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Asignatura: Teatre anglès dels segles XIX i XX, Profesor: , Carrera: Estudis Anglesos, Universidad: UV
Tipo: Apuntes
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Molloy (Parte 1)
Estoy en el cuarto de mi madre. Ahora soy yo quien vive aquí. No recuerdo cómo llegué. En una ambulancia, en todo caso en un vehículo. Me ayudaron. Yo solo no habría llegado nunca. Quizá estoy aquí gracias a este hombre que viene cada semana. Aunque él lo niega. Me da un poco de dinero y se lleva los papeles. Tantos papeles, tanto dinero. Sí, ahora vuelvo a trabajar, un poco como antes, solo que ya no me acuerdo de cómo se trabaja. Tampoco parece que eso tenga mucha importancia.
A milo que ahora me gustaría es hablar de las cosas que aún me quedan, despedirme, terminar de morirme de una vez. No me dejan. Si, parece que son varios. Pero siempre viene el mismo. «Más tarde, más tarde», me dice. Bueno. La verdad es que mucha voluntad ya no me queda. Cuando viene a recoger los nuevos papeles trae los de la semana anterior. Vienen señalados con signos que no comprendo. Tampoco me tomo la molestia de releerlos. Y cuando no he hecho nada, no me da nada y gruñe un poco. Pero no trabajo por dinero. ¿Por qu trabajo? No lo sé. No sé gran cosa, si he de ser franco. La muerte de mi madre, por ejemplo. ¿Había muerto ya cuando llegué?
¿O murió más tarde? Muerta para enterrarla, quiero decir. No lo sé. A lo mejor no la han enterrado todavía. Sea como sea, soy yo el que estoy en su cuarto. Duermo en su cama. Uso su orinal. He ocupado su lugar. Cada ve debo parecerme más a ella. Solo me falta tener un hijo. Puede que tenga alguno en cualquier parte. Pero no es probable. Ahora ya sería casi tan viejo como yo. No era más que una chacha. El verdadero amor no es esto. M verdadero amor lo tenía puesto en otra. Ya os lo contaré. Mira, hasta he olvidado su nombre. A veces incluso m parece que he llegado a conocer a mi hijo, que me he ocupado de él. Luego pienso que esto es imposible. Es imposible que me haya ocupado de nadie. También he olvidado la ortografia, y la mitad de las palabras. No parece que esto tenga mucha importancia. Vale. Es un tipo raro el que viene a verme. Parece que viene todos los domingos. Los otros días trabaja. Siempre está sediento. El fue quien me dijo que yo había empezado mal, que no era así como había que empezar. Vale. Figuraos, había empezado por el principio, como un viejo imbéc Así es cómo me dio por empezar. De todos modos, creo que van a conservarlo, si entendí bien. Me costó much trabajo. Aquí está. Me tomé mucho trabajo. Claro, haceos cargo, era el comienzo. Mientras que ahora, en cambio, se trata del final. ¿Es mejor lo que ha-go ahora? No lo sé. No es este el problema. Conque así empecé yo. Si lo conservan, para algo debe servir. Aquí está.
Esta vez, y otra vez más, y después pienso que se habrá acabado todo, y este mundo también. Es el sentido d lo antepenúltimo. Todo se difumina. Un poco más y la ceguera. Es cuestión de la cabeza. Ya no funciona. Dice:
«Ya no funciono.» Luego uno se queda mudo y los sonidos se van oyendo más débilmente. En cuanto cruzas e umbral
te empieza a ocurrir. Debe de ser que la cabeza ya no resiste más. De modo que uno piensa: «Esta vez voy a conseguirlo, y aún otra quizá, y después habrá terminado todo.» Cuesta trabajo formular este pensamiento, porque al fin y al cabo es un pensamiento, en cierto sentido al menos. Entonces uno trata de poner atención, considerar con atención todas estas cosas oscuras, decirse penosamente que ocurren por culpa nuestra. ¿Culpa? Es la palabra que suele emplearse. ¿Pero qué culpa? No es aún el momento de la despedida, y qué magia tienen esas cosas oscuras de las que habrá que despedirse cuando vuelvan a pasar. Porque hay que despedirse, no despedirse sería una tontería, cuando uno quiere hacerlo. Y si uno piensa en los contornos de la luz de antaño, lo hace sin melancolía. Pero ya no se piensa mucho, ¿con qué íbamos a pensar? No lo sé. También pasan personas de las cuales no es fácil distinguirse con claridad. Esto si que le desanima a uno. Por ejemplo, así fue como vi que A y B iban el uno en dirección al otro, sin darse cuenta de lo que estaban haciendo
Era un camino de una soledad impresionante, quiero decir, sin setos, ni vallas ni tapias de ninguna clase, en
pleno campo, porque había vacas paciendo en extensiones inmensas, de pie o tendidas, en el silencio del atardecer. Puede ser que invente un poco, tal vez esté embelleciendo los detalles, pero en conjunto venia a ser
así. Las vacas mastican, luego tragan, luego, tras una breve pausa, se preparan calmosamente para el próximo bocado. Un tendón del cuello se agita y las mandibulas vuelven a triturar. Pero a lo mejor todo esto son solo
recuerdos. El camino, blanco y compacto, acuchillaba los suaves pastos, subía y bajaba según los accidentes d la orografia. La ciudad no estaba lejos. Eran dos hombres, sobre este punto no hay error posible, uno alto y el otro bajito. Habían salido de la ciudad, primero el uno y luego el otro, y el primero,
cansado o recordando de pronto algún compromiso, había vuelto sobre sus pasos. Hacia fresco, porque llevaba abrigo. Se parecían, pero no más que otros. Al principio estaban bastante alejados. Aunque hubiesen levantado la cabeza para buscarse con la mirada no se habrían visto a causa del espacio que les separaba, y también a causa de la orografía, que hacía ondular el camino, no muy profunda-mente, pero sí lo bastante, sí lo bastante. Pero llegó un momento en que descendieron simultáneamente al mismo hoyo y allí terminaron por encontrarse de una vez. No, nada induce a suponer que ya se conocieran. Pero quizá por el ruido de sus pasos o advertido por algún oscuro instinto, levantaron la cabeza y estuvieron observándose sus buenos quince pasos antes de detenerse, el uno junto al otro. No, no se cruzaron, pero se detuvieron, muy cerca el uno del otro, comó suelen hacer en el campo, al atardecer, en un camino desierto, dos caminantes que no se conocen, y eso nada tiene d extraordinario. Aunque quizá se conocían. En todo caso, ahora si se conocen y supongo que en lo sucesivo se reconocerán y se saludarán, aunque sea en el mismo centro de la ciudad. Se volvieron hacía el mar que, lejos Este, más allá de los campos, ascendía en el cielo palideciente, y cambiaron algunas palabras, luego cada uno prosiguió su camino. 'Luego cada uno prosiguió su camino, A en dirección a la ciudad, B a través de regiones que no parecían serle familiares, porque avanzaba a un paso inseguro y se detenía con frecuencia para mirar e torno, como' quien busca fijar en su memoria puntos de referencia, pensando que quizá un día-nunca se sabe-4eberá volver sobre sus pasos. Las engañosas colinas donde, no sin temor, se aventuraba, sin duda le eran conocidas únicamente por haberlas visto de lejos, quizá desde la ventana de su cuarto o desde la cúspide de un monumento algún día aburrido en el que, sin tener
