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Resumen completo de Psicología del Desarrollo. Material universitario que abarca conceptos clave como psicología evolutiva, modelos teóricos (mecanicista y organicista) y autores fundamentales: Freud, Piaget, Vigotski y Stern. Incluye desarrollo infantil desde el nacimiento: crecimiento, maduración, funciones del recién nacido, reflejos y periodo neonatal. Se trabajan temas como construcción de la inteligencia (asimilación y acomodación), estadios del desarrollo (Piaget), mundo interpersonal del bebé, parentalidad y constelación maternal. También aborda el primer año de vida según Spitz y teoría del apego. Ideal para parciales y finales por su lenguaje claro, organizado por unidades y con explicaciones simples.
Tipo: Resúmenes
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Psicología evolutiva y psicología del desarrollo La psicología evolutiva se puede entender de dos formas. Por un lado, estudia y describe cómo se comportan las personas en diferentes edades, especialmente los niños; a esto se le llama “psicología del niño”. Por otro lado, busca descubrir leyes generales que expliquen los cambios en el comportamiento a lo largo de la vida; en este sentido también se la llama psicología del desarrollo. Esta distinción ayuda a organizar los distintos enfoques teóricos y a elegir técnicas o intervenciones adecuadas para estudiar o acompañar el desarrollo infantil. El niño como objeto de estudio La noción de “niño” no siempre existió. En la Edad Media no se diferenciaba la infancia de la adultez: se esperaba que los niños se comportaran como adultos. La idea moderna de infancia empezó a construirse en el siglo XVII, con cambios sociales y culturales. Philippe Aries mostró que en la Edad Media no se reconocían las etapas del desarrollo entre el niño y el adulto, ya que se pretendía que el infante debía tener los mismos comportamientos que el adulto. Charles Darwin fue el pionero en diferenciar al niño con el adulto, a partir de las observaciones con sus hijos y describiendo sus comportamientos, marcando un método para estudiar el desarrollo de manera científica. Rousseau reconoció la infancia como una etapa con intereses propios y propuso que la educación debía respetar la naturaleza del niño. En 1870, la escolarización obligatoria en Estados Unidos y luego en Argentina formalizó la diferenciación cultural del niño, aunque también generó conflictos cuando el niño no se sentía cómodo con las normas escolares. Al principio, el estudio del niño fue descriptivo, que consolidaron a la psicología del niño como disciplina. Los intereses y planteos de distintos investigadores llevaron a la elaboración de teorías que buscaban explicar distintas dimensiones del desarrollo infantil. Modelos teóricos Un modelo es una representación de la realidad que nos ayuda a entenderla. Hay dos grandes modelos en psicología evolutiva, que sirven para explicar los cambios de comportamientos en el tiempo:
1. Mecanicista: Ve al niño como una máquina; describe el desarrollo, pero no busca explicar profundamente los fenómenos. 2. Organicista: Ve al niño como un organismo vivo; busca explicar los procesos, aunque no todo puede ser explicado. A partir de estos modelos surgen teorías psicológicas importantes, que, aunque son científicas, no toman al niño como centro de explicación directa, sino que estudian cómo los hechos anteriores influyen en su desarrollo: Freud (psicoanálisis): Estudia la infancia a partir de la experiencia pasada. Sostiene que las primeras experiencias, especialmente las ligadas al placer, influyen en la conducta adulta. Fue uno de los primeros en usar el método genético en psicología. Vigotski: Destaca el papel del contexto social y cultural en el desarrollo cognitivo y social del niño. Piaget: Se enfoca en cómo se desarrolla la inteligencia y el conocimiento, estudiando los procesos mentales para entender cómo comprendemos la realidad.
