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quien sabe si mañana seguiremos aquí, Diapositivas de Historia del Arte

relato de la vida de un hombre que sufre de perdida de menoría y su hija que su prometido

Tipo: Diapositivas

2020/2021

Subido el 09/05/2021

lili-inca-vilca
lili-inca-vilca 🇵🇪

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Hace veinticinco años que no mata a nadie. Hace tiempo que lo cambió todo por llevar una vida normal. Pero Unji, su hija, lleva días sin pasar por casa y los números del teléfono se desdibujan cuando intenta llamarla. ¿Cómo funcionaba esto exactamente? ¿Cuál era el número? De hecho… ¿a quién quería llamar?

Para este asesino en serie retirado, la vejez no es el camino tranquilo que esperaba. Los primeros síntomas del alzhéimer se manifiestan al mismo tiempo que en su barrio comienzan a producirse una serie de crímenes. Alguien está secuestrando y matando a mujeres jóvenes, mujeres como su hija, ahora en paradero desconocido. Y, por si fuera poco, solo hace unos días que esta decidió presentarle a su prometido, un hombre con los ojos fríos como el hielo.

En «Quién sabe si mañana seguiremos aquí», Kim Young-ha narra la lucha solitaria de un hombre contra el olvido, una batalla contrarreloj que le enfrenta a las brumas de su memoria para encontrar pistas sobre la desaparición de su hija. Un combate sin aliados en el que ni siquiera se puede fiar de sí mismo.

Kim Young-ha, 2012 Traducción: Seong Cholim & Kwon Eunhee

Editor digital: Titivillus ePub base r2.

Mi vida. Puedo dividirla en tres partes. Mi niñez, antes de matar a mi padre. La juventud, viviendo como un asesino. Y una madurez tranquila, sin muertes de por medio. Unji representa esta tercera etapa. No sé cómo decirlo. Para mí, es como una especie de talismán. Verla despertarse todas las mañanas fue lo que me alejó de ese pasado, cuando deambulaba de un lado a otro en busca de nuevas víctimas. En la televisión mostraron a una leona de un zoológico en Tailandia que había caído en una profunda depresión tras perder a su cachorro. Se negaba a comer y a moverse. Desesperado, un guarda metió en la jaula un puerco recién nacido y la leona le dio de mamar y lo crio como si fuera suyo. Me pregunto si no será así mi relación con Unji.

—Estoy saliendo con alguien —dijo Unji. Según lo que recuerdo —obviamente, ya no puedo fiarme de mi memoria —, es la primera vez que Unji me habla de un hombre. Caigo en la cuenta de que no estoy preparado para esto, para aceptar a un hombre en la vida de Unji. No me lo había imaginado antes ni me lo puedo imaginar ahora. ¿Es que acaso pensaba vivir toda la vida con ella? Cuando estudiaba secundaria varios chicos rondaban la casa. Eran muy jóvenes y yo un viejo ya entonces, pero en cualquier caso acababan huyendo en cuanto aparecía. No los reprendía, tampoco los atemorizaba, tan solo les soltaba unas cuantas palabras y reculaban acobardados. Incluso los perros más feroces esconden el rabo entre las piernas cuando llegan al veterinario, cosa que sorprende mucho a los dueños. Los adolescentes son iguales a esos perros. Basta una mirada y todo queda claro. —¿Y? —Estoy pensando en traerlo —dijo ella ruborizándose. —¿Traértelo a casa? —Sí. —¿Y eso? —Quiero que lo conozcas. —¿Yo? ¿Para qué? —Me ha propuesto que nos casemos. —Es tu problema. —¡No seas así! —Al final todos acabamos solos. —Y entonces ¿para qué vivir si todos acabaremos en un hueco? —dijo Unji y en su voz, aunque baja, se percibía la rabia tras una fina capa de hielo. —Pues… igual.

—¿Qué esperas? ¿Que no me case para pasar el resto de mi vida cuidándote? No estoy seguro. ¿Será eso lo que deseo? No supe qué responder. Lo único que quería era evitar el tema. —Como sea, no importa. Pero yo no pienso verle la cara. Si te quieres casar, allá tú. —No hablemos más de esto. Dejémoslo para otro día. Unji se levantó y salió de la habitación. No sé por qué, pero me siento avergonzado. También enfadado. Desconozco los motivos. Tenía hambre, así que me preparé un plato de guksu. Probé un bocado y me supo raro. Me di cuenta después. Se me había olvidado añadirle la salsa de soja. Busqué la botellita pero nada, no la encontré por ningún lado. Habrá que comprar una nueva. Cuando me muera, seguro que encontrarán por la casa un montón de botellas de soja. Volví a sentirme desesperado mientras lavaba los platos. En el fregadero había otro cuenco de guksu sin terminar. Dos platos de guksu en un solo día.

No tengo amigos con quien compartir el corazón. Es una de esas desventajas de haberme pasado tanto tiempo como asesino. Pero ¿y la gente normal? ¿Tendrá amigos así?

El estruendo de los truenos y relámpagos llenó de murmullos el bosque de bambú. No pude pegar ojo en toda la noche. El sonido del agua que cae recorriendo el alero del tejado me irrita sobremanera. Y pensar que antes me gustaba tanto.

—Sí. —Si algún día no lo reconozco, no se ofenda. Según el médico, se empieza por olvidar lo más reciente. —Dicen que las medicinas de ahora hacen milagros. —Eso quisiera yo. Unji trajo un plato de peras y manzanas peladas. Mientras las probaban, el hombre aprovechó para hablar de su trabajo. —Me dedico a los bienes raíces. —¿Tiene una inmobiliaria? —Compro tierras, las parcelo y las revendo. —Debe pasar mucho tiempo de aquí para allá, ¿no? —No queda otra, tenemos que trabajar sobre el terreno. Las tierras son como las mujeres. Uno nunca debe fiarse de lo que le cuentan sobre ellas. —¿Por casualidad nos hemos visto alguna vez? —No, esta es la primera —respondió mirándome con la cabeza inclinada hacia abajo y una sonrisa. —Puede ser que lo hayas visto —intervino Unji—. Últimamente ha pasado mucho tiempo por la zona. —Y el barrio no es muy grande —corroboró él. —Pero no es de por aquí, ¿no? Hablaba con un pequeño deje sureño. Asintió con la cabeza, pero no dijo lo que yo me imaginaba. —Tiene razón. Nací y me crie en Seúl. —Entonces ¿se irán a vivir a Seúl si se casan? Nos miró por un instante y se apresuró a responder: —No, no —y luego añadió—: Unji no se va a ir a ninguna parte. ¿Adónde va a ir con usted aquí? —Viviremos en el centro —dijo Unji mientras alargaba el brazo hasta rozarle la mano. Él, sin embargo, no se la tomó y la mano de Unji se encogió hecha un puño, como un caracol en peligro. Aquella mano azorada pronto regresó a su lugar. Ocurrió en un abrir y cerrar de ojos, pero me dejó un mal sabor de boca. En cuanto se levantó para marcharse Unji lo siguió. Luego se subió al jeep y se sentó en el asiento del copiloto como si nada. Estaba claro que no era cosa de un día. Bajó la ventana, dijo que se iba al centro y volvió a subirla. Cerré la puerta y entré a casa para anotar este primer encuentro con Park Yute antes de que se borrara de mi memoria. Me invadió una sensación

extraña. Era la primera vez que lo veía y ya lo estaba aborreciendo. ¿Por qué? ¿Habré notado algo en él? Pero ¿qué?

He hojeado mis apuntes y me he llevado un susto. ¡Era él! ¿Cómo es posible? Tiene que ser una jugarreta del diablo. ¡Qué desfachatez! ¡Aparecer en mi propia casa! ¡Y nada menos que como el prometido de Unji! Y yo, que ni siquiera me di cuenta. ¿Habrá pensado que disimulaba o que de verdad no me acordaba en absoluto de él?

Estaba leyendo un libro cuando de entre sus hojas se deslizó una nota. Posiblemente la haya copiado yo, pero hace mucho tiempo, pues el papel se había vuelto amarillento.

Cuando miras largo tiempo a un abismo, también este mira dentro de ti. NIETZSCHE

El asesinato es la respuesta más efectiva a muchos problemas. Aunque no siempre es así.

Eso es. El número que me dio Park Yute. Me lo apuntó él mismo. ¿Dónde lo habré dejado? Me he pasado el día buscándolo, pero nada, no lo he podido encontrar. Ni revolviendo toda la casa. Cada vez me cuesta más encontrar algo. ¿No será que Unji se deshizo de él sin decírmelo?