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Parentesco linguistico, Apuntes de Filología hispánica

Asignatura: lenguas del mundo, Profesor: benitz raquel, Carrera: Filología hispánica, Universidad: US

Tipo: Apuntes

2012/2013

Subido el 09/11/2013

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ANTOINE MEILLET ANTE LOS PROBLEMAS
DE LA DETERMINACIÓN DEL PARENTESCO LINGÜÍSTICO
Pablo Cano López
Universidade de Santiago de Compostela
Introducción
A principios del siglo XX parece quebrarse la confianza en la solidez del
gran logro de la lingüística decimonónica: la clasificación genealógica de las
lenguas, basada en la aplicación del método comparativo. El indoeuropeísta francés
Antoine Meillet (1866-1936), uno de los lingüistas más influyentes de la época,
contempla esa conmoción intelectual con sorpresa e inquietud. Deseoso de
reafirmar su valor, Meillet llama la atención sobre el hecho de que la clasificación
genealógica haya permitido, al cabo de un siglo, «faire l’histoire des langues indo-
européennes, des langues sémitiques, des langues fino-ougriennes, des langues
bantoues, des langues indonésiennes» (1926a: 78). Clasificar las lenguas
genealógicamente supone, en efecto, trazar su historia. Las lenguas
genealógicamente relacionadas, o emparentadas, son dos lenguas que tienen un
origen común. Para reconocerlas como emparentadas, como pertenecientes a una
misma familia lingüística, es necesario haber descubierto coincidencias de cierta
índole entre ellas. Esas coincidencias, vestigios de la fase unitaria, permiten
formarse una imagen (forzosamente incompleta) de dicha fase. Merced a tal
imagen se arroja luz sobre el más remoto pasado de las lenguas de la familia. Al
conocerse (imperfectamente) la lengua originaria, se descubre un estadio muy
antiguo del desarrollo de los elementos constitutivos de sus descendientes. El
cotejo de ese estadio con los más recientes revela las transformaciones que dichos
elementos experimentaron durante el período de tiempo comprendido entre la
primitiva fase unitaria y la moderna fase de fragmentación. Es así como la
clasificación genealógica supone una penetración en etapas del desarrollo de las
lenguas. La clasificación genealógica ha ensanchado, pues, nuestro conocimiento
del pasado de las lenguas; nos ha permitido remontarnos a períodos no accesibles
mediante el estudio de los textos. Según Meillet, la magnitud de esa conquista
hacía suponer que la clasificación genealógica «ne donnerait plus lieu à des
discussions, et que l’on s’efforcerait seulement d’en poursuivre l’application»
(1926a: 78). Sin embargo, ha sido «objet de discussions de principe» (1926a: 78),
discusiones que han acabado por provocar una crisis.
El propósito de nuestro trabajo es estudiar la reacción de Meillet ante la
crisis de la clasificación genealógica. En primer lugar (§ 1), presentaremos de
forma somera los principios y los métodos característicos de los lingüistas
dedicados a los estudios genealógicos; presentaremos, pues, la doctrina y la
práctica tradicionales, que se ven amenazadas por los nuevos desarrollos de la
lingüística: una doctrina y una práctica caracterizables grosso modo como
neogramáticas (aunque no eran patrimonio exclusivo de los llamados
neogramáticos). Como representante de la orientación tradicional tomamos al
mismo Meillet, defensor entusiasta de la clasificación genealógica, que para él es
«la seule [...] qui ait une valeur et une utilité» (1936: 53). Una vez concluida la
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ANTOINE MEILLET ANTE LOS PROBLEMAS

