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Secuela Orgullo y Prejuicio - Jo Darcy, Transcripciones de Literatura Universal

Lectura Secuela Orgullo y Prejuicio - Jo Darcy

Tipo: Transcripciones

2019/2020

Subido el 03/06/2020

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Me gustaría ser Jo March.Por eso el
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seudónimo.Como cualquier mujer que leyó Orgullo
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y Prejuicio, me enamoré de Mr Darcy. Me he
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tomado el atrevimiento de inventar una secuela, sin
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otro fin que el entretener.
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Jo Darcy
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tomado el atrevimiento de inventar una secuela, sintomado el atrevimiento de inventar una secuela, sintomado el atrevimiento de inventar una secuela, sintomado el atrevimiento de inventar una secuela, sin

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Jo DarcyJo DarcyJo DarcyJo Darcy

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“And when you say you love me, That's all you have to say. I'll always feel this way.” Josh Groban

El cuarto estaba decorado en claros tonos de beige y azul. Elizabeth se miraba en el antiguo espejo del tocador mientras su doncella le desarmaba el peinado. Una de las numerosas sirvientas de Pemberley acomodaba los leños del hogar, mientras que otra apagaba algunas velas. -Eso es todo- dijo Elizabeth a las criadas. -Buenas noches Sra. Darcy- respondieron con una reverencia. “Sra. Darcy”, las palabras hicieron eco en su cabeza y le provocaron una leve sonrisa. Se miró al espejo, llevaba puesto el vestido de dormir y su cabello suelto. Comenzó a cepillar su largo pelo y a tratar de asimilar que, ahora, era la Sra. Darcy, ama de Pemberley. Súbitamente, una ola de miedo la invadió, aún se sentía como Elizabeth Bennet, la Sra. Darcy era un título con tantas responsabilidades que temía no poder cumplir con ellas. Pero su mayor temor era defraudar a su esposo. Sus pensamientos fueron de inmediato a la imagen de él y sus miedos se desvanecieron. Lo amaba como nunca lo creyó posible. Esa mañana, al verlo en la iglesia parado en el altar, tan alto, tan serio, con esos ojos profundamente azules en los que creía poder perderse, Lizzie supo que era el día más feliz de su vida. Después de tantas idas y vueltas en su relación, ahora serían marido y mujer. “Marido y mujer”, pensó y miles de mariposas invadieron su estómago al tomar conciencia que, en cualquier momento, su esposo vendría a visitarla a su dormitorio. Corrió a la cama, rodeó sus piernas con los brazos y apoyó su cabeza en las rodillas. Miró hacia la ventana y se asombró al ver que comenzaba a nevar, pero su mente no podía ponerse a disfrutar de ese espectáculo. Su madre, les había dado una charla a su hermana Jane y a ella, sobre sus “obligaciones maritales” y algo más sabía, por charlas con sus amigas casadas, especialmente, Charlotte. Elizabeth no sabía qué pensar al respecto. Lo habían hecho ver como algo obligatorio, un deber que, como esposa, debía cumplir; pero ella había sentido cosas muy diferentes, en las pocas ocasiones en las que se había besado con Darcy. El sólo pensar en eso, hizo que el rubor subiera a sus mejillas y su corazón latiera con más prisa de la habitual. Un golpe en la puerta que comunicaba su recámara con la de su marido la hizo sobresaltarse, obligándola a abandonar sus pensamientos. -Adelante- alcanzó a decir, mientras su corazón parecía que se saldría de su pecho. La figura de su esposo, iluminado con la suave luz de una vela, vestido en bata azul y mirándola con cierta incomodidad hizo que su mente se desviara a pensar en lo atractivo que se veía. “Realmente el azul le sienta bien”, se dijo a sí misma y lo miró con una sonrisa. -Buenas noches- dijo Fitzwilliam- espero que haya encontrado su habitación confortable. -Mucho, es bellísima. Nunca he visto algo así antes, menos imaginarme que podría tenerla para mí. -Creo que debería haber enviado a una sirvienta a preguntar si ya estaba usted lista. -Está bien, hace rato que las despedí y estaba sola, pensando. -Una actividad peligrosa viniendo de usted- comentó en tono burlón y sonriendo.- Elizabeth reprimió el deseo súbito de besarlo. En lugar de ello dijo: -Debería hacerlo más seguido Sr. Darcy. -¿Qué?- preguntó interesado. -Sonreír- respondió pícaramente Elizabeth. -¿Y puedo saber qué ocupaba sus pensamientos?- preguntó él, incómodo ante la situación. -Por supuesto que puede, pero puedo elegir no responder- mientras daba la respuesta un rubor intenso subió a sus mejillas, como sí creyera posible que su esposo adivinara cuáles habían sido sus pensamientos. Fitzwilliam se acercó a la cama donde Lizzie estaba sentada. Tomó sus manos y las besó. La miró a los ojos, esos oscuros ojos que lo habían embrujado aquel día en Netherfield, cuando llegó con su cabello despeinado, sus mejillas encendidas y su vestido cubierto de barro, y dijo: -Sra. Darcy, realmente espero que en nuestro matrimonio no haya secretos- mientras sus ojos revelaban un sentido del humor que Lizzie no conocía hasta entonces, y se sentaba junto a ella. La proximidad de su cuerpo hizo que dejara de respirar por unos segundos. “Elizabeth, respira”, se recordó. Sofocó una risa y, mientras jugaba con su cabello, trató de responderle en tono solemne.

