Docsity
Docsity

Prepara tus exámenes
Prepara tus exámenes

Prepara tus exámenes y mejora tus resultados gracias a la gran cantidad de recursos disponibles en Docsity


Consigue puntos base para descargar
Consigue puntos base para descargar

Gana puntos ayudando a otros estudiantes o consíguelos activando un Plan Premium


Orientación Universidad
Orientación Universidad


La Primavera Árabe: Libertad, Desarrollo o Frustración y Caos? - Prof. Boix Palop, Apuntes de Derecho Constitucional

Este documento analiza la primavera árabe de 2011, un momento clave en la relación entre el estado y la sociedad en los países árabes. El autor examina las demandas claras y concretas de la población, las formas de cambio previstas y el papel de las potencias occidentales. Se abordan temas como el estado policial, la pérdida del miedo a los gobernantes, la intervención militar y la guerra global contra el terrorismo.

Tipo: Apuntes

2013/2014

Subido el 19/05/2014

pepelopez22
pepelopez22 🇪🇸

3.3

(3)

10 documentos

1 / 27

Toggle sidebar

Esta página no es visible en la vista previa

¡No te pierdas las partes importantes!

bg1
pf3
pf4
pf5
pf8
pf9
pfa
pfd
pfe
pff
pf12
pf13
pf14
pf15
pf16
pf17
pf18
pf19
pf1a
pf1b

Vista previa parcial del texto

¡Descarga La Primavera Árabe: Libertad, Desarrollo o Frustración y Caos? - Prof. Boix Palop y más Apuntes en PDF de Derecho Constitucional solo en Docsity!

SUMARIO

INTRODUCCIÓN

Por Felipe Sahagún

Capítulo I UN CONTEXTO ECONÓMICO GLOBAL ARRIESGADO Y CAMBIANTE Por Federico Steinberg Weschler

Capítulo II LA PRIMAVERA ÁRABE. ¿LIBERTAD Y DESARROLLO O FRUSTRACIÓN Y CAOS? Por Haizam Amirah Fernández

Capítulo III LA CONFLICTIVIDAD EN EL MUNDO MUSULMÁN (2011) Por Rafael Calduch Cervera

Capítulo IV AFGANISTÁN: HACIA EL FIN DEL CONFLICTO Por Francisco José Berenguer Hernández

Capítulo V EL ÁFRICA SUBSAHARIANA Por José Pardo de Santayana

Capítulo VI AMÉRICA LATINA 2011: SORTEANDO LOS EFECTOS DE LA CRISIS ECONÓMICA, BUSCANDO UNA MAYOR INSERCIÓN INTERNACIONAL Por Carlos Malamud Rikles

COMPOSICIÓN DEL GRUPO DE TRABAJO

ÍNDICE

La primavera árabe. ¿Libertad y desarrollo o frustración y caos?

77

■ INTRODUCCIÓN

El año 2011 marcó un antes y un después en la relación entre el Estado y la sociedad en los países árabes. Las profundas transformaciones demográficas, económicas y culturales de los últimos años en el Magreb y Oriente Medio dieron lugar a amplias movilizaciones sociales contra el autoritarismo, la corrupción y la falta de oportunidades, tras un largo periodo de aparente inmovilismo y engañosa estabilidad.

En cuestión de un año cayeron tres autócratas que llevaban décadas ejerciendo un poder casi absoluto, se pusieron en marcha otras tantas transiciones políticas, se celebraron elecciones democráticas y otras fueron programadas para los siguientes meses, se produjo una guerra civil y se crearon las condiciones para que otras estallen, se llevó a cabo una intervención militar extranjera, dos revueltas sangrientas se alargaron sin visos de solución rápida, se realizaron reformas constitucionales de emergencia, se remodelaron algunos Gobiernos impopulares y se tomaron medidas económicas para mitigar el descontento social. El balance es, sin duda, sobrecogedor. A pesar de que la nueva etapa iniciada en los países árabes en 2011 está acompañada de grandes incertidumbres, parece claro que se ha roto el statu quo que reinaba en el mundo árabe, y con él la apariencia de estabilidad de sus regímenes políticos y la imagen de apatía de sus poblaciones. A día de hoy, sería incauto vaticinar que algún país árabe pueda quedar al margen de la actual ola de cambios.

La situación en los países árabes, con las diferencias que existen entre ellos, era insostenible por la falta de oportunidades, el alto grado de represión y las dificultades socioeconómicas crecientes de las poblaciones. Lo llamativo y transcendental para el futuro de la región no es que se haya iniciado una ola de revueltas antiautoritarias, sino la rapidez con la que se han extendido de un país a otro. Asimismo ha destacado el carácter no violento y no ideologizado de las movilizaciones (aunque las respuestas de algunos regímenes generaron espirales de violencia), y que han dependido en gran medida de las nuevas tecnologías de la información como herramienta de comunicación, tanto interna como con el resto del mundo, y de la movilización en el ciberespacio, que después fue llevada a las calles y plazas de distintos países.

