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Asignatura: Historia de la Psicología, Profesor: Teresa Sánchez Sánchez, Carrera: Psicología, Universidad: UPSA
Tipo: Apuntes
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Nacido En Freiberg (actual Checoslovaquia) en 1856, en una familia de tradición judía arraigada, fue el hijo mayor del segundo matrimonio de su padre (Jacob) y de su madre (Amalia), considerablemente más joven que su esposo. Siempre se sintió designado a cumplir algún destino especial por haberse sentido el claro predilecto de su madre. A los 6 años de edad toda la familia emigró a Viena, buscando una mayor prosperidad económica para la numerosísima familia. Desde entonces hasta un año antes de su muerte, acaecida en Londres en 1939, vivió en Viena. Fue una ciudad con la que no terminó de identificarse de la que se resistió a salir, incluso cuando su vida y la de su familia corrían serio peligro por la persecución nazi. En Viena estudió medicina, donde realizó el rotativo por diversos servicios, dedicándose a la experimentación animal, al estudio de la fisiología de varios animales, de las parálisis infantiles, las afasias y otras muchas patologías neurológicas. Estudió muy a fondo los usos anestésicos de la cocaína él mismo, ignorante aún de los efectos adictivos de la misma, consumió cocaína asiduamente durante un extenso período. Publicó un libro sobre los efectos anestésicos de la cocaína para las operaciones oftalmológicas. Aspiró a permanecer en alguna cátedra médica en la facultad vienesa, pero solo llegó a ser Privat Dozent (algo así como profesor ayudante). Viajó durante unos meses al hospital de La Salpétriêre en Paris, donde Charcot, primer catedrático de neuropatología del mundo, le puso en contacto con las pacientes histéricas y le insinuó la profunda relación que existía entre las alteraciones o disfunciones de la vida sexual y algunas manifestaciones histéricas. Se convirtió en el traductor de Charcot al alemán, idioma en el que Freud escribió toda su extensa obra. Al regresar a Viena, apremiado por su deseo de casarse con su novia Martha Bernays, renuncia a sus aspiraciones académicas y, bajo la tutela del más importante médico vienés, Joseph Breuer, comienza a tratar de forma privada algunos casos que él le deriva, en su mayor parte mujeres, que padecían conversiones histéricas. En colaboración con Breuer publica “Estudios sobre la histeria” (1895), donde analizan cinco casos de histeria femenina, profundizando en la importancia del conocimiento de los traumas psicológicos para desactivar los síntomas. Comenzó utilizando la hipnosis para acceder a capas del psiquismo que precisaba descubrir para indagar las causas de los síntomas, pero dos hechos le hicieron desistir de este método: 1º era mal hipnotizador y muchas pacientes no alcanzaban el trance hipnótico necesario para el trabajo terapéutico; 2º los síntomas que lograba hacer desaparecer mediante el imperativo hipnótico, regresaban al poco, incluso afectando a otros órganos. Así pues se vio obligado a recurrir a otros procedimientos como la sugestión directa, la persuasión, etc, pero fue su famosa paciente Anna O quien le reveló que si la dejaba hablar sin interrupciones, su libre asociación la llevaba a descubrir contenidos psíquicos que ni ella misma conocía. Ella, y otras pacientes como Emma von R., le hicieron comprender que sólo rescatando los contenidos mentales no conscientes, la persona enferma lograba comprender el porqué de su trastorno y así desaparecía. A este procedimiento lo denominó Talking Cure (Cura por la palabra, Logoterapia) y el fenómeno que desencadenaba era parecido a la Catarsis que producía el teatro griego clásico en los espectadores y actores de una tragedia. Las pacientes que comenzó a tratar, mayormente mujeres de edades entre los 20-40 años, bien solteras o bien casadas con una vida afectiva insatisfactoria, bloqueada, solitaria, padecían todo tipo de dolencias histéricas: mutismo, parestesias, ceguera, contracturas, anestesias, etc, todas ellas sin causa neurológica. Trató también a algunos hombres y, dado que durante varios siglos se había interpretado que la histeria era una enfermedad exclusivamente femenina, causó un gran escándalo cuando presentó algunos casos de histeria masculina en una reunión de neuropsiquiatría. Sus colegas se sintieron tan ofendidos y les pareció tan ridículo que se atreviera a diagnosticar de histeria a hombres que le relegaron al olvido y le repudiaron en las sociedades médicas austriacas. No obstante, él se fue ganando una reputación por su trabajo privado y seguía atendiendo visitas en su casa de La Bergasse, 19 (emblemática casa convertida en museo desde su muerte). Sus pacientes le relataban su historia siguiendo el método de libre asociación sin trabas ni censuras, y a través de este procedimiento, Freud fue descubriendo la asombrosa realidad: muchas de ellas habían sufrido experiencias traumáticas infantiles, a menudo por parte de sus propios familiares y allegados más íntimos, en muchas ocasiones consistentes en abusos sexuales. El revelador descubrimiento causó escándalo y temor en la sociedad
