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A lo largo de la Historia de la Humanidad, multitud de individuos (ya sean filósofos reputados o no) se han planteado preguntas referidas a la definición completa del sentido de la esencia del propio ser humano. Estas, trascendiendo más allá del objetivismo y empirismo científico, llegan a tocar el ámbito filosófico en su total plenitud. Es más, según el mismísimo Kant, una de las preguntas integradoras que abarca la Filosofía es la de “¿Qué es el ser humano?”. Podemos destacar algunas cuestiones como “¿Qué elementos, valores nos hace destacar de entre todos los demás seres de nuestro alrededor?” o “¿Qué áreas podemos analizar del ser humano para delimitarlo como tal?”. En resumen: “¿QUÉ NOS HACE SER LO QUE SOMOS?”. En la disertación abordaré este tema, profundizando en estos interrogantes desde de mi punto de vista, que puede estar relacionado (o no) con la opinión de ciertos personajes históricos. Se verá desde la Antropología, con explicaciones y ejemplos de carácter filosófico, metafísico, científico y teológico. Se intentarán valorar o criticar desde la razón y la argumentación. Para comenzar, podemos cubrir lo más general. La mayoría de los estudios y ensayos filosóficos parecen tener un mismo punto de confluencia, comentando que el ser humano comporta dos “dimensiones”: una de ella es biológica; la otra, considerada social o cultural. También se dice que estas dos son requisitos necesarios y fundamentales en el Hombre. No puede ser sólo biología o sólo cultura; o como se dice coloquialmente, no puede ser sólo “ser” o sólo “humano”. Estoy completamente de acuerdo con estas afirmaciones. La primera parece fácil de argumentar: todo ser humano tiene un papel en la naturaleza como ser que vive y un papel en la sociedad como ser que piensa. La segunda, requiere una mayor profundización. Está claro que en el caso de que un “hombre” no guardara algunas características elementales y propias como lo son las funciones vitales de todos los seres vivos (nutrirse, relacionarse y reproducirse), una anatomía determinada (pero abierta a la posibilidad de discapacidades), una genética específica (también abierta a la posibilidad de mutaciones), un parentesco evolutivo definido por los antecedentes primates homínidos… automáticamente se anularía como ser humano. Es obvio y evidente. Una vaca no es Hombre, como tampoco lo es un insecto, una flor o una roca. Un homínido como lo fue
el Australopithecus no se puede considerar ser humano, por mucho que haya una gran relación entre ambos; y una mascota (un perro, por poner un ejemplo), por mucho que sea querida por su amo y le dé un cierto trato humano dotándole de un nombre y enseñándole trucos, tampoco. Pongamos un ejemplo más irreal, sólo para hacernos una idea: un espíritu tampoco llegaría a ser un Hombre, porque para ello necesitaría un cuerpo con vida que poseer. Podría tener su respectiva cultura (un lenguaje, una inteligencia simbólica, un razonamiento…), pero sin un recipiente humano no se consideraría como tal. Un ser humano, en su faceta de “ser”, debe cumplir una serie de parámetros derivados de su vida. Algunos de ellos, se pueden deducir por razón y lógica (como una existencia debida, un cuerpo…) y otros, han de ser definidos por las ciencias. De delimitar al humano como ser biológico se encargan algunas estudios específicos como la medicina, la anatomía, la genética, la química orgánica, la paleontología... con teorías más o menos demostradas mediante experimentos y la observación. ¿Pero estas explican que el ser humano tenga inteligencia, razón? ¿Que sepa crear cultura, conceptos abstractos, arte? En este sentido, creo que la Ciencia se queda corta y resuelve solo una pequeña fracción del total de preguntas que el ser humano se plantea sobre sí mismo. Es por esta exclusión por la que se deduce que el ser humano tiene una dimensión más trascendental: su faceta de “humano”. Requiere otro tipo de saber del conocimiento ajeno a la ciencia, relacionado de forma directa con la filosofía y la metafísica. Entonces, ¿cómo definimos esta dimensión? Directamente, lo resumiría y aclararía como “todo aquello que se escapa a la Biología del ser humano”. Es decir, todo aquello que es ajeno a la primera parte que hemos descrito. El tratamiento de toda esta dimensión se basa en una capacidad especial que tiene el Hombre: una inteligencia que destaca sobre todos los demás seres. Aristóteles clasificaba al ser humano como “animal social” y con razón, gracias a la llamada capacidad del “logos”. Nuestra inteligencia es tal que, además de práctica (como la que puede emplear un animal), está categorizada como “simbólica y social”. Esta no sólo nos permite relacionar y buscar recursos para sobrevivir, sino que nos ayuda a abstraernos, a razonar y argumentar, a prever situaciones hipotéticas. Nos ayuda a formular un “logos” (una comunicación y un lenguaje), a formarnos una dignidad, a crear cultura y arte. Nos ayuda a anular nuestros instintos y a dirigir nuestro propio comportamiento. Y, de forma especial, nos ayuda a organizarnos como sociedad y a
factores como el color de la piel o de la religión del sujeto. Una persona es humana o no, no entraña más misterio. Cumple estas dos dimensiones necesarias que mencioné al inicio del trabajo o no. El ser o no ser es algo naturalmente contrario, blanco y negro, que no admite grises intermedios derivados de concepciones culturales. La mayoría de las religiones así lo establecen: por ejemplo, las tres grandes religiones monoteístas (Cristianismo, Judaísmo e Islam) aseguran que su Dios creó a las personas a su imagen y semejanza, iguales en la condición de ser humano y dignidad. Esta última idea de dignidad es otra razón que me hace pensar sobre la igualdad de todos los seres humanos: todos aspiramos a ser tratados de manera digna. Lo que yo creo que sí admite una gradación es la escala de la moralidad de los actos que realizan los seres humanos, llamada coloquialmente “Humanidad”. Un acto moral y éticamente aceptado es un acto “Humano”, pero no hace al Hombre estar por encima de otros por realizar algo bien; mientras que un acto que no lo sea es “Inhumano”, pero tampoco degrada al Hombre como subhumano. Es la típica concepción de que “no malas personas (menos humanas), sino malas acciones”. En conclusión y para acabar, pienso que todos los Hombres por igual se componen de dos realidades que, más que contrarias, se complementan: una natural y otra social. La ausencia de una de ellas altera el concepto global de Humano, un estado tajante que se tiene sí o no: las dos a la fuerza. Una de las diferencias más notables entre las dos dimensiones es que, mientras la realidad natural se nos dota de nacimiento, la social tenemos que labrarla a lo largo de toda nuestra vida. De ahí la preocupación por la educación y el aprendizaje moral. El Hombre dispone de los medios (inteligencia especial) para tener un papel en la sociedad, pero esta capacidad ha de ser desarrollada. Aquí se podría decir que, debido a la combinación de las dos dimensiones, el punto de partida de las dos realidades es que el ser humano es un ente cultural (que piensa, se comunica) con un vehículo biológico (que vive). Que decir tiene que nadie es más ser humano que otro: como digo, es una condición que todos los Hombres tienen por serlo de manera equitativa. La reciente historia llenas guerras, desigualdades y catástrofes es en realidad una muestra de la malinterpretación de esta idea. Nadie es más humano que otro por sus actos, sus orígenes, su raza, sus problemas fisiológicos.