nada especial en que ocuparse, había abonado los tres o seis peniques de la entrada y subido hasta la plataforma por la escalera de caracol. Desde ahí debía verse todo, la llanura, el mar y estas colinas que hay quien prefiere llamar montañas, de color añil en algunos parajes bajo la luz del atardecer, que se agolpan unas tras otras hasta perderse de vista, veteadas por valles apenas visibles, pero que se adivinan a causa de la escala de los tonos y también a causa de otros indicios que no sería posible traducir en palabras y menos aún e pensamientos. Pero ni siquiera desde semejante altura se las adivina a todas, y a menudo donde solo hemos visto una ladera o una cima hay en realidad dos laderas, dos cimas, separadas por un valle. Pero ahora ya conoce estas colinas, es decir, al menos las conoce un poco mejor, y sí alguna otra vez vuelve a contemplarlas de lejos, creo que ya será con otros ojos, y no solo las colinas, sino el interior, todo el espacio interior que nunc vemos, el cerebro y el corazón y las otras cavernas donde sentimiento y pensamiento celebran su aquelarre, todo bajo una disposición muy distinta. Tiene aspecto de hombre ya entrado en años y da un poco de pena verl caminar completamente solo después de tanto tiempo, tantos días y noches consagrados sin llevar la cuenta a este rumor que se eleva desde el nacimiento e incluso antes, a este insaciable ¿Cómo hacer? ¿Cómo hacer?, veces muy bajo, un simple susurro, a veces claro y distinto como cuando el camarero de un hotel nos pregunta «¿Y qué tomará el señor para beber?», y otras veces creciendo hasta las proporciones de un clamor. Total, par terminar yéndose solo, o casi solo, por caminos ignorados, cuando cae la noche, apoyado en un bastón. Era un bastón grande; le servía para apoyarse al avanzar, y también para defenderse, si. llegara el caso, de los perros y los salteadores. Sí, la noche estaba cayendo, pero el hombre era inocente,
de una gran inocencia, no tenía miedo de nada, sí, tenía miedo, pero no tenía por qué tenerlo, nadie iba a hacerle daño, o muy poco. Aunque, claro, esto él lo ignoraba. Yo mismo, con tal de que me pusiera a reflexiona también lo ignoraría. El hombre se veía amenazado, en su cuerpo, en su razón, y quizá lo estaba realmente, a
podía ser uno de esos perros vagabundos que recogemos y tomamos en brazos, por compasión o porque
llevamos mucho tiempo errando completamente solos, sin otra compañía que estos caminos interminables, est arenales, estas marismas, guijarros, matorrales, esta naturaleza indicadora de otra justicia, o de vez en cuando
un compañero de cautiverio que quisiéramos abordar, abrazar, ordeñar, amamantar, y con
el que nos cruzamos, fría la mirada ante el temor de que se permita familiaridades? Hasta que llega un día en que no podemos más, en este mundo que no nos abre los brazos, y cogemos entre los nuestros a un perro sarnoso, y lo llevamos con nosotros el tiempo preciso para que llegue a amarnos, para que lleguemos a amarlo y después lo mandamos a paseo. A lo mejor le ocurría esto, pese a las apariencias. Desapareció, con el objeto
humeante en la mano, y la cabeza gacha. Me explico. Siempre me apresuro a retirar la mirada de los objetos a punto de desaparecer. Nunca he podido mirarlos hasta el último momento. Me refiero a esto cuando digo que
desapareció. Con la mirada en otra parte, yo seguía pensando en él. Me decía: «Se va haciendo pequeño, se v haciendo pequeño.» Me comprendía muy bien. Tullido y maltrecho como estaba, hubiera podido llegar a
reunirme con él. Solo tenía que quererlo. Y ni siquiera eso, porque lo quería. Levantarme, descender al camino precipitarme renqueando en su persecución, llamarle desde lejos, nada más fácil. Mis gritos llegan a sus oídos,
se vuelve, me espera. Jadeando, sosteniéndome en mis muletas, estoy junto a él, junto al perro. Le inspiro un poco de miedo y un poco de compasión. Le asqueo moderadamente. No soy muy agradable de ver, no huelo
muy bien. ¿Qué quiero? Ah, conozco tan bien este tono, hecho de miedo, de asco, de compasión. Quiero ver a perro, ver al hombre de cerca, saber lo que fuma, inspeccionar los zapatos, tomar nota de otros indicios. Es una buena persona, me dice esto y lo otro, me dice cosas, de dónde viene, adónde va. Yo le creo, porque sé que no tengo otra oportunidad de... otra oportunidad, creo todo lo que me dice, demasiadas veces me he hecho el remolón en la vida, ahora me lo trago todo, ávidamente. Lo que necesito es que me cuenten historias, he tardad mucho en saberlo. Bueno, por otra parte tampoco estoy
muy seguro. En resumen, estoy seguro respecto a determina-das cosas, sé algunas cosas de él, cosas que
ignoraba, que me picaban la curiosidad, cosas por las que ni siquiera había sufrido. Qué verborrea. Soy capaz hasta de haberme enterado de su oficio, yo que me intereso tanto en oficios y profesiones. Hago todo lo posible
por no hablar de mí. Ya veréis cómo dentro de poco vuelvo a hablar del cielo y de las vacas. Vaya, ahora se marcha, tiene prisa. No parecía que tuviera prisa, estaba dando un paseo, ya lo hice notar, pero al cabo de tres minutos de conversación conmigo ya tiene prisa, debe apresurarse, va con retraso. Lo creo. Y me quedo otra v no diré solo, no es mi estilo, sino, cómo diría, no sé, devuelto a mí, no, nunca me he dejado, libre, eso es, no sé lo que significa, pero es la palabra que quiero emplear, libre para qué, para nada, para saber, pero qué, las leye de la conciencia tal vez, de mi conciencia, por ejemplo, que el agua sube de nivel según uno se va sumergiend en ella y que sería preferible, es decir, por lo menos igual de bueno, borrar los textos que emborronar los márgenes, cubrirlos hasta que todo sea blanco y liso y la estupidez revele su verdadero rostro, sin sentido, sin salida. De modo que sin duda hice bien, en fin, bastante bien no moviéndome de mi puesto de observador. Per en vez de observar tuve la flaqueza de volver mentalmente hacia el otro, hacia el hombre del bastón. Entonces se dejaron oír de nuevo los murmullos. Restablecer el silencio, este es el papel de los objetos. Yo me decía: «Quién sabe si a lo mejor simplemente habrá salido a tomar el fresco, a relajarse, a desentumecerse, a descongestionarse el cerebro haciendo afluir la sangre a los pies, a fin de asegurarse una noche tranquila, un feliz despertar, un venturoso mañana.» ¿Llevaba siquiera un hatillo? Pero este modo de andar, estas miradas ansiosas, este garrote, ¿pueden concíliarse con la idea que uno tiene
formada de lo que suele considerarse un paseo? Y el sombrero era indudablemente un sombrero de ciudad, anticuado, pero de ciudad, de esos que volarían en cuanto se levantara un poco de viento. A menos que se lo hubiera atado bajo la barbilla con un cordón o con una goma. Me quité el sombrero y lo estuve mirando. Siemp
lo he tenido atado con un largo cordón a mi ojal, siempre el mismo ojal, sea cual fuere la época del año. Así que sigo con vida. Siempre es bueno saberlo. Alejé de mí tanto como me fue posible la mano que había cogido el
sombrero y seguía sosteniéndolo, y le hice describir arcos en el aire. Entre tanto, me dediqué a contemplar al revés de mi abrigo y le vi abrirse y cerrarse. Ahora comprendo por qué nunca llevaba flores en el ojal, aunque
hubiera cabido todo un ramo. Mi ojal estaba destinado a sostener mi sombrero. Mi sombrero era mi flor. Pero yo
ahora no quiero hablar de mi sombrero ni de mi abrigo, sería prematuro. Ya hablaré de todo esto más tarde, cuando llegue el momento de establecer el inventario de mis bienes y pertenencias. Si es que entre tanto no los
he perdido. Pero incluso silos he perdido figurarán en el inventario de mis bienes. Pero estoy tranquilo, no voy a perderlos. Y mis muletas tampoco. Aunque a lo mejor cualquier día voy y las tiro. Debía de estar situado en la
cima, o en la ladera, de una colina bastante elevada, porque de lo contrario, ¿cómo habría podido abarcar con mirada tantas cosas a la vez, lejos y cerca, fijas y en movimiento? Pero ¿cómo es posible que hubiera una colin en un paisaje casi llano? Y, en todo caso, ¿qué hacia yo allí? Bueno, precisamente es esto lo que trataremos de averiguar. Y tampoco hay que tomarse estas cosas tan en serio. En la naturaleza parece que hay de todo y nos gasta muchas bromas. Y es posible que confunda varias ocasiones diferentes, y las horas, en el fondo, y el fondo es mi hábitat, oh, no el fondo propia-
mente dicho, más bien un punto situado entre el lodo y la espuma. Y a lo mejor un día A en este sitio, y otro día
B en otro sitio, y otro día yo y la roca, y así sucesivamente respecto a los demás componentes, las vacas, el cielo, el mar, las montañas. No puedo creerlo. No, iba a decir una mentira, en realidad lo concibo fácilmente.