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burguesa de Viena, pero lo que más intrigaba a Freud era averiguar la causa por la que esos sucesos tan dolorosos e insoportables no habían sido recordados hasta entonces. ¿Dónde se encontraban? Fue así como Freud postuló la existencia de un psiquismo inconsciente y del mecanismo de la represión. Su hipótesis inicial fue: La enfermedad actual (neurosis) es el resultado de sucesos infantiles traumáticos (frecuentemente sexuales) que habían permanecido apartados de la mente consciente por haber sido reprimidos (expulsados y evitados), al ser causa de vergüenza, culpa o angustia. No se trataba, pues, de recuerdos olvidados, sino apartados de la conciencia, pero activos, dado que buscaban aflorar a la conciencia de alguna forma, pero la angustia que ocasionarían, provoca que actúen las defensas del sujeto. El resultado de este conflicto entre lo que intenta salir y la defensa que se lo obstaculiza es el síntoma. Esta es, en esencia, su primer intento explicativo de las neurosis. Durante varios años él se dedicó en medio de un ‘espléndido aislamiento’ a recibir sus casos y a profundizar en el estudio de hechos y fenómenos de la vida cotidiana que hasta entonces habían pasado desapercibidos para el estudio científico: sueños, equivocaciones, olvidos, lapsus, torpezas, chistes, etc. Con todo el material recopilado, escribió su monumental obra: “La interpretación de los sueños” (1900), “Psicopatología de la vida cotidiana” (1901), “El chiste y su relación con lo inconsciente”. Pero fue la lectura con cuentagotas de la primera la que despertó un interés magnético entre algunos médicos europeos que, poco a poco, fueron viajando a Viena para conocer y aliarse con Freud creando el germen de la Sociedad Psicoanalítica Vienesa (1906), que luego generaría la Asociación Psicoanalítica Internacional (1910). Desde entonces, el número de afiliados a este primer grupo de adeptos fue creciendo en toda Europa y América, a donde Freud viajó en 1909. Entre los discípulos que se le acercaron figuran Stekel, Jones, Eitingon, Jung, Adler, Tausk, etc. Cada uno de ellos acabó realizando contribuciones muy significativas a la Psicología Profunda. Éste nombre lo utilizó Freud, alternativamente al de Psicoanálisis, para aludir a la Psicología que no se conformaba con conocer y trabajar con la periferia de la conducta observable, sino que penetraba descubriendo las claves más ocultas, más inconscientes y los significados y sentidos que escapaban a la observación corriente. De esta manera, Freud fue arraigando su concepto de psiquismo inconsciente, de proceso primario de la mente, etc. A raíz de su trabajo con las neurosis, Freud fue descubriendo la existencia de la sexualidad infantil, desligando sexualidad y genitalidad y haciendo ver que la sexualidad es una pulsión, una fuerza primaria que es inherente a la vida y que forma parte del individuo desde su nacimiento, pero que va modificando la forma en que se manifiesta. Publica “Tres ensayos para una teoría sexual” (1905), causando un escándalo sin precedentes en la sociedad bien pensante de su tiempo, e incluso mereciendo la reprobación del Vaticano, que pasó a considerarlo una amenaza para la moral católica. En esta obra Freud habla, por primera vez en lengua vernácula, el alemán, un muestrario de perversiones sexuales (hoy llamadas parafilias), en cuanto al fin, en cuanto al objeto, en cuanto a la fuente y en cuanto a la perentoriedad, que resultó muy provocador para la época, pero que ha sido la base de todos los tratados posteriores de Psicopatología sexual. Antes de que él lo hiciera, sólo algunos autores osaban tratar estas cuestiones y lo hacían en latín. El segundo de los ensayos de la obra fue el titulado “La sexualidad infantil”, donde planteó un esquema evolutivo de las fases que atravesaba todo niño/a en su desarrollo psicosexual desde el nacimiento a la adultez: etapa oral (1-2 años), etapa anal (3-4 años), etapa fálica (5-6 años), etapa de latencia (6-11 años), etapa puberal (11-14 años), etapa genital (adolescencia en adelante). Cada una de estas etapas posee características peculiares tanto en los intereses del niño como en su conducta, afectividad, pero todas tienen en común la búsqueda de placer, bienestar y unión con el objeto amoroso. El ‘objeto’ amoroso comienza siendo la madre y, a medida que el padre gana protagonismo y presencia, la simbiosis madre-hijo se va triangulando para dar cabida al padre. Surgen entonces los celos, las envidias, las rivalidades y la ambivalencia (amor- odio) del niño hacia sus progenitores en la medida en que comprende que no siempre es el centro de atención y en que comprueba que la madre y el padre tienen entre sí un tipo de unión afectiva de la que él está excluido. A este fenómeno, Freud lo bautizó como ‘complejo de Edipo’, debido a las semejanzas que encontró entre esta universal situación familiar (aunque hay muchas variantes) y lo relatado por Sófocles en “Edipo Rey”.