Poco después, Darcy dejó caer su cuerpo a un costado de la cama. Su respiración era agitada, Elizabeth giró para mirarlo, tenía una clara expresión de felicidad. -Ven aquí- le ordenó. Elizabeth se acercó hasta él, apoyando la cabeza en su brazo. -¿Estás…bien?- preguntó revelando algo de preocupación. -Sí, lo estoy- respondió, acercándose un poco más a él. Se preguntaba si él habría notado lo que ella acabada de sentir e intentó no mostrar el rubor que regresaba a su cara. -¿Sabes que yo…que yo…no quise lastimarte?- preguntó avergonzado. El color en la cara de Elizabeth se intensificó. -Lo sé. Me habían advertido- respondió ella escondiendo su cara en el pecho de él. -No quiero avergonzarte, pero, ¿sabes que sólo es así la primera vez? Mejorará con el tiempo. -¿Mejorará más?- preguntó sorprendida que pudiera mejorar y arrepintiéndose de revelar tanto en sus palabras. Aunque no estaba viéndolo a la cara, pudo notar en su pecho que, el comentario, lo hizo reír. Elizabeth quería que la tierra la tragara. -Lizzie, mírame- le pidió dulcemente. Ella levantó la cabeza para mirarlo, llena de vergüenza. -Te amo- le dijo besándola. -Te amo- volvió a decirle, besándola nuevamente. Elizabeth sonrió. -Te amo- dijo por última vez, besándola profundamente.

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Elizabeth no podía dejar de sonreír, su cabeza apoyada en el pecho de su esposo le permitía oír los latidos de su corazón. Sus brazos la rodeaban fuertemente, haciéndola sentir pequeña y protegida. -Lizzie, ¿te sientes bien?- preguntó Fitzwilliam con su profunda voz. -Estoy muy bien, mejor que nunca- respondió alzando su cabeza para verlo a los ojos- Gracias por preguntarme…nuevamente. Debo decir que me alegra mucho que ya no me trates de usted. Su esposo le sonrió, acarició su rostro con el dorso de su mano y beso su frente. De pronto, por primera vez en mucho tiempo, Lizzie no sabía que decir. Un silencio un poco incómodo se produjo y volvió a refugiarse en su pecho. -Lizzie, mi vida, ¿ocurre algo? -No, no es nada. Fitzwilliam levantó el rostro de Elizabeth para poder verla a los ojos y volvió a preguntar: -Por favor Lizzie, dime si te ocurre algo, tal vez... ¿hice algo que te haya molestado? Si es eso, perdóname, lo último que intentaría hacer…-La frase quedó interrumpida por un beso de su esposa. -Estoy bien, no haz hecho nada para ofenderme, solamente que…por primera vez, no se cómo decirte algo y eso me hace sentir incómoda. -La Elizabeth Bennet que conozco puede decirme todo, incluso cosas que preferiría no oír. -Pero ahora no soy más Elizabeth Bennet…soy Elizabeth Darcy, y esta es menos insolente- contestó irónicamente. Por primera vez lo escuchó reír, una risa verdadera y sintió que un calor invadía su interior. Quiso besarlo, abrazarlo con todas sus fuerzas y no soltarlo nunca. En lugar de eso, las palabras que no había sabido decir antes, escaparon de su boca. -Te amo, quiero que lo sepas. No te lo había dicho y no quiero que tengas dudas de lo que siento por ti- mientras daba este discurso no podía verlo a los ojos, una timidez no conocida la tomaba por sorpresa y hacía que bajara los ojos. -Lo se, yo también te amo, con todo mi corazón, más que a mi propia vida y no quiero pasar ni un sólo momento de ella sin ti- aunque la declaración de su esposa le produjo una alegría difícil de definir, intentó permanecer tranquilo. Desde su breve compromiso, ella le había demostrado que lo amaba, pero nunca se lo había dicho. Lizzie levantó la vista y unió su mirada a la de él. Sintió las manos de su esposo en su nuca y suavemente la acercó a sus labios. Sintió su respiración cerca de su piel, el cálido contacto de sus mejillas y, finalmente, su boca. “Los besos mejoran cada vez más”, pensó, comparándolos con los inocentes besos que se dieron mientras su marido la cortejaba. Hubo una breve separación en la que volvieron a mirarse en la habitación iluminada por el fuego de la chimenea. Elizabeth intentó decir algo, pero sus labios fueron requeridos nuevamente por los de su esposo. Sólo pudo emitir un gemido. -Lo siento mucho- dijo Fitzwilliam al separarse, con voz entrecortada. Su mujer lo miró seriamente antes de decir en tono grave: -William, ¡por Dios!, deja de pedir disculpas por todo. -Lo intentaré, pero no es fácil para mi en estos momentos, separar lo que es decoroso y lo que no- todavía conmovido por el nombre que había utilizado su esposa. -Pues tendrás que hacer lo que sientes y seguir lo que tu corazón te pide. Ya lo hiciste una vez, cuando me pediste que sea tu mujer. -Y ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida. -Sin duda- respondió Lizzie levantando su ceja- aunque el primer intento no haya salido bien. -Me alegra mucho que la segunda haya tenido éxito, no puedo imaginar mi vida sin tu presencia. -Pensar que podría haberme casado con otro y nunca conocer lo que sentías por mí. -¡¿Casarte con otro?!- preguntó entre confuso y sorprendido- ¿quieres decir que tuviste una oferta antes que la mía? -Sí, luego del baile de Netherfield, pero no debí mencionarlo. El Sr. Darcy sintió un pinchazo en su interior, ¿tan cerca de perderla había estado?, ¿con quién? Cerró los ojos y rogó a Dios que no fuera Wickham. -¿Puedo saber quién fue la persona? -Puedo decirte que si me hubiera casado con él, igualmente me hubieras encontrado en Rosings. -¡Collins!- exclamó un poco aliviado- ¿ese pequeño hombre se atrevió a semejante empresa? Un motivo más para que me desagrade terriblemente. ¿Por qué no me enteré de esto?

