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Orientación Universidad
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resumen libro, Resúmenes de Historia

Asignatura: Expansion Consolidacion de Europa (s. XI-XV), Profesor: Mira Jodar A.J, Carrera: Història, Universidad: UV

Tipo: Resúmenes

2016/2017

Subido el 17/12/2017

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I. LA AMPLIACIÓN DE LA CRISTIANDAD LATINA.
La expansión de los obispados: 950-1300
Al margen de otras expansiones plenomedievales, no cabe duda de que en esta época se produjo
un proceso imparable de ampliación de los límites de la cristiandad latina, esa región que reconocía
la autoridad papal y celebraba la liturgia latina. En primer lugar los obispados eran concretos. Cada
uno requería un titular individual que generalmente tomaba posesión de una iglesia catedral. Tanto
los obispos como las diócesis tenían nombres. Cada obispado implicaba que existía una sucesión de
clérigos, un santo, una dotación, una iglesia de un cierto tamaño, en definitiva, una encarnación
física y tangible de la cristiandad latina. En segundo lugar se añadía generalmente y cada vez más un
componente territorial. Constaba no lo del prelado en su sede sino también de un abanico de
tierras definidas de forma cada vez más exacta y exhaustiva. El armazón teórico de la cristiandad
latina era el de un cuerpo celular en el que las células eran las diócesis. Evidentemente no faltaron
disputas fronterizas y ambigüedades y en algunas zonas de Europa la diócesis territorial sólo llegó a
imponerse lentamente, pero, en esencia, la realidad es que las diócesis comprendían la cristiandad
latina.
El ciclo litúrgico, la estructura interna y la jerarquía, el estatus legal frente al papado, gozaban de una
gran homogeneidad a lo largo de los vastos territorios sometidos a la Iglesia occidental. El obispo no
era únicamente el prelado local más fácilmente identificable, era también el único indispensable.
Ordenaba los clérigos, confirmaba a los fieles, actuaba como juez. Si los obispos desaparecían la
Iglesia terminaría por desaparecer. Por ello, al tratarse de las células elementales de la Iglesia, los
obispados medievales constituyen una unidad de medida natural y adecuada de la cristiandad.
En torno al año 1200 había alrededor de 800 obispados que reconocían la autoridad del papado y
celebraban la liturgia latina. Tenían muy distinto tamaño, implantación y composición social. Diferían
también en antigüedad. El cristianismo del Imperio Romano se había constituido como una religión
basada en la ciudad y, por ello, los obispados más antiguos reflejaban el modelo de asentamiento y
el mapa político del mundo urbano antiguo. Este núcleo central de obispados incluía Italia, Francia
y las tierras de Renania.
Las diócesis tenían a menudo una historia ininterrumpida que se remontaba a los primeros siglos
del cristianismo. Aunque algunas habían sufrido un paréntesis durante las invasiones germánicas del
siglo V o durante las razzias vikingas de los siglos IX y X.
De un tipo bastante diferente fueron los obispados que se establecieron a medida que se produjo la
expansión del cristianismo, entre los siglos V y VII, en el mundo no romano o posromano. En la Alta
Edad Media, Irlanda e Inglaterra no se caracterizaban por un nivel de urbanización significativo y,
por ello, fue necesario que se crearan una nueva clase de obispados que no se basaran en la ciudad,
que pudieran subsistir sin ninguna sede fija y que se adaptan a las necesidades de un pueblo (gens)
o, en el caso de Irlanda de una congregación monástica. Los obispados anglosajones más tempranos
tendieron así a adaptarse a la diversidad de patrones políticos y adoptaron los nombres de grupos
étnicos de regiones más que de ciudades.
Los siglos VIII y IX asistieron a algunos avances importantes de la cristiandad latina, tales como el
establecimiento de obispados regulares en Alemania central y meridional y, durante el reinado de
Carlomagno, la conversión forzosa de los sajones. Parte del proceso para asegurar esta conversión
fue la creación de una red de obispados incluido Hamburgo (831-834), la primera sede diocesana al
este del Elba. Por otra parte, estos siglos también asistieron espectaculares pérdidas para la
cristiandad, ya que la conquista musulmana destruyó el reino cristiano visigodo hundiendo y
sometiendo los obispados de la Península Ibérica.
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I. LA AMPLIACIÓN DE LA CRISTIANDAD LATINA.

La expansión de los obispados: 950- 1300

Al margen de otras expansiones plenomedievales, no cabe duda de que en esta época se produjo un proceso imparable de ampliación de los límites de la cristiandad latina, esa región que reconocía la autoridad papal y celebraba la liturgia latina. En primer lugar los obispados eran concretos. Cada uno requería un titular individual que generalmente tomaba posesión de una iglesia catedral. Tanto los obispos como las diócesis tenían nombres. Cada obispado implicaba que existía una sucesión de clérigos, un santo, una dotación, una iglesia de un cierto tamaño, en definitiva, una encarnación física y tangible de la cristiandad latina. En segundo lugar se añadía generalmente y cada vez más un componente territorial. Constaba no sólo del prelado en su sede sino también de un abanico de tierras definidas de forma cada vez más exacta y exhaustiva. El armazón teórico de la cristiandad latina era el de un cuerpo celular en el que las células eran las diócesis. Evidentemente no faltaron disputas fronterizas y ambigüedades y en algunas zonas de Europa la diócesis territorial sólo llegó a imponerse lentamente, pero, en esencia, la realidad es que las diócesis comprendían la cristiandad latina. El ciclo litúrgico, la estructura interna y la jerarquía, el estatus legal frente al papado, gozaban de una gran homogeneidad a lo largo de los vastos territorios sometidos a la Iglesia occidental. El obispo no era únicamente el prelado local más fácilmente identificable, era también el único indispensable. Ordenaba los clérigos, confirmaba a los fieles, actuaba como juez. Si los obispos desaparecían la Iglesia terminaría por desaparecer. Por ello, al tratarse de las células elementales de la Iglesia, los obispados medievales constituyen una unidad de medida natural y adecuada de la cristiandad. En torno al año 1200 había alrededor de 800 obispados que reconocían la autoridad del papado y celebraban la liturgia latina. Tenían muy distinto tamaño, implantación y composición social. Diferían también en antigüedad. El cristianismo del Imperio Romano se había constituido como una religión basada en la ciudad y, por ello, los obispados más antiguos reflejaban el modelo de asentamiento y el mapa político del mundo urbano antiguo. Este núcleo central de obispados incluía Italia, Francia y las tierras de Renania. Las diócesis tenían a menudo una historia ininterrumpida que se remontaba a los primeros siglos del cristianismo. Aunque algunas habían sufrido un paréntesis durante las invasiones germánicas del siglo V o durante las razzias vikingas de los siglos IX y X. De un tipo bastante diferente fueron los obispados que se establecieron a medida que se produjo la expansión del cristianismo, entre los siglos V y VII, en el mundo no romano o posromano. En la Alta Edad Media, Irlanda e Inglaterra no se caracterizaban por un nivel de urbanización significativo y, por ello, fue necesario que se crearan una nueva clase de obispados que no se basaran en la ciudad, que pudieran subsistir sin ninguna sede fija y que se adaptan a las necesidades de un pueblo (gens) o, en el caso de Irlanda de una congregación monástica. Los obispados anglosajones más tempranos tendieron así a adaptarse a la diversidad de patrones políticos y adoptaron los nombres de grupos étnicos de regiones más que de ciudades. Los siglos VIII y IX asistieron a algunos avances importantes de la cristiandad latina, tales como el establecimiento de obispados regulares en Alemania central y meridional y, durante el reinado de Carlomagno, la conversión forzosa de los sajones. Parte del proceso para asegurar esta conversión fue la creación de una red de obispados incluido Hamburgo (831-834), la primera sede diocesana al este del Elba. Por otra parte, estos siglos también asistieron espectaculares pérdidas para la cristiandad, ya que la conquista musulmana destruyó el reino cristiano visigodo hundiendo y sometiendo los obispados de la Península Ibérica.