Pero eso no importa, prosigamos, hagamos como si todo hubiera surgido de un mismo tedio, vayamos amontonando cosas hasta que todo quede sumergido en la más absoluta oscuridad. De una cosa estoy seguro
de que el hombre del bastón no volvió a pasar por aquel sitio aquella noche, porque lo hubiera oído. No digo qu lo hubiera visto, digo que lo hubiera oído. Duermo poco y este poco lo duermo de día. Oh, no sistemáticamente desde luego, en mi vida desmesurada he probado todas las clases de sueños, pero en la época a que aludo echaba mi sueñecito de día y, lo que es más, por la mañana. Que no vengan a hablarme de Luna, en mi noche no hay Luna, y si alguna vez hablo de las estrellas se debe a un descuido. De modo que de entre todos los ruidos de aquella noche, ninguno fue el de aquellos pasos pesados e inseguros, el sonido de aquel garrote con el que a veces golpeaba la tierra hasta hacerla temblar. Qué agradable resulta ver confirmadas, tras un período más o menos largo de vacilación, estas primeras impresiones. Debe de ser esto lo que hace soportables las angustias de la muerte. No es que me considerara confirmado de un modo concluyente en mi primera impresió respecto a-un momento-respecto a B. Porque las carretas y tartanas que pasaron un poco antes del amanecer con un estruendo de mil diablos, lleyando al mercado fruta, huevos, queso y manteca, podían llevarle también a él, vencido por la fatiga o el desánimo, quién sabe si muerto. O también había podido volver a la ciudad por otro camino, demasiado alejado para que
yo pudiera oír lo que ocurría allí, o por diminutos atajos, pisando silenciosamente la hierba, apisonando un suel mudo. Así pasé esta noche lejana, dividido entre los murmulíos de mi ser cortésmente perplejo y los murmullos tan diferentes (¿tan diferentes?) de todo lo que pasa y permanece entre dos soles. Ni una sola vez se dejó oir una voz humana. Solo las vacas, mugiendo en vano para que las ordeñaran, al paso de algún campesino. En cuanto a A y B, no volví a verlos nunca. Pero quizá los volveré a ver. En este caso, ¿sabré reconocerlos? Y ¿es que estoy seguro de haberlos visto? ¿A qué llamo ver y reconocer? Un instante de silencio, como cuando el director de orquesta golpea con la batuta en el atril y levanta los brazos, antes del estrépito. Humo, bastones, carne, cabellos, al atardecer, a lo lejos, en torno al deseo de un hermano. Sé muy bien cómo suscitar la aparició de estos harapos para cubrir con ellos mi vergúenza. Me pregunto qué significa esto. No siempre tendré necesidad. Pero, a propósito del deseo de un hermano, he de decir que habiéndome despertado entre las once y las doce (poco después escuché el Angelus que nos recuerda la encarnación), decidí ir a ver a mi madre. Par tomar la decisión de visitar a esa mujer debían concurrir razones de urgencia y, teniendo en cuenta que no sab qué hacer ni dónde ir, fue para mí un juego de niños, de niño único, llenarme la cabeza de tales razones, hasta punto de que se me quitó toda otra preocupación y me entraron temblores ante la sola idea de poder verme privádo de hacerlo en el acto. Así, pues, me levanté, ajusté las muletas y bajé hasta el camino, donde encontré mi bicicleta (vaya, esto sí que no me lo esperaba) en el mismo lugar donde debía de haberla dejado. Lo cual m permite hacer notar que, lisiado y todo, en aquel tiempo yo montaba en bicicleta con cierta soltura. Lo hacía del modo siguiente. Sujetaba las muletas en la barra superior de la armazón,
estaba contenta de haberme olido. Articulaba mal, con un ruido como de astillero, y casi nunca se daba cuenta
de lo que decía. Cualquier otro que no fuera yo se habría extraviado en esta cháchara chasqueante y chisporroteante, interrumpida únicamente por sus momentos de inconsciencia. Aunque yo tampoco venía para
escucharla. Me comunicaba con ella golpeándole el cráneo. Un golpe significa sí; dos, no; tres, no sé; cuatro, dinero; cinco, adiós. Me había costado mucho adiestrar a este código su entendimiento arruinado y delirante,
pero lo había conseguido. Claro que podía ser que ella confundiera si, no, no sé y adiós, pero eso no tenía importancia, porque yo también los confundía. Ahora bien,
lo que había que evitar a toda costa era que asociara los cuatro golpes con otra cosa que con el dinero. Así,
pues, durante el período de adiestramiento, al mismo tiemPO que le daba los cuatro golpes en el cráneo le pasaba un billete de banco por la nariz o se lo embutía en la boca. ¡Hay qué ver lo ingenuo que era yo entonce
Porque ella había perdido la noción de mensurabilidad, si no del todo, sí por lo menos la facultad de contar más allá de dos. Hay que hacerse cargo, de uno a cuatro era demasiado para ella. Cuando llegábamos al cuarto
golpe creía que era el segundo, los dos primeros se habían borrado de su memoria tan rápidamente como si no hubiesen existido nunca, si bien no acabo de comprender cómo una cosa que no ha existido nunca puede
borrarse de la memoria, aunque es algo que vemos todos los días. Debía creer todo el rato que yo le iba diciendo que no, cuando nada estaba más lejos de mis intenciones. A la luz de tales razonamientos. me dediqu
a buscar, y acabé encontrando un medio más eficaz de insuflar en su espíritu la idea de dinero. Consistía en sustituir los cuatro golpes dados con el índice por uno o varios (según mis necesidades) puñetazos en el cráneo Esto sí que lo comprendía. Por lo demás, no iba a verla por dinero. Me llevaba dinero, pero no venía para esto. No le guardo demasiado rencor a mi madre. Sé que hizo todo lo posible para que yo no naciera, salvo lo principal, y si no consiguió deshacerse de mí fue porque el destino me reservaba otra letrina peor. Pero con que haya tenido tan buenas intenciones me doy por satisfecho. No, no me doy por satisfecho, pero siempre le tendr en cuenta a mi madre los esfuerzos que hizo por mí. Y le perdono haberme zarandeado un poco los primeros meses y haberme amargado el único período ligeramente potable de mi enorme historia. Y también le tendré siempre en cuenta que no haya reincidido,
instruida por mi ejemplo, o se haya detenido a tiempo. Y si algún día debo buscar algún sentido a mi vida, empezaré a hurgar por ahí, por el lado de esta pobre ramera unípara y de mí, último de esta calaña, no sé cuál Añadiré, an~s de pasar a los hechos, pues parece que realmente debiera hablarse de hechos, acaecidos aque lejana tarde estival, que con aquella vieja sorda, ciega, incapacitada y demente, que me llamaba Dan y a la que yo llamaba Mag, con ella, y solo con ella, yo..., no, no puedo decirlo. Es decir, podría decirlo, pero no lo diré, sí, me sería fácil decirlo, porque sería mentira. ¿Qué veía yo de ella? Invariablemente, una cabeza, las manos a veces, alguna vez los brazos. La cabeza, siempre. Cubierta de vellos, de arrugas, de porquería, de babas. Una cabeza que ennegrecía el aire. No es que lo que pudiera verse tuviera mucha importancia, pero siempre es un comienzo. Era yo quien sacaba la llave de debajo de la almohada, quien cogía el dinero del cajón, quien volvía dejar la llave bajo la almohada. Aunque no iba a verla por dinero. Creo que venía una mujer cada semana. Una vez, vagamente, precipitadamente, posé mis labios sobre aquella pequeña pera grisácea y arrugada. Puaf. No sé si aquello le gustó. Su cháchara cesó un momento para reanudarse a continuación. Supongo que se preguntaría qué le estaba ocurriendo. Quizá se dijera puaf. Exhalaba un hedor insoportable. Debía de ser cosa de los intestinos. Perfume de antigúedad. No es que la critíque, yo tampoco destilo esencias de Arabia. ¿Voy a describir el cuarto? No. Ya tendré ocasión más tarde, posiblemente. Cuando vaya a refugiarme allí, como último recurso, ya sin ningún pudor, con el rabo entre las piernas, vete a saber. Bueno. Ahora que sabemos lo que hay que hacer, pongamos manos a la obra. Está bien eso de saber desde el primer momento por dónde va uno. Es tan bien que casi me quita las ganas de hacerlo. Yo estaba distraído
(y no suelo distraerme nunca, con qué iba a distraerme), y en lo que respecta a mis movimientos, más inseguro aún que de costumbre. Debía haberme fatigado a lo largo de la noche, bueno, debía estar un poco débil, y el so cada vez más alto en el Este, me había envenenado mientras dormía. Hubiera tenido que interponer entre él y yo la masa de la roca antes de cerrar los ojos. Confundo Este y Oeste, y los polos también los invierto de buena
gana. Estaba fuera de mis casillas, lo que me ocurre rara vez, porque mis casillas son hondas. Por eso lo hago
constar. No por ello dejé de recorrer algunas millas sin dificultad, y así llegué al pie de las murallas. Allí me bajé del sillín, conforme al reglamento. En efecto, para entrar y salir de la ciudad la Policía exige que los ciclistas se
apeen, que los automóviles avancen en primera, que los coches de caballos vayan al paso. Creo que esta ordenanza se debe a que las entradas, y por supuesto las salidas, son angostas y oscurecidas por inmensas
