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Roth entender la arquitectura libro
Tipo: Guías, Proyectos, Investigaciones
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La historia de la arquitectura es primordialmente una historia de la configuración del espacio por la mano del hombre.
Nikolaus Pevsner, Breve historia de la arquitectura europea , 1943
La arquitectura es el arte en cuyo interior nos movemos; es el arte que nos envuelve. Si bien Nikolaus Pevsner establecía una, en mi opi- nión discutible, división entre arquitectura y edificio, tengo, en cambio, muchos más mo- tivos de coincidencia con su observación si- guiente de que la arquitectura es la creación de espacio. 1 Tal como observa Pevsner, los pintores y escultores afectan nuestros sen- tidos creando cambios en las formas y en las relaciones de proporción entre ellas o a tra- vés de la manipulación de la luz y del color, pero sólo los arquitectos configuran el espa- cio en que vivimos y en que nos movemos. Frank Lloyd Wright, pensaba que el espacio era la esencia de la arquitectura y descubrió que Okakura Kakuzo expresaba la misma idea en The Book of Tea. La realidad de la ar- quitectura no reside en los elementos sólidos que la configuran, sino que, más bien, “la re- alidad de la arquitectura hay que buscarla en el espacio encerrado por la cubierta y las pa- redes antes que en ellas mismas”. 2 El arquitecto manipula espacios de mu- chos tipos. En primer lugar hay que hablar del espacio físico , que puede definirse como el volumen de aire limitado por las paredes, el suelo y el techo de una sala. Este espacio puede ser computado fácilmente y expresa- do en forma de metros cúbicos o de pies cú- bicos. Pero también existe un espacio percep- tible , que es el que puede ser percibido o vis- to. Este espacio, especialmente en edificios con paredes de vidrio, puede ser realmente dilatado e imposible de cuantificar.
El espacio conceptual , en estrecha vin- culación con el perceptivo, puede definirse como el mapa mental que llevamos en la ca- beza, el plano que queda almacenado en nues- tra memoria. Los edificios que funcionan bien son aquellos que los usuarios pueden com- prender fácilmente con su imaginación y en los que pueden desplazarse con soltura, casi sin necesidad de que nadie se los enseñe, como con una especie de inevitabilidad. De tales edificios puede decirse que tienen un buen espacio conceptual. El arquitecto también interviene decisi- vamente en la configuración del espacio fun- cional , que podría definirse como aquel en que realmente nos movemos y usamos. Para ilustrar con un ejemplo todos estos tipos de espacio, examinaremos la casa de Lloyd Lewis en Libertyville (Illinois), realizada en 1939 por Frank Lloyd Wright [3.1]. La vista de la sala de estar hacia la chimenea está de- finida por las librerías empotradas, el ladri- llo visto del conjunto de la chimenea, el suelo y el techo [3.2]; todas las superficies son opa- cas y transmiten una clara sensación de con- finamiento; el espacio físico es evidente. Si miramos hacia la izquierda, la vista se ex- tiende, a través de las grandes balconeras acristaladas, hacia el prado y el bosque que quedan al otro lado [3.3]; desde esta posición, el espacio perceptible alcanza al exterior, ex- tendiéndose a través del prado hasta el hori- zonte y el cielo. Si nos desplazamos hacia el comedor, podremos ver la mesa de comer fija y ligada a un machón de obra vista [3.4]. Para pasar desde la sala de estar al comedor y a la cocina es preciso rodear la mesa de co- mer, ya que ésta no puede ser desplazada. En un sentido estrictamente físico, la mesa ocu- pa realmente muy poco volumen, muy pocos metros cúbicos en relación con los centena- res que tienen la sala de estar y el comedor
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3.1. Frank Lloyd Wright, casa de Lloyd Lewis (casa Lewis), Lybertyville (Illinois), 1939. Plantas baja (arriba) y semisótano.
