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TEMA 2 11,12. La cesión de parcelas con carga fiscal Complementariamente al sistema retributivo a base de raciones en especie era usial la cesión de parcelas che tierra al personal para su exploración; por lo general, los destinatarios eran funcionarios de rango medio o superior: sacerdotes, Mayora- les, escribas, capataces, enc. El sistema tenía ventajas para el templo u el palacio, dueños de las tierras, porque así podían desprenderse de los terrenos menos productivos o periféricos mientras cumplía con su misión de garantizar la supervivencia de sus funcionarios. Estos, a su vez, podían cultivar en provecho propio las parcelas cedidas, obreniendo en cincuns: tancias normales más ingresos que los que dependían exclusivamente de las raciones en especie; por otrá parte, su rlesgo era mayor, ya que eran ellos los responsables últi> mos de la explotación, y tenían a su cargo los gastos ocasionados por los jornaleros y animales de labor, Si la cosecha se perdía, el peligro de endeudamiento era inmínen- te, al no poder abonar los jornales y el alquiler de los animales, y no atender a las obli- geciones fiscales frente a las organizaciones templo o palacio propietarias de las tie» rrás. En caso de insolvencia total, las deudas se saldaban mediante trabajo obligatorio no remunerado, siendo frecuentes bos casos en que al endeudado no le quedaba más remedio que ofrecerse juntamente con su familia en un estado de semiesclavitud. Las parcelas cedidas por el templo o el palacio en usufructo seguían siendo pro. piedad última de estas organizaciones. La concesión iba acompañada por lo general de la obligación de prestar determinados servicios —crabajo o milicia= y de satisfa- cer periódicamente en especie las cargas fiscales. Normalmente, estas tierras no podían transferirse a otra persona; cuando la transferencia se permitía explícica- mente, el nuevo explotador asumía todas las obligaciones y cargas inherentes. 11,2. EL SECTOR PRIVADO EN LA ECONOMÍA MESOPOTÁMICA El sector privado exisció siempre, junto al sector estatal ya descrico; la relación entre ambos fue de equilibrio inestable. En épocas centralistas y fuertemente buro- cratizadas predominó siempre el sector estatal, sobre todo en el sur; el caso típico es la dinastía 1 de Ur, en el sur, 62. -2100-2000 rr 1.2.2.1]. En cambio en el norte —Asiria— fue siempre muy importante la iniciativa privada. Los condicionamientos geo-ecológicos [climatología incierta, plagas) y políticos (inseguridad, guerras) de la producción agricola -base macroeconómica de Meso- potamia- fueron siempre un freno importante a la explotación estriccamente privada de las tierras de labor, Las grandes organizaciones, el templo y el palacio, disponían de reservas estructurales suficientes para garantizar su continuidad; por el contrario, la familia reducida (constituida en torno al núcleo de la pareja) rara vez podía hacer fren- tea todos los imponderables, y actuaba por regla general en el marco más amplio de la farmlia extendida, es decir, en colaboración con otros núcleos familiares de una mag- nitud semejante. La macrofamilia fue siempre la única alternativa económicamente viable a las grandes organizaciones urbanas, el palacio o el templo [7 113.3; 11,7]. 11,2.1. El acceso a la propiedad agricola como fundamento de la vida social Las comunidades macrofamiliares se denominaron en Mesopotamia «casas» [e,, bite(m)], y estaban organizadas jerárquicamente mediante estructuras genealógicas más o menos ficticias; las más estables podían llegar a constituir territorios bien definidos, o «pueblos» (ura; abu (m) [T 113,1]), dotados de ciertos órganos de auto- gobierno. Su magnitud variaba; las comunidades más complejas adoptaron siempre la forma de ciudades estado, fórmula de convivencia que sólo entró en crists con la aparición de los estados territoriales integrados en el l milenio E. (modelo asirio). La autoridad de una comunidad macrofamiliar se ejercía según el modelo patriar- cal, incluso, y especialmente, cuando ese patriarca llevaba el título de «señor» [en; béluim)], o