bóvedas, sin excepción. Es una buena norma y la acato cuidadosamente, pese a la dificultad que me supone avanzar apoyándome en mis muletas y empujando mi bicicleta al mismo tiempo. Me las iba arreglando. Había que poner atención. Así mi bicicleta y yo franqueamos juntos tan difícil acceso. Pero un poco más adelante oi que me interpelaban. Levanté la cabeza y vi a un agente de Policía. Hablo de un modo elíptico, pues sólo más tarde, por vía de inducción, o de deducción, ya no me acuerdo, supe quién era. «¿Qué hace usted ahí?», me preguntó. Estoy acostumbrado a esta pregunta, la comprendí en seguida. «Estoy descansando», le dije. «Está descansando», dijo él. «Estoy descansando», le dije. Y él gritó: «¿Quiere hacerme el favor de responder a mi pregunta?» Esto es algo que me ocurre muy frecuentemente cuando estoy acorralado, creo sinceramente habe respondido a las preguntas que se me hacen, y en realidad
no he dicho nada. No voy a reconstruir aquella conversación en todos sus meandros. Terminé comprendiendo que mi modo de reposar, mi actitud durante el reposo, a horcajadas sobre mi bicicleta, el brazo sobre el manilla la cabeza entre los brazos, atentaba ya no recuerdo contra qué, el orden, el pudor. Señalé modestamente mis muletas y aventuré algunos rumores sobre mi enfermedad, que me obligaba a reposar como podía y no como debía. Entonces creí comprender que no había dos leyes, una para los sanos y otra para los inválidos, sino una sola, a la que debían someterse ricos y pobres, jóvenes y viejos, felices y desdichados. Háblaba bien el hombre Me permito poner de relieve que yo no estaba triste. ¡Qué había dicho! «Sus papeles», dijo, lo supe un instante después. «No~ije-, no.» «¡Sus papeles!», aulló. «Ah, mis papeles.» Los únicos papeles que llevo encima son algunas hojas de periódico, para limpiarme, comprendéis, cada vez que voy al tocador. Oh, no digo que me limpie cada vez que voy al tocador, no, pero me gusta estar en situación de poder hacerlo sí se presenta el cas Es natural, ¿no? Aturdido, saqué este papel del bolsillo y se lo puse ante la nariz. Era un hermoso día. Empezamos a andar por callejuelas soleadas, poco concurridas. Yo iba dando saltitos sobre mis muletas y él empujaba la bicicleta delicadamente, con su mano enguantada de blanco. Yo no... yo no me sentía desgraciado Me detuve un instante y, asumiendo esta responsabilidad, alcé la mano y toqué la copa de mi sombrero. Quemaba. Sentía volverse a nuestro paso rostros alegres y serenos, rostros de hombres, de mujeres, de niños En un momento dado, me pareció oír una música lejana. Me detuve para escucharla. «Andando», me dijo el policía. «Escuche», le dije. «Andando», me dijo. No me dejaban escuchar música. Hubiera podido provocar una aglomeraclon. Me dio un empujón en la espalda. Me había hecho
daño, oh, no en la piel, pero de todos modos mi piel, a través de la ropa, había sentido la dureza de aquel puño Mientras avanzaba a mi mejor paso me abandonaba a aquel dorado instante, como si yo fuera otro. Era la hora de la siesta. Los más juiciosos tal vez, descansando en los jardines públicos o sentados a la puerta de su casa, saboreaban aquellas languideces expirantes, olvidando las recientes congojas, indiferentes a las que se avecinaban. Otros, por el contrario, aprovechaban el momento para devanar proyectos, la cabeza entre las manos. ¿Había uno siquiera capaz de ponerse en mi lugar, de sentir hasta qué punto, en aquel momento, yo er distinto de lo que parecía, y qué poder había en mi, qué amarras tensas a punto de estallar? Es posible que lo hubiera. Sí, yo me orienté hacia esa falsa profundidad, hacia las falsas apariencias de paz y gravedad; me precipité en ellas con todos mis antiguos venenos, sabiendo que no arriesgaba nada. Bajo el cielo azul, ante la mirada de mi guardián. Olvidándome de mi madre, liberado de la acción, fundido en la hora ajena, diciéndome pausa, pausa. Llegados a la comisaría, se me introdujo a presencia de un funcionario sorprendente. Vestido de paisano, en mangas de camisa, estaba hundido en un sillón, con los pies sobre la mesa del despacho, tocado con un sombrero de paja y pendiente de sus labios un objeto delgado y flexible que no llegué a identificar. Ante de que me largara tuve tiempo de constatar todos estos detalles. Escuchó el informe de su subordinado, a continuación pasó a interrogarme en un tono que, desde el punto de vista de la urbanidad, dejaba a mi juicio
sabía y lés pagaba con la misma moneda, de eso estoy seguro y basta. Pero de pronto surgió ante mí una
mujerona vestida de negro, o más bien de malva. Aún hoy me pregunto si era la asistenta social. Me tendía un tazón lleno de un jugo grisáceo que debía de ser té verde con sacarina y leche en polvo, en un platillo
desparejado. Eso no era todo, porque entre el platillo y el tazón se alzaba en equilibrio precario una rebanada d pan seco, de la que me puse a decir, con una especie de angustia: «Va a caerse, va a caerse», como si el hech
de que se cayera o no tuviese alguna importancia. Un instante después yo mismo sostenía entre mis manos temblorosas este pequeño amasijo de objetos heterogéneos y vacilantes, donde se codeaban lo duro, lo líquido y lo blando, sin la menor idea de cómo se había llevado a cabo la transferencia. Voy a advertiros de una cosa: cuando las asistentes sociales os ofrecen graciosamente una bazofia como para ni mirarla, lo cual en ellas constituye una obsesión, es inútil mostrarse recalcitrante. Os perseguirían hasta los confines de la Tierra blandiendo su vomitivo. Las del Ejército de Salvación no están mucho mejor. No, realmente no conozco defens alguna contra el gesto caritativo. Hay que inclinar la cabeza, tendiendo
las manos confusas y temblorosas, y decir gracias, señora; gracias, buena señora. El que no tiene nada, no tien derecho a despreciar la mierda. El líquido desbordaba, la taza vacilaba con un ruido de crujir de dientes, y no eran los míos, porque no tengo dientes, y el pan chorreante se inclinaba cada vez más. Hasta el momento en que, llegado al colmo de mi inquietud, lo arrojé lejos de mí. No es que lo dejara caer, no, sino que de un empujó convulsivo con las dos manos lo mandé a estrellarse contra el suelo, o contra la pared, tan lejos de mí como me permitían mis fuerzas. No voy a contaros la continuación, porque ya me he cansado de este sitio, así que me largo. La tarde empezaba ya a caer cuando me dijeron que quedaba en libertad. Se me advirtió que debía comportarme mejor en el futuro. Consciente de mi culpa, enterado ya de los motivos de mi detención, sensible las contravenciones que mi interrogatorio puso de manifiesto, quedé asombrado de recobrar tan fácilmente la libertad, si aquello era la libertad, y eso sin que se aludiera a la más mínima sanción. ¿Podría ser que, sin saberlo, tuviera un protector en algún alto cargo? ¿Me había yo impuesto al comisario sin darme cuenta? ¿Habían conseguido encontrar a mi madre y obtener de ella, o de gente del barrio, la confirmación de algunas d mis aseveraciones? ¿Juzgaban quizá que no valía la pena someterme a un procedimiento penal? Porque la verdad es que no resulta cómodo castigar en forma sistemática a un ente como yo. Ocurre a veces, pero la má elemental prudencia lo desaconseja. Vale más remitirse a la opinión de los agentes. No sé. Si es obligatorio llevar los documentos de identidad, ¿por qué no insistieron para que me los procurara? ¿Porque es un asunto costoso y yo no tengo dinero? Pero, siendo así, ¿no habrían podido requisar mi bicicleta? Probablemente no, s un auto de~ tribunal. Todo resulta incomprensible. Lo que es cierto es
que nunca he vuelto a descansar de aquel modo, los pies obscenamente apoyados en el suelo, los brazos en e manillar y la cabeza entre los brazos, abandonada y bamboleante. En efecto, constituía indudablemente un tris espectáculo, y un triste ejemplo para los demás ciudadanos, tan necesitados de aliento en su dura tarea que so deben ofrecérseles manifestaciones de fuerza, de alegría y de celeridad, para evitar que se desplomen al terminar la jornada y rueden por tierra. Bastó con que me enseñaran qué comportamiento era el bueno para qu me comportara bien, en la medida en que mi físico me lo permite. Y no he cesado de mejorar en este aspecto, pues he sido inteligente y rápido de comprensión. Y en cuanto a buena voluntad, me desbordaba por todos los poros esta exasperada buena voluntad de los ansiosos. De manera que mi repertorio de actitudes lícitas no ha cesado de enriquecerse, desde mis primeros pasos hasta los últimos, que di el año pasado. Y si bien es verdad que me he comportado siempre como un cerdo, no hay que achacármelo a mi, sino a mis superiores, que me corregían únicamente en pequeños detalles en v~ de mostrarme lo esencial del sistema, según el ejemplar método de los grandes colegios anglosajones, así como los principios a que obedecen los buenos modales y e modo de pasar sin posible error de aquellos a estos, y de remontarse hasta las fuentes a partir de una posición dada. Todo ello me hubiera permitido, antes de desplegar en público ciertos modos de proceder dictados solamente por la comodidad, tales como el dedo en las narices, la mano en los cojones, el sonarse con los dedos o la meada ambulante, atenerme a las normas primeras de una teoría razonada. Sí, a este respecto yo sólo poseía nociones negativas y empíricas, lo que equivale a decir que las más de las veces me hallaba sumid
