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Otra ronda es una película dramática danesa dirigida por thomas vinterberg, que se estrenó en 2020. La película sigue a cuatro amigos profesores de secundaria que deciden llevar a cabo un experimento para ver si beber alcohol durante el día les ayuda a mejorar sus vidas. La película explora temas como la masculinidad en crisis, los efectos del alcohol y la búsqueda de la felicidad. Con una memorable actuación de mads mikkelsen, otra ronda ha sido aclamada por la crítica y ha recibido numerosos premios, incluyendo el oscar a mejor película internacional. La película utiliza recursos visuales y auditivos de manera efectiva para transmitir la experiencia de los personajes y su relación con el alcohol. Otra ronda es una reflexión profunda sobre la condición humana y los desafíos que enfrentamos en la vida.
Tipo: Resúmenes
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Ficha técnica Título: Otra Ronda Título original: Druk Reparto: Mads Mikkelsen (Martin) Thomas Bo Larsen (Tommy) Magnus Millang (Nikolaj) Lars Ranthe (Peter) Maria Bonnevie (Anika) Año: 2020 Duración: 116 min. País: Dinamarca Director: Thomas Vinterberg Guion: Tobias Lindholm, Thomas Vinterberg Fotografía: Sturla Brandth Grøvlen Productora: Zentropa Productions, Topkapi Films i Film I Väst Género: Comedia i drama Distribuidor: Bteam Pictures Premios: 2020 : Premios Oscar: Mejor película internacional 2020 : Globos de Oro: Nominada a mejor película de habla no inglesa 2020 : Premios BAFTA: Mejor película de habla no inglesa. 4 nominaciones 2020 : 4 Premios del Cine Europeo: Mejor película, dirección, actor (Mikkelsen), guion 2020 : Festival de San Sebastián: Mejor actor y Premio Feroz de la crítica 2020 : Critics Choice Awards: Nominada a mejor película de habla no inglesa 2020 : Premios César: Mejor película extranjera 2020 : Asociación de Críticos de Chicago: Mejor película extranjera 2020 : Satellite Awards: Nominada a mejor película de habla no inglesa 2021 : Premios Goya: Mejor película europea 2021 : Premios Gaudí: Mejor película europea Marc històric Thomas Vinterberg, uno de los directores europeos de cine de autor más reconocidos —y sobrevalorados para quien esto escribe— vuelve a poner sobre el tapete un tema incómodo que contraviene los valores de la sociedad occidental (el consumo excesivo de alcohol) como ya hiciera en La caza (la acusación de abuso sexual a un menor) y La comuna (la vida en una comuna en los años 70). En los tres casos, el danés comete el mismo pecado: en vez de explorar su propuesta hasta el final, se pone moralista y recula para virar hacia el melodrama más convencional (ver spoiler), tan del gusto de los dadores de premios.
Thomas Vinterberg, desde sus tiempos del Dogma 95 y su Celebración, ha ido construyendo una filmografía que nunca busca ni plantea cuestiones fáciles. Sus películas no suelen dejar indiferentes, remueven. En Otra ronda es capaz de realizar un complejo análisis sobre el alcoholismo o sobre una cuestión que es el centro de esta dependencia: por qué muchas sociedades, no solo la danesa, giran alrededor del alcohol. Qué provoca el alcohol en las personas. ¿Realmente despierta un impulso dormido? Por qué se bebe. Cuándo se nos va de las manos. Por qué está tan presente el alcohol en todos los estamentos sociales… La cita del filósofo padre del existencialismo, Søren Kierkegaard, introduce la clave de recepción de Druk, última película del danés Thomas Vinterberg. Iniciador junto a su compatriota Lars Von Trier del movimiento Dogma ’95, que sacudió los cánones procedimentales hegemónicos del cine, y postuló unos principios equivalentes a la nouvelle vague francesa o al neorrealismo italiano. Dueño de una carrera cinematográfica irregular, Vinterberg destacó con La celebración (especie de manifiesto fundacional del Dogma, 1998) o La cacería (2012). En 2020, con Druk (Otra ronda), el danés aparece nominado por primera vez a los Oscar a Mejor Dirección y Mejor Película Internacional. Sugestivo dramedia danesa dirigida por Thomas Vinterberg, a partir de un guión del propio director junto a Tobias Lindholm, teniendo entre sus alicientes que estos dos junto al protagonista Mads Mikkelsen nos regalaron en 2012 la impactante “La caza”. La película se basó en una obra de teatro que Vinterberg había escrito mientras trabajaba en Burgtheater (Viena). La inspiración adicional provino de la propia hija de Vinterberg (Ida), quien había contado historias sobre la cultura de la bebida en la juventud danesa, esta había presionado originalmente a Vinterberg para que adoptara la obra en una película, y estaba programada para interpretar a la hija de Martin (Mikkelsen). La historia fue originalmente "Una celebración del alcohol basada en la tesis de que la historia mundial habría sido diferente sin el alcohol". Sin embargo, cuatro días después de la filmación, Ida murió en un accidente automovilístico. Después de la tragedia, el guión fue reelaborado para convertirse en una afirmación más vital: "No debería tratarse sólo de beber. Se trataba de despertar a la vida", afirmó Vinterberg. Tobias Lindholm se desempeñó como director la semana siguiente al accidente. La película estaba dedicada a ella y fue filmada parcialmente en su salón de clases con sus compañeros. Otra ronda la realizó en un momento difícil. Al final de la película surge una dedicatoria enorme: “A Ida”. Ida es su hija de 19 años, que falleció en un accidente de tráfico, al poco de hundirse en la vorágine del rodaje. Precisamente ella y sus compañeros de instituto estaban muy implicados en este largometraje. Tras su muerte, Vinterberg siguió adelante, pensó que era lo que su hija habría querido y lo que es cierto es que finalmente de un camino tortuoso y tragicómico con el alcohol como protagonista, nace una película contradictoriamente vitalista. Si Vinterberg y su musa Mads Mikkelsen hicieron el primer capítulo de su odisea por la crisis de la mediana edad en 2012 (The Hunt), entonces Another Round se siente como