Hacia el año 900 la cristiandad latina, tal y como se podía evaluar a través de sus obispados se limitaba a tres regiones: el área del antiguo imperio carolingio, gobernado por los sucesores y herederos de Carlomagno, que incluía tanto el núcleo romanizado de la Galia e Italia y las iglesias germanas establecidas más recientemente; La franja de la España cristiana que se extendía a lo largo de la costa septentrional de la Península Ibérica, desde Asturias hasta los Pirineos; y las Islas Británicas. No hay que olvidar que es posible atacar Europa occidental partiendo de tres frentes: por mar desde el norte, por mar desde el sur y por tierra desde el este. En el siglo X fue atacada de las tres maneras. Las fronteras de la cristiandad latina no sólo eran estrechas, eran también vulnerables. Una de las características más impresionantes de la Plena Edad Media fue la manera en que se invirtió esta situación en el momento en que estas fronteras comenzaron a ampliarse en todas las direcciones.

La Europa oriental en los siglos IX y X

La primera ruptura importante en las barreras que atenazaban la cristiandad latina en los siglos IX y X se produjo bajo el emperador Otón I de Alemania. En el año 948 fundó o impulsó la fundación de obispados a lo largo de sus fronteras septentrional y oriental. En 968 Otón culminó años de planificación al elevarse Magdeburgo, su fundación favorita, al rango de arzobispado. El establecimiento de una jerarquía eclesiástica en la Europa oriental, como en otras zonas, estaba muy influido por consideraciones políticas locales. A partir de las disputas entre los papas del siglo VIII y los emperadores bizantinos sobre el sometimiento de Iliria a la autoridad del papa o a la del patriarca de Constantinopla, se produjeron altercados en estas regiones de Europa con respecto a la demarcación de límites. A medida que las relaciones se fueron haciendo más tensas las disputas subieron de tono. La conversión de Bohemia y Moravia en el siglo IX provocó el enfrentamiento de los hermanos Cirilo y Metodio. El impulso y el modelo para la creación de las iglesias eslava occidental y magiar en el siglo X y en los inicios del XI procedió realmente de Alemania. En el caso de Bohemia, el resultado fue la creación del obispado de Praga, que existía ya hacia el año 973, sufragáneo de la archidiócesis germana de Maguncia hasta los siglos finales de la Edad Media. Sus primeros titulares fueron germanos, y a pesar de que mantuvieron un alto grado de autonomía y singularidad dentro del Sacro Imperio Romano, Bohemia mantuvo siempre una vinculación con ese mundo de la que carecieron tanto Polonia como Hungría. En un período de alrededor de 70 años se habían fundado nuevas iglesias a lo largo de una gran parte de la Europa centroriental, se habían acercado más las fronteras de las iglesias latina y griega y se había iniciado un proceso que aseguraba que los polacos, bohemios o magiares buscarían en Occidente, en Alemania y en Roma, sus modelos culturales y religiosos. A pesar de las violentas reacciones paganas en el siglo XI estás sedes recién creadas sobrevivieron. El paganismo europeo oriental estaba ya a la defensiva.

Escandinavia en los siglos X y XI

Las primeras sedes escandinavas fueron también las que se fundaron durante el reinado de Otón I. Estos primeros obispados daneses Hedeby, Ribe y Arhus, mencionados en 948 y de nuevo en 965, tendrían una historia ininterrumpida desde el siglo X. En el curso de los primeros cien años aumentó el número de los obispados daneses y se establecieron nuevas sedes en las islas y en la tierra firme de Jutlandia. En Dinamarca se fundaron las sedes más tempranas de Escandinavia y la danesa fue la primera iglesia completamente organizada. El progreso de la cristiandad institucional en Noruega, Suecia e

reinados de Fernando III de Castilla (1217-1252) y de Jaime I el Conquistador de Aragón (1213-1276) asistieron a la ocupación cristiana de toda la península con la excepción del reino vasallo de Granada. En torno a finales del siglo XIII se contaban 51 obispados en los reinos hispanos y en Portugal.

El Mediterráneo oriental en los siglos XI, XII y XIII

Las más conocidas de todas las guerras de la expansión cristiana fueron las cruzadas en el Mediterráneo oriental, que se iniciaron con la extraordinaria expedición de 1096-1099, compuesta de caballeros francos e italianos y gentes del común que marcharon 3.000 km a través de tierras inhóspitas para arrancar la Tierra Santa de su fe. En el mismo momento en que los cruzados de los años 1090 se acercaban a su destino, comenzó el proceso de creación de una iglesia latina en Oriente. Como consecuencia de las conquistas de los cruzados las principales ciudades de Palestina y Síria se convirtieron en las sedes de obispados occidentales. La organización territorial griega que había existido previamente se tomó como punto de partida natural, aunque pronto se modificó de manera sustancial mediante la creación y el traslado de sedes. Los titulares eran en su mayoría inmigrantes. En la década de 1130, los patriarcados latinos de Antioquía y Jerusalén habían alcanzado la mayor extensión que llegarían a tener jamás. A partir de entonces, la Iglesia latina en la tierra firme del Levante iba a sufrir pérdidas territoriales masivas que sólo se compensarían con algunas recuperaciones parciales y poco duraderas. A finales del siglo VIII los cruzados habían sido completamente barridos de la tierra firme y las listas de obispos titulares se siguieron consignando tan sólo como un recuerdo de lo que había constituido el aspecto más grandioso de la expansión de la cristiandad latina. En siglo XIII asistió a las ganancias de los latinos en el Mediterráneo oriental, pero no a expensas de los musulmanes sino de los griegos. En 1191, Ricardo I de Inglaterra, en ruta hacia Palestina, conquistó Chipre a sus gobernantes griegos. La conquista de Constantinopla por los cruzados que se habían desviado de su ruta en 1204 significó otra gran ampliación de la Iglesia latina. Se erigió un Imperio latino y, junto a éste, se implantaron un patriarcado y obispados latinos. Su historia es con frecuencia muy confusa. Algunas de estas diócesis parece que sólo existieron sobre el papel. Otras tuvieron unas vidas cortas o intermitentes, muy dependientes de los poderes políticos bajo cuya protección se encontraban. Otros obispados “latinos” parecen simplemente haber sido obispados griegos cuyos titulares mostraban una prudente sumisión al papa. No obstante, las intenciones de la Iglesia romana con respecto a sus nuevas adquisiciones eran claras. Durante el período de duración del Imperio latino, la catedral de Constantinopla estuvo completamente dominada por el clero veneciano. En la Grecia franca y en las islas venecianas del Egeo y del Mediterráneo oriental, los obispos de origen francés, catalán o italiano se fueron sucediendo los unos a los otros de forma regular hasta la Baja Edad Media. La expansión latina en el Mediterráneo oriental era más precaria que en cualquier otro lugar, pero dejó una retahíla de obispados al papa dispersos desde las fronteras de Albania a la Creta de los venecianos y el Chipre de los Lusignan.