en la más completa oscuridad, y tanto más si se tiene en cuenta que mis observaciones, recogidas
a lo largo del siglo, me predisponían a poner en duda hasta los más altos dictámenes respecto al modo de vida incluso en un espacio reducido. Pero sólo pienso en estas cosas, y en otras, desde que ya no vivo. En el relajamiento de la descomposición recuerdo aquella prolongada emoción confusa que fue mi existencia, y la juzgo, como dicen que Dios nos juzgará, y con el mismo ánimo impertérrito. Descomponerse también es vivir, lo sé, no insistáis más, pero nunca es posible entregarse a ello del todo. Por otra parte, es posible que también cualquier día tenga la bondad de echaros un discurso sobre esa vida, el día en que sepa que creyendo saber lo único que hacía era existir, y la pasión sin forma ni descanso me haya devorado hasta las carnes pútridas, y, sabiendo esto, no sepa nada, no haga sino gritar como no he hecho sino gritar, más o menos fuerte, de un mod más o menos descarado. Venga, gritemos, se supone que eso sienta bien. Sí, esta vez a gritar, y quizá otra vez aún. Gritemos que el Sol poniente daba de lleno en la fachada blanca de la comisaría. Parecía que estuviéramo en China. Una sombra compleja se dibujaba en la fachada. Eramos yo y mi bicicleta. Me puse a jugar, gesticulando, agitando mi sombrero, haciendo ir y venir la bicicleta ante mí, hacia adelante, hacía atrás, haciend sonar la bocina. Miraba la pared. Me miraban desde las ventanas enrejadas, sentía aquellos ojos puestos en m El agente que estaba de guardia ante la puerta me dijo que me largara. Yo solo ya me habría calmado. A fin de cuentas, la sombra no resulta mucho más divertida que el cuerpo. Le pedí al agente que se compadeciera de m que me ayudara. No comprendía. Recordé con nostalgia el refrigerio que me ofreciera la asistenta social. Me saqué un guijarro del bolsílío y lo succioné. Era liso, de tantas chupadas que le había dado, y de las veces que lo había arrebatado la tempestad. Un pequeño guijarro redondo y liso en la boca le calma
a uno los nervios, le refresca, burla el hambre, engaña a la sed. El agente se me acercaba, le molestaba mi lentitud. A él también le miraban desde las ventanas. Se oían risas. También en mí reía alguien. Tomé mí pierna enferma entre las manos y la hice pasar por encima de la armazón de la bicicleta. Me marché. Había olvidado dónde iba. Me detuve para reflexionar sobre este asunto. Es difícil reflexionar mientras se anda en bicicleta, pa mi al menos. Cada vez que intento hacerlo, pierdo el equilibrio y me caigo. Hablo en presente por lo fácil que resulta hablar en presente cuando se trata del pasado. No le prestéis mucha atención, se trata de un presente mitológico. Ya me iba a liberar de mis humores en mis andrajos cuando recordé que no estaba bien hacer esto. Reanudé mi camino, camino del que solo sabia, en cuanto tal camino, que era únicamente una superficie clara oscura, regular o llena de baches, pero siempre amada, a poco que pensara en ello, y amado este rumor del aparato que se desplaza y que cuando hace tiempo seco es saludado por una leve polvareda. De modo que, si acordarme siquiera de haber salido de la ciudad, me encontré a la orilla del canal. El canal cruza la ciudad, ya l sé, ya lo sé, si hasta hay dos. Pero entonces, ¿aquellos setos, aquella campiña? Molloy, no te atormentes. De pronto me acuerdo, era la pierna derecha la que tenía paralizada, en aquel tiempo. Vi avanzar hacia mí. en la otra orilla, una yunta de asnillos grises recorriendo trabajosamente el largo camino de sirga, y oí gritos de ira y golpes sordos. Puse pie en tierra para ver mejor la gabarra que se acercaba, tan lentamente que ni siquiera el agua se rizaba a su paso. Llevaba un cargamento de tablones y clavos, destinados sin duda a algún carpintero Mi mirada se cruzó con la de un asno, y la bajé hacia sus pasos delicados y vigorosos. El piloto apoyaba el cod en la rodilla y la cabeza en lá mano. Cada
tres o cuatro bocanadas, sin quitarse la pipa de la boca, escupía en el agua. El Sol ponía en el horizonte sus colores de azufre y de fósforo. Yo avanzaba hacia ellos. Finalmente me apeé, llegué a saltitos hasta la zanja y me acosté en ella, al lado de mi bicicleta. Me acosté cuan largo soy, los brazos en cruz. El espino blanco pendí sobre mí, lástima que no me guste el olor del espino blanco. En la zanja la hierba era alta y espesa, me quité el sombrero y me rodeé el rostro de largos y frondosos tallos. Sentí entonces la tierra, su olor estaba en la hierba que mis manos entrelazaban sobre el rostro hasta cegarme. Comí también un poco de hierba. Ahora me acuerdo, tan repentina e inexplicablemente como de mi nombre, de que había salido para ver a mi madre la mañana de aquel día que tocaba a su fin. ¿Por qué razones? No me acordaba ya. Pero las conocía, creía conocerlas, bastaba con encontrarlas para salir volando hacia la casa de mi madre, jinete en las alas de gallina de la necesidad. Sí, a partir del momento en que se conoce el porqué todo resulta más fácil, un simple asunto d
demás y me oculta a mí mismo. Se calmaban los balidos, ignoro si debido a que los carneros estaban menos
inquietos, o a su progresivo alejamiento, o a que yo los oía peor, lo que me sorprendería, porque siempre he tenido el oído bastante fino, apenas un poco embotado al amanecer, y aunque a veces paso horas son oír nada
se debe a razones que ignoro, o porque quizá todo lo que me rodea se sume verdaderamente en el silencio, de vez en cuando, mientras que para los justos nunca cesa el mundanal ruido. Y así empezó aquella segunda
jornada, salvo que fuera la tercera o la cuarta, y empezó mal, porque introdujo en mí una perplejidad de gran alcance respecto al destino de los carneros, entre los cuales había corderos, y me preguntaba con frecuencia s habrían llegado finalmente a alguna dehesa o habrían caído con el cráneo roto, con un roce de sus patas flacas primero de rodillas, luego apoyados sobre el flanco lanudo, bajo la maza del matarife. Pero no vayáis a creer, la pequeñas perplejidades tienen también su lado bueno. Qué país rural, Dios mío, cuadrúpedos por todas partes Y no solo estos, sino tamb¡én los caballos y las cabras, para no mencionar a otros. Los siento al acecho, dispuestos a cruzarse en mi camino, de lo cual no tengo ninguna necesidad. Pero a todo esto yo no perdia de vista mi objetivo inmediato, a saber, ir a ver a mi madre lo más rápidamente posible, y de pie desde dentro de la zanja invocaba las muchas y buenas razones que tenía para ello. Y si bien yo era capaz de hacer muchas cosa sin saber lo que iba a hacer hasta que estaba ya hecho, y no siempre, ir a ver a mi madre no era una
de estas cosas. Mis pies nunca me conducían a casa de mi madre sin haber recibido desde arriba una orden
terminante en tal sentido. El tiempo era delicioso, delicioso, cualquier otro se habría alegrado en mi lugar. Pero yo no tengo por qué alegrarme de que haga sol y me abstengo siempre. Maté al Egeo, sediento de luz y calor, Egeo se mató hace tiempo dentro de mí. Las sombras pálidas de los días lluviosos respondían mejor a mi temperamento, no, me expreso mal, a mi humor tampoco, no tenía temperamento ni humor, hace tiempo que lo perdí. Bueno, quizá lo que quiero decir sea que las pálidas sombras, etc., me ocultaban mejor, sin parecerme p ello especialmente agradables. Mimético a pesar mío, este es Molloy, desde cierto punto de vista. Y en invierno me envolvía, bajo el abrigo, con tiras de papel de periódico, y no me las quitaba hasta que despertaba la tierra, hasta que despertaba realmente, en abril. El Suplemento Literario del Times era excelente a tal efecto, de una solidez e impermeabilidad a toda prueba. Ni los pedos lo rompían. Qué voy a hacerle, suelto ventosidades a cada paso, de modo que alguna alusión he de hacer de vez en cuando al asunto, pese a la lógica repugnancia que me inspira. Un día conté mis gases. Trescientos quince en diecinueve horas, lo que da una media de más d dieciséis pedos por hora. Lo cual no es mucho. Cuatro pedos cada cuarto de hora. Total, nada. Ni un pedo cada cuatro minutos. Es increíble. Vaya, vaya, soy un pedorrero de pacotilla, he hecho mal en decir otra cosa. Result extraordinario cómo las matemáticas ayudan a conocerse a sí mismo. Por otra parte el problema climático carecía de interés para mí, me adaptaba al viento que soplara. Me limitaré por tanto a añadir que en aquella región solía brillar el Sol por la mañana hasta las diez o diez y media, momento en que el cielo se cubría y empezaba a caer la lluvia, ininterrumpidamente, hasta la noche.