Durante décadas se había pensado que cualquier cambio de Gobierno en los países árabes solo podría producirse de una de las tres siguientes formas: un golpe de Estado militar, como ocurrió con cierta frecuencia tras las independencias de esos países; una intervención desde el exterior, como fue el caso de Irak en 2003, o una revolución ideológica o religiosa, como ocurrió en Irán en 1979. Sin embargo, Túnez y Egipto demostraron que este pensamiento estaba equivocado debido a que el cambio en estos dos países llegó desde dentro, a través de movilizaciones sociales cívicas. Las demandas

La primavera árabe. ¿Libertad y desarrollo o frustración y caos?

78

de la población fueron claras y muy concretas: que las personas puedan vivir con dignidad y tengan oportunidades para formarse y encontrar empleo, de modo que puedan contribuir al progreso y al desarrollo de sus países, así como a su prosperidad personal y familiar. Los Gobiernos que surjan de esta fase de transición tendrán que dar respuesta a estas demandas con hechos concretos y con resultados tangibles. De lo contrario, tendrán a las poblaciones en su contra.

■ EL AÑO EN QUE CAYÓ EL «MURO DEL MIEDO»

A finales de 2010, pocos expertos y observadores habrían predicho que el primer dirigente autoritario árabe en ser expulsado del poder sería el presidente tunecino Zine el Abidine Ben Ali, y mucho menos que otros autócratas le seguirían en pocos meses. Sin embargo, la movilización espontánea de la población tunecina contra el que fue su todopoderoso presidente durante 23 años logró descabezar el régimen en pocas semanas, algo hasta entonces insólito en un país árabe en los tiempos modernos. Ben Ali huyó de Túnez el 14 de enero de 2011, incapaz de imponer su ley y orden a una población cuya paciencia ante el autoritarismo y la corrupción había llegado a su fin.

Un incidente que podía haber pasado desapercibido, como fue el acto de desesperación extrema de un joven tunecino sin horizontes, Mohamed Buazizi, quien se quemó a la bonzo tras ser humillado por enésima vez por agentes del poder el 17 de diciembre de 2010 en la pequeña localidad de Sidi Bouzid, fue la chispa que hizo prender el profundo descontento popular que traspasa fronteras. Los tunecinos demostraron que descabezar una dictadura árabe era más fácil de lo que los propios árabes y el mundo entero habían pensado. Unas cuantas semanas de manifestaciones espontáneas, no violentas y sin una ideología política definida bastaron para expulsar a los cabecillas del régimen cleptocrático tunecino, empezando por Ben Ali y su esposa.

Mohamed Hosni Mubarak, el presidente que durante tres décadas sembró los vientos de la represión, el autoritarismo y la corrupción en Egipto, acabó recogiendo las tormentas de la frustración popular contra él y su régimen. Después de 18 días de sangrientas manifestaciones, en los cuales los egipcios perdieron el miedo a salir a la calle para pedir la libertad, Mubarak se vio forzado a abandonar el poder el 11 de febrero de 2011. Con ello se desactivó el proyecto de sucesión dinástica de Mubarak, según el cual la presidencia del país pasaría a manos de su hijo Gamal. Esa fecha marcó el inicio de una transición política en Egipto repleta de incertidumbres, aunque inimaginable pocas semanas antes.

Ben Ali en Túnez y Mubarak en Egipto parecían dominar la escena política en sus respectivos países. Para ello contaban con dos factores clave que les habían funcionado durante más de dos décadas: un Estado policial que ejercía

La primavera árabe. ¿Libertad y desarrollo o frustración y caos?

80

que solían ser divinizados por los poderes públicos y sectores amplios de la sociedad. Las poblaciones de esos países están diciendo basta tras décadas de autoritarismo y frustraciones. Los resultados de las revueltas sociales difieren de un lugar a otro, pero las transiciones hacia una nueva relación entre el Estado y la sociedad y hacia nuevos modelos de Gobierno ya están en marcha en todo el sur y este del Mediterráneo. Una consecuencia de esas transformaciones es que los gobernantes presentes y futuros de esos países tendrán que dar respuesta a una parte importante de las demandas sociales si no quieren que se intensifiquen las movilizaciones sociales y se vuelvan en su contra.

