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Asignatura: historia periodismo universal, Profesor: carlota coronado, Carrera: Periodismo, Universidad: UCM
Tipo: Apuntes
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1.- El origen de la prensa inglesa. De la Revolución a la Restauración monárquica.
En 1622 apareció el primer semanario inglés, bajo el título A Current of General Newes , aunque no se conserva el primer número. A él le siguió otro – Weekly News from Italy, Germany, Hungaria, Bohemia, the Palatinatem France and the Low Countries -, y finalmente se otorgó, en 1638, un privilegio real a Nathaniel Butter y Nicholas Bourne para publicar noticias del extranjero en fascículos distanciados, en una fórmula comparable a la francesa. En la Inglaterra de principios del siglo XVII ya empieza a percibirse una alianza entre sectores de la nobleza y la burguesía para cuestionar las prerrogativas del poder absoluto del rey y de la Iglesia. El engorde de la burguesía se produce en las primeras décadas del siglo XVII, no sólo por el desarrollo comercial interior y exterior, sino también por la compra de tierras a la Corona y a la nobleza que necesitaba dinero. Por otra parte se experimenta el primer gran impulso industrializador. Aunque la burguesía tuvo ya antes de la guerra civil de 1640 algún papel en la programación de la política cultural, el elemento determinante seguía siéndolo la Iglesia.
Sublevada la burguesía y parte de la nobleza contra el rey, el Parlamento de 1640 se convirtió en el símbolo de la defensa de la religión, de la libertad y de la propiedad. Al defender la religión defendía el protestantismo y al puritanismo como tendencia dominante. Al defender la libertad, se oponía al régimen de monopolios por real decreto que el poder se atribuía en el comercio interior y exterior. Al defender la propiedad, se enfrentaba a las prerrogativas del rey para imponer impuestos según sus intereses personales.
La revolución de 1640 hundió la monarquía absoluta según el modelo francés, pero tampoco significó un cambio radical en el proceso histórico. Los elementos más radicales y lúcidos fueron a la larga marginados y se impuso simplemente una modificación del privilegio del poder. Aunque inicialmente la revolución de 1640 permitió tomar posiciones a los liberales “utópicos” sólo fueron utilizados como compañeros de viaje. Así, pensadores como Hobbes, Locke o Milton fueron utilizados por Cromwell hasta que éste robusteció la revolución burguesa con una dictadura y erradicó todo tipo de utopismo y sólo toleró las verdades que convenía al estatuto de privilegio de las clases y estamentos vencedores en el asalto al poder absoluto. La prensa pasó de la tutela del rey y el clero a la tutela del Parlamento.
Los “corantos” que se empezaron a publicar a partir de 1620 fueron adjudicados a periodistas- funcionarios como Nicholas Bourne, Nathaniel Butter y Thomas Archer. Estas publicaciones sólo podían dar nuevas del extranjero y en ningún caso podían discrepar de la “verdad” oficial. La revolución de 1640 trajo una mayor liberación de la prensa. Por ejemplo, ya se pudieron dar informaciones de política interior y esta simple medida estimuló la aparición de nuevas publicaciones y los intentos de fijarles una periodicidad regular. Ya lo ensayó Samuel Pecke con su Diurnal Occurrences in Parliament , publicación informativa de los debates parlamentarios (1641). Los diurnals tomaron partido en la lucha entre el Parlamento y el rey, y contribuyeron a crear la tradición de un periodismo doctrinal, combativo. De los diurnals surgieron los “mercurios” (el Aullicus o Academicus , al servicio realista, y el Britanicus , al servicio de los parlamentarios).
La ordenanza sobre la prensa de 1642 representa el primer intento parlamentario de codificar los derechos de las publicaciones según las modificaciones aportadas por la revolución, pero sin que jamás pudieran convertirse en instrumentos críticos independientes. En 1643 se fija la censura previa, el depósito legal, controles y sanciones, todo ello bajo el control de la
Corporación de Editores (Stationers Company). Contra estas medidas reacciona Milton en su Areopagitica (1644).
La Areopagítica de Milton ha sido tradicionalmente considerada como la primera defensa moderna de la libertad de prensa, aunque la motivación y dedicación impresa de esta obra publicada en 1644 no fuera la defensa de la libertad de prensa propiamente dicha, sino la reivindicación de la libertad del escritor en la elección del bien y del mal en sus comunicados. Milton no defiende una libertad sin limitaciones o una libertad para todos. Por ejemplo,
recomendaba vigilar la libertad del católico romano, a quien juzgaba históricamente
deshonesto, y la libertad del periodista, “esclavo de lo efímero”.
