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Asignatura: Historia Medieval II, Profesor: fabregas fabregas, Carrera: Historia, Universidad: UGR
Tipo: Apuntes
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Adeline RUCQUOI, “De los Reyes que no son taumaturgos: los fundamentos de la realeza española”, en Relaciones, 51 (1992), pp. 55-100.
Entre las obras fundamentales de la antropología histórica del poder y de sus representaciones en la edad media:
En ninguna de estas obras no se menciona la existencia de monarquías fuera de la trilogía Imperio-Francia-Inglaterra (resumir a la tralatio imperii), ni del papado. Fieles a la idea del libro Mahoma y Carlomagno de Henri Pirenne que reflejaba la propaganda de los clérigos del propio emperador carolingio, estos autores compartían la idea de una tralatio imperii, o sea, de un deslizamiento geográfico del mundo político hacia el norte de Europa a partir de las conquistas musulmanas del s. VIII. Así, el Mediterráneo se habría convertido en zona fronteriza entre la cristiandad y el islam, una región periférica del centro de la cristiandad que estaba en Aquisgrán, Londres y parís. La teoría centro-periferia de Immanuel Wallerstein, con sus consecuencias económicas de explotación de la periferia por el centro, permitió desde 1970 “explicar” el auge de la Europa septentrional en los s. XVII-XIX a partir de sus “orígenes” en el s. VIII [parece verse la influencia de sus estudios más marxistas que se trasladan a otra época. El problema es poder establecer esa dialéctica de explotación centro-periferia, porque puede aplicarse a épocas o regiones pero no es preciso para el período medieval]. En los ochenta se han multiplicado los estudios dedicados a la “periferización” (sic) de la Europa medieval meridional. Los estudios dedicados a las formas y representaciones del poder en Francia, Inglaterra y el Imperio (el centro) se convirtieron en los estudios de las únicas formas posibles del poder en la edad media. En los comentarios de Bloch y Le Goff acerca de los ritos reales como manera de dotarse de un poder “milagroso”, donde afirman que son reyes cristianísimos y escogidos por Dios para obrar milagros en su nombre, se vislumbra no la esencia del poder real, sino el intenso esfuerzo de propaganda que rodeaban a los reyes de Francia e Inglaterra.
Lo que pretende reiterar la autora es que en la descripción que dan Bloch y Kantorowicz en sus obras se refleja su método de investigación histórica, la antropología histórica. Así, en base a un su estudio de las formas especificas de realiza, de un sistema de representaciones desarrollado en Francia e Inglaterra en los s. XII-XIV, se convirtieron en el “modelo” de la realeza medieval. Los medievalistas, influidos por la teoría de Pirenne, toman como axioma la frase “lo que le coloca (al rey de Francia) por encima de los demás reyes de la Cristiandad”, obviando el discurso político propagandístico emitido por los medios cortesanos franceses del s. XIII.
Partiendo de que los modelos más desarrollados de realeza en la edad media son los de Francia e Inglaterra, algunos medievalistas se han interesado por los fundamentos del poder real en la España medieval, surgiendo posturas divergentes:
Lo que se observa es que ambos se basan en las teorías relativas a la realeza de Francia e Inglaterra para estudiar otras monarquías y, sin embargo, no se pone en tela de juicio la validad de dichas teorías.
Al contrario que la Europa meridional, las regiones del norte de Francia, Alemania y sur de Inglaterra en los s. XI-XII eran rurales y experimentaron un crecimiento demográfico a partir del año 1000, con la ampliación de cultivos a costa de bosques y yermos. Las ciudades eran escasas y, a excepción de las sedes episcopales, no eran centros de poder. El rey era reconocido pero en la práctica no tenia demasiada vigencia, era un “señor de señores”. El derecho romano no había permeado en estas regiones y habían desaparecido en el s. VI, basándose en la costumbre de cada lugar. En el sur de Alemania hay evidencias de la práctica mágica y de supersticiones, probablemente precristianas. Dentro del mundo rural, los centros de conocimiento eran escasos y dispersos, como la orden borgoña de Cluny o las escuelas de las catedrales de Laos, Chartes o París que sólo tenían contactos con los demás centros monásticos y catedralicios, formando un circuito casi cerrado.