■ Causas del malestar

La chispa de las revueltas que se extendieron a lo largo de 2011 por los países árabes ha sido de carácter económico, aunque el trasfondo del descontento popular es claramente político. Existe un gran malestar por la forma de gobernar los países por parte de unos regímenes que no ofrecen oportunidades, que no son representativos y que dependen de la represión para mantenerse en el poder. El descontento acumulado a lo largo de décadas en sociedades muy jóvenes se ha manifestado a través de movilizaciones sociales pacíficas en sus orígenes y con resultados muy distintos de un país a otro, principalmente en función de las reacciones que han tenido sus regímenes y, muy especialmente, los Ejércitos de cada uno de esos países.

Los eslóganes coreados durante las revueltas árabes dejan claro que estas no surgieron debido únicamente a motivos económicos como el desempleo y el subempleo (en realidad bastante superiores a las tasas oficiales), o al aumento incesante de los precios de los productos básicos, con el consiguiente empobrecimiento de la población, que llega a hacerse insoportable. En el fondo de las protestas está el malestar por una corrupción extendida y poco disimulada, por una clase gobernante depredadora de la riqueza nacional, por la ausencia de justicia social y por la falta de garantías para hacer respetar las libertades individuales y los derechos humanos.

Si algo tienen en común los países árabes –a pesar de las enormes diferencias entre unos y otros– son los impedimentos que, a lo largo de décadas, han socavado cualquier proceso democratizador genuino, han negado la igualdad de oportunidades a sus ciudadanos, han distorsionado la libertad de los mercados y, en definitiva, han creado obstáculos al progreso y al desarrollo humano. En 2002 apareció el primero de una serie de Informes sobre Desarrollo Humano Árabe , publicados por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). Su objetivo era identificar los retos a los que se enfrentaban las sociedades árabes y proponer cambios para sacarlas de las múltiples crisis en las que estaban sumidas. Dichos informes, elaborados por investigadores e intelectuales árabes, adquirieron gran relevancia a nivel internacional, y en

La primavera árabe. ¿Libertad y desarrollo o frustración y caos?

81

ellos se analizaban los déficits que padecía el mundo árabe (principalmente el déficit de libertad, de protección de la mujer, de acceso al conocimiento y de seguridad humana)(^1 )^ y que eran –y siguen siendo– una fuente de malestar y frustración para amplios sectores de sus poblaciones.

El Informe sobre Desarrollo Humano Árabe de 2004 estaba centrado en el «déficit de libertad» que afecta a las sociedades árabes. A nadie que leyera ese informe le debió sorprender la erupción de la ola antiautoritaria en el mundo árabe contra la atmósfera opresiva en la que el cambio, la innovación, la creatividad, el pensamiento crítico, el cuestionamiento, la resolución de problemas y, prácticamente, cualquier tipo de disconformidad está desaconsejada, si no severamente sancionada. A eso hay que añadir una denegación sistemática de derechos que repercute en las vidas de millones de personas; la discriminación en función de la etnia, la religión, el sexo o la pertenencia familiar; la desigualdad de oportunidades, las burocracias impenetrables y la aplicación arbitraria de la ley, y la falta de transparencia de los Gobiernos. Todo ello ha creado el caldo de cultivo idóneo para el crecimiento del malestar social asociado a la desesperanza y a la falta de expectativas en que mejoren las condiciones de vida.

Un fenómeno común que afecta al mundo árabe es que sus dirigentes se dotaron durante décadas de poderosas fuerzas de seguridad y servicios de inteligencia ( mujabarat ) cuyo objetivo ha sido siempre garantizar la perpetuación del régimen. El acceso a puestos de trabajo en esos servicios depende de consideraciones clientelares, donde las lealtades personales y familiares cuentan más que los méritos y la voluntad de servicio público. La ausencia de controles institucionalizados lleva a confundir lo público con lo privado y los intereses del Estado con los intereses del régimen. El grado de corrupción y abuso de poder que genera esta dependencia del Estado policial conlleva un coste muy elevado para la riqueza nacional, así como una profunda distorsión de la actividad económica. La aparente estabilidad que muestran estos sistemas políticos genera a su vez una inestabilidad latente como resultado de la frustración de las poblaciones, conocedoras y víctimas de los excesos de los agentes del poder.

El politólogo egipcio Nazih Ayubi ya señalaba hace más de una década en su gran obra La hipertrofia del Estado árabe que el hecho de «[que] el Estado árabe sea un Estado autoritario y que se muestre tan reacio a la democracia y resistente a sus presiones no debe interpretarse, evidentemente, como un signo de fortaleza, sino todo lo contrario»(^2 ). Según Ayubi:

(1) (^) Los cinco Informes sobre Desarrollo Humano Árabe publicados hasta la fecha están disponibles http://www.arab-hdr.org (en inglés y en árabe). El Real Instituto Elcano acogió la presentación en España de los informes correspondientes a 2004 y 2005, cuyos resúmenes ejecutivos están disponibles en español en: http://www.realinstitutoelcano.org. (2) (^) AYUBI, Nazih N. (2008), Política y sociedad en Oriente Próximo: La hipertrofia del Estado árabe, Ediciones Bellaterra, Barcelona, p. 647.