La región báltica en los siglos XII y XIII

Mientras que el islam sufría continuos ataques y retrocedía en el Mediterráneo, misioneros y conquistadores cristianos se internaban en el último reducto del paganismo nativo de Europa, en las tierras orientales del Elba y en torno a las orillas del Báltico. En estos lugares, aquellos pueblos eslavos occidentales que no se habían convertido, los llamados “vendos”, y sus primos lejanos desde el punto de vista lingüístico, los baltos (prusianos, lituanos y letonios), junto a los finohúngaros livonios, estonios y fineses, trazaban un arco de politeísmo sin tradición escrita que se extendía

desde las fronteras de Sajonia al Círculo Polar Ártico. En esta región de Europa, los siglos XII, XIII y XIV estuvieron marcados por la evangelización, la apostasía y la guerra santa. Los pomeranios, que habitaban alrededor de la desembocadura del Oder, fueron los primeros eslavos occidentales en cuyo territorio se fundó en el siglo XII un obispado cristiano. Los demás obispados que se fundaron en territorio vendo a los largo del siglo XII (Brandenburgo, Havelberg, Ratzeburgo, Schwerin y Lübeck) se establecieron en los mismos lugares o en las inmediaciones de las sedes que habían sido erigidas por los otónidas y sus sucesores salios y que habían sucumbido a la reacción pagana de los eslavos. El fin del paganismo oficial de los eslavos occidentales se produjo en 1168l cuando las tropas del rey danés Valdemar I asaltaron el famoso templo de Arkona en la isla de Rügen. Sabemos poco o nada de la vida de los vendos después de la destrucción de su culto oficial, por lo que quizás es demasiado presumir hablar de conversión. Se extendió entonces una red de obispados creados ex novo desde el Elba hasta la Pomerania oriental. La conversión de los demás pueblos bálticos fue más larga, más difícil y más sangrienta. Los prusianos, estonios y lituanos eran mucho menos accesibles, tanto física como ideológicamente. Eran numerosos, belicosos, fieramente comprometidos con su religión y habitaban un terreno que podían defender fácilmente. Sojuzgar a los prusianos costó un siglo. Los lituanos nunca fueron conquistados. La penetración cristiana inicial en el Báltico se llevó a cabo bajo la forma de actividad misiones. Siguiendo la estela de los mercaderes germanos que navegaban de Lübek al Dvina, un canónigo agustino llamado Meinhard llegó a Livonia y fundó una iglesia misionera. Fue formalmente consagrado obispo en torno al 1186. en Prusia, los cisternenses llevaron la iniciativa, y un misionero del monasterio polaco de Lekno llegó a ser obispo de Prusia hacia 1215. tanto en Livonia como en Prusia se llegó a la conclusión de que organizar una cruzada ad hoc no era lo más adecuado, así que se suplió con la fundación de órdenes militares, los Caballeros de la Espada y los Caballeros de Dobrin respectivamente. De forma paralela a la introducción de la ideología y las instituciones de la cruzada se estableció una jerarquía episcopal, tarea asumida por los legados papales. Los detalles de la organización eclesiástica y de la dotación y desarrollo de los capítulos catedralicios obviamente requeriría aún un cierto tiempo, pero en el transcurso de dos tres generaciones se había incorporado a la Iglesia romana una nueva provincia que cubría la mayor parte de la orilla oriental del Báltico. Esto es lo que significa “la expansión de la cristiandad latina”.

Problemas de explicación

La cristiandad latina estaba constituida por aquellas iglesias que rezaban en latín y de acuerdo con un rito aprobado por el papado, el rito romano por lo general. Existían algunos casos dudosos o fronterizos, donde circunstancias especiales permitían la existencia de otras lenguas o de otros ritos en el seno de la obediencia romana, pero eran escasos en número y disminuyeron con el tiempo. Los objetivos que se perseguían eran la “unidad” ( unitas ) y la “armonía” ( consonantia ) en el canto, y hacia Roma se dirigía la mirada de imperiosos reformadores como Carlomagno. A fines del siglo XI, cuando el rito mozárabe hispáno fue substituido por el romano u la liturgia eslava se suprimió definitivamente en Bohemia, el componente “latino” de la “cristiandad latina” ganó aún más en significado. El componente “latino” era, en realidad, el que permitía que los fieles de la Iglesia occidental se identificaran a sí mismos. Las cruzadas y las relaciones más próximas, pero no necesariamente más cálidas, con las iglesias griega y rusa lo hicieron particularmente pertinente. La categoría “latino”

como ajenas a todo ello. Hacia el siglo XI, “cristiandad latina” era un comodín que designaba no sólo un rito o una obediencia sino, fundamentalmente, una sociedad.

II. LA DIÁSPORA ARISTOCRÁTICA.

Uno de los aspectos más extraordinarios de la actividad expansiva de los siglos X al XIII fue el desplazamiento de la aristocracia europea occidental de sus lugares de origen hacia nuevas tierras, donde se establecieron y, si tuvieron éxito, incrementaron sus fortunas. Los lugares originarios de esos inmigrantes se situaban principalmente en el área del antiguo Imperio carolingio. Ormandos de origen llegaron a ser reyes de Inglaterra, Gales, Escocia e Irlanda, de Italia meridional y Sicilia, de España y Siria. Los caballeros lotaringios llegaron a Palestina, los caballeros borgoñenses a Castilla, los caballeros sajones a Polonia, Prusia y Livonia. Flamencos, picardos, poitevinos, provenzales y lombardos emprendieron la ruta por tierra y por mar y, los que sobrevivieron, llegaron a disfrutar de un nuevo poder en lugares extraños y exóticos. Este período de diáspora aristocrática coincidió con la gran época de las cruzadas, y, para muchos, la migración comenzó al tomar la cruz. Pero ésta no es toda la historia. En algunoslugares, en particular las Islas Británicas y los reinos cristianos de la Europa oriental, el asentamiento de los aristócratas recién llegados no se produjo bajo el paraguas de la cruzada. En otras regiones, como España o las tierras de los paganos vendos, se adaptaron las instituciones y la retórica de la cruzada a una situación en la que los lideres militares locales todavía estaban plenamente ocupados en rapiñar la tierra. En la Italia meridional es indudable que los normandos navegaron a Sicilia para expulsar a los musulmanes con el estandarte y la bendición papal, pero la realidad es que se habían asentado en su base de la Italia del sur con la clara intención de estar preparados para luchar contra cualquiera sin excluir siquiera al papa. Determinar la relación entre la inflamada religiosidad de la Primera Cruzada y la codicia expansionista que mostraría de forma conspicua la aristocracia laica de la Europa occidental es una ardua tarea histórica. Algunas familias se comprometieron en más de una de estas empresas expansionistas, ya fueran cruzadas o no. los Joinville de Champaña son un ejemplo bien conocido. El nombre de la casa es famoso porque su titular entre los años 1233 y 1317 fue Juan de Joinville, amigo y biógrafo de san Luís (Luís IX de Francia), la familia, que emerge por primera vez en los registros históricos en el siglo XI, se encontraba establecida desde antiguo en Champaña. El primer señor de Joinville cuyas actividades pueden rastrearse de forma algo menos fragmentaria es Godofredo III. Se menciona por primera vex en 1127, en la compañía del conde de Champaña y murió después de una larga vida en 1188. fue senescal de Champaña, patrón de las nuevas ordenes monásticas y el primer miembro de la familia del que se sabe que fue cruzado. Pronto arraigó una tradición cruzada en el linaje. El hijo de Godofredo III, Godofredo IV de Joinville, participó en el asedio de Acre durante la Tercera Cruzada y murió allí, rodeado de caballeros champañenses, en