El valor concedido al gesto, al rito, que manifiesta de forma visible una realidad trascendente como el caso del traspaso del feudo o de la investidura de un poder de origen divino, depende de la sociedad y su grado de abstracción. En una sociedad rural e iletrada, esta puesta en escena teatral, visible por todos, requiere la presencia de testigos que validaran el acto y de una simbología comprensible por todos. Por ejemplo, en la entrega de un feudo (traspaso del derecho de usufructo de una propiedad) a los
Wisigothorum o Liber Iudicum) y una colección canónica (Hispania Collectio) que perpetúan el concepto de un poder monárquico unificador. También tienen una larga historia de autonomía eclesiástica. Las empresas contra los musulmanes obtuvieron con la bula de Pascual II (1102) el estatus de cruzada, porque cada territorio conquistado engrandecía la cristiandad. A partir de 1207 y con la muerte de Luis IX de Francia se puso fin a las cruzadas de los reinos septentrionales y fueron los reinos de la península los que prosiguieron la lucha. En la península, con una sociedad urbanizada, tradición de centralización de poder y con derecho escrito, el gesto no desempeña el mismo papel que en las sociedades orales. Los ritos visibles como el vasallaje, la unción o coronación sólo aparecían en regiones que contactan con el mundo septentrional como el condado de Barcelona (s. XI-XIII) o Navarra (llegada de la dinastía de Champagne en 1234). En las demás regiones, no hubo necesidad de esos ritos. Habla de cómo el obispo de Burgos en una fecha tardía como 1434 dice que no se puede comparar al rey castellano con el rey de unas islas excéntricas. [es decir, la autora cambia el enfoque centro-periferia, cuyo centro en la Europa meridional, aunque hay que hacer referencia a las formas de poder en Francia e Inglaterra para analizar los fundamentos de poder en España]. La naturaleza del poder real en la península deriva del derecho romano, revisado en el siglo VII por Leandro e Isidoro de Sevilla, que veían en un monarca controlado por el poder eclesiástico la mejor garantía para la Iglesia. Entre el siglo VI y VII, hubo relaciones estrechas entre la península y Constantinopla. El concepto de basileus, emperador que domina lo espiritual y lo temporal, mencionado por Le Goff no era ajeno a la España visigótica y fue transmitido a la España cristiana. Los grandes monarcas de la alta edad media, Alfonso II el Casto en Oviedo (791-842) y de Alfonso III en León (866-910) se rodearon de clérigos letrados y se lee en su crónicas que su tarea (mesiánica) era vencer a los enemigos de la fe, con la cual reivindicaban la herencia visigótica. En esas crónicas, figuran como “cristianos” y el rey debe dirigir la lucha de los cristianos, no recobrar como español un territorio. La toma de Toledo en 1085 permitió al rey de Castilla y León, Alfonso VI, titularse emperador: imperator totius Hispaniae, título que también adoptó su nieto Alfonso VII tras exigir a los magnates un juramento de vasallaje. Este título lo llevaron los reyes de Castilla y León entre 1086 y 1157, lo cual ha planteado problemas a los historiadores porque suponía que había dos emperadores, en la península y Carlomagno. La larga tradición jurídica de la España medieval permite distinguir entre potestas, auctoritas e imperium. Al titularse imperatores, los reyes dejaban constancia de que ejercían el imperium, una forma suprema de poder dentro de la península como herederos de los reyes visigodos. Los juristas franceses tardarán dos siglos en elaborar para su rey la teoría de “el rey es emperador en su reino”. Pero ya en el siglo XI, los sucesores de los reyes visigodos no necesitaban de largos tratados jurídicos para tener plena libertad de ejercer el imperium. El concepto de imperium en el derecho romano tiene el sentido de poder supremo que se ejerce sobre un espacio. Pero esto no presupone una unidad política, lingüística, fiscal o religiosa, sólo exige que todos los que le están sometidos, independientemente de su lengua, costumbres, religión o condición social, reconozcan su autoridad. Es decir, no necesita uniformización. En esta noción de imperium, heredada de la tradición romana, hay una aparente contradicción entre un poder real y un mosaico de fueros, privilegios, libertades,
