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Asignatura: Algoritmica numerica, Profesor: Jorge (Fernandez Miranda)*2, Carrera: Relaciones Laborales y Recursos Humanos, Universidad: UCM
Tipo: Apuntes
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Portadilla Índice Dedicatoria
Para Marc y María, los niños de mis ojos
con la almohada. —Puta música de los cojones —rugió. —Si quieres programo Radio3 —le dije mientras me levantaba de la cama—. Llegaremos todos los días tarde. No hay Dios que no se duerma escuchando Radio3. Él me lanzó un cojín que se estrelló en la puerta del baño y a mí me dio la risa. Abrí el agua de la ducha y esperé a que saliera caliente, además de encender la calefacción. Hacía un frío de pelotas, como bien constataban la piel de gallina y mis pezones erectos. Nico entró en el baño mientras se frotaba los ojos y me apartó un poco para usar el baño. —Ni se te ocurra mear delante de mí —me quejé. —Joder… Se giró de nuevo hacia la puerta y fue a salir, pero atolondrado volvió, me besó y se fue. M ientras me duchaba, escuché cómo se marchaba hacia su piso. Recibí el agua caliente con un gemido de satisfacción. Nos encontramos cuarenta y cinco minutos después en el portal. Iba bien abrigado, con una chaqueta gris oscura y una bufanda un poco más clara. Nos besamos y fuimos andando hacia la parada de autobús. Solíamos ir juntos casi todas las mañanas; alguna incluso nos marchábamos en coche con Hugo, pero él tenía por costumbre ir bastante antes a la oficina, así que eran las menos. Hicimos el trayecto casi callados, como siempre, conmigo apoyada en su torneado hombro. Ya me daba igual que nos viera alguien de la oficina; creo que todos imaginaban que salíamos juntos, pero no había nada raro allí que tuviéramos que esconder. Sin Hugo, lo nuestro se convertía en una relación decente. Lo que los demás definirían como decente, que nadie me entienda mal; para mí no hubo nada condenable en querernos los tres. Nunca me había sentido más entera y yo que entonces. Pero todo se esfumó. Eran principios de diciembre. Los tres habíamos tenido seis meses para ver evolucionar nuestra relación. Al llegar a la oficina, él se fue a su cubículo y yo al mío, que por aquel entonces ya había hecho un poco más propio y que tenía un poco adornado. En un alarde de sentimiento navideño, tenía incluso un poco de espumillón que Olivia había traído e insistido en sujetar con celo de la estantería superior. Jou, jou, jou. Odio las Navidades. Soy así de especial (y no en el buen sentido). De camino a la cocina me encontré con dos compañeras del departamento; ya hablábamos, pero la relación seguía sin ser fluida. Creo que el motivo por el cual al final hicieron un tímido acercamiento fue la sospecha de que Nico y yo salíamos. Ser «amiguita» de uno de los guapos de la empresa debía puntuar y yo era el salvoconducto para conseguirlo. Ilusas. A ver cuándo os dais por enteradas…, Nico es un poco rancio, en eso radica su encanto. —Qué guapa estás —me dijo una—. Ya nos dirás qué hay que hacer para tener esa cara por las mañanas. M e dieron ganas de decirles que follar más y cotillear menos era un buen comienzo, pero solo sonreí y les di las gracias. M aestra en el noble arte de las relaciones hipócritas en la oficina. Esa era yo. M e encontré con Olivia en la cocina y puso los ojos en blanco. Le habría tocado charlar con las compañeras con las que me acababa de cruzar. —¿Qué te pasa? —Hastío. —Ya queda menos para que venga tu chico. —Le pellizqué el culo—. Gochona. Su relación con el chico que había conocido en San Francisco se afianzaba por momentos. Yo temía que llegase el día en el que se cansase de la distancia y se marchase para no volver. Siempre bromeábamos con la idea de que se casaría y conseguiría la Green Card, pero no era tan descabellado al fin y al cabo. Era un futuro previsible. Y acabaría sola en una oficina llena de gente con la que no terminaba de encajar, mi «novio» y nuestro «examante». ¡Bravo!, Olivia, anda, no te vayas… Charlamos un rato sobre los planes que tenía para los días que la empresa daba por Navidad. Iba a presentarle a su familia a Julian, su chico, y estaba emocionada. Cuando volvíamos a nuestros puestos de trabajo, antes de desviarse para coger el ascensor a la planta de arriba, me preguntó qué tenía yo pensado para las fiestas. —Nada especial, lo de siempre. —M e encogí de hombros—. Aunque Nico ha dejado caer la posibilidad de ir al pueblo con él y conocer a toda la familia. —Uhhh… —Olivia subió y bajó las cejas insistentemente—. Planazo. M e eché a reír. —Bueno, estas son las cosas que se hacen cuando tienes una relación… convencional —Convencional. Bonita definición. ¿Todo bien? —preguntó sin querer darle mucha importancia. —¿Eh? Ah, sí. Claro. —¿Seguro? —Seguro. Le guiñé un ojo y me despedí de ella hasta la hora de la comida. —Pero ¿qué prisa tienes? —se quejó. Prisa de no entablar conversaciones sobre cosas de las que no estaba segura. Cuando me senté delante del ordenador y empecé a trabajar, supe que sería un día largo. Gestioné dos viajes a la oficina de Barcelona para dos gerentes. Terminé con la base de contactos para enviar las felicitaciones navideñas y se la mandé al departamento pertinente. M e encargué de unas cuantas facturas y cuando no pude retrasarlo más…, fui al despacho de Hugo. Por trabajo, claro. Llamé y al escuchar su clásico «pasa», abrí. Estaba inclinado en la mesa, ordenando unos dosieres. —Hola, Hugo. ¿Quieres que meta tus gastos de la quincena al sistema? Hugo levantó la mirada y sonrió. —Hola, Alba. No hace falta. Lo haré yo. —Venga, dame los tiques y yo lo haré. Tienes pinta de estar a tope. Chasqueó la lengua y se dio cuenta de que no tendría tiempo de hacerlo. Sacó la cartera del bolsillo de la chaqueta y empezó a sacar comprobantes. —Siéntate un segundo, tengo que anotarte de qué son. —Lo puedo mirar en tu agenda. M e miró y volvió a dibujar una sonrisa. —Joder, piernas, eres un crack. Unos nudillos golpearon la puerta abierta y los dos miramos hacia allí. Era el superintendente, sonriente y sonrojado. A ese hombre iba a darle un infarto un día de estos; parecía un cochinillo, el pobre hombre. —¿Qué tal? —saludó. —Luego vengo a por eso —dije disculpándome. —No, no. Toma. Hugo me pasó un fajo de papeles y me dio las gracias. Pasé al lado del jefe y le sonreí. —Esta chica es un crack —le dijo Hugo. —Eso dicen.