Entonces salía el Sol y se ponía, la tierra empapada destellaba un instante, luego se oscurecía su resplandor. D modo que monté de nuevo en mi bicicleta, con una chispa de inquietud en el embrutecido corazón, como el canceroso obligado a consultar a un dentista. Porque ignoraba si seguía el buen camino. Normalmente, todos l caminos eran buenos para mi. Pero para ir a ver a mi madre solo había un buen camino, el que llevaba a su casa, o uno de los que llevaban a su casa, porque no todos los caminos llevaban a su casa. Yo no sabia si estaba siguiendo uno de los buenos caminos y eso me molestaba, como lo hace toda llamada a la vida. Juzgue ustedes, pues, cuál no seria mi alivio cuando, a cien pasos ante mí, vi surgir las murallas familiares. Una vez qu las hube franqueado, me encontré en un barrio para mi desconocido, pese a conocer la ciudad a la perfección, pues había nacido en ella y no había conseguido alejarme nunca-tal era la atracción que, ignoro por qué causa ejercía sobre mí-más de quince o veinte millas. De modo que estaba a punto de preguntarme si me hallaba realmente en mi ciudad, aquella en que había visto la noche y que encerraba aún a mi madre en alguna parte. si más bien, por alguna falsa maniobra, había venido a caer en otra ciudad de la que ni el nombre conocía. Porque yo no conocía otra ciudad que mi ciudad natal, ni había puesto nunca los pies en ninguna otra. Pero había leído con atención, cuando aún sabía leer, libros de viajeros más afortunados que yo, donde se hablaba d
otras ciudades tan hermosas como la mía, y hasta puede que más hermosas, aunque con otro tipo de belleza.
busqué en mi memoria el nombre de esta única ciudad que conocía, con la intención, en cuanto hubiera dado con él, de pararme y decirle a un transeúnte, quitándome el sombrero: «Dispense, señor:
¿haría el favor de decirme si estamos en X?», pongo por
caso. Me parecía que el nombre en cuestión empezaba por B o P, pero a pesar de tal indicio, o tal vez a causa de ser falso, las otras letras se me seguían resistiendo. Hacía tanto tiempo que vivía alejado de las palabras, haceos cargo, que me bastaba, por ejemplo, con ver mi ciudad, ya que estamos hablando de mi ciudad, para que me fuese imposible, ustedes se harán cargo. Bueno, es demasiado difícil para mí decirlo. Del mismo modo la sensación de mi personalidad se envolvía de un anonimato a veces impenetrable, como espero haber demostrado. Y así sucesivamente con las demás cosas que se burlaban de mis sentidos. Sí, incluso en aquel tiempo, cuando todo empezaba ya a difuminarse, partículas y ondas, la condición del objeto era ya carecer de nombre, y a la inversa. Ahora digo esto, pero en el fondo, ¿qué puedo saber de aquella época ahora, cuando granizan sobre mí palabras glaciales de sentido y el mundo muere así, indignamente, pesadamente nombrado? Sé lo que saben las palabras y las cosas muertas, y todo ello forma una pequeña y bonita suma, con un comienzo, una mitad y un final, como en las frases bien construidas y en la larga sonata de los cadáveres. Y no tiene mucha importancia que diga esto u otra cosa. Decir es inventar. Sea falso o cierto. No inventamos nada, creemos inventar, evadirnos, cuando en realidad nos limitamos a balbucear la lección, los restos de unos deberes escolares aprendidos y olvidados, la vida sin lágrimas, tal como la lloramos. Y a la mierda. Veamos. Incapaz de recordar el nombre de mi ciudad, tomé la resolución de detenerme al borde de la acera, en espera d un transeúnte de aspecto agradable e instruido, para quitarme el sombrero y decirle con mi mejor sonrisa: «Dispense, señor, perdone, señor, por favor, ¿cómo se llama esta ciudad?» Pues una vez pronunciada la palabra, yo recordaría si era o no la palabra que había estado buscando en mi memoria. Con lo cual
sabría de una vez a qué atenerme. Un absurdo y desgraciado percance impidió que ejecutara esta resolución, tomada mientras iba pedaleando. Pues mis resoluciones tenían la particularidad de que una vez tomadas surgi un incidente incompatible con su puesta en práctica. Sin duda hay que atribuir a esto que ahora tome muchas menos resoluciones que en la época a que me refiero y que entonces tomara menos que algún tiempo atrás. Pero a decir verdad (ja decir verdad!) nunca me he distinguido por ser particularmente resuelto, quiero decir dispuesto a tomar resoluciones, sino más bien dispuesto a hundirme con la cabeza gacha en la mierda, sin sab quién se me estaba cagando encima ni de qué lado me convenía recostarme. Pero tampoco esta predisposició me procuraba muchas satisfacciones, y aunque nunca he llegado a liberarme de ella, no vayáis a creer que no lo haya intentado. El hecho es, según parece, que a lo máximo que puede aspirar uno es a ser al final algo menos de lo que era al principio, y así sucesivamente. Pues apenas había establecido mentalmente mi plan, cuando me di de manos a boca con un perro, según supe más tarde, y caí al suelo, torpeza tanto más imperdonable cuanto que el perro, atado con un lazo, no estaba en la calzada, sino en la acera, paseando juiciosamente al lado de su dueña. Hay que tomar las precauciones con precaución, ocurre como con las resoluciones. Aquella señora debía creer que no dejaba nada al azar, en lo que respecta a la seguridad de su perro, cuando lo que hacía en realidad era desafiar a toda la naturaleza, como yo con mis disparatadas pretensiones de poner algo en claro. Pero en vez de humillarme, haciendo valer mi avanzada edad y mis defectos físicos, agravé mi situación con una intentona de huida. No tardé en ser alcanzado por una jauría de justicieros de ambos sexos y de todas las edades, ya que divisé barbas blancas y caritas casi en plena edad
de la inocencia, y ya se disponían a hacerme picadillo cuando intervino la señora. Vino a decir en resumen, según me dijo más tarde y yo creí: «Dejad en paz a este pobre viejo. Desde luego mató a Teddy, a quien amab como a mi propio hijo, pero la cosa no es tan grave como parece, porque precisamente le llevaba a casa del veterinario, para que pusiera término a sus sufrimientos. Porque Teddy era viejo, sordo, ciego, baldado por el reuma y se hacía sus necesidades encima a cada paso, día y noche, tanto en casa como en el jardín. De modo que este pobre viejo me ha evitado un itinerario penoso, para no hablar de un gasto que no tengo muchos
no hubiera sabido decir, hubiera debido callar. ¡Necesidad de mi madre! Sí, era realmente inefable la ausencia
necesidad en que yo perecía. De modo que debió decirme, me refiero nuevamente a Sofía, las razones por las que tenia necesidad de ella, ya que me había permitido llevarle la contraria sobre el particular. Y pensando un
poco, supongo que me acordaría de estas razones, pero no seré yo quien se tome este trabajo. Pero ya estoy harto de aquel bulevar, sí, debía tratarse de un bulevar, y de aquellos hombres justos que pasaban, de aquellos
policías al acecho, de aquellos pies, de aquellas manos, pisando, cargando, defraudadas en sus ansias de golpear, de aquellas bocas que solo se aullaban a sabiendas, de aquel cielo que se ponía a chorrear, estoy har de encontrarme fuera, cercado, visible. Un señor removía el perro con la punta de su bastón de junquillo. Era u perro enteramente amanlío, sin duda bastardo, aunque no sé distinguir muy bien entre perros bastardos y de raza. Supongo que se hizo menos daño al morir que yo al caer. Y además estaba
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muerto. Lo atravesamos en el sillín de la bicicleta y partimos no sé cómo, supongo que ayudándonos los unos a los otros a sostener el cadáver, a hacer avanzar a la bicicleta, a avanzar nosotros mismos por entre la chocarre multitud. La casa de Sofia, no, no puedo llamarla así, voy a tratar de llamarla Lousse, simplemente Lousse, la casa de Lousse no estaba lejos. Tampoco estaba cerca, llevé la cuenta durante el recorrido. Bueno, no la llevé. Uno cree llevar la cuenta, pero en realidad casi nunca la lleva. Creía haberla llevado porque sabía que llegábamos, si hubiera debido recorrer una muía más no habría llevado la cuenta hasta una hora más tarde. As somos. ¿Tendré que describir la casa? No creo. De momento, lo único que sé es que no voy a hacerlo. Quizá más tarde, según me vaya introduciendo. ¿Y Lousse? Es difícil describirla. De modo que empecemos por enterrar al perro lo más rápidamente posibl~. Ella se encargó de cavar la fosa, al pie de un árbol. No sé por qué será, pero a los perros se les entierra siempre al pie de un árbol. Bueno, es mi teoría. Cavó ella la fosa porque yo, aunque hubiera debido por ser el caballero, no habría podido a causa de mi pierna. Mejor dicho, hubiera podido cavaría con un desplantador, pero no con una pala. Porque cuando se cava con una pala, siempre hay una pierna que soportar el peso del cuerpo mientras que la otra, tendiéndose y plegándose, hunde la pala en tierra. Ahora bien, mi pierna enferma, no recuerdo cuál, pero poco importa para el caso, no me permitiría desempeñar la segunda función, pues estaba rígida, ni la primera, porque no habría podido soportar el peso. D modo que solo disponía, por así decirlo, de una pierna, moralmente era unipiernista y hubiera vivido más ágil y feliz si me la hubieran amputado a altura de la ingle. Y tampoco me hubiera opuesto a que de paso me quitaran algunos testículos. Porque mis testículos, bam