de «repo [lugal; Jarrutm)]. El monarca adoptó siempre el papel de pater familias, y la ideología que sustentaba su función de gobernante estaba claramente calcada de la figura del padre [7 11.5.3.1]. Las tierras de labor eran propiedad de la comunidad, que podía cederlas a sus miembros para su explotación. Las parcelas cultivadas por los diferentes miembros de la comunidad podían ser cedidas ulveriormente, aunque la autoridad real podía intervenir y regular las actividades de compraventa. Sin embargo, la propiedad raíz seguía en manos de la comunidad, al menos en el terreno ideclógico: cuando un campesino se endeudaba y se veía en la necesidad de ponerse al servicio del acree- dor y de entregarle las tierras, esta entrega —o venta ho era a perpetuidad; las tie- tras enajenadas volvían a la propiedad comunal al cabo de unos años, a menos que los pactantes, expresamente 6 de hecho, manifestarán su voluntad de continuar la enajenación. El rey solía regular la práctica jurídica de revoris de bas tierras a la comunidad por una serie de «edictos» reales -llamados endurdru(m) «liberación, sueltas o milsre(m) «enderezamiento=- promulgados más o menos periódicamente (Kraus, 1958, 1984). Además, tales decretos imponian la condonación de las deu- das contraídas, la manumisión de los siervos o esclavos en manos de personas pri- vadas y la liberación de todas aquellas obligaciones más o menos abusivas impues- tas a los miembros de la comunidad como consecuencia de casos de insolvencia o depauperación. La misa de población estaba formada por los campesinos que cultivaban direc- tamente sus parcelas, que eran dominio, al menos teórico, de la comunidad; como contraprestación por la cesión, estaban sujeros a una serie prestaciones bien defini- das: trabajos en benefició de la comunidad, servicio militar o impuestos en especia. Todo cabeza de familia y miembro de la comunidad tenta derecho a participar acti- vamente en la vida social de la misma, y el derecho al cultivo era un derecho pri- mordial. A su vez, la comunidad, personificada en su parriarca (jeque, señor, rey), ejercía sobre él y su familia una autoridad absoluta, aunque discontinua y sólo detectable en tiempos de erlais. La posición social de cstos campesinos (y algunos artesanos y pastores) integrados en la comunidad macrofamilar era, por tanto, hasta cierto punto análoga a la de los funcionarios y dependientes del sector público; £ste no hacía sino reproducir los comportamientos básicos de las comunidades macro- familiares, que eran su modelo, Tánto los sujetos al sector público —las grandes orga- nizaciones del templo y el palacio- como los miembros de las comunidades macro: familiares estaban sujetos a una autoridad parriarcal (el dios, el rey, el jeque); nadie era, al menos teóricamente, propietario exclusivo de las cierras que crabrjaba. Sin embargo, hay que subrayar una diferencia esencial entre estos dos grandes grupos o sectores, En el sector privado hay miembros sujetos a la autoridad parriar- cal y miembros que ejercen esta autoridad, separados a escalas diversas por ese lidades amplias de acceder a la propiedad de la rierra en virtud de $u posición social preeminente. Los «hombres» suelen ser gentes ligadas a la administración palacic- ga; propietarios o usufructuarios perpetuos de tierras y parcelas, funcionarios, escri- bas o sacerdores que han comeguido acumular el capital suficiente como para simultanear sus oficios en la administración con la explotación agricola por cuenta propia. 