Martin, antiguo bailarín de ballet de jazz, baila con el resto de los asistentes a la fiesta, a lo que se había negado hasta este momento de la película a pesar de las reiteradas instigaciones de sus compañeros. Su baile se vuelve cada vez más frenético y la historia termina cuando se lanza al mar de cabeza. Recursos visuales Druk no es una película que le haga apología al alcohol —pero está lejos de aborrecerlo—, es, según Vinterberg, una celebración de la vida. Siguiendo el viaje del héroe, la cinta inicia enseñándonos el mundo ordinario, cómo es el día a día de Martin antes de que conteste el llamado a la aventura, y nos encontramos a un personaje sumido completamente en la rutina, viviendo en piloto automático. El mundo de Martin está acartonado y esto nos lo refuerzan a través de la estética de esta primera parte de la historia: la luz es plana casi en su totalidad —no hay sombras— y no tiene color, la cámara no se mueve, llevando a planos estáticos que, adicionalmente, presencian la escena desde un rincón; la paleta de colores es monocromática, en ella dominan los tonos cafés poco saturados e incluso el montaje deja planos largos —pasa mucho tiempo sin cortar a otro plano— donde vemos la cara de Mads Mikkelsen cuestionarse su propia existencia. Todos estos elementos generan en conjunto la idea de cómo se vería la desazón hecha película, exteriorizan el estado de ánimo de Martin en ese momento y nos servirán como punto de referencia para que más adelante, al momento que empiecen a probar la teoría, podamos dar cuenta del cambio y el efecto que esta tiene en la vida de nuestros protagonistas no sólo a través de las interpretaciones del elenco, sino también a través de la estética. En Otra ronda, el uso reiterado de cortes repentinos entre una escena y otra que describe el montaje articula los altibajos del experimento vuelto desafío que coquetea con el alcoholismo, una enfermedad latente a nivel mundial, y la otra cara de la aparente felicidad que creemos prejuiciosamente que existe en los países nórdicos. De hecho, cada secuencia empieza a configurarse entre un trago y el siguiente, o entre un trago y el cese del horario establecido para el consumo, como si la sobriedad implicase la inercia rutinaria que tanto buscan evadir. No obstante, con el transcurso del tiempo, el consuelo momentáneo que ofrece la ingesta de alcohol será interrumpido por el inevitable regreso al hogar, con elipsis violentas que omiten los estadios intermedios de la borrachera para contemplar una exitosa lección de historia o incluso una posible conciliación marital. Es un tanto predecible que el experimento que había rendido sus frutos en sus etapas piloto se salga de las manos con el correr de los días. No solo el gradual aumento del nivel etílico que Martin se impone e impone a los demás conjetura una catástrofe, sino además pequeños indicios en la imagen se dejan llevar por una creciente sujeción a la bebida. Dicho de otro modo, la fotografía misma de la película, en un lenguaje centrado en sus personajes, empieza a fungir de provocador con encuadres estéticos de cualquier bebida alcohólica presente. El primer trago que toma Martín en el colegio, lo hace a escondidas, como si fuera una imposición obligada y desde una bolsa que esconde el contenido prohibido. Sin embargo, a medida que la cámara en mano se
va tornando más desprolija, por más que permanezca en sintonía con el porcentaje de alcohol consumido, reserva a los vasos y a las botellas planos detalles que al unirlos al rostro de los personajes, insinúan las ansias por beber y la posterior satisfacción o desahogo de haber paliado dicha ansiedad. BUSCAR FOTOS DE LAS BOTELLAS Los momentos de sobriedad, por otra parte, vendrán activados con la aparición de una mirada exterior, habitualmente en la forma de un personaje que observa y juzga, que devuelve con su punto de vista a los cuerpos de los borrachos al imaginario que les corresponde, en los márgenes de lo socialmente aceptable. En la capa visual, este exilio se concreta en la cancelación del movimiento de la cámara y el reencuadre. Ni falta hace decirlo: cuando llevamos el «puntillo», el mundo se mueve a nuestro alrededor y todo es grácil como la seda, a pesar de que desde fuera no seamos más que un cuerpo inestable y ridículo. Colocar esto como introducción a recursos auditivos: Druk comienza con un fantástico prólogo en el que Vinterberg marca cláramente cuáles serán las reglas por las que se regirá toda la película. Nos presenta un fiesta popular adolescente en la que la legítima ingesta de alcohol es el vehículo principal del divertimento de los jóvenes. Adolescentes, primavera, alcohol