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Historiapolitica.com
Publicado como capítulo para “Los Años de Alvear” – Academia Provincial de Ciencias y Artes de San Isidro. Coordinador de la obra: Dr. David Leiva. Buenos Aires, 2006, Tomo II, pp119-146.
En abril de 1927 se constituía la Convención Nacional de la UCR Antipersonalista, quedando de esta manera consagrada una escisión cuyos primeros síntomas habían comenzado a manifestarse aún antes de que el radicalismo triunfara en las elecciones presidenciales de 1916. Eran los años de la presidencia de Alvear a cuyo alrededor se agruparon los sectores del partido denominados “galeritas” o “azules”, sectores que trataban de instrumentar una fuerza oficialista para conservar los resortes del poder. Decían interpretar los mandatos del fundador del partido, Leandro N. Alem, mandatos que su heredero político había desvirtuado. Decían propiciar un radicalismo institucional y liberal que exaltara el individualismo democrático en abierta oposición al liderazgo de quién, al evitar una postura programática clara y firme, había convertido al radicalismo en un movimiento regenerador de carácter populista que apelaba mas a los sentimientos que a la razón. La escisión era el resultado de un largo proceso de enfrentamiento y lucha por el poder en el interior del partido, proceso durante el cual operaron distintas variables: discurso ideológico, participación en la dirección del partido, relaciones entre comités provinciales y organismos partidarios de conducción nacional, ambiciones personales, etc. Nacido de una disidencia surgida en el seno de la Unión Cívica en 1891, como manifestación de intransigencia y rechazo a la política del “acuerdo”, el radicalismo tenía ante sí dos caminos: recuperar el componente de competencia y conflicto propio de la
lucha política participando en la política agonal que el roquismo pretendía clausurar 1 , o transitar el camino de la abstención y la revolución. En cualquier caso se trataba de evitar todo personalismo en la dirección del partido puesto que la construcción de un espacio político democrático en la vida nacional debía tener su correlato en la organización partidaria. Tras el suicidio de Alem en 1896, el liderazgo de Yrigoyen iba a conducir al radicalismo por el camino de la abstención revolucionaria hasta que la reforma electoral lo obligara, muy a su pesar, a competir por la presidencia. En el plano ideológico, las propuestas originarias que se limitaban a exigir el restablecimiento de las instituciones, la honradez gubernativa, la libertad de sufragio y el respeto a las autonomías municipales y provinciales fueron reemplazadas por la concepción yrigoyenista que concebía al radicalismo como un movimiento nacional en el que podían y debían encuadrarse todas las corrientes de opinión que coincidieran con sus postulados. Por otra parte, Yrigoyen asumía el reclamo de moralidad pública como una reivindicación que legitimaba la exigencia de poder y concebía al partido como la “Causa reparadora” que se identificaba y confundía con la nación. Desde la particular versión “krausista” del idealismo kantiano, esa cosmovisión moralista que identificaba la “causa” con la nación representaba la “reparación moral”. La concepción de la acción política como reparación moral justificaba la constante apelación a la abstención revolucionaria. Si la misión del radicalismo era la de reparar de raíz las instituciones políticas no podía embanderarse en la simple política militante cuyo objetivo era acceder al gobierno sino que el partido se identificaba con la Patria misma para realizar una labor apostólica encarnada en la figura de Yrigoyen. 2 Tanto en los medios políticos opositores como en el seno del mismo radicalismo esta concepción movimientista provocaban irritación y desconfianza. Para muchos la “causa” y la “reparación” tenían connotaciones de dirigismo y uniformidad. No todos estaban de acuerdo con la abstención revolucionaria y auspiciaban en cambio la concurrencia a los comicios.