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“Te quiero en el vivir más cotidiano, con el sol y a la luz de una candela”. Elizabeth Barret Browning

La luz se filtraba de manera tenue entre las cortinas. Elizabeth abrió lentamente los ojos y, por un momento, no supo en dónde se encontraba. Uno de los brazos de su reciente esposo la aferraba de su cintura, mientras que ella reposaba su cabeza sobre el otro. Lizzie sonrió. Últimamente lo hacía muy seguido sin tener un motivo concreto. Miró por un largo rato la habitación que había pertenecido a la madre de Fitzwilliam y que ahora era suya. Los cortinados y color de las paredes eran nuevos. Su marido había ordenado su redecoración después de comprometerse con ella. Se veía diferente a la luz del día, los tonos beige resultaban cálidos y acogedores, algunos detalles en azul le daban el toque de color. Los bellos muebles eran de madera de cerezo, un tocador con espejo, un escritorio, unos cómodos sillones frente a la chimenea. A Elizabeth le gustaban las cosas sencillas y ordenadas. Se preguntó qué hora sería y recordando que había un reloj en la mesa de noche cercana a su marido, giró muy despacio para no despertarlo, hasta quedar frente a él. Estaba profundamente dormido, su respiración era lenta, pesada, y el pelo le caía sobre la frente, tapando parcialmente sus ojos. Lo miró dormir, parecía tan tranquilo y pacífico, era difícil darse cuenta que no era un sueño, que realmente era él. Sacó su mano de debajo de las cobijas y corrió el cabello de su frente. Luego, se acercó y la besó, para bajar suavemente hasta sus labios. Su esposo sonrió, y sin abrir aún los ojos, dijo: -No creo que exista una mejor forma de despertar- mientras la acercaba más a él. -Buenos días señor Darcy. -Buenos días señora Darcy- respondió besándola- ¿Siempre tiene la costumbre de despertar tan temprano? Si es así, puede que me retracte con respecto a compartir su dormitorio. -Me gusta ver como despierta el día y, además, sus ronquidos no me dejaban dormir- contestó con su picardía habitual. -¡No es cierto!- exclamó en tono indignado. -¿En nuestro primer día de matrimonio me acusa de mentirosa? Le aseguro que lo escuchó hasta Georgiana desde Londres. Los dos rieron. Darcy se preguntaba si todas las mañanas que despertaría junto a ella se sentiría tan dichoso. Elizabeth se sentó en la cama y sintió un leve dolor que intentó disimular ante su esposo. Se colocó la bata y fue hacia el vestidor, lavó su cara y cambió el camisón que había utilizado en su noche de bodas, manchado por la consumación de su matrimonio, y tocó la campana para llamar a su doncella. Unos minutos más tarde, hizo su entrada. -Buenos días Señora Darcy, ¿desea que le prepare un baño?- preguntó Susan. -Sí, muchas gracias, estaré esperando en mi habitación, por favor golpeé mi puerta cuando esté listo. Dada la orden, volvió al cuarto donde su esposo descansaba. “Es atractivo hasta cuando recién se despierta”, pensó. -Fitzwilliam Darcy, ¿piensa usted remolonear toda la mañana? -Mmm… tal vez- respondió con voz ronca y sin abrir del todo sus ojos. -Bueno, desconozco sus planes para hoy, pero yo espero darme un baño y bajar a desayunar. Creo que usted debería hacer lo mismo…- comentó mientras cepillaba su cabello y lo miraba a través del espejo.

A regañadientes, William se levantó de la cama, se puso la bata, caminó en dirección a su esposa, se paró detrás de ella e inclinándose, besó su cuello, erizando su piel. Luego le susurró al oído que la quería, besó su mejilla y se retiró a su recámara. Tres golpes a la puerta que comunicaba con su vestidor y la doncella que avisa que el baño está listo. Se sumergió en el agua caliente y se dedicó a procesar lo vivido en las últimas veinticuatro horas. Pensó en su esposo, en la noche anterior, en lo atento y comprensivo que se había comportado, en las nuevas sensaciones que estaba conociendo, en la pasión que no podía controlar cuando lo sentía cerca…Un cubetazo con agua en su cabeza la trajo nuevamente a la realidad. Luego del baño, su criada la ayudó a vestirse y le realizó un peinado sencillo, una trenza que rodeaba su cabeza. Estaba terminando, cuando su marido golpeó la puerta para escoltarla al desayuno. Bajaron del brazo hacia el comedor. -Me perderé muchas veces en estos corredores, tardaré una eternidad en conocer Pemberley. -No te preocupes, mi amor, prometo buscarte cuando estés desaparecida- contestó Darcy, mientras besaba su mano. El desayuno fue servido y ambos comieron en silencio. “Que hambrienta estoy”, pensó, mientras observaba a su marido que presentaba un muy buen apetito. Al terminar, Fitzwilliam le preguntó: -¿Me harías el honor de acompañarme? -Sí, por supuesto. -¿No quieres saber a dónde nos dirigimos? -Cualquier lugar estará bien mientras esté en tu compañía. Caminaron atravesando varios corredores hasta llegar a una puerta de doble hoja. -Aquí es- anunció- Cierra los ojos. Lizzie cerró los ojos y se dejó guiar hasta dentro de la habitación. -Ahora…ábrelos. Libros. Miles de libros. Era la biblioteca más grande que había visto. Tenía para leer el resto de su vida. -¡Oh William, es maravilloso!- exclamó colgándose de su cuello. Su esposo la abrazó y ella quedó casi colgada de él. Fitzwilliam disfrutaba viendo que ella era feliz. -Imaginé que te gustaría. -¿Gustarme? ¡Es magnífica! ¡Es perfecta! Elizabeth lo miró a los ojos, sus brazos todavía rodeaban su cuello, se paró en puntillas de pie y con sus manos lo obligó a acercarse a ella. “Es muy alto para mí”, reflexionó, tendría que buscar alternativas para poder besarlo cada vez que quisiera. Lizzie se apoderó de su labio inferior y enseguida su esposo se apoderó de su boca. Esa mañana, con él a su lado, no pudo concentrarse en la lectura. Sus labios, sus brazos, su olor, eran más cautivantes. ¡Nunca podré leer nada con él en la habitación! se dijo, mientras se rendía a los brazos de su esposo que la aprisionaban y a su boca, que exploraba la suya.