a discrección. Colores vivos, mucha luz y música festiva cómplice. Una especie de «spring breakers» a la danesa. Pero de repente hay un corte brusco, en seco. Pantalla negra y comienzan los títulos. Cuando nos encontrábamos abstraídos bailando junto a adolescentes daneses frente al lago al son de música festiva a todo volumen, de repente, todo se para brúscamente. Es lo que coloquialmente llamamos un «cortapedos», que es exactamente una de las cuestiones principales que plantea Druk. Recursos auditivos Cuando ves la explosión final de Martin (Mads Mikkelsen) en una danza vital, bajo la letra What a life del grupo danés Scarlet Pleasure, una canción que canta a la algarabía de ser joven, de vivir el presente, a esa sensación de comerse el mundo y de no tener planes de futuro ni querer preocupaciones, de no pensar más allá de disfrutar de la vida y de determinados momentos. A esa sensación de vitalidad, sin miedo; a esos deseos de celebración eternos. A esas ganas de vivir la vida como una borrachera perpetua, entonces quizá solo quizá se puede entender la premisa de la que parte la experiencia en la que se embarcan cuatro profesores daneses. Hay algo especial en el uso de la música desde la escena de la cena, que una sensación difícil de definir que convierte el largometraje en un manifiesto lleno de sentimiento y tristeza que busca ser asimilada, para aprender a bailar junto a ella. Quiero destacar el uso que le dan a la música a través del filme, desde la secuencia inicial se nos establece que la música —extradiegética— es sinónimo de la relajación y el entusiasmo producto del alcohol, esta es una música que no proviene de ningún sitio particular, los personajes no la están escuchando, es la música que acompaña las
sugerencia del psiquiatra noruego Finn Skårderud de que el cuerpo humano tiene una deficiencia de alcohol incorporada, Martin y tres amigos cercanos se embarcan en un experimento imprudente: para ver si beber durante el día puede ayudarlos a convertirse en mejores versiones de sí mismos, para aprender a vivir de nuevo. Es Nicolaj, profesor de psicología, quien propone y sistematiza el experimento en el cual se embarcarán los personajes, como intento de sortear la inexistencia de la relación sexual, sirviéndose del discurso científico. En palabras del personaje: “no estar ni borracho ni sobrio... el punto justo” con el fin de “estar relajado, preparado, musical y abierto... más valiente”. Esto es tomado por cada uno de ellos, a medida, para intentar taponar las propias faltas, tal como expresa Peter, el profesor de música: “Me vendría bien un poco más de confianza en mí mismo y espíritu...”. Al igual que el manifiesto Dogme 95 que Vinterberg cocinó con Lars von Trier, las reglas bajo las cuales se llevará a cabo este experimento son severas y absurdas. Lo más importante es que el cuarteto acepta abandonar la bebida por la noche o el fin de semana, restringiendo su intoxicación al lugar de trabajo, al menos inicialmente. En cuanto a las cantidades que consumen, estas se supervisarán estrictamente y registrarán en un documento pseudoacadémico, cuyos extractos aparecen en la pantalla. Al principio, el experimento produce resultados positivos, con pequeñas ingestas de alcohol que producen grandes cambios ("no me he sentido tan bien en años"). Liberados de las ansiedades de la sobriedad, los amigos se encuentran más lúcidos, más comunicativos y más espontáneos. Pero inevitablemente, a medida que su ingesta aumenta, los beneficios bajan, dejándolos en espiral hacia la autodestrucción. Vinterberg dirige el experimento con un diseño limpio y medido. El estudio se divide en tres partes, viendo a los hombres beber primero un poco juntos, luego beber mucho de forma independiente y finalmente beber más juntos de nuevo. En el primer momento el experimento les aporta un matiz más bien vital, funcionando el alcohol como deshinibidor y facilitador del lazo social. Nicolaj queda embriagado por los efectos que el experimento genera en su colega Martin. Peter consigue una mayor inspiración en sus clases de música. Tommy, un sujeto melancolizado, con apariencia triste y cansada, se transforma en un profesor de educación física apasionado y sensible. Martin intenta nuevos modos de transmisión y acercamiento afectivo con los alumnos. En el segundo momento, el grupo decide parar el experimento, pero uno de los integrantes, Tommy, decide continuar con el consumo de alcohol. Después de protagonizar un episodio bochornoso en la escuela, este personaje procede a cometer el acto suicida. Finalmente, en el tercer momento, hacia el final del film, Martin inicia un baile revitalizado, el cual se va incrementando a cada momento. Allí donde la muerte se ha hecho presente, Martín y sus colegas parecen haber obtenido el éxito en su