La primavera árabe. ¿Libertad y desarrollo o frustración y caos?

83

desapego hacia los representantes del poder. La falta de oportunidades para progresar, la rampante corrupción y la creciente carestía de la vida están generando frustración e ira cada vez más difíciles de contener. Hay quienes quisieron ver lo ocurrido en Túnez como un caso aislado, pero el tiempo se encargó de demostrar que era una consecuencia de fenómenos más profundos que harán insostenibles las actuales formas de gobernar en la región, basadas en el autoritarismo y la imposición.

Más allá de las diferencias antes mencionadas, la mayoría las de sociedades árabes están sumidas en una «crisis de falta de expectativas». Dos tercios de las poblaciones de la región tienen menos de treinta años. Al mismo tiempo, su esperanza de vida actual es probablemente la más alta de toda la Historia de los árabes (en el Magreb ronda los 75 años). Sin embargo, sus expectativas de vivir sin miedo al poder y con oportunidades para prosperar son cada vez más escasas. No debería sorprender, pues ese es el resultado de ejercer el poder sin controles ni contrapesos por parte de regímenes cuya razón de ser es perpetuarse a cualquier precio. Ostentar el poder absoluto durante mucho tiempo produce una ceguera entre los líderes autoritarios que les impide ver algo elemental: que el aumento incesante de la presión acaba produciendo el estallido.

La media de edad de las poblaciones árabes ronda los 22 años (comparado con 28 a nivel mundial y 41 en el caso de España). El uso de Internet en el conjunto de las sociedades árabes –y más concretamente entre los varones y mujeres jóvenes– no ha hecho más que crecer durante los últimos años. Varios regímenes árabes destacan por haber impuesto severas restricciones a la libertad de expresión y al uso de Internet. Sin embargo, la juventud árabe busca en la Red los espacios de comunicación y activismo de los que carece en la vida «real», para lo que siempre se buscan formas de eludir los controles.

Las revueltas iniciadas en diciembre de 2010 demostraron cómo las redes sociales como Facebook, Twitter o YouTube, entre otras, sirven de acompañamiento a las acciones de protesta en las calles. También han permitido informar al resto del mundo de lo que allí estaba pasando. Aunque el uso de las redes sociales en el mundo árabe sea desigual y esté a unos niveles inferiores al de los países occidentales, lo cierto es que el tráfico en esas redes sociales está creciendo de una forma muy rápida en los países árabes. Eso está trasformando el papel del individuo, que deja de ser un mero receptor de información o de mensajes para también transformarse en generador de información y de imágenes (con un teléfono móvil o una cámara en mano se puede transmitir en tiempo real y ser visto en todo el mundo). De esa forma, el individuo se convierte en un agente movilizador entre personas con unas ideas parecidas y unos intereses en común.

Actuando como generadores de información, muchos ciudadanos árabes están trasformando la cultura política de sus sociedades, donde el papel del individuo

La primavera árabe. ¿Libertad y desarrollo o frustración y caos?

84

se hace cada vez más importante. Aunque resulte paradójico, de esa forma se trata de evitar la búsqueda de soluciones individuales a problemas que afectan a sectores amplios de la sociedad. De ahí que se traten de encontrar soluciones colectivas a partir del activismo y de la suma de muchas movilizaciones a nivel individual, tanto dentro de la propia sociedad como en contacto con activistas en el exterior. La suma de esas dinámicas está generando nuevas formas de protesta y activismo que forman parte de fenómenos más globales, cuyas expresiones se han intensificado a lo largo de 2011 en distintos países y continentes. Cada vez más árabes se comportan no solo como árabes, sino como ciudadanos de un mundo interconectado.

El uso de las tecnologías de la información no se limita a Internet. La llegada de las cadenas televisión vía satélite en general y de Al Jazeera en particular, a partir de 1996, ha transformado considerablemente la cultura política de las sociedades árabes. Con anterioridad, estas estaban acostumbradas a la hegemonía de los medios de comunicación estatales y gubernamentales al servicio de cada régimen. En ellos no había diversidad de opiniones ni espacio para la oposición o para la disidencia. Tampoco se trataban en ellos muchos temas que eran considerados como tabú o prohibidos por parte de los regímenes. Al Jazeera ha creado una forma distinta de enfocar los asuntos que importan a los árabes, sobre todo mediante debates con opiniones contrapuestas, rozando la polémica en muchas ocasiones. De hecho, en sus quince años de vida esa cadena ha recibido críticas de casi todos los regímenes árabes y ha sido acusada de muchas cosas, algunas incluso contradictorias entre sí. Eso indica que ha generado mucho debate e interés.