DE LA DETERMINACIÓN DEL PARENTESCO LINGÜÍSTICO

Pablo Cano López

Universidade de Santiago de Compostela

Introducción A principios del siglo XX parece quebrarse la confianza en la solidez del gran logro de la lingüística decimonónica: la clasificación genealógica de las lenguas, basada en la aplicación del método comparativo. El indoeuropeísta francés Antoine Meillet (1866-1936), uno de los lingüistas más influyentes de la época, contempla esa conmoción intelectual con sorpresa e inquietud. Deseoso de reafirmar su valor, Meillet llama la atención sobre el hecho de que la clasificación genealógica haya permitido, al cabo de un siglo, «faire l’histoire des langues indo- européennes, des langues sémitiques, des langues fino-ougriennes, des langues bantoues, des langues indonésiennes» (1926a: 78). Clasificar las lenguas genealógicamente supone, en efecto, trazar su historia. Las lenguas genealógicamente relacionadas, o emparentadas , son dos lenguas que tienen un origen común. Para reconocerlas como emparentadas, como pertenecientes a una misma familia lingüística , es necesario haber descubierto coincidencias de cierta índole entre ellas. Esas coincidencias, vestigios de la fase unitaria, permiten formarse una imagen (forzosamente incompleta) de dicha fase. Merced a tal imagen se arroja luz sobre el más remoto pasado de las lenguas de la familia. Al conocerse (imperfectamente) la lengua originaria, se descubre un estadio muy antiguo del desarrollo de los elementos constitutivos de sus descendientes. El cotejo de ese estadio con los más recientes revela las transformaciones que dichos elementos experimentaron durante el período de tiempo comprendido entre la primitiva fase unitaria y la moderna fase de fragmentación. Es así como la clasificación genealógica supone una penetración en etapas del desarrollo de las lenguas. La clasificación genealógica ha ensanchado, pues, nuestro conocimiento del pasado de las lenguas; nos ha permitido remontarnos a períodos no accesibles mediante el estudio de los textos. Según Meillet, la magnitud de esa conquista hacía suponer que la clasificación genealógica «ne donnerait plus lieu à des discussions, et que l’on s’efforcerait seulement d’en poursuivre l’application» (1926a: 78). Sin embargo, ha sido «objet de discussions de principe» (1926a: 78), discusiones que han acabado por provocar una crisis. El propósito de nuestro trabajo es estudiar la reacción de Meillet ante la crisis de la clasificación genealógica. En primer lugar (§ 1), presentaremos de forma somera los principios y los métodos característicos de los lingüistas dedicados a los estudios genealógicos; presentaremos, pues, la doctrina y la práctica tradicionales, que se ven amenazadas por los nuevos desarrollos de la lingüística: una doctrina y una práctica caracterizables grosso modo como neogramáticas (aunque no eran patrimonio exclusivo de los llamados neogramáticos ). Como representante de la orientación tradicional tomamos al mismo Meillet, defensor entusiasta de la clasificación genealógica, que para él es «la seule [...] qui ait une valeur et une utilité» (1936: 53). Una vez concluida la

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presentación, nos ocuparemos (§ 2.1, 2.2) de la réplica de Meillet a los ataques dirigidos contra la doctrina y la práctica tradicionales. Después de una sucinta indagación de las causas y de la naturaleza de dichos ataques (§ 2.1), procederemos a examinar la defensa meilletiana (§ 2.2), intentando poner de manifiesto sus líneas maestras.