lenguas, sistemas fiscales y de representados y de “estados” nobiliarios. Es decir, bajo el imperium hay una libertad de movimiento mayor que en otras formaciones monárquicas medievales. En el caso de Francia, fueron los reyes quienes la crearon en un proceso de uniformización de todas las regiones de la Francia carolingia. Dicha herencia romana, alterada en el LIber Iudicum o Fuero; Juzgo se recuperó a raíz de la renovación del derecho romano en el siglo XII como atestiguan las obras de época de Alfonso X (Ej: El fuero real y Las siete partidas) y que supone la existencia de un cesaropapismo derivado de Bizancio. En España no hubo necesidad de distinguir entre lo espiritual y lo temporal, como menciona Le Goff para Francia, Inglaterra y el papado.
Inocencio III y sus sucesores o podían permitir semejante injerencia en sus asuntos, así que se inició desde principios del siglo XIII una lucha por reservarse el nombramiento de los prelados y sus beneficios y, a partir del siglo XIV, por el control de la jerarquía y rentas eclesiásticas. Pero era una causa perdida, porque los reyes ibéricos añadieron al imperium unos fundamentos más “modernos” que reforzaron más su autoridad [cuáles? ]. La reconquista, empresa militar y religiosa, fue una de las bases del poder real en la España medieval. Dicho carácter militar permitió al rey ser un defensor patriae perpetuo, es decir, un noble y caballero. En los sellos del siglo XIII aparecen como representaciones ecuestres. Cuando en el siglo XIII la orden de caballería se entendió por Europa, los reyes de Castilla participaban nombrando a los jóvenes nobles, confiriéndose así una relación de dependencia respecto al rey. Al convertirse en caballeros, reforzaban su papel de primus inter pares dentro del grupo nobiliario. La primera cruzada fue predicada en Clermont por el papa Urbano IV en 1095. Los hispánicos no participaron y Pascual II les encomendó la liberación de su territorio [puede que para tratar de anteponer lo espiritual a lo terrenal en la península]. Así, la reconquista encontró una justificación como guerra santa. Eran cruzados permanentes, un hecho que no consiguieron el emperador o los reyes de Francia e Inglaterra. Contribuían a la extensión de la cristiandad, hecho recordado por cronistas y tratadistas. No le debían nada a un poder externo como el papal o imperial y se situaban como protectores de la cristiandad, algo que siguieron empleando Carlos V y Felipe II. No necesitaban al clero para ganar el cielo, mientras la Iglesia sí necesitaba del rey para recobrar su territorio. Había una conexión directa entre los cristianos y su rey con Dios. Por tanto, la Iglesia no logró tener un papel preponderante y es que en la España medieval no hubo una teoría de los tres ordenes, porque en una cruzada permanente no era necesario el clero [no estoy de acuerdo, es cierto que puede que no tuviesen ese papel por encima de los otros dos ordenes, pero sí secundario y participativo en las campañas y para controlar la población]. A partir del siglo XIII, la asimilación cruzada- reconquista permitió a los reyes recurrir a fondos eclesiásticos para llevar a buen término sus empresas. El concepto de imperium se enriqueció con la valoración del rey como noble y cruzada, cabeza de una sociedad guerrera. La reflexión teológica del siglo XII añadió un nuevo elemento al concepto de poder real, un atributo divino. En la Francia del siglo XIII, la justicia era el atributo divino que compartían los reyes. Los letrados y clérigos hispanos, entre fines del XII y principios del siglo XIII, escogieron la sabiduría para Sancho VI el Sabio de Navarra (1150-1194) y Alfonso X el Sabio de Castilla (1252-1284). Indudablemente, la sabiduría es el más alto atributo divino.