  1. Su hijo, Godofredo V, estaba también predispuesto hacia la cruzada. Godofredo fue uno de los dirigentes del ejército cruzado reunido en Venecia, pero rechazó su desviación hacia Constantinopla y partió con la minoría hacia Tierra Santa. Murió en el Krak de los Caballeros en Siria en 1203 ó 1204. Su hermano Roberto tomó otra dirección en esta cruzada junto a un pariente y compatriota Gualterio, que pretendía reivindicar sus derechos sobre tierras y señoríos que había conseguido en el sur de Italia. Murieron los dos, así otro hermano más se hizo templario. Las cruzadas habían pasado factura a los varones de Joinville. Simón, padre del biógrafo de san Luís, heredó el señorío de Joinville en 1204. tuvo que luchar y negociar para conseguir la confirmación de la posesión hereditaria de la senescalía de Champaña, contrajo dos matrimonios ventajosos, uno con una heredera de las tierras vecinas del imperio, fundó nuevas ciudades en sus dominios y se embarcó en dos ocasiones en la cruzada, en 1209 contra los herejes albigenses en el sus de Francia y en 1219-1220, junto a Juan de Brienne, rey titular de

Jerusalén, en la campaña de Damietta en Egipto. De su segunda mujer, Beatriz, hija del conde de Borgoña, Simón de Joinville dejó cuatro hijos que heredaron sus posesiones. La estrella de otros miembros de la familia también estaba en ascenso. Cuando Juan de Joinville partió a la cruzada en 1248, su hermano menor Godofredo sólo tenía posesiones en uno de los territorios de Joinville, en Vaucouleurs. Cuando su hermano volvió de tierra santa en 1254, habia hecho ya su propia fortuna. La clave de su ascenso fue, como en tantas otras ocasiones, el matrimonio con una heredera, y la clave del matrimonio sus aventajadas conexiones familiares. Todo ello se puede resumir en una frase, aunque complicada: el marido de la hermanastra de Godofredo era el tío de la reina de Inglaterra. En vinculo entre los Joinville y la corona de Inglaterra se produjo a través de la casa de Saboya. La historia de los Joinville muestra claramente la fuerza creciente de las dos monarquías europeas occidentales con mayor cohesión. Reyes poderosos como san Luís o Enrique III podrían atraerse a la nobleza con aspiraciones de regiones como Champaña y competir por ella. Godofredo de Joinville no se ganó su señorío en Irlanda gracias a su agudeza o a sus ejércitos, como hicieran Roberto Guiscardo en el sur de Italia en el siglo XI o Ricardo Fitz-Gilbert ( Strongbow) en la propia Irlanda en el XII. Su camino hacia el poder se había abierto más bien a través del oído regio y el lecho nupcial. Otra familia aristocrática inmersa en una empresa de expansión lejana era la de los descendientes de Roberto de Grandmesnil (muerto en 1050), un terrateniente y guerrero de Calvados, en Normandía. Orderico Vitalis, un monje de Saint-Évroul, monasterio que había sido fundado por la familia Grandesmesnil y sus parientes, narra la historia de la familia. Varios de los descendientes de Roberto emprendieron voluntariamente el camino hacia el sur, rumbo a la Italia meridional, donde los normandos llevaban acumulando señoríos desde la década de 1030. Fueron bien recibidos y anudaron vínculos matrimoniales con los hermanos Hauteville, los dirigentes de la empresa normanda en Italia. Un hijo de Roberto de Grandesmesnil, también llamado Roberto recibió un monasterio que había sido fundado expresamente para él en Santa Eufemia, en Calabria: el hijo de su hermana, Guillermo, le sucedió como abad. Otros hijos y nietos de Roberto de Grandesmesnil obtuvieron señoríos en Italia. Otro nieto de Roberto de Grandesmesnil tomó otra dirección. Roberto “de Rhuddlan”, como llegó a ser denominado, se unió a la tropa de aventureros normando que rodeaban a Eduardo el Confesor, rey de Inglaterra. El rey le hizo caballero y más tarde volvió a Normandía. Después de la conquista atravesó de nuevo el Canal siguiendo a uno de sus parientes, Hugo de Avranches: cuando Hugo se convirtió en conde de Chester, Roberto se convirtió en su lugarteniente principal y castellano de Rhuddlan, la base adelantada contra los galeses en el sector septentrional de la frontera anglo-galesa. “Roberto el de la Marca” murió al final a manos de los invasores galeses, pero a fines del siglo XI se podía encontrar a los nietos de Roberto de Grandesmesnil ejerciendo de señores, lugartenientes y guerreros en Gales, en la Italia meridional, en Constantinopla, en Siria. Caballeros y magnates de Francia eran particularmente numerosos en las cruzadas y no sólo participaron en las nuevas conquistas del sur de Italia y de las Islas Británicas, sino que tambiñen contribuyeron a la reconquista de los reinos hispanos. Por el contrario, la migración de los caballeros germanos, aunque importante y sostenida en el tiempo, estaba más concentrada geográficamente. Es cierto que muchos partieron a la cruzada: el historiador Röhricht cita hasta 500 individuos de los cuales se conservan documentos explícitos relativos a su partida de Alemania hacia ultramar sólo durante el primer siglo del movimiento cruzado. La presencia de germanos pudo ser en ocasiones decisiva. La zona principal de la expansión alemana en la Plena Edad Media fue la Europa oriental. Se podía encontrar caballeros procedentes de Sajonia en Estonia o en el Golfo de Finlandia, en Silesia a lo largo del curso del Oder y en toda Bohemia y Hungría. Al este del Elba se vivieron nuevas aventuras familiares. Al igual que en estos siglos se vio como llegaban a las Islas Británicas, al sur de Italia o al

la frontera de la Sajonia carolingia, se dividía en varias “marcas” – regiones fronterizas bajo la autoridad de un margrave (“conde de la frontera”) que gozaba de poderes militares y territoriales inusualmente amplios. Durante las décadas centrales del siglo XII se restableció de forma decisiva la autoridad germana en la zona oriental del Elba medio; los obispados de Brandenburgo y Havelberg pudieron recobrar sus sedes oficiales y se inició la planificación de nuevas catedrales. Una figura clave en esta historia fue Alberto el Oso. Alberto procedía de los más altos rangos de la nobleza sajona. Su padre, el conde Otón de Ballenstedt, había recibido una rica dotación en el norte de Turingia y en la Sajonia oriental. La madre de Alberto, Eilica, era incluso de cuna más alta, ya que era hija de Magnus Billung, duque de Sajonia. Los inicios de su carrera política fueron precipitados, voluntariosos y difíciles. Se alió con Lotario de Süpplingenbirg, sucesor de los Billung como duque de Sajonia; y gracias al apoyo Lotario y en oposición al emperador del Sacro Imperio, obtuvo el control sobre Lausitz, la región fronteriza germana al este del Elba medio. Hacia 1130, Alberto consiguió enajenar de manos de Lotario el ducado de Sajonia, éste último acababa de ser coronado rey, además se apoderó de la herencia de Enrique de Stade, margrave de la Marca del Norte. En respuesta, Lotario despojó a Alberto de Lausitz, pero posteriormente volvió a tener el favor de Lotario y recibió la Marca del Norte. La infeudación de la Marca del Norte a Alberto el Oso en 1134 se ha considerado tradicionalmente como un paso vital hacia la creación del principado de Bradenburgo. Sin embargo, más importante incluso fue la conquista definitiva de la ciudad de Bradenburgo por Alberto, el 11 de junio de 1157, “la fecha de nacimiento de la Marca de Bradenburgo”. Al contrario que Juan de Courcy, Alberto el Oso pudo enraizar a su dinastía en sus nuevas conquistas. Su familia, los Ascanios, fueron margraves de Bradenburgo durante siete generaciones y en la época de la extinción del linaje en 1319 su principado se había ampliado hasta casi 300 km al este del Elba. En los siglos XII y XIII el ejercicio afortunado de un señorío precisaba que se cumplieran algunos requisitos universales: entre los más básicos estaban los castillos y los vasallos. La creación de un marco militar feudal debía acompañarse del desarrollo expreso de la región mediante el apoyo al asentamiento rural y urbano. Esta fue la labor de los nietos de Alberto el Oso, Juan I y Otón III, cuyo período de gobierno cubrió varias décadas centrales del siglo XIII. El éxito de los ascanios dependió de su capacidad para reclutar y recompensar a sus vasallos. El luanje acumuló poder porque fue capaz de ofrecer poder a otras familias. En esta época, la manera de hacer fortuna no era, por supuesto, lanzarse al vacío. Un caballero joven y ambicioso empezaba por ofrecer sus servicios a un príncipe de aspecto creíble y esperaba luego a que su señor tuviera éxito y estuviera dispuesto a compartir algunas de sus ganancias. La única manera de asegurar y explotar las nuevas adquisiciones era garantizar, de forma enérgica y sistemática, su desarrollo. La tarea fundamental fue la de colonizar la tierra. De este modo en los territorios surgen nuevas aldeas, muchas de las cuales llevaban orgullosamente el nombre de sus propietarios y fundadores. En el caso de la “Marca Nueva” se ganó y se retuvo gracias a la espada, por eso para los margraves el valor de los Wedel residía no sólo en la explotación del potencial agrícola de la tierra sino en su capacidad para aportar una fuerza armada. En la cima de su poder a finales del siglo XIV, de hecho, la familia era capaz de prometer que podía servir “con un centenar de caballeros y escuderos bien armados y otro centenar de ballesteros armados”. Y en una época en la cual la aristocracia de Brandenburgo llegó a diferenciarse legalmente entre los que poseían o no castillos, los Wedel eran eminentemente “castellanos” ( schlossgesessene ). El alcance y la magnitud del poder de los von Wedel se comprueba en la independencia con la que asumieron la fundación de ciudades. Fundaron al menos cuatro en la Marca Nueva y en la región vecina de Pomerania.