experimento, al conseguir formar parte de la juventud. Curiosamente, Martin concluye su baile arrojándose al mar, el mismo recurso utilizado por Tommy. Thomas Bo Larsen es el gran rompecorazones de la película como Tommy, un profesor de educación física convertido en entrenador de fútbol infantil que disfruta (no, necesita) el experimento más de lo que nadie se da cuenta. Larsen telegrafia la tristeza de permitir que tu vida se escape sin control, todavía capaz de instar a otros a aferrarse a la suya, mientras solo es capaz de flotar lejos de ti mismo. Sus advertencias sirven a Martin más que a sí mismo, que, gracias al dominio sin precedentes de Mikkelsen del hombre taciturno y mediocre, es el mayor activo de la película. Por mucho que Nikolaj intente tentar a sus amigos con la catarsis, el olvido y la emancipación, se reduce a algo mucho más simple. ¿Qué te hace sentir más vivo, sin amenazar con dañarlo irreparablemente? Otra ronda está buscando una buena noche, pero también es cauteloso con el dolor de cabeza que amenaza la mañana siguiente. Según redacta Emma Jones en el artículo publicado en BBC News, Vinterberg dijo que "Comenzó como una película sobre el alcohol y la amistad, y luego tuvimos la ambición de elevar Another Round para que se tratara de la vida. No solo estar vivo, sino vivir. La película tiene lugar en su aula entre los amigos de Ida, en su escuela, y es una celebración de la juventud de alguna manera, y de la vida en la que estaba". Si bien al inicio de la puesta en marcha del experimento el consumo se anuda a una cara más bien vital, ligado a buscar cierta desinhibición para estar “más relajado, más abierto, más musical”, teniendo en cuenta lo que le falta a cada quien; en un segundo momento, con la aparición del consumo en solitario, aparece una vertiente del lado de lo mortífero. La premisa de los personajes, más allá del hecho de legitimar la ingesta caprichosa de alcohol, es usar el alcohol como herramienta en la mejora de sus vidas, en su esfera profesional y en la personal. El alcohol les deshinibe, les permite desprenderse de miedos e inseguridades. En estas imágenes podemos ver como en Otra ronda se mencionan diferentes personajes históricos importantes de los que es conocida la ingesta continuada e importante alcohol, desde políticos a artistas, desde Churchill a Tchaikovsky o Hemmingway. FOTO DE LOS FOTOGRAMAS DE FAMOSOS Desde el comienzo de la película Vinterberg habla de la juventud, como valor a ensalzar. ¿Pero cuando se deja de ser joven? Los protagonistas de Druk añoran constantemente épocas pasadas, intentando incluso revivirlas. Acaban completamente integrados entre los adolescentes que los rodean, pero ellos ya no lo son, ni lo volverán a ser.
Es una escena de contrastes. La escena es eminentemente festiva -vuelven los colores vivos y a luz, en contraste con la fotografía oscura de pasajes anteriores-, pero la letra de la canción se refiere expresamente a los problemas que acarrea la drogodependencia. Los personajes protagonistas, los profesores, empiezan bailando de manera muy torpe, pero con la ingesta continuada de alcohol se muestran como bailarines extraordinarios. Porque una cosa es cómo nos vemos, y otra lo que somos. Como individuos en la sociedad, y como colectivo social en general. El alcohol llega a ser positivo hasta cierto punto, porque el alcohol al final no deja de ser algo que uno no puede llegar a controlar, si se abusa de él. Eso trae consecuencias, que en su mayoría de veces tienden a ser negativas. Lo que hace de Druk (Another Round) una de las mejores películas del director, es el poner en manifiesto el concepto de lo incontrolable, de aquello que por mucho que nos empeñemos se nos acaba escapando de nuestras manos. El personaje de Mads Mikkelsen, no acepta que su matrimonio este roto desde hace tiempo y que lo que correcto sería dejarlo ir. Hay situaciones en nuestras vidas que no llegan a tener el final que esperábamos, pero es necesario poder aceptar esa realidad para poder seguir adelante. Es un canto puramente humanista, de cómo necesitamos absorber cada segundo de nuestra existencia y aceptar todo lo bueno y malo que nos depara. Al igual que nada es blanco o negro, que hay muchos tintes grisáceos de por medio. Es un toque de atención, que nos hace pararnos y reflexionar sobre si estamos únicamente con vida o estamos viviendo con vida. La perspectiva que utiliza Vinterberg en ocasión de Otra Ronda es muy inteligente porque en esencia combina un ingrediente cultural atemporal, la férrea cultura alcohólica full time de los países del Primer Mundo (se bebe para festejar un gran acontecimiento, para finalizar el día, cuando se está deprimido, cuando no pasa absolutamente nada, en medio de salidas recreativas con allegados, etc.), y un ingrediente paradigmático -y cada vez más hermanado al previo- de nuestro presente, nos referimos a la tendencia a evadirse de la realidad a través de componentes semi mágicos que vengan de la nada a solucionar un todo complejo de disgustos y obstáculos que lejos están de habilitar fórmulas, atajos o recetas esquemáticas. Es emotiva y brillante. En la película Otra ronda (Druk) juegan un papel fundamental los cuatro protagonistas que se entienden a la perfección y encuentran un lugar donde sentirse cómodos para dar rienda suelta y mucha vida a sus alocados personajes. . La verdad es que el punto de partida es tan llamativo como interesante, pareciendo que estamos ante una producción transgresora y gamberra. Pues bien, nada más lejos de la realidad, ya que estamos ante otro drama con moraleja social, que desaprovecha su hilarante punto de partida y que acaba siendo más convencional de lo que pretende ser. La verdad es que me chirría tanto elogio y crítica positiva a una cinta que todos sabemos cómo acabará desde el minuto uno, siendo rudimentaria hasta decir basta.