—Zalameros —bromeé. No sé por qué, el jefe (al que había apodado «Osito Feliz») me había tomado cierto cariño y, aunque no pasaba muy a menudo por allí, cuando lo hacía siempre tenía un momento para preocuparse por cómo me iba todo. Paloma le hablaba bien de mí y creo que Hugo también. Al fin y al cabo me había adaptado muy bien al trabajo. Cuando volví a mi sitio me puse con los gastos de Hugo. Debían ser paranoias mías, pero me daba la sensación de que hasta olían a su colonia. Eso me hizo sonreír. Este hombre, siempre tan impoluto… Nico vino a recogerme sin previo aviso a la hora de comer; Hugo tenía una reunión con un cliente y «mi novio» no quería comer solo o con el resto de compañeros. Evidentemente seguía teniendo cierto recelo por relacionarse con «gente». Por mi parte le dije que había quedado con Olivia y que, como todos los jueves, tocaba nuestra comida semanal en el japonés de El Corte Inglés, pero que podía venirse. Hizo una mueca. —No voy a dejar de comer con Olivia, Nico. Ya había quedado con ella. Si me hubieras avisado… —No, no. Lo comprendo. Está bien. Pregúntale si le importa que os acompañe. A Olivia no le importó. A decir verdad, le gustó que lo llevara porque aprovechó para hacerle un rato la puñeta. A veces, cuando los veía juntos, me acordaba de que entre los dos un día ardió Troya en la cama y me sentía un poco incómoda. No creo que a nadie le guste esa sensación, pero… no eran celos, que conste. Era una especie de cosquilleo que me hacía sentir fuera de lugar, como si el hecho de que Nico estuviera conmigo formara parte de una farsa enorme. La tarde fue aburrida. Cuando ordené algunos datos en unos documentos de Excel, me quedé sin trabajo y me dediqué a mirar mi perfil de LinkedIn, por si había habido suerte y alguien se había interesado. Pero nada. Todo seguía como siempre: parado. A las seis me fui a mi clase de yoga con Olivia. Pasamos más tiempo tendidas riéndonos en la colchoneta que haciendo estiramientos. Nos entraba fatiguita enseguida. En realidad aquello era la excusa perfecta para poder tomarnos después un chai calentito en el Starbucks que había junto al gimnasio, aunque quizá era una excusa muy cara que yo no podía permitirme. Después de despedirnos con un beso en la mejilla y un «hasta mañana», Olivia se marchó andando hacia el metro y yo hacia el autobús, en la dirección contraria. Cuando ya cruzaba la calle con prisa para refugiarme del frío en la marquesina del autobús, alguien me llamó a mi espalda. Llevaba un traje gris oscuro, camisa blanca, jersey de cuello de pico granate y corbata del mismo color que el traje. Impoluto, como si terminara de salir de casa. Hugo, claro. Qué rabia me dio compararnos…, yo llevaba el pelo recogido en una coleta mal hecha, unas mallas negras y fosforito, el anorak y zapatillas de deporte. Le hizo gracia. —¡M ira, Flashdance! —bromeó. —Qué graciosito. —¿De dónde vienes? ¿De soldar un poco? —dijo refiriéndose a una de las escenas de la película. —Vengo de yoga, imbécil. —Voy hacia casa. ¿Te vienes? Era absurdo decirle que no. Íbamos al mismo jodido edificio pero… ¿solos en su coche? Suspiré. Si quería normalizar la situación, tenía que empezar a ceder. Le dije que sí, claro. Caminamos en paralelo y en silencio hasta el parking donde dejaba el coche y una vez dentro, encendió el motor. El equipo de música se conectó y empezó a sonar Jolene, de Ray LaM ontagne. Le miré con el ceño fruncido. —¿Eso es de Nico? —No. —Se rio maniobrando para salir de allí—. Esta vez es mío. Tu novio sigue fiel a Lana. M e descojoné. A mí tampoco me gustaba mucho Lana del Rey, aunque confieso que tiene un par de canciones que consiguen emocionarme. —No creas que esto es mejor. Cambia esta música o me tiraré del coche en marcha. —¿Y qué te pongo? ¿Irene Cara? Y se puso a canturrear la banda sonora de Flashdance. Le aticé en el brazo y él cambió la canción con un toque en uno de los mandos del volante y una sonrisa. Esta vez sonó la guitarra de Ironic, de Alanis M orissette. —M ejor. M e gusta esta canción —le dije. —Sí, es genial. —Y no quita las ganas de vivir. La sonrisa de Hugo se ensanchó, a pesar de tener los ojos fijos en el tráfico. Salimos del garaje y nos deslizamos por el asfalto de la Castellana en dirección a Cuzco. Las luces de las farolas y de los adornos navideños iban iluminando la semipenumbra del interior del coche. —¿Qué tal todo? Hace días que no hablamos —me dijo. —Bien. Es que estás echándole muchas horas al curro —me quejé disimuladamente. Eso y viendo películas de animación con mi hermana. Creo que debía saberse ya los diálogos de Ice Age. ¿Podrían darme ternura y odiarlos a la vez? Sí, a las pruebas me remito—. ¿Estáis con algún proyecto importante en la oficina? —Con varias cosas. Y como sigo sin ayudante… —Levantó las cejas—, pues mira, me jodo. —¿Te pagan las horas extra? —Sí, pero preferiría que invirtieran ese dinero en el sueldo de alguien que me ayudara todos los días. No es algo pasajero. —¿Y un becario? —No quiero becarios. Esos se van. Quiero a alguien que aprenda bien nuestro trabajo y que quiera ser mi mano derecha; alguien en quien confiar. —¿Se lo has dicho al Osito Feliz? —Sí. Hoy se lo he vuelto a recordar. M e ha dicho «proooontoooo». M e conozco yo sus «pronto». En fin. ¿Y… qué tal con Nico? Nos miramos de reojo. No me gustaba hablar de mi relación con él. Hugo formó parte un día de esta y aunque habían pasado tres meses desde que abandonó el barco dejando a mujeres y niños detrás, aún no me sentía cómoda. —Va bien. —Y asentí para mí. —¿Irás al pueblo en Navidad? —No lo sé. —¿Y eso? ¿Te da miedito? —preguntó burlón. —No es eso. Es que no sabría qué decirle a mi madre. —Pues… que te vas a conocer a la familia de tu novio, ¿no? —Bueno, es más complicado. —¿Y eso? —Venga, Hugo —supliqué que no me hiciera explicárselo. —¿Qué? —Y cuando desvió la mirada de la carretera para centrarse en mí, me di cuenta de que el muy puto no sabía a qué me refería. Suspiré. —En septiembre le dije que estaba contigo para poder marcharme de vacaciones con vosotros y…, bueno, aunque le dije que… —empecé a agobiarme—, que tú y yo ya no…, ¿cómo le digo yo ahora que…? —Ya. Vale, vale —me cortó—. El tema padres es siempre complicado. —¿Tú irás? Al pueblo de Nico, me refiero. —Sí. Yo sí. —Hubo un silencio—. ¿Dónde si no? No tengo otro sitio donde ir. Se me puso un nudo en la garganta. —Eva me contó que te invitó a cenar en Nochevieja en casa con mis padres. —Tu hermana está loca del coño. —Eso es verdad. ¿Cómo va lo de Google?
—Sí —gemí—. No pares, no pares, joder. —¿M onguer? La voz de mi hermana invadió toda la habitación procedente del salón y antes de que pudiera hacer nada, la vi asomarse a la habitación. —¡¡Eva, joder!! —¡¡Hostias!! —gritó. —¡M ecagüendi…! —se quejó Nico sin poder evitar correrse. Eva se tropezó con todos los marcos de las puertas y todas las paredes hasta llegar al rellano. Después bajó corriendo las escaleras.