Al Jazeera tuvo un papel importantísimo durante las revueltas árabes de 2011, transmitiendo en directo desde el lugar de la noticia y dando voz a los sectores que pedían la caída de los regímenes autoritarios (así como a portavoces de dichos regímenes). También tuvo un papel central para que se generara un sentimiento de identificación y empatía entre ciudadanos árabes de distintos países. Por si había alguna duda, esa identificación dejó patente la urgencia que existe para crear condiciones tanto económicas como también de representación política para satisfacer las necesidades y aspiraciones de unas poblaciones cada vez mas conectadas al mundo exterior y entre sí.

■ ALGUNAS IMPLICACIONES DE LA PRIMAVERA ÁRABE

■ Los Ejércitos árabes frente a las revueltas antiautoritarias

A principios de 2011 sorprendió el papel jugado por el Ejército tunecino en el derrocamiento de Ben Ali. Las Fuerzas Armadas tunecinas, y concretamente el jefe del Estado Mayor del Ejército de Tierra, el general Rachid Ammar,

La primavera árabe. ¿Libertad y desarrollo o frustración y caos?

86

resultados favorables a formaciones políticas de corte islamista. En Túnez, el partido En Nahda –duramente reprimido durante la época de Ben Ali– logró en octubre 89 escaños de 217 posibles en la Asamblea Constituyente, obteniendo así la presidencia del Gobierno, mientras que un socialdemócrata encabezaba la Asamblea y un nacionalista presidía la República. En las elecciones legislativas celebradas en Marruecos en noviembre, el islamista Partido Justicia y Desarrollo (PJD) obtuvo 107 diputados de 395 posibles, logrando así el cargo de primer ministro. Por su parte, el partido islamista Libertad y Justicia, vinculado a los Hermanos Musulmanes egipcios, fue el vencedor de la primera de las tres vueltas de las elecciones legislativas en Egipto, en la que también obtuvo un apoyo significativo el partido salafista Al Nur , representante de una versión integrista del islam vinculada a Arabia Saudí.

A pesar de las alarmas que esos resultados han hecho sonar dentro y fuera de esos países, las transformaciones profundas en el mundo árabe no han hecho más que empezar, y se prolongarán durante un periodo largo de tiempo hasta asentarse. Los éxitos electorales de los partidos islamistas en Túnez, Marruecos y Egipto indican una preferencia de los votantes por los partidos que llaman a moralizar la vida pública y se presentan como adalides en la lucha contra la extendida corrupción, teniendo en cuenta los índices de participación y los resultados oficiales de cada formación política –en Túnez 20 de cada 100 votantes potenciales depositaron una papeleta del partido En Nahda , mientras que en Marruecos solo ocho de cada cien votantes potenciales dieron su voto al PJD–. Esto quiere decir que, aunque en estos países la gran mayoría de la población sea musulmana, no por ello van a votar siempre a partidos islamistas. Estos datos deberían servir para que el resto de las formaciones políticas se esfuercen por conectar mejor con las poblaciones, ofrezcan programas políticos creíbles y esperanzadores y, sobre todo, no se presenten a las elecciones fragmentadas y apelando al voto del miedo frente al islamismo.

De la ilegalidad a la legalización y a la competición por los votos, los partidos islamistas son una fuerza importante, pero no la única, en las nuevas realidades políticas que se abren en un mundo árabe en profunda transformación. Los temores no deberían surgir por el hecho de que sean islamistas, pero sí habría motivos para la preocupación si avanza cualquier totalitarismo, del tipo que sea, en ausencia de reglas de juego democráticas acordadas y respetadas por la mayoría de fuerzas políticas y sociales.

Los regímenes cleptocráticos árabes han sido –y varios siguen siendo– auténticas incubadoras de un malestar que se traduce con frecuencia en fundamentalismo religioso, y aún así han recibido –y algunos siguen recibiendo– un apoyo acrítico de los Gobiernos occidentales. Durante años, los autócratas árabes agitaron el espantajo de los islamistas para generar miedo en las sociedades occidentales. Lo anterior, sumado a las acciones de los sectores más extremistas que actúan

La primavera árabe. ¿Libertad y desarrollo o frustración y caos?

87

en nombre del islamismo (criminales como Al Qaeda o exaltados durante crisis como la de las caricaturas de Mahoma), han generado una percepción de los islamistas como si todos fueran radicales, violentos y hostiles a Occidente. La realidad es mucho más variada. No hay que olvidar que numerosos dirigentes islamistas han vivido o se han formado en países occidentales, cuyas lenguas y culturas conocen.

Diversas organizaciones islamistas han puesto en marcha redes de servicios sociales, incluyendo hospitales, escuelas o bancos, para ayudar a amplios sectores de la sociedad, sobre todo a los desfavorecidos. Es decir, en ausencia de un Estado que respondiese a las necesidades de la población, estos movimientos islamistas han llegado donde el Estado estaba ausente. Ahora bien, si el Estado funciona, como es de esperar en un sistema democrático eficaz, el atractivo que estos movimientos pudiera despertar en la población no sería el mismo que durante las dictaduras. No es lo mismo tener legitimidad por haber ejercido la oposición a la dictadura y haber sufrido su represión que ganarse la legitimidad realizando una buena gestión de los asuntos públicos.

Las sociedades árabes están pidiendo un nuevo clima de libertad, dignidad y justicia del que no han gozado en el pasado, así como oportunidades y resultados tangibles (trabajo, prosperidad, avances sociales, fin de la corrupción). Los nuevos Gobiernos que surjan tras las elecciones tendrán que hacer frente a los problemas reales que sufren estos países, entre ellos el déficit alimentario, muy extendido en la región (particularmente agudo en Egipto, país que es el mayor importador de trigo del mundo y que se encuentra entre los países africanos más afectados por el déficit alimentario). La religión no alimenta cuando los estómagos están vacíos y, por ende, el islamismo por sí solo no puede producir los resultados concretos que las poblaciones demandan.

Los partidos islamistas no pueden ignorar la dependencia del exterior que tienen sus países y que se manifiesta en forma de ayuda externa, inversión extranjera e ingresos por el turismo (en 2009 las actividades económicas relacionadas con el turismo representaron más del 15% del PIB de Egipto, mientras que en Túnez rondaron el 17% del PIB)(^4 ). Por tanto, cuando los islamistas asuman funciones de gobierno, no cabe esperar que sus agendas estén dictadas por los sectores más radicales, pues las economías nacionales dependen del exterior para obtener financiación y, sobre todo, para alimentar a millones de estómagos.

Con frecuencia se especula con que los partidos islamistas están usando un discurso moderado para poder así conseguir más influencia en sus países y ganarse la confianza del exterior. La única forma de comprobar la veracidad de ese discurso es conociendo a esos partidos y el modelo de Estado que proponen (por ejemplo, el papel que tendría la sharía , o ley islámica, dentro

(4) (^) Datos de la Organización Mundial del Turismo, disponibles en: http://www.unwto.org.

La primavera árabe. ¿Libertad y desarrollo o frustración y caos?

89

diplomático, económico y militar. Las acciones violentas cometidas por grupos islamistas radicales durante los últimos años hicieron que proliferaran por todo el mundo actitudes y percepciones negativas hacia el conjunto de los árabes y musulmanes.

Durante el decenio transcurrido entre 2001 y 2010, los países de Oriente Medio y del Magreb han experimentado profundas transformaciones. Si la imagen asociada a lo árabe/musulmán que más se recuerda del comienzo de esa década es la de un avión de pasajeros impactando contra una de las Torres Gemelas en Nueva York, la imagen que ha marcado el inicio de la actual década ha sido la de las poblaciones tunecina y egipcia saliendo en masa a calles y plazas para pedir por medios pacíficos la caída de sus regímenes opresores. Esas dos instantáneas son el perfecto contraste entre dos visiones diametralmente opuestas de cómo se ha de provocar la transformación de esta parte del mundo: desde el exterior mediante el uso de la fuerza militar o de la violencia en nombre de la religión o desde el interior a través de la movilización social pacífica.

La red Al Qaeda y su ideología extremista que justifica el recurso al terrorismo para producir cambios políticos han sufrido un duro golpe desde el inicio de las revueltas de 2011. Ni sus simpatizantes fueron capaces de sacar a millones de árabes a las calles, ni tuvieron una presencia visible en las movilizaciones antiautoritarias, ni se les podrá atribuir en el futuro la caída de los dictadores. Tampoco en los momentos más críticos las ramas locales de Al Qaeda realizaron ninguna acción que pudiera cambiar el curso de los acontecimientos a su favor. El repudio de la violencia por parte de los manifestantes (aunque no de los regímenes), unido a la ausencia de llamamientos generalizados a favor de la implantación de una teocracia, fueron un recordatorio más del muy limitado atractivo de las opciones yihadistas entre las poblaciones del Magreb y Oriente Medio.

■ Efecto dominó en las revueltas, pero no en los resultados

El éxito o fracaso de las revueltas antiautoritarias de 2011 dependerá de factores tanto internos como externos propios de cada país y de su contexto. Entre los condicionantes que marcarán la próxima etapa y que determinarán si se verán realizadas las aspiraciones democráticas de las poblaciones o si los procesos de transición se verán truncados figuran los siguientes:

  1. La voluntad y capacidad de las fuerzas políticas de instaurar una cultura de concertación y alejarse de posturas maximalistas. Probablemente, este sea el mayor reto tras décadas de totalitarismo y exclusión de cualquier oposición política real de la gestión de los asuntos públicos.
  2. La capacidad de las fuerzas políticas y sociales de conjugar las demandas democráticas con la satisfacción de las necesidades sociales, empezando

La primavera árabe. ¿Libertad y desarrollo o frustración y caos?

90

por la creación de empleo y la contención de la subida de los precios. Cualquier lentitud injustificada en ese sentido podrá generar nuevas olas de frustración social que serían aprovechadas por los nostálgicos del viejo régimen.

  1. Las economías de los países en transición han salido perjudicadas tras meses de revueltas e inestabilidad, entre otros motivos por la caída del turismo internacional. La recuperación de los sectores productivos cuanto antes dará mayor margen de maniobra a los Gobiernos que tengan que gestionar los asuntos públicos durante las transiciones. Aquí el apoyo internacional tiene una importancia máxima.
  2. La forma de relacionarse de la población joven con la clase política será crucial. Las élites políticas del viejo régimen, así como de la oposición, pertenecen en muchos casos a una generación de veteranos. De su capacidad de incorporar nuevas caras dependerá que la juventud que ha llevado la carga de las revueltas se vea representada o no.
  3. El apoyo o las complicaciones que lleguen del exterior contribuirán al éxito o fracaso de las transiciones árabes. Es de esperar que los defensores de los otros regímenes autoritarios vecinos no estén interesados en que se produzcan experiencias democráticas exitosas, pues podrían inspirar a sus propias poblaciones a hacer algo parecido. Los países de la Unión Europea (UE) tienen un papel muy importante que jugar para que las sociedades árabes vean cumplidas sus aspiraciones de libertad y buen gobierno.
  4. Tal como demuestra el caso de Irak, las divisiones sectarias y étnicas pueden convertirse en un problema grave para la convivencia y la estabilidad de los países tras la caída de un régimen autoritario. Las revueltas que provocaron la caída de Mubarak dieron amplias muestras de solidaridad y respeto mutuo entre musulmanes y cristianos egipcios. Sin embargo, elementos del régimen, en connivencia con algunos sectores radicales de la sociedad, llevan meses agitando el enfrentamiento sectario con el fin de generar una sensación de inseguridad y caos, de forma que se eche de menos al régimen de Mubarak. Por su parte, el régimen sirio también está jugando la carta sectaria para ganarse el apoyo de las minorías y fomentar las divisiones sociales.
  5. Ha quedado patente que muchas de las reformas anunciadas por algunos regímenes árabes y alabadas desde Occidente fracasaron a la hora de crear sistemas políticos y económicos más inclusivos. Varios países árabes introdujeron medidas de liberalización económica desde principios de los noventa que solo sirvieron para favorecer a algunas élites y contribuyeron a aumentar la brecha entre ricos y pobres. El sector privado que surgió de esas medidas exhibe con frecuencia las peores facetas del «capitalismo amiguista» ( crony capitalism ). Esto podría llevar a la aparición de líderes populistas que rechacen cualquier reforma económica que pueda ser vista como liberalizadora.

La primavera árabe. ¿Libertad y desarrollo o frustración y caos?

92

Por su parte, desde su llegada al poder en 1981, Mubarak jugó la baza del valor estratégico de su régimen para las potencias internacionales, a cuyos ojos resultaba imprescindible para la estabilidad de Oriente Medio y del propio Egipto, el país más poblado de la región. A pesar de encabezar un régimen policial que dominaba el país mediante la intimidación, la represión y un sistema clientelar corrupto, Mubarak supo hacer valer su posición tanto a nivel regional como dentro del país. Por un lado, Egipto fue el primer país árabe en firmar un tratado de paz con Israel en 1979. Además, durante muchos años tuvo un papel central en la política árabe, marcando posiciones e influyendo en las decisiones colectivas. Por otro lado, Mubarak logró convencer a sus interlocutores internacionales de que Egipto solo se podía gobernar con mano dura, y de que la alternativa a su régimen sería necesariamente islamista y, además, radical.

Como otros tantos regímenes autoritarios árabes, el régimen egipcio se apoyó en unas poderosas fuerzas de seguridad y servicios de inteligencia. Las aspiraciones de la población de tener más libertad y buen gobierno eran vistas con gran recelo, y los defensores de esas aspiraciones eran tratados como enemigos del Estado. Las revelaciones hechas por Wikileaks mostraron que la propia embajadora de Estados Unidos en El Cairo, Margaret Scobey, opinaba a principios de 2009 que «el Gobierno de Egipto aún no ha hecho un esfuerzo serio para que la Policía pase de ser de un instrumento de poder del régimen a una institución de servicio público» (cable 09Cairo79 del 15 de enero de 2009). También afirmaba que la brutalidad policial está generalizada y que «las fuerzas de seguridad aún recurren a la tortura de activistas de los Hermanos Musulmanes, a los que se considera que representan una amenaza política».