Cuando hablamos de los cambios en un bebé, vemos que no solo crece físicamente, sino que también cambia su manera de comunicarse, de relacionarse y de interactuar con el medio. En la vida cotidiana solemos decir “cómo creció” refiriéndonos a todo eso junto, pero en psicología evolutiva es importante diferenciar algunos términos: crecimiento, maduración y desarrollo. ● Crecimiento: son los cambios cuantitativos, por ejemplo, el aumento de peso o de tamaño. ● Maduración: son cambios cualitativos en el sistema nervioso y en el cuerpo que permiten nuevas conductas. Por ejemplo, los circuitos neuromusculares que necesitan tiempo para estar listos. ● Desarrollo: es un concepto más amplio, que incluye tanto el crecimiento como la maduración, pero siempre en interacción con el medio social. Es decir, depende de la estimulación, del vínculo con los otros y del contexto. Un ejemplo: un bebé de seis meses, aunque reciba mucha estimulación, no va a poder caminar porque todavía no tiene la maduración necesaria. Pero también puede pasar que un niño de 14 meses, teniendo la maduración suficiente, no camine todavía porque influyen factores socioafectivos. Por eso, el desarrollo siempre depende de la calidad y la cantidad de estímulos que el niño recibe en su ambiente. Incluso situaciones como la sordera o la ceguera muestran cómo la falta de ciertos estímulos sensoriales modifica el proceso de maduración.
El desarrollo humano empieza antes del nacimiento, porque desde el embarazo ya intervienen factores biológicos, culturales y psíquicos. Aun así, podemos tomar el nacimiento como un punto de partida para pensar en el desarrollo: es a la vez un final de un proceso (gestación) y el inicio de otro (vida fuera del útero). Además, el desarrollo no ocurre al azar, sino que sigue leyes y principios que marcan cambios ordenados y progresivos. Estos principios ayudan a los psicólogos a evaluar cómo evoluciona el niño, más allá de lo biológico. Leyes o principios del desarrollo
“El mundo interpersonal” de Stern. La idea principal es cómo entendemos a los infantes y cómo la psicología los estudia, más allá de lo que la sociedad suele pensar. Desde el sentido común, muchas veces se ve al infante como un niño feliz que juega y que no tiene problemas. Se cree que no puede pensar, elegir ni tomar decisiones. La psicología desnaturaliza esta visión: muestra que los niños sí tienen experiencias complejas y pueden relacionarse con los demás de maneras importantes. Stern propone dos enfoques para entender al infante:
Desde lo psicoanalítico: se articulan estos aspectos con la estructura psíquica del sujeto. Antecedentes psicoanalíticos Freud pensaba que el complejo de Edipo organiza estas relaciones y Lacan agregaba que los conflictos familiares también estructuran la vida psíquica. Resalta que la familia no es solo biológica, sino también cultural.
Estudiar la parentalidad es importante porque nos ayuda a entender mejor cómo se transmiten ciertas cuestiones de una generación a otra, incluso en relación con las enfermedades mentales. Un momento central en este camino es el pasaje de la conyugalidad a la parentalidad: no es lo mismo formar pareja que decidir traer hijos al mundo y educarlos. Este proceso nunca termina del todo, porque crecer psicológicamente es un esfuerzo constante. Lo particular de la parentalidad es que ubica al sujeto dentro de la cadena de generaciones, dándole el poder de transmitir vida y de dejar una marca en quienes vienen después.