(^1) Tulio Halperin Donghi al analizar el clima de ideas que surge en 1880 analiza en detalle el intento del roquismo de reducir la política a un simple contenido administrativo. Ver: “1880: un nuevo clima de ideas”, en: El espejo de la historia, Buenos Aires, Sudamericana, 1987. (^2) Halperín Donghi, Tulio. Vida y muerte de la República Verdadera, Cap. XIII, p.610.
dirección y dando nacimiento a lo que Ricardo Caballero denominara “neorradicalismo” o “radicalismo gubernativo”. Felix Luna expresó refiriéndose a estos recién llegados o radicales nuevos que “eran una plaga mendaz, rapaz y voraz”, producto de la magnanimidad de Yrigoyen. 7 Iñigo Carrera, por su parte sostiene que: “Se habían acercado al movimiento ya evidenciadas sus posibilidades electorales, y tendían a imprimirle al radicalismo un tono sensual, agresivo y sectario, a la vez que se adosaban a Yrigoyen como círculo palaciego, buscando influir especialmente en la orientación del gobierno ejecutivo”.^8 Halperin considera en cambio que “la incorporación de estos veteranos del antiguo régimen hizo posible a la que había sido hasta la víspera más una secta conspirativa que un partido, presentar candidatos a casi todos los cargos electivos federales y provinciales.” 9 Las dos alas o fracciones que integraban el radicalismo ya existían antes de que se sancionara la nueva ley electoral y el partido obtuviera sus primeros triunfos “y habían provocado más de una disensión y segregación” 10
Por otra parte, la obstinada referencia de Hipólito Yrigoyen a la identidad del radicalismo con la nación misma y a sus cuasi religiosas afirmaciones respecto de la Causa y la Reparación, especie de credo programático que identificaba la misión que como apóstol se sentía llamado a cumplir, obstaculizaban aún más la redacción de un programa partidario. Quienes rechazaban esta visión apostólica de la política que recusaba la legitimidad de todas las demás fuerzas políticas y pretendía representar a la patria misma tratarían de buscar una clave que les permitiera entender esa posición. Unos pensaban que la posición de Yrigoyen era una farsa que ocultaba la intención de usar el dominio del estado para su provecho y para mantener su caudal electoral; otros, que el radicalismo yrigoyenista era un retorno a la barbarie, a la situación anterior a 1852. 11 El radicalismo, aún antes de acceder al gobierno nacional llevaba en su seno la semilla de la disidencia que iba a germinar durante la presidencia de Yrigoyen.
(^6) Halperín Donghi, T. De la República posible a la República verdadera., p. 615 (^7) Luna, Félix. Hipólito Yrigoyen , pág. (^8) Iñigo Carrera, Héctor J. La experiencia radical (1916-1922) T.I, págs. 174-175. De. La Bastilla, Bs.As.,
En 1918 fueron nombrados delegados al Comité Nacional cuatro integrantes de la corriente antiyrigoyenista: Vicente Gallo, Victor M. Molina, Luis J. Rocca y Arturo Goyeneche. El Comité de la Capital, según Del Mazo “instado por los disconformes” designó una comisión especial que debía “estudiar el estado electoral de la ciudad de Buenos Aires y la situación interna del partido”^12 El informe de mayoría dado a conocer a fines de diciembre diagnosticaba una grave crisis del radicalismo, partido cuyo único programa era apoyar al gobierno y proclamaba: “...la necesidad inmediata de provocar una reacción en verdad radical contra la falta de carácter, el incondicionalismo, el personalismo, la ausencia de ideas, el predominio de la mediocridad y la servil intolerancia que amenazan causar la disgregación de la más vigorosa e inspirada fuerza cívica que ha actuado en nuestra historia política contemporánea”^13 El informe cuestionaba no sólo a la dirección personalista de Yrigoyen y a la mediocridad y servilismo de su entorno sino también la inserción de los nuevos radicales en la estructura partidaria. Proponía evitar todo personalismo; separando de forma absoluta al partido del gobierno; definir un programa respecto de los problemas políticos económicos y sociales y asegurar una buena administración pública.^14 El informe de minoría, producido por el doctor Benjamín Bonifacio, coincidía con el anterior en el objetivo de dotar al partido de un programa “en el que tengan cabida las ideas actuales en materia económica y social” aún cuando difería en las causas de la crisis partidaria que a su entender tenía sus raíces en los graves problemas planteados por la crisis mundial.. 15 Mientras el movimiento disidente, representado por 20 diputados entre los que se contaban Víctor Molina, Roberto Ortiz, Miguel Laurencena y José Tamborini, iba consolidándose en el Congreso en abierta oposición a la política presidencial, los enfrentamientos con el gobierno se producían también en las provincias.
