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Resumen libro lengua, Resúmenes de Lengua y Literatura

El mejor resumen del libro de lengua

Tipo: Resúmenes

2025/2026

Subido el 25/03/2026

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pablo-moran-5 🇪🇸

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«Mosén Millán pensaba si el centurión habría sacado
la pistola para amenazarle o sólo para aliviar su cinto
de aquel peso. Era un movimiento que le había visto
hacer otras veces. Y pensaba en Paco, a quien
bautizó, a quien casó. Recordaba en aquel momento
detalles nimios, como los búhos nocturnos y el olor
de las perdices en adobo. Quizá de aquella respuesta
dependiera la vida de Paco. Lo quería mucho, pero
sus afectos no eran por el hombre en sí mismo, sino
por Dios. Era el suyo un cariño por encima de la
muerte y la vida. Y no podía mentir.»
Réquiem por un campesino español,
considerada una de las mejores novelas
en castellano del siglo xx, se publicó por
primera vez en México en 1953 con el
título original de Mosén Millán. Por
entonces el autor ya llevaba años
exiliado en Estados Unidos, y no fue
hasta 1974 cuando esta historia que
ilustra fielmente la vida y los horrores
de la guerra civil se publicó en nuestro
país.
Premio Nacional de Literatura en 1935
con su novela Mister Witt en el Cantón,
Ramón J. Sender fue un escritor
prolífico que con tan solo treinta y
cuatro años ya había escrito, con gran
maestría, algunas de sus obras más
emblemáticas, logrando así convertirse
en una de las figuras más destacadas de
la literatura.
En un pueblecito aragonés, el párroco
Mosén Millán se dispone a ofrecer una
misa por el alma de Paco el del Molino,
un joven campesino al que quería como
a un hijo. Mientras aguarda a los
feligreses, el cura reconstruye los hechos
acontecidos durante la frustrada
mediación que inició con la esperanza
de poder salvar al muchacho, pero que
solo sirvió para entregarlo a las fauces
de sus ejecutores.
Diseño de la cubierta: Planeta Arte & Diseño
Ilustración de la cubierta: © Miguel Gallardo
Áncora y DelfínÁncora y Delfín ClásicosClásicos
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R 7
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PVP 15,00
Réquiem por un campesino español
retrata, con gran sobriedad y sencillez
estilísticas, un episodio dramático que,
al tiempo que nos muestra la realidad
social de la época, nos invita a
reflexionar sobre un periodo histórico
de nuestro país cuyas heridas todavía
siguen abiertas.
En el 120 aniversario del nacimiento de
Ramón J. Sender, en 2021, Destino
reedita una de sus obras más simbólicas
prologada por Ignacio Martínez de
Pisón, también premio Nacional de
Literatura.
(Sigue en la otra solapa.)
Ramón J. Sender Réquiem por un campesino español
Réquiem
por un campesino
español Ramón J.
Sender
Prólogo de Ignacio Martínez de Pisón
SELLO
FORMATO
SERVICIO
Ediciones Destino
13,3 x 23
xx
COLECCIÓN Áncora y Delfín
Rústica con solapas
CARACTERÍSTICAS
4/0
cmyk
-
IMPRESIÓN
FORRO TAPA
PAPEL
PLASTIFÍCADO
UVI
RELIEVE
BAJORRELIEVE
STAMPING
GUARDAS
folding
MATE
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INSTRUCCIONES ESPECIALES
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PRUEBA DIGITAL
VALIDA COMO PRUEBA DE COLOR
EXCEPTO TINTAS DIRECTAS, STAMPINGS, ETC.
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ClásicosClásicos

Réquiem

por un campesino

español Ramón J.

Sender

Prólogo de Ignacio Martínez de Pisón

Réquiem

por un

campesino

español

Ramón J.