boleándose a medio muslo pendientes de un delgado cordón, no me. servían ya de nada, tanto más cuanto que ya no quería que me sirvieran, sino ver desaparecer a esos testigos de cargo y de descargo de mi larga acusacion. Porque me acusaban de haberlos manoseado, y al mismo tiempo se alegraban, desde el fondo de s bolsa reventada, el derecho más bajo que el izquierdo, o al revés, ya no me acuerdo, fenómenos de circo. Y, lo que es más grave, me molestaban para caminar y para sentarme, como si no tuviera ya bastante con mi pierna enferma, y cuando montaba en bicicleta iban golpeando con todo. Así que tenía interés en que desaparecieran me habría encargado yo mismo de que ocurriera, con un cuchillo o unas tijeras de podar, a no ser por el temor, que me sobrecogía, al dolor físico y las llagas infectadas. Sí, toda mi vida la he pasado bajo el terror de las llag infectadas, yo que era tan ácido que no me infectaba nunca. Mi vida, mi vida, tan pronto hablo de ella como de algo ya terminado como de una tomadura de pelo que dura todavía, y hago mal, pues ha terminado y dura todavía, pero ¿coir qué tiempo gramatical del verbo podría expresar esta situación? Reloj que el relojero entierr después de volverlo a montar, y cuyos engranajes torcidos hablarán un dia de Dios a los gusanos. Pero en el fondo debía sentir cierta debilidad por mis cojones, como otros por sus cicatrices o por el álbum de fotos de su abuela. Aunque de todos modos no eran ellos quienes me impedían cavar, sino mi pierna. Así que Lousse cavó la fosa mientras yo sostenía el perro en brazos. Ya estaba frío y rígido, pero aún no hedía. Olía mal, si nos empeñamos, pero como puede oler mal un perro viejo, no como un cadáver. El también había cavado agujeros en vida, quién sabe si en aquel mismo lugar. Lo enterramos tal como estaba, sin ninguna clase de caja o envoltorio, como a un cartujo, pero con su
lazo y su collar. Fue ella quien lo colocó en el agujero, porque yo no puedo inclinarme, ni arrodillarme, a causa
mi dolencia, y si alguna vez, olvidando mi personaje, me inclino o me arrodillo, no os dejéis engañar, no seré yo será otro. Lo único que yo habría podido hacer hubiera sido tirarlo al agujero, cosa que hubiera hecho de buena
gana. Sin embargo, me abstuve. ¡Qué de cosas haría uno de buena gana, sin entusiasmo, claro está, pero de buena gana, y sin ninguna razón aparente para no hacerlas, y sin embargo no las hace! ¿Habrá que poner en duda la libertad humana? Es una cuestión que debe someterse a examen. Pero, en suma, ¿cuál fue mi contribución a aquel entierro? Fue ella quien cavó la fosa y la volvió a rellenar después de haber colocado al perro. De modo que yo desempeñaba un papel de mero espectador. Contribuía al acto con mi presencia. Como si hubiera sido mi propio entierro. Y lo era. Era un alerce. Es el único árbol que puedo identificar con certeza. N deja de ser curioso que eligiera para enterrarle el único árbol que puedo identificar con certeza. Las hojas aciculadas color verde agua parecen de seda y están salpicadas, creo, de puntitos rojos. El perro tenía garrapatas bajo las orejas, en esas cosas me fijo mucho, y fueron enterradas con él. Cuando Lousse terminó de cavar me pasó la pala y se recogió. Creí que iba a llorar, era un buen momento, pero en cambio se echó a reír. Quizá era su forma de llorar. O a lo mejor me equivocaba yo y lo que hacía era llorar, bajo la apariencia de reír. Nunca me he aclarado muy bien en eso de la risa y el llanto. No volvería a ver más a su Teddy, que había amad como a un hijo. Me pregunto por qué, ya que estaba evidentemente decidida a enterrar al perro en su casa, no había hecho venir al veterinario. ¿Iba realmente a casa del veterinario cuando nuestros caminos se cruzaron? ¿O lo había afirmado únicamente con objeto de atenuar
mi culpabilidad? Cierto que las visitas a domicilio cuestan más caras. Me hizo pasar al salón y me dio comida y bebida, muy buena por cierto. Pero, desafortunadamente, no me gustaban la buena comida ni la buena bebida. Aunque sí me gustaba emborracharme. Si vivía en la escasez, no saltaba precisamente a la vista. La escasez l noto en seguida. Viendo lo que me costaba mantenerme de pie, se apresuro a ofrecerme una silla para mi piern tiesa. Mientras me iba atendiendo pronunciaba discursos de los que apenas comprendía nada. Me quitó el sombrero con sus propias manos y se alejó con él, para colgarlo en alguna parte, sin duda de una percha, y pareció asombrarse mucho al ver su impulso detenido por el cordón. Tenía un papagayo, muy bonito, de los má preciados colores. Le comprendía mejor. No quiero decir que le comprendiera a él mejor que ella, quiero decir que le comprendía mejor que a ella. Decía de vez en cuando «Puta del coño de la mierda cagada.» Debía de haberlo aprendido de su anterior propietario. Los animales cambian muchas veces de dueño. No decía gran co más. Sí, decía también: «¡Fuck!» Vete saber quién le había enseñado a decir ¡fuck! A lo mejor lo había aprendid solo, no me sorprendería. Lousse intentaba enseñarle a decir: «¡Pretty Polly!» Me parece que era demasiado tarde para eso. Escuchaba, con la cabeza ladeada, reflexionaba, y luego decía: «Puta del coño de la mierda cagada.» Hay que reconocer que ponía buena voluntad. A él también le enterraría Lousse un día u otro. Probablemente en su jaula. A mí también me hubiera enterrado, si llego a quedarme. Si tuviera su dirección le escribiría, para que me viniera a enterrar. Me dormí. Me desperté en una cama, desvestido. Había llegado durante mi sueño al impudor de limpiarme, a juzgar por el hedor que había dejado de despedir. Me dirigí a la puerta. Cerrada con llave. A la ventana. Barrotes. Aún no había anochecido
del todo. ¿Qué queda por probar, después de la puerta y la ventana? Tal vez la chimenea. Busqué mis vestidos Encontré un interruptor y lo pulsé. Sin resultado. Vaya, qué situación. Todo ello me dejaba bastante indiferente. Encontré mis muletas apoyadas en un sillón. Sin duda el lector se extrañará de que yo hubiera podido efectuar sin su ayuda los movimientos anteriormente indicados. Me extraña. Al despertar no siempre me acuerdo de quién soy. Encontré en una silla un orinal blanco con un rollo de papel higiénico en su interior. No olvidaban detalle. Describo aquellos instantes con cierta minuciosidad, porque pienso que me alivia de lo que se está avecinando. Acerqué el sillón a una silla, me senté en el sillón, tendí en la silla mi pierna tiesa. La habitación estaba llena a rebosar de sillas y sillones, pululaban a mi alrededor en la oscuridad. También abundaban los veladores, taburetes, cómodas, etc. Extraña impresión de zozobra disipada con el día, que iluminó también la araña de cristal, porque había dejado prendido el contacto. Pasando una mano angustiada por mi rostro, eché a faltar algunos pelos. Habían afeitado mis restos de barba. ¿Cómo había podido mi sueño resistir a tantas
tampoco me muevo cuando estoy ahí, sin~ que miro y me hago ver. Sí, es un mundo acabado, pese a las
apariencias, su fin le dio origen, empezó al acabar, ¿me expreso con bastante claridad? Y yo también estoy acabado, cuando me encuentro ahí, se me cierran los ojos, cesan mis sufrimientos y termino, doblado como no
pueden hacerlo los vivos. Y si hubiera seguido escuchando aquel hálito lejano, callado hace tanto tiempo y que termino por escuchar, hubiera sabido todavía más cosas a este respecto. Pero no escucharé más, de momento
aquel hálito lejano, porque no me gusta, y hasta le temo. Pero no es un sonido como los demás, que se escuchan cuando uno quiere y muchas veces pueden hacerse cesar, alejándose o tapándose los oídos, sino qu es un sonido que empieza de pronto a zumbar en la cabeza de uno, sin saber cómo ni por qué. Es la cabeza quien lo oye, las orejas no tienen nada que ver, y no hay modo de pararlo, se para cuando quiere. No tiene importancia que le preste atención o no, lo estaré oyendo siempre, ni un trueno podría ocultármelo antes de qu quiera cesar. Pero no tengo ninguna obligación de hablar de él, ya que no es asunto mío. Y no es asunto mío, d momento. No, de momento mí asunto es terminar aquella historia de la Luna que quedó inacabada, si, ya sé qu es este mi asunto. Y aunque lo terminaré peor que si estuviera en plena posesión de mis facultades, de todos modos voy a terminarlo lo mejor que pueda, o al menos eso creo. De modo que esta Luna, pensando