4 este ámbito pueden pertenecer así mismo cierros artesanos, mercaderes, pescadores, enc. Un alum) puede hacer inversiones, comprar, vender y, así, au mentar su patrimonio; cosas todas ellas imposibles para el miék2nu(m), que es, por definición, «déblle [ensu(m)]. Conviene subrayar que los términos de mubkénu(m) «mezquinos y awilu(m) «hombre» no se utilizaban para designar a miembros de dos clases o estraños socia- les; eran más bien juicios de valor sobre individuos concretos vistos en la escala móvil de sus respectivas posiciones económicas. Los altos funcionarios, en realidad «siervos del dios a del rey Y dependientes abenlutamente de la autoridad de la organización a la que servían, disfrutaban, por otra parte, de excelentes oportuni- dades de acumular riqueza y de invertirla en tierras adquiridas «a perpetuidad» (tie- ras comunales), convirtiéndose de este modo en «ciudadanos» y «hombres», Un mismo sujeto podía, de este modo, ocupar dos posiciones relacivas: la de «siervo» (wardw(m)] respecto a al templo o al palacio, y la de «ciudadano» u «hombre» [avllecm)] en el seno de la comunidad macrofamiliar. En los textos del ti milenio a.C., mdkénu(m) es sinónimo de «pobres, mientras que awilu(m) podría ser traducido por «nobles [wedú(m)]. De nuevo, no estamos ante dos grupos sociales encontrados («pobres= contra sricos=), sino ante valora- ciones individuales que marcan las relaciones de dependencia económica dentro del tejido aocial: para la visión mesopotámica, el cstodo social normal debió ser el de mákénu(m), individuo social y económicamente débil; la progresiva acumula- ción de riqueza conllevaba el aumento de poder y de liberrad de decisión, carac- terísticas del awilu(m), cercano siempre al palacio. En los ambientes rurales cerca- nos a las grandes urbes y en los barrios periféricos de las mismas, el campesinado estuvo siempre en situación de dependencia; era más bien la ciudad, en la que residía el poder económico, la que dictaba las condiciones. En los circulos urbanos mismos, más cercaños al poder, la figura del funcionario-rerrareniente fue lo nor- mal; esta combinación no se constata en los núcleos de población más alejados de las ciudades, estrictamente rurales, 11.2.2,3, El vesciovo/siervos [wardu(mJ» Los «esclavose, en Mesopotamia, se encuentran en realidad fuera del contexto social, tanto por lo que respecta a su número como a su papel en el tejido produc- tivo. Fueron siempre una minoría en el conjunto de la sociedad; se les conocía por un corte de pelo especial (un mechón) o una marca en la muñeca, El «esclavo» mesopotámico no tiene nada que ver con el esclavo privado de todos los derechos, tal y como la conocemos por ciertos periodos de la Antigiedad clásica, Se trata también de un término polivalente que ha de ser comprendido a lo largo de una escala variable de libertad y acceso a los medios de producción. Téngase en cuen- ta que la terminología, en este sector es equivoca: las denominaciones sumeria (iry) y acadia [wendu(m)] corresponden por igual a nuestros conceptos de «escla. vos y de «servidor» en una escala Muida de restricción de libertad y aceptación social; con estos nombres se designa también a los «devotos» de una divinidad y, en general, a los que ocupan una posición inferior respecto a alguien: soldados, fun- cionarios reales, subordinados de estos funcionarios, vasallos de un rey, etc. La cor- tesía exige que el que escribe una carta se autocalifique de wardu(m), «siervo» o «esclavo» del destinatario. En el sentido estricto de la palabra, conviene distinguir entre los «esclavos» a la fuerza y los que se esclavizaban voluntariamente para saldar sus deudas con el pala» cio, el templo o un particular, Los primeros son los que más se acercan a nuestro concepto de esclavo. Se tra- taba por lo general de guerreros enemigos cautivos y no fueron nunca numerosos en las organizaciones públicas, ya que su custodia provocaba más problemas que su trabajo ventajas; la política general frente a los enemigos supervivientes fue slem- pre la de decapitarlos en el campo mismo de batalla. Las cautivas de guerra eran más útiles en la economía (tejido, cerámica, trabajo agrícola) y menos caras de mantener y vigilar que los hombres; su número fue relativamente numeroso en las organizaciones estatales. Los hijos de las esclavas se encontraban equiparadas a los restantes, recibían sus correspondientes raciones y nunca se les denominó «escla- vos». En el sector privado hubo también esclavos, aunque siempre en número red cido. La economía privada se prestaba más a echar mano de ellos que el sector público, debido a que se integraban mejor en el tejido Familiar, lo cual facilitaba su vigilancia; en su mayoría, los esclavos de sexo masculino eran hijos de esclavas y de miembros de la familia propietaria, o de familias vecinas. Los esclavos del sector pri. vado podían ser puestos en libertad por sus dueños o por decreto real; podían así mismo comprar su libertad. 