Los Gobiernos occidentales basaron su búsqueda de la estabilidad en el Magreb y Oriente Medio en el apoyo casi siempre acrítico a regímenes represivos y deslegitimados internamente, a cambio de que estos controlaran a sus sociedades, permitieran el acceso a recursos (principalmente energéticos) y mantuvieran relaciones económicas y comerciales. El problema de fondo es que ese apoyo, tanto europeo como estadounidense, no se tradujo en avances sustanciales hacia el buen gobierno y el Estado de derecho. Tampoco contribuyó a generar oportunidades ni a crear suficiente empleo en sociedades repletas de jóvenes con muchas más aspiraciones que expectativas de una vida digna, y cada vez más conectados con el mundo exterior. A nadie se le escapa que el exceso de complacencia occidental con los dictadores vitalicios árabes ha contribuido a ampliar la brecha económica y emocional entre las dos orillas del Mediterráneo.

Con frecuencia, las políticas occidentales hacia el Magreb y Oriente Medio han estado centradas en la lucha contra amenazas reales o percibidas como tales, como el terrorismo y la inmigración ilegal, lo que ha permitido a los regímenes autoritarios árabes coartar casi con total impunidad las libertades y

La primavera árabe. ¿Libertad y desarrollo o frustración y caos?

93

los derechos políticos y sociales de sus poblaciones. La suma de esos elementos de malestar social es lo que ha desencadenado las amplias movilizaciones contra los abusos de poder en el conjunto de la región.

Las revueltas antiautoritarias en el sur y este del Mediterráneo cogieron por sorpresa a las instituciones y a los Gobiernos europeos. En los meses posteriores a la caída de Ben Ali, Mubarak y Gadafi, la UE y sus Estados miembros han tratado de adaptarse al nuevo escenario regional, combinando muestras de apoyo a las transiciones ya iniciadas con la antigua política de respaldar a autocracias afines. La incoherencia de las acciones exteriores europeas queda reflejada en las diferentes respuestas a los crímenes contra la humanidad cometidos desde febrero y marzo de 2011, respectivamente, por los regímenes de Gadafi en Libia y de al-Asad en Siria (5), entre otros. En el primero de los casos, desde Europa se puso en marcha una intervención militar internacional que acabó con el régimen de la Yamahiriya , mientras que en el caso sirio la UE se limitó durante largos meses a condenar la represión y a imponer algunas sanciones contra personalidades del régimen.

Las instituciones europeas reaccionaron a la nueva realidad mediterránea con dos comunicaciones conjuntas de la Comisión Europea y de la Alta Representante (6)^ : la primera, del 8 de marzo, propone la creación de una Asociación para la Democracia y la Prosperidad Compartida con el Sur del Mediterráneo, mientras que la segunda, del 25 de mayo, plantea una revisión de la Política Europea de Vecindad (PEV). Ambas comunicaciones ofrecen incentivos y promesas de apoyo a los países que más avancen hacia una «democracia profunda», y se afirma que «la UE tiene que estar a la altura de los retos históricos en su vecindario». A pesar de los buenos propósitos y de algunas novedades como un limitado aumento de recursos financieros y el anuncio de «asociaciones de movilidad», el contenido del nuevo enfoque recuerda demasiado al lenguaje y a las promesas del pasado que demostraron ser muy insuficientes por falta de la voluntad política (7)^.

Las políticas impulsadas desde la UE hacia el Mediterráneo han sido criticadas durante décadas por no poner ni la voluntad política ni los medios necesarios para conseguir los objetivos anunciados, como era la creación de una zona de paz, estabilidad y prosperidad en torno al Mediterráneo, tal como recogía la Declaración de Barcelona de 1995. Sin embargo, el acuerdo tácito por el

(5) (^) Varias organizaciones de derechos humanos, como Human Rights Watch y Amnistía Internacional, han documentado los crímenes contra la humanidad cometidos por estos dos regímenes a lo largo de 2011. (6) (^) Disponibles, respectivamente, en: http://www.eeas.europa.eu/euromed/docs/com2011_200_ en.pdf, y en: http://ec.europa.eu/world/enp/pdf/com_11_303_en.pdf. (7) (^) Un debate sobre la necesidad de que se produzca algo más que un cambio de enfoque se puede encontrar en: AMIRAH FERNÁNDEZ, Haizam y SOLER I LECHA, Eduard, «Hacia un cambio de paradigma en las relaciones euromediterráneas», ARI 76/2011, Real Instituto Elcano, 27 de abril de 2011. Disponible en: http://www.realinstitutoelcano.org.