Una vez finaliza, deja la sensación de que no nos han contado nada que no supiéramos con anterioridad, apostando por un mensaje conservador, el cual se ve venir de lejos. Nada nuevo luce bajo el sol, en un producto que muchos aplauden con fervor, pero que estoy seguro que pocos recordarán en un par de años, por mucho que haya elementos que sí funcionan, aunque la dirección no sea uno de ellos. nos venden la película como si fuese muy canalla y desmelenada, pero basta con rascar un poco en la superficie para comprobar que se trata de otro melodrama aleccionador, que intenta ofrecer algo fresco y rompedor durante su primera mitad, pero que se derrumba sin remedio antes de lo esperado. Tampoco ayuda que los secundarios estén tan desdibujados, notándose que su misión es la de complementar al personaje principal y conformar el grupo de amigos, para que la trama tenga algo más de sentido. Estudio https://www.aacademica.org/000-012/ http://www.elespectadorimaginario.com/otra-ronda/ https://historiadelcine.es/criticas-cine/druk-another-round-2020-vinterberg/ http://metacultura.com.ar/alcohol-contra-la-indiferencia/ https://prodavinci.com/druk-de-vinterberg-hablemos-de-otros-para-hablar-de- nosotros/ http://www.polvo.com.ar/2021/04/druk-otra-ronda/ https://www.bbc.com/news/entertainment-arts- https://lwlies.com/reviews/another-round/ https://www.theguardian.com/film/2021/jul/04/another-round-review-thomas- vinterberg-mads-mikkelsen-daytime-drinking https://www.filmaffinity.com/es/film875031.html https://hildyjohnson.es/?p= https://cinemagavia.es/otra-ronda-druk-pelicula-critica/ http://elagentecine.cl/criticas-2/druk-1-el-alcoholismo-como-excusa/ https://www.filmin.es/pelicula/otra-ronda https://magnet.xataka.com/en-diez-minutos/otra-brecha-europa-alcoholismo-mata-a- mucha-gente-paises-nordicos-que-sur
Marco histórico Desde la invasión de Irak en 2003, encabezada por las fuerzas armadas estadounidenses, no han sido pocas las películas, sobre todo de Hollywood, que han creído oportuno dar cuenta de su personal punto de vista sobre este conflicto. Esta afirmación puede sorprender, considerando que una inmensa parte de estas producciones no han llegado al gran público, debido a su baja calidad o al escaso interés que suscitaron en un pueblo ora convencido, ora preocupado por la manipulación de la opinión pública por un gobierno estigmatizado y sin crédito. No obstante, el objeto de este texto no es el debate sobre la justificación de lo injustificable. Ciñámonos, pues, al ámbito cinematográfico. La guerra de Irak ha sido la contienda que ha generado el mayor y más diverso volumen de imágenes. Desde las películas producidas por multitud de países, a los vídeos grabados por los propios soldados o los colgados en Internet por células yihadistas, sin olvidar los filmes de Mohamed Al Daraji. La intervención militar de Irak duró algo más de un mes y derrotó a las fuerzas iraquíes. Sadam Huseín fue derrocado en favor de la Autoridad Provisional de la Coalición y, meses más tarde, capturado por los militares estadounidenses, hasta que fue juzgado y ejecutado. Washington intentó conducir al país hacia la democracia, pero el vacío de poder desató una ola de violencia entre suníes y chiíes. La guerra de Irak entre 2003 y 2011, cuando terminó la ocupación, causó miles de muertos, propició el nacimiento de la facción iraquí de Al Qaeda, considerada antecedente de Dáesh, y dejó una crisis económica, política y social, además de una guerra civil. La agresión de Washington y sus aliados recibió el rechazo de la mayoría de Estados, que lo consideraron una violación del derecho internacional. Algunos de los filmes sobre la guerra de Irak exhiben historias de ficción construidas a partir del clásico germen político o moral, como son los casos de Redacted (Brian de Palma, 2007) o La batalla de Hadiza (Battle for Haditha, Nick Broomfield, 2007). También los hay filmados desde el otro bando, como Ahlaam (Sueños, Mohamed Al Daradji, 2005). Pero, la mayoría se centra en la terrible experiencia de la contienda y sus consecuencias físicas y psicológicas, como Jarhead, el infierno espera (Jarhead, Sam Mendes, 2005), En el valle de Elah (In the Valley of Elah, Paul Haggis, 2007) o la reciente The Messenger (Oren Moverman, 2009). La incursión femenina en este subgénero se inauguró con Ausente (Stop-Loss, 2008) de Kimberly Peirce; ahora es el turno de Kathryn Bigelow, una de las primeras mujeres en ponerse tras las cámaras, que ofrece una mirada muy alejada del denostador prejuicio sobre las filmografías de mujeres. Se puede afirmar que Kathryn Bigelow es una directora obsesionada por retratar la acción y la adrenalina. Especializada en encontrar en la acción todos los matices necesarios para reflejarlos con la máxima emoción en una historia cinematográfica. Y, a pesar de una trayectoria elogiable, con algún tropezón (perdonable), parece que con su último (y retardado) trabajo, ‘En tierra hostil’, ha logrado aproximarse con enorme acierto a transmitir pura adrenalina.