en ella, me llenó súbitamente de estupor, de asombro si lo preferís. Si, pensaba en ella a mi modo, con indiferencia, en cierto sentido volvía a verla mentalmente, cuando un gran terror hizo presa en mí. Y juzgando que el asunto merecía cuando menos que le echara un vistazo, se lo eché, y no tardé en hacer, entre otros, el descubrimiento siguiente, solo tomaré en cuenta este, que aquella Luna llena y altiva que acababa de pasar an mi ventana era la misma que había visto la víspera o la antevíspera, la antevíspera, frágil y primeriza, tendida d espaldas, nada, una viruta. Y yo me había dicho, vaya, ha esperado la Luna nueva para lanzarse por caminos desconocidos que conducen hacia el Sur, y, un poco más tarde, mira, mañana podría ir a ver a mamá. Porque, como suele decirse, todo funciona por obra del Espíritu Santo. Y si no mencioné esta circunstancia en su momento, fue porque no todo hay que mencionarlo en su momento, sino más bien escoger entre las cosas que no merecen ser mencionadas y las que todavía lo merecen menos. Porque si quisiéramos mencionarlo todo no acabaríamos nunca, y lo que interesa es esto, acabar, acabar de una vez. Sí, ya sé que aunque me limite solo mencionar algunas de las circunstancias presentes tampoco voy a acabar nunca, ya lo sé, ya lo sé. Pero siemp es cambiar de mierda. Y aunque todas las mierdas se pareciesen (lo que es inexacto), no importaría nada, siempre va bien cambiar de mierda, ir un poco más lejos en la mierda, de vez en cuando, mariposear, en fin, como si fuéramos efimeros. Y aunque a veces nos equivocamos, quiero decir al dar cuenta de circunstancias que hubiera sido preferible callar y omitir otras, justificadamente si se quiere, pero cómo diría, sin razón, justificadamente, pero sin razón, como por ejemplo aquella Luna nueva, lo hacemos de buena fe, de la mejor fe De modo que entre la noche pasada en el monte, la de los dos ladrones,
aquella en que tomé la decisión de ir a ver a mi madre, y la noche presente, podía haber transcurrido más tiemp del que yo suponía, a saber, quince días completos aproximadamente. En tal caso, ¿qué se había hecho de estos quince días y dónde los había pasado? ¿Y cómo concebir la posibilidad, cualquiera que fuese su contenido, de incorporarlos al encadenamiento tan riguroso de incidentes que yo acababa de vivir? ¿No resultaba más interesante suponer, o bien que la Luna que había visto la antevíspera, lejos de ser Luna nueva como yo había creído, estaba entrando en plenilunio, o que la Luna vista desde casa de Lousse, lejos de estar en plenilunio, como me había parecido, entraba apenas en su primera fase, o bien, por último, que se trataba d dos lunas equidistantes de la Luna nueva y del plenilunio y tan parecidas en su curva que a simple vista resultaba difícil distinguirlas, y que todo lo que viniera a contradecir tales hipótesis seria solo humo e ilusión? D todos modos, gracias a estas consideraciones llegué a calmarme y a recobrar, ante las travesuras de la Naturaleza, aquella ataraxia que vale lo que vale. Y acudió nuevamente a mi espíritu, mientras me iba volviend a vencer el sueño, la idea de que mis noches no tenían Luna y de que la Luna nada tenía que ver con mis noches, de modo que aquella Luna que acababa de ver cruzando a través de la ventana, evocándome otras noches, otras Lunas, nunca la había visto en realidad, me había olvidado de quién era (no me faltaban motivos y había hablado de mí como hubiera podido hablar de otro, caso de tener absoluta necesidad de hablar de otro
Sí, me ocurre y me volverá a ocurrir olvidarme de quién soy y comportarme ante mi mismo al modo de un
extraño. Entonces veo el cielo distinto y también la tierra se envuelve en un falsos colores. Parece un descanso pero no lo ~luto, me deslizo contento por la luz ajena, la
que en otro tiempo hubiera debido ser mía, no voy a negarlo, y luego sobreviene la angustia del regreso, no os voy a decir adónde, no puedo, quizá a la ausencia, siempre hay que volver, no sé nada más, no es bueno estarse allí, tampoco está bien marcharse. Al día siguiente exigí que me devolvieran mis vestidos. El criado fue informarse. Volvió con la noticia de que los habían quemado. Seguí inspeccionando la habitación. Formaba a simple vista un cubo perfecto. Veía ramas a través del alto ventanal. Se agitaban suavemente, pero no siempre a veces experimentaban bruscas sacudidas. Observé que la araña de cristal estaba encendida. Dije, mis vestidos, mis muletas. Me había olvidado de que mis muletas estaban ahí mismo, apoyadas en el sillón. El cria volvió a marcharse, dejando la puerta abierta. Más allá de la puerta divisé un ventanal, mayor que la puerta, cu marco rebasaba en todas direcciones, y opaco. El criado volvió y me dijo que habían enviado mis vestidos a la tintorería, para quitarles el brillo. Traía mis muletas, lo que hubiera debido sorprenderme, pero en cambio me pareció lo más natural del mundo. Tomé una y me puse a golpear con ella los muebles, pero no muy fuerte, jus lo bastante para hacer que cayeran al suelo sin llegar a romperlos. No había tantos como la noche anterior. La verdad es que más que golpearlos los empujaba, lo que hacía era dirigirles estocadas, cosa que no puede llamar-se tampoco empujar, pero que se acerca más a empujar que a golpear. Pero, acordándome de quién era arrojé mis muletas y me quedé inmóvil en el centro de la habitación, decidido a no suplicar nada más y a no volver a parecer enfurecido. Porque si quería mis vestidos, y parecía quererlos, esto no era razón bastante para simular que me enfurecía al rehusármelos. Y, solo otra vez, reanudé mi inspección del cuarto, y cuando ya iba a descubrirle
nuevas propiedades, el criado regresó y me dijo que habían mandado a buscar mis vestidos y que dentro de poco los tendría. Pasó acto seguido a poner nuevamente en su sitio los muebles que yo había derribado, aprovechando para quitarles el polvo con un plumero que apareció súbitamente en su mano. Y no tardé en ayudarle con mi mejor voluntad, para demostrar que no estaba enfadado con nadie. Y aunque, a causa de mí pierna tiesa, no podía servirle de gran ayuda, de todos modos hice lo que pude, es decir, que me iba apoderand de los muebles según él los iba levantando y, con maniática minuciosidad, procedía a colocarlos de nuevo en posición correcta, retrocediendo con los brazos en alto para apreciar mejor el efecto, y precípitándome luego para llevar a cabo modificaciones imperceptibles. Y recogía los faldones de mi camisón para dirigirles con ellos golpes petulantes. Pero tampoco en esta mímica pude mantenerme, y me quedé bruscamente inmóvil en el centro de la habitación. Viendo entonces que el criado se disponía a marcharse, avancé un paso hacia él y le dije: «Mí bicicleta.» Y repetí esta frase hásta que pareció comprenderla. No sé a qué raza pertenecía el criado pequeñajo y carente de edad. Seguro que no era de la raza blanca. Quizá era un oriental, resulta impreciso, un oriental, un hijo de Levante. Llevaba pantalón blanco, camisa blanca y chaleco amarillo, parecía un gamo con botones dorados y sandalias. Es p¿co frecuente en mí advertir con tanta claridad qué atuendo llevan las personas, de modo que representa un placer proporcionales a ustedes tal ocasión. El fenómeno deberá atribuirse tal vez a que aquella mañana, por así decirlo, todo giraba en torno a vestidos, en torno a mis vestidos Y quizá, en resumen, venía a decirme, fijaos en este, tan tranquilo con su ropa, mientras que yo estoy flotando en un camisón Ijeno, y probablemente de mujer, porque era rosa y transpa
rente, adornado con cintas, blondas y encajes. En cambio, la habitación no la veía muy claramente, me parecía cambiada cada vez que reanudaba la inspección, lo cual, en el presente estado de cosas, equivale a no ver mu claramente. Hasta las ramas parecían cambiar de sitio, como dotadas de una velocidad de órbita propia, y la puerta ya no aparecía en el ventanal opaco, sino que se había desplazado ligeramente hacia la izquierda o hac la derecha, ya no me acuerdo, hasta encuadrar un lienzo blanco de pared, sobre el que yo podía suscitar débile sombras mediante determinados movimientos. No negaré que pueda haber explicaciones naturales para todos estos fenómenos, ya que, al parecer, infinitos son los recursos de la Naturaleza. Era yo quien no me hallaba lo bastante cercano al mundo natural para insertarme con comodidad en este orden de cosas y apreciar sus