—Fue híper —y le puso mucho énfasis a ese híper— desagradable. —M ás desagradable fue para él que le jodiste el final —respondí—. ¿Qué esperas encontrarte si entras en casa de tu hermana a las once y media de la noche sin llamar? —En eso tiene razón, Evita —confirmó Gabi a la vez que alcanzaba su taza—. ¿A quién se le ocurre? —Es la casa de mi hermana. ¿Ahora voy a tener que llamar? —renegó. —M ujer, pues es lo más lógico —defendió Diana—. Por eso de la intimidad. —Llevo dos días comiéndome broncas por el asunto. Dejadme ya en paz. No volveré a entrar en esta casa si no es acompañada de un cuerpo de seguridad del Estado. —Tampoco exageres, que lo único que viste fue un culo. Y al decirlo no pude evitar sonreír. Aunque a Nico no le había hecho tanta gracia, claro. —Lo vi todo. Eran como dos pollos desplumados, empujando sudorosos. De verdad. Deberían enseñar estas cosas en los institutos para evitar embarazos adolescentes. Rebufé. Ahí estaba, M iss Dramas. —No te quejes tanto; si algo tiene Nico es un culo como un bollo. Por cierto, tengo bizcocho de mi madre, ¿alguna quiere? —M e levanté y fui hacia la cocina. —¡Yo sí! Tanto hablar de sexo..., me ha entrado hambre —respondió Gabi. —Oye Eva… ¿y qué hiciste después de encontrártelos? —preguntó Isa antes de taparse la boca otra vez con la mano. A Isa le decías «pene» y se reía. Imaginad lo que suponía para ella esta historia truculenta. —Pues bajé corriendo a casa de Hugo en busca de asilo político. M e giré hacia ella sorprendida y me quedé parada antes de llegar a la barra que separaba el saloncito de la cocina. Había dado por sentado que Eva se había marchado a casa de mis padres. Ella me miró de reojo y se puso roja. —¿Que hiciste qué? —le pregunté en un tono muy hosco. —No me mires así. No he hecho nada. Solo bajé a su casa y vimos una película. M e metí tras la nevera y fuera de sus miradas, respiré hondo. No tenía derecho a decir nada, ni a interponerme ni siquiera si de esa relación surgía una historia de amor. Cogí el bizcocho y un cuchillo para partirlo y volví a la sala, donde todas me observaban fijamente. —Jodo, qué susto —dijo Eva al ver el acero reluciente. —No seas cría —me quejé—. Dormisteis juntos, entiendo. —Eh…, no exactamente. —M e miró con pánico—. Deja el cuchillo en la mesa. —Ni tú deberías meterte en la cama con el ex de tu hermana por muy amigos que seáis ni a tu hermana debería importarle. Aquí lo que hay es un problema —apuntó Gabi muy segura de lo que decía. —El problema es que mi ex es el mejor amigo de mi novio y…, paradojas de la vida, es algo así como ex suyo también. —Si es que… —murmuró. —No volvamos a eso, por favor —pedí, arrepentida de haber sacado el tema—. No me importa que duerma con él o que vean películas. Lo que me da miedo es que…, que Eva se encoñe de él o algo así. M i hermana se levantó indignada. —Parece mentira lo que estás diciendo. ¿M e crees capaz? —No es nada mío. No estoy hablando de traición. Yo salgo con su mejor amigo y él está soltero. No lo digo por eso. Lo digo porque tiene diez años más que tú, no pegáis ni con cola y… —¡¡Alba, a mí no me gusta Hugo!! ¡¡Es que me da hasta repelús que me lo digas!! —Tú haz lo que quieras. Cada uno comete sus propios errores. —¿Y el tuyo es Hugo? —preguntó indignada, como si le acabase de decir que me avergonzaba ser su hermana. —El mío es el mío —contesté escueta. Se hizo el silencio. —Bueno… y aparte de los coitus interruptus, ¿qué tal con Nico? —quiso mediar Diana. —Bien —respondí. Y me apeteció fumar. M aldita sea. —¿Bien a secas? —Bien. No sé. Es una relación normal. No sé qué queréis que os diga. —¿Qué tal lo de trabajar juntos? —En realidad no trabajamos juntos, sino en la misma planta. Trabajo mucho más con Hugo que con Nico. —Qué curioso, vuelve a salir Hugo en la conversación —apuntó mi hermana. —Es mi amigo, mi casero y casi mi jefe, es bastante común que salga en las conversaciones, pedazo de cretina. —Tú ahora no te pongas tampoco así. Estabas hablándonos de Nico —intercedió Gabi queriendo que hubiese paz. —Nico es genial. Es muy dulce. M e lo paso muy bien con él. —¿Pero? —apuntó Diana mientras alcanzaba un trozo de bizcocho. —No hay pero. —Claro que lo hay. Dilo de una vez. M e quedé mirándolas, dubitativa… —Bueno, es que… el sexo antes era como…, no sé cómo explicarlo. Era increíble. Creía que un día me desmayaría. —¿Y ya no lo es? —Sí, sí lo es. Siempre me corro y esas cosas pero… son más… polvos conejeros. Isa se atragantó. Gabi asintió y Diana levantó una ceja y el labio superior. —¿Cómo que polvos conejeros? ¿Se desmaya después de follar? —preguntó Eva. —No. Es como…, no sé. Un ratito de placer. Antes era catarsis. —Eso siempre pasa —dijo Gabi—. El sexo va empeorando en proporción a lo que se amplía la confianza. —El otro día quiso mear conmigo dentro del baño —les dije indignada. —Problemas del primer mundo —apuntó Isa parapetando su sonrisa detrás de su taza. —Llamadme rara, pero no quiero. No quiero ver esas cosas. Todas asintieron y mi hermana hizo una mueca. ¿Hugo habría meado delante de ella? Pero ¡¡por Dios!! ¿Qué clase de pregunta era esa, joder?