1. La doctrina tradicional identifica el parentesco de dos o más lenguas con su comunidad originaria , es decir, con el hecho de que posean un origen común. Así se pretende distinguirlo con claridad de la mera existencia de similitudes entre ellas. Las similitudes entre dos lenguas A y B pueden ser trazas de su parentesco, residuos de su primitiva unidad que no han sido borrados por un dilatado período de evolución divergente. De hecho, solo si se observan similitudes de cierta índole entre ellas cabe concluir que varias lenguas están emparentadas. Ahora bien, ello no es óbice para que las similitudes se distingan del parentesco. La definición del parentesco −se afirma− es «purement historique» (Meillet, 1936: 54): el parentesco de A y B consiste solo en su comunidad originaria, y «n’implique [...] aucune concordance ni de type général ni de détail» (Meillet, 1936: 54). Esta insistencia obedece a los siguientes hechos: por una parte, las similitudes pueden no ser rastro de un origen común, sino de una simple contigüidad; por otra parte, del origen común no siempre queda un rastro (si la diferenciación de A y B tuvo lugar en un período muy remoto, su primitiva semejanza puede haberse hecho imperceptible). Así pues, el parentesco lingüístico consiste, en suma, en la relación existente entre las lenguas que son continuaciones diferentes de una misma lengua: «des langues parentes sont en réalité une seule et même langue modifiée de manières diverses au cours du temps» (Meillet, 1926a: 78). Afirmar que A y B están emparentadas, que son miembros de la misma familia, supone, por consiguiente, afirmar que son diferenciaciones de un arquetipo X. En cuanto al proceso de diferenciación, es de suponer que la comunidad lingüística originaria se escindió, y que la escisión social propició la escisión lingüística. La lengua, que en un principio era una, fue transformada de manera peculiar por cada uno de los grupos en que se dividió la comunidad. Así surgen A y B, que, a su vez, pueden escindirse si se dan las circunstancias oportunas: se constituirán entonces dos grupos en el seno de la familia. El proceso es siempre el mismo: a una unidad lingüística primitiva le sucede la diversidad. Por supuesto, para que sea posible el reconocimiento del parentesco se requiere que la diversidad moderna retenga ciertas huellas de la antigua unidad. Como quiera que para demostrar el parentesco de varias lenguas se ha de ofrecer una relación de similitudes significativas existentes entre ellas, la clasificación genealógica presupone un estudio comparativo de las lenguas a clasificar. Es la comparación lo que permite comprobar la existencia (o la inexistencia) de similitudes significativas. De ahí que se afirme que la clasificación genealógica se realiza merced a la aplicación del método comparativo. Pero esta exposición adolece de vaguedad. Es necesario indicar qué se entiende por similitudes significativas , dado que son numerosas las similitudes interlingüísticas que no se consideran significativas, que no se admiten como pruebas de parentesco. Entre dos lenguas humanas cualesquiera existen analogías de estructura, pero tales

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que no responde a la realidad histórica. El deslinde del elemento heredado es «souvent très délicat» (1926a: 92). Ahora bien, si se pretende construir una clasificación genealógica, ese deslinde ha de hacerse. Por lo demás, el ocasional peligro de error no obsta para que en circunstancias favorables el deslinde se lleve a cabo con seguridad. Cuando los préstamos no son muy antiguos, cuando están documentados estados lingüísticos más primitivos y más puros , el elemento adquirido es fácilmente identificable (Meillet, 1937: 22-23). A juzgar por la exposición anterior, en la doctrina y la práctica tradicionales no parece haber nada que las haga incompatibles con la comprobación de la importancia del préstamo en el desarrollo lingüístico. Los tradicionalistas saben que las coincidencias existentes entre varias lenguas pueden no ser fruto de conservación independiente de materiales heredados, sino de contagio , de invasión de una lengua por otra. De ahí que llamen a no dar por supuesto que toda coincidencia es traza de parentesco. El desarrollo de la geografía lingüística, que constata la realidad y la frecuencia de los préstamos, no tendría por qué desencadenar la crisis de la clasificación genealógica. Sin embargo, lo hizo. Hallazgos en apariencia destinados a corroborar a los tradicionalistas fueron interpretados como refutación de sus ideas. En el siguiente apartado trataremos de exponer someramente la conexión entre los resultados de la geografía lingüística y la crisis de la clasificación genealógica.

2.1. La geografía lingüística puede caracterizarse como un estudio de la extensión a través del espacio de fenómenos lingüísticos singulares (el resultado del sonido x en posición inicial absoluta, el afijo y , la palabra z ...), realizado con vistas a la reconstrucción del proceso de difusión de dichos fenómenos (Coseriu, 1991: 110-115). Las investigaciones geográficas comprueban que los fenómenos lingüísticos a veces no permanecen encerrados dentro de los límites del dialecto de que son oriundos. Si se dan las oportunas condiciones políticas, económicas y culturales, los fenómenos propios de un dialecto invaden paulatinamente los dialectos adyacentes, los cuales pueden llegar a verse muy desfigurados a causa de esas invasiones. Como ya hemos visto, esta comprobación no constituía una amenaza para los tradicionalistas, que no recibieron con hostilidad a la geografía lingüística^1. Ahora bien, que los tradicionalistas no recibiesen con hostilidad a la geografía lingüística no implica que los adeptos a esa orientación evitasen los pronunciamientos hostiles a la clasificación genealógica de las lenguas. De hecho,

