de ti un hombre de provecho, aunque su generosidad cueste a la parroquia tres libras y diez chelines! ¡Tres libras y diez chelines... Oliver!... ¡Setenta chelines!... ¡Ciento cuarenta monedas de seis peniques!... ¡Y asómbrate! ¡Todo ello, por un miserable expósito a quien nadie quiere!
Detúvose el bedel para tomar aliento, después de pronunciado aquel discurso con tono doctoral. El muchacho sollozaba amargamente. Por sus mejillas corrían copiosas lágrimas.
—¡Vamos! —prosiguió Bumble con menos majestad, halagado sin duda su amor propio por la impresión producida por su elocuencia—. ¡Sosiégate, Oliver! Seca tus ojos con la manga de tu chaqueta y no viertas lágrimas sobre las gachas. ¡Es una tontería!
Lo era, en efecto, pues las gachas tenían agua sobrada.
—Si se le diera cualquier otro oficio, se nos escaparía inmediatamente, señor —contestó Bumble.
—Y ese hombre... usted, ¿ha de ser su amo? —repuso el magistrado—. Le tratará usted bien, le dará alimentación suficiente, le cuidará, ¿no es cierto?
—Cuando hago una promesa, la cumplo —contestó Gamfield, saliéndose por la tangente.
—Habla usted con cierto tono de brusquedad, amigo mío, pero tiene aspecto de hombre honrado y franco —observó el anciano, dirigiendo sus anteojos al candidato al premio que acompañaba a la persona de Oliver.
La justicia me obliga a decir que su rostro de villano reflejaba fuerte dosis de crueldad; pero el magistrado estaba casi ciego y del todo chocho, circunstancias ambas que le impedían distinguir lo que saltaba a la vista de todos los demás.
—Tengo la presunción de creer lo que soy —contestó Gamfield, con sonrisa lúgubre.
—Y yo no dudo que lo es —dijo el magistrado, afianzando las gafas sobre la nariz y buscando el tintero.
En aquel momento crítico se decidía la suerte futura de Oliver. Si hubiera estado el tintero en el sitio en que creyó el anciano que estaría, éste hubiese mojado la pluma y firmado el acta que ponía al pobre muchacho en manos del deshollinador; pero quiso el destino que el tintero se hallase precisamente debajo de sus narices mientras el magistrado lo buscaba por todas partes sin verlo; quiso también el destino que en el curso de aquellas pesquisas alzase el buen anciano los ojos, y que éstos repararan en el semblante pálido y desencajado de Oliver Twist, quien, a pesar de las miradas tremebundas y de los dolorosos pellizcos de Bumble, contemplaba la cara repulsiva de su futuro amo con expresión de horror y de espanto harto visibles para que dejara de notarla hasta aquel magistrado medio ciego.
Quedó suspenso el caballero, y, dejando la pluma sobre la mesa, miró con fijeza a Limbkins, quien intentó disimular su turbación apelando a su cajita de rapé.
—¡Hijo mío! —exclamó el magistrado, inclinándose sobre la mesa. Estremecióse Oliver al escuchar aquellas dos palabras. Harta disculpa merece su conducta, pues le fueron pronunciadas con acento de dulzura, y los sonidos desconocidos asustan siempre. El niño, temblando de pies a cabeza, rompió a llorar.
—¡Hijo mío! —repitió el magistrado—. Te veo pálido y como alarmado; ¿por qué?
—Sepárese usted del niño, bedel —dijo el otro magistrado, dejando el periódico y mirando con interés a Oliver—. Veamos, hijo mío —repuso— ¿qué te pasa? ¿Por qué tienes miedo?
Oliver no pudo resistir más. Cayendo de rodillas, y juntando las manos en actitud suplicante, rogó a los magistrados que dispusieran que fuera encerrado de nuevo en el calabozo obscuro, donde se resignaría que le hicieran perecer de hambre, que le pegaran y azotaran, a que le mataran de una vez, siempre que no le pusieran en manos de aquel hombre que le horrorizaba.
—¡Bien! —exclamó Bumble, alzando los ojos y las manos al cielo con expresión de gran majestad—. ¡Muy bien, Oliver! ¡Embusteros astutos y cínicos he visto en el mundo; pero jamás vi ejemplar tan archirrequetedescarado como tú!
—¡Cállese usted, bedel! —exclamó el segundo magistrado, luego que Bumble profirió el calificativo triplemente compuesto.
—Ruego a Su Señoría que me perdone —dijo Bumble, como no dando crédito a sus oídos—. ¿Es a mí a quien se dirige Vuestra Señoría?
—Sí. ¡Cállese usted! La estupefacción dejó atortolado a Bumble. Imponer silencio a un bedel era cosa inaudita; una revolución moral.
Los dos magistrados cruzaron entre sí una mirada de inteligencia y a continuación, el de las gafas de concha, dejando el pergamino que en la mano tenía, dijo:
—Negamos nuestra sanción al acta. —Espero —observó el señor Limbkins— que el testimonio sin pruebas ni valor de un niño no influirá en el ánimo de los señores magistrados en el sentido de hacerles formar opinión de que las autoridades del hospicio se han conducido mal.
—No somos los magistrados llamados a pronunciar la opinión que el asunto nos merezca —contestó con severidad el anciano del periódico—. Lleven nuevamente al niño al asilo, y trátenle bien y con dulzura, que me parece que harto lo necesita.
Aquella misma tarde aseguraba el señor del chaleco blanco, de la manera más rotunda y categórica, no sólo que Oliver moriría ahorcado, sino también que su cuerpo, previamente descuartizado, adornaría los postes colocados para el objeto en los márgenes de los caminos reales. Bumble, encogiéndose de hombros con expresión sombría y misteriosa, dijo que sus deseos eran que el chico se enmendara y tuviera un buen fin, a lo que replicó el señor Gamfield que hubiera deseado llevarse al muchacho.
Al día siguiente se hizo saber que Oliver Twist pasaba de nuevo a la condición de alquilable, y que sería entregado, juntamente con la prima de cinco libras esterlinas, a quien de él quisiera hacerse cargo.