—M ás, Nico. Dame más… —Quiero correrme en tu culo. La sacó y moviéndome me colocó un poco más arriba, de manera que su erección lo tuvo mucho más fácil para tratar de introducirse… detrás. Le clavé las uñas en los hombros y paró de ejercer presión. Estaba unos centímetros dentro de mí y dolía un poco. Respirábamos agitadamente. —¿Ya? —me preguntó. —Sí. Se introdujo un poco más y sonrió mientras lanzaba una maldición al aire, que olía a sexo y morbo. M e moví y Nico me tocó entre las piernas, lo que significaba que no iba a durar mucho y quería asegurarse de que yo tampoco. Le ayudé dirigiendo sus dedos hacia mi interior y yo acaricié mi clítoris despacio al ritmo que mi cuerpo iba tensándose. Pegué mi boca a la suya y mi lengua salió en busca de la suya. Nos lamimos y nos aceleramos. —Estás tan apretada…, me pone tan cachondo follarte así… —Fuerte, Nico…, fuerte… Le apreté en mi interior y yo me contraje con sus dedos dentro de mí. —M e voy…, me corro… —gimió. —Yo también. Córrete, joder…, córrete. Tiró de mi pelo con la mano que le quedaba libre y yo me alcé en una espiral de placer que me hizo gritar. Después fue él quien lo hizo, mientras se corría. —¡Hostia, joder! —gruñó al final. Nos quedamos quietos unos segundos. M i interior palpitando con fuerza; él duro dentro. M e dejé caer sobre su pecho desnudo, jadeando y él salió de mí. Nos quedamos así un rato, recuperando el resuello. —M ierda…, ha sido brutal —susurró. —Sí —asentí—. M enos mal. —¿Por qué menos mal? —Llevábamos unos días raros. —¿Por el sexo? —Polvos conejeros —dije crípticamente. —No es que este haya sido la hostia de romántico —se burló. —Bah, ha sido genial. Los polvos moñas están sobrevalorados. M e dio una palmadita en el muslo y me levanté. Él hizo lo mismo, recuperando su ropa del suelo. —¿Una ducha? —le pregunté. —Qué pereza —se quejó. —Una rápida y calentita —le pedí mimosa. Fui hacia el cuarto de baño y encendí el calentador. Estaba desmaquillándome cuando Nico entró totalmente desnudo y nos sonreímos al encontrarnos en el reflejo del espejo. —Hola, nena. ¿Eras tú la del sofá? —se burló. —La misma. Se colocó detrás de mí mientras se calentaba el agua y besó mis hombros. —M e gusta follar contigo —musitó—. No se lo digas a mi novia. —Si lo dices así parece que fantasees con tirarte a otra. Eso le hizo reír; lo sentí en mi cuello cuando el calor de su aliento alcanzó mi piel. —Fantaseo con que se me vuelva a levantar y repetir. —Dicen que si te meto un dedito, se levanta al instante. M e miró con las cejas levantadas a través del reflejo y se echó a reír. M i novio tenía una de las sonrisas más bonitas del mundo. —M e parece a mí que no. Venga…, el agua ya sale caliente. Nos metimos en la ducha con el agua ardiendo y Nico se llenó la mano de jabón para lavarme. Empezó siendo un mimo, pero cuando su mano se perdió espalda abajo, noté cómo su polla daba un respingo, pegada a mi estómago. Y… confesaré…, yo también me estaba volviendo a poner tontorrona. Dos de sus dedos enjabonados siguieron jugando entre mis nalgas hasta arrancarme un gemido. —Te gusta… —susurró en mi oído. —Cuando lo haces con cuidado sí —contesté. M e dio la vuelta y me apoyé de cara a las baldosas, arqueando la espalda y quedándome en una posición accesible. Noté su erección endureciéndose, tanteando la entrada y pronto me penetró otra vez por detrás. Lancé un quejido y él mordió mi cuello, embistiendo de nuevo. —Tócame… —le pedí. —¿Quieres que te folle con los dedos también? —Dios…, sí. Su mano viajó por mi vientre en dirección a mi sexo y ya allí, su dedo corazón me exploró, arrancándome un gemido de satisfacción. M i cuerpo recordó la increíble sensación de estar a merced de dos hombres, de sentir su invasión y sus penetraciones y deshacerse en un orgasmo conjunto que nacía y moría al instante de cien lugares a la vez. El sexo cuando éramos tres siempre fue tan intenso… —¿Te gusta esto? —me preguntó—. Te gusta estar llena… —M e gusta mucho. Quiero correrme con todo el cuerpo. Nico se calló y, aunque no pude verlo, supe que la atmósfera había cambiado. Algo, una idea, había terminado por anidar en su cabeza de pronto. Lo confirmé en cuanto salió de mí, me dio la vuelta y vi su expresión. —¿Qué pasa? —le pregunté. No contestó. Solo pasó una mano enjabonada por encima de su erección y levantándome, me obligó a ajustar mis piernas alrededor de sus caderas. M e penetró con rudeza esta vez por delante. Un empellón y otro, mientras jadeaba secamente. Acaricié su pelo y gemí en su oído para hacerle saber que con todo lo que me hacía, disfrutaba. Pero Nico estaba a kilómetros de allí… o a meses, mejor dicho. Cuando le obligué a mirarme a la cara, tenía el ceño fruncido y respiraba trabajosamente. —¿Qué te pasa? —volví a preguntar. —Córrete —me pidió—. Córrete… Cerré los ojos y me dejé llevar. Su boca, entreabierta encima de mi garganta, jadeó. Era una postura incómoda, pero no tardamos en alcanzar el orgasmo a la vez. Nico me dejó en el suelo y atrapándome entre su cuerpo y las baldosas de las paredes, me abrazó casi sin dejarme oxígeno que respirar. —Dime que me quieres… —exigió. —Te quiero pero… ¿a qué viene esto? —Odio que te acuerdes de él…, odio que pienses en nosotros cuando éramos tres. M e hace sentir… incompleto. Y si él supo que había pensado en los tres…, solo puede ser porque él también lo había hecho.
primero que hice fue levantarme a encender la calefacción. Al salir me encontré con la puerta del dormitorio de Nico abierta y la cama perfectamente hecha. Debía estar durmiendo en casa de Alba. Con Alba. Que estaría acurrucada, respirando pausadamente con el pelo revuelto. P uto ardor de estómago. O de pulmones. O de corazón, no lo sé. Era un sábado cualquiera, de un mes cualquiera, de un invierno cualquiera, de un año cualquiera. Así que hice lo de siempre. Me di una ducha, me vestí y bajé a por el periódico. Me crucé con el vecino del segundo, el que se acababa de mudar con su novia. Venía de comprar el desayuno con cara de enamorado y sentí pena. No sé si por él o por mí. Tiene más sentido la autocompasión. A él simplemente le odié un poco, por memo, por tener algo que yo no tenía. Estaba sentado en la barra de desayuno con una taza de café cuando Nico entró. Venía muerto de sueño. Era pronto para él. —Hombre…, ¿ quién ha despertado a la princesa Aurora? —No entiendo a las tías. —Bostezó—. Madrugar para ir a comprar regalos de Navidad. Que alguien me lo explique. Se sentó pesadamente a mi lado y dejó la cabeza apoyada en la barra. —¿ Qué tal el restaurante de anoche? —Muy, muy bien. Las raciones un poco escasas, pero para repetir. ¿ Qué tal El Club? —El mismo coñazo sórdido y deprimente de siempre. —¿ Y P aola? —Bien. Sigue insistiendo en que quiere invertir en la empresa para ser socia. —¿ Y cómo lo ves? —P ues estoy por venderle mi parte —bromeé. Nico ladeó la cabeza hacia mí y sonrió. —Quizá sí deberíamos aceptar. Estamos perdiendo fuelle. No nos vendría mal sangre nueva en el negocio. —P ara eso sería mejor firmar con el tío de los puticlubs. —No tiene puticlubs —aclaró cansado Nico, que me lo había repetido doscientas veces—. Son clubs con señoritas de compañía. —Vale, en vez de un chalé pintado de rosa y con neones al lado de la A3, tiene un piso en la Castellana. —Se echó a reír. Me