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Escribió dos trabajos “Psicoanálisis y Teoría de la libido” (1922) para la Enciclopedia Británica, todo un honor que se le concedió. Tenía aficiones muy firmes: leer a los clásicos griegos, coleccionar estatuillas de arte antiguo (mesopotámicas, etruscas, etc), fumar puros incesantemente, mantener correspondencia con las figuras más importantes de la cultura europea, viajar a Italia y recoger setas en los montes del Tirol austriaco. Fue un hombre sencillo, doméstico. La leyenda dice que, tras tener 6 hijos, se despidió de las relaciones sexuales a la temprana edad de 40 años, consagrándose íntegramente a la causa psicoanalítica. Odiaba que se identificara el Psicoanálisis con un ‘asunto judío’, pues tanto él como muchos de sus seguidores de la primera época, eran judíos. Entre los años 1920-1939, Freud alcanza su plenitud tanto en la obra escrita como en su trabajo clínico. Las terapias psicoanalíticas iban prolongándose más y más en el tiempo a medida que la gravedad de los casos era mayor y se hacía más amplio y profundo el análisis de las resistencias al cambio y a la cura. Por ello escribió en 1937 su texto “Análisis terminable e interminable”, pues llegaba a dudar que el Psicoanálisis fuera una tarea que no durara toda la vida. Sin embargo, sus intereses por la cultura, la religión, la comprensión de la naturaleza humana en la historia, fueron ganando terreno. Él solía decir que no quería que su obra fuera interpretada como filosofía, sino como parte de la Medicina, concretamente de la Terapia, pero lo cierto es que es tan extensa (más de 340 escritos), tan plural (abarca infinidad de temas distintos), que es mucho más que una técnica de intervención en los trastornos mentales. En realidad es una visión global, una interpretación holística del mundo y del hombre. A medida que envejecía, iba aumentando su densidad filosófica. Sus obras finales son imprescindibles para cualquier estudioso de la cultura:
Cuando Hitler llegó al poder en Alemania y se anexionó Austria, Freud presintió el peligro. En 1933 hicieron un auto público con sus obras y las de otros judíos célebres (Kafka, Einstein…), y comentó irónicamente: “¡Cuánto hemos progresado¡ En la Edad Media me hubieran quemado a mí, ahora se conforman con quemar mis obras”. El terror se apoderó de él cuando la GESTAPO retuvo a su hija Anna, la más pequeña y la más unida a él, durante un día entero en el calabozo. Todas sus gestiones para liberarla fueron infructuosas. Freud era vigilado de cerca por la GESTAPO y las SS. En 1938, muy enfermo y muy anciano, consiguió salir de Viena para huir a Londres. La princesa María Bonaparte y el Presidente Roosvelt, y hasta un emisario de Mussolini intercedieron para lograr que lo dejaran salir de Austria. Varias hermanas de Freud y otros familiares no tuvieron tanta suerte y murieron en los campos de concentración. Freud y su familia se instalaron en Londres, en Maresfield Garden (hoy convertida en Casa Museo), en el barrio de Hampstead. Allí recibió visitas de todo el mundo y atendió sus últimos casos, con la boca destruida por la radioterapia. Escribió y trabajó hasta el final. Fue propuesto al Premio Nobel de Medicina en 2 ocasiones. Obtuvo el Premio Goethe de Literatura alemana en reconocimiento a su magnífica prosa y a su estilo inconfundible. Murió en septiembre de 1939. Desde entonces, su nombre, su figura, su importancia, sus teorías, conceptos, análisis, etc, se han extendido por todo el mundo. Figura entre los 10 personajes más importantes de todo el siglo XX. Es uno de los llamados por Paul Ricoeur ’maestros de la sospecha’: Copérnico, Darwin, Marx y Freud. Su obra ha sido traducida a más de 50 lenguas y existen Institutos de Psicoanálisis en todo el mundo, se han publicado más de un billón de textos sobre diversas temáticas de Psicoanálisis. La variedad de las modalidades de Psicoterapia derivadas del Psicoanálisis es casi infinita, computándose en el año 2011 más de 1900 sólo en Occidente. A Freud se le estudia en todos los ámbitos: la filosofía, el derecho, la medicina, la psicología, la sexología, la religión, la ética, las artes plásticas, la crítica literaria, la historia… Es un autor imprescindible, a pesar de que muchas de sus teorías se hayan revelado falsas, otras muchas hayan sufrido importantes modificaciones, y otras sean duramente cuestionadas y
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ridiculizadas. De lo que no cabe duda es de su impacto, de la larguísima sombra que ha proyectado sobre el pensamiento contemporáneo. Hasta puede decirse que en muchos terrenos hay un antes y un después de Freud.
De modo que Psicoanálisis es un término polisémico pues se refiere a: a- Un método de investigación de la mente y de múltiples fenómenos culturales y sociales. b- Un método terapéutico para el tratamiento de trastornos mentales. c- Una teoría de la mente (teoría de la constitución, estructura y funcionamiento del psiquismo).
Aunque inicialmente desarrollado por Freud, tuvo y tiene en la actualidad numerosos seguidores y escuelas distintos pues existen variantes muy importantes en la concepción de la mente. Los postulados básicos sobre los que se asienta la teoría psicoanalítica son: 1º. La diferencia entre la salud y la enfermedad es puramente cuantitativa, dado que todos los seres humanos (los cuerdos y los locos) compartimos los mismos procesos, las mismas emociones y vivencias y necesidades similares, pero en unos se dan más acentuados con otros, siendo la diferencia cuantitativa la responsable de que el sufrimiento y las dificultades de adaptación, los síntomas o las defensas utilizadas para evitarlas convierta a unas personas en enfermas y en otras en aproximadamente sanas. Pero en definitiva todos los individuos poseemos partes neuróticas y psicóticas en nuestra personalidad, al igual que todos sabemos y experimentamos angustia, solo que en dosis tolerables o no tolerables. 2º. La vida temprana (infancia), y en particular los dos primeros años de la vida son determinantes en la constitución de nuestros apegos básicos, nuestra personalidad y nuestra relación de confianza/desconfianza básica respecto al mundo. 3º. El ser humano está motivado (condicionado, presionado, empujado) por algunas pulsiones fundamentales: la pulsión de autoconservación y la pulsión erótica (entendida más en el sentido platónico de Eros = Unión, amor, que en el sentido genital), lo que nos lleva a buscar la relación con otras personas que nos proporcionarán satisfacción (placer), ayudarán a evitar el displacer (dolor, angustia), y facilitarán la socialización y la realización personal. En la última etapa, Freud introdujo la pulsión de muerte (thanatos), añadiendo que también el odio, la destrucción, la violencia y la crueldad forman parte inherente e innata de la naturaleza humana. Los impulsos masoquistas y sádicos están en nuestra naturaleza por lo que sólo podríamos controlarlos o procurar que predominen los impulsos de amor y de afiliación sobre estos. Si no lo conseguimos, el resultado será la aniquilación, o bien propia o bien ajena. 4º. El hombre no es dueño plenamente de su psiquismo, no posee el control sobre sus contenidos psíquicos (recuerdos, ideas, deseos, fantasías). La razón es que sólo puede dominar aquello que conoce conscientemente, pero hay otra parte que se le escapa: el inconsciente, que, sin embargo, forma parte de él. El inconsciente constituye el sustrato de su personalidad, siendo la parte consciente como la punta de un iceberg, aquello que emerge a la superficie, permaneciendo sumergido (ignorado, olvidado) la mayor parte. Cuando los componentes inconscientes afloran o se imponen hacemos cosas o tomamos decisiones que nos extrañan o que tienen consecuencias sorprendentes y graves para nosotros. Las manifestaciones más frecuentes del psiquismo inconsciente son: los sueños, los lapsus, los síntomas…
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primitiva, irracional, inconsciente, no verbalizable, busca la satisfacción inmediata. Por extensión se aplica a esa parte de cualquier adulto que le convierte en un ser primitivo, salvaje, pasional, perverso, descontrolado. El ELLO se rige por el PRINCIPIO DEL PLACER. Es puramente hedonista e impulsivo. b) El Yo (ICH): denomina así a la parte del psiquismo más racional, la que surge del Ello por contacto con la realidad (“el apremio de la vida”). Es la parte más adaptativa y flexible, la más maleable y la que ejerce funciones de control, decisión y ejecución. Es la dimensión más cabal y que, además, sirve de árbitro a las demandas que provienen del exterior (mundo real), del interior (deseos del Ello), de la conciencia moral (superyo). El yo evalúa, sopesa, tiene que frenar la impulsividad, aplazar o incluso renunciar a los deseos o caprichos para cumplir las exigencias adaptativas al mundo. El Yo se rige por el PRINCIPIO DE REALIDAD. Es adaptativo, maduro. c) El Superyo (ÜBERICH): denomina así a la parte moral del psiquismo. El superyo es una función especializada del propio yo. Dado que el individuo se socializa y es miembro de una cultura en la que rigen unas normas legales, unos criterios sociales y morales, al interiorizarlos dentro, como códigos de conducta propios, acaba usando la brújula moral (o ética) que le han trasmitido sus padres, maestros, figuras significativas del entorno y hasta el medio social (por ejemplo la TV, las redes, otros elementos de influencia ideológica…). Estos criterios son los que integran el Superyo, que se convierte en censor, sancionador, crítico o baremo que evalúa en qué medida nuestros actos, pensamientos o deseos se aproximan al criterio moral. Por eso, dependiendo de la exigencia moral interna, seremos más o menos exigentes con nosotros mismos, tenderemos a culpabilizarnos o a avergonzarnos por todo aquello que nos aleja de lo que creemos deberíamos ser o hacer. Las personas con un sentido del deber muy estricto (superyo sádico o exigente) se sentirán mal cada vez que no sacan un sobresaliente, cuando alguien les señala algún defecto o imperfección. Las personas con un sentido del deber más laxo (superyo débil o mal formado) no experimentarán culpa, ni vergüenza, ni empatía con los demás. Serán personas muy amorales, incluso psicopáticas, o bien muy infantiles, inmaduras, antisociales o pasotas. El SUPERYO se rige por el PRINCIPIO DEL DEBER. Es imprescindible para la socialización, la convivencia, la autorregulación de la conducta, el establecimiento de la moral interna. En esta segunda tópica, Freud integra la primera, pues lo que piensa es que salvo El Ello (que es íntegramente inconsciente y lo será siempre), tanto el Yo como el Superyo tendrán parte consciente y parte inconsciente. Así, la parte inconsciente del Yo se encargará de detectar los peligros para el psiquismo y defenderse contra ellos mediante los Mecanismos de Defensa, y la parte inconsciente del Superyo puede provocar sentimientos de culpa inconscientes que conduzcan a la persona a fracasar sin saber por qué lo hace, o a enfermar y buscar la muerte sin saber por qué no se siente merecedor de vivir (casos de melancolía extrema). INTERPRETACIÓN DE LOS SUEÑOS.
La obra más leída, traducida, comentada y representativa de Freud es “La interpretación de los sueños” (1900). Sin embargo, durante los 10 primeros años desde su publicación apenas se vendieron 900 ejemplares en todo el mundo. Eso sí: aquellos que la leyeron, pese a la dificultad de su lenguaje y lo novedoso de las ideas que allí se reflejaban, comprendieron que estaban ante un conjunto de hipótesis revolucionarias para la comprensión de la mente y de fenómenos generalmente desdeñados en los estudios científicos. Los sueños habían merecido la atención de algunos filósofos de la antigüedad, de José ante el Faraón egipcio, de algunos magos y pitonisas, de estudiosos renacentistas como Paracelso o Pedro Ciruelo, de poetas y dramaturgos, pero nunca habían sido examinados científicamente hasta Freud. Hoy en día hay muchas investigaciones sobre los sueños desde la neuropsicología y la neurología, que sorprendentemente confirman varias de las hipótesis freudianas.
