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Sandor ferenczi, discípulo húngaro de sigmund freud, contribuyó significativamente a la teoría analítica con su enfoque no ortodoxo sobre el trauma. Ferenczi especializó su investigación en casos graves y lo traumático, lo que freud consideraba inanalizable. Su trabajo sobre la contra-transferencia y el concepto de 'trauma' llevó a la descripción del mecanismo de defensa conocido como 'identificación con el agresor'. Este documento explora el concepto de ferenczi y su impacto en la psicología moderna.
Tipo: Apuntes
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La traumática historia del trauma (XII) Los niños víctimas de la pasión del adulto (sexual y/o agresiva) o de su rechazo ponen en marcha un proceso de disociación, de fragmentación , que implica la amputación y expulsión hacia fuera de una parte de ellos mismos; el lugar vacante será ocupado por un implante desde el afuera. “Implante” que en otros escritos asimila a un teratoma. (Ferenczy) Sandor Ferenczi fue el discípulo húngaro de Freud y uno de sus seguidores más importantes que llevó a cabo múltiples aportaciones a la teoria analitica no siempre dentro de la linea ortodoxa que Freud impuso a su movimiento. Ferenczi se especializó muy pronto en casos graves y en sus investigaciones sobre lo traumático , aquellos a los que Freud suponia que eran inanalizables debido a que no realizaban neurosis de transferencia y que Freud catalogaba como “neurosis narcisistas ”. Su primer desencuentro tiene que ver con la contra-transferencia es decir con la supuesta neutralidad que debiera presidir -según Freud- las relaciones entre paciente y terapeuta. Ferenczi que estuvo siempre interesado en redefinir el concepto de “trauma ”, propone una conducta más activa y empática y tambien un análisis didáctico más largo y profundo para los terapeutas. Era un hombre muy comprometido con los movimientos sociales de su tiempo, más concretamente con los derechos de los homosexuales. Lo traumático en Ferenczi.- Ferenczi escribió dos textos fundamentales, uno de ellos este “La confusión de lenguas” (1932) que subtituló como: “El lenguaje de la ternura y la pasión”. Otro texto seminal es “Sin simpatía no hay curación” también de 1932 que fue sin duda una de los trabajos que le valieron más polémicas con su maestro. Ferenczi apunta en este texto hacia la dirección que hoy mantienen los psicoanalistas de tercera generación como Kohut o Kernberg que han mantenido siempre la idea heterodoxa de que para tratar psicosis o trastornos narcisistas graves son necesarias modificaciones en la técnica, las más importantes son de carácter contra-transferencial. Para Ferenczi el trauma es una condición de la vida psíquica, algo inevitable a la vez que considera que todas las neurosis tienen una causa traumática. Tenemos traumas porque la vida es traumática y somos muy vulnerables a eventos a veces imperceptibles, desde el nacimiento y la vida con esos personajes que llamamos padres y que hablan una lengua bien distinta a la nuestra. Esta idea le lleva a reflexionar sobre la persistencia del niño en el adulto como un fenómeno de pervivencia o fijación. Uno de los hallazgos más importantes que se deben a Ferenczi es el mecanismo de defensa conocido como “identificación con el agresor”, una descripción que algunos psicoanalistas atribuyen a Anna Freud en 1936 en su libro “El Yo y sus mecanismo de defensa” Sin embargo y pese a las opiniones encontradas entre detractores y defensores de su autoría es obvio que este mecanismo fue descrito por Ferenczy con anterioridad a la publicación por Anna Freud de su libro.