reconfortó su risa—. Dime, ¿ qué tal con Alba? Se incorporó y después fue hacia la cafetera. —Bien. —¿ Solo bien? —Muy bien. Ya sabes. —No, no sé —insistí. Maldito masoquista. Metió la cápsula en la Nespresso y se giró de nuevo para mirarme. Se mordía los labios por dentro. —Es raro hablar contigo de esto. —P ues tendrá que dejar de serlo algún día. —Es que no sé qué decirte. Va bien. Ella es…, pues ya lo sabes. Dulce. Inteligente. Divertida. —Movió la cabeza para enfatizar sus palabras. Tragué saliva y desvié la mirada hacia el periódico. —Me alegro de que os vaya bien. —Mñe —contestó con desdén. —¿ Mñe? Se revolvió el pelo. —Nada. Todo va genial. —Entonces, ¿ a qué ha venido ese « mñe»? —Bueno, las relaciones son complicadas —dijo y me pareció que quería dejar el tema ahí. —¿ Cómo de complicadas? —P ues complicadas. No es que partiéramos de la situación más natural del mundo... El corazón se me aceleró tontamente y me sentí un chiquillo. —¿ Lo dices por algo en concreto o es solo una reflexión lanzada al azar? —Es que… —resopló—, a veces me da la sensación de que ella… —¿ Ella qué? Se quedó mirándome. Al principio sentí como si me apuñalara con sus ojos, pero su gesto fue volviéndose más indeciso. —Como si ella estuviera esperando más de la vida. Como si con esto no fuera suficiente. Tragué. —Será por lo del trabajo. —No. Es otra cosa. Es como si lo nuestro no fuera suficientemente… bueno. No bueno, sino mágico. Me da la sensación de que espera más. —Dáselo —dije y pasé la hoja sin poder leer ni una palabra. —No tengo ni idea de qué espera. —P ues pregúntaselo, ¿ no? —Sí, claro. « Hola, cariño, ¿ cómo quieres que te haga feliz? ». A las tías no se les preguntan esas cosas. —P ues ten detalles. —No es cuestión de detalles. —Se sentó a mi lado con una taza en la mano y me miró—. P ara nosotros es todo mucho más simple, ¿ no? No, Nico. No estaba de acuerdo, pero si le contestaba y compartía con él mi opinión, tendría que darle, por necesidad, algunos datos concretos sobre lo que estaba hablando. Y hablaba de un cuento de hadas, de promesas, de volverse completamente loco y hacer cosas que van en contra de todo lo que creíste que sería tu vida. Tendría que contarle lo que Alba y yo nos prometimos. Que me volví loco de amor. Que la echaba de menos. Que no volvería a hacer aquello por nadie. Magia. En eso tenía razón. Alba la esperaba y quería creer que lo hacía porque la había vivido conmigo. —P ues no sé, macho —respondí despreocupadamente. —Bah —respetó y dio por zanjado el asunto—. ¿ Qué plan tienes hoy? —Ninguno. Dile a Alba que venga a cenar si quieres. —P uta necesidad. Yonqui. Eres un yonqui—. P uedo decírselo también a Eva. —Oye, tío, aclárame una cosa. ¿ De qué va lo de Eva? ¿ Te la tiras? Me giré hacia él sorprendido. ¿ De verdad mi amigo Nicolás me acababa de preguntar si me follaba a la hermana de Alba? O yo era un actor cojonudo o a él le interesaba bien poco fijarse en las cosas que me pasaban. —Joder, Nico… Claro que no. —¿ Entonces? El otro día durmió en casa y creo que no lo hizo en el sofá. Estuve a punto de indignarme, hasta que me di cuenta de que quien me hablaba era la preocupación de Alba en boca de Nico. A Nico todo le habría parecido bien. No pude cabrearme, aunque la insinuación en sí misma me parecía asquerosa. —Bueno, durmió en casa, pero yo dormí en el sofá y ella en mi cama. —¿ En serio? —Claro que sí. —¿ P or qué? —P ues porque es la hermana pequeña de Alba y somos amigos. —Con Marian sí has dormido en la misma cama —dijo burlón. —Con Marian he follado —le contesté con malicia. Sé que le fastidiaba recordar que hacía doscientos años su hermana y yo creímos estar enamorados durante un fin de semana y follamos por todo Madrid. Nos duró cuarenta y ocho horas, hasta que terminó con un ataque de risa porque aquello casi iba contra natura. —Eres gilipollas —contestó. —En serio, Nico. Eva es… pequeña. Es un puto bebé. Si no dormí con ella fue porque me violentaba y creo que ella también se habría sentido incómoda si se hubiera despertado y me la hubiera visto tiesa. Las erecciones matutinas no son algo que yo pueda elegir tener o no tener. Asintió, como dándome la razón. —Le diré a Alba que venga a cenar —sentenció. Bien. Mierda. No te alegres tanto. —Vale. Nico dio un sorbo más a su café, dejó la taza en el lavaplatos y fue hacia su habitación, seguro que a seguir durmiendo. No pude evitarlo. —Nico, ¿ y tú le has comprado ya el regalo de Navidad a Alba? —Ehm…, sí —asintió frotándose un ojo—. Me tiene que llegar; lo pedí por Internet. Una Leica pequeñita. Le gustará. Maldito cabrón. Claro que le gustaría. Lanzaría un gritito de alegría, daría un par de palmaditas con las manos pegadas al pecho y después se colocaría un mechón detrás de la oreja y trastearía con ella. —Eso ha debido costarte una pasta. —Un poco. P ero conseguí un buen precio. —Se encogió de hombros—. No se me ocurría nada más. Se despidió con la mano y se metió en su dormitorio. Me pregunté si realmente había elegido aquel regalo porque no se le ocurría nada más. ¿ Fue a lo más fácil aunque fuese caro? Enjuagué mi taza, la dejé en el lavaplatos y después fui a mi dormitorio. Dentro del armario, entre los jerséis, palpé mi regalo para Alba y lo saqué. Lo tuve sobre las rodillas un buen rato, mirándolo y dándome
pendiente de este tipo de cosas es inviable. Me sentía como… congelado. Alba y yo estábamos congelados en un momento de nuestra relación que ya no existía, porque todos los factores que incidían en ella habían desaparecido. P ronto me di cuenta de que no tenía sentido estar siempre pendiente de lo que uno dijera del otro y viceversa. Hugo se había marchado de nuestra relación, había abandonado, y nosotros, que decidimos quedarnos donde estábamos, teníamos que remar en buena dirección si no queríamos hundirnos. Así que… pensé que fuera lo que fuera lo que había empujado a Hugo a tomar la decisión, ya no era asunto mío. Ya no era asunto nuestro. Y por primera vez en una década impuse una distancia entre Hugo y yo, y a esa distancia la llamé Alba. Volver a la vida normal fue complicado. Al principio fue como si el sexo cuando éramos tres fuera más apasionado, más intenso, más fiero y el orgasmo más demoledor. Lo achaqué a estar acostumbrado al morbo de los números impares dentro de las sábanas, pero lo cierto es que ni siquiera las fotografías que hacía después me sabían a lo mismo. Hasta que un día…, sencillamente, ella se arqueó debajo de mi cuerpo mientras la penetraba y el movimiento de sus pechos desnudos me volvió completamente loco. Me di cuenta de que Alba era, por sí sola, el orgasmo de mi vida. Me corría dentro de ella y… nada más importaba. Solo ella, yo, las humedades de los dos mezclándose en un estallido y jadear juntos, abrazados, buscando oxígeno cuando todo terminaba. Contarle a Hugo qué tal me iba en mi relación ya era otro cantar. No creo que tenga que explicar los motivos por los cuales me resultaba extraño y antinatural decirle a mi mejor amigo, mi compañero de piso, socio y casi hermano, que la chica con la que habíamos estado saliendo era una bomba en la cama, que me hacía sentir sucio y vivo a la vez y que sufría cuando sentía que no alcanzaba a satisfacerla como ella se merecía. P ero seguía siendo él; los años no se