(^1) Meillet, por ejemplo, tributó una calurosa acogida a los primeros grandes trabajos de geografía lingüística, a las obras maestras del romanista suizo Jules Gilliéron (1854-1926), a saber: el Atlas linguistique de la France (1902) y los numerosos estudios sobre la articulación dialectal de la Galorromania que llevó a cabo aprovechando los materiales proporcionados por el Atlas. Esos trabajos ponen de manifiesto la omnipresencia del préstamo, al mostrar que ni siquiera los más humildes patois han estado libres de la influencia de otros patois y del francés común. De ahí que Meillet les dé su aprobación (1937: 427). Encierran, a su juicio, una enseñanza valiosa para el lingüista genealogista , porque su lectura le hace ver la necesidad de desconfiar de las coincidencias entre lenguas contiguas. Ahora bien, debe quedar claro que esta enseñanza no es, en rigor, más que un recordatorio. Como en una ocasión indicó el mismo Meillet, molesto quizá por las pretensiones revolucionarias de Gilliéron y de sus discípulos, la tradición ni ignoraba ni menospreciaba el préstamo: «jamais aucun “néogrammarien” n’a contesté l’importance de l’emprunt» (1911: cxviii).

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existe una lectura de los resultados de la geografía lingüística que constituye un violento ataque contra ellas. Esa lectura tiene su raíz en el pensamiento de un lingüista formado antes de la eclosión de la geografía lingüística: el romanista alemán Hugo Schuchardt (1842-1927). No cabe menospreciar la contribución de su compatriota el indoeuropeísta Johannes Schmidt (1843-1901). Ahora bien, es a Schuchardt a quien le corresponde la prioridad en la formulación de las ideas que habían de alimentar la crítica de las posiciones tradicionales. Esas ideas arraigaron sobre todo en Italia, donde el romanista Matteo Bàrtoli (1873-1946) las hizo fundamento de una corriente definida por su oposición a la tradición neogramática: la llamada neolingüística. Bàrtoli fue el cauce a través del cual el pensamiento de inspiración schuchardtiana llegó a los lingüistas de la generación posterior. Entre esos lingüistas jóvenes destacaban los indoeuropeístas Vittore Pisani (1899-1990) y Giuliano Bonfante (1904). Pisani y Bonfante, cuya trayectoria científica comienza en los años 1930-1940, mantienen viva la oposición a la doctrina y la práctica tradicionales hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX. Para Schuchardt y para los estudiosos a él afines, los resultados de la geografía lingüística no validan la doctrina y la práctica de los tradicionalistas; antes bien, demuestran su carencia de fundamento. A su entender, lo que la orientación geográfica ha revelado no es la necesidad de distinguir entre la evolución espontánea y el préstamo, entre el material heredado y el material adquirido, sino precisamente la imposibilidad de hacerlo. De ahí que afirmen que la clasificación genealógica está en quiebra. Dicha clasificación, dada la inexistencia de lenguas puras , exige del comparatista un previo trabajo de depuración de las lenguas existentes, de eliminación de todos los elementos adventicios, de todas las contaminaciones introducidas por el contacto con otras lenguas. Solo las lenguas así depuradas pueden ser clasificadas genealógicamente. Pero, desde el punto de vista de estos autores, depurar es ilícito, porque la contaminación no es un fenómeno patológico, perturbador del desarrollo normal de la lengua. La contaminación es el desarrollo normal de la lengua: «La mixité −dice Schuchardt− pénètre tout le développement langagier» (Baggioni, 1988: 95). Los atlas lingüísticos lo han probado, al mostrar cómo el habla de un punto es siempre un tejido de hechos irradiados desde otros puntos. Al separarse lo heredado de lo adquirido se está reconstruyendo un estado lingüístico diferente del que se tiene ante los ojos, y es ese estado reconstruido el que se clasifica genealógicamente. El estado lingüístico real, que comprende elementos de diversa procedencia, se deja al margen por ser rebelde a la clasificación genealógica. A la luz de las consideraciones que acabamos de exponer, parece obvio que la crítica de raíz schuchardtiana aspira a desacreditar la doctrina tradicional destruyendo su base. Realizar una clasificación genealógica exige, como sabemos, asumir que un estado determinado continúa sólo un estado lingüístico anterior, del cual desciende. Ahora bien, una vez se admite que no todos los elementos constitutivos de un estado lingüístico resultan de la evolución de su antepasado, cabe preguntarse si es consecuente atribuirle solo ese antepasado. La respuesta schuchardtiana es negativa. Los estados lingüísticos, en tanto que acogen elementos de diversa procedencia, continúan varios estados lingüísticos anteriores. Ello supone que son meros estados, y no estadios del desarrollo de una lengua. La

