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Orientación Universidad
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practica casos clinicos, Ejercicios de Psicopatología

Asignatura: Psicopatologia, Profesor: humbelina humbelina, Carrera: Psicología, Universidad: UGR

Tipo: Ejercicios

2017/2018

Subido el 03/06/2018

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PRACTICAS DE PSICOPATOLOGÍA DEL ADULTO 2016-2017 Casos clínicos,
1
ANÁLISIS DE CASOS CLÍNICOS
Práctica 5ª
Curso 2016-2017 (grupos M1 y M2)
Profesoras: Humbelina Robles Ortega
A continuación, se presentan una serie de casos clínicos. Para cada uno de ellos debes responder a
una serie de cuestiones que se activarán en Prado2.
CASO nº 1
Samuel tiene 54 años. Está casado y tiene dos hijos. Trabaja como conserje en un instituto. Acude a
Salud Mental derivado por su médico de cabecera.
Terapeuta: Buenos días Samuel. En esta primera entrevista me gustaría que me contara que es lo que
le ocurre.
Paciente: Bien, lo que me ocurre es que ya no puedo aguantar estar como estoy; creo que voy a
estallar, no puedo controlarlo, necesito ayuda. Estoy muy nervioso, muy intranquilo.
Terapeuta: Espero que aquí podamos ofrecérsela. ¿Qué es lo que le hace sentirse mal?
Paciente: Bueno, pues muchas cosas. No puedo dormir bien. Estoy todo el día nervioso, con mareos,
no estoy bien en ningún sitio.
Terapeuta: Por lo que me dice es que se encuentra nervioso una gran parte del día y ese nerviosismo
se traduce en una serie de síntomas físicos como mareos, inquietud, me siento muy irritable y
dificultades para dormir ¿en qué consisten sus dificultades con el sueño?
Paciente: Hay días que me cuesta mucho dormirme, y otros, aunque me duermo pronto, me despierto
muchas veces durante la noche y tengo la sensación de que no descanso.
Terapeuta: ¿Cuánto tiempo tarda en dormirse?
Paciente: Uf, pues pueden ser tres horas o más.
Terapeuta: Y ¿con qué frecuencia le ocurre?
Paciente: Pues un día si otro no; a veces todos los días.
Terapeuta: De acuerdo; ¿nota algún otro síntoma, como por ejemplo tensión muscular?
Paciente: Si siempre estoy tenso, sobre todo aquí en el cuello, los hombros.
Terapeuta: ¿Algún otro?
Paciente: Bueno, sobre todo es como un mareo constante y una sensación de que algo va a ocurrir.
Siempre tengo la sensación de que algo malo va a ocurrir. No puedo estar tranquilo.
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ANÁLISIS DE CASOS CLÍNICOS

Práctica 5ª

Curso 2016- 2017 (grupos M1 y M2)

Profesoras: Humbelina Robles Ortega

A continuación, se presentan una serie de casos clínicos. Para cada uno de ellos debes responder a una serie de cuestiones que se activarán en Prado.

CASO nº 1

Samuel tiene 54 años. Está casado y tiene dos hijos. Trabaja como conserje en un instituto. Acude a Salud Mental derivado por su médico de cabecera.

Terapeuta: Buenos días Samuel. En esta primera entrevista me gustaría que me contara que es lo que le ocurre.

Paciente: Bien, lo que me ocurre es que ya no puedo aguantar estar como estoy; creo que voy a estallar, no puedo controlarlo, necesito ayuda. Estoy muy nervioso, muy intranquilo.

Terapeuta: Espero que aquí podamos ofrecérsela. ¿Qué es lo que le hace sentirse mal?

Paciente: Bueno, pues muchas cosas. No puedo dormir bien. Estoy todo el día nervioso, con mareos, no estoy bien en ningún sitio.

Terapeuta: Por lo que me dice es que se encuentra nervioso una gran parte del día y ese nerviosismo se traduce en una serie de síntomas físicos como mareos, inquietud, me siento muy irritable y dificultades para dormir ¿en qué consisten sus dificultades con el sueño?

Paciente: Hay días que me cuesta mucho dormirme, y otros, aunque me duermo pronto, me despierto muchas veces durante la noche y tengo la sensación de que no descanso.

Terapeuta: ¿Cuánto tiempo tarda en dormirse?

Paciente: Uf, pues pueden ser tres horas o más.

Terapeuta: Y ¿con qué frecuencia le ocurre?

Paciente: Pues un día si otro no; a veces todos los días.

Terapeuta: De acuerdo; ¿nota algún otro síntoma, como por ejemplo tensión muscular?

Paciente: Si siempre estoy tenso, sobre todo aquí en el cuello, los hombros.

Terapeuta: ¿Algún otro?

Paciente: Bueno, sobre todo es como un mareo constante y una sensación de que algo va a ocurrir. Siempre tengo la sensación de que algo malo va a ocurrir. No puedo estar tranquilo.

Terapeuta: ¿Quiere decir que está como alerta constantemente?

Paciente: Si, como si algo malo fuera a ocurrir

Terapeuta: ¿Y qué piensa que puede ocurrir?

Paciente: No se, es como una sensación. A veces si ocurre algo imprevisto, pienso que ha ocurrido lo peor. Si alguien se retrasa, pienso en lo peor.

Terapeuta: ¿Me puede poner algún otro ejemplo?

Paciente: Si, por ejemplo, cuando veo que el director del instituto me saluda con mala cara, empiezo a pensar que he hecho algo mal, que está descontento y que puede echarme a la calle.

Terapeuta: ¿Y suele confirmarme lo que piensa? ¿Le han echado de muchos trabajos?

Paciente: La verdad es que no, hace 15 años que trabajo en este instituto y hace 7 años que soy fijo.

Terapeuta: Cuando usted piensa eso, ¿le da muchas vueltas?

Paciente: Si, le estoy dando vueltas todo el día.

Terapeuta: ¿Y le ocurre con frecuencia, Samuel?

Paciente: Si, cada vez que veo una mala cara en el director o en algún compañero.

Terapeuta: Además del trabajo ¿se preocupa por otras cosas?

Paciente: Si, por todo. Me preocupan mis hijos, el dinero, si mi mujer estará bien de salud. A veces, las cosas más insignificantes, como a dónde vamos a ir con nuestros amigos el fin de semana (eso me quita el sueño; llevo dos noches sin dormir porque tengo que proponer una excursión para este fin de semana con nuestros amigos, y no encuentro una ruta que sea interesante. No me decido por ninguna, y esto me quita el sueño. Quiero que sea un buen destino y le doy muchas vueltas.