Sender

Prólogo

de Ignacio Martínez de Pisón

Ediciones Destino Colección Clásicos Volumen 25

El cura esperaba sentado en un sillón con la cabeza inclinada sobre la casulla de los oficios de réquiem. La sacristía olía a incienso. En un rincón había un fajo de ramitas de olivo de las que habían sobrado el Domingo de Ramos. Las hojas estaban muy se- cas y parecían de metal. Al pasar cerca, Mosén Mi- llán evitaba rozarlas porque se desprendían y caían al suelo. Iba y venía el monaguillo con su roquete blan- co. La sacristía tenía dos ventanas que daban al pe- queño huerto de la abadía. Llegaban del otro lado de los cristales rumores humildes. Alguien barría furiosamente, y se oía la escoba seca contra las piedras, y una voz que llamaba: —María... Marieta... Cerca de la ventana entreabierta un saltamon- tes atrapado entre las ramitas de un arbusto trata- ba de escapar y se agitaba desesperadamente. Más

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lejos, hacia la plaza, relinchaba un potro. «Ése debe ser —pensó Mosén Millán— el potro de Paco el del Molino, que anda, como siempre, suelto por el pueblo.» El cura seguía pensando que aquel po- tro, por las calles, era una alusión constante a Paco y al recuerdo de su desdicha. Con los codos en los brazos del sillón y las ma- nos cruzadas sobre la casulla negra bordada de oro, seguía rezando. Cincuenta y un años repitien- do aquellas oraciones habían creado un automatis- mo que le permitía poner el pensamiento en otra parte sin dejar de rezar. Y su imaginación vagaba por el pueblo. Esperaba que los parientes del di- funto acudirían. Estaba seguro de que irían —no podían menos— tratándose de una misa de ré quiem , aunque la decía sin que nadie se la hubiera encargado. También esperaba Mosén Millán que fueran los amigos del difunto. Pero esto hacía du- dar al cura. Casi toda la aldea había sido amiga de Paco, menos las dos familias más pudientes: don Valeriano y don Gumersindo. La tercera familia rica, la del señor Cástulo Pérez, no era ni amiga ni enemiga. El monaguillo entraba, tomaba una campa- na que había en un rincón y, sujetando el badajo para que no sonara, iba a salir cuando Mosén Mi- llán le preguntó: —¿Han venido los parientes?

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Eso del centurión le parecía al monaguillo más bien cosa de Semana Santa y de los pasos de la ora- ción del huerto. Por las ventanas de la sacristía lle- gaba ahora un olor de hierbas quemadas, y Mosén Millán, sin dejar de rezar, sentía en ese olor las añoranzas de su propia juventud. Era viejo y esta- ba llegando —se decía— a esa edad en que la sal ha perdido su sabor, como dice la Biblia. Rezaba entre dientes con la cabeza apoyada en aquel lugar del muro donde a través del tiempo se había for- mado una mancha oscura. Entraba y salía el monaguillo con la pértiga de encender los cirios, las vinajeras y el misal. —¿Hay gente en la iglesia? —preguntaba otra vez el cura. —No, señor. Mosén Millán se decía: es pronto. Además, los campesinos no han acabado las faenas de la trilla. Pero la familia del difunto no podía faltar. Seguían sonando las campanas que en los funerales eran lentas, espaciadas y graves. Mosén Millán alargaba las piernas. Las puntas de sus zapatos asomaban debajo del alba y encima de la estera de esparto. El alba estaba deshilándose por el remate. Los za- patos tenían el cuero rajado por el lugar donde se doblaban al andar, y el cura pensó: tendré que en- viarlos a componer. El zapatero era nuevo en la al- dea. El anterior no iba a misa, pero trabajaba para