Hace un par de años se estrenaba En tierra hostil, un guión de Mark Boal sobre una unidad de artifieros destacados en Iraq, del que Bigelow supo trasmitir toda su crudeza, una película que logró Seis Ocars. Frente a esta, La noche más oscura (Zero dark thirty) transcurre de forma episódica, arrancando con la pantalla en negro en la que nos muestra los atentados del 11 de septiembre, a través de los gritos de algunas de las víctimas de las Torres Gemelas. La singularidad del caso Bigelow, aquello que lo hace precisamente más rico y complejo, es que se trata de una directora de primer orden, capaz de plantear una puesta en escena de un rigor y una precisión abrumadoras, algo cada vez más infrecuente en el panorama del Hollywood actual. No por nada, para hablar de su película ha sido necesario remitirse al mejor modelo de relato clásico y es así como surgen los nombres de Alfred Hitchcock (por su utilización estructural del suspenso), Howard Hawks (la camaradería masculina, el peligro como motor dramático) y Samuel Fuller (el cine como campo de batalla). El caso de Kathryn Bigelow, de 58 años, es atípico y casi único. Desde el principio de su carrera la directora ha explorado géneros considerados como masculinos –todo lo que involucre armas, catástrofe y riesgo–, provocando un desconcierto que acaba siendo, él mismo, tema de conversación. (Ya no se diga actualmente, después de que En tierra hostil obtuviera seis Oscars y otros veinte premios más, casi todos en la categoría de Mejor Dirección.) Que el caso de Kathryn Bigelow sea, en efecto, raro, es menos un problema de Bigelow que de todos los demás –de la industria, la crítica y el público (así como de otros directores y directoras) que asumen como regla que el cine dirigido por mujeres es, necesariamente, un cine sobre mujeres (o para mujeres, desde una sensibilidad femenina, ya sea porque afirma o niega una tradición). Ya desde su primer largo conocido en Argentina, Cuando cae la oscuridad (1987), se supo que Bigelow se entroncaba como pocos en esta tradición, a la que después siguió adscribiendo en Punto límite (1991) y en menor medida en Días extraños (1995). Los memoriosos recordarán, sin embargo, que ya en Testigo fatal (1989), Bigelow había despertado sentimientos encontrados, no sólo al hacer de una mujer policía (Jaime Lee Curtis) su peculiar heroína sino también al exhibir su uniforme y su arma –sobre todo en la inquietante secuencia de títulos– como algo más que fetiches eróticos. Aquí, en Tierra hostil , Bigelow también trabaja un poco en esa misma línea de ambigüedad. Kathryn Bigelow reconstruye con su cámara el relato real del periodista y guionista Mark Boal, enviado especial que convivió con un ejército de elite en Irak, en la cinta 'En tierra hostil. Con Guy Pearce, Ralph Fiennes y David Morse en el reparto. El filme está basado en unos relatos de Mark Boal, un periodista independiente 'embebido' en un escuadrón de especialistas en desactivación de artefactos explosivos durante la guerra de Irak. Los soldados salían de servicio de 10 a 15 veces al día y Boal iba 'pegado' a ellos. Luego, combinó sus experiencias en un relato ficticio basándose en
Buscando material sin explosionar, entran un día en un edificio en que encuentran gran cantidad de explosivos, encontrándose dentro a un chaval muerto y en cuyo interior colocaron una potente bomba que deberá desactivar con gran dolor al pensar que el muchacho es un joven que se hace llamar Beckam, y con el que James había entablado cierta amistad, volviéndose desde ese día más duro y huraño, no haciendo caso al verdadero Beckam cuando vuelve a aparecer, para no encariñarse con él. Durante la investigación de los tremendos daños causado por la explosión de un camión cisterna, James decide buscar a los responsables, al temer que sea una trampa para que, al acudir allí hagan explosionar otra bomba. En contra de su opinión Sanborn y Eldridge se ven obligados a acompañarlo, siendo este último capturado por varios insurgentes, y, aunque finalmente consiguen rescatarlo, este está gravemente herido en una pierna y es repatriado. Otro día, James debe intentar desactivar las múltiples bombas que cubren el cuerpo de un hombre. No lo logrará, pues pusieron tantos candados para cubrirlo que es incapaz de hacerlo a tiempo, no pudiendo evitar que el hombre muera. Sanborn, tras ello se siente deprimido. Está seguro de que morirá pese al poco tiempo que le queda en activo y se da cuenta de que nadie lo echará de menos, pues aun no llegó a crear una familia. James si la tiene. Y cuando son relevados regresa con su mujer y su hijo, aunque no se siente contento con su nueva vida y echa de menos el frente y la acción, por lo que poco después regresa como voluntario a Irak para seguir desactivando bombas. Recursos visuales y auditivos Filmada combinando el estilo documental de la cámara en mano con planos estáticos, la trama sigue el día a día de la "Bravo", una brigada del ejército norteamericano integrada por tres soldados. Esta pertinente reducción en el comando protagónico permite conocer a fondo la personalidad de cada miembro. No hay perspectiva cinematográfica más demoledora de la guerra que la de a ras de suelo, alejada de las grandes visiones que tienen en cuenta la geopolítica o los intereses nacionales. Cuando la cámara sigue como uno más a los que combaten en ella día tras día, el resultado es invariablemente desolador. Y la película empieza con la cámara a ras de suelo. Bigelow saca el máximo partido a unos buenos actores, con Jeremy Renner al frente. Para ello, despliega una puesta en escena meticulosa y medida, que mantiene en tensión al espectador, pues subraya con el montaje y la música las pequeñas intrigas que va generando la vigorosa planificación. Incluso le salen bien varios homenajes al western europeo, muy bien remarcados por la singular banda sonora de Marco Beltrami y Buck Sanders.