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langues ne mêlent pas ces deux langues» (Meillet, 1926a: 83). Lo que ha de hacerse es hallar aquello que, dado un estado lingüístico, permite determinar de cuál es continuación. Los críticos de la orientación tradicional han tratado de persuadir de que la práctica de sus adversarios es arbitraria. Para ello, han acudido a casos como el del inglés y el rumano. En dichas lenguas no parece observarse un predominio abrumador de los elementos de una determinada procedencia, de modo que la identificación de unos elementos como heredados y de otros como adquiridos parece caprichosa: ¿sobre qué base −inquieren los críticos− se realiza?, ¿cómo se determina que la lengua considerada continúa tal lengua y no tal otra? Cabe argüir que los hablantes siempre creen y quieren hablar una lengua determinada, aunque adopten numerosos elementos foráneos (Meillet, 1926a: 83). Cabe decir, por ejemplo: «quelle que soit en anglais la part de l’élément français, les sujets anglais ont toujours eu le sentiment et la volonté de parler leur langue nationale, et non celle des barons franco-normands» (Meillet, 1926b: 104). Pero esta afirmación hay que acompañarla de un soporte material. Hay que descubrir el correlato material, comprobable en la lengua, de ese sentimiento y esa voluntad. De no descubrirse, no estará probado que el inglés moderno continúa el anglosajón, ni que sus coincidencias con el francés son desdeñables a efectos de clasificación porque no obedecen a una comunidad originaria. La defensa de la orientación tradicional supone, en suma, descubrir aquellos elementos cuya continuidad a lo largo del tiempo equivale a la continuidad de la lengua misma: aquellos elementos que permanecen inalterados en situaciones de contacto lingüístico, y que, con su permanencia, permiten reconocer los elementos foráneos como foráneos. Meillet no ignora esa necesidad. Por eso subraya, polemizando con Schuchardt, que la conciencia que los hablantes tienen de continuar una lengua determinada «se traduit par un fait linguistique» (1926b: 107)^2. Según Meillet, la traducción lingüística de la conciencia de los hablantes es la continuidad de la morfología: la continuidad de la morfología equivale a la continuidad de la lengua, y una comunidad morfológica entre varias lenguas equivale a su comunidad originaria. Así, respecto al inglés, «il suffit de considérer la grammaire pour lever tout doute: rien dans le détail material de la grammaire anglaise ne s’explique par le latin, tout s’y explique par la grammaire ancienne du

(^2) Esta afirmación ha llamado la atención de un estudioso de la discusión entre Schuchardt y Meillet, Daniel Baggioni, que la cita para ilustrar la posición meilletiana (1988: 94). Baggioni, lamentablemente, no explica por qué la defensa de la clasificación genealógica obliga a Meillet a demostrar que una lengua posee continuidad temporal, que es ella misma a lo largo de un dilatado proceso de transmisión de generación en generación. El propósito de su trabajo no parece la elucidación del enfrentamiento de Schuchardt con Meillet, sino la vindicación de la memoria del romanista alemán, «grand linguiste oubliée» (1988: 86). Baggioni no duda en afirmar que en la disputa «Meillet ne s’est pas montré [...] sous son meilleur jour» (1988: 86), pero apenas dedica espacio a explicar su intervención, que tan desafortunada le parece ( vid. 1988: 93-94). Bien es verdad que la intervención de Schuchardt no recibe un tratamiento mucho más detenido ( vid. 1988: 95-96). Baggioni consagra sus esfuerzos a comparar la personalidad científica de Schuchardt con la de Meillet (1988: 86-91), llegando a conclusiones poco halagüeñas para el indoeuropeísta francés, a quien además acusa de no haber podido o querido entender a su colega (1988: 92). En consecuencia, el trabajo de Baggioni parece muy estimable como invitación a recordar a un autor injustamente preterido, pero no lo parece tanto como estudio del debate de Schuchardt y Meillet sobre el parentesco lingüístico.