Cuando Stern habla de la constelación maternal, se refiere a un estado psíquico especial en el que entra la madre después del nacimiento del bebé. Es una organización nueva, que cambia sus pensamientos, fantasías, temores, deseos y acciones. No dura para siempre: puede extenderse meses o años, pero mientras tanto se convierte en el eje principal de la vida psíquica de la madre. En ese período, la madre sale de la lógica del Edipo y entra en esta nueva constelación, que es transitoria. Esta constelación se organiza en torno a una tríada psíquica: la madre con su propia madre, la madre consigo misma y la madre con su bebé. Esa trilogía ocupa gran parte de su mundo mental y se convierte en el centro de su vida. Dentro de esta constelación, Stern identifica cuatro temas que conlleva a ideas, deseos, temores, recuerdos y razones que determinará o influenciará los sentimientos de la madre, sus acciones y otras conductas:
El papel del yo
Cuando nace un bebé, es muy indefenso y necesita la ayuda de otras personas para sobrevivir. Sin embargo, también está preparado para aprender y relacionarse: se interesa por las personas y los estímulos sociales, y esto le permite establecer vínculos afectivos importantes. El más importante en la primera infancia es el apego, que es el vínculo emocional que el niño desarrolla con una o varias personas de su familia. El apego tiene tres partes:
Desde el nacimiento, los bebés prefieren estímulos sociales, como rostros y voces, y gradualmente aprenden a reconocer a sus cuidadores y a diferenciar entre conocidos y extraños, alrededor de los 3 a 5 meses. Entre los 6 y 12 meses, los bebés muestran claramente preferencia por sus figuras de apego, se angustian ante las separaciones y se alegran al reunirse. Su apego se consolida: buscan proximidad, usan al cuidador como base para explorar y muestran desconfianza hacia los desconocidos. A partir del primer año, el niño empieza a ganar independencia gracias a su desarrollo motor, verbal e intelectual. Puede separarse un poco de sus cuidadores, pero sigue necesitando su apoyo en situaciones de estrés, enfermedad o miedo. Las separaciones siguen siendo difíciles de comprender, por lo que la disponibilidad y la consistencia de los cuidadores son clave. Todas estas experiencias tempranas de apego forman un modelo interno de relaciones afectivas, que es una especie de “mapa” interno sobre cómo relacionarse con los demás. Este modelo guía cómo el niño interpretará las conductas de otros y organizará sus propias relaciones a lo largo de la vida. Diferencias individuales en la seguridad el apego Cuando hablamos de diferencias individuales en la seguridad del apego, nos referimos a que no todos los niños se vinculan con sus figuras de apego de la misma manera. Uno de los avances más importantes en la teoría del apego fue identificar distintos estilos o patrones de apego y entender por qué surgen. A partir de cómo el niño reacciona ante diversas situaciones, se pueden identificar diferentes tipos de apego. ● Apego seguro: Es el más común. Estos niños exploran activamente el entorno cuando la madre está presente, sienten cierta ansiedad al separarse, pero se calman con facilidad cuando ella vuelve, buscando contacto y proximidad. ● Apego ansioso-ambivalente: Estos chicos exploran poco o nada, se angustian mucho cuando la madre se va y, al volver, muestran conductas contradictorias: quieren acercarse pero al mismo tiempo se resisten, pueden enojarse y son difíciles de calmar. ● Apego ansioso-evitativ o: No muestran ansiedad al separarse, no muestran preferencia clara por la madre frente a un extraño y tienden a evitarla al reencontrarse, evitando contacto o incluso pasando de largo. ● Apego ansioso-desorganizado: Son niños desorientados: se acercan a la madre pero evitan la mirada, a veces buscan contacto y de repente huyen, muestran movimientos confusos o conductas repetitivas sin un objetivo claro. En resumen, estos patrones nos ayudan a entender cómo los niños manejan la separación y la cercanía con sus figuras de apego, y cómo esto influye en su desarrollo emocional y social.
El desarrollo cognitivo, según Piaget, es un proceso que ocurre a lo largo del tiempo y sigue un orden específico. Esto significa dos cosas: primero, que el aprendizaje y la construcción del conocimiento requieren tiempo; no se puede acelerar. Segundo, que cada etapa depende de la anterior: para entender algo nuevo, necesitamos tener ciertos conocimientos previos. Por eso, el desarrollo intelectual sucede en forma escalonada, pasando por etapas o estadios que van aumentando en complejidad. Piaget distingue cuatro etapas:
1. Estadio sensorio-motriz (nacimiento a 2 años) Este período se caracteriza por la acción práctica. El bebé aprende explorando y coordinando movimientos con percepciones, es decir, a través de sus sentidos y su cuerpo. Todavía no usa símbolos ni palabras, por lo que no piensa de manera abstracta: su “inteligencia” se manifiesta resolviendo problemas concretos mediante la acción. Piaget divide esta etapa en seis subestadios, que muestran cómo el bebé pasa de reflejos simples a inteligencia simbólica:
Función en el desarrollo cognitivo En este estadio, el niño interioriza la acción, transformándola en pensamiento. Es decir, todo lo que aprendió de manera práctica en el período sensorio-motor ahora lo puede representar mentalmente. Este período se subdivide en dos:
1. Pensamiento simbólico y preconceptual (2-4 años) En el primer momento (2 a 4 años), el niño se caracteriza por el egocentrismo: ya no está centrado en su propio cuerpo como en el período sensorio-motor, sino en su propio pensamiento. Comienza a usar el lenguaje simbólico y a formar preconceptos, que son ideas muy ligadas a su experiencia personal. Un ejemplo: una nena a la que le explican que su mamá no llegó porque está trabajando, responde “las mamás no trabajan de noche”. Acá vemos que define lo que es “mamá” solo a partir de lo que ella conoce, sin poder generalizar. En este período predomina la asimilación, es decir, el niño acomoda la realidad a lo que ya conoce, aunque eso implique deformarla. 2. Pensamiento intuitivo o articulado (4-6/7 años) En el segundo momento (4 a 6/7 años), el niño empieza lentamente a descentrarse: ya no todo pasa por su punto de vista, aunque el egocentrismo todavía sigue presente. Acá la acomodación se hace más fuerte y empieza a equilibrarse con la asimilación. El pensamiento se vuelve más intuitivo y articulado, lo que permite que el niño empiece a relacionar los estados con las transformaciones. Es decir, ya no ve solo una foto fija de la realidad, sino también los cambios que ocurren. Podemos hablar de una especie de semireversibilidad, porque empieza a intuir que las acciones pueden ir y volver, aunque todavía no logra la reversibilidad completa que aparecerá en el período operatorio concreto. Características del pensamiento preoperatorio: el desarrollo de las percepciones Estas se presentan de manera gradual, ya que dependen de cada sujeto.
Seriación: ordenar objetos según un criterio, por ejemplo, de menor a mayor. Al inicio es solo intuitiva y limitada, pero en el operario concreto el niño puede ordenarlos sistemáticamente y aplicar reversibilidad (A>B>C → C En la infancia, las pulsiones están dispersas y ligadas a distintas zonas del cuerpo, funcionando de manera más independiente. Con el desarrollo, esas pulsiones se van organizando y sintetizando, dando lugar a un funcionamiento más integrado en la vida adulta. Freud diferencia dos grandes tipos de pulsiones:
Pulsiones de vida: apuntan a la conservación, al crecimiento y a la unión, favoreciendo la continuidad de la vida y del yo.
Pulsiones de muerte: tienden a la desintegración y a la autodestrucción, buscan volver a un estado inorgánico. Además, la pulsión tiene cuatro elementos:
Fuente: es la zona del cuerpo donde se origina es displacer, la zona erógena que activa la pulsión.
Esfuerzo: es la fuerza motora de la pulsión, lo que impulsa a actuar para reducir el displacer. Ejemplo: chupeteo.
Objeto: es aquello que permite alcanzar la meta de la pulsión. Puede estar dentro o fuera del cuerpo y depende de las circunstancias. Ejemplo: chupete o extremidades.
Meta: es la satisfacción parcial de la pulsión, cuando se alivia la tensión del órgano. Cada pulsión puede tener muchas metas diferentes, según el camino que tome para descargarse. Ejemplo: la sensación de placer que obtiene al succionar. La sexualidad infantil se manifiesta en diferentes fases psicosexuales
Fase oral (0-2 años): el placer está en la boca, primero ligado a la alimentación. Después aparece el chupeteo, que es mamar con fruición, sin finalidad nutritiva. Aquí se observa el autoerotismo: el niño obtiene placer de su propio cuerpo, sin necesidad de un objeto externo.
Fase anal (2-4 años): el placer se concentra en el control de esfínteres. Las heces adquieren valor simbólico, como algo propio que se puede retener o entregar. Se inaugura una oposición activo/pasivo.