-No me parece bien que una joven esposa abandone el lecho que comparte con su marido a hurtadillas. -Sin duda es censurable esa acción, pero la pobre estaba desfalleciendo de hambre. Imagino que su adorado esposo no querrá tener en su conciencia el remordimiento de provocar su muerte- respondió mientras se acercaba a la silla donde estaba sentando Fitzwilliam, que la miraba entre maravillado y divertido. -Sin duda no quiero ser causante de tal atrocidad- repuso, tomándole la mano y guiándola hasta su regazo. Lizzie se sentó en sus piernas y rodeó sus hombros con los brazos, la posición no era exactamente decorosa, pero había quedado bastante claro que, cuando estaban solos, las normas de propiedad quedaban de lado. Quedaron cara a cara, y no pasó mucho tiempo para que sus bocas se unieran. Elizabeth enredó sus dedos en la nuca de su amado y comenzó a jugar con su pelo. Lentamente, fue deslizando una de sus manos hasta su cravat, metiéndola en el pequeño espacio entre la camisa y el chaleco. Desprendió un botón y apoyó la mano sobre la piel, acariciando su pecho. Fitzwilliam emitió un gemido sin apartar sus labios de los de ella, sus brazos la tomaron más fuerte de su cintura. “Vaya, parece que mi venganza no se hizo esperar”- pensó Lizzie, levantándose de repente y alejándose de su esposo, que la miraba suplicante mientras intentaba recuperar el aliento. -Creo que necesito aire fresco- dijo Elizabeth mientras abría el ventanal y salía al balcón. -Amor, creo que mejor deberías entrar y retomar lo que comenzaste.- No hubo respuesta, Fitzwilliam se levantó, caminó hacia la ventana abierta y, al asomarse, recibió una bola de nieve que impactó en su rostro. Trató de mantener la compostura, lo que era difícil con la cara llena de nieve y las carcajadas de su esposa como fondo. Seriamente se quitó la nieve de los ojos y mirando a su mujer, declaró: -Usted se lo buscó- mientras se agachaba a juntar una bola de nieve- y debo advertirle, Sra. Darcy, que he sido campeón en torneos de bola de nieve… -William…Will, mi amor, tesoro mío, no serías capaz de arrojarme nieve, ¿verdad?- Elizabeth retrocedía. Una fuerte bola de nieve golpeó su pecho. -¡Ahhh!- gritó y al ver que su marido se preparaba a juntar más, intentó huir, pero la alcanzó, colocándole una bola de nieve en su cabeza, que comenzó a caer hacia sus ojos. Se tapó la cara con las manos y su esposo quedó petrificado cuando observó que comenzaba a sollozar. -Lizzie, lo siento…no quise…fui un bruto…- intentó balbucear una disculpa. La abrazó contra su pecho, ella alzó su rostro para mirarlo, sus ojos llenos de lágrimas, cuando Fitzwilliam sintió la frialdad de la nieve en su cara. Su esposa lloraba…pero de risa, mientras le refregaba la nieve. ¡Había sido engañado! Eso le pasaba por casarse con una joven increíblemente inteligente. Se unió a la risa de ella, cautivado por su frescura y el brillo divertido de sus ojos negros.

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Después de bañarse y ponerse ropas secas, la joven pareja bajó a una de los salones, desde ahí se podía avistar si se acercaba algún carruaje sin dificultades. Darcy buscó un libro y se sentó cerca del fuego, Lizzy estaba en duda si tomar su labor o sentarse al piano. Desde su compromiso, Elizabeth practicaba sus lecciones de piano con mucha disciplina, deseaba no avergonzar a su esposo si le solicitaban que interpretara alguna canción. Decidió practicar un poco, se acercó al piano y comenzó a tocar "Sonta a la luz de la luna", de Beethoven. Fitzwilliam abandonó el libro para dedicarle toda su atención. A medida que la pieza avanzaba, la admiración de su esposo crecía, ¡cuánto había mejorado desde aquella noche en Rosings! Se paró y caminó hacia ella, se quedó escuchándola atentamente y cuando finalizó la felicitó efusivamente. -Elizabeth déjame decirte que has tocado muy bien. -¿Muy bien o bastante bien?- respondió graciosamente, recordando la conversación que tuvieron en esa misma sala, el día que lo visitó con sus tíos y le fue presentada Georgiana. -Realmente muy bien- contestó con una sonrisa, besando su frente. Unos cascos de caballo se escucharon y los dos giraron al mismo tiempo para la gran ventana. Un carruaje se acercaba, era uno de los de su propiedad. -¡Georgiana!- exclamó Lizzie entusiasmada, saliendo prácticamente disparada en dirección a la puerta. -Elizabeth- la voz profunda de su esposo la detuvo haciéndola girar, Darcy se acercaba a ella ofreciendo su brazo para escoltarla. Tomó su mano, la colocó en su brazo y se encaminaron hacia la puerta principal. Primero descendió del carruaje el Coronel Fitzwilliam quien ayudó a bajar a la Srta. Annesley y luego a Georgiana. -¡Qué gusto tenerte de nuevo en casa!- dijo Darcy a su hermana y besó su frente. Georgiana se acercó a Elizabeth saludándola con una reverencia. -Bienvenida Georgiana, espero que hayas tenido un buen viaje- saludó Lizzie y, antes que contestara le dio un abrazo afectuoso. La joven se sonrojó ante la muestra de afecto y comentó que habían tenido que esperar que la tormenta pasara. -Aquí tienes a tu pequeño tesoro, Darcy, sana y salva, como lo prometí- dijo el Coronel mientras caminaba hacia el grupo y, dirigiéndose a Elizabeth, dijo: -Sra. Darcy, siempre es un placer volver a verla- haciendo una leve reverencia. -Nos alegra mucho que haya decidido venir Coronel- contestó Lizzie. -Nunca podría decirle que no a una dama tan interesante y, por favor, dígame Richard. -Si quieres coquetear con una esposa, búscate la propia- dijo Darcy, mientras tomaba del brazo a su mujer y caminaba hacia dentro de la casa. Todos se reunieron en el gran salón donde el fuego estaba encendido y el té listo para ser servido. Elizabeth preparó el servicio. Darcy y su primo conversaban junto a la chimenea sobre el estado de los caminos y la nieve. Georgiana, su institutriz y Lizzie en un sillón, tomaban el té. -Cuéntame noticias sobre Londres- dijo Elizabeth, para romper el silencio. Georgiana comenzó a hablar tímidamente y Lizzie la animaba para que continuara. Al poco tiempo había perdido ya un poco de su vergüenza natural. -Deben estar exhaustos, ¿les gustaría darse un baño antes de bajar a la cena?- preguntó preocupada Elizabeth. -Realmente sería reconfortable- respondió Georgiana. Así, los recién arribados, se retiraron a sus aposentos para bañarse y cambiar las ropas del viaje. La pareja volvió a quedar sola en la gran habitación.