112.3. Movilidad social No existió en Mesopotamia la nobleza hereditaria a largo plazo; en Babilonia y en Ásiria los privilegios sociales eran acaparados por los altos funcionarios del tem- plo o de la corte, y éstos estaban sujetos a las contingencias de la voluntad real y de la copuntura política y económica general, tanto nacional como internacional. Sí que se disron clases nobles, o castas, en las culturas marginales, como la casita o la hurrica [T VIL1.12; WIL1.2.2]. La sociedad mesoporámica no es «clasistas en el sentido de albergar en su seno estratos sociales estancos y encontrados; la valoración social del individuo depen» de de su posición económica en el momento concreto, dándose casos evidentes de movilidad social a lo largo de la escala rico-pobre. Dicho de orra manera; la estruc- turación social en dos bloques verticales (por una parte, los miembros libres de las co- munidades macrofamiliares en el sector privado y, por otra, los servidores de las grandes organizaciones) se cruza con una estratificación horizontal que se rige por dos eriterios fundamentales: (a) la relación con la organización social del trabajo y (b) los métodos de acceso a la riqueza y la cuantificación de ésta (Diakonof, 1972: 475; ([T Tabla 4]). El «ciudadano» libre [awihuím) ] que empleaba jornaleros 0 esclavos en el cultivo de sus tierras coexistía con otro que tenía que emplearse a sí mismo y a toda su familia para explorar su parcela; en ocasiones, el endeudamien- to podía llevar a un libre a perder todo tipo de propiedad y ofrecerse como esclawo plejo social cuya finalidad no era otra que la conservación misma de la sociedad y el mantenimiento de la calidad de vida. En terrenos de aluvión arrancados al mar y a las marismas, amenazados continuamente por los ciclones y mareas altas del ¡Golla Pérsico y rodeados de estepas, la actividad agricola no era posible sin un ela. borado sistema de diques y canales que asegurarán la defensa, el drenaje y el rie- go, lo que presuponta un esfuerzo superior a las posibilidades de la iniciativa imdi- vidual. La conservación de este sistema geo-ecológico solamente podía quedar garantizada mediante medidas tomadas por una colectividad organizada, y esta or- ganización es ya un «estado», cuyo marco natural fue la «ciudad» prehistórica y protohistárica. Pero, para subsistir, la ciudad necesitaba de su entorno no urbano (tierras y pas- tos), y las relaciones entre estos ámbitos —la ciudad y su halo- no siempre fueron armónicas. Los conflictos más frecuentes surgleron entre las poblaciones urbanas y los sectores dedicados al pastoreo en las estepas que limitaban con los cultivos de los valles fluviales. Los pastores eran en realidad parte integrante de la estructura social, y de hecho trabajaban para el templo y el palacio custodiando los grandes rebaños de estas organizaciones estatales, No obstante, su actividad se desarrolla- ba fuera de los muros y de los campos cultivados, es decir, más allá de los ámbitos alcanzables directamente por la administración. Al ser elementos mucho más móviles por razón de su profesión que los campesinos ligados a sus parcelas, los pas- tores trashumantes y seminómadas eran menos controlables, estaban durante semanas ausentes de las poblaciones y su autarquía económica era mayor. Todo ello contribuía a desarrollar estructuras de poder paralelas, y a menudo ajenas a las del estado. La civilización del Próximo Oriente antiguo inspirada en los modelos babilóni. cos fue también un proyecto de integración de dos modos de vida: el urbanismo de las grandes ciudades y los nómadas que recorrían la estepa. 1.3.1. La ciudad mesopotámica El ámbito sociocultural de la «ciudad» comprendía las edificaciones estables de intramuros y las alquertas o aldeas más cercanas explotadas por los habitantes del núcleo urbano. Tanto las grandes aglomeraciones como los pueblos de carácter pro- plamente «rurale tenían el mismo nombre: ura, en sumerio, y dbu(m) en acadio; tra- dicionalmente se traducen estos términos por «ciudad», pero en ocasiones sería más apropiado hablar de «villas» o «pueblos». Las alquerías, corrales y demás instala- ciones rurales aisladas o menos estables tuvieron nombres diferentes según sus usos, las regiones y las épocas. 11,3,2. Funciones de la ciudad en Próximo Oriente antiguo La ciudad mesopotámica (Wirth, 1975; Oppenheim, 1977: 115 ss.) desem- peñaba importantes funciones en el terreno administrativo, en la defensa de sus habitantes, en el comercio, en la producción artesanal y en la producción agrí- cola de carácter urbano (arboricultura y horticulcura); orras funciones, como la beneficencia, la promoción cultural, el comercio de larga distancia o la organiza- ción financiera le eran ajenas o se encontraban en un nivel muy rudimentario [T Tabla 5]. Oriente Antiguedad | Ciudad antiguo ¿clásica | moderna Adininistración « H sí Defensa sl sl mo Justicia el sl al PR rcliión: sí | sí irrelevante POS e EEES y benefi irmelevante sl | al cul ri imelerante sí [ sí Comercio H sl al | regional Comercio de ñ Ñ imelevante si sl larga distancia l ora imelevante irrelevante sl Pa us sí sl al | artesania, industria) Cultivos urbanos (huertos, jardines) o sí sí irrelevante Tabla 5. Funciones de la ciudad (según danos de Wirth, 1975: $2) 11.3.3. Las «casas» de la comunidad urbana Urbanisticamente la ciudad constaba de tres sectores bien definidos y deno- minados de manera diferente. El núcleo, llamado «corazón de la ciudad» [Jbb; áli(m)], era la zona amurallada, y comprendía el cemplo, el palacio y los domici- lios privados, muy a menudo entremezclados con los talleres artesanales. La mura- lla, de trazado ovoidal o cuadrangular, estaba dotada, en los núcleos urbanos medios o mayores, de varias puertas; cada una de ellas constituía el centro social del respectivo barrio, el cual se encontraba frecuentemente separado de los demás por muros interiores: a la sombra de la puerta se reunía el consejo comunal, se solucionaban los litigios y se intercambiaban noticias. En las zonas de extramuros se hallaban los suburbios, o «ciudad exceriors (sumerio: uru-bar-ra); era el sector de los servicios: una corona de barracas y almacenes, huertas y corrales destina dos al abastecimiento de la ciudad. Por último, un sector bien delimitado servía de zona franca o comercial: era el «muelle» fÑuvial o terrestre [kar; kanm)], que gozaba de cierta autonomía administrativa y era a la vez domicilio de lap. ieica- Hammurapiz, los encargados de suministrar los fondos para rescacar a los conciu- dadanos cautivos fueran el templo y, en su defecto, el palacio [T Texvo 15): Texto 1% Si un mercader paga el rescate por un recluta o un soldado especializado que haya sido hecho prisionero en una campaña del rey, y se dos leva a su ciudad: si en su casa hay dinero pera su rescate, que (el cautivo) se rescate a sí mismo; sien su casa no hay dinero para su rescate, que lo rescate el Templo del dios de su ciudad; si en el templo del dios de £u ciudad no hay dinero para su rescare, que lo rescate el Palacio. Ni su campo, ni su huerta ni su casa se podrán vender para el rescate. («Código de Hammuragis, $ 32; Fimer, 1973, Borger, 1995; Roth, 1995) 11,4, LA CIUDAD, EL TEMPLO Y EL DIOS El estado fue siempre, en Mesopotamia, una estructura fuertemente centraliza- da, enraizada en los núcleos urbanos; éstos, a su vez, cristalizaron en torno a los templos. Todavía en nuestros días, las ruinas de los grandes templos mesoporámicos y las de sus torres escalonadas constituyen el dato más llamativo, 1.4.1. La ciudad-templo de la Protohistoria El las épocas protohisróricas, el centro del estado lo constituía el dios o la diosa patronos de la ciudad, propietarios absolutos de todos los recursos económicos, comenzando por las tierras de cultivo y los pastos adyacentes. En consecuencia, el templo fue el centro de la administración y del gobierno: es la ciudad-templo SUMe- ria (Falkenstein, 1954 [T