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Metamorfosis de Ovidio: Apolo y Dafne, Píramo y Tisbe, Orfeo y Eurídice - Prof. Pomer, Apuntes de Literatura

Este documento contiene extractos de las historias de apolo y dafne, píramo y tisbe, y orfeo y eurídice, tomadas de la obra 'metamorfosis' del poeta latino ovidio. Las historias narran el amor y las transformaciones de diversos dioses y mortales. Apolo y dafne se enfrentan cuando el dios intenta seducir a la ninfa, quien se transforma para escaparle. Píramo y tisbe se enamoran mutuamente pero son sorprendidos por una leona, y tisbe muere. Orfeo pierde a su esposa eurídice y la busca entre los infiernos.

Tipo: Apuntes

2013/2014

Subido el 21/12/2014

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LECTURAS DE OVIDIO:
Apolo y Dafne (Ovidio, Metamorfosis, I, 452-567)
Apolo y Dafne
El primer amor de Febo: Dafne la Peneia, el cual no
el azar ignorante se lo dio, sino la salvaje ira de Cupido.
El Delio a él hacía poco, por su vencida sierpe soberbio,
455le había visto doblando los cuernos al tensarle el nervio,
y: “¿Qué tienes tú que ver, travieso niño, con las fuertes armas?”,
había dicho; “ellas son cargamentos decorosos para los hombros
nuestros,
que darlas certeras a una era, dar heridas podemos al enemigo,
que, al que ahora poco con su calamitoso vientre tantas yugadas
hundía,
460hemos derribado, de innumerables saetas henchido, a Pitón.
Tú con tu antorcha no sé qué amores conténtate
con irritar, y las alabanzas no reclames nuestras.”
El hijo a él de Venus: “Atraviese el tuyo todo, Febo,
a ti mi arco”, dice, “y en cuanto los seres ceden
465todos al dios, en tanto menor es tu gloria a la nuestra.”
Dijo, y rasgando el aire a golpes de sus alas,
diligente, en el sombreado recinto del Parnaso se posó,
y de su saetífera aljaba aprestó dos dardos
de opuestas obras: ahuyenta éste, causa aquél el amor.
470El que lo causa de oro es y en su cúspide fulge aguda.
El que lo ahuyenta obtuso es y tiene bajo la caña plomo.
Éste el dios en la ninfa Peneide clavó, mas con aquél
hirió de Apolo, pasados a través sus huesos, las médulas.
En seguida el uno ama, huye la otra del nombre de un amante,
475de las guaridas de las espesuras, y de los despojos de las cautivas
eras gozando, y émula de la innupta Febe.
Con una cinta sujetaba, sueltos sin ley, sus cabellos.
Muchos la pretendieron; ella, evitando a los pretendientes,
sin soportar ni conocer varón, bosques inaccesibles lustra
480y de qué sea el Himeneo, qué el amor, qué el matrimonio, no cura.
A menudo su padre le dijo: “Un yerno, hija, me debes.”
A menudo su padre le dijo: “Me debes, niña, unos nietos.”
Ella, que como un crimen odiaba las antorchas conyugales,
su bello rostro teñía de un verecundo rubor
485y de su padre en el cuello prendiéndose con tiernos brazos:
“Concédeme, genitor queridísimo” le dijo, “de una perpetua
virginidad disfrutar: lo concedió su padre antes a Diana.”
Él, ciertamente, obedece; pero a ti el decor este, lo que deseas
que sea, prohíbe, y con tu voto tu hermosura pugna.
490Febo ama, y al verla desea las nupcias de Dafne,
y lo que desea espera, y sus propios oráculos a él le engañan;
y como las leves pajas sahúman, despojadas de sus aristas,
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¡Descarga Metamorfosis de Ovidio: Apolo y Dafne, Píramo y Tisbe, Orfeo y Eurídice - Prof. Pomer y más Apuntes en PDF de Literatura solo en Docsity!

LECTURAS DE OVIDIO:

Apolo y Dafne (Ovidio, Metamorfosis , I, 452-567)