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"Eres mi credo Pedazo de cielo Abrásame fuerte" Mi credo.

Terminada la cena, las damas se dirigieron al salón, donde Georgiana iba a tocar el pianoforte para su cuñada. Los caballeros marcharon hacia el estudio de Darcy para conversar y tomar brandy. -Bueno, querido primo, veo que el matrimonio te sienta realmente bien. No recuerdo que hayas sonreído tanto en toda tu vida como lo haz hecho esta noche- dijo el Coronel, mofándose de Darcy. -Exageras, como siempre. -No, no, para nada. Ver tu felicidad conyugal, me ha hecho pensar en que debería buscarme una muchacha de campo y casarme de inmediato. -Deberías, te estás poniendo viejo- fue la contestación sarcástica de Fitzwilliam. -No es tan sencillo, bien sabes que no tengo tu independencia económica- y mientras decía esto, el semblante naturalmente afable del Coronel, cambió por un instante. -Richard… ¿es que hay alguna muchacha?- preguntó Darcy al notar el cambio de expresión. -Sí…No, no en realidad. La verdad es que ella ni siquiera lo sospecha. -¿Te haz vuelto tímido de repente? ¡El Coronel Richard Fitzwilliam sin palabras para cortejar a una joven!, algo nuevo para mí. -No, no eso, no puedo darle a conocer mis intenciones, su familia nunca aprobará una relación entre nosotros- meditó tristemente. -Eres un excelente partido, su familia es muy tonta sino te acepta- dijo Darcy para consolar a su querido primo. -Sí, seguramente- respondió con una mueca que simulaba una sonrisa, mientras bebía el último sorbo de brandy. -Es hora que nos unamos a las damas- sugirió Darcy y comenzó a caminar, mientras su primo lo seguía, mirándolo con un poco de dolor. A medida que se acercaban al salón, la música y las risas se escuchaban con fuerza. Cuando entraron en él, se encontraron a Georgiana y Elizabeth tocando un dueto muy animado, las equivocaciones provocadas a propósito por Lizzie, hacían reír a Georgiana. -Creo que es hora de escuchar a la verdadera artista- dijo Elizabeth al ver el ingreso de su esposo y su primo. -Oh, por favor Lizzie, tu sabes tocar muy bien- respondió avergonzada por el comentario. -No tan bien como usted, además me he cansado, prefiero disfrutar de la interpretación en el sillón. Se sentó cerca del fuego, los hombres seguían de pie cuando comenzó a tocar Georgiana. Al avanzar la música, Elizabeth hizo un gesto a su esposo para que se sentara junto a ella. Al hacerlo, Lizzie le tomó la mano y Darcy, como buen caballero inglés, no supo qué hacer con esa prueba de afecto en público. Su esposa, dándose cuenta del motivo de turbación, le susurró al oído: “Me retiro a mi recámara, mi amor”, justo cuando finalizaba la canción. Elizabeth se levantó del sillón, se excusó con todos y se marchó a su habitación, seguida por Georgiana, que aprovechó el momento para retirarse a descansar. Se despidieron en el corredor donde estaban las habitaciones y cada una entró a su dormitorio. La doncella la ayudó a desvestirse y a colocarse la ropa de cama, desarmó su peinado y se lo ató en una trenza. -Gracias Susan, puedes retirarte- ordenó Lizzie a su criada. Dicho esto, se acostó en la cama a esperar a su marido. En la penumbra de su habitación se quedó pensando en como su vida había cambiado en tan poco tiempo. Sus obligaciones como Señora de Pemberley comenzarían mañana y estaba francamente atemorizada. No se dio cuenta el tiempo transcurrido. Darcy entró a la habitación sin golpear, no deseaba despertar a su mujer. Se metió en la cama y se acostó boca arriba con los brazos detrás de la cabeza, tenía una sonrisa tonta en los labios. Estaba demasiado feliz y distraído como para darse cuenta que su esposa lo estaba observando con sus chispeantes ojos negros. -¿Está ebrio, Señor Darcy? La voz de su mujer lo hizo volver a la realidad y giró la cabeza en su dirección. Un par de ojos vivaces lo miraban de manera inquisidora. -No… ¿por qué…por qué esa pregunta? Pensé que estarías dormida- dijo balbuceante. -Porque tienes olor a brandy y una sonrisa bastante tonta- fue la graciosa respuesta de su esposa. -Tan sólo me siento feliz.