Asi describió Ferenczi su “identificación con el agresor”: Cuando nos sentimos agobiados por una amenaza ineludible, nos “identificamos con el agresor”. Con la esperanza de sobrevivir, sentimos y nos “convertimos” precisamente en lo que el atacante espera de nosotros, en cuanto a nuestra conducta, percepciones, emociones y pensamientos. La identificación con el agresor está en estrecha coordinación con otras respuestas al trauma, incluida la disociación. A la larga, puede volverse habitual y llevar al masoquismo, a la hipervigilancia crónica y a otras distorsiones de la personalidad. Parece tratarse de un mecanismo de urgencia, algo relacionado con la supervivencia y que relacionamos con los traumas graves sin embargo, la identificación con el agresor no precisa de un evento tan grave para establecerse como mecanismo central de la identidad lo que hace surgir la posibilidad de que ciertos eventos, generalmente considerados como no constitutivos de trauma, sean frecuentemente experimentados como traumáticos. Siguiendo a Ferenczi, es posible que el abandono emocional o el aislamiento y el estar sujeto a un poder superior, son eventos de esta índole. Además, la identificación con el agresor es una táctica típica de personas que se encuentran en una posición débil; como tal, desempeña un papel importante en la interacción social de la niñez. Para Ferenczi, se trataba de un concepto extenso en dos sentidos: describía el penetrante cambio en el mundo perceptual de una persona, más que el evento limitado que discutía Anna Freud, y hablaba más de protegerse realmente a sí mismo que de sentirse simplemente más seguro. He aquí el concepto de Ferenczi: explorando los recuerdos tempranos de sus pacientes adultos que sufrieron abusos siendo niños, Ferenczi (1933) halló evidencias de que los niños que son aterrorizados por adultos que están fuera de control, “se someterán como autómatas a la voluntad del agresor para adivinar cada uno de sus deseos y gratificarlos ; completamente olvidados de sí mismos, se identifican con el agresor… La personalidad débil y poco desarrollada reacciona al displacer súbito no con defensas, sino con una identificación guiada por la ansiedad y por introyección del agresor o persona amenazante”. El niño “deviene uno” con el atacante. Aquí Ferenczi describe tres acciones virtualmente simultáneas que constituyen la identificación con el agresor. 1 ) nos sometemos mentalmente al atacante. 2) este sometimiento nos permite adivinar los deseos del agresor, penetrar en la mente del atacante para saber qué está pensando y sintiendo, para poder anticipar exactamente lo que el agresor va a hacer, y de esta manera saber cómo maximizar nuestra propia supervivencia. Y 3), hacemos aquello que sentimos que nos salvará: por lo general, nos hacemos desaparecer a nosotros mismos a través de la sumisión y una complacencia calibrada con precisión, en sintonía con el agresor. Todo esto sucede en un instante. El resultado final con frecuencia es el opuesto a lo descrito por Anna Freud (1936): complacencia, acomodación y sumisión en la situación amenazante, más que agresión desplazada a un tiempo posterior o a otro campo de batalla. ¿Cómo funciona la identificación con el agresor? El niño, esforzándose constantemente en vivir interiormente y descifrar la experiencia de la otra
La identificación con el agresor posee un claro valor evolutivo, tanto en sus formas extremas como en las cotidianas, s e trataría pues de una adaptación, una especie de peaje por nacer tan inmaduros y depender tanto tiempo de nuestros cuidadores, no es de extrañar que la adolescencia se caracterice por una rebeldía y un enfrentamiento frontal a los valores que nos impusieron durante toda nuestra infancia. Frente a una amenaza extraordinaria, el niño que se identifica con el agresor sabrá, sentirá y hará lo necesario para sobrevivir. En su versión menor (identificación con una autoridad esencialmente benigna, tal como padres lo suficientemente buenos esgrimiendo amenazas de desaprobación, (menos terribles que las de muerte) el niño se mantiene en la fila, se ajusta a los valores y normas familiares y cumple con las expectativas. Esta versión menor de identificación con el agresor ayuda al niño, y no de una manera despreciable, a integrarse mejor en su cultura y medrar socialmente. En resumen, Sandor Ferenczi no solo describió el mecanismo a través del cual los niños abusados disocian su psiquismo sino que además nos advirtió de que venimos de serie destinados a traumatizarnos, pues no cabe duda de que no existe niño que pueda sobrevivir sin insertarse en unas reglas cuya gestión no dependen de su voluntad y que además pueden dañarle más allá de si existe un claro deseo o actitud de dañar. Toda crianza es pues dañina.