La directora sumerge al espectador en cada secuencia recreando una tensión que muestra un excepcional pulso narrativo y cinematográfico, ofreciendo un dominio del medio que sirve como vehículo de transmisión de emociones a través de un montaje furioso, rápido y directo que elude el panfleto a través de una dosificada conexión entre drama y acción que consigue la inmersión del espectador en una tragedia palpable de principio a fin, remedo contemporáneo del wéstern de antaño, que si bien incita a una taquicardia constante también invita a una inquietante reflexión posterior a su visionado. Ya la secuencia de apertura es modélica para explicar en qué consiste el infierno de Bagdad: soldados patrullando por todas partes y sus inevitables bromas procaces, civiles suspicaces, el pánico ante las amenazas de bombas, la desconfianza de unos y otros... y el traje de artificiero, que parece propio de un cosmonauta, y subraya la idea de que los marines están verdaderamente en otro planeta, cuyas claves de inteligibilidad se les escapan. Con cuatro cámaras rodando simultáneamente, la combinación de detalles visuales es provocadora, así como el comienzo del film. Éste, todo un logro con el que el espectador ya está comprado. Los soldados que se juegan la vida desactivando bombas sobre el terreno apenas tienen más perspectiva que la de sobrevivir un día más hasta poder completar el período de servicio y regresar a casa; he ahí ese martilleante descontador de días que va apareciendo sobreimpreso en cada nueva escena. Y la apuesta sube cada día, a cada momento acecha un escalón más en la atrocidad, en el enfrentamiento con una realidad terrible en la que todo lo que a uno le rodea parece conspirar para matarle, a ser posible de la forma más horrorosa concebible. Las comunicaciones y las buenas intenciones poco pueden hacer contra el reloj. Está clara su intención de acercar su película al documental, o por lo menos a las convenciones del cine que quiere parecer documental. Y es por eso que, a parte de lo que comentaba, no es raro ver cómo se sirve de recursos técnicos del tipo cámara al hombro, zooms impulsivos, sobreexposiciones o uso de teleobjetivos. La fotografía, como es de esperar, es seca, rugosa y granulada, y el diseño de sonido potente y cortante. Pero la cámara es un elemento más. Cuando digo “como las de antes” es que las escenas de acción de En Tierra Hostil duran la tira, porque es necesario. Recupera una cosa llamada “set pieces”: secuencias que parecen un minicorto con principio, nudo y desenlace, y que hoy en día brillan casi por su ausencia, cuando hace veinte años gente como De Palma prácticamente construían un film en torno a ellas. El mencionado duelo de francotiradores se prolonga durante diez minutos, y nunca te da la sensación de que sobre ninguno, porque todo está perfectamente detallado (James, dejando caer sorprendido una palanca cuando ve el bombazo que tiene que desactivar). Todas las escenas de acción son así, con el pulso torcido, pero son así. Alterna primeros planos y planos detalle con tomas generales. Escenarios claustrofóbicos al aire libre que consiguen que estemos alertas de lo cercano mientras lo lejano, es decir, lo que rodea al héroe, se presenta amenazante y con menos
En la introducción de la canción ¡Abajo el Alzheimer!, 'Cábalas y cicatrices' (2002), Javier Krahe expone claramente su postura al respecto: "Yo personalmente estoy en contra. Que sé que hay gente que no. Que dice 'que bueno', 'que si esto'. Pero yo estoy en contra. Mi manera de ponerme en contra es, pues nada, ponerme a recordar como loco". No es que Krahe forme parte de la banda sonora de la película pero su manera de encarar la situación ante tamaño enemigo puede explicar la actitud del protagonista, el sargento de primera clase William James, tildado por todos de suicida o de adicto al riesgo. Sí, puede que James sea de la opinión "¡Arriba la vida!" y que sabedor de que sistemáticamente se nos acostumbra a negar lo que buscamos, aparente buscar la muerte precisamente para que no le sea concedida. ‘En tierra hostil (The Hurt Locker)’ se alza con los dos premios de sonido, edición y montaje, y de esta forma “roba” a ‘Avatar’ dos galardones que parecían destinados al film de James Cameron. Una pequeña sorpresa para muchos. Aspectos narrativos Precisamente, este drama ataca, en esencia, el interior de las personas, su pudorosa integridad moral, apercibiendo de la En tierra hostil (The hurt locker)irreversibilidad de sus actos. La indisoluble incertidumbre, la espera del francotirador, la indistinta y paranoica sospecha de lo extraño y