Apolo y Dafne El primer amor de Febo: Dafne la Peneia, el cual no el azar ignorante se lo dio, sino la salvaje ira de Cupido. El Delio a él hacía poco, por su vencida sierpe soberbio, 455 le había visto doblando los cuernos al tensarle el nervio, y: “¿Qué tienes tú que ver, travieso niño, con las fuertes armas?”, había dicho; “ellas son cargamentos decorosos para los hombros nuestros, que darlas certeras a una fiera, dar heridas podemos al enemigo, que, al que ahora poco con su calamitoso vientre tantas yugadas hundía, 460 hemos derribado, de innumerables saetas henchido, a Pitón. Tú con tu antorcha no sé qué amores conténtate con irritar, y las alabanzas no reclames nuestras.” El hijo a él de Venus: “Atraviese el tuyo todo, Febo, a ti mi arco”, dice, “y en cuanto los seres ceden 465 todos al dios, en tanto menor es tu gloria a la nuestra.” Dijo, y rasgando el aire a golpes de sus alas, diligente, en el sombreado recinto del Parnaso se posó, y de su saetífera aljaba aprestó dos dardos de opuestas obras: ahuyenta éste, causa aquél el amor. 470 El que lo causa de oro es y en su cúspide fulge aguda. El que lo ahuyenta obtuso es y tiene bajo la caña plomo. Éste el dios en la ninfa Peneide clavó, mas con aquél hirió de Apolo, pasados a través sus huesos, las médulas. En seguida el uno ama, huye la otra del nombre de un amante, 475 de las guaridas de las espesuras, y de los despojos de las cautivas fieras gozando, y émula de la innupta Febe. Con una cinta sujetaba, sueltos sin ley, sus cabellos. Muchos la pretendieron; ella, evitando a los pretendientes, sin soportar ni conocer varón, bosques inaccesibles lustra 480 y de qué sea el Himeneo, qué el amor, qué el matrimonio, no cura. A menudo su padre le dijo: “Un yerno, hija, me debes.” A menudo su padre le dijo: “Me debes, niña, unos nietos.” Ella, que como un crimen odiaba las antorchas conyugales, su bello rostro teñía de un verecundo rubor 485 y de su padre en el cuello prendiéndose con tiernos brazos: “Concédeme, genitor queridísimo” le dijo, “de una perpetua virginidad disfrutar: lo concedió su padre antes a Diana.” Él, ciertamente, obedece; pero a ti el decor este, lo que deseas que sea, prohíbe, y con tu voto tu hermosura pugna. 490 Febo ama, y al verla desea las nupcias de Dafne, y lo que desea espera, y sus propios oráculos a él le engañan; y como las leves pajas sahúman, despojadas de sus aristas,

como con las antorchas los cercados arden, las que acaso un caminante o demasiado les acercó o ya a la luz abandonó, 495 así el dios en llamas se vuelve, así en su pecho todo él se abrasa y estéril, en esperando, nutre un amor. Contempla no ornados de su cuello pender los cabellos y “¿Qué si se los arreglara?”, dice. Ve de fuego rielantes, a estrellas parecidos sus ojos, ve sus labios, que no 500 es con haber visto bastante. Alaba sus dedos y manos y brazos, y desnudos en más de media parte sus hombros: lo que oculto está, mejor lo supone. Huye más veloz que el aura ella, leve, y no a estas palabras del que la revoca se detiene: “¡Ninfa, te lo ruego, del Peneo, espera! No te sigue un enemigo; 505 ¡ninfa, espera! Así la cordera del lobo, así la cierva del león, así del águila con ala temblorosa huyen las palomas, de los enemigos cada uno suyos; el amor es para mí la causa de seguirte. Triste de mí, no de bruces te caigas o indignas de ser heridas tus piernas señalen las zarzas, y sea yo para ti causa de dolor. 510 Ásperos, por los que te apresuras, los lugares son: más despacio te lo ruego corre y tu fuga modera, que más despacio te persiga yo. A quién complaces pregunta, aun así; no un paisano del monte, no yo soy un pastor, no aquí ganados y rebaños, hórrido, vigilo. No sabes, temeraria, no sabes 515 de quién huyes y por eso huyes. A mí la délfica tierra, y Claros, y Ténedos, y los palacios de Pátara me sirven; Júpiter es mi padre. Por mí lo que será, y ha sido, y es se manifiesta; por mí concuerdan las canciones con los nervios. Certera, realmente, la nuestra es; que la nuestra, con todo, una saeta 520 más certera hay, la que en mi vacío pecho estas heridas hizo. Hallazgo la medicina mío es, y auxiliador por el orbe se me llama, y el poder de las hierbas sometido está a nos: ay de mí, que por ningunas hierbas el amor es sanable, y no sirven a su dueño las artes que sirven a todos.” 525 Del que más iba a hablar con tímida carrera la Peneia huye, y con él mismo sus palabras inconclusas deja atrás, entonces también pareciendo hermosa; desnudaban su cuerpo los vientos, y las brisas a su encuentro hacían vibrar sus ropas, contrarias a ellas, y leve el aura atrás daba, empujándolos, sus cabellos, 530 y acrecióse su hermosura con la huida. Pero entonces no soporta más perder sus ternuras el joven dios y, como aconsejaba el propio amor, a tendido paso sigue sus plantas. Como el perro en un vacío campo cuando una liebre, el galgo, ve, y éste su presa con los pies busca, aquélla su salvación: 535 el uno, como que está al cogerla, ya, ya tenerla espera, y con su extendido morro roza sus plantas;