En el transcurso de unas pocas generaciones, los descendientes de una familia de caballeros de Holstein habían aprovechado las oportunidades que ofrecía la frontera oriental. Al trasladarse unos cuantos centenares de kilómetros al este y al vincular su suerte a los poderes emergentes en la zona, ya fueran de origen eslavos o germanos, la familia se había hecho con una posición territorial dominante e indispensable. Sus miembros ascendieron desde el escalafón de los que dependían de una comitiva condal para convertirse en los líderes de la comitiva, en fundadores de ciudades y señores de la tierra.

Nuevas coronas

Los von Wedel eran “cuasi príncipes”; Juan de Courcy era un princeps regni. Pero todavía se podía dar un paso más allá. La recompensa más alta era una corona. Durante los siglos XI, XII y XIII se formaron nuevos reinos: Castilla, Portugal, Bohemia, Jerusalén, Chipre, Sicilia, Tesalónica. La existencia de un nuevo reino requería el establecimiento de nuevas dinastías reales y la inagotable nobleza de la Europa occidental fue quien se las proporcionó. La casa de Monferrato era una familia de la Italia noroccidental con aspiraciones regias que emprendió una espectacular aunque desacertada serie de empresas, destinadas a conseguir ceñirse alguna corona en Oriente. Guillermo el Viejo, Marqués de Monserrat, de un linaje antiguo y bien conectado, había sido un héroe en la Segunda Cruzada que volvió a Palestina en 1187 aunque esta vez sólo para caer cautivo de Saladino en la gran victoria musulmana de Hattin. Tuvo cinco hijos, cuatro de los cuales siguieron carreras seculares. Dos de los hijos de Guillermo el viejo buscaron mujeres y fortunas en Bizancio. Uno se convirtió en una víctima más de los letales enredos políticos de Constantinopla, pero el otro, Conrado, tomó la ruta de Tierra Santa, defendió Tiro contra Saladino, se casó con otra heredera del Reino de Jerusalén y gobernó como rey durante dos años hasta que fue muerto a puñaladas en la calle por los Asesinos, una secta extremista islámica caracterizada en las fuentes occidentales como fumadores de hachís seguidores de un misterioso “Viejo de la Montaña". Otro hermano Monferrato, Bonifacio, fue uno de los dirigentes de la Cuarta Cruzada en 1201 desviada hacia Constantinopla, tras la cual obtuvo el reino de Tesalónica donde estableció a muchos de sus seguidores italianos según la porción que les correspondía del reparto de los despojos del Imperio Bizantino. Los Monferrato fueron incapaces de mantener en su cabeza las coronas que pasaron por sus manos. Otros tuvieron asideros más firmes. Una forma de evaluar la importancia de la expansión de los nobles francos en la plena Edad Media es comprobar el papel que jugaron en el aprovisionamiento de las dinastías reinantes en Europa. Al igual que las nuevas monarquías nacionales del siglo XIX sentaron en sus tronos a los príncipes menores de Alemania, las grandes familias de la Francia medieval enviaron a sus retoños ocupar tronos lejanos. Tuvieron un gran éxito en este empeño. En el año 1350 se contaban quince monarcas con título regio en la cristiandad latina. Algunos tenían un origen común, por lo que estos quince individuos procedían únicamente de diez familias ancestrales. Si se remonta la línea directa masculina de estos reyes hasta el siglo XI se deduce que de estas diez dinastías, cinco nacieron en el viejo reino de Francia, fundamentalmente en el norte, aunque una de las familias importantes, la de los Condes de Barcelona, era originaria del sur. Otras dos dinastías proceden de la zona oriental del reino de Francia propiamente dicho, una entroncada en la casa condal de Arlon en la Alta Lotaringia, la otra en la de los Condes de Borgoña. Sólo tres familias no eran de origen franco. Si se observa a los gobernantes de 1350, ahora de forma individual y no agrupándoles dinásticamente, el resultado es, si cabe, aún más sorprendente. De los quince monarcas, cinco descendían directamente de la casa real de Francia de los Capetos. De los diez restantes, siete descendían en línea masculina directa bien de las casas del reino de Francia, o bien de las casas de las regiones francófonas de Lotaringia y de Borgoña inmediatamente adyacentes a él. Esto deja sólo a tres reyes, los de los reinos escandinavos y Polonia, como representantes de antiguas dinastías no francas. Al final de la Edad Media, el 80 por ciento de los