Fase fálica (3-5 años): los genitales se vuelven la zona erógena principal. El niño descubre el placer de tocarse, y al mismo tiempo se enfrenta a los complejos fundamentales: el complejo de Edipo, que implica deseo hacia el progenitor del sexo opuesto y rivalidad con el del mismo sexo; y el complejo de castración, en el que el niño teme perder el pene y la niña descubre la ausencia del mismo, lo que Freud llamó “envidia de pene”. En esta etapa domina la “primacía del falo”: el pene es el órgano de referencia. Después de la etapa fálica, el niño entra en el período de latencia (5-12 años). Aquí la sexualidad parece adormecerse: no desaparece, pero se reprime y se desvía. Se forman los diques anímicos (asco, vergüenza, moral), que ponen límites a las pulsiones. Parte de la energía sexual se canaliza mediante la sublimación, hacia actividades valoradas por la cultura, como el aprendizaje, el arte o el deporte. Sin embargo, a veces hay “rupturas de la latencia”: conductas sexuales infantiles que sobreviven y reaparecen. Finalmente, aparece la etapa genital (a partir de la pubertad) , que reorganiza todas las pulsiones en torno a la genitalidad y orienta la sexualidad hacia un objeto externo, con fines reproductivos. Freud también señala que el niño tiene una disposición polimorfa perversa: es decir, puede obtener placer de múltiples formas y zonas del cuerpo. Como todavía no tiene los frenos morales del adulto, su sexualidad es más abierta y variada.
Esta es una carta abierta que Freud le escribe a un doctor, en la que plantea que el recién nacido trae consigo una sexualidad. Es decir, desde la lactancia hasta la niñez, el niño experimenta placer en distintas zonas del cuerpo, a lo que llama período de autoerotismo, y mucho antes de la pubertad ya es capaz de vivencias propias de la vida amorosa, como ternura, entrega o celos. Por eso, el interés de los niños por la sexualidad aparece en edades muy tempranas. Una de sus grandes preguntas es el origen de los hijos, que suele intensificarse cuando llega un hermano.
El problema es que, cuando los adultos responden con silencios, mentiras o tabúes, los chicos buscan respuestas solos, lo que muchas veces les genera culpa, angustia y teorías equivocadas. Para Freud, lo fundamental es que los niños nunca sientan que se les oculta algo. Lo sexual debería ser tratado con la misma naturalidad que cualquier otro conocimiento. Esto significa introducir desde temprano, incluso en la escuela primaria, los hechos básicos de la reproducción y destacar que el ser humano comparte con los animales superiores lo esencial de su organización. Finalmente, Freud propone que antes de los 10 años los niños ya tengan un esclarecimiento claro sobre la vida sexual y su significado social y ético. Para él, un proceso de enseñanza progresivo, natural y continuo es la única forma de acompañar el desarrollo infantil y evitar angustias o distorsiones.
Estas teorías son preguntas que se generan en los niños (pueden aparecer ante la llegada de un hermano/a). Son consecuencia de la pulsión del saber del niño y frente a la frustración de no encontrar una respuesta, entonces se crean teorías: ● La premisa universal del pene: consiste en la creencia de que todas las cosas, animales, hombres y mujeres tienen un pene. El niño, debido al desconocimiento de la vagina, no imagina que los demás no tengan uno o que si vio a una niña desnuda cree que aun no le ha crecido pero que le crecerá. ● Teoría de la cloaca: el niño sigue con la noción del desconocimiento de la vagina, por lo que, cree que los bebés salen por el ano (hasta que ellos mismos pueden expulsarlos). ● Comercio sexual entre los padres: cuando el niño experimenta determinadas situaciones diarias en las que se filtran “ruidos”, “gemidos” por parte de las relaciones de los padres; y lo interpreta como lo sádico del coito. Los niños no interpretan esta experiencia una situación afectiva; sino como una violenta; en donde el padre le hace algo malo a la madre o viceversa.