cocina
estudio
comedor sala de estar
dormitorio dormitorio
garaje semiabierto servicio^ invitados entrada
3.2. Casa Lewis. Vista de la sala de estar, mirando hacia la chimenea. Desde este punto, el espacio se nos presenta nítidamente definido y transmite una protectora sensación de enclaustramiento.
juntos, pero desde el punto de vista funcio- nal, determina de una manera rotunda y de- cisiva nuestros desplazamientos a través del espacio. El espacio arquitectónico es un podero- so configurador de comportamientos. Wins- ton Churchill lo entendió perfectamente cuando, en 1943, ante la Cámara de los Comunes, dijo: “Damos forma a nuestros edi- ficios y después nuestros edificios nos dan forma a nosotros”.^3 La Cámara, en la que los Comunes venían celebrando sus reuniones desde cerca de un siglo antes, había queda- do destruida por una bomba alemana en 1941, y el Parlamento empezaba a plante- arse medios alternativos para reconstruirla. Las primeras reuniones del Parlamento, allá por el siglo XIII , se realizaban en una de las salas del palacio medieval de Westminster, pasando posteriormente a la capilla del pa- lacio. Se trataba de una típica capilla gótica, estrecha y alta, con filas paralelas de sitiales de coro a ambos lados del pasillo central. Los parlamentarios se sentaban en los sitiales,
dividiéndose en dos grupos: el del partido del gobierno a un lado del pasillo y, del otro lado del pasillo, el de la leal oposición. Muy raro era el parlamentario que tomaba la grave decisión de cruzar el pasillo para cambiar de filiación política. Cuando, tras el incendio de 1834, hubo que reconstruir el Parlamento de Londres, se hizo en estilo neogótico y, en 1943, Churchill sostenía que ese mismo es- tilo era el que debía seguirse. Hubo quien pretendió reconstruir la Cámara con los asientos dispuestos en abanico, a la mane- ra de las cámaras legislativas de Estados Unidos y Francia, a lo que Churchill replicó, convincentemente, que la forma del gobier- no parlamentario inglés había sido confi- gurada por el entorno físico en el que estuvo alojado por primera vez; según su razona- miento, cambiar ese entorno, darle un espa- cio funcional distinto, significaría también alterar la verdadera naturaleza del hecho par- lamentario. Los ingleses habían configurado primero su arquitectura, y después la arqui- tectura había configurado al gobierno y a
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3.5. Plaza de San Marcos, Venecia (Italia), 830-1640. Este cierre exterior contiene aspectos de los espacios físico, perceptible y funcional.
la historia de Inglaterra. Así fue como, gra- cias al poder de persuasión de Churchill, el Parlamento fue reconstruido con arreglo a la disposición medieval de filas de escaños paralelos situados frente a frente, a uno y otro lado del pasillo central [19.8]. Esos conceptos de espacio físico, per- ceptivo y funcional se han aplicado aquí a los espacios contenidos en el interior de edifi- cios concretos. Con sólo unos ligeros reto- ques en las definiciones, también pueden emplearse esos mismos términos para des- cribir la experiencia vital en grandes espa- cios al aire libre. Consideremos, por ejemplo, la gran sala al aire libre de la plaza de San Marcos de Venecia [3.5]. Si nos situamos en la plaza mirando hacia el oeste, el espacio está claramente definido y delimitado por las fachadas de los edificios de los lados y del frente; ocurre algo parecido si nos damos la vuelta y miramos hacia el este, hacia la
iglesia de San Marcos, pero la luz que nos lle- ga desde la derecha nos da la sensación de abertura. Si nos desplazamos hacia el este, cerca de la fachada de la iglesia, nos vemos obligados a rodear la elevada torre del Campanile que está erigida en la plaza, de- terminando así nuestra función de pasean- te. Una vez rodeada la torre, podemos ver la placita más pequeña que se extiende ha- cia el sur. Pasadas el par de columnas exen- tas que señala el límite de la placita, nuestra vista atraviesa el canal y el espacio físico ce- rrado se abre hacia un espacio perceptible mucho más expansivo. La planta de la casa de Lloyd Lewis tam- bién nos ilustra con claridad sobre la posi- bilidad de dualidad del espacio: los espacios conexos por contraste con los espacios es- táticos. Wright era un maestro en el entre- lazamiento de espacios, creando lo que se ha descrito como espacios fluidos, empezando
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3.6. Frank Lloyd Wright, casa de Edgar Kaufmann llamada casa de la Cascada, cerca de Mill Run (Pensilvania), 1936-1938. Planta. Los espacios interiores se entrelazan de forma fluida y se abren hacia el boscoso barranco exterior a través de las grandes vidrieras.
