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Asignatura: Competencia comunicativa en español, Profesor: Elena Mendez, Carrera: Periodismo, Universidad: US
Tipo: Ejercicios
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Texto de reflexión para los conceptos de norma y normatividad
Decir que la lengua es una institución social implica reconocer que ambos términos, institución y sociedad , están en interacción constante y se condicionan mutuamente: la lengua, como cualquier institución, se impone a los individuos (es determinante para ellos porque los incluye en una sociedad o los excluye de ella), pero no es menos cierto que es el hombre quien hace la lengua, la crea, según sus necesidades comunicativas. El lenguaje, como cualquier institución, está también determinado por las convenciones sociales de los hablantes. Convención es acuerdo social, de forma que en la consagración de unos usos lingüísticos frente a otros interviene la sociedad haciéndolos “habituales” ( norma en el sentido coseriano). Y al hacerlo, los prestigia (los convierte en canon, en ejemplaridad), si es que la sociedad que los hace costumbre es prestigiada y prestigiosa. En caso contrario, los modos habituales quedan relegados y confinados a unas capas sociales o a unos grupos humanos que servirán de contramodelo, de lo que no deberá ser. Por ello, aunque sean criterios extraidiomáticos (geográficos, históricos, literarios, aristocráticos, de autoridad, democráticos, lógicos o estéticos, por enumerar los que Jespersen cita al hablar de los modelos normativos que suelen operar en la sociedad y repercuten en el devenir de las lenguas) los que encumbren una determinada variedad del diasistema de la lengua, las normas ejemplares Βque, no olvidemos, pueden actuar a posteriori como normas de correcciónΒ se sustentan siempre en las normas objetivas ( norma de Coseriu). Lo que ocurre es que normas objetivas hay muchas, podría decirse que tantas como variedades internas de una lengua, pero normas ejemplares muchas menos. Es más, en ocasiones ocurre que para los hablantes comunes hay conciencia de que existe (o de que debería existir) solamente una única norma para la lengua (la que ha quedado registrada en gramáticas y diccionarios) y que, a modo de sinécdoque simplificadora, convierten la variedad estándar en la lengua por antonomasia. Esto se corresponde con ciertas creencias sociales muy arraigadas que se sustentan en un ideal monolítico e inamovible de la lengua y que miran con suspicacia y prevención la existencia de variación intraidiomática (es decir, la coexistencia de otras normas o de otros usos que no aparecen registrados) como algo patológico, como un padecimiento inevitable que sufren las lenguas y las hacen cambiar hasta poder llegar a hacerlas irreconocibles, “debido al mal uso que hacen de ellas ciertos tipos de hablantes”. Este modo de proceder argumentativo, pese a su aparente ingenuidad, es en cierta manera perturbador pues lleva implicadas no pocas dosis de prescriptivismo lingüístico que repercute luego en los juicios y valoraciones sociales con que se observan los usos lingüísticos propios y ajenos: se discriminan unos grupos sociales y se prestigian o ensalzan otros a partir de que los usos lingüísticos que emplean unos y otros estén o no estén en consonancia con el ideal normativo que se tiene en cada momento (es lo que suele entenderse como “hablar bien/correctamente” y “hablar mal/incorrectamente”). Es el desfase entre lo cuantitativo, normas objetivas (variedades del diasistema), y lo cualitativo, normas ejemplares (y que está más claramente marcado en lo que respecta a la proporción normas objetivas/ norma estándar) lo que determina reacciones como las descritas, por eso la crítica lingüística de la normatividad ha calificado estas últimas normas cualitativas de subjetivas y arbitrarias. O sea, impropias de ser tenidas en cuenta en el seno de una lingüística científica, sin reparar en la importancia que para el estudio del lenguaje tiene la existencia de tales normas de ejemplaridad como expresión y determinación de la historicidad del lenguaje. Si como señalaba Jespersen la historia del lenguaje, cuando se la mira desde el punto de vista gramatical, “no es otra cosa que la historia de las corrupciones”, hemos de convenir que es en la diacronía de una lengua donde pueden percibirse la manera con que operan dos fuerzas contrapuestas: tradición y cambio, estabilidad y flexibilidad, como tensiones normativas o de normatividad. Lo que en sincronía puede no ser más que coexistencia y alternancia de hábitos (normas objetivas) en variación, en diacronía puede terminar siendo el proceso de sustitución de unas normas por otras. Pero no de una norma objetiva por otra norma objetiva, sino de un modelo de ejemplaridad (que, no olvidemos, siempre lleva siempre implícito un ideal de corrección), por otro. La difusión de un cambio lingüístico es la culminación de un proceso por el que se sanciona socialmente el paso de un uso excepcional a regular, a habitual, a normal, a la vez que se toma conciencia de su aceptabilidad en el ideal de lengua colectivo al haberse dado un acuerdo tácito o explícito que induce a los hablantes a hablar así. (E. Méndez 1997)