V.2.1.2]). Los datos indican que las tierras del templo se repartían en tres categorías; (a) la tierra «del Señore una cuarta parte, destina- da a cubrir con los beneficios cbrenidos los gastos de culto y cuidado del templo; (b) los «campos para que coman, repartidos entre funcionarios y sirvientes y, por último, (c) los «campos de labor», que se arrendaban a cambio de una renta más bien mádica que había de pagarse en especie. El templo era la gran empresa familiar la «casa»— del dios. Toda la población vivía del templo y trabajaba para él, en $u mayor parte indirectamente, cultivando las tierras o cuidando extensos rebaños, truy en especial los de ovejas, cuya lana for- maba una parte importante de la recribución [F 111.1). Ovos se encargaban del almacenamiento y la conservación de los productos, o de las tareas de transforma: ción de las marerias primas obtenidas: los textos mencionan a cerveceros, panade- ros, carniceros, cocineros, albañiles, orfebres, caldereros, curtidores, cesteros, escul- tores [T W..31. Todo ello requería una equipo más o menos nutrido de escribas al cuidado de la administración. Los servidores del templo estaban organizados jerárquicamente, aunque no tenemos informaciones compleras sobre el escalafón; los textos mencionan con fre- cuencia a los «inspectores» (sumerio nu-banda,) y a los «capataces» (aprig). La dirección suprema estaba en manos del «sacerdotes (sanga), o del «señor» (en). Los ingresos del templo provenían casi exclusivamente de sus tierras, tanto de las trabajadas directamente por el personal de servicio como de las cedidas en arriendo; a ello había que añadir la actividad ganadera, Como es normal, una parte importante de los ingresos provenía de las donaciones y ofrendas más o menos voluntarias, y también del intercambio de excedentes de producción. La adminis- tración del templo era también la encargada de rediscribuir los excedentes entre sus servidores, es decir, prácricamente toda la población, en forma de raciones. 114.2. Proceso de integración de la economía del templo en la vida civil Este estado de cosas cambió en el último tercio del 10 milenio a.C. con la dinastía de Akkad [T WL2.1] y. luego, con la instauración del estado centralista de la época de Ur 111 [T 1.2.2.1). Los templos fueron perdiendo poco a poco el dero- cho absoluto a la propiedad de las tierras y, en consecuencia, su papel rector de la economía; la autoridad fue pasando poco a poco a manos de los reyes. Durante Ur 11 (ca, -2100-2000) se promovió la exaltación del poder real y el estado burocrático, y la vieja «casa del dios+ 5 mimerizó en el palacio del dios. La reaponzabilidad del mantenimiento y saneamiento de la economía de los vemplos fue asumida por el estado, mediante ofrendas y donaciones. Las inscripciones rear les de la época nos informan ampliamente sobre la reedificación de templos en rui- mas y la edificación de otros nuevos; en los núcleos urbanos más importantes se levantaron enormes torres escalonadas =o «excelsas» (rigqurratia; uzanir]-, prototi- pes de la popular Torre de Babel [T W11,.1.2,3), y cuyos primeros testimonios data- ban ya de la época de AlUbaid (Obeid), en el Iv milenio a.C. [7 V.1.3), Aunque los datos no son muy claros, parece que el estado de Ur 1 romo a su cargo direc- tamente la administración de los bienes de algunos templos, si no de tados; sabe- mos así mismo que otros templos disponían de ingresos propios y pagaban impues- tos «al palacio». El síntoma general es que la administración de los bienes de los templos como todos los ámbitos de la vida social- fue asumida de modo casi toral por la burocracia regia, que trabajaba con absoluta precisión: el templo era una pieza más, aunque la más importante, de la máquina estatal, Ello no quiere decir que fuera el estado el propietario de las tierras. En Ur II, como en las demás épocas, el propietario de las tierras de los templos era el dios, es decir, el templo mismo; el papel del estado consistía en controlar los ingresos y sacar provecho de los impuestos. Los bienes inmuebles —las tierras= siguieron pertenes ciendo al templo