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Asignatura: Arquitectura de computadoras, Profesor: CINTA GISBERT, Carrera: Teología, Universidad: UPCO
Tipo: Apuntes
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Barrow trata el estudio de la persistencia del espíritu inmortal de la civilización romana. Describe a los romanos como pueblo, como civilización y como cultura. Se suele decir que los hombres se conocen mejor por sus hechos, por lo tanto, para contestar a esta pregunta habrá que recurrir, en primer lugar, a la historia romana para buscar los hechos y, en segundo lugar, a la literatura para encontrar el espíritu inspirador de estos hechos. A los romanos les hubiera complacido que se les juzgara por su historia, para ellos historia significaba hechos. R. H. afirma que “se debe estudiar principalmente con el propósito de comprender su historia, mientras que la historia griega se debe estudiar principalmente con el propósito de comprender la literatura griega”. La respuesta sólo puede darse mediante un estudio de la historia romana. Pero este libro no es una historia de Roma; pretende suscitar la reflexión de si ese pueblo no merece un mayor estudio, y toma la forma de breves bosquejos de ciertos aspectos de la obra realizada por los romanos.
Para ellos existía una fuerza ajena al hombre, tanto en lo individual como en lo colectivo, a la cual debe subordinarse para evitar el desastre. Es cooperativo por lo mismo, es decir es un ser de mucha voluntad, en ese sentido se siente instrumento de su logro. En consecuencia se llega a tener conciencia de su vocación de una misión para sí y para los hombres que, como él, componen el Estado. Cuando un general romano celebraba su “triunfo” después de una campaña victoriosa, cruzaba la ciudad desde las puertas hasta el templo de Júpiter y allí ofrecía al dios “los triunfos que Júpiter había logrado por mediación del pueblo romano”.
.Su mentalidad es la del campesino-soldado. El destino del campesino es el trabajo inaplazable, las estaciones del año no esperan al hombre, por lo mismo es también paciente, las plagas y las contingencias del tiempo pueden malograr sus esperanzas. Es rutinario porque así es la naturaleza (lo único que hace él es seguir, acoplarse a la naturaleza), la siembra, la germinación y la recolección se dan en un tiempo establecido. Hombre y tierra es lo mismo. La vida del hombre es la vida de la tierra. Si como ciudadano se siente atraído al fin por la actividad política, será en defensa de sus tierras o de sus mercados o del trabajo de sus hijos. Para el campesino el conocimiento nacido de la experiencia vale más que la teoría especulativa. Sus virtudes son: la honradez y frugalidad, la previsión y la paciencia, el esfuerzo, la tenacidad y el valor, la independencia, la sencillez y la humildad frente a todo lo que es más poderoso. Éstas son también las virtudes del soldado. También él ha de conocer el valor de la rutina, que forma parte de la disciplina, ya que tiene que responder casi instintivamente a cualquier llamada repentina. Debe bastarse a sí mismo. El vigor y la tenacidad del campesino son necesarios al soldado, su habilidad práctica contribuye a hacer de él lo que el soldado romano debe ser: albañil, zapador, abridor de caminos y constructor de balates. Ha de trazar
un campamento o una fortificación, medir un terreno o tender un sistema de drenaje. Puede vivir en el campo porque eso es lo que ha hecho toda su vida. El soldado también sabe de ese elemento imprevisto capaz de trastornar el mejor de los planes, tiene conciencia de fuerzas invisibles y atribuye “suerte” a un general victorioso a quien algún poder -el destino o la fortuna- utilizan como instrumento. Es leal con las personas, los lugares y los amigos.
Si asume una actitud política violenta será con el fin de conseguir, cuando las guerras terminen, tierra para labrar y una casa donde vivir, y con una lealtad aún mayor recompensa al general que defiende su causa. Ha visto muchos hombres y muchos lugares, y con la debida cautela imitara lo que le parezca útil; pero para él su hogar y sus campos nativos forman “el rincón más risueño de la Tierra”, y no deseará verlos cambiar.
El estudio de la historia romana es, en primer lugar, el estudio del proceso por el que Roma, siempre consciente de su misión, se convirtió penosamente, de la ciudad-estado sobre las Siete Colinas, en la dueña del mundo; en segundo lugar, el estudio de los medios por los cuales adquirió y mantuvo su dominio. Estos medios fueron su singular capacidad de convertir a los enemigos en amigos, y eventualmente en romanos, aunque siguieran siendo españoles, galos o africanos. De ella derivaron su romanitas, su “romanidad”. Este vocablo es análogo a “civilización romana” si se toma la palabra “civilización” en un sentido estricto. Civilización es lo que los hombres piensan, sienten y hacen, así como los valores que asignan a lo que piensan, sienten y hacen. Es cierto que sus ideas creadoras y sus criterios afectivos y valorados dan por resultado actos que afectan profundamente el empleo de las cosas materiales; pero la civilización “material” es el aspecto menos importante de la civilización, que en realidad reside en la mentalidad de los hombres. Como dijo Tácito, “ sólo el ignorante piensa que los edificios suntuosos y las comodidades y lujos constituyen la civilización ”. La frase más concreta y común para definir la civilización es “ la paz romana “. Con esta idea comprendió el mundo más fácilmente el cumplimiento de la misión que el carácter, la experiencia y el poder romanos habían llevado gradualmente al más alto nivel de conciencia y que había cumplido deliberadamente. En los primeros tiempos, el caudillo del pueblo romano, para descubrir si el acto que el Estado se proponía realizar coincidía con la voluntad de los dioses que regían el mundo, tomaba los “auspicios” fijándose en los signos revelados ritualmente. Cicerón, al enumerar los principios fundamentales sobre los que descansa el Estado, concede el primer lugar “a la religión y a los auspicios”, y por “auspicios” entiende esa ininterrumpida sucesión de hombres, desde Rómulo en adelante, a quienes se les asignó el deber de descubrir la voluntad de los dioses. Los “auspicios” y los colegios sagrados, las vestales y lo demás, aparecen en las cartas de Símaco, nacido el año 340 d. c., uno de los más empecinados jefes de la oposición pagana al cristianismo, la religión “oficial” del Imperio. Es Cicerón quien dice que el origen del poder de Roma, su desarrollo y su conservación se debían a la religión romana, Horacio declara que la sumisión a los dioses dio al romano su imperio. Cuatro siglos más tarde, San Agustín dedica la primera parte del más vigoroso de sus libros a combatir la creencia de que la grandeza de Roma se debía a los dioses paganos, y que sólo en ellos se hallaría la salvación del desastre que la amenazaba. Puede muy bien decirse, con palabras del griego Polibio (20~123 a. c.), que por lo demás era escéptico:
“Lo que distingue al Estado romano y lo que le coloca sobre todos los otros es su actitud hacia los dioses. Me parece que lo que constituye un reproche para otras comunidades es precisamente lo que mantiene consolidado al Estado romano-me refiero a su reverente