(^12) Ibid, pág. (^13) Halperín Donghi, Tulio. De la república..... Op. Cit. pág. (^14) Ibid, pág. (^15) Ibid.
El 22 de enero de 1922 los radicales principistas presentaron una declaración en la que sostenían que el partido no había logrado organizarse para la acción de gobierno, que no existían convención nacional ni comité nacional por lo cual el partido carecía de autoridad directiva legítima; que para que dicha autoridad se constituyera era necesario reorganizarlo a nivel nacional y que no se podía aceptar candidatos oficiales o auspiciados directa o indirectamente por los funcionarios ejecutivos de la nación, de las provincias o de los municipios. En consecuencia resolvían propiciar la reorganización inmediata y publicar un manifiesto explicando las causas que determinaban dicha decisión. El Manifiesto -presentado al pueblo de la república el 9 de febrero de 1922- explicaba las razones por las cuales se criticaba al gobierno y se proponía la reorganización del partido. Luego de dar cuenta del plan que algunos de dichos radicales habían expuesto públicamente para llevar a cabo una transformación total en la vida argentina, denunciaban el aumento constante del presupuesto nacional, el inevitable déficit y el aumento de la deuda pública; la irrupción de la política electoral en las administraciones de defensa nacional, en la administración pública y en la educación; la perturbación de las autonomías provinciales y la invasión por parte del Ejecutivo de facultades propias de los órganos legislativo y judicial. 20 Se referían también a la situación del partido radical. Acusaban al yrigoyenismo de impedir la práctica de la democracia representativa en el partido. Denunciaban la falta de renovación del Comité Nacional y la ausencia de un programa de principios. Precisamente la ausencia de dicho programa había permitido que el presidente se convirtiera en “primer mandatario de la Nación, sin otras instrucciones para el desempeño de su mandato que no fueran las del cumplimiento de la constitución. El pueblo (...) designaba una persona que decidiese...” 21 Del Mazo afirmaba que el cisma que se inició en 1922-23 era una crisis de definición social y popular. Desde su perspectiva revelaba la existencia de dos tendencias en el seno del partido: una, “de cepa oligárquica” que consideraba que la acción del radicalismo debía subordinarse a las formas democráticas sin producir transformaciones; la otra que quería
(^20) Manifiesto de los radicales principistas al pueblo de la república. Buenos Aires, 9 de febrero de 1922. En: Revista Argentina de Ciencia Política. Tomo XXIII- pág. 437 y sigtes. 21 Rivarola, Rodolfo. La Nueva Presidencia de la Nación En: Revista Argentina de Ciencia Política.Tomo XXV, pág.
hacerse cargo de los cambios ocurridos en el país y en el mundo y producir grandes definiciones político-sociales. Esta segunda tendencia proponía extender su acción reparadora a la esfera económica y social. En cambio, la tendencia disidente consideraba que su tarea era actuar como árbitro independiente para ajustar la sociedad al modelo concebido por la elite dominante. 22 Sin embargo durante la década que sucedió al fin de la primera guerra mundial también los radicales “de cepa oligárquica” y aún los conservadores comenzaron a plantearse objetivos más permanentes de su acción política orientándola a la introducción de reformas. Vicente Gallo en el discurso pronunciado con motivo de la proclamación de su candidatura a senador por la Capital el 18 de marzo de 1919 se había referido a la necesidad de fomentar la población y producción en las provincias para fortalecer su economía y favorecer la independencia respecto de los poderes nacionales. ...” 23 Consideraba así mismo que había llegado la hora de “resolver los conflictos entre el capital y el trabajo, sobre la base de una mayor solidaridad humana, por la obra de una más alta justicia social, amparando al obrero en su vida, en su trabajo y en su invalidez....” 24 Las candidaturas eran otra fuente de disidencias porque, como observaba Rodolfo Rivarola, “...mientras unos creían que las candidaturas debían ser obra de las convenciones, libres de toda otra influencia, otros han creído que sólo podían aspirar a las candidaturas las personas que gozaran del beneplácito del jefe del partido, colocado por el voto de sus partidarios en la primera magistratura del país" 25 Al acercarse las elecciones de renovación presidencial las observaciones de Rivarola se hicieron realidad. El 14 de febrero de 1922 se constituyeron las nuevas autoridades del Comité Nacional bajo la presidencia del Dr. David Luna, senador nacional quien convocó a la Convención Nacional para elegir la fórmula presidencial que se presentaría en los comicios del 10 de marzo siguiente. La convención, presidida por el Dr. Francisco Beiró sesionó en la Casa Suiza. Dos días después comenzaron las deliberaciones en el Teatro Nuevo de la calle Corrientes, entre Montevideo y Paraná.