-Me alegra mucho saberlo- le contestó con una mirada provocativa- no me gustaría hacer el amor con un borracho que me acuse de haberme aprovechado de él- y antes de ver la reacción de su marido ante su discurso tan poco decoroso, lo besó apasionadamente en la boca. La boca de su esposo se sentía cálida, su aliento un poco de sabor a alcohol. Pasada la sorpresa inicial, Darcy respondió al beso con intensidad, tomándola fuertemente de la cintura. Elizabeth no estaba segura cómo fue que terminó sobre él, con la boca de él centrada en recorrer toda la línea de su cuello, no podía pensar y tampoco le importaba demasiado. Lizzie desprendió los dos botones que tenía la camisa de Darcy para poder besarlo en el espacio de piel que quedaba descubierta. -Oh, Lizzie…-gimió y sus manos empezaron a recorrerle las piernas, perdiéndose en los pliegues de su camisón. Cuando sus labios volvieron a unirse, jadeantes y llenos de ansias, Darcy se sentó para poder besarla con más fervor. Tomándola por sorpresa, las inquietas manos, comenzaron a levantarle el camisón, mirándola a los ojos con creciente deseo. -Levanta los brazos- le susurró tan cerca de su boca, que sus labios se tocaron. Ella obedeció y el camisón desapareció sobre su cabeza, para ser arrojado lejos de la cama. Se sintió extraña, un poco de timidez hizo su aparición, pero desapareció poco después, al sentir el contacto tibio de la boca y la mano de su marido, sobre su piel desnuda. En un movimiento rápido, la acostó, subiéndose sobre ella. Ella atrajo su cabeza tomándolo de la nuca, perdiendo sus dedos en el cabello castaño. El beso no duró lo suficiente, Darcy estaba concentrado en saborear el hueco que se hacía en su clavícula. Lizzie gimió, tirándole, levemente del cabello, para que vuelva al alcance de sus labios. -Bésame- fue casi un suspiro, prácticamente sin aliento. Él rió imperceptiblemente, mientras sus manos la seguían acariciando y besaba su cuello hasta llegar al mentón. -Creí que eso estaba haciendo- le respondió con su ceja arqueada y la mirada burlona. Lo tomó del cuello de la camisa, obligándolo a subir un poco más. -Eres un hombre cruel- fue la contestación que dio ella, para luego, buscar el beso deseado asiéndolo con sus manos de la cara. Su boca recorrió la mejilla de Darcy, rozó sus patillas, terminando en su oreja. Él volvió a gemir y, ella, se sintió complacida. Metió su mano en el hueco de la camisa, quería sentir su piel como él sentía la suya. Al momento notó que Darcy buscaba la forma de quitarse la ropa sin abandonar la posición que estaba ocupando. -Espera- le dijo ella con la respiración entrecortada, y bajó sus manos hasta la cintura, levantando la camisa hasta donde pudo. Al llegar al cuello, él se apoyo sobre sus brazos, Elizabeth levantó la camisa sobre su cabeza y luego, los brazos se liberaron fácilmente. Darcy volvió a apoyarse sobre ella. El corazón de Elizabeth comenzó a latir rápidamente y creyó que hiperventilaría al sentir toda su piel contra ella. La miraba fijamente, con una de sus manos le corría el cabello que caía sobre su frente, la nariz de él acariciaba suavemente la suya, podía sentirle el aliento contra su boca. -Sra. Darcy- murmuró apenas- ¿Sabe que estoy loco por usted?- agregó besándola con pasión. Ella comenzó a acariciar lentamente la espalda de su marido, con curiosidad y nerviosismo. Fue desde sus hombros hasta la basa de su columna y volvió a subir, para bajar por el pecho firme, lleno de vellos que tanto la obsesionaba desde su compromiso. Estaba perdida en este nuevo descubrimiento cuando lo sintió dentro de ella. Un gemido escapó de sus labios para unirse al de él. Sus cuerpos se movían acompasados y el placer de sentirlo plenamente le nublaba la mente. No quería lastimarlo, pero sus uñas lo surcaron levemente hasta llegar a aferrarse de sus nalgas. El placer invadió su cuerpo estremeciéndolo, entre gemidos lo nombró. Poco después sintió a su esposo gemir entre sus propios espasmos. No se movió por un largo rato, dejó descansar su cuerpo sobre ella hasta que su respiración y pulso se normalizaron. Luego, giró para quedar apoyado sobre su antebrazo en dirección a ella. Lizzie alzó la mano para acariciarlo en el pecho y una sonrisa disimulada se dibujó en la comisura de sus labios. -¿Qué pasa?- le preguntó él, besando su frente. -Nada. Olvídalo- respondió mirando por donde lo recorría con su mano. -Dímelo- insistió con su ceja arqueada. -No me mires así. ¡No es justo!- se quejó ella. Él se acomodó su cabeza sobre la almohada, quedando a la misma altura que ella. -Si no me dices lo que piensas, no podré dormir preguntándome que me escondes. -¿Prometes no reírte? -Lo prometo- dijo alzando la mano derecha como en un juramento. -Soñaba con poder hacer esto desde la mañana que acepté ser tu esposa- le dijo sonrojándose. -¿Hacer…qué?- preguntó intrigado. -¡Acariciar tu pecho!- exclamó avergonzada, dejando la actividad para taparse la cara con sus manos. Intentó no reír, se lo había prometido. -¿En serio soñabas con ello?- preguntó para sacarla de su vergüenza.