Terapeuta: Bien. ¿Qué tipo de problemas presentan sus hijos?

Paciente: No es que tengan problemas ahora, son unos niños sanos y bien integrados en el colegio. Pero cuando pienso en lo difícil que lo tienen, si caen en la droga, que no van a encontrar trabajo,…

Terapeuta: También le da vueltas a pensamientos sobre este tema.

Paciente: Si, cuando empieza, no para. Mi mujer dice que exagero. A veces pienso que si, pero cuando se me mete en la cabeza, no puedo quitarme esos pensamientos.

Terapeuta: ¿Ha notado que cuando está pensando en estas cosas los síntomas de los que antes me ha hablado aumentan?

Paciente: Claro. Los síntomas los tengo prácticamente a diario, pero cuando estoy pensando en mis hijos o en el trabajo, me pongo a cien, parece que no puedo controlarme y no puedo parar los pensamientos.

Terapeuta: Me ha dicho que también le preocupa el dinero

Paciente: Bueno, yo tengo un buen sueldo y mi mujer también trabaja. Nunca nos ha faltado de nada, pero como están las cosas, podríamos perder el trabajo, y a ver cómo sacaríamos adelante a los niños.

Terapeuta: También dice que le preocupa la salud de su mujer.

Paciente: Si, porque estuvo mal hace unos años. Tuvo un accidente y estuvo a punto de morir. Ahora está recuperada, pero siempre estoy pensando que no está bien.

Terapeuta: Ya. Volvamos a los síntomas. Cuando los tiene ¿le vienen de forma repentina, suben de intensidad y en unos minutos van disminuyendo?

sabe, piensa con cierta frecuencia en cómo hará para impartir el tema de las aves. Ha pensado en varias estrategias de evitación como: pedir a una compañera que le dé el tema, ponerse enferma en esos días, no dar el tema directamente, etc. Un aspecto que siempre ha cuidado ha sido que nadie conociera su temor, no por vergüenza, sino para no ser víctima de una broma de mal gusto.

A la pregunta de si tiene antecedentes familiares, responde que su abuela materna y su madre tienen mucho miedo a las tormentas y una hermana de su madre, tiene mucho miedo a las tormentas y las ratas.

Durante la entrevista mantiene un nivel elevado de ansiedad; y reconoce que durante los días previos a la cita, estaba muy nerviosa porque según sus propias palabras “sabía que tenía que hablar de ello y hasta eso procuro evitar”.

CASO nº 3

Armando, joven de 22 años, vive con sus padres y con sus dos hermanos mayores. Está preocupado por la cantidad de pelo que ha perdido (y sigue perdiendo) y la posibilidad de quedarse calvo en un periodo de tiempo breve. A su juicio, su problema se percibe de forma más notable en el nacimiento del cabello; por esta razón lleva siempre la frente cubierta con el flequillo. Desde hace un par de años se aplica tratamiento capilares (minoxidil) dos veces al día y extrema su cuidado lavándose el pelo, invariablemente, tres veces por semana. Con objeto de no dañarlo, no se frota con la toalla tras el baño y tampoco utiliza peine ni cepillos. Pasa mucho tiempo colocándose el pelo de forma que se disimule su “defecto” y se mira al espejo con mucha frecuencia. Antes de salir de casa pregunta siempre a su madre qué aspecto tiene. Está convencido de que los conocidos aprecian su pérdida progresiva de cabello, aunque no lo manifiesten.

Ocho meses antes de venir a la consulta no quería salir de casa. Durante seis meses se negó a salir a la calle. Y sufrió algunos episodios de agitación psicomotriz y violencia, siempre hacia objetos (era su forma de expresar su rabia y frustración). Igualmente, dejó de hablar con su madre, pues ésta se negaba a reconocer que se le caía el pelo y que “iba a peor”.

Después de estos meses sin salir a la calle, su madre consiguió que saliera, pero siempre que sale lleva puesta una gorra, para ocultar “su problema”.

En la actualidad, Armando ha retomado los estudios, va a clase todos los días (estudios de FP) y obtiene buenas calificaciones. Sin embargo, afirma que las preocupaciones por el cabello no han cambiado, sobre todo cuando se mira al espejo. Considera que el tratamiento capilar no está surgiendo ningún efecto y está convencido de que se quedará calvo antes de los treinta años. Sigue pasándolo mal.

Muy cohibido y retraído, manifiesta una gran dificultad para expresarse y parece poco abierto a cualquier explicación psicológica sobre su problema. Sale algunos fines de semana con tres o cuatro amigos de confianza y no entabla relaciones con desconocidos.

El problema se inició dos años antes de acudir a consulta, después de realizar unas prácticas de trabajo durante el verano. En el desarrollo de estas prácticas, se ensuciaba mucho y tenía que lavarse continuamente. Un compañero de trabajo le decía que si su padre era calvo él también lo sería. Comenzó a tomar unas pastillas que su madre utilizaba para cuidarse el pelo, la piel y las uñas. Un

médico de cabecera le indicó que esas preocupaciones por su cabello “eran tonterías”, y un dermatólogo, después de dos consulta, le explicó que su problema no tenía solución, y que al final se quedaría calvo; solo podría retrasarse el proceso con algunas ampollas para el cabello. Considera que durante las prácticas sufrió “malos tratos psicológicos” por parte de su jefe. Así mismo, cree que unos amigos anteriores a lo que tiene ahora, se burlaban excesivamente de él.

Las relaciones con sus padres y hermanos son en general, frías y distantes. El paciente no manifiesta una buena motivación para la terapia y cifra sus expectativas de mejora de la eficacia en algún nuevo producto para el cabello que detenga finalmente su caída.

CASO nº 4

Jaime es un hombre de 56 años, casado, con dos hijos. Trabaja como empleado en una gasolinera, nunca ha presentado problemas laborales y su rendimiento ha sido bueno. Hace 10 días fue atendido en urgencias, donde lo llevó su familia por una crisis de ansiedad. Según el informe de remisión a la unidad de salud mental, el paciente había sido víctima de un atraco a mano armada unas horas antes de sufrir esta crisis de ansiedad.

Hace 10 días, Jaime estaba de guardia en la gasolinera y tres personas le atracaron, amenazándole con un arma. En ese momento acababa de iniciar la guardia por lo que sólo tenía 120 euros, lo que hizo que los atracadores se enfadaran y le amenazaran.

Cuando los atracadores se marcharon, Jaime llamó a la policía y al dueño del establecimiento; manejó perfectamente la situación y cuando llegó a su casa acompañado por la policía, tuvo según refiere su mujer, “un ataque de nervios”, empezó a temblar, el corazón parecía que se le iba a salir del pecho, sudaba copiosamente, tenía miedo por el peligro que había corrido, y no podía estarse quieto.

Se encontraba tan nervioso, que la esposa decidió llevarlo al servicio de urgencias. Allí, según figura en el informe, le dieron un valium y tras 30 minutos en observación, ya más tranquilo, lo remitieron a su casa. La esposa dice que al llegar a casa estaba muy cansado y se quedó dormido a los pocos minutos. Pasó la noche inquieto, tuvo pesadillas y en alguna ocasión, se despertó aterrorizado.

Al día siguiente, recordaba lo que ocurrió en el atraco y su actuación posterior, pero no recordaba nada de su ataque al llegar a casa, ni recordaba que hubieran estado en urgencias, ni las pesadillas que había tenido esa primera noche.

Aunque el jefe le dijo que no fuera a trabajar esa mañana, que se la tomara libre, él insistió en ir a trabajar y se incorporó al trabajo sin problemas y el rendimiento laboral fue normal; no se sintió cansado y finalizó su jornada laboral sin problemas. Trabajó cuatro días sin resentirse del acontecimiento vivido. La mujer informa que estaba un poco excitado, se sentía muy orgulloso de la serenidad que había mostrado ante el acontecimiento y se lo contaba a todo el mundo (tanto a conocidos como desconocidos); la mujer añade “lo contaba más de lo que sería esperable en él”, ya que generalmente es un hombre bastante reservado y discreto. Jaime explica, que cuando lo contaba era como una película, se daba cuenta de lo bien que lo había hecho, pero se sentía muy extraño porque no sabía decir si él estaba dentro o fuera de esa película. Según explica la mujer, era como si realmente fuera otra persona, “era como si no fuera con él”, “parecía que contaba la hazaña de un héroe”.

le preocupa. Finalizada la exposición en cualquier situación social, sigue preocupada y aunque disminuye la ansiedad no puede evitar seguir pensando de forma persistente en lo sucedido.

Desde hace un año, los síntomas descritos se han agudizado hasta el punto de que actualmente está de baja laboral, porque se siente incapaz de soportar esas situaciones, ha vuelto a restringir las relaciones sociales y sólo sale de su casa para ir a la academia donde se prepara las oposiciones. Está preocupada, pues la baja laboral le perjudica ya que tiene contratos temporales.

En la entrevista se muestra huidiza, tensa y está pendiente de las reacciones del terapeuta; se inquieta cuando el entrevistador hace algún movimiento y pregunta si sucede algo. Al mismo tiempo, muestra escasez de movimientos y pobre contacto ocular (no es capaz de mirar a los ojos del terapeuta).

CASO nº 6

María José es una mujer de 26 años, soltera, hija única, que vive con sus padres. Es licenciada en derecho. Trabaja como administrativa en una empresa. Los padres son católicos practicantes y de firmes creencias religiosas; ella también es católica, aunque dice que “más abierta que sus padres”. Tiene novio desde hace cuatro años, mantiene buenas relaciones con él y tienen planeado casarse pronto. Su novio vive, desde hace dos años, en otra ciudad por razones de trabajo.

La paciente es remitida a la unidad de salud mental por el médico de familia ya que el día anterior María José había acudido a urgencias por tercera vez en los dos últimos meses, con un cuadro de mareos, opresión en el pecho, sensación de que le falta el aire (se asfixia) y palpitaciones. Se le administró un ansiolítico, como en las otras ocasiones, y el cuadro agudo cedió, aunque la sensación de mareo se mantuvo varias horas.

En la entrevista con la psicóloga refirió que hace aproximadamente un año le ocurrió, por primera vez, algo similar (ella lo describe como “una especie de crisis”). La primera crisis ocurrió durante un viaje que realizó para visitar a su novio. Una tarde, de forma inesperada mientras daban un paseo, comenzó a sentir que el corazón se le aceleraba, tuvo mareos, le faltaba el aire y tenía dificultad para respirar y una gran sensación de extrañeza (“era como si pudiera verme desde fuera”). Dice que se sintió ridícula y temió perder el control de la situación. Se volvieron al hotel, donde se alojaban, y después de una hora, comenzó a recuperarse. Tuvo miedo, esa noche durmió fatal por lo que suspendió el viaje y regresó a casa. Al cabo de dos o tres días, volvió a su funcionamiento habitual, sin que se resintiera por el episodio sufrido. A pesar de esta información que da la paciente, en la entrevista se detecta que desde ese momento mostró conductas de evitación; tales como no salir sola de viaje, ni con amigos, ni con el novio y sólo puede viajar si va acompañada de sus padres. Añade que a sus padres nunca les ha gustado que viajara sola con su novio y ahora ella misma opina que es mejor no hacerlo, pues “cabe el riesgo de estropearlo”. Informa que ella no tiene prejuicios para salir de viaje con su novio, pero la idea de defraudar a su padre le preocupa. La paciente está muy pendiente de la opinión de sus padres.

Hace dos meses estaba en su casa leyendo, cuando comenzó con los mismos síntomas, es decir, mareos, opresión en el pecho, palpitaciones, temblores, miedo a perder el control y miedo a tener alguna enfermedad grave. Empezó de pronto, y se sentía fatal, por lo que llamó a su madre para que la llevar a su médico. El médico le prescribió ansiolíticos; mejoró y desaparecieron todos los síntomas, excepto el temor a tener una enfermedad grave (del corazón o una enfermedad neurológica).

A la semana siguiente apareció otro cuadro de características similares; en esta ocasión el médico decidió remitirla al cardiólogo. Le realizaron diversas exploraciones y se descartó que tuviera una causa orgánica. Estos resultados la tranquilizaron. Volvió a su funcionamiento habitual, pero comenzó a

restringir las salidas fuera de casa por temor a que pudiera volver a suceder. Tenía dificultades para conciliar el sueño y miedo a padecer una enfermedad grave.

Al mes de esta crisis, ante la idea de visitar a su novio, que lo habían trasladado de nuevo a otra ciudad, tuvo una nueva crisis de características similares a las descritas. La paciente, y especialmente el padre, solicitaron nuevas exploraciones médicas. Los resultados salieron negativos. No parece tener ningún problema físico, por lo que su médico decidió remitirla a salud mental. María José se resistió y dudó que sus síntomas pudieran ser psicológicos. Esta nueva opción añadió nuevas preocupaciones (“tal vez no estoy bien de la cabeza”; “preferiría que fuera un problema orgánico”).

Acude a la entrevista con sus padres porque no se atreve a salir sola a la calle; cada vez está evitando más situaciones, como los espacios públicos concurridos, donde hay muchas gente; evita salir a comprar, evita salir al cine, a la peluquería,..; no quiere ir a ningún sitio sola por miedo a que le vuelva a ocurrir. María José parece muy asustada y expone que su problema ha interferido en su trabajo (está de baja laboral), en su vida social, familiar y de pareja, y especialmente en sus actividades habituales de ocio y tiempo libre.

CASO nº 7

Inés es una mujer de 22 años, soltera, vive en el domicilio familiar y es la mayor de dos hermanas. Tiene estudios de grado medio y actualmente está buscando trabajo. La relación familiar es muy buena. Tiene creencias religiosas muy arraigadas (católica). Desde hace dos años tiene novio y la relación es buena. Su novio es la única persona que conoce su problema y ha sido él quien la ha animado a acudir a consulta. Inés comenta que, aunque su novio la apoya, en ocasiones no la comprende. Ella lo justifica porque tampoco ella entiende qué es lo que le pasa; por eso está muy asustada y piensa que se “está volviendo loca”. Dice que “a ninguna persona normal le pasaría esto”.

Inés refiere que hace ocho meses comenzó a tener pensamientos “raros en contra de la Virgen” y que no podía quitárselos de la cabeza. Tiene dificultades para explicar esos pensamientos, porque cree que si lo piensa o lo cuenta podría sucederle “algo malo a su familia”.

El problema comenzó un día que se encontraba en la iglesia. Estaba mirando una imagen de la Virgen y vio como el manto se movía y la Virgen tenía cara de satisfacción. Repentinamente pensó que alguien tocaba los genitales a la Virgen y ésta sentía placer. Ese pensamiento la avergonzó e hizo que saliera precipitadamente de la iglesia. Cuando consiguió calmarse volvió a entrar, pero cada que miraba a la Virgen veía lo mismo. Salió de la iglesia horrorizada y, aunque nunca más ha vuelto a ver esas cosas, desde ese día “me vienen imágenes obscenas a la cabeza”, en las que la Virgen está en el altar y alguien por debajo del manto le hace el amor.

Dice que esa idea le persigue e intenta desechar dichos pensamientos; pero que no lo consigue ni siquiera cuando trata de distraerse; estos pensamientos vuelven una y otra vez. Entre las estrategias que utiliza para combatir estos pensamientos está la de rezar e implorar a la Virgen con plegarias como: “Virgencita no hagas caso de mis malos pensamientos, porque realmente yo no quiero tenerlos, por lo que te pido que me castigues a mí y no a nadie de mi familia. Amén”.

Este tipo de pensamientos e imágenes puede aparecer de forma inesperada o en situaciones específicas como: al oír la palabra “puta”, ver una escena erótica en una película, pasar por delante de una iglesia o pasar por delante de las imágenes religiosas que hay en una habitación de su casa. Pero invariablemente después de los pensamientos obscenos y blasfemos contra la Virgen, la paciente se siente impulsada a decir en voz baja plegarias y breves oraciones, con el fin de impedir los males que puede acechar a su familia. En las últimas semanas, ha comenzado a repetir cada plegarias 10 veces,

dormir, por lo que sólo conseguía dormir si tomaba previamente pastillas para dormir. También había perdido el apetito con la consiguiente pérdida de peso aunque no sabía decir cuantos kilos (“creo que he perdido dos o tres kilos”).

Cuando la paciente tenía 20 años, sufrió su primer episodio y desde entonces se ha venido repitiendo en varias ocasiones, hasta el momento actual. Esta mujer a lo largo de su vida, presenta de forma alternante fases maníacas y depresivas; en dos ocasiones fue ingresada en un hospital psiquiátrico en fase maníaca. Pero la recuperación después de cada uno de estos episodios ha sido completa. Desde hace años toma medicación (litio) y estos episodios cada vez son menos frecuentes o intensos.

En la entrevista, Lourdes se presenta despeinada y sin arreglar y la forma de vestir es más descuidada de lo habitual en ella (según cuenta su hijo, su madre siempre cuida mucho su arreglo personal y no sale a la calle de cualquier forma). Su expresión fácil y su tono de voz son tristes, llora continuamente. Se encuentra débil porque según dice “se le está yendo la vida”. Le resulta difícil responder a las preguntas sobre los síntomas que presenta en la actualidad. Su centro de atención son los problemas generados por su hijo menor y sólo pregunta si hay una solución para ellos.

CASO nº 9

Juan Carlos, empresario, 38 años, casado, con un hijo de tres años, mantiene una buena relación familiar. Tiene una empresa de material informático. Ha pedido cita en una consulta privada de psicología. Acude con su mujer.

Informa que desde 45 días se encuentra mal. Está mal prácticamente todo el día. Está sufriendo mucho. Y su mujer, también. Juan Carlos está triste, se muestra muy pasivo, rehúye el contacto con los amigos y conocidos. Tiene ganas de llorar, pero no consigue hacerlo. No es capaz de mantener una actividad de forma continuada, muchos días no va a trabajar (se queda en la cama rumiando obsesivamente lo mal que le va todo y lo mal que se encuentra, “no valgo nada”, “no tengo ilusiones”, “no hago bien mi trabajo porque soy un inútil”; “todo es demasiado complicado para mi”), y cuando va, no se atreve a hacer ciertas tareas por miedo a hacerlas mal (como hablar con los proveedores y con los clientes).

Sus programas preferidos de televisión no lo entretienen como antes; no es capaz de experimentar placer prácticamente con nada. Come poco, y ha perdido dos kilos en las últimas dos semanas. Tiene dificultad para dormir, se despierta varias veces por la noche y a partir de las cuatro de la madrugada no puede volver a conciliar el sueño.

Juan Carlos cuenta que “yo siempre he sido alegre, pero en el último mes he notado que no tengo ninguna alegría… me encuentro mal, sobre todo cuando me levanto, cuando va pasando el día noto que voy a mejor… me doy cuenta que he perdido interés por todo lo que antes me gustaba (me gustaba salir con mis amigos, me gustaba ir al cine, ver los programas de deporte en la TV, escuchar música, los fines de semana me encantaba hacer de comer para mi familia. Ahora, nada de eso me apetece hacer”. “Nada tiene sentido para mí”. Se queja de que su vida es monótona. Según cuenta su mujer, se queja constantemente: “ la vida me parece monótona: salir de casa a la siete, trabajar todo el día y volver a las ocho de la noche; no encuentro un momento para hacer vida con mi familia… creo que mi familia

tiene problemas porque no soy capaz de progresar en el trabajo…. Realmente no creo que sirva para el trabajo que estoy haciendo ”. Antes, ese tipo de quejas, nunca las había manifestado. Según la esposa, siempre ha tenido un buen rendimiento laboral, y la empresa, iba muy bien. Los compañeros con los que ha montado esta empresa están muy satisfechos con él, y aprecian su sentido de la responsabilidad y su capacidad de iniciativa. También cuenta su esposa que, hasta no hace tanto, disfrutaba de todo, del trabajo, de la familia, de los amigos, de su hijo,…

Preguntado por el tema, Juan Carlos responde que de vez en cuanto tiene pensamientos relacionados con la muerte y suicidio: “a veces pienso que estaría mejor si estuviera muerto, incluso he llegado a pensar en quitarme la vida, pero en seguida intento sacar esos pensamientos de la cabeza”. Se queja también de la falta de memoria y de la poca capacidad de concentración.

Según dice su mujer, su carácter siempre ha sido alegre, extrovertido y sociable. Y en estas últimas semanas, no parece la misma persona.

CASO nº 10

Seguimos con el caso de Lourdes. Ha terminado el verano, y en esta ocasión, acude con su hijo mayor a la consulta de salud mental porque desde hace 10 días está más habladora y activa de lo habitual en ella. Realiza tareas en la casa de forma incansable, limpia, ordena y desordena, cambia los muebles de de un sitio a otro (cada días los cambia, porque no le gusta cómo quedan). Hace muchos proyectos (quiere cambiar las cortinas de la casa, quiere pintar la fachada ella misma, se va a apuntar a clases de informática, quiere formar en el pueblo un grupo rociero,…), se siente muy ilusionada, tiene un optimismo que no es habitual en ella (aunque no ha ocurrido nada nuevo, no se ha producido ningún cambio en su vida que pueda explicar este cambio en el estado de ánimo). Según cuenta su hijo mayor, los vecinos del pueblo se dan cuenta de que está más graciosa y habla con todo el mundo (no es habitual que ella hable con cualquier persona). No resulta realmente molesta para nadie. Apenas si duerme, porque según dice, no tiene sueño y en cambio tiene muchas cosas que hacer. A pesar de dormir tan poco, nunca se queja de cansancio.

A la entrevista Lourdes llega muy arreglada, con muchas medallas colgadas en su chaqueta, lo que no es habitual en su forma de vestir. Está muy sonriente a lo largo de la entrevista, incluso en los momentos en los que se le pregunta por los temas que realmente le preocupan. Trata al entrevistador con mucha familiaridad y hasta le hace preguntas personales (nada de estos es habitual en ella). Toquetea los objetos que hay en la mesa del psicólogo y juega con ellos. Habla mucho y es muy difícil interrumpir su discurso.

CASO nº 12

Miguel tiene 21 años, es soltero, hijo único y vive con sus padres. Estudia Económicas. El primer episodio de enfermedad lo presentó a los 16 años, cuando estudiaba 3º de BUP con buen rendimiento. Estudiaba con beca porque el nivel económico de sus padres era muy humilde.

Sus padres lo describen como amable, simpático, afectuoso, responsable, trabajador, pero excesivamente sensible a las críticas.

Según consta en su historia clínica, el día que recibía el sacramento de la confirmación (a los 16 años) dijo que había visto, cuando estaba en la Iglesia, una luz delante de él, mientras que todo a su alrededor permanecía a oscuras. Esa experiencia lo inquietó mucho, según explicaría después, pero procuró no darle demasiada importancia y no la comentó con nadie por miedo a que pensaran que se había vuelto loco. A los tres días del suceso los padres comenzaron a verlo “raro, extraño y nervioso, excitado”. Decía cosas como que tenía la misión de salvar al mundo y que estaba destinado a una gran misión. La semana siguiente, tras asistir a otro acto religioso en el colegio, volvió muy alterado, hiperactivo, moviéndose de un lado a otro y sin parar de hablar. Decía cosas como que iba a suceder algo terrible, que todo estaba desmoronándose, que había que salir corriendo de la casa, etc... La familia intentó tranquilizarlo sin éxito y llamaron al médico de atención primaria quien, después de examinarlo, lo remitió al hospital. El psiquiatra de guardia lo ingresó prescribiéndole un tratamiento sedativo que lo tranquilizó.

Después de tres días recibiendo el tratamiento parecía hallarse en condiciones de comprender lo que se le decía y fue entrevistado. En la entrevista parecía confuso.

Decía que le parecía oír voces dentro de su cabeza, que solo él podía escuchar. En ocasiones interpretaba esas voces como un mensaje de amenaza en contra de sus padres o sus amigos y llegaba a creer que podían morir por su culpa. Cuando esto sucedía, entraba en un estado de gran agitación: comenzaba a moverse recorriendo sin parar por los pasillos del hospital, gesticulaba mucho, y se golpeaba contra las paredes.