(^22) Halperín Donghi, Tulio, Op.cit. Cap.X, pag458- (^23) Gallo, Vicente. Por la democracia y las instituciones, Bs.As., 1921. Pág 479 (^24) Ibid, pág. 486g (^25) Ibid. Pág.
Mendoza, con el triunfo de Alvear, fruto “fuera de toda duda de la voluntad popular y no [de] las combinaciones y discordias entre electores(...)” Luego de distinguir entre mando y gobierno, Rivarola afirmaba que la acción del nuevo presidente iba a desarrollarse “fuera del concepto de mandatario puesto que la única voluntad que conoce del pueblo que lo ha llevado a la presidencia, es precisa y únicamente que sea el presidente. La orientación y rumbo de su gobierno deberá surgir de su criterio personal y de su capacidad para interpretar la voluntad popular que no conoce.” 28
La presidencia de Alvear. Cuenta Angel Gallardo en sus Memorias que en abril de 1922 recibió una larga carta de Diego Luis Molinari que se sentía profundamente pesimista por la fórmula presidencial y “daba a entender que podía haber una revolución, pues consideraba que Alvear estaba más cerca del los hombres del ‘régimen’ que de los radicales.”^29 Molinari compartía las inquietudes de la mayoría radical y comentaba: “Todos dicen que será un presidente conservador; los políticos contrarios al radicalismo no hacen sino entonar sus loas, la masa radical está fría y la juventud de empuje acorralada. De manera que al primer soplo puede venir el torbellino y arrastrarlo todo en la confusión más espantosa, (...)”^30 Precisamente era su condición de miembro del patriciado y sus buenas relaciones con los sectores conservadores lo que había decidido a Yrigoyen a proponer y digitar esa candidatura, de modo que los comentarios de Molinari parecían expresar su propio descontento por el fracaso de la candidatura de Fernando Saguier a quién había apoyado y que pertenecía al sector antipersonalista. Gallardo interpretaba las expresiones de Molinari como un propósito de hostilizar a Alvear “para que se cansara o renunciara o si no voltearlo, para que Elpidio asumiese la presidencia, como era el deseo íntimo de Irigoyen.” 31 Las expectativas de Yrigoyen se vieron prontamente defraudadas cuando Alvear decidió gobernar con total independencia. La designación del gabinete fue el primer paso. Sólo la
(^28) Ibid. Págs. 16- (^29) Gallardo, Angel. Memorias de Angel Gallardo, Ed. Elefante Blanco, Buenos Aires, 2003, p.330- (^30) Ibid. (^31) Memorias de Angel Gallardo, op. Cit. P.