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Se sentía descompuesta, los nervios invadían su estómago haciéndole imposible probar bocado. Aunque ya había sido presentada a las personas que trabajaban en Pemberley, hoy tomaría el lugar como su Señora y, para agregar tensión, irían a misa, donde sería la comidilla de todos los presentes. -Elizabeth, ¿te sientes bien? No haz probado el desayuno- preguntó Darcy con cara de preocupación. -Estoy bien- contestó tratando de disimular- Sólo no tengo apetito esta mañana. Cuando el desayuno finalizó, los sirvientes trajeron sus abrigos, el carruaje fue llamado y, lentamente, subieron a él. La parroquia estaba en terrenos de Darcy, cuyo beneficio eclesiástico había sido adjudicado dos años atrás al Sr. Neil, un hombre de unos 40 años, de firmes ideas tradicionalistas, quien vivía con su esposa y sus cinco hijos. Apenas bajaron del coche, la gente comenzó a mirar de reojo y a comentar por lo bajo. Los chismes se habían disparado por la zona desde el momento en que el se conoció el compromiso del Sr. Darcy, con una campesina pobre. Se sentaron en el lugar que les correspondía, frente al púlpito, donde el señor Neil daba su sermón, Lizzy trató de enfocar su atención en el discurso del vicario, pero era difícil lograr concentración con tantas caras mirándola fijamente. Al finalizar el servicio, los Neil, se acercaron a presentar sus respetos a los Darcy. La breve conversación derivó en una invitación de cortesía para cenar en Pemberley. Los Neil estaban muy alegres, en los años que llevaban allí, no habían sido invitados a la casa más de tres veces. -Primo, tu repentina sociabilidad no me deja de sorprender- comentó el Coronel, haciendo una clara alusión a la invitación que acababa de realizar. -Creo que es mi obligación, después de todo, Elizabeth debe ir conociendo las personas con las que tenemos trato. A Lizzie no le agradaba la idea de pasar toda una velada con ese matrimonio. Aunque, por experiencia previa, sabía que no era bueno emitir juicios sobre alguien al que no se conoce bien, el señor Neil le parecía una persona con ideas anticuadas. Pero se guardó su opinión, después de todo, uno de los deberes de su nueva posición, eran las obras de caridad, por lo que a menudo estaría en contacto con el sacerdote.

Una vez en la casa, Richard y Fitzwilliam, salieron a cabalgar, Georgiana fue a practicar al piano y Elizabeth fue con el ama de llaves, la Sra. Reynolds, a la cocina, para dar las instrucciones del día. Luego, fueron a un pequeño estudio, cercano a la biblioteca, donde Lizzie conversó con la Sra. Reynolds sobre la manera de trabajar en la casa. No se sentía cómoda, más bien se veía como una intrusa tratando de conquistar tierras extrañas. La Sra. Reynolds no recordaba cuándo su amo había sido tan feliz, debía remontarse a su infancia, antes de la muerte de su madre. Por ello, amó a Elizabeth desde el momento que ingresó a la casa, decidiendo que la ayudaría y defendería contra todos. Programaron para la noche siguiente, el menú para recibir a los Neil, y también la cena de Nochebuena, que era dos noches después. Este año, no se realizaría el tradicional baile de Navidad, los Darcy deseaban privacidad.

Esa tarde, poco después del almuerzo, la Sra. Reynolds, entregó la correspondencia. Elizabeth no pudo contener su alegría al ver que había cuatro cartas para ella. Se excusó y se retiró a su habitación para leer tranquila las noticias de su familia. La primera, era de su padre, una carta que expresaba lo mucho que sentía su ausencia y donde le contaba el estado de los “nervios” de su madre. La segunda, era de Jane, “Oh, Jane, cuanto te extraño”, pensó mientras leía la carta de su querida hermana. La tercera era de los Collins, de Charlotte, principalmente, donde le comunicaba que esperaba a su primer hijo. Dejó para el final la lectura de la cuarta, antes de abrirla, cerró lo ojos y realizó una profunda inhalación. Era de Lydia, y decía lo siguiente:

«Mi querida Lizzy: Te deseo la mayor felicidad. Si quieres al señor Darcy la mitad de lo que yo quiero a mi adorado Wickham, serás muy dichosa. Es un gran consuelo pensar que eres tan rica; y cuando no tengas nada más que hacer, acuérdate de nosotros. Estoy segura de que a Wickham le gustaría muchísimo un destino de la corte, y nunca tendremos bastante dinero para vivir allí sin alguna ayuda. Me refiero a una plaza de

trescientas o cuatrocientas libras anuales aproximadamente; pero, de todos modos, no le hables a Darcy de eso si no lo crees conveniente.»

Elizabeth estaba indignada, no podía creer lo desvergonzada que era su hermana, “Después de todo lo que hizo Fitzwilliam por ellos”, pensó tristemente. Sintió vergüenza por haber conectado a su esposo con semejantes familiares. Los ojos se le llenaron de lágrimas, tal vez Lady Catherine tuviera razón y su amor sólo traería miseria. En ese momento, golpearon la puerta que comunicaba su habitación con la de su esposo, se secó rápidamente las lágrimas y escondió la carta. -Adelante- ordenó. Al momento ingresó Fitzwilliam, quien notó su cara de preocupación disimulada detrás de una sonrisa. -Mi amor, ¿malas noticias de Longbourn?- preguntó preocupado, aunque en la carta que él había recibido de su amigo Bingley no decía nada sobre ello. -No, nada de eso, sólo un poco de nostalgia- contestó mintiéndole. No quería hacerlo, pero tampoco deseaba sumarle otra preocupación culpa suya. -Si ese es el motivo, traigo una solución- dijo Darcy- Charles nos invita a pasar el Año Nuevo con ellos en Netherfield, pasaríamos unos días con tu familia, antes de ir a Londres. -¡Eso me hará muy feliz!- respondió, corriendo hasta él y dándole un fuerte abrazo. Lizzie se apoyó contra su pecho y él apoyo su mentón sobre su cabeza. Aspiró el olor a lavanda del cabello de su esposa y la besó en la frente. Sabía que ella estaba mintiendo desde el momento en que la miró y notó que, sus ojos vivaces, estaban apagados. Pero no era el momento de presionarla para conocer el motivo, cuando ella estuviera lista se lo diría.