En la hora de la muerte, los reyes peninsulares no sintieron la necesidad de un ceremonial particular. Se habla de que se vestían humildemente y morían como cristianos, no como reyes. Tampoco hubo un panteón real en Castilla. En este sentido, los estudios de Bloch, Kantorowicz, A. Erlande-Branden-Brug, Ralph E. Giesey y Richard A. Jackson han mostrado el papel simbólico que desempeñaron los panteones en Saint-Denis y Westminster y las ceremonias de los funerales reales. Lo primero que llama la atención es la omnipresencia de la Iglesia tanto para los ritos funerarios como para erigirse como guardián de los reyes difuntos de la Europa septentrional. Los reyes castellanos se situaban por encima de su Iglesia y no la necesitaban para organizar su muerte. El lugar elegido por los reyes para su descanso eterno se escogía por devoción personal o lugares por ellos reconquistados, haciendo de toda la península su panteón. Tal vez, querían ejemplificar su imperium (poder sobre su territorio). Si bien no hubo objetos cargados de simbolismo, ni gestos y ceremoniales especiales, ni poderes milagrosos atribuidos al rey, no quiere decir que no existan conceptos, objetos y ritos capaces de fomentar el sentimiento nacional y realzar el papel de la monarquía. Los emblemas y figuras heráldicas, propios de una sociedad guerrera que exaltaba los valores nobiliarios, comenzaron a representar al reino de Castilla y León en el siglo XIII. Con la unión definitiva de ambas coronas en 1230, se multiplicaron los emblemas del castillo y león en monedas, sellos, vestimentas, adornos, etc. Algo que se observa en las miniaturas del siglo XIII. Por otro lado, esta “moda” dificulta la identificación de las monedas que aparecen con un castillo en el anverso, un león en el reverso y el nombre del rey. Dicha “moda” no era exclusiva del rey, sino también la familia real y otros familiares de la corte. Los emblemas heráldicos del castillo y del León no constituyen una representación monárquica como el cetro o la corona, sino que simbolizan el reino en su conjunto. Respecto a la moneda, monopolio real, es significativo que en vez de acuñarse con el emblema del rey se haga con el símbolo del reino [también hay que ver el contexto histórico con la unión de ambos reinos. Era mejor promocionar la estabilidad del reino que la del rey, puede ser]. Hay que resaltar la importancia que concedieron las crónicas hispánicas a la “tierra”. Los hispánicos luchaban por recobrar su tierra. Este tema merece un estudio que fuese sólo cuantitativo [sobre la simbología de la tierra]. El vínculo que une a los hombres a la tierra es esencial: se es natural de Castilla o Aragón, no súbdito del rey aunque sea implícito. Las crónicas escritas por la nobleza en los siglos XIV y XV tratan de presentarles como guardianes de la tierra y son los encargados de aconsejar al rey para que no se desvíe de sus obligaciones. Pero hay un gesto y un objeto que simbolizan la realeza en la España medieval. En los tratados de la nobleza del siglo XV se menciona el “besamano” como signo de reconocimiento real de la nobleza. Es un gesto de sumisión muy antiguo, específico de la sociedad feudal y reservado a la nobleza. Aparte de esto, no parece que hubiera algún ceremonial específico que rodeara al monarca, puesto que las fiestas, juegos y torneos eran propias de la aristocracia. Sólo Carlos V se incluirá en la corte española una etiqueta rígida, procedente de la corte borgoñesa, como la etiqueta de corte y la moda de vestir en negro. La España del XVI es producto de la conjunción Castilla con Borgoña. Además, también entrarán historias relativas a un poder “milagroso” de los reyes como exorcistas [es curioso].. El pendón está vinculado al poder monárquico en la España medieval y aparece en las miniaturas del siglo XII. Así, el reconocimiento del nuevo rey por parte de las ciudades se realiza, a finales de la edad media, mediante el alzamiento del pendón al grito de
“¡Castilla, Castilla por el rey X!” o “¡por la reina X!”. Así, podemos atribuir dos símbolos, uno para la nobleza y otro para las ciudades, los cuales suponían el conjunto la sociedad civil. La bandera militar, el pendón, también simbolizaba el poder real. Por ejemplo, en la segunda mitad del siglo XIV, los toledanos reivindicaban su privilegio de no servir si no fuera “bajo el pendón del rey”. En los tratados de nobleza y heráldica, que florecen a partir de la segunda mitad del siglo XV, el pendón encabezará siempre la descripción. Sin embargo, no existió un objeto único, un pendón que se guardar en un lugar sagrado y que saliese en las grandes ocasiones como el oriflama francés.