mitad de los ministros eran figuras políticamente activas; el ministro del Interior, José Nicolás Matienzo no pertenecía al radicalismo y los ministros radicales eran notorios antiyrigoyenistas con la sola excepción del ex - gobernador cordobés Eufrasio Loza. El general Uriburu, quien en un primer momento iba a ocupar el ministerio de Guerra fue sustituido, por influencia de oficiales franceses e iniciativa de Tomás Le Bretón, por el general Agustín P. Justo quien en 1920 había comenzado a oponerse al gobierno. La intromisión de la política en el seno de las fuerzas armadas había generado una división que enfrentaba a oficiales radicales con una logia de militares “profesionales” cuya profesionalidad no era otra cosa que una identidad política opuesta al radicalismo yrigoyenista. Fue Justo quién inspiró una carta que la Logia General San Martín hizo llegar a Alvear recomendándole que no delegara el ejercicio de la Presidencia en Elpidio González y que no designara Ministro de Guerra al general yrigoyenista Dellepiane. También le solicitaban que su primera visita oficial fuera al Círculo Militar. 32 Precisamente en la delicada tarea de formar su gabinete, Alvear parecía distinguir entre quienes tenían la capacidad necesaria para cooperar al mejor gobierno del país y las aspiraciones de aquellos que buscaban satisfacer las conveniencias del partido. Consciente de que estas decisiones le enajenarían el respaldo del radicalismo, Alvear encontró en el apoyo del “justismo” un resorte fundamental para su acción independiente. Justo, por su parte, favorecido por el estilo de gobierno de Alvear que dejaba a sus ministros en completa libertad de acción, logró consolidar la posición de su sector en el ejército y dar los primeros pasos en dirección a sus objetivos políticos. Fracasadas las aspiraciones electorales de los sectores antiyrigoyenistas, muchos de los disidentes vieron en Alvear la posibilidad de concretar sus objetivos de reorganizar el partido bajo un nuevo liderazgo. Comenzaron a circular rumores en ambas direcciones. Desde el sector yrigoyenista se percibía la nueva gestión y la independencia concedida al gabinete como un ataque contra la figura y la acción de Yrigoyen. En la Revista de Ciencias Políticas, Mario A. Rivarola al analizar la labor del primer año de gobierno hablaba de las dos tendencias que desde el primer momento de la presidencia alvearista se habían delineado dentro del partido: la de quienes pensaron que Alvear iba a
lograron mayoría oficialista con el apoyo del conservadorismo, siendo acusados por los senadores opositores de “contubernio”. La intervención federal a San Juan y la posterior convocatoria a elecciones de gobernador en las que participó el cuestionado Federico Cantoni originó nuevos enfrentamientos entre ambas corrientes internas del radicalismo. El 8 de Junio de 1923 un Manifiesto firmado por los senadores Vicente C. Gallo, Segundo B. Gallo, Ramón Gómez, Leopoldo Melo, Ramón Paz Posse, Fernando Saguier, Pedro Numa Soto, Martín M. Torino y Pedro Larlús, anunciaba la constitución de un bloque antipersonalista y ofrecía la justificación de dicha actitud, denunciando la existencia de un plan destinado a “quebrar la independencia y menoscabar la dignidad de un grupo de senadores”. Sostenían que no se consideraban infalibles ni se sentían asistidos por ninguna inspiración divina de ningún apostolado. Terminaban advirtiendo que: “La solidaridad no es sumisión a jefaturas ni abdicación de la voluntad, sino armonía fecunda de derechos y deberes recíprocos.” 34 El avance antipersonalista se perfiló tras la renuncia del Ministro del Interior, Dr. Matienzo el 26 de noviembre de dicho año, renuncia provocada por la oposición que las instrucciones que el ministro había dado al interventor en San Juan, generaron en el radicalismo yrigoyenista. Alvear designó para reemplazarlo al Dr. Vicente C. Gallo. Esta designación fue duramente criticada por los radicales personalistas y por su prensa quienes lanzaron contra el ministro “toda clase de cargos e insinuaciones que afectan no sólo su actuación política, sino que llegan hasta su conducta privada”. 35 Algunos comentarios sostenían que la designación de Gallo en el Ministerio se había pensado como solución conciliatoria entre las líneas internas del partido, puesto que el nuevo ministro no se había definido decisivamente en los conflictos internos del partido cuando la influencia de Yrigoyen se ponía en juego. 36 La actitud conciliatoria de Alvear hacia el sector yrigoyenista provocó el descontento de los ministros conservadores En realidad, las relaciones de Alvear con el Partido Radical habían empeorado durante el año 23, en razón de las medidas tomadas por el gobierno para reducir el gasto público. La
(^34) Alén Lascano, Luis C. La Argentina Ilusionada(1922-1930), Ed.La Bastilla, Buenos Aires, 1977. P. (^35) Revista Argentina de Ciencias Políticas. Año XIV, Tomo XXVII. Nº149. 12/12/1923. Un ministro y su partido.