con sus prairie houses [literalmente, ‘casas de la pradera’] de 1900 a 1910 y siguiendo con su casa de la Cascada, cerca de Mill Run (Pensilvania), construida para los Kaufmann entre 1936 y 1938 [3.6]. En esas casas no exis- te separación entre la sala de estar y el co- medor o la alcoba-biblioteca; todos estos espacios están libremente definidos como partes integrantes de un espacio mayor. Para el desarrollo de esta concepción del espacio, Wright se inspiró en la arquitectura japo- nesa. En la casa tradicional japonesa, un ar- mazón estructural de madera sostiene los carriles a lo largo de los cuales deslizan las pantallas correderas. Cuando están cerradas, esas pantallas son como tabiques móviles que definen las habitaciones de la casa, mientras que basta con deslizarlas para que la casa quede totalmente abierta [3.7, 3.8]. En la casa tradicional japonesa no hay habitaciones, en el sentido convencional occidental. La in- fluencia que tuvieron las plantas descom- partimentadas de las primeras prairie houses de Wright sobre los arquitectos europeos es bien patente en el pabellón alemán, cons- truido por Ludwig Mies van der Rohe para la Exposición Universal de Barcelona, cele- brada en verano de 1929 [20.13], que fue de- molido y ha sido recientemente reconstruido en el mismo emplazamiento. Aquí tampoco hay habitaciones en el sentido ordinario del término, sino una serie de planos organiza- dos en el espacio, que definen un grupo de zonas entrelazadas. A la inversa, la casa europea o nortea- mericana más tradicional de los principios del siglo XX estaba claramente subdividida en habitaciones separadas, cada una de ellas con un fin distinto y bien definido: para la tertulia, para comer, para leer, para recibir invitados y así sucesivamente. Un buen ejem- plo de ello es la casa William F. Fahnestock, en Katonah (Nueva York), 1909-1924 (ac- tualmente demolida), construida por el ar- quitecto Charles A. Platt, con su racimo de habitaciones individuales [3.9]. En mu- chos aspectos, esta casa es parecida a la casa Harold F. McCormick, en Lake Forest (Illinois), 1908-1918, también de Platt. Originalmente, en 1908, Frank Lloyd Wright había proyectado para los McCormick una casa bien diferente (que habría sido la ma- yor de las suyas hasta la fecha), con una se- rie de amplios espacios conexos que se abrían
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y fluían el uno hacia el otro. Pero, al parecer, la señora McCormick prefería un estilo de vida más formal y compartimentado, de ma- nera que el proyecto de Platt resultó ser más adecuado a sus gustos. Por su propia configuración, el espacio puede determinar o sugerir modelos de con- ducta, a pesar de las barreras u obstáculos. Hablamos del espacio direccional , por con- traposición al espacio no direccional. La planta del pabellón alemán de Barcelona es un ejemplo ilustrativo de espacio no direc- cional, ya que no existe un recorrido obvio a través del edificio, sino más bien una gama de ellos a escoger. Por contraste, en una ca- tedral gótica el enfático eje longitudinal di- rige el movimiento hacia un único foco: el altar [3.10]. Esta especie de fuerza gravita- toria hacia el altar es particularmente inten- sa en las catedrales inglesas, pues, por ser de menor altura que las francesas y tener líneas horizontales más acentuadas, se produce una ilusión óptica que hace que las crujías pa- rezcan converger hacia el altar e incluso ex- tenderse más allá de él.