La mesnada militar era uno de los cuerpos sociales básicos de la Europa medieval. Se trataba de un grupo de guerreros liderados por un señor, hombres que estaban ligados los unos a los otros por juramentos, por camaradería y por interés mutuo. Su antecedente lejano era el bando guerrero germánico, cuyos miembros recibían dones como parte de una amplia circulación de generosidades necesarias, y si tenían suerte recibían también tierra a cambio del servicio a su señor. La tierra, sin embargo, era un tipo especial de recompensa y la menos frecuente, el recurso más escaso que tenía el valor más alto. Los caballeros de las mesnadas y de las casas nobiliarias consideraban la obtención de un territorio o de un feudo como su aspiración mayor, y hay que tener en cuenta que era enorme la presión que estos hombres ejercían para lograr un feudo ya que eran conscientes de que una dotación de tierra era un requisito sine qua non para poder casarse y tener una familia. Los caballeros de las casas y de los séquitos envejecían, y preferían obviamente llegar a viejos en sus propias tierras, rodeados por su esposa y sus hijos, que vivir a costa de las sobras del banquete. El feudo, tal y como se definía en el lenguaje cada vez más técnico de los libros de leyes en los siglos XII y XIII era una novedad, pero la concesión de tierras como recompensa al servicio militar no lo era. Ese intercambio, en un conjunto de principios legales, fue lo que provocó la dinámica del mundo de las comitivas. La escasez general de feudos puede observarse en las provisiones del Sachsenspiegel , un código de leyes germano escrito en torno a 1220. Se rastrea entre líneas la existencia de una presión continua por parte de los que no tenían feudos. La pelea por los vasallos y por los nuevos feudos, tan evidente en el siglo XI, se podría considerar así la razón del surgimiento del expansionismo aristocrático en ese período. Nos encontramos frente a un sistema circular; cuanto más tierra se poseía se podía dotar de feudos a un mayor número, y cuantos más caballeros se tenían más fácil era conquistar nuevas tierras. El hecho de que los señores que tenían mesnadas compitieron entre sí no explica, sin embargo, las razones que llevaron al conjunto de la aristocracia a emprender ese movimiento de expansión. Tanto en el mundo de las bandos germánicos como en el de la comitiva feudal había perdedores y ganadores, ancianos sin herederos, familias que se encontraban entre la espada y la pared, señores cuyos seguidores disminuían año a año. La necesidad de expansión que sentía un señor podía seguramente solucionarse mediante la derrota o la absorción de otro. Era sólo la nobleza inferior la que debía realmente afrontar la disyuntiva entre empobrecimiento y aventura. Las tendencias demográficas de la nobleza francesa en el siglo XI son, y lo seguirán siendo, desconocidas pero no es posible que la tasa general de reproducción se acerque ni de lejos al caso de Tancredo de Hauteville que tuvo doce hijos. Es plausible que los aristócratas militares infradotados buscarán fortuna en el exterior. Pero si éste fuera el caso, sin embargo, es difícil explicar porque los aventureros normandos crearon reinos en la Italia meridional, mientras que los caballeros del sur de Italia no llevaron a cabo incursiones similares en Francia. Historiadores alemanes y franceses han sugerido que entre los siglos X y XII se produjo una transformación en el interior de la estructura de la familia aristocrática. Los vínculos laxos de parentesco que equiparaban la importancia de las relaciones maternas y paternas, y que no implicaban la existencia de un núcleo genealógico o territorial permanente, fueron reemplazados por linajes definidos más claramente en los que el patrimonio y la primogenitura se hicieron cada vez más importantes. Llegó a ser dominante, a expensas de la parentela más extensa y amorfa del período anterior, una única línea de descendencia masculina que excluía, en la medida de lo posible, a los hermanos menores, a los primos y a las mujeres. Si este panorama es verosímil, es posible que la expansión de los siglos XI, XII y XIII fuera una de sus consecuencias, ya que el declive de las oportunidades de algunos miembros de la aristocracia familiar pudo haber sido el estímulo de la emigración.

El problema no era simplemente que hubiera demasiados hijos, sino que la construcción de la estructura familiar generaba nuevas incapacidades. Es cierto que los linajes nobiliarios del siglo XIII tuvieron algunos rasgos, como su insistencia en la descendencia paterna y las limitaciones a las pretensiones de los parientes lejanos, que los distinguen de los del siglo X. Tenían nombres procedentes de sus propiedades o de sus castillos que los identificaban a lo largo del tiempo. Tenían insignias heráldicas que seguían normas cada vez más elaboradas que identificaban sus orígenes familiares, diferenciando visiblemente las ramas más antiguas de las más recientes y dando preferencia la descendencia masculina. La implicación de los parientes fue disminuyendo en asuntos tan cruciales como la vendetta y la transmisión de la propiedad. En la Inglaterra del siglo XII, si el muerto era un caballero, entonces de acuerdo con la ley del reino de Inglaterra «el hijo mayor sucedía a su padre en todo». En 1185 el duque, obispos y barones de Bretaña llegaron al acuerdo de que «de ahora en adelante no habrá división en las baronías y en los derechos de los caballeros, sino que el mayor por nacimiento tendrá el señorío en su totalidad». Es una práctica frente a la que se alzaron voces críticas. Quién hace a los hermanos desiguales? Uno tiene abundancia y recibe toda la propiedad paterna, el otro lamenta su vacío y la mísera parte que le corresponde de la rica herencia paterna. De este modo nació la «casa» en sentido estricto, es decir, una línea de padres a hijos que se prolongaba en el tiempo centrada en las propiedades familiares hereditarias. El estrechamiento y fortalecimiento de la familia en torno a la línea masculina parecen así bien comprobados. Pero, ¿la aparición de nuevas estructuras de parentesco en la aristocracia y la puesta en marcha del sistema feudal no progresaron acaso al mismo tiempo?, ¿no estarán relacionados?. Quizás la clave de la expansión nobiliaria de los siglos XI, XII y XIII no radique tan sólo en la dinámica de la guerra de bandas, o bien en las estructuras del parentesco, sino en una conjunción decisiva entre las dos. Se ha esgrimido el argumento de que las estructuras feudales hacen necesario que la nobleza tenga una base territorial más segura generando una clase militar más enraizada en sus señoríos territoriales, al tiempo que el siglo XII se ha caracterizado como un período “de reorganización de la clase caballeresca normanda sobre una base territorial". También se ha comentado que la transmisión intacta de los recursos de generación en generación fue una premisa a la consolidación de las instituciones militares feudales. La posibilidad de que se trate, en realidad, no sólo de la existencia de un nuevo personal sino de una nueva clase de nobleza es aún más importante. El surgimiento de una clase de caballeros, en origen de bajo nivel y a menudo sin tierras, combinado con el impacto de la primogenitura y la idea dinástica pudo haber sobrecargado el sistema hasta tal punto que la salida al exterior fuera la respuesta natural. No podemos tener la certeza absoluta, pero quizás se pueda aceptar que la nobleza franca, una élite militar relativamente pequeña, se organizó hacia el siglo XI en linajes patrilineales o en casas dinásticas y se asentó firmemente en señoríos territoriales, contrastando así nítidamente con las estructuras aristocráticas de parentesco de los mundos vecinos sobre los que estaba empezando a imponerse.

El impacto sobre la periferia

Tanto si se puede explicar o no el agresivo dinamismo de los caballeros francos por las tensiones feudales, no cabe duda de que la difusión de las formas orales es una de sus consecuencias. Regiones como Irlanda, el Báltico oriental, Grecia, Palestina y Andalucía, que no conocían feudos, vasallos ni homenaje en 1050, se habituaron a ellos en los siglos posteriores. En la Italia meridional el homenaje y el feudo llegaron en las postrimerías de la conquista. Los conquistadores victoriosos o los guerreros inmigrantes de la Plena Edad Media, esperaban una recompensa y esa recompensa era lo que se solía llamar un feudo, una porción de propiedad entregada por un señor a un vasallo a cambio de los servicios prestados, generalmente militares; mediante la entrega de feudos se creaban nuevas