Freud cuenta que, en su investigación sobre la sexualidad infantil, muchas veces ciertos aspectos importantes pasaron desapercibidos y se fueron descubriendo con el tiempo. En los Tres ensayos sobre teoría sexual (1905), primero marcó la diferencia entre la sexualidad infantil y la del adulto. Después se enfocó en las fases pregenitales y en la idea de que el desarrollo sexual ocurre en dos tiempos. Más adelante, notó que ya en la infancia (hacia los cinco años) puede aparecer algo parecido a la sexualidad adulta, aunque no del todo igual. Freud reconoció que los niños no solo eligen objetos de amor, como se creía propio de la pubertad, sino que también muestran un interés fuerte por los genitales. A esa etapa la llamó organización genital infantil. Pero aclaró que no es igual a la sexualidad adulta: en la infancia, el centro no es el genital en general, sino el pene. Por eso habla de un “primado del falo”. Esto se observa en el niño varón, porque cree que todos los seres (incluso las mujeres y hasta objetos inanimados) tienen un pene como él. Ese órgano le despierta curiosidad, lo investiga y lo compara, incluso busca verlo en otros. Esa exploración lo lleva a descubrir que las niñas no lo tienen. Su primera reacción es negarlo, creer que sí está, pero que es muy pequeño. Después concluye que existía y fue quitado: ahí aparece la idea de castración. Ese descubrimiento genera mucha angustia, porque el niño empieza a temer que a él también le pase lo mismo. De ahí surge el complejo de castración, que tiene un papel central en el desarrollo psíquico. También de esa experiencia derivan sentimientos de desprecio hacia la mujer, miedo, o incluso tendencias homosexuales. Por otra parte, para el niño pequeño ser mujer todavía no significa “no tener pene”. Muchas veces piensa que su madre sí lo tiene, y sólo más tarde, cuando entiende que las mujeres son las que tienen hijos, aparece la idea de que “perdieron el pene a cambio de un hijo”. Freud dice que, durante la infancia, la oposición sexual no es todavía “hombre-mujer”. En la fase anal es “activo-pasivo”. En la fase fálica, la oposición es “tener pene o estar castrado”. Solo en la pubertad se llega a la polaridad definitiva: masculino-femenino.
apuntalamiento es un movimiento, un estado; el grupo psíquico solo se puede explicar teniendo en cuenta el trabajo del apuntalamiento sobre lo biológico y sobre lo histórico-social. El trabajo del apuntalamiento sucede en un espacio transicional, que no puede ser tan pegado como lo era en la fusión inicial. El espacio transicional está representando simultáneamente la conexión y la separación. En primer término, el apuntalamiento tiene estos aspectos: el apoyo de lo psíquico sobre lo biológico, la relación de la modelización y un movimiento de pasaje, de transcripción. En segundo término, el apuntalamiento es doble o recíproco: el bebé se apoya en la madre, pero también es la madre se apoya en el bebé. Y a nivel general, toda relación de apuntalamiento siempre es doble, mutua o recíproca. En tercer término, es siempre múltiple, en red, es decir, se da sobre el propio cuerpo, sobre la función materna, sobre el grupo (familiar, de pertenencia, etc.) y sobre la cultura, las obras colectivas y las instituciones.
En primer lugar, Freud introdujo el concepto de narcisismo en 1909, y se refirió a él como un estadio intermedio entre el autoerotismo y el amor de objeto. ¿De dónde proviene el término narcisismo? El concepto proviene de la descripción clínica; y en un principio, estaba dirigido a aquella conducta por la cual un individuo da a su propio cuerpo una intimidad parecida a la que le daría al cuerpo de un objeto sexual; es decir, que lo mira con complacencia sexual, la acaricia, lo mima, etc., para alcanzar la satisfacción plena. El fin del narcisismo es el de fortalecer el yo; ya que, al nacer, éste es débil, rudimentario y precario. Por otro lado, para que se logre constituir el narcisismo, es necesario que se desarrolle el autoerotismo, debido a que, las pulsiones autoeróticas son iniciales, primordiales. Sin embargo, tanto la necesidad pulsional como los actos narcisistas, tienen como meta alcanzar la satisfacción plena; aunque ésta nunca llegue a ser total. Freud enunció que en las personas que en su desarrollo libidinal experimentaron alguna perturbación, eligen su objeto de amor según el de su propia persona y no según el modelo de la