3.10. Catedral de Salisbury, Salisbury (Inglaterra), 1220-
1266. Vista de la nave central. Las crujías repetitivas y la potente estratificación horizontal coadyuvan a que la vista se sienta fuertemente atraída hacia el fondo de la nave.
También puede hablarse de espacio po- sitivo y espacio negativo. Espacio positivo es aquel que está concebido como un vacío que, posteriormente, se envuelve en una cás- cara construida para definirlo y contenerlo. Un ejemplo de ello es la cáscara de yeso de la iglesia de peregrinación de los Vierzehnheili- gen (Catorce Santos), en Franconia, al sur de Alemania, construida por el arquitecto Johann Balthasar Neumann entre 1742 y 1772 [17.43]. La envoltura no tiene nada estructuralmente sustancial; está ahí exclusivamente como un envoltorio, para definir un espacio concreto y crear una particular experiencia arquitec- tónica y religiosa. Por contraste, el espacio negativo se crea vaciando un sólido que ya existe. Tal vez las primeras moradas del gé-
nero humano fueran cavernas vaciadas na- turalmente. Esa evocación ancestral perma- nece en muchas cavernas excavadas arti- ficialmente en la roca, como las de Ajunta y Karli, en la India, que fueron excavadas entre el año 2000 a. de C. y el 650 d. de C. [3.11]. En ellas, el espacio se creó cortando labo- riosamente el macizo existente hasta obte- ner el vacío deseado. Los conceptos de espacios positivo y ne- gativo pueden aplicarse igualmente al espa- cio urbano. En este contexto, el espacio negativo puede definirse como el espacio abierto que se ha dejado tal cual, una vez construidos los edificios, mientras que el es- pacio urbano positivo es aquel que ha sido configurado y definido deliberadamente se-
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3.11. Cueva excavada en la roca, Karli (India), ca. 100 d. de C. Planta y sección. Este ejemplo de espacio negativo fue creado vaciando la roca del risco y creando una cámara abovedada sostenida sobre columnas, inspirada en la arquitectura en madera tradicional.
gún un plan preconcebido. Podemos ver plas- madas estas dos ideas en la ciudad italiana de Florencia. El espacio público más impor- tante es el de la Piazza della Signoria, adya- cente al principal edificio municipal, el me- dieval Palazzo Vecchio, construido entre 1298 y 1310, que sobresale hacia la irregular for- ma del espacio público [3.12]. La Piazza della Signoria, cuya irregular forma fue de- finiéndose a medida que se construían los edificios a lo largo de los siglos, es un ejemplo de espacio negativo. Sin embargo, durante el siglo siguiente, y conforme se im- ponía el renacimiento en la ciudad, fue sur- giendo paralelamente una nueva visión de lo que debía ser el espacio público. Cuando, en 1419, Filippo Brunelleschi proyectó el Hospital de los Inocentes, situado unos 800 m al norte de la Piazza della Signoria, moduló su fachada mediante una galería porticada. Entonces, el espacio que había frente al hos- pital se convirtió en una plaza urbana, la Piazza Annunziata, y los arquitectos de to- dos los edificios circundantes basaron sus fachadas en el módulo de la arcada brune- lleschiana, de manera que la plaza se con- virtió en un rectángulo ordenado, regido por
una retícula matemática que parece deter- minar la ubicación de todas y cada una las partes de los muros que la definen [3.13]. La Piazza Annunziata puede ser considerada como un ejemplo de espacio positivo, defi- nido de acuerdo a unas ideas preconcebidas. Todavía existe una forma más de defi- nir el espacio, que, aunque no sea estricta- mente arquitectónica, no por ello ha de ser olvidada por el arquitecto. Se trata del es- pacio personal , esto es, la distancia que los individuos de una misma especie guardan entre ellos. Estamos hablando, por ejemplo, de la separación que los pájaros mantienen entre sí al posarse sobre el alero de un edi- ficio o sobre un cable telefónico, y también de la distancia que guardan entre sí dos des- conocidos que esperan sentados en la para- da del autobús [3.14].^4 Para la mayoría de los animales, esta zona de confort está progra- mada genéticamente. En los afloramientos rocosos costeros, las focas y morsas se ape- lotonan unas encima de otras en aparente es- tado de felicidad, mientras que, por el contrario, los cisnes y los colibríes se cuidan mucho de evitar todo contacto o proximidad excesiva con sus respectivos congéneres. Los
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3.14. Palomos posados sobre el caballete de un granero, una demostración del mantenimiento del espacio personal entre los individuos de la misma especie.