A continuación analiza las representaciones de los reyes tallados en madera policromada, las cuales ornaban una de las salas del alcázar de Segovia. El problema es que se incendiaron en el siglo XIX y, por tanto, se ignora la función que se les atribuía.
Especie de resumen final (pag. 78-80). En la España medieval no había ningún gesto o simbología, ni siquiera panteón real, en comparación con los reyes de Francia e Inglaterra. Enraizada en el mundo mediterráneo, tradición romana, cristianizada, red urbana, economía ganadera y de comercio, cruzada cristiana, la península ibérica elaboró una teoría y una práctica del poder monárquico más acorde con los conceptos clásicos y cristianos que las sociedades superficialmente romanizadas del norte de Europa. La cultura escrita en la España altomedieval se enriqueció de las traducciones árabes de autores griegos y a partir del siglo XII con el estudio del derecho romano y maestros franceses. Por un lado, mantenía estrechas relaciones con Italia en los siglo XIII y XV, permitiendo la difusión del humanismo florentino y romano. Por otro lado, absorbían los tomas orientales difundidos por el mundo musulmán, como también de los mitos artúricos. Situada en la confluencia de varios mundos (mediterráneo, oriental y nórdico) resulta difícil distinguir entre “lo popular” y “lo culto”, ya que los temas creados durante toda la edad media por los autores eclesiásticos (desde Alfonsi en el siglo XI, Gonzalo de Berceo en el XIII, arcipreste de Hita en el XIV hasta el arcipreste de Talavera en el XV) y miembros de la aristocracia (Alfonso X en el siglo XIII, don Juan Manuel en el XIV o el marques de Santillana en el XV), pertenecen a ambos medios (el Cid, Hércules,…) y son comprensibles por todos los grupos sociales. La elección de la lengua vernácula como lengua de la chancillería real a mediados del siglo XIII facilitó su uso en derecho, literatura, filosofía y poesía en Castilla, Portugal y, más tarde en Cataluña [y Aragón?]. En España no existía el mismo abismo que separaba a los letrados del rey del pueblo iletrado necesitado de gestos y ritos visibles en Inglaterra y Francia [pero en España también había iletrados? No creo que se lo haya pasado por alto porque lo sabe]. La pervivencia del concepto de imperium, la reconquista que justifica la cruzada del rey y permite situarle a la cabeza de su nobleza y protector de su Iglesia, la adopción de la sabiduría divina como atributo, y la profunda relación entre tierra y habitantes, siendo su rey el guardián, la hacen caracterizar y fundamentar la realeza en la España medieval. Los objetos y signos externos de la realeza existieron pero nunca adquirieron el carácter sobrenatural y mágico de otras sociedades. En cierto modo, esta realeza no se ponía en tela de juicio. Tampoco tuvieron la necesidad los pensadores medievales de proclamar la superioridad del rey, con algunas excepciones. Vicente de España, en Roma a principios del siglo XIII, subrayó la independencia de su patria, llamándola “santa