o a los arrendatarios y usufructuarios que las cultivaban; el esta- do se quedaba sin embargo con los bienes muebles que se generaban a partir de las rentas y de los excedentes de producción (Limer, 1979), Cuando se disolvió el estado centralista de Ur 11 y el territorio se fragmentó en diferentes estados a finales del 11! milenio a.C. [T VL2.3], los templos no recobra. ron el papel económico básico que hablan desempeñado en las viejas estructuras protodinásticas. En adelante, los templos habían de ser una institución más, coe- xistente con el palacio real, que es la sede del poder, y sometida a él. El dueño de la ciudad no es ya el dios, sino el rey, cuyo primer deber es, desde luego cuidarse de los templos de su territorio y, en especial, del de la divinidad tutelar de la ciudad. En los estados territoriales surgidos a comienzos del 11 milenio a.C. de las ruinas de la dinastía 11 de Ur, la economía —la producción agrícola- está en manos de una burguesía (acadio awilaru «eñorios) de terratenientes rentistas, campesinos libres y arrendatarios de parcelas estatales sujetos, de un modo más o menos directo, al el dios tiene fuerza probatoria cuando no se dispone de testigos u otro tipo de ga- rantías de verdad. La dicotomía observable entre el poder político y el templo a partir del 11 mile- nio a.C. no es detectable en lo que respecta al norte: Asiria. La especial posición del rey, cuyo primer título era el de «vicario» o «representante» del dios nacional Asur [Í 1.5.4.2] impidió las tensiones entre ambos poderes: el rey asirio fue el man- tenedor del culto de Asur y proveedor de los funcionarios de su templo, echando mano de los bienes reales que son en realidad del dios—, de los tributos de los reyes vasallos y de las zonas ocupadas, o del botín de guerra. En realidad, era el dios Asur quien ocupaba el poder, cuya administración incumbía al rey (Garelli, 1975). Por lo demás, el papel concreto de los santuarios asirios en la vida social no parece haber sido muy distinto de los babilónicos, por los que los reyes asirios mostraron siempre respeto. El régimen político de la ciudad-templo protodinástica había ido evolucionando hacia regímenes de monarquía absoluta basada en una ideología patriarcal. La monarquía autárquica se convirtió de este modo en la forma de gobierno definitiva para el resto de la historia, no sólo mesopotámica, sino de toda el Asia Anterior. 11.6. LAS CULTURAS NO URBANAS En Mesopotamia, la ciudad es sólo uno de los polos de la cultura. Desde los tiempos prehistóricos, y durante todos los períodos históricos hasta el más reciente presente, los asentamientos (ciudades o pueblos) del Próximo Oriente han inrer- cambiado experiencias culturales y sociales —de manera más o menos pacífica— con sectores de población reacios a integrarse en las esquemas urbanos. .l. Los grupos sociales marginales en las fuentes documentales Por lo que respecta a la antigúedad siro-mesopotámica, tenemos conocimiento: de ellos sólo por las fuentes escriras, pa que su modo de vida dejó escasas o mulas huellas arqueológicas. Estas fuentes, que provienen en su totalidad de medios urba- nos, están redactadas desde una óptica distorsionada. Además, las fuermes escritas relativas a los grupos marginales son siempre de tipo ocasional, ya que sólo los men- cionan cuando entran en contacto con la administración urbana. Téngase en cuen- ta que, por lo general, sólo són noticia los encuentros conflictivos entre la ciudad y las bandas que habitan fuera de sus muros, silenciándose el contacto continuo y mesoporámica no hay que olvidar, por tanto, que la documentación escrita proviene exclusivamente del ámbito estatal, es decir de las oligarquías urbanas. Mo exíste una denominación seemería o acadía que corresponda a nuestro Cérma no «nómadas, lo que indica que no constituían una entidad conceptualmente di renciable de los «sedentarios». para los que tampoco hay nombre. Para referirse a los sectores mo urbanos, los documentos cuneiformes adoptan varias soluciones: — uso de perifrasis descriptivas: el mómada es un «habitante de tiendas» (añib kultar) o