experimentos demuestran que los animales obligados a convivir en condiciones de haci- namiento que violan sus códigos genéti- cos pueden llegar a adoptar conductas abe- rrantes. Sin embargo, el ser humano ha demos- trado ser sumamente flexible en cuanto a la determinación de su espacio personal se re- fiere, como si no estuviera programado de acuerdo a ningún código genético espacial. En su lugar, el espacio personal entre los se- res humanos es una cuestión cultural que se fija ya en la primera infancia, de manera que cualquier cambio en la distancia personal del individuo, forzado más adelante, puede pro- ducirle un estado de ansiedad. Los italianos y los franceses aceptan mejor las disposicio- nes densas que los ingleses, los nórdicos y los norteamericanos, como puede apreciarse fá- cilmente en la organización de mesas y asien- tos en las terrazas de los cafés. Pero aún hay más: incluso dentro de la misma cultura, dos hombres que se encuentran por la calle guar- dan entre sí una mayor distancia que si se
tratase de dos mujeres en la misma situación, y este hecho es especialmente notorio en Estados Unidos. Si el arquitecto viola estas reglas no escritas de distancia personal, dis- poniendo, por ejemplo, los lugares de traba- jo de una oficina demasiado próximos entre sí, incluso en el caso en que las demás va- riables arquitectónicas estén resueltas de for- ma óptima, el ambiente resultante provocará el rechazo de sus usuarios. Existe un riesgo muy especial de fracaso cuando el arquitec- to proyecta para unos usuarios de cultura o clase social distinta a la suya, como quedó palpablemente demostrado en el proyecto de viviendas de promoción pública Pruitt-Igoe, en San Luis (Misuri), de los años 1952-1955. El conjunto estaba proyectado de tal mane- ra que sus habitantes no podían controlar los espacios públicos, vestíbulos y pasillos de sus largos bloques de viviendas, de manera que los robos crecieron de forma alarmante. La vida allí se hizo tan peligrosa que el Ayun- tamiento se vio obligado a demoler partes sustanciales del conjunto en 1972. 5
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NOTAS
BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA
Baum, Andrew, y Valins Stuart, Architecture and Social Behavior: Psychological Studies of Social Density, Hillsdale, Nueva Jersey, 1977. Chang, Amos Ih Tiao, The Tao of Architecture, Princeton, Nueva Jersey, 1956. Deasy, C. M., Design for Human Affairs, Nueva York, 1974. Heimsath, Clovis, Behavioral Architecture: Toward an Accountable Design Process, Nueva York,
Hillier, Bill, y Julienne Hanson, The Social Logic of Space, Cambridge (Inglaterra), 1984. Lym, Glenn Robert, A Psychology of Building: How We Shape and Experience Our Structural Spaces, Englewood Cliffs, Nueva Jersey, 1980. Norberg-Schulz, Christian, Existence, Space and Architecture, Nueva York, 1971; versión caste- llana: Existencia, espacio y arquitectura, Editorial Blume, Barcelona, 1975. Tuan, Yi-Fu, Space and Place: The Perspective of Experience, Minneápolis, Minnesota, 1977. Van der Laan, Dom H., Architectonic Space, Leiden y Nueva York, 1983. Zevi, Bruno, Architecture as Space, Nueva York,