La escalada de represión prosigue y en 1649 se promulga una ley según la cual sólo son autorizados dos periódicos oficiales: A Brief Relation (1649-1650) y Several Proceedings in Parliament (1649-1655). Finalmente se autorizaron otras dos publicaciones igualmente controladas ( A perfect Diurnal y Mercurius Politicus ). A partir de 1655, el dictador Cromwell sólo autorizaría esta segunda publicación, dirigida por un periodista oficial, Nedham, que a su vez también fue puesto al frente de la otra publicación autorizada: The public Intelligence. Con todas sus limitaciones la gestión parlamentaria entre 1640 y 1660 fue mucho más tolerante que la Restauración monárquica que le siguió. Una de las primeras medidas de los Estuardo al recuperar el poder fue abolir la libertad de publicar las deliberaciones parlamentarias y la creación de un censor oficial Surveyor of the Press.
A la relación de hechos, género casi exclusivo del periodismo anterior, se incorporaron nuevos géneros, como comentarios, artículos sobre cuestiones de actualidad, embrionarios recursos de titulación valorativa, ilustraciones, pequeños anuncios económicos publicitarios.
Con la represión política que implicó la Restauración, se perdió este embrión de auténtica relación comunicativa. La London Gazette (1655) que había nacido en Oxford como The Oxford Gazette , traducía el modelo exacto de la Gazette absolutista de Renaudot y Richelieu. Su responsable era otro periodista oficial, Muddiman, que había heredado las funciones de l’Estrange como supremo censor. Esta situación de retroceso se agudizó a medida que se agudizaba la crisis de la Restauración. La prensa reflejó el miedo del poder a medida que se iba debilitando y se benefició de las consecuencias del definitivo asalto revolucionario de 1688. La promulgación de la odiada Licensing Act en 1662, marcó el punto culminante de recelo del poder hacia la libertad que se habían tomado periodistas leales y clandestinos.
La restauración de 1660 no significó una total erradicación de los avances implicados en la revolución de 1640. El Parlamento entre 1660 y 1678 estuvo dominado por los tories (conservadores) que, si bien no abdicaron totalmente de los objetivos de la revolución burguesa y de la burguesa dictadura de clase de Cromwell, transigieron con la monarquía en la recuperación de parte de sus prerrogativas. No obstante, la crisis de la institución monárquica se agudizó cuando los Whigs (liberales) dominaron el Parlamento entre 1679 y 1681.
Jacobo II en su deseo de restaurar el romanticismo en Inglaterra, creyó necesario convertirse en un monarca absoluto como lo eran los restantes príncipes de Europa. Con esto sólo consiguió un pacto político y social entre tories y whigs , y el estallido de la revolución de 1688. Los pactistas solicitaron a Guillermo de Orange, estatúder de Holanda, que ocupara el trono de Inglaterra y, una vez en fuga Jacobo Estuardo, programaron y promulgaron el famoso Ordenamiento de la Revolución.
El Ordenamiento de la Revolución creaba las reglas de una democracia para notables, de una libertad dentro de un orden, nuevo al fin y al cabo porque arruinaba las características del “orden medieval”, pero insuficiente porque sólo representaba los intereses de la nobleza residual, las iglesias conciliadas, la alta burguesía industrial, comercial y terrateniente.
La revolución de 1688 tuvo una repercusión informativa trascendental: la derogación en 1695 de la Licensing Act , con lo que se ponía fin definitivamente al sistema medieval de control de la prensa. Sin embargo, la independencia de los periódicos fue limitada: siguieron sometidos a persecuciones muy numerosas y fue habitualmente empleada la corrupción de profesionales por los gobiernos.
No sólo era el ejecutivo quien mantenía vigilada la prensa. También el Parlamento guardará con ahínco el privilegio del secreto en las sesiones. Sólo muy avanzado el siglo XVIII, y después de numerosas batallas, los periodistas van a conseguir romper el secreto de las deliberaciones parlamentarias.
En 1792 el Parlamento aprueba la Libel Act , primera auténtica ley de prensa liberal: en ella se perseguía el libelo, pero se reconocía el derecho de los impresores y escritores a la libertad de expresión. Se mantenían, sin embargo, los impuestos que, a lo largo del XVIII, habían aumentado, primero en 1724, después en 1756 y en 1775. Esta ley, por tanto, consolidaba el modelo inglés.
Las más importantes figuras y las fórmulas de información más originales aparecerán en el siglo XVIII, después de establecida la Monarquía constitucional. Jugarán un papel muy importante periodistas de prestigio como Daniel Defoe. Conocido por sus panfletos a favor de Guillermo de Orange, fue condenado a muerte, lo que le hizo aumentar el prestigio entre sus correligionarios whigs. Lo suficiente para ser sacado de la cárcel y recibir de los contrarios – tories - dinero para fundar un periódico que se denominará Revue (1704-1713). Se trataba de una publicación política, sin apenas información, en la que Defoe arremetía contra todos los extremistas, aunque no dejaba de presentarse como un whig radical. Van a ser los whigs , sin embargo, quienes, convencidos de que se trataba de un conservador disfrazado, le perseguirán y harán condenar en 1713, pasando, desde entonces a colaborar en un periódico tory , Mercator. Su furor conservador durará poco, porque el predominio liberal hará que Defoe pase, de nuevo, al servicio de los whigs triunfantes. Al lado de Defoe, se mueven escritores de su misma calidad, en la misma línea de moderación y que se mantienen fieles a sus opiniones y a sus partidos: son, por ejemplo, Jonathan Swift, con su Examiner ; Nicholas Amhust, con Craftsman ; Steel, con la London Gazette , etc. Estos publicistas son una de las bases de la estabilidad y consolidación de la monarquía parlamentaria.