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el cura con el mayor esmero y le cobraba menos. Aquel zapatero y Paco el del Molino habían sido muy amigos. Recordaba Mosén Millán el día que bautizó a Paco en aquella misma iglesia. La mañana del bautizo se presentó fría y dorada, una de esas ma- ñanitas en que la grava del río que habían puesto en la plaza durante el Corpus crujía de frío bajo los pies. Iba el niño en brazos de la madrina, envuelto en ricas mantillas y cubierto por un manto de raso blanco, bordado en sedas blancas, también. Los lu- jos de los campesinos son para los actos sacramen- tales. Cuando el bautizo entraba en la iglesia, las campanitas menores tocaban alegremente. Se po- día saber si el que iban a bautizar era niño o niña. Si era niño, las campanas —una en un tono más alto que la otra— decían: no és nena, que és nen; no és nena, que és nen. Si era niña cambiaban un poco, y decían: no és nen, que és nena; no és nen, que és nena. La aldea estaba cerca de la raya de Lérida, y los campesinos usaban a veces palabras catalanas. Al llegar el bautizo se oyó en la plaza vocerío de niños, como siempre. El padrino llevaba una bolsa de papel de la que sacaba puñados de peladillas y caramelos. Sabía que, de no hacerlo, los chicos re- cibirían el bautizo gritando a coro frases desaira- das para el recién nacido, aludiendo a sus pañales y a si estaban secos o mojados.

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Luego soltó la carcajada. Mosén Millán, que es- taba leyendo su grimorio, alzó la cabeza: —Vamos, no seas bruto. ¿Qué sacas con esas bromas? Las mujeres reían también, especialmente la Jerónima —partera y saludadora—, que en aquel momento llevaba a la madre un caldo de gallina y un vaso de vino moscatel. Después descubría al niño y se ponía a cambiar el vendaje del ombli- guito. —Vaya, zagal. Seguro que no te echarán del baile —decía aludiendo al volumen de sus atribu- tos masculinos. La madrina repetía que durante el bautismo el niño había sacado la lengua para recoger la sal, y de eso deducía que tendría gracia y atractivo con las mujeres. El padre del niño iba y venía, y se de- tenía a veces para mirar al recién nacido: «¡Qué cosa es la vida! Hasta que nació ese crío, yo era sólo el hijo de mi padre. Ahora soy, además, el padre de mi hijo». —El mundo es redondo, y rueda —dijo en voz alta. Estaba seguro Mosén Millán de que servirían en la comida perdiz en adobo. En aquella casa so- lían tenerla. Cuando sintió su olor en el aire, se le- vantó, se acercó a la cuna y sacó de su breviario un pequeñísimo escapulario que dejó debajo de la al-

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mohada del niño. Miraba el cura al niño sin dejar de rezar: ad perpetuam rei memoriam... El niño pa- recía darse cuenta de que era el centro de aquella celebración y sonreía dormido. Mosén Millán se apartaba pensando: ¿De qué puede sonreír? Lo dijo en voz alta, y la Jerónima comentó: —Es que sueña. Sueña con ríos de lechecita ca- liente. El diminutivo de leche resultaba un poco extraño, pero todo lo que decía la Jerónima era siempre así. Cuando llegaron los que faltaban, comenzó la comida. Una de las cabeceras la ocupó el feliz pa- dre. La abuela dijo al indicar al cura el lado con- trario: —Aquí el otro padre, Mosén Millán. El cura dio la razón a la abuela: el chico había nacido dos veces, una al mundo y otra a la Iglesia. De este segundo nacimiento el padre era el cura párroco. Mosén Millán se servía poco, reservándo- se para las perdices. Veintiséis años después se acordaba de aquellas perdices, y en ayunas, antes de la misa, percibía los olores de ajo, vinagrillo y aceite de oliva. Revestido y oyendo las campanas, dejaba que por un mo- mento el recuerdo se extinguiera. Miraba al mona- guillo. Éste no sabía todo el romance de Paco y se quedaba en la puerta con un dedo doblado entre los dientes tratando de recordar:

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la aldea. Solía rezar la Jerónima extrañas oraciones para ahuyentar el pedrisco y evitar las inundacio- nes, y en aquella que terminaba diciendo: Santo Justo, Santo Fuerte, Santo Inmortal — líbranos, Se ñor, de todo mal , añadía una frase latina que sonaba como una obscenidad, y cuyo verdadero sentido no pudo nunca descifrar el cura. Ella lo hacía ino- centemente, y cuando el cura le preguntaba de dónde había sacado aquel latinajo, decía que lo ha- bía heredado de su abuela. Estaba seguro Mosén Millán de que si iba a la cuna del niño, y levantaba la almohada, encontraría algún amuleto. Solía la Jerónima poner cuando se trataba de niños una tijerita abierta en cruz para protegerlos de herida de hierro —de saña de hierro, decía ella—, y si se trataba de niñas, una rosa que ella misma había desecado a la luz de la luna para darles hermosura y evitarles las menstruaciones difíciles. Hubo un incidente que produjo cierta alegría secreta a Mosén Millán. El médico de la aldea, un hombre joven, llegó, dio los buenos días, se quitó las gafas para limpiarlas —se le habían empañado al entrar— y se acercó a la cuna. Después de reco- nocer al crío dijo gravemente a la Jerónima que no volviera a tocar el ombligo del recién nacido y ni siquiera a cambiarle la faja. Lo dijo secamente, y lo que era peor, delante de todos. Lo oyeron hasta los que estaban en la cocina.

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Como era de suponer, al marcharse el médico, la Jerónima comenzó a desahogarse. Dijo que con los médicos viejos nunca había tenido palabras, y que aquel jovencito creía que sólo su ciencia valía, pero dime de lo que presumes, y te diré lo que te falta. Aquel médico tenía más hechuras y maneras que concencia. Trató de malquistar al médico con los maridos. ¿No habían visto cómo se entraba por las casas de rondón, y sin llamar, y se iba derecho a la alcoba, aunque la hembra de la familia estuviera allí vistiéndose? Más de una había sido sorprendi- da en cubrecorsé o en enaguas. ¿Y qué hacían las pobres? Pues nada. Gritar y correr a otro cuarto. ¿Eran maneras aquéllas de entrar en una casa un hombre soltero y sin arrimo? Ése era el médico. Seguía hablando la Jerónima, pero los hombres no la escuchaban. Mosén Millán intervino por fin: —Cállate, Jerónima —dijo—. Un médico es un médico. —La culpa —dijo alguien— no es de la Jeróni- ma, sino del jarro. Los campesinos hablaban de cosas referentes al trabajo. El trigo apuntaba bien, los planteros —se- milleros— de hortalizas iban germinando y en la primavera sería un gozo sembrar los melonares y la lechuga. Mosén Millán, cuando vio que la con- versación languidecía, se puso a hablar contra las supersticiones. La Jerónima escuchaba en silencio.

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salió de quintas, y cuando murió, y cuando Mosén Millán trataba de decir la misa de aniversario, vi- vía todavía la Jerónima, aunque era tan vieja, que decía tonterías, y no le hacían caso. El monaguillo de Mosén Millán estaba en la puerta de la sacristía, y sacaba la nariz de vez en cuando para fisgar por la iglesia, y decir al cura: —Todavía no ha venido nadie. Alzaba las cejas el sacerdote pensando: no lo comprendo. Toda la aldea quería a Paco. Menos don Gumersindo, don Valeriano y tal vez el señor Cástulo Pérez. Pero de los sentimientos de este úl- timo nadie podía estar seguro. El monaguillo tam- bién se hablaba a sí mismo diciéndose el romance de Paco:

Las luces iban po’l monte y las sombras por el saso...