madre, es decir, demuestran el tipo de elección de objeto que se denomina narcisista. Por un lado, en el hombre es característico el pleno amor de objeto según el tipo de apuntalamiento, el cual proviene del narcisismo originario; correspondiendo a la transferencia de ese narcisismo sobre el objeto sexual, que da lugar a la génesis del enamoramiento. Por otro lado, en la mujer, con el desarrollo puberal, parece sobrevenirle un acrecimiento del narcisismo originario; ese aumento desfavorece a la posterior constitución de un objeto de amor, compuesto de sobreestimación sexual. Por lo que se refiere al ideal del yo, el niño sale del narcisismo primario para introducirse al secundario. ¿Por qué? Porque se comienza a crear un ideal que es constituido por el entorno del niño, el cual está atravesado por una cultura, una sociedad, etc. Durante la imposición de éste, la madre ya no sonríe ante todas las actitudes de su hijo y comienza a determinar o delimitar el ideal del yo (cargado de la historia personal de la madre, de lo que considera correcto o incorrecto, etc.) que ella desea; el cual va a ser un desafío alcanzar para el niño. Por lo tanto, el infante debe medirse por ese ideal del yo impuesto por su entorno, y principalmente, por su madre o quien cumpla el rol. Igualmente, hay que tener en cuenta que el extremo del deseo es nocivo, al igual que su ausencia. En resumen, todo ser humano tiene frente a sí dos caminos para la elección de objeto, es decir, dos objetos sexuales originarios: él mismo y la mujer que lo crio, y se supone que en todo ser humano el narcisismo primario es dominante al momento de seleccionar el objeto.
Freud define a la pulsión como un “concepto fronterizo entre lo anímico y lo somático, como un representante psíquico de los estímulos que provienen del interior del cuerpo y alcanzan el alma”. La manera de actuar de las pulsiones es siempre como una fuerza constante, debido a que ataca desde el interior del cuerpo; por lo cual, el autor llama necesidad al estímulo pulsional; y lo que cancela esta necesidad es la satisfacción, que sólo puede alcanzarse mediante una modificación adecuada a la meta. Cabe destacar que, la actividad del aparato psíquico está sometida al principio del placer, es decir, es regulada de manera automática por sensaciones de placer-displacer. El sentimiento de
displacer está relacionado con un incremento del estímulo, y el de placer con su disminución. Básicamente, el principio de placer en la infancia, se da cuando el entorno responde a las demandas del niño inmediatamente. Las partes de la pulsión son: ● Fuente (orgánica): es aquel proceso somático, interior a un órgano o a una parte del cuerpo, cuyo estímulo es representado en la vida anímica por la pulsión. ● Esfuerzo (trabajo): su factor motor, la suma de fuerza o la medida de exigencia de trabajo que ella representa. Es una propiedad universal de las pulsiones. ● Objeto (puede ser cualquiera): es aquello en lo cual se puede alcanzar la meta. Es lo más variable de la pulsión y no necesariamente es un objeto externo, es decir, también puede ser una parte del cuerpo propio. ● Meta - intento de satisfacción - placer: es en todos los casos la satisfacción que sólo puede alcanzarse cancelando el estado de estimulación en la fuente de la pulsión. Permanece invariable para toda la pulsión, los caminos que llevan a ella pueden ser diversos. Todas las pulsiones son cualitativamente de la misma índole, y deben su efecto solo a las magnitudes de excitación que conducen. Lo que diferencia unas pulsiones de otras es su fuente pulsional. Freud propone dos grupos de pulsiones primordiales: pulsiones yoicas o de autoconservación y pulsiones sexuales. A las primeras las identificó con la función represora y a las segundas (sexuales) las caracterizó:
Lacan retoma la teoría de Freud, pero le agrega aportes de la psiquiatría y la filosofía. Una de sus ideas principales es el estadio del espejo, que se da entre los 6 y 18 meses. Este estadio surge a partir de una observación: un chimpancé frente al espejo, después de un rato, pierde el interés en su reflejo. En cambio, el niño siente alegría al verse, y esa diferencia es clave. Lo que pasa es que cuando el niño se ve en el espejo, se identifica con esa imagen. Esa identificación es fundamental porque allí comienza a formarse el yo. Antes de este estadio, la cría humana se caracteriza por tres aspectos: