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CUADRO A3. (Continuación) 1869 479 751 271,5 1870 47 804 332,7 1871 473 713 2402 1872 506 728 222,0 1873 558 789 2314 1874 696 708 12,5 1875 676 790 -113,7 CapPfTULO 14 1876 73 729 23 1877 764 780 15,8 Trabajo y trabajadores 1878 770 810 00 en la España del siglo xix 1879 749 834 5.0 1880 769 838 69,2 CARMEN SARASÚA 1881 810 813 32 Universidad Autónoma de Barcelona! 1882 $42 814 279 1883 326 874 48,0 1884 304 862 -57,1 1. Las fuentes para estudiar la organización del trabajo en el siglo xix. — 2. 1885 805 907 -101,4 ¿Quiénes trabajaban? Activos, ocupados y parados. — 3. La estructura del empleo; 3.1. El trabajo en el sector primario; 3.2. El trabajo en el sector in- 1886 823 907 33,6 dustri casa, el tallar, la tábrica; 3.3. El trabajo en el sector servicios. — 4. 1887 a 844 —72,6 Cambiando de ocupación y de residencia: las migraciones. — 5. Salarios y condiciones de trabajo. — 6. Heivindicaciones obreras y regulación legal del 1388 720 842 -121,3 trabajo. — 7. Bibliografía. 1889 766 833 67,5 1890 780 832 31,8 1891 mn 833 55,9 1892 744 764 20,0 1893 811 738 m7 1894 300 800 2 1895 304 $37 330 El estudio de la organización del trabajo y de los trabajadores es esencial para entender 1896 342 833 94 la modernización de la actividad económica. En las páginas que siguen se presenta una visión 1897 304 903 -99,6 | de conjunto de la organización del trabajo en la España del siglo XIx: quiénes trabajaban, en 1898 859 940 311 | qué sectores, bajo qué tipos de Contratos o relaciones, en qué condiciones, con qué instru- 1899 951 924 27,0 mentos y máquinas, a cambio de qué remuneración, desde qué edad, con qué formación y cua- lificación. Lo que vamos a ver es una de las transformaciones más profundas de la historia 1900 964 929 35,5 económica española: si a principios del siglo x1x la inmensa mayoría de la población trabaja en la agricultura y las manufacturas se producen en pequeños tallares familiares bajo el siste- ma gremial, a finales de siglo se ha iniciado el abandono masivo del campo, la gran fábrica mecanizada es el símbolo de la Industrialización, los salarios son el principal componente de FUENTE: Comín (1998). 1. Agradezco a Cristina Borderías, Lina Gálvez y Ramon Garrabou sus comentarios y sugerencias a una Primera versión de este texto. 412 413 la Renta Nacional, los trabajadores se están organizando en sindicatos, y el «problema obr, To» se ha convertido en uno de los grandes problemas políticos del país. 3 1. Las fuentes para estudiar la organización del trabajo en el siglo xix Las fuentes estadísticas que nos dicen cuántas personas trabajan y en qué sectores y ac- tividades, quiénes buscan un empleo y quiénes están fuera del mercado de trabajo, como la Encuesta de Población Activa elaborada actualmente por el Instituto Nacional de Estadística, son muy recientes. Para el siglo xIx sólo podemos conocer esta información de forma aproxi mada. El primer Censo Nacional de Población es de 1857, y a partir de 1877 contamos con censos decenales que clasifican a la población según sus ocupaciones, pero, como veremos. estos datos son poco fiables. Para conocer la organización del trabajo a escala local (de «y municipio, una comarca o incluso una provincia) los padrones son una fuente más real, sobre todo cuando recogen la ocupación de todos los miembros de las familias, incluidos los an- sentes, aunque tampoco están exentos de problemas. La mejor solución es la más laboriosa: utilizar todas las fuentes posibles, siempre teniendo en cuenta qué tipo de «trabajador» cons- truye y reconoce cada una. Los archivos de empresas y de organizaciones patronales y obreras, de las Cámaras de Comercio, y de las instituciones que se ocuparon en la últimas décadas del siglo de «la cues- tión agraria» o de «la cuestión obrera», como los ateneos, son muy útiles. Las fuentes fisca- les (las matrículas de la contribución agrícola e industrial) son una buena aproximación a la estructura de la actividad: desde el siglo xvi el Estado ha intentado cobrar impuestos por las rentas obtenidas por el trabajo, para lo que necesitaba que cada persona declarase su actividad y las rentas que obtenía de ella. A través de la prensa podemos seguir la conflictividad labo- ral o los debates en las Cortes, y en las secciones de anuncios de empleo, las tendencias en la oferta y demanda de trabajo. La novela, desde Galdós a Pardo Bazán y Blasco Ibáñez, es una fuente de interés para conocer la forma de vida y la situación de los trabajadores en el siglo xIx. También la imagen: el siglo XIX es el siglo de la fotografía, con la que la prensa ilustra las noticias diarias. Por último, una fuente excepcional para finales de siglo son los Informes que la Comisión de Reformas Sociales de las Cortes publicó entre 1889 y 1893, cinco volú- menes con una información muy valiosa sobre las condiciones de trabajo, los salarios y los conflictos protagonizados por trabajadores de distintos sectores. 2. ¿Quiénes trabajaban? Activos, ocupados y parados La población española pasó de 11 millones en 1800 a 13 millones y medio en 1890. ¿Qué porcentaje de esta población correspondería a lo que hoy llamamos activa, es decir, que está en el mercado de trabajo como ocupado o buscando empleo? Ya hemos dicho que no hay ninguna fuente en el siglo XIX para conocer la población activa, ni la ocupada ni la pa- rada. Podríamos suponer que, excepto quienes no podían hacerlo por su edad (demasiado ni- ños o demasiado viejos) o por incapacidad física o mental, el resto de la población trabaja- ba para vivir. Pero el problema no es tan sencillo. La Estadística laboral y la Economía del Trabajo aplican al siglo xIx la definición actual de actividad, es decir, consideran trabajador a quien participa en el mercado de trabajo (activo), bien porque tiene un empleo (activo ocu- pado) 0 porque aunque no lo tiene lo busca (activo parado). Se entiende por empleo una ocu- pación remunerada. Esto significa que la actividad no remunerada (por ejemplo, el trabajo 414 doméstico) no se considera trabajo, y que a los individuos que desempeñan una actividad no remunerada (como las amas de casa) se les define como inactivos (es decir, que no contri- buyen a la creación de riqueza del país). La suma de inactivos y activos (activos ocupados y activos parados) nos da la población potencialmente activa, es decir, la que tiene edad de tra- bajar (fácil de calcular en nuestras sociedades porque hay una edad legal para empezar a tra- bajar y para retirarse del mercado de trabajo, por ejemplo, en nuestros días la población po- tencialmente activa es la que tiene entre 16 y 65-70 años). Los censos también excluyen una parte del trabajo que hoy llamamos sumergido, el que hacen trabajadores sin contrato, en su domicilio, en el de otros (como las criadas domésticas) o en talleres ilegales. El go- bierno no tenía (oficialmente) conocimiento de su existencia, no percibía impuestos por la ri- queza generada por esta actividad económica, y no reconocía como trabajadores a los em- pleados. Hasta aquí los problemas son los mismos que los de los censos actuales: los censos del xIx no reconocen como trabajo las ocupaciones no remuneradas y excluyen a una gran par- te de los trabajadores sin contrato, aunque sean asalariados, Pero además, muchos trabajado- res con empleo fijo, remunerado y con contrato tampoco fueron registrados por los censos y padrones. Esto les ocurrió sobre todo a las mujeres: por ejemplo, el 70 % de las obreras de la fábrica de tabacos de Sevilla que constaban en nómina como obreras fijas aparecían en el padrón como dedicadas a «sus labores» (y las clasificamos por tanto como inactivas), y lo mismo ocurte con las obreras de las fábricas de conservas en Galicia. La idea de que el tra- bajo que por naturaleza correspondía a las mujeres era el doméstico (no pagado), mientras Jos empleos remunerados se reservaban a los hombres (o teoría de la «doble esfera», la pú- blica para los hombres y la privada para las mujeres), venía de antiguo, pera se consolidó en el siglo XEXx, y tuvo un fuerte impacto en las leyes (que prohibían a las mujeres muchas ocu- paciones) y en la educación (no podían acceder ni a la enseñanza secundaria ni a la univer- sitaria). Para las mujeres de clase media y alta se consideraba indecoroso e impensable ejer- cer un trabajo aparte del doméstico, y estas ideas acabaron por influir en la clase trabajado- ra. Influyeron también en la forma en la que se recogían los datos de los censos: apareció la rúbrica «Sus labores» o «Su casa», y bajo ella llegó a registrarse a la mayoría de las muje- res, independientemente del trabajo que hacían y de si ganaban un jornal, incluso si eran obreras en grandes fábricas. Esto afectó especialmente a los negocios o explotaciones agra- rias de tipo familiar, donde sólo se registraba la ocupación del «cabeza de familia» aunque todos los miembros trabajasen. En definitiva, los censos del siglo xix clasifican como inactivas a muchas personas que sí trabajaban. Por ejemplo, según el censo de 1860, el primero que recoge las ocupaciones, de los cerca de 15.700.000 habitantes sólo 4.300.000 tenían una ocupación. ¿Es creíble una tasa de actividad calculada a partir de esta cifra? La española era una sociedad pobre, de tra- bajadores con salarios miserables, sin pensiones de vejez ni escolarización obligatoria, que mandaban a trabajar a sus hijos en cuanto tenían seis o siete años. No es creíble que trabaja- ra menos de un tercio de la población. La conclusión es que, aunque los censos son muy va- liosos para conocer el número de habitantes y sus edades, su estado civil y su lugar de resi- dencia, lo son poco para saber quiénes trabajaban y a qué se dedicaban. Para el estudio de la actividad es también importante conocer la intensidad del trabajo: cuántos días al año se trabajaba y cuántas horas al día. En ambos casos, la diversidad de si- tuaciones era mucho mayor en el siglo xIx que en la actualidad y por tanto es muy difícil ha- cer afirmaciones generales. En muchas ocupaciones es posible que se trabajara menos días al año que en la actualidad. Aunque no había vacaciones pagadas, y en algunas ocnpaciones ni descanso dominical, había constantes periodos de inactividad debido a la irregular llegada de 415 la miseria a los pobres obreros consiguieron de los gobiernos de la Restauración fuertes aran celes para el trigo, para los tejidos de seda y algodón, para la industria siderúrgica... a Pesar de que un aumento de las importaciones hubiera reducido los precios de los bienes de consu= mo que los trabajadores tenían que adquirir con sus jornales, como defendía Laureano Figue- rola, ministro de Hacienda de 1868 a 1870. 3. La estructura del empleo La distribución sectorial de la población trabajadora se considera un indicador Muy sig- nificativo del estadio de crecimiento económico. Una población mayoritariamente ocupada en el sector primario (agricultura, pesca, minería, explotación forestal) indica una economía sin industrializar, con baja productividad del trabajo, no capitalizada; y a la inversa, un por- centaje del 5 o 6 % de la población activa dedicado al sector primario (como tiene España hoy día) supone que son los sectores industrial y de servicios los dominantes, y que la agri- cultura se ha capitalizado, haciendo aumentar la productividad del trabajo de forma que unos miles de ocupados agrícolas producen hoy mucho más que los millones de campesinos de hace un siglo. La estructura de la ocupación depende de la demanda de trabajo de cada sec- tor, que depende a su vez de la estructura económica, A medida que la industria y los servi- cios crecen, crece la población ocupada en el sector secundario (industria y construcción) y terciario (servicios públicos como la administración, la enseñanza y la sanidad, y privados, como el servicio doméstico, el comercio y el transporte), aunque el empleo industrial, don- de la productividad por trabajador es más alta que en el terciario gracias a la mecanización, crecerá menos, En España, a diferencia de lo que ocurrió en la mayoría de los países europeos, el por- centaje de trabajadores ocupados en la agricultura no descendió progresivamente durante el siglo XIx, sino que continuó creciendo hasta principios del siglo XX, como muestra el cua- dro 14.1. Varias razones explican esta evolución, entre ellas la política fuertemente protec- cionista de la agricultura, reforzada tras la crisis agraria de fin de siglo, la debilidad de la demanda industrial y terciaria, y los bajos niveles de los salarios reales no agrarios, que desincentivaban el abandono masivo del campo. ¿Cuál fue la evolución de los otros dos sec= tores? La población activa en el sector industrial disminuyó, tanto en términos absolutos (en cuarenta años pierde unas 180.000 personas) como relativos (del 17,5 al 13,5 % de la po- blación activa), en parte por la mecanización, que redujo la necesidad de. mano de obra en las manufacturas, y en parte por la integración progresiva en el mercado internacional, que provocó sucesivas crisis industriales. El sector terciario siguió la misma evolución: perdió trabajadores tanto de forma absoluta (unos 200.000) como relativa (del 19,5 al 15 % de la población activa). CuaDro 14.1. Distribución de la población trabajadora española según los censos Primario % Secundario % Terciario % 1860 4.329.432 62,8 1.208.084 17,5 1,349,882 19,5 1877 4.939.256 70,0 897.791 127 1.213.032 17,2 1877 4.852.991 69,3 1.066.222 15,2 1.129.007 15,3 1900 5.428.600 14 1.027.360 13,5 1.145.790 15,0 Fuzvte: Censos de población, elaborados por Carmona Soto (1989) p. 57. 418 Esta evolución contraria a la que siguen los países europeos más desarrollados ha dado pie a que muchos historiadores económicos culpen al sector agrario (y a las políticas que lo protegieron) del atraso económico (y particularmente industrial) español: una agricultura que retenía trabajadores en lugar de expulsarlos, y que al estar débilmente capitalizada les conde- naba a una baja productividad y a jornales miserables, es decir, a un bajísimo nivel de vida que habría impedido que se convirtieran en mercado potente para los bienes industriales. Pero de la misma manera que los censos no son un indicador fiable de la población activa, tampo- co lo son de su distribución sectorial. En primer lugar porque no está claro a qué sector co- rresponden algunas categorías profesionales; es el caso de «jornalero» (la que ocupa a más personas en todos los censos del siglo XIX), que se refiere a personas que trabajan «a jornal», tanto en la agricultura como en el transporte o la industria. En segundo lugar porque al clasi- ficar a los trabajadores en sectores se asume que cada persona trabajaba de forma regular en un solo sector, cuando precisamente las características del trabajo en el siglo XIX son La irre- gularidad y la pluriactividad. Las personas tenían varias ocupaciones a lo largo del año, y en muchos casos en sectores distintos: un agricultor gallego podía marcharse a trabajar a las mi- nas andaluzas varios meses al año, una ganadera cántabra irse un par de años a trabajar como nodriza a Madrid, una hortelana era al mismo tiempo vendedora en el mercado de sus pro- ductos, los campesinos vizcaínos eran mineros del hierro entre mayo y octubre, etc. En tercer lugar, porque, como se ha visto, los censos recogen un porcentaje muy pequeño de las muje- res que trabajaban y por tanto las cifras de empleo en las ocupaciones en que se concentraban las mujeres padecen un subregistro especialmente fuerte. 3.1. EL TRABAJO EN EL SECTOR PRIMARIO Las condiciones climáticas, la calidad de la tierra y la pluviosidad son muy distintas en las diferentes regiones de España, y por eso no puede hablarse de la agricultura española, ni del trabajo agrícola, en singular: hay varias agriculturas y por tanto varios sistemas de tra- bajo agrícola. En las tierras cantábricas y las zonas de alta montaña se producían sobre todo pastos, cereales que soportan mucha humedad, como el maíz, y tubérculos como la patata. La ganadería, que exige un trabajo constante a lo largo del año, era la actividad dominante, combinada con la explotación forestal y en las zonas costeras con la pesca. En las tierras me- diterráneas y de la mitad sur de la península, los cultivos que resisten las altas temperaturas y la sequedad del suelo son fundamentalmente los de la llamada trilogía mediterránea (oli- var, cereal y vid), que suponían casi el 80 % del suelo cultivado de España. Entre estos ex- tremos había zonas de regadío que alimentaban huertas (que abastecían a una demanda cre- ciente de hortalizas y frutas de las ciudades) y a la industria conservera, vegas donde pros- peraban cultivos comerciales, materias primas para la industria textil (lino, cáñamo, morera, plantas tintóreas), extensas zonas de cítricos, productos para la exportación como las pasas de Málaga, el corcho, etc. Tanto o más que por las condiciones físicas de la tierra y por el tipo de cultivo, la orga- nización del trabajo agrario estaba condicionada por el sistema de propiedad y de explotación de la tierra: en las zonas de pequeña propiedad dominante en las regiones cantábricas, o don- de era posible arrendar pequeños lotes de tierra, la familia era la unidad de organización del trabajo: mujeres, hombres y niños trabajaban la tierra y en las múltiples tareas de la casa, el co- rral, el huerto, el establo... Estos trabajadores no estaban asalariados, vivían de lo que produ- cían, pero también tenían intensos contactos comerciales con el exterior, al transportar y ven- der en los mercados sus excedentes, que intercambiaban por otros bienes, El que las familias 419 campesinas fueran unidades de producción, sin asalariados ni patronos, no signific: miembros tuvieran los mismos derechos ni se beneficiaran por igual de su trabajo: E E A al no eran unidades democráticas de toma de decisiones; el marido-padre era el dueño d Ms piedades, el titular de los contratos de compra-venta y arrendamiento, y aunque las pe el dían heredar de sus padres (en grandes zonas de España el sistema de herencia era Pe E entre los hijos), sus maridos podían disponer de sus bienes sin su autorización; en o mujeres necesitaban la autorización de] marido hasta para defenderse en juicio, y por eso E ps tos emigraban ellas eran objeto frecuente de abusos (robo de ganado, tala de árboles) cl te de vecinos. Lo mismo ocurría con los salarios y jornales que ganaban mujeres e e os 8 nores: eran propiedad legal del padre y marido, que disponía de ellos como quería. 0 o En las zonas de gran propiedad y de secano, la organización del trabajo era radicalms distinta y en ellas puede hablarse de un auténtico mercado de trabajo agrario: la demand trabajo provenía de las grandes explotaciones (concentradas sobre todo en Andalucía, Ca ú lla-La Mancha y Extremadura) dedicadas al cereal, al olivar o al viñedo, y era tucan ES tacional, con «picos» en los momentos de la siega del cereal, la recolección de la oliva e, vendimia. La oferta de trabajo, por su parte, estaba garantizada por la existencia de jornalero: sin tierras o con parcelas tan pequeñas que no les permitía vivir sólo de ellas. Su número E mentó, en primer lugar por el propio aumento demográfico, y en segundo lugar con las des- amortizaciones, que tuvieron un gran impacto sobre el trabajo campesino: en muchos pueblos se privatizaron las tierras de propios y los comunales, donde los vecinos habían explotado tra- dicionalmente unos recursos modestos, pero que marcaban la diferencia entre la superviven- cia y el hambre: recogida de leña, de frutos que podían luego venderse, alimento del ganado, pesca y caza, que luego se declararán ilegales. Las desamortizaciones supusieron una mayor dependencia del jornal, un aumento de la asalarización del trabajo y, a largo plazo, la emigra- ción. En otros lugares, en cambio, se produjeron repartos de tierras de propios adjudicadas en lotes que permitieron el proceso inverso: que jornaleros sin tierra se convirtieran en pequeños propietarios o arrendatarios, aunque el difícil acceso al crédito para adquirir maquinaria, ape- ros o semillas, o para superar un año de malas cosechas, a menudo no les permitió a varlas mucho tiempo. . Para evitar que en los «picos» de fuerte demanda los trabajadores pudiesen conseguir jornales altos haciendo valer la ley de la oferta y la demanda, los propietarios emplearon dos medios: por un lado la tasa de jornales, es decir, la fijación por parte de los ayuntamientos del precio del jornal antes del inicio de la temporada. Aunque la tasa se abolió oficialmente en 1767, de hecho los grandes propietarios y arrendatarios de tierra siguieron fijando o pactando entre ellos un jornal máximo durante todo el siglo xIx. El segundo mecanismo utilizado para impedir fuertes crecimientos de los jornales fue el recurso a los trabajadores inmigrantes, que recorrían cada temporada en cuadrillas largas distancias para segar o vendimiar en otras te- giones. Estas migraciones de tipo estacional o «golondrina» habían existido desde hacía si- glos, como la de los segadores gallegos y asturianos que bajaban cada año a segar al sur de la península e iban recorriendo el camino inverso a medida que maduraba el cereal, unos meses de trabajo con los que podían subsistir el resto del año. Los segadores, como los que Goya re- trató a finales del siglo xvn1 en su cartón «La siega», comían y dormían en los campos don- de trabajaban, y se desplazaban a pie, con su hoz y a menudo algunas piezas de lienzo hilado en su tierra natal que aprovechaban para vender en Castilla. De estos grupos de parientes y vecinos de la misma parroquia o aldea se excluyó a finales del siglo XVIL a las mujeres, por- que se consideraba inmoral su vagabundeo por los caminos y su convivencia con los hombres. Esta exclusión, decretada por obispos e intendentes, supuso una fuerte pérdida de ingresos para ellas, que serán «las pobres entre los pobres» durante todo el siglo. Otras veces la llega- 420 da de segadores se producía porque los trabajadores locales preferían dedicarse a trabajos me- jor pagados. Cuando en la segunda mitad del siglo XIX se produjo una fuerte expansión de kl viña en Jerez, impulsada por las exportaciones de vino a Inglaterra, los trabajadores locales prefirieron especializarse en los trabajos de viñas y bodegas, menos estacionales y mejor pa- gados, y fueron reemplazados en la siega del cereal por jornaleros de la zona serrana de Cá- diz, de Málaga y Sevilla y de Portugal, que malvivían en la gañanías, edificios dentro de los cortijos en mucho peor estado que los establos para animales, como describió Vicente Blasco Ibáñez en su novela La bodega, de 1905. Entre los jornaleros o braceros que trabajan a jornal y los trabajadores familiares, que no cobraban por su trabajo, había una amplia gama de modalidades de trabajo agrario. El más característico era el de los criados (llamados de labor para distinguirlos de los criados do- mésticos), trabajadores asalariados fijos, que podían cambiar de casa cada añio o permanecer durante largos años en la misma. Estos criados y criadas vivían en la casa del dueño, tenían contratos (verbales o escritos), cobraban una parte de su sueldo en dinero y otra en especie (el alimento y la vivienda), y realizaban todo tipo de trabajos: los de la tierra, rotando las tareas a lo largo del año, el cuidado del ganado, la fabricación de queso, vino o aceite, su transpor- te y venta en los mercados... Los criados y criadas de las explotaciones agrarias provenían de familias pobres que colocando a sus hijos e hijas se quitaban bocas que maniener; solía ser ua ocupación durante los años de juventud, que servía para aprender a llevar una explotación y para ahorrar hasta casarse y establecerse por cuenta propia. Este modelo de fuerza de tra- bajo agraria domina en las zonas de mediana propiedad con especialización hortofrutícola o ganadera (que demanda más trabajo que las dedicadas a cereal, olivar o viña), o donde las fa- -milias no tienen suficientes brazos propios para mantener la explotación. El problema que más tinta ha hecho correr sobre el trabajo en el siglo x1x es cuándo y cómo se crea un mercado de trabajo, es decir, cuándo el trabajo pasa a ser una mercancía, que se vende y se compra igual que cualquier otra y cuyo precio (el salario) se fija, como en los demás mercados, mediante la oferta (la cantidad de trabajadores que buscan un empleo) y la demanda (la cantidad de trabajadores que solicitan los empleadores). Se ha dicho que la abo- lición de la tasa de jornales marca su nacimiento. Como hemos visto, la tasa de jornales, que fijaban desde la Edad Media los pueblos o los corregidores, Y sancionaban los mismos reyes, impedía que los jornales subiesen demasiado en los momentos de fuerte demanda. Su aboli- ción se produce por la Real Provisión de 29 de noviembre de 1767 que extendía «el reparti- miento de las Tierras de propios y concegiles a todo el Reyno»: «Y asimismo os mandamos, que en quanto a los salarios de los trabajadores los dexeis en libertad, para que cada uno se ajuste como pueda con los Labradores y Dueños de Tierras.» Para algunos autores esta me- dida supone la liberalización de las relaciones laborales en la agricultura y marca el naci- miento del mercado de trabajo capitalista en España. En realidad, la abolición de la tasa de jornales es sólo una más de las reformas ilustradas que removían los obstáculos que impedí- an el crecimiento de la producción y el empleo: hiberalizar el trabajo, abolir los privilegios que detentaban los maestros agremiados, permitir que quien quisiera y supiera abriera tienda o ta- ler. El objetivo era abaratar los precios de las manufacturas, pero también emplear a la in- mensa masa de pobres que llenaban ciudades y campos; la inspiración era la creencia de que el libre juego de la oferta y la demanda, «La mano invisible» defendida por Adam Smith en La riqueza de las naciones, resolvería los problemas. Pero un mercado de trabajo no se crea con una real orden, La organización del trabajo se transformó lentamente, condicionada por costumbres, Valores, innovaciones técnicas, pre- siones políticas e intereses de los distintos grupos sociales. El trabajo a cambio de un jornal o salario no fue una novedad de finales del siglo XVII, y tampoco lo fue la negociación indivi- 421 Los cambios en las materias primas, en los productos fabricados, en las máquinas y en la localización de éstas provocaron a su vez cambios profundos en la mano de obra emplea. da y en la organización del trabajo. Si en la etapa preindustrial las mujeres se concentraban en el hilado y los hombres en el tejido (aunque había tejedoras en muchos lugares), esta división clásica sufrirá ahora cambios: el hilado se masculiniza con la adopción de las mule jennjes (a partir de 1830 con vapor), no se sabe si porque las máquinas, todavía no automáticas, reque- rían una gran fuerza física, o porque su gran tamaño (hasta con 340 husos) requería que el hi- lador que la supervisaba tuviera que trabajar con ayudantes, normalmente niños o jóvenes a los que él contrataba, pagaba y enseñaba, reproduciendo el modelo de maestro y aprendiz de la etapa preindustrial. Cuando en los años 1850 llegan las selfactinas (que como indica su pro- pio nombre en inglés, self-acting mules, están ya automatizadas), la fuerza física deja de ser necesaria y los.industriales intentan sustituir a los hiladores por mujeres, cuyos salarios mu- cho más bajos les permiten reducir costes. Los sindicatos nacen precisamente para defender los intereses de los trabajadores varones frente a la más barata mano de obra de mujeres y ni- ños, como demuestra la huelga de Barcelona de 1854, Aunque la industria textil es la primera en mecanizarse siguiendo el modelo inglés, otros subsectores industriales se modernizan lentamente durante el siglo; por un lado productores de bienes de consumo como el agroalimentario, el de cueros para el calzado o el del papel. Y ya en las últimas décadas del siglo las industrias de bienes de equipo, como las de maquina- ria, la química y sobre todo, estimulada por una política de fuertes aranceles y compras esta- tales, la siderúrgica, en Vizcaya y en menor medida en Asturias, Cantabria y Andalucía. Las tradicionales ferrerías rurales dejan paso a los altos hornos mediante un proceso de innova- ción tecnológica que transforma un modelo muy intensivo en mano de obra en otro intensivo en capital; en estos casos el crecimiento de estas industrias no supuso un aumento del empleo sino, al contrario, la desaparición de las antiguas formas de trabajo y de posibilidades de em- pleo estacional, que eran importantes para las economías rurales tradicionales, Además de crear economías de escala que incentivaban la innovación tecnológica, la función básica de la fábrica, espacio simbólico de la Industrialización y de las nuevas rela- ciones de producción, fue el aumento de la productividad de los trabajadores. Este incremen- to se conseguía gracias a dos mecanismos: la división del trabajo, ya descrita con admiración por Smith en The Wealth of Nations (la conversión del antiguo proceso de trabajo artesanal en una serie de tareas simples que el trabajador debía repetir de forma constante, y que con ayu- da de las máquinas aceleraban extraordinariamente el proceso de producción), y una estricta supervisión, control y disciplina de los trabajadores. Una disciplina que empezaba por el con- trol del tiempo de trabajo, de los movimientos de los trabajadores y de su comportamiento dentro de la fábrica. Y se prolongaba fuera, en los barrios obreros, especialmente en las fá- bricas situadas lejos de las ciudades, como las textiles barcelonesas que se instalaron en la montaña para aprovechar la fuerza hidráulica de los ríos Ter y Llobregat. Las colonias cons- truidas por los industriales incluían casas para los obreros y sus familias, una iglesia a la que era obligatorio acudir, a veces la escuela para sus hijos, y la tienda donde era obligatorio com- prar. Aunque no siempre consiguieron aistar a los trabajadores de las ideas revolucionarias que se difundían en las ciudades, representaron la apuesta de los industriales por el modelo de fa- milia patriarcal y los valores de obediencia y jerarquía que venían mejor a sus intereses, La Iglesia fue una institución central en el disciplinamiento de los trabajadores, a quienes enca- recía la aceptación de sus condiciones de trabajo y de su lugar en el mundo como parte del orden natural. Las condiciones de trabajo en las fábricas eran penosas: el ritmo de las máquinas, los frecuentes accidentes, a veces mortales, las largas jornadas, el frío en inviemo y el calor asfi- 424 xiante en verano, la total ausencia de medidas protectoras contra el polvo, el ruido, los humos las sustancias tóxicas, los frecuentes excesos en las medidas disciplinarias de mayordomos, encargados y contramaestres, que incluían multas, agresiones físicas, sobre todo a mujeres y niños, Y el despido. La novela de Emilia Pardo Bazán La iribuna, escrita en 1886, que des- cribe la vida de las cigarreras de la fábrica de tabacos de La Coruña en los años de la I Re- ública (la primera novela de tema obrero escrita en España), es un testimonio único sobre las condiciones de trabajo y vida de las fábricas de la época. Tampoco estas condiciones eran Ca- suales ni fruto solamente del atraso de los industriales: su función era someter alos trabaja- dores e impedir la protesta, así como garantizar costes laborales lo más bajos. posibles. Pero trabajo industrial no sólo era el que se realizaba dentro de las fábricas, Si hoy una parte importante de las manufacturas industriales están producidas a domicilio y en pequeños talleres, muchas veces clandestinos, en el siglo xIX ésta era mucho mayor. Es muy difícil sa- ber qué parte de la industria de bienes de consumo (confección, calzado, juguetes, sombreros, guantes...) se manufacturaba en las casas de los trabajadores, pero todo indica que decenas de miles de familias vivían de este trabajo, que improvisaba talleres en las casas. obreras y con- vertía en trabajadores a mujeres y hombres de todas las edades, sin horarios, sin derechos, sin reconocimiento alguno, en una invisibitidad total. 3.3. EL TRABAJO EN El SECTOR SERVICIOS El sector servicios ha sido mucho menos estudiado que la industria, pero su crecimiento es un buen indicador del crecimiento económico, urbano y de la mejora general del nivel de vida. Aunque los servicios crecieron por la aparición o expansión de actividades nuevas, Como los nuevos medios de transportes, la Administración pública o la banca, lo hicieron sobre todo por la fuerte demanda de sectores tradicionales, como el servicio doméstico, la venpación que más personas empleaba en todos los países europeos en los siglos EVIL y XIX, y probablemen- te la que más creció durante el siglo XIX. Además, como se feminizó (había sido una ocupación mayoritariamente masculina en el siglo XVHL, pero en el xx los hombres la fueron abandonan- do por ocupaciones alternativas con mejores salarios y más libertad de movimientos), fue la ocupación que daba más empleo a las mujeres, sirviendo a las muchachas campesinas de vía de entrada a la ciudad. Por ejemplo, en 1856 en la ciudad de Barcelona, el mayor núcleo tex- til de España, ésta era la principal ocupación de mujeres y hombres (empleaba al 40 % de las mujeres y al 45 % de los hombres con trabajo); pero la segunda era para las mujeres el servi- cio doméstico, que empleaba al 17 % de las ocupadas (probablemente a muchas más, dado el subregistro de esta ocupación), mientras que sólo ocupaba al 1,7 de los activos. En Madrid y en el resto de las ciudades era con gran diferencia la primera ocupación para las mujeres. Además de crecer la demanda se diversificaron las formas del servicio doméstico; mu- chos servicios domésticos o personales (como la costura, el lavado y el planchado de ropa, el peinado, ete.) que antes hacían criados que vivían en las casas de la burguesía o la nobleza, ahora «se externalizan», y pasan a desempeñarlos mujeres y hombres que viven en sus casas y trabajan para varios clientes (lo que aumentará aún más el subregistro de las trabajadoras, muchas de las cuales aparecen sólo como «amas de casa»). Par otro lado, los demandantes y consumidores de servicios personales y domésticos no son ya sólo familias de clase media o alta. Las nuevas concentraciones de obreros industriales, mineros o militares, que han emi- grado sin sus familias y por tanto sin esposas o madres que laven su ropa y compren y coci- nen su comida, da lugar a la aparición de un nuevo oficio, las patronas, que recibiendo y aten- diendo en sus casas huéspedes obtienen ingresos con los que mantienen a Sus familias. 425 Relacionada con la concentración de hombres en centros mineros y portuarios y en ciu- dades con universidades está otra actividad de servicios totalmente feminizada, la prostitución. que conocemos gracias a los trabajos de médicos e higienistas. Según el doctor Sereñana, que publica en 1882 La prostitución en la ciudad de Barcelona, en 1877 había en Madrid (con 400.000 habitantes) 17.000 prostitutas registradas; y en Barcelona había 1.022 según el pa- drón de 1881, que serían en realidad más de 6.000. Esta situación se explicaría, según el pro- pio Sereñana, por los muy bajos salarios de las mujeres, por las pocas ocupaciones a las que podían acceder, y por la frecuencia con que perdían su empleo: por ejemplo, muchas de ellas procedían del servicio doméstico y habían llegado a la prostitución al quedarse embarazadas (con frecuencia por algún hombre de la familia para la que trabajaban) y ser despedidas. Mo- rían jóvenes por la sífilis y la tuberculosis, producto de sus miserables condiciones de vida. Otro fenómeno característico del siglo xIx fue el crecimiento de los servicios cualifica- dos. A medida que aumentaba el número de estudiantes universitarios aumentaba el de médi- cos, profesores, abogados, farmacéuticos, arquitectos e ingenieros, que trabajaban en parte para la administración del Estado y sobre todo como profesionales independientes y para el sector privado (banca, comercio). Esto permite que crezcan las clases medias, pero es un fe- nómeno no abierto a todos: ni las mujeres, que no podían estudiar en la Universidad, ni los hijos de familias obreras o campesinas, que son mandados a trabajar por sus padres desde ni- dos, podrán estudiar hasta las últimas décadas del siglo Xx, excepto integrándose en la Iglesia católica. 4. Cambiando de ocupación y de residencia: las migraciones Una tendencia constante del siglo x1x fue el crecimiento de la población urbana, por el propio crecimiento de la población (gracias a la reducción de la mortalidad infantil y catas- trófica), pero sobre todo gracias a las migraciones internas, a la llegada continuada de muje- Tes y hombres de pueblos y ciudades más pequeñas. La decisión de emigrar se producía en primer lugar buscando un empleo más estable y salarios más altos: los jornales del campo eran miserables y ni siquiera se podía contar con ellos todos los meses del año, y las ciudades es- taban creciendo y ofrecían trabajo y jornales (o al menos creaban esa expectativa en la po- blación, que no siempre se cumplía). Pero hay otros factores que explican las migraciones: malestar por razones políticas o culturales, rechazo a las rígidas estructuras de poder de la so- ciedad rural, sobre todo en zonas de gran propiedad, donde la única posibilidad de trabajar es «estar a bien» con los amos, etc. Se percibían las ciudades como un espacio donde era más posible organizar la propia vida, libremente, sin el férreo control social de tos pueblos; donde uno podía educar mejor a sus hijos y acceder a bienes y servicios inaccesibles en el medio ru- ral. Las migraciones fueron sobre todo internas durante el siglo x1x, y sólo a finales del siglo, cuando la crisis agraria golpee con especial dureza, la emigración fuera de España, sobre todo a América (Cuba, Argentina, Chile, Brasil) y al norte de África (Argelia) será dominante. Uno de los principales focos de atracción de las migraciones internas fueron los centros mineros. En la primera mitad del siglo la actividad minera, estimulada por las leyes de 1825 y 1849, se centró en el sudeste de la península, en las sierras de Gádor y Almagrera (en Al- mería) y Cartagena (en Murcia), y en Granada, de donde se extras sobre todo plomo y zinc. Tras la Revolución de 1868, la ley de Bases sobre Minas y la de Creación de Sociedades Mer- cantiles e Industriales de 1869 desencadenaron una auténtica fiebre minera, estimulada por la entrada de capitales extranjeros y por una demanda internacional centrada sobre todo en el co- bre, la hulla y el hierro. Una gran parte de la actividad minera seguía un modelo de minifun- 426 dismo, es decir, con multitud de minas pequeñas, escasa inversión de capital y a menudo tra- bajo familiar, lo que explica que la minería española fuera muy intensiva en mano de obra, y por tanto una gran demandante de empleo: si en el censo de 1860 había 30.000 trabajadores en la minería, a finales de siglo eran 100.000, dato que conocemos gracias al Catastro mine- ro de 1891, publicado como anexo a la Estadística Minera, que se publicaba desde 1861 y re- cogía la población trabajadora en los centros mineros de toda España. En las regiones cantábricas (Asturias, Santander y, sobre todo, Vizcaya) la extracción de hulla y hierro se expande sobre todo tras el final de la última guerra carlista, en 1877. La aper- tura de docenas de minas de hierro alrededor de Bilbao convirtieron a su comarca en el prin- cipal centro minero y siderúrgico nacional; la población de Vizcaya pasó de 190.000 habitan- tes en 1877 a 312.000 en 1900, aunque los municipios costeros ganaron mucha más, porque se produjeron fuertes migraciones dentro de la propia provincia; por ejemplo, Sestao, en la margen izquierda de la ría del Nervión, donde se instalaron las fábricas siderúrgicas de San Francisco en 1879, La Vizcaya en 1882 o Aurrerá en 1885, además de los Astilleros del Ner- vión en 1888, pasó de 341 habitantes en 1860 a 10.833 en 1900. La procedencia de estos in- migrantes era en primer lugar la propia provincia de Vizcaya, seguida de las provincias limí- trofes, como Burgos, Santander y Guipúzcoa. La mayor mina en suelo español era la de Río Tinto, en Huelva, propiedad de la socie- dad inglesa The Río Tinto Company Limited, sus excepcionalmente ricos yacimientos de co- bre y piritas atrajeron a miles de trabajadores de Andalucía, Castilla y Portugal, de forma que la comarca pasó de 5,181 habitantes en 1845 (municipios de Nerva, Riotinto y Zalamea) a 23.342 en 1887. Las condiciones de trabajo y vida de los mineros de Riotinto, que protagoni- zaron el más grave conflicto obrero de finales de siglo (como se verá más adelante), fueron descritas por Concha Espina en su novela El metal de los muertos, publicada en 1920. Las condiciones del trabajo, los salarios, el empleo de niños y la estructura de género variaban en las distintas cuencas mineras. Aunque los hombres eran mayoritarios en las mi- nas, niños y mujeres también estaban presentes: las mujeres, que eran contratadas para tareas de exterior, como el acarreo o machaqueo del mineral, se concentraban en las minas de hulla asturianas (el 10 % de la plantilla), las de hierro vizcaínas (74 % en 1868) y en menor medi- da en las de plomo de Córdoba (7 % en 1895) y cobre de Huelva (5 % en 1881). En cambio no fueron nunca contratadas en Almería y Murcia. En todos los centros mineros, sin embar- go, el trabajo no minero de las mujeres era fundamental para proporcionar los servicios que necesitaban los mineros: lavado de ropa, alojamiento y comida para los que habían llegado sin sus familias. En cuanto a los niños, presentes desde los ocho años, eran importantes en las mi- nas de hierro almerienses (36 % de la mano de obra en 1886), en las de hierro y plomo de Murcia (el 49 % en 1881), y en las de hierro y hulla asturianas (20 % en 1890), pero mucho menos en las minas vizcaínas de hierro. Eran destinados tanto a labores en el exterior como en el subsuelo, donde su pequeño tamaño ahorraba costes en la extracción del material. Tam- bién los salarios variaban según las cuencas: un minero ganaba un 25 % más en Vizcaya que en Almería. Las migraciones se produjeron también para trabajar en las obras públicas, en la cons- trucción y en el ferrocarril. Con la ley de Ferrocarriles de 1855 se inicia un periodo de masi- va construcción de vías; una de las dos grandes compañías, MZA, tenía en 1865 unos 3,300 trabajadores, que eran en 1900 más de 14.000 de plantilla, más varios miles de temporales. En cuanto a la construcción y a las obras públicas, que contrataban casi exclusivamente a hom- bres, crecieron de forma intensa con la expansión urbana y de las redes de transporte finan- ciadas por el Estado. Las obras públicas fueron utilizadas en Europa durante todo el siglo (y hasta bien entrado el siglo XX) para evitar el descontento social causado por las crisis econó- 427 siglo en Barcelona, las hiladoras de selfactinas j: j a > » : que trabajaban a destajo conseguí. s incluso superiores ala media de los salarios masculinos adultos; pero cuando. aa A la empresa reorientó su producción a hilos de peor calidad y más baratos y de 6 he destajo, los salarios/hora de las obreras bajaron al 76 % de los de los hombres. A 6. Relvindicaciones obreras y regulación legal del trabajo En toda Europa las primeras protestas de los obreros industri i j frenar la introducción de maquinaría que reemplazaba ajadoras. El pame aa he paña de las acciones violentas de los ludditas, los rompedores de máquinas, es e En Pe. or e 2 de marzo de 1821, cuando varios cientos de trabajadores destruyeron A den y exigieron del ayuntamiento que desmontara las restantes. Habrá muchos otro: , os de sabotaje y rotura de máquinas durante el siglo (de las cigarreras contra la: id de cigarrillos, de los cargadores del puerto de El Grao, en 1842 en Valencia iO cos de vapor... pero el más espectacular había ocurrido en 1835 en Barcelona a obreros incendiaron la fábrica textil y de fundición de hierro «El vapor», de ne ES Bonaplata, la primera gran fábrica con máquinas de vapor, recién inaugurada. Tan bién enta agricultura los jornaleros defendieron su puesto de trabajo ante la amenaza de las Pm en das zonas de Jatifundios la destrucción de segadoras y cosechadoras fue una expresión ha- . A Partir de estas primeras protestas resultó eviden j j objetivo debía ser conseguir que se reconociera su A ca po pe losa tonos sus condiciones de trabajo. Sin este derecho las protestas obreras seguirían siendo tal las como un problema de orden público y resultaría imposible cualquier mejora colectiva. Las primers asociaciones de trabajadores (la Asociación Mutua de Tejedores de Barcelona, le; al 840, o la Sociedad de Socorros Mutuos de Tejedores de Béjar, de 1849) son de ayuda nta y beneficencia, aunque enseguida ampliaron sus reivindicaciones, alentados por los contact con los socialistas utópicos franceses y los movimientos revolucionarios europeos de 1848. A ot qeisleción. laboral, es decir, las leyes que protegen la condición de los trabajadores : 1 pedir los abusos que padecen, va a avanzar durante el siglo x1x sobre todo tras los periodos de mayor conflictividad obrera, como una manera de hacer frente al peli volucionario. La Revolución de febrero de 1848, iniciada en Francia y oda re z ran parte de Europa, marcó por ello el inicio de las primeras medidas, como la reducción de la jornada de trabajo en la industria (en Francia en 1848 la jornada de 12 horas). En Es ña se produjo un primer periodo de fuerte conflictividad durante el Bienio Progresista 1854. 1856): confluyó la protesta contra las condiciones de trabajo y los bajos salarios con la eri. ñ de sencias. la protesta con los impuestos de consumos y contra el viraje del sob ibrecambismo, que hacía temer a los trabajadores la crisis in i i las patronales. La movilización desembocó en la muela general de Halo de! sa me y la Exposición presentada por la clase obrera a las Cortes Constituyentes, redactada por iy Margall y apoyada por 33.000 firmas de toda España, que defendía el derecho de aso- ciación y la negociación de las condiciones de trabajo. El jefe de gobierno, Espartero, que E pc con las movilizaciones había prometido asumir las reivindicaciones "obreras, presi a as Comes el Proyecto de Ley sobre ejercicio, policía, sociedades, jurisdicción e inspección a a industria manufacturera, una fuerte decepción para los trabajadores porque no acababa. de AT su derecho de asociación. El periodo revolucionario que se inició con la Revo- lución de 1868 y acabó con el final de la 1 República supuso la irrupción de «la cuestión so- 430 cial» y conectó a España con la Europa de la Asociación Internacional de Trabajadores, fun- dada en 1864 bajo la inspiración de Marx y Engels, y de la Comuna de París (1871), Si las protestas obreras reflejaban los problemas de la expansión y concentración de la industria capitalista, en el campo significaban la revuelta contra los efectos injustos de las desamortizaciones puestas en marcha por revolución liberal, que había acabado con los pri- vilegios del Antiguo Régimen a costa de privatizar las tierras comunales y aumentar en mu- chos casos la gran propiedad. Los jornaleros de Extremadura, Andalucía y La Mancha pro- tagonizaron con frecuencia acciones «espontáneas» como el derribo de cercas, el robo de fru- tos, la tala de árboles o la quema de las cosechas. Refiriéndose a 1868, el periódico La Cró- nica de Badajoz describía en 1870 esa aún confusa conciencia revolucionaria: las masas «no sabían una palabra de los derechos consagrados por la Revolución. Todo su programa de go- bierno podía condensarse en esta forma: pastos comunales y guerra a los ricos». Acciones más organizadas habían sido la sublevación republicana de Loja en 1861, que movilizó a va- rios miles de jornaleros de Granada, Córdoba, Málaga y Jaén, y la acción de sociedades se- cretas, generalmente de ideología anarquista, como la Mano Negra, reprimidas siempre con la mayor dureza. En la industria el primer sindicato fue Las Tres Clases de Vapor, de Barcelona, que se formó hacia 1869 y ese mismo año sostuvo una huelga durante tres meses. Con la Revolución los obreros textiles de Barcelona arrancaron de los fabricantes la jornada laboral de 11 horas y un aumento salarial del 7,5 %. Pero hubo que esperar a 1873 y a la 1 República para que se promulgara la primera ley laboral, conocida como ley Benot, que prohibía el trabajo en fábri- cas, talleres, fundiciones y minas de los menores de 10 años, limitaba la jornada para los me- nores de quince años, obligaba a las empresas a disponer de escuelas de enseñanza primaria, e introducía las primeras normas de seguridad e higiene en el trabajo. Pero la aprobación de legislación reguladora y protectora no significa que se llevase a Ja práctica. Precisamente en la «Información oral y escrita» recogida por la Comisión de Reformas Sociales en 1884 se preguntaba: «¿Se ha cumplido en todo o parte la ley del 14 de julio de 18737». «La ley exis- te, la ley está en vigor, pero al presente es letra muerta», fue la respuesta de los trabajadores. La Restauración supuso la reorganización de las patronales, que en Cataluña se fundie- ron en 1879 en el Instituto del Fomento del Trabajo Nacional; los industriales volvieron a sen- tirse dueños de la simuación y cambiaron radicalmente su actitud frente a las exigencias de sus obreros, elaborando listas negras de huelguistas que distribuían entre sus asociados y suponían la no contratación de los implicados. En 1881, con la llegada de Sagasta, se intensifica la pre- ocupación del gobierno por los conflictos laborales y por movimientos obreros cada vez más activos y organizados, extendidos por Barcelona, el textil de Málaga, la Mano Negra en el campo andaluz, las huelgas de tipúgrafos en Barcelona y Madrid. «Los obreros no podemos reclamar nada que no nos cueste la prisión», declara ante la Comisión de Reformas Sociales el representante de la Asociación del Arte de Imprimir en 1884. Se refiere a la huelga de ti- pógrafos madrileños de 1882 y a la represión que ha castigado a los obreros participantes. Poco después, en 1888, un grupo de tipógrafos, entre los que estaba Pablo Iglesias, fundó en Madrid la Unión General de Trabajadores. La ley de Asociaciones de 1887 amparaba pese a sus limitaciones el nacimiento. Pero la afiliación es baja, la UGT tiene al acabar el siglo en- tre 5.000 y 6.000 miembros, de cerca de 7 millones asalariados: un 1 %, cuando en otros paí- ses industrializados la afiliación sindical oscilaba entre el 3 y el 10 %, y en Gran Bretaña ro- zaba el 13%. Uno de los mayores conflictos obreros del siglo XIX tiene lugar precisamente en las mi- nas de cobre de Riotinto, en Huelva, donde en febrero de 1888, el año siguiente a la masacre del primero de mayo de 1887 en Chicago, unos 4.000 mineros iniciaron una huelga. Pedían 431 que no se les descontara el jornal cuando no se podía trabajar por la «manta de humo» (pro- vocado por la calcinación al aire libre del mineral, una técnica cuya prohibición también sq. licitan, que provocaba un humo intenso y nocivo que cubría la comarca permanentemente agotaba los recursos forestales), la reducción de las 12 horas de trabajo a 9, supresión de las multas y del descuento para asistencia médica, e indemnizaciones en caso de accidentes. Una manifestación en apoyo de estas peticiones, sofocada por el Ejército y la Guardia Civil, aca- bó con 48 mineros muertos y decenas de heridos. Pero igual que en Europa, y a pesar de lo que los propios obreros afirmaban, las reivin. dicaciones obreras estaban lejos de representar al conjunto de los trabajadores. En muchos ca- sos las movilizaciones tenían por objetivo asegurarse el empleo y los salarios, ante por ejem- plo la amenaza de la competencia de mujeres y niños que en los primeros momentos de la in- dustrialización fueron masivamente contratados por salarios que solían ser la mitad de los de los obreros varones. Los obreros veían el trabajo de las obreras como una estrategia de la pa- tronal para negarles el empleo y el salario dignos que por derecho les correspondían. Como afirmaba Pablo Iglesias en su intervención ante la Comisión de Reformas Sociales: «Desarro- llo industrial significa supresión del trabajo manual y aplicación de la mecánica y del vapor a la industria, ¿Cuáles son los efectos de este desarrollo? Por un lado, supresión de brazos, y por otro, sustitución del trabajo del hombre por el de la mujer y el niño, y cuanto más se avan- ce en aquel sentido, y se está avanzando todos los días, la situación será peor.» Hay que lle- gar a la Constitución democrática de 1978 (¡casi un siglo después!) para que el derecho al tra- bajo se reconozca como un derecho de todos, y para encontrar unas organizaciones sindicales que trabajan a favor del empleo de las mujeres tanto como el de los hombres. La idea de que el Estado podía y debía intervenir para regular por medio de leyes las condiciones de trabajo tardó en ser aceptada por las patronales y los gobiernos: la prohibición de que trabajaran niños, la limitación de la jornada laboral, los salarios mínimos, el pago de las horas extras eran medidas que provocaban un aumento de los costes laborales de las em- presas y daba poder a los obreros y a sus organizaciones, que podían denunciar y exigir mul- tas. Los patronos aceptaban mal que alguien se inmiscuyese en sus fábricas y en sus talleres, vistos como un espacio tan privado y sagrado como la familia. Para remediar los problemas de los trabajadores se recomendaba el ahorro, el alejamiento de vicios y gastos, la asistencia a escuelas nocturnas para mejorar la formación, La respuesta de los patronos ante la movili- zación y el descontento obrero fue el paternalismo industrial, un conjunto de medidas que pre- tendían enmascarar las pésimas condiciones de vida y trabajo y los salarios de hambre. En esta respuesta tuvo un papel fundamental (y lo tendría aún más en el siglo xx) la Iglesia, que es- taba perdiendo a los obreros de las ciudades como seguidores, La encíclica De Rerum Nova- rum («De las cosas nuevas»), que promulga León XII en 1891, resume a la perfección la pos- tura de la Iglesia católica frente a los peligros revolucionarios, que pasaba por propugnar la armonía entre patronos y obreros, por la creación de sindicatos católicos y la expansión de la beneficencia, Para los patronos paternalistas, la empresa era una familia en la que ellos eran los padres. Como tales, ordenaban y dirigían, buscando el bien común. Esta fuerte influencia de la Iglesia católica en las prácticas patronales fue una de las ca- racterísticas de las relaciones laborales en la España de la segunda mitad del siglo xrx. La in- dustrialización española fue más tardía y de menor intensidad que la de otros países europeos: el trabajo en el sector primario siguió ocupando a una parte importante de la población du- Tante el siglo x1x. La población agraria sin tierra (jomaleros) era muy numerosa; la novela de Miguel Delibes Los santos inocentes permite entender qué significaba trabajar para los gran- des propietarios, mucho más cerca de la servidumbre feudal que del «mercado de trabajo». Es- tos miles de jornaleros sin tierra abandonaron el campo mucho más tarde que en otros países 432 siglo xx, porque la débil demanda de trabajo de los. secto- A abeortr MN tuerca de trabajo subempleada que malvivía en ran fábrica fue la excepción; en su lugar el pequeño taller, y el lia se afanaba en componer sombreros, zapatos, juguetes, bor- rma. La organización del trabajo es el reflejo de la estructura eco- de capitalización empresarial. Para entender la or- ganización del trabajo en la España del siglo XIX es AN cen en ne BoA ada o il Í: ales de siglo la mayoría de los trabajadores estal Po can en pe ñ ntratados de forma irregular y esta- o, en sus casas, en pequeños talleres. Que eran co le ' a nal, Pue alternaban distintas ocupaciones durante su vida, que tenían una muy baja cualifi- cación, que debían aceptar salarios miserables. Todo ello constituye, a su vez, la clave que ex- PAS : : ito plica el atraso educativo y económico, el bajo nivel de bienestar, los graves conflictos polí cos que arrastra el país al empezar el siglo XX. guropeos, en la segunda dé res industrial y terciario no el campo. En la industria, la Es taller doméstico donde la fami! dados o bisutería, era la norma a nómica, de la potencia industrial, del nivel 7. 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