ortodoxia financiera del gobierno perjudicaba la acción de los caudillos comiteriles quienes, privados de suficientes cargos para repartir veían debilitadas sus posiciones. A ello debía sumarse el enfrentamiento con el vicepresidente y la negativa a apoyar el amplio plan de obras públicas propuesto por el único ministro yrigoyenista del gabinete.. Ante esta situación y ante los ataques provenientes de “La Epoca” y de los comités del partido, era bastante lógico que el presidente tratara de consolidar su posición acercándose al sector antipersonalista que en las elecciones de 1924 se había impuesto en Entre Ríos, Santa Fe y Santiago del Estero y que contaba con el apoyo del cantonismo y el lencinismo. El disenso entre antipersonalistas e yrigoyenistas se reflejó también en la Cámara de Diputados. En las sesiones preparatorias, la discusión en torno al candidato para la presidencia provisoria de la Cámara enfrentó a ambas fracciones, triunfando la candidatura de Mario Guido propuesto por los diputados antipersonalistas y votado por los demás sectores de la Cámara. El 10 de abril el bloque radical yrigoyenista presidido por Valentín Vergara daba a conocer un Manifiesto donde declaraba: “Que no concurrió a formar quorum a la Sesión preparatoria a que la Honorable Cámara de Diputados fue convocada en la fecha, por haber tenido conocimiento con anticipación del contubernio realizado por una minoría de diputados de filiación radical y los legisladores conservadores y socialistas, tradicionalmente adversarios de nuestro partido.” 37 La inauguración del período legislativo de 1924 fue la ocasión que los diputados y senadores yrigoyenistas eligieron para manifestar su repudio a la situación política. En la sesión del 20 de junio, el presidente Alvear debió leer su mensaje ante una asamblea de la que estaban ausentes tanto el Vicepresidente como los legisladores yrigoyenistas. El sentido de esa ausencia fue explicado en una sesión posterior por el diputado Andrés Ferreyra aduciendo que no era posible que una minoría del partido en acuerdo “tácito o verbal” con los conservadores impusiera sus resoluciones a las mayorías de la UCR. La réplica correspondió al diputado José P. Tamborini, antipersonalista, quien dijo: “ Que no se nos venga con esa palabreja mal aplicada y de mal gusto: contubernio. (...) aquí estamos advertidos contra la diatriba y dispuestos al combate, frente a los que creen que el título
(^36) Ibid. Pág. 268- (^37) Revista Argentina de Ciencias Políticas. Año XIV, Tomo XXVIII, 12/5/1924. Pag. 163.
para realizar una renovación política y social de carácter popular. Las aspiraciones de los radicales yrigoyenistas, que eran las de las masas radicales, los diferenciaban de “los hombres consulares” del partido que combatían por ideas meramente políticas sin escuchar el “clamor de las multitudes, (...) que pugnan por una mejora social”. La intervención del senador por Buenos Aires, Délfor del Valle, puso sobre el tapete la existencia del “contubernio”. Aducía del Valle que los senadores habían demorado el tratamiento del proyecto hasta tanto consiguieran “cambiar la actitud del Senado y asegurado la mayoría” para sancionar el rechazo a la intervención. Decía Del Valle: “Yo señor presidente, preveo la suerte que va a tener este proyecto. Va a ser sancionado y en seguida seguirá la segunda parte del programa: la entrada del señor senador electo por Córdoba, y así se completará la obra, reviviendo los tiempos del pasado, en que los gobernadores de provincia, con sus silla aún caliente, pasaban a ocupar una banca en el senado traídos por los votos de legislaturas incondicionales.” El senador por San Luis, Mora Olmedo consideraba que era el espíritu de partido el que había llevado a los diputados radicales a aprobar el proyecto de intervención a la provincia de Córdoba. Contrastaba la actitud de los radicales en el caso de Córdoba con otros casos en que, pese a que se atropellaba a la legislatura, se perseguía a los jueces o se intervenían municipalidades, no se consideraba la posibilidad de intervención porque se trataba de gobiernos radicales. Al gobierno de partido oponía el senador la obediencia a los dictados de la constitución y de la ley. El senador Cantoni se sumó a los que se oponían a la intervención criticando duramente el procedimiento de la intervención “puesta en juego sobre todo intensamente en los seis años del gobierno de Yrigoyen” porque consideraba que habían sido aquellos procedimientos los que habían perjudicado a la Unión Cívica Radical provocando tantas escisiones provinciales que dificultaban cualquier intento de unificación. La apelación a la intervención, en el caso de Córdoba era producto de las divisiones internas dentro del radicalismo cordobés y de la lucha de facciones que, incapaces de llegar a un consenso, prefirieron predicar la abstención y cifrar el acceso al gobierno en el éxito de la intervención.