preexistentes entre ambos grupos. La barrera entre cristianos y paganos era por lo general infranqueable, si bien la supervivencia de aristocracias musulmanas en algunos lugares muestra que el exterminio no fue la única salida. Las noblezas foráneas de la Plena Edad Media tenían diferentes relaciones y actitudes con las gentes y culturas indígenas y podían oscilar entre ser una élite conquistadora y extranjera, una élite monopolizadora del poder pero sensible a la cultura nativa o un grupo mezclado con los aristócratas. Un pequeño indicio de adaptación cultural es la adopción de locativos procedentes de las nuevas posesiones y el abandono de los que traían desde sus regiones natales. El resultado lingüístico real en las áreas colonizadas de Europa dependía tanto de la llegada de nobles cuanto del volumen de inmigración no aristocrática que acompañaba a aquella. Los vínculos que los grupos aristocráticos que acababan de llegar a las periferias colonizadas de Europa mantuvieron con sus tierras natales variaron mucho la fuerza y duración. Aveces dieron lugar a una nobleza internacional o tranaregional, al menos durante un cierto tiempo. Los vínculos entre el viejo y el nuevo hogar no se manifestaban únicamente en el mantenimiento de las propiedades. A menudo se daba el caso de que nobles que habían sido afortunados en la conquista compartieron sus nuevos ingresos con las instituciones religiosas de sus lugares natales. El movimiento de conquista y de búsqueda de tierras dejó así su impronta tanto en la geografía de la propiedad territorial como en la monástica. Sin embargo, no resultaba fácil que esos vínculos se mantuvieran de forma permanente. Aunque los grandes nobles podían desplazarse libremente por los distintos núcleos regionales de sus propiedades, los hombres de rango inferior tuvieron que elegir entre estar presentes o ausentes en sus tierras, y si elegían lo último, tenían serios problemas para mantener el control real de la propiedad y fuertes incentivos para desprenderse de ella a cambio de dinero. Tras un lapso de pocas generaciones y en ausencia de vínculos continuos con la región de origen, los descendientes de los inmigrantes podían llegar a ser tan nativos como los descendientes de los propios nativos. Por otra parte, si los grandes señores conservaban sus propiedades pero ya no residían en ellas, surgía una clase absentista, un fenómeno «colonial» en el sentido actual del término. También podían romperse las ataduras entre las viejas y las nuevas tierras. Las cuestiones geográficas también jugaron un papel importante a la hora de determinar la persistencia de los vínculos entre los viejos y los nuevos hogares. La expansión en regiones cercanas accesibles por tierra, no perturbaron por lo general los vínculos aristocráticos. Las largas distancias y las travesías marítimas eran otra cosa. Tal como sucedió en el caso más conocido de «ultramar», el de los estados cruzados, la expansión de la Plena Edad Media produjo un número de sociedades menores que actuaron como cabezas de puente. El rasgo distintivo de las aristocracias coloniales, el hecho de que eran inmigrantes recién llegados, se fue difuminando gradualmente. Excepto cuando existía una diferencia étnica o religiosa entre los foráneos y las poblaciones nativas, las noblezas coloniales se asemejaron cada vez más, en realidad, a las noblezas nativas. Y ello a pesar de la conciencia que hubieran desarrollado de sus heroicos días como conquistadores y colonizadores.

X. LA IGLESIA ROMANA Y EL PUEBLO CRISTIANO.

La definición de la cristiandad latina que se avanzó en el capítulo inicial de este libro era doble: la cristiandad latína era un rito y una obediencia. Los dos aspectos se encontraban estrechamente relacionados. En el curso de la Plena Edad Media lo estuvieron aún más. Algunas religiones y otras observancias del cristianismo han podido tolerar una diversidad litúrgica mayor dentro de su marco

organizativo, mientras que otros han valorado la uniformidad litúrgica pero no han llegado a establecer un vínculo estrecho con ninguna autoridad jurisdiccional en particular; la cristiandad latina por el contrario se caracterizó tanto por su énfasis en la uniformidad de la plegaria pública como por la equivalencia (aunque no absoluta) entre la práctica litúrgica y la lealtad institucional entre el rito y la obediencia. La obediencia en cuestión y el modelo litúrgico eran por supuesto romanos. Un obispo, el obispo de Roma, era superior a todos los demás. La cristiandad latina estaba formada por territorios y por gentes que admitían estas reivindicaciones. Uno de los aspectos que distinguen la Alta Edad Media de la Plena Edad Media es el significado que se atribuyó a tales reivindicaciones y el grado de éxito en hacerlas cumplir, puesto que, a pesar de que el papado había disfrutado de una posición de prestigio y centralidad en la Europa occidental desde el nacimiento mismo de la cristiandad oficial bajo Constantino, los medios y mecanismos sobre los que se asentaba esa posición sufrieron una transformación a partir del siglo XI. Partiendo del movimiento de reforma que se puso en marcha entre los años centrales y finales de esa centuria el poder papal se incrementó, se fueron reforzando las decisiones pontificias y la uniformidad ritual fue cada vez más real. Una consecuencia de todo ello fue que los cristianos latinos se fueron sintiendo gradualmente más identificados como tales. La reverencia San Pedro, la obediencia al Papa y el compromiso con ciertas formas de oración y gobierno de la Iglesia se mezclaron y se intensificaron. La definición de los hombres y mujeres plenas medievales no puede separarse de las aspiraciones y de las estructuras de la Iglesia Romana. Uno de los aspectos más útiles que hay que tener en cuenta en este análisis de la «expansión» es la relación que existe entre esta autoapelación y otras caracterizaciones (sociales, económicas, militares) a las que se hace referencia cuando se habla de los habitantes de Europa en la Edad Media. Cualquier lector del registro del Papa Gregorio VII (1073-1085), el padre fundador de la monarquía pontificia plenomedieval, verá preservadas en un registro surgido del corazón del papado reformado las cartas que atestiguan el nacimiento y la crianza de los vínculos entre el papado y la nobleza italiana y transalpina. En ellas se puede encontrar una serie recurrente de órdenes exhortaciones y negaciones, destinadas a aliados aristocráticos potenciales o reales. Algunas de las conexiones precedieron el pontificado de Gregorio. Las iniciativas en los contactos entre Roma y los dirigentes aristocráticos del mundo cristiano no eran unilaterales, una alianza requería que existieran algunos intereses mutuos. Los vínculos entre los magnates antiimperiales del Norte y del Sur de los Alpes, el papado reformado y los partidarios de la guerra santa, tanto dentro como fuera de las fronteras de la cristiandad fueron con frecuencia cercanos y familiares. La correspondencia de Gregorio VII también puede servir para darnos una idea de los horizontes geográficos del papado reformado. Se conservan más de 400 de sus cartas, la gran mayoría en torno al 65 por ciento se dirigían a los obispos y otros prelados de Francia, Italia y Alemania. Pero, no obstante, un número bastante elevado tuvo como destinatarios aquellos magnates laicos, los duques y contras del mundo poscarolingio. Gloria escribió con más frecuencia esto es más grandes que los reyes de Francia y de Alemania. Allá de las fronteras del antiguo Imperio Carolingio la correspondencia papel se reduce radicalmente; menos de una quinta de las cartas de Gregorio destinatario desconocido se dirige a esta zona. Algunas regiones, como Bohemia o Inglaterra, estaban, no obstante, bastante familiarizadas con el particular estilo gregoriano. Pero lo que es sorprendente aquí es que en esta zona más externa las misivas papales se dirigían con más frecuencia los reyes ya sus familiares. En Francia, Alemania e Italia a las cartas de los miembros de las familias reales representan sólo tres de cada cien; fuera de esta área constituyen casi las tres cuartas partes de la actividad epistolar total que se conserva. Razones pueden explicar este modelo de distribución. La primera es la más obvia la de que Gregorio

Edad Media el sintagma« el nombre cristiano» era de uso frecuente. En muchas ocasiones el «nombre» significaba mucho más que una mera apelación. El poder del sintagma el nombre cristiano era el poder de la identidad. Mediante su capacidad de identificar y de diferenciar proporcionó a los prelados, a los príncipes y a los cronistas de la cristiandad una forma de referirse a sí mismos. Cuando los grandes papas imperialistas de la Plena Edad Media quisieron expresar el alcance de sus reclamaciones afirmaron que «todos los reinos en los que se venera el nombre cristiano ven a la Iglesia romana como una madre». El término latino nomen también puede traducirse como “familia” o “ascendencia” y, en cierto sentido, el atributo cristiano puede llegar a tener un significado cuasi étnico. Es cierto que los cristianos se hace y no nace pero la gran mayoría de los que nacieron en la Europa cristiana en la plena Edad Media se sometieron al bautismo por rutina. Este sentido el nico de cristiano puede encontrarse con bastante frecuencia y quizás de forma creciente en los siglos centrales del medievo. El término «el pueblo cristiano» (populus christianus) que era habitual implica simplemente la comunidad de cristianos. La expansión del nuevo milenio condujo a los cristianos a donde los cristianos nunca habían llegado antes y las circunstancias reforzaron la idea de que éstos eran un pueblo, una tribu o una raza. Encontraron con poblaciones de tradiciones leyes y lenguas bastante diferentes ya menudo se constituyeron una minoría privilegiada. La diferencia de credo y la identidad étnica se entrelazaron de forma inextricable. Los cristianos latinos, a medida que si iban encontrando con pueblos extraños en el curso de su expansión plenomevieval, adoptaban los conceptos de raza y de sangre para describir su identidad grupal. Algunos de los pueblos con los que entraron en contacto establecían la misma equivalencia. De forma paralela al rasgo “racializador” encontramos otro, que ponía el acento no en la ascendencia sino en el territorio. Los cristianos eran un pueblo o una raza; tenían también sus propias tierras o regiones, que se podían situar geográficamente. La palabra que denominaba habitualmente esta tierra de los cristianos era la de cristiandad, u jau que señalar que su uso aumentó enormemente a finales del siglo XI y que su campo semántico se fue desplazando hacia un sentido más territorial que abstracto. Chistianitas tiene una larga historia. Aunque su significado más común en la Alta Edad Media era “la fe cristiana”, “lo que hace a uno cristiano”. El concepto se territorializó gradualmente. Cuando Gregorio VII escribió a los obispos germanos sobre los peligros que podían acechar “no sólo a vuestros reinos y el pueblo de los germanos, sino hasta donde lleguen las fronteras de la cristiandad ( fines Cristianitas )”, su “cristiandad” se caracterizaba claramente por tener un alcance territorial. El concepto alcanzó si sentido territorial más definido al describir un área cuyas fronteras se encontraban en proceso de ampliación a expensas de otros territorios. La gran expansión de la cristiandad latina en la Plena Edad Media podía conceptualizarse de muchas maneras diferentes, por ejemplo, como “el aumento en número y en mérito del pueblo cristiano”, pero los términos que llegaron a predominar evocaban imágenes de expansión física y de crecimiento ( dilatatio ). Como es natural, las cruzadas constituían el foco por excelencia de tal terminología; las grandes encíclicas cruzadas hablaban de los cruzados que se habían entregado con celo a la lucha “para expandir ( dilatare ) el nombre de Cristo por aquellos lugares”, y los legados papales rezaban antes de la batalla para que Dios “ampliara ( dilataret ) el reino de Cristo y la Iglesia de mar a mar”. Lo que hizo de la expansión una experiencia intensificadora de la identidad fue el hecho de que una entidad territorial cuasi étnica se enfrentara abiertamente con otras. Los hombres que se veían a sí mismos como miembros de la cristiandad eran conscientes de que el resto del mundo no formaba parte de ella. Esto emerge en el vocabulario dualista mediante el cual los cristianos y la cristiandad se contraponían y se enfrentaban a sus opuestos. El abstracto “cristiandad”, también evocaba a su imagen especular: la, podríamos decir, “paganidad”. El mundo se veía como el escenario de un choque de grandes esferas religioso-territoriales. Jesús no solo era el “artífice del nombre cristiano” sino también el “propagador de la expansión de la cristiandad”.

La cristiandad que estrenaba una nueva conciencia de sí misma en los siglos XI,XII y XIII no era la cristiandad de Constantino, sino una entidad firmemente occidental, la cristiandad latina. Las iglesias griegas y latinas de los siglos centrales de la Edad Media tenían, por supuesto, un ancestro común en la Iglesia de los tiempos apostólicos y altomedievales. En la región mediterránea no habría originariamente una barrera definida entre ellas y, a pesar de la frontera jurisdiccional que existían entre los patriarcados orientales y Roma, ésta no siempre coincidía con la geografía del rito ni tampoco era inmutable. Entre la época de los últimios concilios ecuménicos (680,787, 869) u la excomunión mutua de 1054, la fecha tradicionalmente (aunque ya no generalmente) atribuida al cisma definitivo entre ambas iglesias, los problemas entre las partes occidental y oriental de la Iglesia se agudizaron. El Mediterráneo fue uno de los escenarios en que se libraron los conflictos sobre la autoridad u el culto, donde los papas, patriarcas y emperadores convocaron concilios, intercambiaron cartas y, al final, profirieron condenas. Otro escenario fue el nuevo mundo misionero del norte y del este de Europa. Opciones a veces difuminadas en las regiones mediterráneas, donde siglos de contacto y tradición común contrapesaban las hostilidades y diferencias que surgían, se planteaban con toda su crudeza en las zonas de evangelización. En estos lugares, las nuevas comunidades cristianas tenían que elegir y suscribir las prácticas y la autoridad del mundo griego o del latino. Asuntos que podían quedarse sin resolver o mantenerse en posiciones ambiguas en las viejas ciudades grecorromanas, se presentaban de forma drástica ante los reyes bárbaros. A partir del siglo IX, los misioneros latinos y griegos entraron en contacto – y con frecuencia en conflicto – en los Balcanes y en la Europa oriental. La futura configuración cultural de Europa se detemrinaría dependiendo de si los distintos reyes o pueblos decantaban por Roma o por la Iglesia griega. Los rusos eligieron Oriente, los polacos y magiares Occidente. Una fisura se abrió lentamente dentro de la cristiandad europea. Las etapas finales de esta evolución se produjeron en las cercanías de las orillas del Báltico durante los siglos XIII y XIV. El choque entre griegos y latinos en las regiones mediterráneas se remontaba a siglos atrás; ahora, como consecuencia de la expansión de la cristiandad latina en los siglos centrales de la Edad Media, se creó una nueva frontera grecolatina. De forma gradual, las dos observancias entraron en contacto a lo largo de todo el eje Norte-Sur. Con la conversión oficial de Lituania en 1386, la frontera se convirtió en una línea continua: los antagonistas se encontraron cuerpo a cuerpo. La nueva contigüidad y la intensidad creciente del odio y de la sospecha hicieron a los latinos más latinos y a los griegos más griegos.

Las órdenes religiosas.

El esqueleto institucional sobre el que reposaba esta intensa identidad cristiana latina lo proporcionaba no sólo un papado rejuvenecido sino también un tipo completamente nuevo de organización: la orden religiosa de carácter internacional, que nació en el siglo XII y se desarrolló en el XIII. Durante el período que aquí se trata (950- 1350), se pueden distinguir cuatro etapas en la evolución de las órdenes monásticas, que se corresponden grosso modo con los cuatro siglos que van entre el X y el XIII. En la primera etapa, durante el siglo X, la mayoría de los monasterios siguieron una regla básica común, la benedictina, que prescribía las normas sobre el funcionamiento de la casa e implicaba, igualmente, una filosofía, o un modo de acercamiento, a la vida monástica. Cada cenobio era independiente de las demás, su abad era la autoridad suprema en su interior, y se suponía que los monjes debían permanecer para siempre en la casa donde habían profesado formalmente. Los monjes benedictinos se financiaban mediante dotaciones sustanciales de tierra, compuestas de villas y granjas que proporcionaban productos y rentas suficientes para alimentar y vestir a los monjes y para pagar sus enormes construcciones, sus vestimentas, sus libros y sus ornamentos. Los mayores monasterios benedictinos eran las instituciones más ricas de Europa. La siguiente etapa en la organización del monaquismo occidental está marcada por una innovación de primer orden que comenzó en el siglo X pero que no alcanzó su cenit hasta finales del siglo XI. Esta innovación se asocia con la abadía de Cluny, en Borgoña. El sistema cluniacense implicaba vinculaciones entre las diferentes casas, y estos vínculos eran de dos clases. El vínculo más estrecho