A esa consolidación colaboran igualmente aquellos grupos de periodistas que no cejaron en la
crítica de los defectos del sistema, especialmente en lo relacionado con la libertad de
expresión. Esta crítica se centra en dos corrientes. El primer grupo o corriente se centró en
torno a lo que se ha dado en llamar “Prensa moral” cuyos orígenes tienen lugar aquí en
Inglaterra. Este tipo de publicaciones fueron lanzadas primero por el liberal Steel – 1709, The
Tatler (El Hablador)-, después por su colega Addison, que le sucede en 1711 con The Spectator.
La importancia de The Spectator fue tan impresionante que en cuarenta años el modelo fue
imitado en toda Europa y llegó incluso a España, imitado por Clavijo y Fajardo en El pensador,
The Spectator fue el faro guía de los ilustrados del siglo XVIII. En la misma línea edita
posteriormente Addison el Guardian , que tuvo una vida de 175 números. Y por doquier
aparecían nuevas publicaciones que incluso se permitían delimitar parcelas de públicos según
el sexo, según su nivel cultural, según sus gustos y aficiones. Para conseguir burlar la ley, los
cronistas transcribían los debates del Parlamento como si fueran los del Parlamento del Liliput
gulliveriano, subterfugio que se mantuvo hasta que en 1754 se instituyó la norma de tolerar
que los periódicos tuvieran la libertad de informar sobre las sesiones de la Cámara de los
Comunes.
La segunda corriente o grupo se opone abiertamente a la situación, se enfrenta a los poderes públicos, aceptando, desde el principio, las posibles consecuencias. Conviene citar, entre todos, a Edouard Cave, a John Wilkes y a “Junius”.
Cave crea una revista, que con el nombre de The Gentlemen’s Magazine dará origen a una de las fórmulas de mayor éxito en la historia del periodismo, los magazines , y, sin ser consciente, dejó establecida la fórmula de dicho éxito: un conjunto informativo formado por tres elementos de parecido calado, o sea, información y crónica política, crónica social y variedades, divertimento.
John Wilkes era miembro de la Cámara de los Comunes por el partido whig. En 1760 sube Jorge III al poder con pretensiones absolutistas evidentes y los tories se lanzan a la conquista del gobierno, para lo que editan un periódico con el nombre de Briton. La reacción liberal va a ir capitaneada por Wilkes en el periódico North Briton desde 1763. Se trataba de un furioso periódico político contra las actuaciones de los conservadores, furor y mordacidad que van en aumento hasta el número 45 del periódico que provocó las iras contrarias y Wilkes fue detenido y enviado a la Torre de Londres, fue expulsado de los Comunes, condenado por la Cámara de los Lores y por el Rey. Huye a París, donde, con enorme popularidad, reside durante cuatro años. En 1768 vuelve a Londres, es elegido de nuevo diputado y nuevamente expulsado de la Cámara y así sucesivamente. La intención de Wilkes había sido la de acabar con los hábitos del poder absoluto que los conservadores reencarnaban una y otra vez y el punto de batalla, la libertad de expresión.
En esta feroz insistencia fue muy bien ayudado por un personaje, aún hoy de identidad desconocida, que, con el pseudónimo de “Junius”, publicó 38 cartas en un periódico de la capital.
Con este ambiente no es raro que la información alcance en Inglaterra cotas notables. En 1715 existían en Londres 70 impresores, cada uno de ellos con dos o más prensas y varios oficiales y ayudantes. Para 1755 el número de impresores se había doblado y muchos de ellos tenían la capacidad de editar regularmente varias publicaciones periódicas. Hacia esa fecha existían en Londres cinco diarios, seis con periodicidad de tres números por semana, cinco semanarios y algunos más de periodicidad no fija, con un total de circulación de unas 100.000 copias a la semana. En 1711 se venden un total de 2.250.000 ejemplares, de los distintos diarios, en toda Inglaterra; en 1753, la cifra era de 7 millones y en 1760 de 9 millones. El aumento de la audiencia y el concurso de una incipiente publicidad van dando seguridad a empresarios y profesionales.
Un ejemplo de la fuerza económica que la información inglesa fue adquiriendo a lo largo del
XVIII fue la aparición, muy pronto, en 1702, del primer diario aparecido en el mundo, el Daily
Courant. Un empresario, llamado Samuel Buckeley, dándose cuenta del enorme interés que en
toda Europa despertaba la guerra de Sucesión en España y de la necesidad de que el público
entendiera la actitud británica ante la misma, lanzó el diario. Su intención, indicada en el
primer número, era la de “dar noticias, diaria e imparcialmente”, añadiendo una larga lista de