El 1º de Julio el Senado rechazaba el proyecto de intervención a Córdoba y el Poder Ejecutivo resolvía por decreto la reanudación de relaciones con el gobierno de dicha provincia. En Octubre, se concretaba la división del radicalismo. En las elecciones internas, compitieron en muchas regiones del país dos listas rivales. Finalmente, el Ministro Gallo anunció la creación de un nuevo partido, la Unión Cívica Radical Antipersonalista cuyo Comité Nacional fue presidido por el doctor Martín M. Torino. El nuevo partido tenía su sede en la calle Tacuarí. La actuación del Ministro del Interior agudizó los enfrentamientos. “La Epoca” lo acusaba de utilizar las mismas técnicas de patronazgo que el ex - presidente con el objeto de obtener apoyo popular. Para poder desarrollar con éxito su estrategia, el ministro logró persuadir a Alvear y a sus colegas en el gabinete de aumentar el gasto público, aunque no en la medida en que lo hubiera deseado. También intentó acudir al recurso de la intervención federal en las provincias dominadas por el yrigoyenismo, especialmente en el fuerte bastión de la Provincia de Buenos Aires. Sin embargo, Alvear no estaba decidido a alinearse definitivamente con el antipersonalismo. Confiaba en que podría lograr la reunificación partidaria. De allí que el pedido de intervención a la provincia fundado en supuestos abusos cometidos por el gobierno de Cantilo, fracasara cuando el presidente se negó a aprobar cualquier acción federal sin el consentimiento del Congreso. Dicho consentimiento era altamente improbable teniendo en cuenta que si bien en el Senado los antipersonalistas podían contar con el concurso de los conservadores, en Diputados había que enfrentar la oposición de yrigoyenistas y socialistas. Fracasadas sus intenciones de ampliar las perspectivas políticas del antipersonalismo, el ministro Gallo se vió obligado a renunciar y fue sustituido por José Tamborini, quién a pesar de militar en el antipersonalismo era potable para los yrigoyenistas y reacio a acudir al recurso de la intervención. Este nombramiento fue parte de un intento de conciliación entre ambos radicalismos, conciliación que por otra parte, el presidente necesitaba para evitar la parálisis legislativa.