-No vengo para traerte un obsequio, perteneció a mi madre- mientras hablaba abrió la caja. Ella contenía un bello conjunto de pendientes y collar de perlas. No eran las primeras joyas que le regalaba, al casarse había heredado la colección de la madre de su esposo, a pesar que ella había insistido en que se las diera a Georgiana. -¡Qué precioso William! Gracias. ¿Me ayudas a colocarlo? Fitzwilliam se paró detrás de ella para prenderle el collar y, al terminar, besó su cuello. Su piel se erizó con el contacto de los labios y se volteó para besarlo. Recordó lo que lo había extrañado durante el día y se negó a soltarlo. Sus brazos lo tomaban por el cuello, para mantenerlo en su boca, aunque él no presentara signos de querer soltarla. En un breve momento de conciencia. Lizzie le dijo: -Creo que debemos bajar antes que lleguen nuestros invitados. Muy a su pesar, bajaron, al entrar a la sala, Lizzie notó algo extraño en el comportamiento de Georgiana y Richard, la incomodidad que vino después, sólo incrementó sus sospechas de que estaban ocultando algo. Poco después, sus invitados fueron presentados en el salón, se produjo la típica conversación de cortesía, la salud, el tiempo, el estado del camino, la cosecha, y Elizabeth agradeció cuando la cena fue anunciada. Sería una velada tranquila, al menos eso parecía.

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Fitzwilliam estaba haciendo un terrible esfuerzo por no devorarla en ese mismo instante. Mientras intentaba regañarla, Elizabeth lo miraba entre inocente y culpable, jugueteando con su cravat. -Elizabeth, concéntrate por favor en lo que te estoy diciendo. -Sí, mi señor, soy toda oídos. -Estuvo mal, muy mal la discusión con el Señor Neil. Yo…yo comparto tus ideas sobre la libertad de decisión que deben tener las mujeres, ¡pero discutir con el párroco sobre el derecho femenino sobre la planificación familiar, fue muy impropio! Lizzie no pudo evitar una mueca de satisfacción al recordar la cara del clérigo cuando ella le dio su opinión. -¡Elizabeth Victoria Darcy!, borra esa sonrisa de tu rostro- la retó su esposo, pero lo cierto era que a él también le resultaba cómica la expresión que había puesto el Sr. Neil cuando su esposa comenzó a hablar de lo que eran capaces las mujeres. -Lo siento, continua- dijo ella, mientras comenzaba a desatar el cravat de su esposo. “Estoy perdido”, pensaba Darcy, “así será de ahora en adelante, estaré a su merced para siempre, un aleteo de sus pestañas, un contacto con su piel, y ya no puedo pensar claramente”. Lizzie había desatado el cravat y comenzaba a desprender los botones del chaleco. -¿William…?- dijo al ver que su esposo la miraba fijamente sin poder articular palabra. -¿Sí? -Me decías… -Oh, sí, te decía…- no podía elaborar la frase con ella sacándole la chaqueta, sintiendo su fragancia, el contacto de sus manos- Olvídalo- terminó por decir, rindiéndose ante su esposa. -Está bien, lo que tú digas amor- respondió en tono inocente- Tendrás que desabrocharme el vestido, ya envié a descansar a mi doncella. “Mujer maléfica”, se dijo a sí mismo, mientras desabrochaba torpemente los numerosos botones, “sabe exactamente como manejarme”, y mientras pensaba en ello, una sonrisa se dibujó en su cara. Cada vez la admiraba más, por su inteligencia, su humor, su pasión. -Gracias- dijo Lizzie, al ver que el vestido se deslizaba- Ahora, ayúdame con el corsét. Fitzwilliam se estaba poniendo ansioso, nunca se había dado cuenta de la cantidad de ropa que llevaban las mujeres, parecía esas muñecas rusas que caben una dentro de la otra. Cuando al fin terminó, besó el hombro de su mujer y luego su cuello. Lizzie se dio vuelta para tenerlo de frente y le preguntó: -¿Necesitas ayuda con su camisa?- mientras la tomaba del borde y la levantaba por arriba de la cabeza de su esposo. -¿Y con sus botas?- conduciéndolo para que se sentara en la cama. Su marido, la miraba divertido y asentía con la cabeza. Fitzwilliam, la tomó del brazo, la acercó y la besó. Elizabeth, parada frente a él, un poco inclinada, vestida solamente con su transparente enagua, correspondía felizmente a los labios de su marido. Por último, le preguntó susurrante al oído, si necesitaba ayuda con sus pantalones.

-¡No me digas! Déjame decirte que te envidio mucho- le dijo Richard mientras sofocaba una carcajada. -¡Shhh!, no digas nada, ningún comentario al respecto- le suplicaba Fitzwilliam a su primo. Los dos estaban solos en la mesa del desayuno, las mujeres aún no habían bajado. -¿Así que la señora Darcy es la causante de ese labio cortado?- volvió a reírse- ¡Alégrate, hombre!, yo en tu lugar, estaría gritándolo a los cuatro vientos! -Lo estás haciendo, baja la voz- le pidió Darcy. Fitzwilliam aclaró su garganta y le hizo señas al escuchar que las mujeres se acercaban. Luego de los saludos de cortesía, cuando ya todos se habían sentado, Georgiana preguntó preocupada: -Fitzwilliam, ¿qué te ha pasado en el labio? La frase flotaba todavía en el aire, cuando Elizabeth alzó los ojos hacia su marido y un intenso rubor subió a su cara. Richard miró a su primo, y con un tono mordaz, preguntó: -Sí primo, cuéntanos qué te ha sucedido. Lizzie miró a Richard, comprendiendo que éste ya lo sabía, lo que incrementó su color, y envió una mirada de reproche a su esposo. -Nada…me… me corté cuando me afeitaba- fue lo único que se le ocurrió decir para salir de la situación. -Debes tener más cuidado- le respondió Georgiana.