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germanique» (1926a: 93). Son, pues, las coincidencias morfológicas materiales del inglés con el flamenco, con el alemán, con el danés, etc., las que han de tomarse en cuenta a la hora de realizar una clasificación genealógica; las coincidencias léxicas con el francés deben desdeñarse, porque no responden a una unidad primitiva. «Il y a −dice Meillet− une continuité dans la morphologie, et c’est cette continuité que permit le classement. Le classement généalogique est fondé sur la continuité de la morphologie» (1936: 58). Una comunidad lingüística que sustituye el vocabulario genuino por un vocabulario ajeno conserva su lengua. Una comunidad lingüística que sustituye la morfología genuina por una morfología ajena no conserva su lengua, aunque retenga el viejo vocabulario. Así pues, mientras que la existencia de un fondo de palabras común a las lenguas A y B puede ser resultado de la influencia de una sobre otra, la existencia de un fondo común de exponentes supone su unidad primitiva. Estas consideraciones se basan en la visión de la morfología como armazón de la lengua. Para Meillet, gramática y sistema lingüístico son términos virtualmente equivalentes, como revelan, sus reflexiones sobre el inglés: «Les anglais, qui ont admis des mots français innombrables, n’ont pas mélange pour celá le système français au système saxon» (1926a: 83). El vocabulario no es un sistema (1926a: 84). Es un simple conjunto de palabras que se reemplazan sin excesiva dificultad; es la parte más superficial de la lengua, la más fácilmente manipulable por parte de los hablantes: «le vocabulaire est sujet à des innovations brusques et capricieuses» (1936: 59). De ahí que sea «le domaine de l’ “emprunt”» (1926a: 84). En cuanto a la morfología, Meillet admite que una lengua A puede tomar de una lengua B una partícula, o un afijo derivativo, reconocido como tal a causa de la adopción de numerosas palabras de B que lo contienen (1926a: 86-87). Pero el sistema morfológico en su conjunto (la totalidad de los exponentes de los accidentes gramaticales) no puede ser un préstamo. Decir que se ha tomado en préstamo un sistema morfológico es, para él, una manera poco feliz de decir que se ha cambiado de lengua: «si l’on emprunt tout le système d’un coup [...], l’on change de langue» (1926a: 87; vid. también 1936: 61-62; 1937: 36). Como la gramática es sistemática, como se adopta o se abandona en bloque, es el síntoma inequívoco de la mismidad de una lengua y de su pertenencia a una familia. La consecuencia de la doctrina precedente es, como el mismo Meillet, subraya (1926a: 84-85; 1926b: 108, 193; 1937: 36), la no admisión de las coincidencias léxicas como prueba concluyente de parentesco. Para Meillet, las coincidencias léxicas es un principio bajo sospecha. Sólo si están acompañadas de coincidencias morfológicas admite que son trazas de una comunidad originaria. El problema de la clasificación genealógica únicamente se resuelve, por tanto, mediante un estudio morfológico comparativo. Sin tal estudio, es irresoluble; así, por ejemplo «a en juger par le vocabulaire, l’anglais serait un mélange de germanique et de roman» (1926a: 91). Meillet se ha proporcionado a sí mismo y ha proporcionado a sus colegas una justificación y, al tiempo, un criterio para resolver los problemas que plantean lenguas como el inglés o el rumano. Pero la adopción de dicho criterio comporta una limitación del ámbito de realización de la clasificación genealógica. Como Meillet indica, solo pueden clasificarse genealógicamente las lenguas «dont le type

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