acusaciones de los que propiciaban la intervención. Tras poner de relieve la celeridad con que la Comisión de Negocios Constitucionales había presentado su despacho ante el Senado y de dejar sentado que dos de los miembros de dicha comisión eran a la vez los firmantes del proyecto, expresó del Valle su intención de esclarecer todas las falsas acusaciones y dejar establecida la iniquidad del proyecto. Sostenía que la agresión a la provincia había sido “premeditada, organizada y practicada, sin escrúpulos” desde hacía aproximadamente dos años. Afirmaba que no se trataba de una cuestión institucional sino de una cuestión de carácter político promovida por hombres que pertenecían al radicalismo que comenzó a incubarse en el Ministerio del Interior del doctor Gallo. Acusaba del Valle a los intervencionistas de haber orquestado una campaña para convencer a la opinión pública de la necesidad de intervenir la provincia, campaña que se basó en “la denuncia irresponsable y del ataque a mansalva practicado sistemáticamente y con una impunidad y una audacia rayana en lo inconcebible. La exposición de del Valle en respuesta a cada una de las acusaciones continuó el domingo 20, brindando el senador argumentos y datos que desvirtuaban los argumentos de la oposición. El senador socialista Dr. Juan B. Justo manifestó la resolución de los legisladores de su partido de votar en contra del proyecto porque estaban en contra de las intervenciones políticas cuyo objeto principal era “pasar el poder político de unas manos a otras.” No ahorró Justo en su discurso críticas al gobierno de Yrigoyen tanto en sus aspectos políticos como económicos y sociales. También se refirió a la situación de la provincia de Santa Fe, enfrentándose con el senador Ricardo Caballero. Se refirió al veto de la Constitución provincial por parte del gobernador Mosca porque cambiaba la geografía electoral de la provincia en perjuicio del partido radical. En esa ocasión, sostenía Justo, a nadie se le ocurrió pedir la intervención como sí se hizo con igual argumento en la provincia de Córdoba porque la disposición de los distritos electorales favorecía la representación de aquellos en los que el Partido Demócrata era fuerte y debilitaba la representación en aquellos donde el radicalismo predominaba. Concluía Justo que la situación institucional de Santa Fe era inferior a la de la provincia de Buenos Aires pero que en Santa Fe gobernaban radicales cercanos al presidente de la República. Por eso afirmaba:
(^40) Ibid.p.
“El verdadero pleito (...) no es por el respeto ni por la legalidad de las instituciones; el verdadero pleito que se debate en este momento en esta Cámara es la lucha entre las dos fracciones o pedazos del partido que se ha llamado Radical(...) Personalismo y antipersonalismo son la misma cosa. Ser antipersonalista es como consagrar la vida a vengar una ofensa, y entonces la ofensa es doble, la que hemos recibido y el daño que causa en nuestra vida la consagración propia a un fin negativo y destructivo.” Y a modo de profecía agregaba: “En todo antipersonalismo, si ha de ser eficaz, si ha de ser fuerte, tiene que incubarse otro personalismo.” En contra de la intervención a la provincia se manifestó, así mismo el senador radical por Tucumán, Aybar Augier. Tras declararse solidario de la política del presidente Alvear y de afirmar que el presidente no quería hacer gobierno de círculos pequeños sino gobernar con su partido, ampliamente, para todos los argentinos, arremetió contra la política antipersonalista. Consideraba que era una política de discordia e intriga capaz de crear otros personalismos más peligrosos. Recordaba que la mayoría de quienes combatían el personalismo de Yrigoyen habían sido solidarios del caudillo en todo su gobierno y habían aceptado en silencio algunos y con el aplauso y aún con la apología otros, la acción del personalismo que luego fustigaron. Recordaba la apología “profusamente difundida de algún político del norte, quien, olvidado que llevaba su firma, se constituyó a pocos días que el presidente Irigoyen bajara del gobierno en heraldo del antipersonalismo (...)”, aludiendo al Dr. Vicente Gallo. Se oponía a la intervención porque consideraba que había hechos que confirmaban que el Poder Ejecutivo pensaba que la provincia de Buenos Aires no debía ser intervenida. El hecho central era la renuncia del ministro Gallo. Aybar Augier se preguntaba cuál era la razón de esa renuncia y afirmaba: “Se ha ido (...) porque el Presidente de la República le afirmó que la intervención no iría a la provincia de Buenos Aires; y como el ministro Gallo tenía un compromiso moral contraído ante la opinión de sus amigos y ante la opinión del Partido conservador, de que esa intervención iría, optó, como él lo dijo, (...) por sus convicciones, abandonando todos los honores del cargo que ocupaba.” También ponía de relieve la oposición de los representantes de la provincia, senadores del Valle y Saguier y de los 38 diputados por Buenos Aires que enfrentaban la opinión favorable de 13 diputados conservadores y 3 antipersonalistas.