Mosén Millán cerró los ojos y esperó. Recorda- ba algunos detalles nuevos de la infancia de Paco. Quería al muchacho, y el niño le quería a él, tam- bién. Los chicos y los animales quieren a quien los quiere. A los seis años hacía fuineta , es decir, se escapa- ba ya de casa y se unía con otros zagales. Entraba y salía por las cocinas de los vecinos. Los campesi- nos siguen el viejo proverbio: al hijo de tu vecino

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límpiale las narices y mételo en tu casa. Tendría Paco algo más de seis años cuando fue por primera vez a la escuela. La casa del cura estaba cerca, y el chico iba de tarde en tarde a verlo. El hecho de que fuera por voluntad propia conmovía al cura. Le daba al muchacho estampas de colores. Si al salir de casa del cura el chico encontraba al zapatero, éste le decía: —Ya veo que eres muy amigo de Mosén Mi- llán. —¿Y usted no? —preguntaba el chico. —¡Oh! —decía el zapatero, evasivo—. Los cu- ras son la gente que se toma más trabajo en el mundo para no trabajar. Pero Mosén Millán es un santo. Esto último lo decía con una veneración exage- rada para que nadie pudiera pensar que hablaba en serio. El pequeño Paco iba haciendo sus descubri- mientos en la vida. Encontró un día al cura en la abadía cambiándose de sotana y al ver que debajo llevaba pantalones, se quedó extrañado y sin saber qué pensar. Cuando veía Mosén Millán al padre de Paco le preguntaba por el niño empleando una expresión halagadora: —¿Dónde está el heredero? Tenía el padre de Paco un perro flaco y malca-

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guna razón —por haberlo ganado en juegos o cam- balaches— lo tenía Paco, no se separaba de él, y mientras ayudaba a misa lo llevaba en el cinto bajo el roquete. Una vez, al cambiar el misal y hacer la genuflexión, resbaló el arma y cayó en la tarima con un ruido enorme. Un momento quedó allí, y los dos monaguillos se abalanzaron sobre ella. Paco empujó al otro y tomó su revólver. Se remangó la sotana, se lo guardó en la cintura y respondió al sa- cerdote: — Et cum spiritu tuo. Terminó la misa y Mosén Millán llamó a capí- tulo a Paco, le riñó y le pidió el revólver. Entonces ya Paco lo había escondido detrás del altar. Mosén Millán registró al chico y no le encontró nada. Paco se limitaba a negar, y no le habrían sacado de sus negativas todos los verdugos de la antigua Inquisi- ción. Al final, Mosén Millán se dio por vencido, pero le preguntó: —¿Para qué quieres ese revólver, Paco? ¿A quién quieres matar? —A nadie. Añadió que lo llevaba para evitar que lo usaran otros chicos peores que él. Este subterfugio asom- bró al cura. Mosén Millán se interesaba por Paco pensando que sus padres eran poco religiosos. Creía el sacer- dote que atrayendo al hijo, atraería tal vez al resto

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de la familia. Tenía Paco siete años cuando llegó el obispo y confirmó a los chicos de la aldea. La figu- ra del prelado, que era un anciano de cabello blan- co y alta estatura, impresionó a Paco. Con su mi- tra, su capa pluvial y el báculo dorado, daba al niño la idea aproximada de lo que debía ser Dios en los cielos. Después de la confirmación habló el obispo con Paco en la sacristía. El obispo le llamaba galo pín. Nunca había oído Paco aquella palabra. El diálogo fue así: —¿Quién es este galopín? —Paco, para servir a Dios y a su ilustrísima. El chico había sido aleccionado. El obispo, muy afable, seguía preguntándole: —¿Qué quieres ser tú en la vida? ¿Cura? —No, señor. —¿General? —No, señor, tampoco. Quiero ser labrador, como mi padre. El obispo reía. Viendo Paco que tenía éxito, si- guió hablando: —Y tener tres pares de mulas, y salir con ellas por la calle mayor diciendo: ¡Tordillaaa Capita- naaa, oxiqué me ca...! Mosén Millán se asustó y le hizo con la mano un gesto indicando que debía callarse. El obispo reía. Aprovechando la emoción de aquella visita del

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