–¿qué no siente el amor?–, los primeros lo visteis los amantes y de la voz lo hicisteis camino, y seguras por él 70 en murmullo mínimo vuestras ternuras atravesar solían. Muchas veces, cuando estaban apostados de aquí Tisbe, Píramo de allí, y por turnos fuera buscado el anhélito de la boca: “Envidiosa”, decían, “pared, ¿por qué a los amantes te opones? ¿Cuánto era que permitieses que con todo el cuerpo nos uniéramos, 75 o esto si demasiado es, siquier que, para que besos nos diéramos, te abrieras? Y no somos ingratos: que a ti nosotros debemos confesamos, el que dado fue el tránsito a nuestras palabras hasta los oídos amigos. Tales cosas desde su opuesta sede en vano diciendo, al anochecer dijeron “adiós” y a la parte suya dieron 80 unos besos cada uno que no arribarían en contra. La siguiente Aurora había retirado los nocturnos fuegos, y el sol las pruinosas hierbas con sus rayos había secado. Junto al acostumbrado lugar se unieron. Entonces con un murmullo pequeño, de muchas cosas antes quejándose, establecen que en la noche silente 85 burlar a los guardas y de sus puertas fuera salir intenten, y que cuando de la casa hayan salido, de la ciudad también los techos abandonen, y para que no hayan de vagar recorriendo un ancho campo, que se reúnan junto al crematorio de Nino y se escondan bajo la sombra del árbol: un árbol allí, fecundísimo de níveas frutas, 90 un arduo moral, había, colindante a una helada fontana. Los acuerdos aprueban; y la luz, que tarde les pareció marcharse, se precipita a las aguas, y de las aguas mismas sale la noche. Astuta, por las tinieblas, girando el gozne, Tisbe sale y burla a los suyos y, cubierto su rostro, 95 llega al túmulo, y bajo el árbol dicho se sienta. Audaz la hacía el amor. He aquí que llega una leona, de la reciente matanza de unas reses manchadas sus espumantes comisuras, que iba a deshacerse de su sed en la onda del vecino hontanar; a ella, de lejos, a los rayos de la luna, la babilonia Tisbe 100 la ve, y con tímido pie huye a una oscura caverna y mientras huye, de su espalda resbalados, sus velos abandona. Cuando la leona salvaje su sed con mucha onda contuvo, mientras vuelve a las espesuras, encontrados por azar sin ella misma, con su boca cruenta desgarró los tenues atuendos. 105 Él, que más tarde había salido, huellas vio en el alto polvo ciertas de fiera y en todo su rostro palideció Príamo; pero cuando la prenda también, de sangre teñida, encontró: “Una misma noche a los dos”, dice, “amantes perderá,

de quienes ella fue la más digna de una larga vida; 110 mi vida dañina es. Yo, triste de ti, te he perdido, que a lugares llenos de miedo hice que de noche vinieras y no el primero aquí llegué. ¡Destrozad mi cuerpo y mis malditas entrañas devorad con fiero mordisco, oh, cuantos leones habitáis bajo esta peña! 115 Pero de un cobarde es pedir la muerte.” Los velos de Tisbe recoge, y del pactado árbol a la sombra consigo los lleva, y cuando dio lágrimas, dio besos a la conocida prenda: “Recibe ahora” dice “ también de nuestra sangre el sorbo”, y, del que estaba ceñido, se hundió en los costados su hierro, 120 y sin demora, muriendo, de su hirviente herida lo sacó, y quedó tendido de espalda al suelo: su crúor fulgura alto, no de otro modo que cuando un caño de plomo defectuoso se hiende, y por el tenue, estridente taladro, largas aguas lanza y con sus golpes los aires rompe. 125 Las crías del árbol, por la aspersión de la sangría, en negra faz se tornan, y humedecida de sangre su raíz, de un purpúreo color tiñe las colgantes moras. He aquí que, su miedo aún no dejado, por no burlar a su amante, ella vuelve, y al joven con sus ojos y ánimo busca, 130 y por narrarle qué grandes peligros ha evitado está ansiosa; y aunque el lugar reconoce, y en el visto árbol su forma, igualmente la hace dudar del fruto el color: fija se queda en si él es. Mientras duda, unos trémulos miembros ve palpitar en el cruento suelo y atrás su pie lleva, y una cara que el boj 135 más pálida portando se estremece, de la superficie en el modo, que tiembla cuando lo más alto de ella una exigua aura toca. Pero después de que, demorada, los amores reconoció suyos, sacude con sonoro golpe, indignos, sus brazos y desgarrándose el cabello y abrazando el cuerpo amado 140 sus heridas colmó de lágrimas, y con su llanto el crúor mezcló, y en su helado rostro besos prendiendo: “Píramo”, clamó, “¿qué azar a ti de mí te ha arrancado? Píramo, responde. La Tisbe tuya a ti, queridísimo, te nombra; escucha, y tu rostro yacente levanta.” 145 Al nombre de Tisbe sus ojos, ya por la muerte pesados, Píramo irguió, y vista ella los volvió a velar. La cual, después de que la prenda suya reconoció y vacío de su espada vio el marfil: “Tu propia a ti mano”, dice, “y el amor, te ha perdido, desdichado. Hay también en mí, fuerte para solo 150 esto, una mano, hay también amor: dará él para las heridas fuerzas. Seguiré al extinguido, y de la muerte tuya tristísima se me dirá causa y compañera, y quien de mí con la muerte sola serme arrancado, ay, podías, habrás podido ni con la muerte serme arrancado. Esto, aun así, con las palabras de ambos sed rogados, 155 oh, muy tristes padres mío y de él, que a los que un seguro amor, a los que la hora postrera unió,

a vosotros también os unió Amor. Por estos lugares yo, llenos de temor, 30 por el Caos este ingente y los silencios del vasto reino, os imploro, de Eurídice detened sus apresurados hados. Todas las cosas os somos debidas, y un poco de tiempo demorados, más tarde o más pronto a la sede nos apresuramos única. Aquí nos encaminamos todos, esta es la casa última y vosotros 35 los más largos reinados poseéis del género humano. Ella también, cuando sus justos años, madura, haya pasado, de la potestad vuestra será: por regalo os demando su disfrute. Y si los hados niega la venia por mi esposa, decidido he que no querré volver tampoco yo. De la muerte de los dos gozaos.” 40 Al que tal decía y sus nervios al son de sus palabras movía, exangües le lloraban las ánimas; y Tántalo no siguió buscando la onda rehuida, y atónita quedó la rueda de Ixíon, ni desgarraron el hígado las aves, y de sus arcas libraron las Bélides, y en tu roca, Sísifo, tú te sentaste. 45 Entonces por primera vez con sus lágrimas, vencidas por esa canción, fama es que se humedecieron las mejillas de las Euménides, y tampoco la regia esposa puede sostener, ni el que gobierna las profundidades, decir que no a esos ruegos, y a Eurídice llaman: de las sombras recientes estaba ella en medio, y avanzó con un paso de la herida tardo. 50 A ella, junto con la condición, la recibe el rodopeio héroe, de que no gire atrás sus ojos hasta que los valles haya dejado del Averno, o defraudados sus dones han de ser. Se coge cuesta arriba por los mudos silencios un sendero, arduo, oscuro, de bruma opaca denso, 55 y no mucho distaban de la margen de la suprema tierra. Aquí, que no abandonara ella temiendo y ávido de verla, giró el amante sus ojos, y en seguida ella se volvió a bajar de nuevo, y ella, sus brazos tendiendo y por ser sostenida y sostenerse contendiendo, nada, sino las que cedían, la infeliz agarró auras. 60 Y ya por segunda vez muriendo no hubo, de su esposo, de qué quejarse, pues de qué se quejara, sino de haber sido amada, y su supremo adiós, cual ya apenas con sus oídos él alcanzara, le dijo, y se rodó de nuevo adonde mismo. No de otro modo quedó suspendido por la geminada muerte de su esposa Orfeo 65 que el que temeroso de ellos, el de en medio portando las cadenas, los tres cuellos vio del perro, al cual no antes le abandonó su espanto que su naturaleza anterior, al brotarle roca a través de su cuerpo; y el que hacia sí atrajo el crimen y quiso parecer, Óleno, que era culpable; y tú, oh confiada en tu figura, 70 infeliz Letea, las tuyas, corazones unidísimos en otro tiempo, ahora piedras a las que húmedo sostiene el Ida. Implorante, y en vano otra vez atravesar queriendo,

el barquero le vetó: siete días, aun así él, sucio en esa ribera, de Ceres sin la ofrenda estuvo sentado. 75 El pesar y el dolor del ánimo y lágrimas sus alimentos fueron. De que eran los dioses del Érebo crueles habiéndose lamentado, hacia el alto Ródope se recogió y, golpeado de los aquilones, al Hemo. Al año, concluido por los marinos Peces, el tercer Titán le había dado fin, y rehuía Orfeo de toda 80 Venus femenina, ya sea porque mal le había parado a él, o fuera porque su palabra había dado; de muchas, aun así, el ardor se había apoderado de unirse al vate: muchas se dolían de su rechazo. Él también, para los pueblos de los tracios, fue el autor de transferir el amor hacia los tiernos varones, y más acá de la juventud 85 de su edad, la breve primavera cortar y sus primeras flores.