desconocido, los fantasmas íntimos. Esta miscelánea desempeña un cometido de plausible franqueza en la composición de una atmósfera ajena y hostil, además de definir un atosigante pulso narrativo, que genera una tirantez insoportable en todas y cada una de las escenas, de principio a fin de la película. No hay tregua. No hay lugar para la distracción; ni para la del soldado -que se relaja bebiendo y agotándose en unas intensas peleas con sus colegas-, ni para la del público. La guerra se percibe como un problema cercano, una cuestión de implicación global que nos concierne a todos. Bigelow acude en ‘En tierra hostil’ a un material que fácilmente provoca tensión: el momento de desactivar una bomba. Es cierto que ver a un personaje, luchando con tensión y valentía, por elegir el cable correcto para desactivar un detonador, provoca con facilidad una emoción de lo más intensa. Pero Bigelow ha conseguido extraer la máxima esencia a este sencillo recurso. La historia está muy bien planteada y con unos personajes muy bien desarrollados. Cada uno tiene su sufrimiento interno, ya sea por el miedo a morir, por el miedo al fracaso, o incluso por el miedo a perder el interés de todo en esta vida. Y eso es lo que el sargento William James (Jeremy Renner) representa, un tipo nuevo que pondrá todo patas arriba. Su manera de ser y, sobre todo, de actuar sin miedo a nada… pondrá en cada salida a su equipo al borde de la muerte. Un militar que no sólo arriesga su vida, sino que arrastraría con él a todo lo que le rodea. Ese será el mensaje que nos
transmitirá la película. Un mensaje que habla de vivir siempre en el límite. La adicción a la adrenalina y acabar aborreciendo todo lo demás. Necesitar vivir al borde. No es esta película, sin embargo, un retrato certero de la guerra y más concretamente de una que tenemos muy próxima, especialmente en la memoria (‘Redacted’). Bigelow no entra en disquisiciones políticas ni éticas, no quiere entrar en el debate habitual. Simplemente ambienta en un terreno hostil situaciones extremadamente tensas, hasta el punto de que generan una adicción al peligro, que es su verdadero tema. Así, la historia se traslada al Bagdad para que conozcamos a la Compañía Bravo, destinada a la desactivación de explosivos. La pérdida drástica del líder del comando plantea una situación, nada agradable y los días para el relevo de personal cada vez parece más lejanos. Hasta que el encargado de erigirse en el nuevo líder da un vuelco en las vidas de sus integrantes. Un hombre impredecible, insurrecto, suicida y demasiado temerario que pone en peligro a sus compañeros en cada acción. Si ya de por si la situación genera un estrés y una tensión elevada, la presencia del desactivador que actúa bajo su propio instinto, motivado por un entusiasta empuje y casi placer en su cometido (guarda recuerdos de cada bomba desactivada bajo su cama), sirven a Bigelow para que el espectador sienta con más fuerza una desconcertante y emocionante narración. Este personaje, magníficamente retratado e interpretado por Jeremy Renner, es el epicentro de la historia. Es el ejemplo máximo de hasta dónde la guerra puede aniquilar cualquier vestigio de tu vida, dejándote con la adrenalina como único sentido. William James es el protagonista del film. Sargento artificiero que vive por y para desactivar explosivos y todo lo demás no existe. Ni le importa poner en peligro la vida de sus compañeros, y le da igual que en casa le esté esperando un crío y Evangeline Lilly. Es una puta cabra. No sólo es adicto a la adrenalina. Es un pavo que quiere demostrar que es más listo que los que ponen las bombas. Un genio criminal disfrazado. Un anti-héroe. Un estereotipo de villano al que se le da la vuelta flagrantemente. Este papel no es un bombón: es la Caja Roja de Nestlé y como Jeremy Renner no es tonto, el tío se hincha. Toda la película gira en torno a él. Se podrían hacer estudios sobre él. Es un grandísimo personaje. Si sólo la película le sacara todo el provecho. Ellos son Will, muy individualista, que parece no conocer lo que es el miedo, y ha desarmado cientos de artefactos; Sanborn, un afroamericano muy racional, que piensa que la seguridad pasa por el trabajo en equipo; y Owen, el más joven, al que el conflicto le está afectando, recibe ayuda psicológica de un coronel médico. A destacar por un lado el del joven Elridge (Geraghty), del cuál sabemos que va al psicólogo y que está cansado del conflicto. El estrés de combate hace mella en él mientras el Sargento James (Renner) hace todo lo contrario, disfruta como no lo puede hacer en un hogar cada vez más lejano.