En otros momentos, cuando se calmaba, parecía perplejo y miraba hacia el infinito sin que pareciera percatarse de lo que sucedía a su alrededor. Cuando se le preguntaba cómo se sentía, vacilaba mucho y tras un largo silencio decía “ es como si el mundo hubiera cambiado y ya nada es como antes ”. Otras veces decía “ no sé si soy yo o los demás, pero alguien debe estar loco ”. A veces, su discurso era difícil de seguir porque se detenía en mitad de las frases, cambiaba de un tema a otro, en otras ocasiones se quedaba como ensimismado y no era capaz de exponer lo que le ocurría. Entonces decía cosas como “me han robado el pensamiento”, “ ya no tengo pensamiento por culpa del cambio climático”,si el mundo está así será porque mañana fue ayer ”, “ nadie sabe qué está por venir ni por no sobrevenirse ”, “ si preguntas encontrarás la capesuro o con un canuto ”,..... Cambiaba bruscamente de humor, pasando de la risa al llanto, sin que esos cambios emocionales tuvieran una relación clara y directa con el contenido de su discurso o con lo que sucedía a su alrededor. En otras ocasiones se comportaba y expresaba como un niño pequeño y había que alimentarlo, acompañarlo al baño, limpiarlo, etc. En general parecía asustado, no dejaba de mirar en todas direcciones, permanecía como en un estado de alerta constante y se comportaba como alguien que está atemorizado. Pidió un cambio de habitación porque decía que las sillas, la ventana, el armario y las cosas que había en la habitación se ponían dentro de él y no era capaz de distinguir quién era él y “quienes” las cosas. En numerosas ocasiones, Miguel mostraba conductas raras como quedarse, durante horas, mirando a la pared y otros objetos, quedarse ensimismado con las sombras que se proyectaban en la pared, en las que creía ver las siluetas de distintos animales, hablaba solo y sonreía sin motivo aparente.

Al cabo de cuarenta días su estado mejoró notablemente y se le dio el alta hospitalaria, para seguir a partir de entonces tratamiento ambulatorio. Fue mejorando progresivamente y seis meses después recuperó totalmente su nivel de rendimiento y actividad normales.

Durante cinco años, no ha vuelto a presentar ninguna recaída hasta hace cuatro días que ha vuelto al hospital, traído por sus padres. Se encuentra en un estado de confusión, con dificultades para expresarse, y respondiendo únicamente con monosílabos a las preguntas del clínico. Los padres relatan que se halla en ese estado desde hace cuatro días cuando un sobrino les llamó de madrugada diciendo que acababa de recoger a Miguel; lo había encontrado deambulando solo por un barrio poco recomendable, a unos 10 Km de su hogar. Cuando le preguntó qué hacía allí, Miguel dijo que no lo sabía. Tampoco pudo explicar cómo había llegado a ese lugar, ni parecía saber dónde estaba, ni tampoco cómo regresar a su casa. No recordaba su nombre y dijo que quizá se llamaba Antonio, pero que no estaba seguro. Miguel había salido de su casa a primeras horas de la mañana para ir a estudiar a la biblioteca de la Facultad, ya que estaba en período de exámenes y pasaba casi todo el tiempo estudiando solo en su casa o en la biblioteca.

Desde ese día está absorto y distraído, hace muecas y gestos con las manos que no se corresponden con la estimulación externa. Cuando habla, su tono de voz es monótono y presenta asociaciones poco lógicas. Sigue sin conciencia de enfermedad. Puede permanecer horas sin hacer nada, incapaz de iniciar una ocupación y no cumple las tareas que se le asignan; muestra un aspecto muy descuidado. En el momento de la entrevista seguía sin recordar su nombre, no sabía por qué estaba allí, y no reconocía a sus padres, aunque se mostraba tranquilo porque según decía, “había encontrado la capesura”.

CASO nº 13

Carmen es estudiante, tiene 20 años y acude a su médico de cabecera porque está muy nerviosa, lo que le provoca un bajo rendimiento en los exámenes. Sus padres se separaron cuando ella tenía diez años y desde entonces ella vive con su padre. No sale con gente de su edad, no ha establecido relaciones con otros estudiantes y cuando no va a clase suele permanecer en casa, sola. No tiene amigos.

En la entrevista está ligeramente tensa; es una persona tímida, con dificultades en el trato interpersonal. Ella reconoce esta dificultad, y explica que se pone nerviosa cuando tiene que hablar con personas que no conoce. Por otro lado, explica que le resulta casi imposible tratar con los chicos, porque cree que siempre tienen intenciones sexuales.

Explica que lleva nerviosa varios meses de forma continua; es como si temiera que fuera a pasar algo malo. Durante los exámenes de este curso, siente que se bloquea, no comprende las preguntas, las responde de forma precipitada y a pesar de ser persistente en el estudio, acaba sacando notas mediocres.

Al preguntarle por algún desencadenante de su estado de inquietud, durante unos momentos se muestra indecisa, pero finalmente responde. Explica que hay un complot para perjudicarla a ella y sobre todo, a su padre. Atribuye a la familia de la madre la iniciativa en dicho complot por no aceptar la separación del matrimonio. Se ha dado cuenta que tanto a su padre como a ella los persiguen y los espían. Carmen ha descubierto que algunos compañeros de clase se han matriculado en las mismas asignaturas que ella con el fin de espiarla. Al preguntarle si cree posible que alguien gaste tanto dinero y esfuerzo para poder controlarla, ella contesta que si “porque esa gente es como una secta”. De todas formas admite la posibilidad teórica de poder estar equivocada “es posible que yo esté viendo las cosas de una forma exagerada, pero es poco probable”.

compartidos, presentando de nuevo dificultades de relación con sus compañeras (“me aislaba para no molestar”).

Aunque Marta no consultó a los servicios de Salud Mental hasta los 24 años, desde mucho antes comenzó a tener comportamientos extraños y pensamientos mágicos (reforzados por algunos miembros de la familia), sintiéndose en muchos momentos una persona especial, muy sensible, con poderes, y tendente a hacer interpretaciones paranoides (autorreferenciales, por ejemplo, cuando sale el Papa Francisco en la televisión hablando, cree que el mensaje va dirigido directamente a ella,…).

Dos años antes del primer ingreso, aumento considerablemente ciertas prácticas como consultas al tarot, a los astros, la guija, creencias exotéricas, comunicación con el Más Allá; se compró una “piedra para la creatividad” y la utilizaba en escritura automática para que los espíritus y las fuerzas sobrenaturales la orientaran y guiaran así como para comunicarse con Dios y con la persona con la que mantuvo una relación amorosa (“los espíritus me dijeron que era el hombre de mi vida”).

A los 24 años, en la época de exámenes de febrero, en la que tenía algunas dificultades con ciertas asignaturas, frecuentes discusiones con su familia y con sus compañeros de piso, junto a una pequeña decepción sentimental, se empezó a sentir muy nerviosa y alterada, decía que un hombre casado estaba enamorado de ella, que Dios le había dicho que sería la madre del último mesías, que ella sería la nueva Virgen María. Una mañana, se asomó al balcón y se tiró a la calle (desde la primera planta) pensando que dos ángeles la cogería y volarían con ella en brazos; en esta caída sufrió una lesión vertebral que la mantuvo hospitalizada durante diez meses.

