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Itinarario para la lectio divina para jóvenes.
Tipo: Resúmenes
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www.BibliaParaJovenes.org Copyright © 2014, Instituto Fe y Vida Lectio divina 1
La Lectio divina o lectura orante de la Palabra de Dios, realizada según una larga tradición en la Iglesia católica, implica varios movimientos o pasos. Su fin es abrir la mente y el corazón a lo que Dios nos quiere decir a través de su palabra revelada en la Sagrada Escritura, para convertir su Palabra en vida con la ayuda del Espíritu Santo.
Este documento tiene dos objetivos: presentar de manera general la Lectio divina y ofrecer una guía para llevarla a cabo con profundidad con cualquier pasaje de la Escritura con el que se desee hacer oración. Se ofrece para asesores y animadores juveniles que tienen un nivel medio de formación bíblica y una experiencia con este método de oración gracias a metodologías y enfoques destinados a la juventud, como en la serie Diálogos Semanales con Jesús y el programa de Lectionautas.
Introducción Sección 1: La Lectio divina nutre la espiritualidad de los líderes y asesores en la Pastoral Juvenil Sección 2: Nacimiento y renacimiento de la Lectio divina
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En general se prefiere hablar de la Lectio divina en latín porque es un término preciso, con una historia concreta, que se refiere a una praxis o práctica de oración específica, la cual podría resumirse como “la lectura-escucha-orante personal de la Palabra de Dios, mediante un ejercicio ordenado y metódico que lleva a la contemplación del misterio de Dios y a la acción según el discernimiento de su mensaje durante la oración”.
En su sentido pleno, la Lectio divina es un medio privilegiado para el crecimiento espiritual de la persona y, como tal, requiere de una práctica constante mediante la cual se va adquiriendo y perfeccionado el hábito de este tipo de oración. Como la inmensa mayoría de los católicos, sean jóvenes o adultos, no crecieron leyendo la Palabra de Dios y orando con ella a partir del texto sagrado, este documento pretende ayudar a ello, en el marco específico de la Pastoral Juvenil, la cual tiene que estar fundamentada en una profunda espiritualidad cristiana o se convierte en actividades secas y desencarnadas del evangelio de Jesús.
La lectura orante de la Sagrada Escritura debe tener un lugar importante en la Pastoral Juvenil y ser una práctica frecuente en grupos juveniles parroquiales, movimientos apostólicos, retiros, programas de preparación para la Confirmación. Para que los animadores y asesores puedan facilitar este método de oración y promoverlo bien con la juventud, se requiere conocerlo y practicarlo como un medio de desarrollo espiritual personal e instrumento de madurez para la Pastoral Juvenil que animan con la Palabra de Dios.
Por ello se recomienda realizar Lectio divina en reuniones de los equipos de trabajo, sesiones de resolución de conflictos y procesos de planificación y coordinación, pues impregna el trabajo a realizar con el mensaje de Dios a cada uno de los participantes. Es una manera de animar y dar dirección a las acciones en la Pastoral Juvenil, como actividades importantes en la historia de salvación actual, a través de los procesos que están realizando.
La Sagrada Escritura nos pone en contacto con Dios cuando la leemos o escuchamos con fe, abiertos y dispuestos a recibir su mensaje. Orar con ella siempre tiene un impacto fuerte y positivo en nuestra vida personal y la vida de la Iglesia.
San Pablo desea que la palabra de Cristo habite en nosotros con toda su riqueza (Col 3, 16). Ésta es la meta de la Lectio divina: encontrarnos con Jesús, el Buen Pastor en cuyo modelo descansa la pastoral administrativa de modo que anime todas las acciones que se
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La Lectio divina ha sido practicada desde los primeros siglos de la iglesia, sobre todo por personas en la vida monástica. Hoy día se está convirtiendo en uno de los métodos preferidos
también entre los laicos, por la riqueza que tiene partir de la Palabra de Dios al hacer oración
La lectura orante de la Sagrada Escritura nació con Orígenes (185-254), un teólogo que insistía que para leer la Biblia con provecho hay que hacerlo con atención, constancia y oración. Al darle el nombre de Lectio divina o “lectura de Dios” indicaba que al leer la Biblia no leemos un texto, sino que leemos la presencia activa de Dios en la historia de la humanidad.