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Para Freud, que pasó varios años registrando sus propios sueños en medio de la noche y que consignaba por escrito los sueños que le relataban sus pacientes, llegando a recopilar más de 800, los sueños desvelaban una parte oculta del psiquismo de todas las personas. A lo largo de la noche (si dormimos 8 horas), se producen unos 4-5 ciclos completos de sueño. En cada uno de ellos se elabora un sueño en imágenes (Fase REM del sueño), de una duración entre 5-20 minutos. Durante el resto de la noche (Fase No-REM) las ondas cerebrales son distintas, el sujeto elabora, archiva, retiene, memoriza, cataloga, gran parte de los contenidos vividos, aprendidos, a veces no atendidos o no resueltos durante el día. El sueño en imágenes (a lo que llamamos soñar) para Freud es revelador de conflictos actuales o infantiles de la persona y, dado que la conciencia está dormida, inactiva, con la guardia bajada, no puede evitar que afloren algunos contenidos inconscientes que durante la vigilia no pueden encontrar su salida. Por eso afirma Freud: “El sueño es la vía regia de acceso al Inconsciente”. Nada mejor que observar y analizar los sueños para descubrir qué es lo que verdaderamente pensamos o sentimos, sin la traba de las censuras, la autocrítica o los ‘pactos’ que hacemos cuando estamos despiertos para ser civilizados. “El soñar es el guardián del dormir”, afirma también, pues dormir es imprescindible para la supervivencia, la salud y la lucidez. Si no soñáramos enloqueceríamos, pero si no dormimos moriríamos (la máxima supervivencia en privación completa de sueño es de 12 días). La afirmación más importante de todo el extensísimo libro es: “El sueño es la realización (disfrazada) de deseos (reprimidos)”. Si cuesta aceptar tal aserto en general, pues muchos de los sueños parecen absurdos, incoherentes, sin sentido, estúpidos, aberrantes, etc, más cuesta aceptar esta hipótesis en el caso de las pesadillas o los sueños de angustia, pero él explica cómo en estos casos, la vivencia de angustia se debe precisamente a que lo realizado en el sueño son deseos que nos hacen sentir sucios, indignos, culpables, atroces, violentos, obscenos, etc. El sueño se basa y se nutre de restos diurnos (elementos que han tenido lugar durante la víspera), que se enlazan con recuerdos o fragmentos de vivencias que están almacenados en nuestra memoria. Entre ambos (lo actual y lo pasado) forman una amalgama caótica, desordenada, ilógica, en la que funcionan mecanismos de simbolización, desplazamiento y condensación, que son los mecanismos mediante los cuales la intención latente (o deseo del sueño) se disfraza y se deforma para poder materializarse y realizarse. En el sueño cabe distinguir un contenido manifiesto (que es la película onírica, las imágenes que desfilan y en las que estamos implicados como soñantes), y un contenido latente (que es la intención del sueño). Para llegar a descubrir el sentido o significado del sueño, el soñador ha de aportar mediante su asociación libre aquellos recuerdos o evocaciones que relaciona con distintas partes del sueño, y el psicoanalista deberá interpretar (conectar, establecer nexos) su sentido. El sueño es tratado como un lenguaje, como una expresión de las profundidades más secretas y auténticas de cada uno, pero no hay que quedarse solo en esa visión, dado que también Freud dijo algo que la neurología actual ha confirmado: el sueño sirve para programar, anticipar, prepararnos para afrontar en la vida real futura situaciones a las que nos vamos a enfrentar. Soñar con que nuestro padre muere es un mecanismo psíquico para que nuestra mente se prepare y adapte a un hecho que, sin duda, sobrevendrá antes o después, y así no enfrentarnos a él de forma desprevenida y traumática. El sueño ayuda a elaborar aspectos insuficientemente comprendidos o torpemente valorados. Ayuda en el proceso de aprendizaje y desintoxica la mente de contenidos-basura.. “(Podemos valorar el sueño como) una reflexión, una advertencia, un propósito, una preparación para el futuro inmediato, o también la satisfacción de un deseo incumplido. La singularidad y el absurdo del sueño manifiesto son, por un lado, la consecuencia de la conducción de las ideas del sueño a una distinta forma expresiva, que puede ser calificada de arcaica (…) El dinamismo de la producción onírica es el mismo que actúa en la producción de síntomas, de la formación de mitos y otras expresiones culturales y sociales humanas…” (Sigmund Freud, La interpretación de los sueños).
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