borran de un plumazo…, confiaba en Hugo. ¿ A quién más podía decirle que ella parecía estar esperando algo más especial que lo que teníamos? Después de aquella conversación en la cocina me metí en mi dormitorio y me puse la música alta en mi iP od. Me sentí un estereotipo de mí mismo cuando elegí Young and beautiful, de Lana del Rey. Hugo siempre se burlaba porque decía que era música para chicas, pero a mí me parecía absurdo hacer esa distinción. Si algo te gusta, da igual a quién cojones esté dirigido. Dormirme hubiera sido una bendición porque al menos hubiera dejado de darle vueltas en la cabeza a la noche anterior. Alba y yo follando en la ducha, desatados, buscando satisfacer un impulso tan animal como el del placer… y de pronto sentir la certeza de que su cuerpo nos recordaba a los dos dentro de ella y que yo jamás podría hacerle sentir un placer que se comparara a eso. Difícilmente se me olvidaría su mirada cuando le dije que odiaba que se acordara de él mientras lo hacíamos, porque en ella se leía « cazada». Y yo la quería y la aborrecía por ello en la misma proporción. Sé que soy un tipo complicado, tan metido hacia dentro que es difícil hasta para mí mismo saber qué hay en el fondo. A veces es tan solo una sensación, vaga e indefinible, imposible de ser encerrada en palabras. En aquellos momentos lo sentía así, como una mancha de alquitrán, pringosa, asfixiante, cubriendo cosas que nacieron como buenas. Tenía algo dentro, una especie de nube de gas, que convertía todos los sentimientos grandiosos que Alba despertaba en mí en algo deforme y monstruoso. Algo que yo sabía pero que había querido olvidar… y que había conseguido desdibujar hasta dejar solo un eco. Un eco que no me permitía saber de qué se trataba en un principio. Me quité los auriculares y cogí el teléfono. Marqué, pero tras diez tonos la llamada se cortó. Marian debía estar sumergida en la cama de ese nuevo amante suyo del que decía que sabía hacerla sentir mujer. Me daba un asco tremendo; tenía muy arraigado en mi mente el pensamiento de que Marian no era una mujer: era mi hermana. De todas formas, ¿ qué hubiera dicho si me hubiera contestado? « Marian, no encuentro mi voz». Esa era la idea que me rondaba la cabeza. Yo hablaba, pero cada vez que lo hacía encontraba menos de mí en mis palabras. Me iba perdiendo. Me estaba diluyendo. Y Alba terminaría notándolo y sabiendo que…, que había algo allí que fallaba. Ese algo era yo. Y lo que faltaba era Hugo. Joder. Aquella noche Eva y Alba vinieron a cenar a casa. Hugo cocinó pastel de marisco y se le veía contento, desenvuelto y cómodo. Ellas también lo estaban; parloteaban sin cesar de la lista de los Reyes Magos, de las fiestas y bromeaban entre ellas. No hablé mucho. Me quedé pasmado mirando a Alba, como si fuera la primera vez que la veía y estuviera descubriendo en ella esos detalles que brillaban. Dos ojos enormes, que susurraban lo que deseaban. Unos labios acostumbrados a sonreír. Su mano cogió la mía por debajo de la mesa y aprovechando que Hugo y Eva se reían de alguna de sus bromas, me preguntó si todo iba bien. Le sonreí. —Claro que va bien. —Apreté sus dedos. Miró mis ojos y sonrió mientras su mano acariciaba mi pelo. Valía la pena esforzarse. Valía la pena hacerlo funcionar. Aquella noche Hugo y Eva insistieron en que tomásemos unas copas después. El vino de la cena y la ginebra hicieron que todo se volviera un poco más intenso. A la hora de dormir yo ya estaba ahogado por todas aquellas cosas que mis palabras iban dejando atrás, dentro de mí. Esa voz que no conseguía verbalizar, que se quedaba en mi interior, que me mataba porque no lograba vocalizar y gritaba cosas sin sentido; sentimientos sin ordenar. Cuando me acosté al lado de Alba solo pude abrazarla fuerte. —¿ Me quieres? —le pregunté. Y ella dijo que sí. Y yo me pregunté entonces qué cojones pasaba allí dentro si yo también la quería. ¿ Qué nos faltaba? ¿ P or qué sentía que había algo que yo no podía darle?
iba a nevar y que no me pusiera tacones. No le había hecho caso y por poco me había roto la crisma al derrapar sobre un charco congelado cerca de casa. Nico tuvo que cogerme del codo y darme un tirón brutal para no terminar haciendo la croqueta calle abajo. Colgué el abrigo negro en el perchero que quedaba detrás de mi silla y planché con la mano mi falda lápiz de color verde botella y el jersey de cuello cisne negro. Estaba atusándome el pelo como una tonta frente al ordenador cuando apareció por allí Paloma muy sonriente. Demasiado sonriente. ¿Debía preocuparme? —Hola, Alba, ¿qué tal? —Bien. Bueno, casi me mato de camino. ¡Cómo está la calle de hielo! —respondí, porque me puse nerviosa y necesitaba decir algo. —Ah, sí, tienes razón. Hay que ir con mil ojos, y más si vas subida a tacones como los tuyos. M uy simpática, pero ahí dejaba su aportación. Opinión personal de la coordinadora de secretarias: Alba, deja de ponerte tacones de furcia. Antes muerta, gracias. —Dime, ¿en qué te puedo ayudar? —le pregunté cortés. —El señor Ayala quiere verte. M e puse en pie de un salto. El súper jefe quería verme. Osito Feliz necesitaba algo. —Rauda y veloz —le dije con una sonrisa. —Qué bonito el pintalabios —apuntó—. M uy… apasionado. Nota mental: a Paloma tampoco le gustaban los colores vino. Fuimos andando hacia allí juntas, pero esta vez no hizo amago de entrar. Solo me dedicó una de sus sonrisas rígidas y susurró un «enhorabuena» que me mosqueó. Llamé con los nudillos y el señor Ayala, cuyo nombre de pila ni sabía, me pidió que pasara. Sorpresa, sorpresa. Sentado en uno de los sillones estaba Hugo, que se sorprendió al verme entrar. —¿Necesitaba algo, señor Ayala? —Pasa y siéntate. —Pero… —se le escapó a Hugo de entre los labios. M e senté al lado de Hugo y crucé los tobillos. Él repasó con la mirada mis piernas hasta llegar a mis tacones y después desvió la mirada al suelo y se frotó los ojos. —Te estarás preguntando qué haces aquí, ¿verdad? —dijo «Osito Feliz» con su voz de barítono. —Eh…, sí. —Relájate. No es nada malo. ¿Quieres un café? —No. Yo no. ¿Quieren ustedes? ¿Les traigo algo? —pregunté nerviosa. —Calma —escuché decir a Hugo entre dientes. —¡No, mujer! —Se rio como si fuera Papá Noel—. Tranquila. Yo solo quiero ofrecerte algo. Algo bueno. Respiré. Noté el sujetador presionándome por todas partes. Tamborileé con los dedos en mi rodilla. No quería mirar a Hugo buscando confort porque, además, él parecía un poco desubicado. —Eres formal. Puntual. Seria. Trabajadora. Tienes un puesto de trabajo para el que no estás formada pero te has preocupado de hacerlo no bien, sino mejor. Estamos muy contentos contigo. Suelo presumir de ser uno de esos jefes que fomentan el talento dentro de su plantilla. Por ponerte un ejemplo, Hugo entró en este departamento como consultor junior hace ocho años y hoy es director comercial porque es el mejor y se lo ha ganado. De la misma manera que tú te has ganado que te ofrezca esto. Asentí nerviosamente. —El señor M uñoz…, bueno, Hugo, que sé que vosotros os tuteáis…, Hugo lleva tiempo solicitando que le asignemos a alguien a su equipo. Alguien que le acompañe a las reuniones, que le ayude con el trabajo comercial y que sea su mano derecha. Alguien de confianza y con ganas. No hay mucha gente con ganas aquí dentro. Tragué