Con el tiempo se convirtió en la columna vertebral de la espiritualidad de los monjes, en unión con la liturgia y el trabajo manual. En el siglo XII, un monje cartujo de nombre Guido, la describió como una escalera de cuatro peldaños espirituales, por los que los monjes llegaban al cielo: (1) lectura, (2) meditación, (3) oración y (4) contemplación.
Esta manera de leer la Escritura implicaba una lectura sistemática de la Biblia, hecha con el espíritu atento al mensaje de la Palabra de Dios. Buscaba el conocimiento de la verdad revelada a través de los autores humanos, para impulsar con ella el corazón hacia Dios, centrándose en las cosas buenas y alejando el mal. Su fin era alcanzar la contemplación, como una elevación de la mente a Dios, para saborear su amor y su misericordia y que naciera de ellos una congruencia de vida con el querer de Dios.
En el siglo XIII, las órdenes mendicantes utilizaban esta manera de orar como fuente de inspiración para su movimiento renovador en la iglesia. Con ellas, la Lectio divina salió de los monasterios y empezó a animar la vida activa y de transformación eclesial propia de las órdenes mendicantes.
En el siglo XVI, con la Reforma Protestante y la Contrarreforma que trató de mantener la Tradición católica en la interpretación de la Sagrada Escritura, ésta fue limitada a clérigos especialistas. Por cuatro siglos, la oración con la Palabra de Dios directamente leída de la Biblia, quedó restringida a monjes y clérigos con acceso a ella. Los laicos recibían el mensaje de la Sagrada Escritura a través de la predicación de los sacerdotes, la educación en historia sagrada recibida en los colegios y a través del catecismo, y mediante prácticas de religiosidad popular.
Florecieron así otros métodos de oración que alimentaron la espiritualidad de los laicos, muchos de ellos basados en relatos o textos de la Sagrada Escritura. Pero al no tener acceso al estudio de la Biblia, en ocasiones se generaron espiritualidades un tanto desarticuladas de la revelación de Dios a lo largo de la historia.
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El siglo pasado, el Concilio Vaticano II basó la renovación de la iglesia en un regreso a la Sagrada Escritura como fuente de la vida cristiana y de la Tradición católica (1962-1965). En la Constitución dogmática sobre la Divina Revelación, “Dei Verbum”, empezó a recomendar la lectura constante de la Biblia, acompañada de la oración (DV 25).
A partir de entonces, la Lectio divina retomó su lugar en la vida de la iglesia y, con el fuerte desarrollo del laicado fomentado por el Concilio, la lectura orante de la Palabra de Dios fue abriéndose camino entre los laicos. Hoy día, la Lectio divina se está difundiendo cada vez más en comunidades eclesiales con diversos carismas y enfoques pastorales, convirtiéndose en una fuente de renovación espiritual personal y de vivo compromiso eclesial.
El Concilio Vaticano II señala enfáticamente: Es tanta la eficacia que radica en la palabra de Dios, que es, en verdad, apoyo y vigor de la Iglesia, y fortaleza de la fe para sus hijos, alimento del alma, fuente pura y perenne de la vida espiritual. Muy a propósito se aplican a la Sagrada Escritura estas palabras: “Pues la palabra de Dios es viva y eficaz”, “que puede edificar y dar la herencia a todos los que han sido santificados”.^1 A partir de entonces la práctica de la Lectio divina se empezó a realizar en diversos tipos de situaciones dando lugar a una variedad de métodos y adaptaciones apropiados para la multiplicidad de contextos en que se hace, en comparación de su realización en el ambiente monástico. Usualmente se mantienen los cuatro pasos originales, subdividiendo el último para indicar que la “contemplación” debe llevar posteriormente a la “acción”, o sea a la encarnación de la Palabra en la vida de la persona.