Desde este primer episodio, Marta presentó alucinaciones auditivas que aún hoy, siguen acompañándola. En un primer momento, las alucinaciones era de carácter positivo coherentes que la creencia de ser una persona especial, elegida por Dios (“ las voces me convencían: no estás loca, eres la reina del cielo,. .”) y posteriormente fueron de condena, de tortura, de descalificación (“ eres despreciable ”, “ todo el mundo te critica y se ríe de ti ”, “ te mereces lo peor ….”).

Durante un tiempo, Marta tuvo que dejar temporalmente los estudios, y continuó con los problemas de relación con su familia y sus amistades.

No tiene antecedentes médicos de interés, no ha sufrido ningún tipo de enfermedad orgánica, nunca ha consumido sustancias adictivas y no presenta síntomas afectivos (ni depresión, ni manía).

CASO nº 15

Andrés de 50 años, es soltero y vive solo en una granja. Tiene familia en una población cercana y aunque la relación es buena se ven sólo de forma esporádica. Acudió al servicio de urgencias de un hospital general, por mareos, dolor de cabeza, debilidad general, palpitaciones y trastornos visuales. Tras una exploración completa se detectó únicamente un nivel elevado de azúcar. El paciente explicó que había sido víctima de un envenenamiento mucho tiempo antes y que desde entonces se encontraba así. Fue remitido a salud mental ambulatoria.

En la primera entrevista que se realizó, el paciente explicó que había sido víctima de un intento de envenenamiento y que además esa no era la primera vez que le ocurría. Contó tener un vecino que desde hacía ya cuatro años intentaba continuamente fastidiarle y hacerle daño. Decía que arrojaba excrementos de perro en su piscina, le quitaba cosas de su casa o le envenenaba los perros. Contó que en una ocasión el vecino mató a sus 40 conejos de un solo golpe. Preguntado si realmente él lo había presenciado, dijo que no pero que había visto pisadas en el suelo y un colilla apagada, así que ¿quién podría ser sino el vecino que había entrado en su terreno y había matado a los conejos? En otra ocasión, dijo haber encontrado muertos a 400 peces que tenía en un estanque, o que había contabilizado 504 pinchazos en las ruedas de su coche. De todo ello culpaba a su vecino.

Cuando se le pregunta qué es lo que hace para defenderse de las agresiones del vecino dijo que intentaba no saludarlo para que su vecino se diera cuenta de que él sabía lo que estaba haciendo, aunque no confiaba en que esto le diera resultado. No tenía previsto ningún plan para defenderse del vecino, ya que en el fondo creía que lo hacía porque era un pobre hombre muy rencoroso (no le perdonaba que de joven, él tuviera más éxito con las mujeres).

En la primera entrevista Andrés también explicó que hacía muchos años había estado trabajando en Francia como ingeniero, que había participado en proyectos muy importantes, que hacía unos meses había sido requerido para trabajar en el proyecto de “Las ciudades del año 2020” de la Comunidad Europea. En otra de sus visitas explicó que cuando estaba en París, tenía una empresa con 3000 obreros, que era él era una persona muy admirada y que la gente le saludaba cuando salía a la calle. Explicó también tenía poderes especiales que le permitían saber donde había petróleo. Por este motivo decía que los presidentes de algunos países lo consideraban a él alguien importante.

Actualmente lleva cuatro años en tratamiento en el servicio de salud mental y durante ese tiempo Andrés ha ido cambiando las quejas respecto a las molestias que le ocasiona su vecino; por ejemplo que le habían robado una serie de planos importantes del proyecto “Las ciudades del año 2020”. Con cierta frecuencia notaba molestias somáticas diversas (molestias en alguna parte de su cuerpo, por ejemplo, unos días el estómago, otros días la espalda, otros días la cabeza), que atribuía a los intentos de envenenamiento por parte del vecino. Acudía rigurosamente a las visitas que se programaban porque a la medicación psiquiátrica le atribuía propiedades “antiveneno”, al igual que algunos “preparados” con hierbas que él se autoadministraba. A pesar de ello, cuando se sentía menos amenazado por el vecino, dejaba de tomar la medicación que le había prescrito el psiquiatra.

Cuando estaba tranquilo seguía despreciando al vecino y considerando que todo lo hacía por rencor. En ocasiones acudía al juzgado para demandarlo, pero como sus denuncias siempre eran desestimadas y a veces le habían aconsejado que acudiera al centro de salud mental, acabó creyendo que “el vecino estaba muy bien relacionado con el sistema judicial corrompido”.

Nunca se había producido incidentes y tampoco había quejas de otros vecinos sobre Andrés.

En la entrevista, se muestra tranquilo, coherente y explica los hechos con convicción. La relación con el psiquiatra es buena y aunque su actitud parece de colaboración, no sigue el tratamiento que le han prescrito en la consulta de Salud Mental.

CASO nº 17

Sonia una chica de 17 años, estudiante de bachiller, vive con sus padres y una hermana mayor que ella. Es una familia de nivel socioeconómico medio-alto. La madre solicita una consulta a causa de la llamativa reducción de peso de su hija, y sobre todo, porque acababa de enterarse que se estaba provocando vómitos. La paciente presenta un aspecto cuidado y aseado. Viste ropa holgada, pero es evidente su extrema delgadez, especialmente en el rostro: los ojos hundidos, los pómulos muy marcados, la nariz y las orejas destacaban sobre el resto de la cara. A pesar de que la temperatura ambiente es agradable, no se quita el abrigo durante toda la entrevista.

Sonia comenta que el problema comenzó seis meses antes durante las vacaciones ya que, al tener tiempo y estar aburrida, se apuntó a un gimnasio. Como también tenía un trabajo para ganarse algún dinero y no podía ir todo lo que quería al gimnasio, lo completó haciendo algo de dieta para perder unos kilos. No le resultó muy complicado porque en su casa se consumen muchos alimentos light, desnatados, etc. Además, como llegaba cansada a casa después de trabajar y no le apetecía comer, decía a sus padres que ya había comido en el trabajo “para no preocuparles”. Así, en poco tiempo consiguió pasar de 58 kilos a 55 kilos (IMC de 20,31 a 19,26) lo que resultó muy gratificante. “Me gustaba más así, así que seguí pendiente de lo que comía, tratando de no pasarme”. Pero cada vez le resultaba más complicado no comer delante de sus padres, y cuando se veía obligada a comer más de lo que tenía previsto, empezó a provocarse el vómito. “No recuerdo cómo fue la primera vez, pero lo cierto es que me sentía mucho mejor cuando lo hacía”. Consideró que había encontrado la solución para comer todo lo que había en la mesa sin que sus padres la amonestaran y sin tener que volver a “engordar”. Aunque su motivación inicial era mantenerse en el peso, lo cierto es que siguió en su empeño de perder más. Le parecía bien, porque sus piernas que siempre le habían parecido horribles, ya le permitían ponerse falda. Además, empezó el curso escolar y a Sonia le invadía un sentimiento de poder con todo lo que en ese curso se iniciaba: “yo me sentía capaz de todo, así que me propuse mejorar mis notas, que nunca habían sido brillantes y pensé: igual que estás dominando tu peso, lo puedes hacer con tus notas! Me sentía eufórica y me fue bien”. En su entorno, no se alarmaron ya que la veían comer y aunque estuviese delgada, obtenía mejores resultados académicos y se mostraba feliz.

A finales de octubre, un día se encontraba en casa estudiando, tenía problemas para concentrarse porque su estómago no paraba de hacer ruido. Fue a la cocina a por un par de galletas solo para poder seguir estudiando, pero una vez en la cocina se comió una galleta tras otra hasta terminar con la caja, mientras se decía a si misma “Foca, foca, foca.” Se sintió tan mal consigo misma que fue al baño y se provocó el vómito. Desde entonces confiesa haber padecido frecuentes “atracones”, al menos dos o tres a la semana. Experimenta un gran malestar mientras está ingiriendo, sin poder evitar comer, diciéndose “foca” y pensando que iba a necesitar vomitarlo todo.

Continuamente busca en la red información para perder peso. Dedica más horas al estudio, se siente muy insatisfecha cada vez que sus calificaciones no son sobresalientes, y ha decidido salir menos con sus amigas, para estudiar más.

Para diciembre, comentó a su madre que hacía algunos meses que no tenía la regla. En ese momento el médico la pesó (46 kilos, IMC = 16,11) y confirmó que la falta de la regla se debía al bajo peso. Sonia prometió que iba a comer más, pero lo cierto es que cada vez dedicaba más tiempo a pensar en lo que iba comer, en cómo hacer para que no la obligaran a comer más de lo que quería y en cómo esconderse para vomitar.

Incluso su novio describe “como rara” su forma de comer, “muy despacio y a trocitos muy pequeños: a veces parece que se esté pensando si comer o no el siguiente bocado”. La concentración en sus estudios era imposible. Todo este tiempo que dedica a disimular, las mentiras, el tiempo que pasa pensando en lo que comía, y cuando poder vomitar empezó a molestarle mucho y a agobiarla, así que surgió el deseo de ser descubierta. Ante la tardanza decidió contarlo porque el dominio del vómito comenzó a asustarla.

Sonia confiesa sentirse indecisa respecto a todo lo que le estaba ocurriendo y, en especial, en lo que tenía que ver con su cuerpo. Se veía delgada, pero no de forma extrema. Aunque un IMC en el momento de la entrevista era de 15, no se percibía con aspecto enfermizo. “Yo sé que no estoy bien así, que estoy muy delgada, pero no puedo ni pensar en que tengo que engordar; me preocupa que si aumento de peso, mis notas vuelvan a ser más bajas, porque empezaron a mejorar cuando empecé a adelgazar”.

CASO nº 18

224 estudiantes de una escuela de educación primaria se reunieron en la mañana del 21 de mayo en el auditorio de la escuela, en Nonwood, Massachussets. El programa, una obra que representaban los alumnos de sexto curso para festejar su graduación, era la última reunión formal del curso.

De repente, la obra se interrumpió de forma abrupta cuando un niño de sexto curso, líder de su grupo, experimentó un mareo y cayó del escenario hiriéndose la barbilla y sangrando de forma abundante. Conforme varios maestros auxiliaban al niño, varios estudiantes se marearon y los síntomas se extendieron con rapidez. Primero, debilidad, mareo, escalofríos y desmayo que presentaron cuatro niñas y un niño. Poco después, otras cuatro niñas de sexto curso presentaron los mismos síntomas. Como cada vez más niños se sintieron indispuestos, los maestros interrumpieron la representación. Alarmados y afligidos por estos sucesos, los funcionarios de la escuela llamaron a los bomberos. Los bomberos, sospechando de un contaminante en el ambiente, ordenaron que se evacuara de inmediato el edificio.

Las autoridades trasladaron entonces a los niños desmayados a un área del patio de la escuela. Las sirenas de los vehículos que se aproximaban intensificaron el caos; una vez que llegó la policía, dieron instrucciones a las ambulancias de que transportaran a los niños a un hospital local. No obstante, la evacuación del edificio y el aislamiento de los niños desmayados fracasaron en contener la propagación del mal; los síntomas afectaban a otros niños con pocos minutos de intervalo. El mal de extendió con tanta rapidez que el número de niños desmayados agotó la capacidad de los vehículos disponibles.

Con 34 de los niños que presentaban males más severos ya hospitalizados, se envió a un equipo de médicos y enfermeros para tratar a otros 40-50 niños tumbados en el césped del patio, con síntomas leves. Conforme los médicos examinaron y reanimaron a estos pacientes, sus síntomas empezaron a ceder. Cuatro horas después de su inicio repentino, la epidemia terminó…

Durante el brote, se extendieron muchos rumores con rapidez. Por ejemplo, a la escuela llegaron dos sacerdotes para atender a las familias de los “niños fallecidos”. Se comentaba que habían muerto 12 niños por envenenamiento con alimentos. Otro rumor que circuló entre los estudiantes, es que el niño que se hirió la barbilla había tenido que ser operado del corazón al ser ingresado en urgencias.

Se barajaron diversas hipótesis sobre las causas de la epidemia: el aerosol contra los mosquitos, humos tóxicos, una fuga de gas, contaminación del agua, agentes infecciosos, influencias psicológicas, entre otros. Conforme la epidemia cesó, los rumores más exagerados desaparecieron, sin embargo la causa del brote siguió siendo controvertida en la comunidad: una parte de la población pensaba que “sólo era algo psicológico”, y otros pensaban que era “algo dañino en el aire”.