saliva. No. No. No. Él siguió: —Tu puesto como secretaria es un buen puesto, pero tiene un inconveniente: está peor pagado que el de asistente y apenas se puede ascender laboralmente. Sé que os lleváis bien y que Hugo está muy satisfecho con tu evolución. Siempre te propone para cualquier promoción interna que surja dentro de la empresa; supongo que no hizo lo mismo con el puesto de asistente por miedo a que la gente pudiera hablar de más. Sé que es tu casero y eso me dice mucho de la relación de confianza que hay entre los dos. Quise taparme la cara con una carpeta y gritar. —¿Puedo hablar? —pidió Hugo aprovechando la pausa de Osito Feliz. —Claro. —Alba, de corazón, no quiero que te ofendas por lo que voy a decir…, ¿intentarás entenderme? —preguntó mientras buscaba mi mirada. Asentí—. Alba no está hecha para esto, Tomás; no digo que no sirva o que no vaya a saber hacerlo. Digo que a ella le interesan otras cosas, que esto no le gusta aunque lo hace bien. No quiero encadenarla a un puesto como este en el que no va a poder…, pues eso, hacer lo que quiere. No sé hasta qué punto eso le ayuda. —¿No la quieres como asistente? —No he dicho eso. Solo quiero que…, que se lo piense bien. —M e miró intensamente. Sus ondas cerebrales gritaban un sonoro «no lo aceptes»—. Porque creo que su futuro está fuera de esta empresa, por mucho que apreciemos su trabajo. Hubo un silencio ominoso en la habitación. Quería coger el sillón, tirarlo por la ventana y luego salir yo detrás. M e daba igual la distancia hasta el suelo. Cualquier cosa por salir de allí. El señor Ayala suspiró fuerte. —¿Hay algún motivo por el cual no queráis trabajar juntos? —Y su mirada fue bastante inquisitiva. M e sentí desnuda. M e sentí como si con solo observarme fuera a averiguar que Hugo y yo nos habíamos acostado muchas veces, que nos habíamos comido los labios a besos y que durante una semana hicimos Nueva York nuestra. —No —dijimos firmemente los dos. —Bien, entonces voy a detallar la oferta económica para que Alba pueda pensárselo. Hasta aquel momento había tenido muy claro que debía rechazar con educación la oferta. Podía decir que estaba centrando mis esfuerzos en buscar algo de lo mío y que ese puesto supondría un aprendizaje y una labor que me alejaría de mis propósitos. Eso era educado. Sí. Y serio. Hugo miró al techo entonces, mordiéndose los labios. —Tal y como Hugo había detallado, las obligaciones de este puesto supondrían una compensación económica de veinticuatro mil euros brutos anuales repartidos en catorce pagas, más una prima anual de cuatro mil si se alcanzan los objetivos. —M iré a Hugo, que se centró entonces en el suelo enmoquetado—. Además, te facilitaríamos un teléfono móvil de la compañía, un ordenador portátil, tarjeta restaurante, seguro privado, treinta días naturales de vacaciones pagadas y cinco moscosos a elegir… Cogí aire. Yo cobraba quince mil brutos al año. Eran nueve mil euros más. M ás cuatro mil de variable. Era un seguro privado. Las comidas de toda la semana. M ás vacaciones. —Hugo… —dijo el superintendente dándole paso. —El puesto…, bueno… —Se frotó la cara—. Tendrías que conocer como la palma de tu mano la relación que mantengo con cada uno de los clientes. Ayudarme con
después de su breve referencia a nuestro pasado la última vez que nos acostamos. Nico podía parecer muy pacífico y metafísico, pero en el fondo tenía un carácter bastante polarizado. Para él las cosas o eran blancas o eran negras; por mucho que le gustara jugar con las sombras en sus fotografías, no existía la escala de grises. Y ¿por qué me sentí estúpida? Pues porque le encantó saber que me habían ascendido a assistant y que trabajaría codo con codo con su mejor amigo. Y examante. Y examor de mi vida. Y ex «te prometo que me casaré contigo si un día quieres hacerlo». Nico me abrazó, me dio la enhorabuena y quiso que bajáramos a su casa a brindar con Hugo. Juro que el primer pensamiento que me cruzó la cabeza fue un enorme «este tío es tonto». Luego me di cuenta. De tonto nada. M uy al contrario. Es hora de que pongamos las cartas sobre la mesa. Yo seguía sintiendo algo por Hugo; eso está claro. No creo que nadie haya pensado lo contrario en ningún momento, ni siquiera ellos. Nico y yo estábamos muy bien como pareja, pero yo echaba de menos a Hugo y él…, también. Con el tiempo fui consciente de la verdadera naturaleza de su relación. A lo mejor voy a decir una barbaridad, pero creo que las relaciones de amistad entre chicas son completamente diferentes a como establecen los hombres las suyas. Ellos son más… ¿pragmáticos? No, quizá la definición sea «menos románticos». Nosotras queremos con la fuerza de los mares, a lo canción de Rocío Jurado. Y ellos no. Ellos son el hilo musical de una sala de espera. Fui marcando una equis mental en cada una de las diferencias que localizaba entre los principios sobre los que se basaban mis relaciones de amistad y la suya, y al final llegué a la conclusión de que la primera piedra sobre la que se había cimentado todo lo demás era la dependencia. Los dos dependían enfermizamente el uno del otro hasta niveles que ni siquiera sabían. Para Hugo era una cuestión emocional; necesitaba tener a alguien, agarrarse a ese «no hermano» al que podía abrazar y sentir como algo suyo. Nico era él y toda su extensa familia, pero sobre todo… él. Y…, ojo, diría que Hugo ejercía además un papel de padre postizo. Nico también dependía de Hugo. La dependencia de Nico me parecía mucho más peligrosa. No soy quién para juzgarlo, pero me daba la sensación de que se había cogido con uñas y dientes a todo lo que tenía en común con Hugo y no con ilusión de construir algo nuevo, sino porque de esa manera no tendría que decidir. No más opciones. Él fingía tomar decisiones, pero no lo hacía. Se dejaba llevar. Se mecía. Trabajo, vivienda, proyectos, futuro y hasta pareja. Durante un tiempo todo estuvo ligado a Hugo, que, seamos realistas, era el fuerte. Nico no era débil…, solo es que no le apetecía ser fuerte por sí mismo. Él cedía el control de sus cosas, fingiendo que no lo hacía. No creo que ninguno de los dos se diera cuenta. Y un día los tres rompimos…, bueno, Hugo se desligó de aquel proyecto en común, quizá buscando tener algo suyo propio por primera vez en mucho tiempo. O buscando que Nico lo tuviera, no lo sé. Y ya no éramos tres y de pronto Nico tenía que gestionar algo él solo. Una relación. Y nos iba bien, pero porque estábamos en esos primeros meses en los que todo es nuevo y no había caminos que tomar ni opciones entre las que debatirse. Pero ¿qué pasaría en el futuro? ¿Estaba yo en lo cierto cuando pensaba que Nico también añoraba a Hugo cuando estaba conmigo? No hay que infravalorar la costumbre como fuerza de motivación. Y claro, partiendo de esa situación, que yo volviera a acercarme a Hugo, a Nico le venía estupendamente. Y yo me pregunto…, ¿cómo alguien que había reaccionado tan mal al hecho de que Hugo y yo nos viéramos a solas cuando empezamos con nuestro triángulo amoroso podía ser de pronto tan ajeno a los celos? Hugo alucinó pepinillos cuando nos vio aparecer y Nico le abrazó para darle la enhorabuena. —¡¿Cómo no me lo cuentas antes?! ¡¡Es genial!! Por fin te han dado un equipo y… ¡es ella! No supo ni qué cara poner. Después de unos segundos