El papa Benedicto XVI insiste en que la Iglesia no vive de sí misma, sino del Evangelio y que es en él donde encuentra su orientación para el camino. Por eso motiva a la Iglesia a utilizar la Lectio divina con frecuencia, ya que al centrase en la Palabra de Dios, siempre dadora de vida, lámpara para nuestros pasos y luz en nuestro camino, es fuente segura de renovación:
La Iglesia debe renovarse y rejuvenecer siempre; la Palabra de Dios, que no envejece ni se agota nunca, es el medio privilegiado para este objetivo. De hecho, la Palabra de Dios, a través del Espíritu Santo, nos guía siempre de nuevo hacia la verdad plena (Cf. Juan 16, 13). En este contexto, quiero evocar particularmente y recomendar la antigua tradición de la “ Lectio divina ”. La lectura asidua de la Sagrada Escritura acompañada por la oración permite un diálogo íntimo en el que, a través de la lectura, se escucha a Dios que habla, y a través de la oración, se le responde con una confiada apertura del corazón (Cf. “Dei Verbum”, 25). Si se promueve esta práctica con eficacia, estoy convencido de que producirá una nueva primavera espiritual en la Iglesia.^2
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La Lectio divina es una lectura orante de la Sagrada Escritura; busca “conocer” la Palabra de Dios desde una perspectiva vivencial y mística. Se trata de recibirla y custodiarla en el corazón y la mente para vivir el misterio de Dios y enriquecer la vida con su sabiduría. No es un curso que busca “aprender” el contenido de la Biblia ni comprender e interpretar su mensaje mediante un estudio académico desde un punto de vista teológico. “Aprender” puede ser un resultado de “conocer”; conocer la Palabra de Dios es un fin en sí mismo.
La Lectio divina va más allá de un ejercicio con cuatro pasos: lectura, meditación, oración y contemplación. Es un proceso que abarca todos los aspectos de la interacción entre la persona y Dios, llevando a una experiencia mística o misteriosa de lo divino, siendo mucho más profunda que una exposición doctrinal o un aprendizaje bíblico.
La lectura orante de la Biblia fomenta el crecimiento espiritual en tres etapas. Lleva de la oscuridad causada por la ignorancia o falta de conciencia sobre lo que Dios quiere decirnos en determinado momento de la vida, a una iluminación espiritual por la Palabra, que da sentido a la vida, para detenerse después en una contemplación mística de Dios desprovista de cualquier ejercicio intelectual que nos distraiga de ella.
Al orar con la Palabra de Dios, el misterio infinito de Dios y el misterio infinito del ser humano entran en contacto íntimo, para proseguir adelante al unísono, llenando la vida personal con la vida divina y sincronizando los planes propios con los designios de Dios para así poder continuar la misión de Jesús. Al descubrir a Dios como el Amor, la Verdad, la Libertad, la Paz, la Justicia… nace en nosotros un deseo inmenso de abandonarnos en él y dejar que sea Jesús dé dirección a nuestra vida y el Espíritu Santo quien guíe nuestra acción pastoral.
Al beber de la Palabra misma de Dios, la Lectio divina nos consagra al Padre y nos identifica con Cristo y, al abrirnos a la acción del Espíritu en nosotros, nos ayuda a trascender nuestra humanidad y tener una experiencia mística de Dios. Nuestra propia realidad humana, con todos sus aspectos personales y del contexto en que vivimos, puede así identificarse con la historia de salvación revelada en el texto sagrado, originando en cada ocasión un nuevo conocimiento de Dios a través de su presencia activa en nosotros.
Como la Lectio divina se basa en la lectura de la Sagrada Escritura, personas de todas las tradiciones cristianas pueden participar juntas, sin preocuparse de las diferencias doctrinales entre ellas. Por eso es un método de oración muy apropiado en proyectos de pastoral social o educativa, en los que participan personas de distintas iglesias cristianas.
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Sin embargo, por muy bella y dadora de vida espiritual que sea la Lectio divina , sólo tiene sentido si lleva al compromiso de vida cristiano. Por eso es importante desdoblar el paso de la “contemplación” según la practicaban los monjes, en “contemplación” y “acción”. Lo que sucede es que para los monjes “oración y acción” estaban íntimamente ligadas, ya que llevaban a la oración sus actividades diarias, las cuales a su vez estaban impregnadas con el espíritu y la visión de Dios que adquirían en su oración.
Los laicos tendemos a separar las dos cosas, de ahí la importancia de enfatizar la “contemplación” como meta de la dimensión espiritual de la Lectio divina , y la “acción”, como la meta de toda vida cristiana.
Como la Lectio divina es un medio para encontrarnos con Jesús, existen muchas maneras de llevarla a cabo, las cuales varían dependiendo de las circunstancias. Realizar este tipo de oración diaria e individualmente es muy diferente que hacerla en comunidad y ocasionalmente. De cualquier manera va generando familiaridad con la Palabra de Dios y promoviendo intimidad con él a través del texto sagrado.
Es importante que no esté tan estructurada que pierda espontaneidad, ni tan desorganizada y suelta que no lleve a la meta deseada. Orar con una Lectio divina o facilitarla para una comunidad, requiere apertura al Espíritu y tiempo para el diálogo con Dios.
A continuación se presenta un método en ocho pasos, que ayudan a incursionar de manera sencilla en el método tradicional de la Lectio divina , al desdoblar en más los cuatro pasos practicados por los monjes. 6 Se trata de un ejercicio espiritual personal que se distingue de la la escucha de la Palabra en la celebración eucarística o litúrgica, incluida la Homilía, la cual es una actividad de toda la asamblea cristiana. De hecho, la Lectio puede realizarse como preparación o como continuación de la lectura de la Palabra en la liturgia. Si se realiza en comunidad, sólo hacia el final se comparte la experiencia vivida y su fruto en cuanto al mensaje recibido.
A continuación se presenta el itinerario de la jornada espiritual al realizar la Lectio divina en ocho pasos. Después se presenta un esquema que muestra el itinerario.
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Statio Preparación
Lectio Lectura
Meditatio Meditación
Oratio Oración
Contemplatio Contemplación
Collatio Intercomunicación
Discretio Discernimiento
Actio Lectio Divinactio Divina Acción
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Cuando hay un carro estacionado, está detenido, ha dejado de rodar y después habrá que reemprender la marcha. Si estamos en una estación del metro, el tren o camión, estamos a la espera del transporte que tomaremos para ir a un lugar. Statio tiene este significado. Implica hacer un alto en las actividades regulares para emprender otra ruta, el camino de la lectura orante de la Palabra de Dios.
Para prepararse a la Lectio es necesario tomar el tiempo para entrar en el ambiente espiritual necesario para escuchar la Palabra con atención. Lo hacemos:
Statio / Preparación
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Al leer la Biblia hay que considerar que la Iglesia ha establecido un principio válido para la interpretación del que se derivan una serie de criterios importantes. Se trata del presupuesto que podíamos llamar del doble autor: “Escritos bajo la inspiración del Espíritu santo tienen a Dios como autor. Pero en la redacción de los libros sagrados, Dios eligió a hombres, que emplearon al escribir su propias facultades y medios, de forma que obrando El en ellos y por ellos, escribieron, como verdaderos autores, todo y sólo lo que Él quería”. (Dei Verbum, N° 11) De esto se deriva que una lectura inteligente de la Biblia: No puede ser fundamentalista o literalista, es decir interpretar el texto al pie de la letra, sin considerar su contexto histórico y género literario. Ha de reconocer al autor y situarlo en su tiempo, cultura, geografía e historia. Debe estar consciente del género literario en que está escrito el texto, pues no es lo mismo una crónica que un poema, ni un libro de sentencias que un relato novelado. Necesita conectar con la tradición eclesial y respetar la unidad y armonía interna de toda la revelación.
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Meditar es guardar en el corazón las palabras leídas anteriormente, iluminadas por el Espíritu Santo, quien abre nuestra mente y nuestro corazón para que comprendamos y hagamos nuestro lo que leímos como Palabra de Dios para mí, hoy. A través de la meditación, la Palabra se encarna en nosotros y nos introduce al misterio de Cristo, la palabra vida de Dios.
María, nos dice el evangelio, “Guardaba todas esas cosas en su corazón” (Lc 2, 51). De igual manera nos toca hacerlo a nosotros. Se trata de prestar atención a lo que leímos antes confrontando su mensaje con los acontecimientos de la vida en un ambiente de amor, gratitud y asombro hacia la obra de Dios en nosotros.
Meditar es pensar y reflexionar. Santa Teresa decía: “Llamo yo meditación al discurrir mucho con el entendimiento” y San Gregorio Magno: Lo que hemos leído son “las cosas que creemos han sucedido históricamente, pero ahora tienen que actualizarse en nosotros místicamente”, o sea misteriosamente.