de incertidumbre, dibujó una sonrisa amplia y amable. Es lo que a partir de la semana siguiente yo conocería como «sonrisa comercial». No había cliente que se le resistiera porque comunicaba aprecio, honestidad y simpatía…, con un único inconveniente: no era del todo sincera. Era una postura. Yo lo sabía porque le había visto sonreír de verdad. Aquella noche brindamos por el proyecto de equipo que formábamos los dos y el resto de la semana, mientras recogía y cerraba cosas pendientes, tuve que soportar las miradas del resto de la plantilla. Sobre todo de las mujeres. M ucha sonrisita, mucho «vaya, vaya, enhorabuena» bastante envenenado. Lo comprendo. Hacía seis meses que había entrado en la empresa, siempre me habían visto cerca de Hugo y de Nico y ahora me trasladaban a la planta noble. Supongo que yo también habría sido un poco bruja y si fuera otra la que estuviera en mi posición habría considerado el cum laude en mamadas como uno de los méritos que la había ensalzado. El viernes por la mañana Hugo y yo subimos las cajas con archivadores y material a nuestro nuevo despacho. Cuando la puerta del ascensor se abrió, aluciné. Adiós a la moqueta roñosa que había vivido tiempos mejores. Suelo de linóleo brillante y parqué. Paredes de madera. Grandes ventanales. —¿Por qué Osito Feliz no tiene el despacho aquí arriba? —le pregunté a Hugo. —Porque tiene fobia a los ascensores y no quería subir tantas escaleras —me explicó—. De todas formas vive a caballo entre M adrid, Barcelona y Bilbao. No le importan tanto estas cosas. —Pues él se lo pierde. Nuestro despacho era bastante grande. Estaba dividido en dos estancias, una más amplia, donde se instalaría Hugo, y una un poco más pequeña, en la antesala, para mí. Su habitáculo se parecía mucho a su anterior despacho, pero era todo mucho más bonito. Hasta la luz que entraba era más cálida y acogedora. M i mesa estaba de frente a la entrada del despacho, de espaldas a la mesa de Hugo. Tenía unas estanterías detrás, un gran armario delante, unos sillones bajos que daban la sensación de formar parte de una salita de espera a la derecha y a mano izquierda una amplia ventana. Luz natural; no me lo podía creer. Pasamos buena parte del día colocándolo todo. M is cosas estuvieron en nada, pero Hugo tenía que trasladar una cantidad importante de documentación archivada. Lo tenía todo por duplicado porque, aunque sabía de la importancia de tenerlo todo guardado en el servidor de la empresa, él necesitaba trabajar en papel. Y tenía su propio sistema. Cuando terminé con mis cosas fui a ayudarle y… allí comenzó mi aprendizaje. Empezamos a hablar de clientes, de relación comercial, de métodos de trabajo. Hugo se ponía muy serio con el trabajo. M uchas de las carpetas sobre las cuentas que llevaba fueron a parar a mi escritorio, porque una de mis labores para los próximos días era aprender todo lo que pudiera sobre ellos. M e dio una clase rápida sobre conceptos económicos que yo no controlaba y aclaró todas mis dudas, lápiz en mano, esbozando esquemas para que yo entendiese de una puñetera vez lo que era el ebitda, entre otras cosas. M e tranquilizó comprobar que tenía mucha paciencia. M e sentía como una niña de secundaria cuyos padres le asignan como profesor de apoyo a un guapo universitario. Por último repasamos la agenda para la semana siguiente. Tendríamos reuniones en las sedes de algunos clientes el miércoles, jueves y viernes. Eso me asustaba un poco, pero tendría tiempo de ponerme al día. Cuando dieron las tres, Hugo dio una palmada y así finalizó nuestra primera jornada. —Ya basta por hoy. Han sido muchas cosas nuevas. El lunes más. —¿Puedo llevarme las carpetas a casa para leer los dosieres de los clientes? —le pregunté. —No. Es normativa de la empresa que no se pueda sacar documentación confidencial de la oficina. Y es fin de semana. Tienes que despejarte, la semana que viene va a ser fuerte. Cogió la americana que tenía colgada en una percha dentro de un pequeño armario en un rincón y se la colocó. Su sonrisa se ensanchó, pero la sincera, no la de trabajo. —Lo estás haciendo muy bien. —Sí, ya. Ármate de paciencia. Soy un poco inútil con los números. —Estoy seguro de que no lo eres, pero te tranquilizará saber que vas a tener que lidiar muy poco con ellos. Además, ¿para qué estoy yo? Cerramos el despacho con llave y caminamos juntos hacia el ascensor. Nos cruzamos con un par de ejecutivos que saludaron con efusividad a Hugo, que era el más joven de la planta con diferencia. M e hizo sentir un orgullo que hasta me incomodó. Cuando bajábamos me quedé mirándolo mientras se abrochaba el abrigo de paño cruzado, concentrado en palpar que tuviera la cartera, el móvil y las llaves del coche. Ladeó la cabeza hacia mí y se sorprendió al ver que tenía los ojos clavados en él. —¿Qué pasa?
Que eres muy grande, muy listo, muy guapo y muy… jefe. —¿Te importaría que pusiera plantas en mi parte del despacho? —Claro que no. Pon lo que quieras. —¿Un jardín japonés? —Bien —asintió con media sonrisa. —¿Y guirnaldas de colores? —me burlé. —No te pases. —Las puertas se abrieron y él me cedió el paso—. Ladies first. Insistí en ir en autobús a casa pero él no encontró motivo para que yo tuviera que ir en transporte público teniendo él el coche en un parking cercano; sin embargo, el motivo nos encontró a nosotros. Dos compañeras de departamento (aunque debería decir excompañeras) nos vieron andando juntos y nos saludaron entre risitas. Yo agaché la cabeza. —Nunca bajes la cabeza —dijo Hugo entre dientes, no imponiéndolo, sino como un consejo—. Es el gesto que aprovechan para meter estocada. Siempre barbilla alta. No tienes nada que esconder. —Yo diría que sí lo tengo… —Pateé una piedra. —Eso es tu vida privada. No has matado a nadie. Viviste durante unos meses una situación sentimental poco cotidiana que no tiene nada que ver con el trabajo. —¿Poco cotidiana? —Alternativa. —M e miró de reojo y sonrió—. No me vas a sonsacar otro adjetivo. —Bien. Pero no creo que ellas hicieran esa lectura si lo supieran. —Lo primero es que no lo van a saber, lo segundo es que no debería interesarles y lo tercero y más importante es que a ti no debería afectarte lo que ellas piensen. Creía que eso ya lo teníamos superado. —Bueno, sí, pero con esto del «ascenso»... —Hice el gesto de las comillas con los dedos y añadí—: He suscitado algún que otro comentario en el corrillo del café. —No seas suspicaz. Y si lo comentan, que lo comenten. Pero predica siempre con el ejemplo. Que sus vidas privadas no te importen. M i padre siempre decía que hay que comportarse con los demás como queremos que otros nos traten… o algo así. —Ah, eso me recuerda una cosa…, «viste siempre como quieres que te traten». ¿Tengo que comprarme ropa más seria? Llegamos al coche y abrió con el mando y una sonrisa condescendiente en los labios. —Esa es una pregunta capciosa, piernas. —No entiendo por qué. —M e reí. —Porque sabes que no, pero una respuesta afirmativa por mi parte justificaría que te dieses un caprichito…, ¿no? M e senté en el coche y le miré fatal. M e había pillado. —Cómprate ropa nueva. —Se abrochó el cinturón y puso el coche en marcha—. Ve a hacerte un masaje. Sal a cenar. Piernas…, haz lo que quieras, pero nunca te justifiques ni ante ti misma. Hugo. El maestro.