Para meditar se recomienda considerar la Palabra como:
Meditatio / Meditación
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Meditar es invertir nuestros cinco sentidos en la oración:
De la meditación brota nuestra oración, como respuesta al Señor que nos ha hablado. Hemos reflexionado el texto; ahora lo hacemos oración. La oración tiene sentido en sí misma; su valor radica en expresar a Dios lo que nace de nuestro corazón, movido por el Espíritu Santo. Es amistad gratuita que proviene del amor; no es funcional, comercial o utilitarista, ni busca alcanzar nada.
La Palabra del Señor engendra la luz y el fuego, enciende “nuestras palabras”. Es como una espada que provoca reacciones:
Oratio / Oración
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oración de Jesús: “Aparta de mí este cáliz, pero que no se haga mi voluntad sino la tuya” (Mc 14, 36), seguida de la ofrenda de ese dolor uniéndolo al de Jesús.
En la oración expresamos lo que sentimos, dándole forma con nuestras palabras. Los sentimientos adquieren forma al decirlos, al traducirlos en expresión, lenguaje, gesto.
Dios nos habla. Nosotros lo escuchamos, le preguntamos, constatamos lo que nos dice, comprendemos, sentimos, deseamos… y respondemos hablando, articulando nuestra respuesta de viva voz o en el silencio del corazón. Es un diálogo con Dios, un coloquio; no es un monólogo.
La oratio es profunda; se sitúa en las honduras del corazón, nace con palabras llenas del significado que el Espíritu Santo da a la Palabra de Dios para cada uno de nosotros. No es una oración superficial, situada en la periferia, sólo en los labios que dicen palabras huecas.
La persona orante hace propia la palabra leída. La Palabra de Dios se hace palabra mía, que vuelve a Dios en forma de oración. Con la oratio hemos alcanzado la cima de los ocho pasos, la cual va seguida de la contemplatio, el momento clave que distingue la Lectio divina de otros tipos de oración y que se presenta a continuación.
La oratio desemboca en la contemplación. Estamos en la cima de la montaña, en el lugar más alto donde podemos contemplar el misterio de Dios. Tocamos el cielo desde lo más profundo de nuestro ser que está inundado de Dios. Nuestra atención pasa de la Palabra hablada a Aquel que habla: Dios mismo, para perdernos en él.
En la contemplación nuestro ser entero se encuentra con su Creador; nos quedamos maravillados y como ciegos ante su presencia amorosa e iluminadora. Es la experiencia de sus discípulos en la transfiguración (Lc 9, 28-36): descubrimos a Cristo con su doble
Contemplatio / Contemplación
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Es la reacción de los discípulos de Emaús cuando descubrieron que era el Señor quien estaba con ellos y les había explicado las Escrituras (Lc 24).
Discernir quiere decir “distinguir las diferencias”. En la Lectio divina distinguimos lo que Dios nos dice de la palabrería humana; diferenciamos lo que proviene de Dios, lo que nace de mi “yo” y lo que es causado por el maligno. Empezamos a discernir al hacer la lectura y seguimos en la oración; la contemplación ayuda de modo singular pues colora nuestra vida entera de manera distinta.
La Palabra de Dios está viva, es libre y gratuita, exigente y liberadora, y “La Palabra de Dios no está encadenada” (2 Tim 2, 9); “La Palabra del Señor… era dentro de mí como un fuego ardiente encerrado en mis huesos, me esforzaba en sofocarlo, pero no podía (Jr 20, 9). Hay que hacer un alto y discernir: ¿Cómo encausar ese fuego? ¿Qué opciones tenemos ante nosotros, que sean según el Evangelio?
Durante el discernimiento podemos elegir ser, amar, pensar y actuar como seguidores de Jesús, concretando así la voluntad de Dios. Cada ser humano —cada cristiana y cristiano— es un ser único, irrepetible, original, que vive su vida en unas coordenadas distintas en el mundo y en la Iglesia. Su respuesta a la Palabra de Dios es libre y personal, y va madurando mediante el discernimiento personal, el cual se da a lo largo de toda la Lectio.
Aquí se indica el discernimiento como un paso distinto, pero es importante mantenerlo presente en todo momento, preguntándose: ¿Qué es lo que Dios quiere y espera de mí, aquí y ahora?
Discretio / Discernimiento
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Discernir conlleva: