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Asignatura: Historia del mundo actual, Profesor: Jose Carlos Rueda Laffond, Carrera: Comunicación Audiovisual, Universidad: UCM
Tipo: Apuntes
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Las transformaciones sociales, políticas y culturales que se sucedieron en la segunda mitad del siglo XX fueron mucho más radicales que las acontecidas a lo largo de su primera mitad. Surgieron nuevas interconexiones globales, se institucionalizaron espacios de cooperación e interacción supraestatales, y las formas de
producción y de organización política sufrieron igualmente acusados procesos de homogeneización. Las solidaridades políticas transnacionales también jugaron un gran papel. Causas compartidas como el anticolonialismo, el anticomunismo o el anticapitalismo, desde la década de 1960 los movimientos juveniles de protesta y las nuevas reivindicaciones sociales, fueron factores que contribuyeron a que surgiesen espacios de comunicación y deliberación política supraestatal, que condicionaron de forma cada vez más decisiva la política interior de cada uno de los Estados nacionales. De entrada, el hundimiento del Japón
y de Alemania como potencias geopolíticas continentales o mundiales llevó a la consolidación de dos grandes superpotencias, que en parte llenaron el vacío dejado por las viejas potencias europeas, ahora en franca retirada, pese a que algunas de ellas, como Francia y Gran Bretaña, también habían ganado la guerra. Pero sus energías estaban ahora concentradas en la reconstrucción, y en la reestructuración de sus relaciones con la periferia de sus imperios coloniales. De ese vacío surgió entre 1945 y 1949 una estructura geopolítica mundial de naturaleza bipolar. Hasta 1989 es problemático hallar transformaciones globales. Sin embargo,
sí se asistió a una multiplicidad de espacios de interacción supraestatales que coexistieron y se superpusieron de forma paralela, lo que tenía que ver con la división del mundo en dos bloques de naturaleza sociopolítica opuesta y en abierta competencia. La Guerra Fría fue un fenómeno global, que afectó en un principio sobre todo a Europa y a Asia oriental, donde surgiría un «telón de bambú» similar al telón de acero. Fue fría, porque en Europa no se llegó a conflictos armados. Fue guerra, porque una carrera armamentística sin precedentes entre dos bloques mantuvo latente el peligro del estallido de una conflagración mundial durante más de
cuarenta años. Y no solamente fue una confrontación militar, sino que también lo fue de modelos de sociedad, de economía y hasta de concepción de la cultura. ENEMIGOS ÍNTIMOS
En las conferencias de Teherán (noviembre-diciembre de 1944) y Yalta (febrero de 1945), celebradas cuando todavía se libraba en la II Guerra Mundial, los Aliados empezaron a diseñar cómo iba a ser el mundo de la posguerra. Pero en ellas fueron mayores los desacuerdos que las coincidencias. Hasta avanzado el año 1944, los
Aliados no tuvieron plena seguridad de que ganarían la guerra. Cuando empezó a ser evidente, tras el desembarco angloamericano en Normandía (junio de 1944) y la ofensiva soviética en el frente oriental, que llevó al Ejército Rojo a conquistar buena parte de la Europa danubiana y balcánica en el verano, los Aliados aún no tenían un plan definido sobre cuál iba a ser el futuro. Hitler, por el contrario, todavía abrigaba a principios de 1945 la esperanza de que el choque entre capitalismo y comunismo, entre aliados occidentales y soviéticos, fuese inevitable. Y los conflictos internos entre procomunistas y conservadores
que habían surgido entre 1944 y 1945, una vez expulsados los nazis de sus territorios, en el seno de los ejércitos partisanos griego, yugoslavo o albanés, preludiaban igualmente que a una guerra entre fascismo y antifascismo sucedería un conflicto entre comunismo y anticomunismo. No era una divisoria inédita, ya que reproducía las líneas de fractura ya dibujadas al acabar la I Guerra Mundial en las guerras civiles finlandesa (1917-1918) o rusa (1917-1922). En la conferencia de Potsdam (julio de 1945), cuando la guerra en el Pacífico todavía no había concluido, se agrandaron las diferencias entre los
Aliados, particularmente entre angloamericanos y soviéticos, divididos acerca de qué hacer con Alemania y con los territorios de Europa centro-oriental. Sin embargo, se instituyó una Comisión de Control cuatripartita para la Alemania dividida en zonas de ocupación; se acordó la creación de un tribunal especial para la persecución y castigo de los crímenes de guerra del III Reich; la celebración de elecciones en Austria, a la que se restituía su soberanía, y la aplicación de los tratados de paz con los Estados aliados de Alemania. Eran soluciones provisionales, pues ni se había firmado un tratado de paz con Alemania, ni
existía certeza sobre cuáles serían sus fronteras y su estatus político futuro. Pronto se manifestaron los primeros roces. En septiembre de 1945 la Conferencia Interaliada de ministros de Asuntos Exteriores rechazó los borradores de tratado de paz con los antiguos aliados del III Reich (Rumanía, Hungría y Bulgaria) que fueron presentados por la URSS, pues no contemplaban la restauración de democracias parlamentarias. El presidente norteamericano Harry S. Truman declaró dos meses más tarde que los EE. UU. no reconocerían gobiernos impuestos por potencias ocupantes. Stalin replicó a principios de
febrero de 1946 que las contradicciones del capitalismo occidental conducirían de forma inevitable al estallido de una nueva guerra, provocada por el militarismo y el imperialismo angloamericano. Unos días más tarde, el diplomático George E. Kennan, agregado en Moscú y experto sovietólogo, redactó el llamado «telegrama largo» (8000 palabras). En él, denunciaba la voluntad soviética de propagar el comunismo a todo el mundo con ayuda de los partidos comunistas, calificaba la política exterior de la URSS de agresiva y expansionista, y abogaba por una postura inflexible por parte de los Estados Unidos hacia los
soviéticos y sus pretensiones de controlar Europa oriental. Cualquier disposición al compromiso sería interpretada como debilidad por Stalin. Los informes del diplomático británico Frank Roberts incidían en argumentos similares: la URSS era para Gran Bretaña un peligro potencial igual o mayor que el que había sido el III Reich en 1939, no solo por encarnar el expansionismo comunista, sino por heredar las tendencias chauvinistas e imperialistas del antiguo imperio zarista. Varios hechos parecían confirmar esa percepción. Las tropas soviéticas no se retiraban de Irán, al contrario de lo pactado previamente,
intentando mantener posiciones en una zona estratégica por sus reservas de petróleo. Y pretendían también obtener puntos de apoyo en el Mediterráneo para controlar las rutas a Oriente Medio, ejerciendo cierta presión sobre Turquía. La intervención diplomática norteamericana llevó finalmente a la retirada soviética de territorio iraní en abril de 1946. En marzo de 1946, en un discurso pronunciado en Fulton (Missouri), el exprimer ministro británico Winston Churchill manifestaba los temores que hasta entonces los círculos políticos occidentales no habían hecho públicos. Desde Stettin (Szczecin), en el Báltico,
hasta Trieste, en la costa adriática, los soviéticos habrían trazado un «telón de acero» — traducción usual en castellano de la expresión original, iron curtain o cortina de hierro—, detrás del cual Occidente no sabía muy bien qué ocurría. Los «rusos», admitía Churchill, no deseaban otra guerra, pero sí recoger los frutos de la pasada confrontación. Solo una oposición firme y una alianza militar duradera de los aliados occidentales les harían desistir de sus propósitos expansionistas. Los asesores de Truman advertían cuatro meses después de que el objetivo de la URSS consistía en «provocar una guerra de agresión en cada lugar del mundo»
donde le fuera posible. Para confinar el influjo soviético a sus fronteras, los EE. UU. deberían mostrarse dispuestos a utilizar armamento nuclear y biológico y una fuerza aérea estratégica. En septiembre de ese año los soviéticos respondieron con otro comunicado, en el que sostenían que EE. UU. utilizaba su dominio en el mundo capitalista para afianzar su superioridad militar, y así desencadenar una nueva guerra que asegurase su hegemonía, destruyese al competidor socialista y garantizase el triunfo del capitalismo. Stalin estaba convencido de que, antes o después, Gran Bretaña rompería con los EE. UU. y entraría en
Bulgaria, Checoslovaquia, Hungría, Polonia, Rumanía y la zona de ocupación soviética de Alemania, los partidos comunistas nacionales, dominados por una élite política estalinista que en la mayoría de los casos había pasado la guerra en Moscú, experimentaron un rápido crecimiento, y procedieron a anular la competencia de otras fuerzas políticas de marchamo antifascista, fagocitando en partidos socialistas unificados —que adoptaron diversos nombres— a socialdemócratas, socialistas y otras tendencias. Los comunistas nacionales fueron sin duda aupados por el apoyo soviético, pero disfrutaban también de cierta
popularidad como fuerza motriz de la resistencia antifascista. En las nuevas repúblicas populares se mantuvo una ficción de sistema político pluralista, en el que incluso partidos pseudofascistas eran tolerados y mantenidos bajo control, pero donde la hegemonía siempre correspondía al partido comunista o socialista unificado. El procedimiento consistía, como resumió el comunista germano-oriental Walter Ulbricht, en que el proceso mantuviese una apariencia democrática, pero «nosotros mandamos».
Entre la Unión Soviética y sus
nuevos aliados subordinados se impuso una relación teórica de amistad, mas en la práctica de dominación diplomática y militar. Empero, esa relación también reflejaba algunos de los déficits del poder soviético, eficaz solo como superpotencia militar, pero no tanto en el terreno económico y cultural. Quizá por ello la URSS fue incapaz de mantener a la Yugoslavia del carismático general guerrillero Josip Broz Tito dentro de su bloque de influencia. Tito, cuyo ejército había autoliberado Yugoslavia antes de la llegada del Ejército Rojo, no estaba dispuesto a sacrificar la soberanía nacional a la solidaridad ideológica. Tras la ruptura de relaciones con la
Unión Soviética en junio de 1948 y su expulsión de la naciente comunidad de países socialistas, impuso un sistema comunista heterodoxo, no sujeto a las directrices políticas de Moscú. Por ello, fue tolerado por los aliados occidentales, cuya prioridad estratégica era impedir el acceso de la URSS al Mediterráneo. RECONSTRUIR INTERESA
En 1947 el Gobierno norteamericano decidió tomar la iniciativa frente a lo que consideraba una estrategia soviética para extender el comunismo a todo el continente europeo. En febrero de ese
año, el Gobierno de Londres anunció que no podía seguir financiando al régimen militar griego en su lucha contra el ejército guerrillero controlado por los comunistas, que tras la expulsión de los ocupantes alemanes en 1944 había mantenido una tensa relación con los monárquicos y conservadores griegos sostenidos por las tropas británicas. El influjo del viejo imperio fue sustituido por el nuevo poder norteamericano, en lo que constituyó una dejación simbólica por parte de Londres en un área donde ejercía un control geopolítico desde el siglo XIX. El Gobierno estadounidense puso en práctica por primera vez la llamada
estrategia de la contención, cuyo objetivo consistía en frenar a toda costa la expansión comunista en Europa. Se enmarcaba dentro de la doctrina enunciada por el presidente Truman en un discurso ante el Congreso de los EE. UU. el 12 de marzo de 1947, o doctrina Truman. Sus puntos principales eran simples, pero contundentes. El conflicto entre capitalismo y comunismo suponía una lucha entre libertad y totalitarismo; era deber de los EE. UU. apoyar a los «pueblos libres» que se oponían a presiones externas o de minorías armadas. No había espacio para una Europa autónoma que no estuviese sometida al liderazgo político
y militar norteamericano. Aunque los comunistas griegos fueron apoyados principalmente por el régimen comunista yugoslavo, Albania y Bulgaria, y Stalin no envió recursos a los insurgentes helenos, de los que desconfiaba, los EE. UU. acusaron a la Unión Soviética de intentar expandir su influencia en el Mediterráneo. Junto a la iniciativa en materia militar, los EE. UU. concibieron el plan de ayudar a la rápida reconstrucción económica de Europa, con el fin de impedir el avance de los partidos comunistas en su parte occidental al compás del descontento social. Esa reconstrucción era especialmente
urgente en Alemania. La cuestión alemana se convirtió de nuevo en el dilema básico de la política europea de alianzas. Quien controlase el espacio geográfico germano, controlaría todo el continente. Por ello, solo cabía oponer al influjo soviético en la zona de ocupación oriental una integración consecuente en el terreno económico de las áreas de Alemania situadas bajo la administración anglonorteamericana y francesa. En julio de 1948, a iniciativa del secretario de Estado George Marshall, se lanzó el llamado Plan de Recuperación Europea o Plan Marshall, un programa de ayudas destinado a la
reconstrucción de las infraestructuras económicas de los países europeos, consistente en un conjunto de préstamos a bajo interés, subvenciones a fondo perdido y ventajosos acuerdos comerciales. La URSS y los Estados ya situados bajo su órbita fueron invitados a beneficiarse de las condiciones del plan, pero estas eran inaceptables para Moscú (someterse a controles externos e integrarse en un mercado europeo), que presionó a Polonia y Checoslovaquia para que no se acogiesen al mismo. Además, el disfrute de las ayudas implicaba remodelar los gobiernos de coalición, expulsando de ellos a los ministros comunistas, lo que ocurrió en
Italia y Francia. El plan tuvo una vigencia de cinco años, y de él se beneficiaron en total 16 países, incluidas las tres zonas de Alemania bajo control británico, francés y estadounidense, favoreciendo su integración en el área de influencia económica occidental. Durante ese período, los Estados europeos que ingresaron en la recién fundada Organización Europea para la Cooperación Económica (OECE) recibieron un total de trece mil millones de dólares, y servicios de asistencia técnica. El plan también incluía un programa de reconstrucción de ciudades devastadas. Una vez completado, la
economía de todos los países participantes, excepto la recién fundada República Federal de Alemania (RFA), había conseguido superar los niveles previos a 1939. Es discutible cuál fue el impacto real del Plan Marshall sobre las tasas de crecimiento. Su objetivo también consistía en difundir técnicas de gestión de inspiración norteamericana, y abrir mercados para la propia industria del país prestatario, para el que una Europa empobrecida podía suponer una complicación para sus finanzas y su comercio. Sin embargo, existe cierto consenso en que el Plan Marshall contribuyó a aumentar los intercambios
económicos dentro de Europa occidental y nórdica, terminó con la escasez de divisas y actuó como un estímulo decisivo para la reconstrucción de posguerra. En los EE. UU., el Plan hizo posible que su economía superase la crisis de superproducción que siguió al fin de la guerra, y mantuvo la demanda para las exportaciones estadounidenses. Además, sirvió con eficacia a sus objetivos ideológicos: consolidar unas clases medias que apuntalasen la estabilidad de los sistemas democráticos, evitando que la miseria abonase el campo a la difusión del comunismo. Por otro lado, el llamado Plan de Ayuda y Rehabilitación puesto
en práctica por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) entre 1944 y 1947 permitió suministrar ayuda a varios millones de refugiados o personas desplazadas. Stalin reaccionó al Plan Marshall con la creación de la Kominform, Oficina de Información Comunista, cuyo objetivo era coordinar las fuerzas que se oponían al «imperialismo» americano y a los restos del fascismo, en nombre de la democracia y el antifascismo. Señalaba así una de las líneas argumentales predilectas: la de la continuidad entre fascismo e imperialismo capitalista. Para compensar a los países de Europa
oriental, también creó una suerte de remedo del Plan Marshall, conocido primero como Plan Molotov, por el nombre del ministro soviético de Exteriores, cuyo objetivo era facilitar subsidios e intercambios dentro de la Europa controlada por la URSS. De ella surgiría más tarde, en 1949, el Consejo de Ayuda Mutua Económica (COMECON). DE PRAGA A BERLÍN
A lo largo de 1947, el dominio comunista se había consolidado, mediante una combinación de métodos coercitivos y pseudodemocráticos, en la
parte como consecuencia de los estrechos vínculos que unieron a los aliados occidentales durante el bloqueo de Berlín, se constituyó la Organización del
Tratado del Atlántico Norte (OTAN). El paso suponía vincular formalmente a los EE. UU. a la defensa de Europa occidental e institucionalizar la Guerra Fría. En agosto de ese año la URSS consiguió detonar su primera bomba atómica, con lo que el equilibrio militar estratégico, al menos en teoría, se restablecía. En mayo de 1949, mediante la fusión de las tres zonas de ocupación francesa, británica y norteamericana, más Berlín Occidental, se fundó la República Federal de Alemania (RFA). Cinco meses más tarde, y como respuesta, surgió en la zona de ocupación soviética de Alemania la República Democrática
Alemana (RDA). En 1955, tras largas negociaciones y superar las reticencias francesas, la RFA sería autorizada a reconstruir sus fuerzas armadas, después de rechazar las propuestas soviéticas, que insistían en la alternativa de una Alemania unificada con estatus desmilitarizado y neutral, al estilo de Finlandia o Austria. No obstante, la militarización de la RFA pasó a ser considerada por los EE. UU. como un pilar estratégico de la defensa de Occidente. En consecuencia, la RFA, bajo la égida del canciller conservador Konrad Adenauer entre 1949 y 1963, se convirtió en miembro de pleno derecho de la OTAN.
CONTENCIÓN Y GUERRA EN ASIA
El triunfo de los comunistas de Mao Zedong sobre los nacionalistas conservadores del Kuomintang, apoyados por los EE. UU., y el establecimiento de la República Popular China en octubre de 1949, así como el avance de movimientos anticoloniales de orientación comunista en varios territorios del Sudeste asiático, llevaron a los EE. UU. a reforzar y generalizar en otros continentes la estrategia de contención del comunismo, imprimiéndole además un giro más
radical. Según los postulados del memorándum NSC 68 de la Administración Truman en 1950, los EE. UU. estaban implicados en una lucha de civilizaciones con la URSS, por lo que procedieron a cuadriplicar el gasto militar, preparándose para una guerra en todos los frentes, y asimismo incrementaron la producción de armamento convencional y nuclear.
Una de las aplicaciones más
evidentes de la teoría de la contención, y que sirvió a las élites occidentales para reforzar sus pronósticos acerca de la estrategia soviética, tuvo lugar en un escenario hasta entonces lateral: la península de Corea. Desde el final de la ocupación japonesa en 1945 habían surgido en su territorio dos Estados dictatoriales: uno comunista en el norte, bajo el liderazgo carismático del líder guerrillero Kim Il-sung, y otro prooccidental en el sur. Las elecciones de 1948 consolidaron su existencia, fijándose como frontera el paralelo 38. En junio de 1950, tropas norcoreanas cruzaron la frontera, con apoyo logístico soviético y chino.
Truman reaccionó con rapidez y ordenó la movilización de tropas americanas, y a las pocas horas consiguió un mandato del Consejo de Seguridad de la ONU creada cinco años antes. La jugada fue posible por la ausencia temporal de la URSS en el Consejo, en protesta por el rechazo inicial en el foro a la China Popular como legítimo Estado chino, en vez del derrotado gobierno prooccidental refugiado en Taiwán. La reacción occidental sorprendió a Stalin, que había accedido al plan de invasión de Kim Il-sung en la convicción de que sería un paseo militar para los norcoreanos. Los EE. UU. desplegaron fuerzas
terrestres en Corea del Sur y llevaron a cabo un bloqueo y un bombardeo de Corea del Norte. A ellos se unieron contingentes de hasta 15 países bajo el paraguas de la ONU, si bien los EE. UU. proporcionaban más de la mitad de los efectivos (350 000 soldados) y financiaban el conjunto de la operación. Una vez hubo estallado la guerra, Stalin insistió en mantenerla a toda costa, mediante suministros militares a Corea del Norte, mientras que la China Popular desplegó
tropas directamente en Corea para combatir el avance hacia el norte de las tropas americanas y sus aliados. A finales de 1952 la guerra, que había causado fuertes pérdidas en ambos
bandos, había llegado a un punto de empate técnico. El alto el fuego se aprobó en julio de 1953, después de que Stalin hubiese fallecido. Se restablecía la frontera entre las dos Coreas en el paralelo 38, con una zona desmilitarizada. Por parte norteamericana se registraron 36 000 bajas mortales; coreanos y chinos sufrieron más de 1,7 millones de bajas, a lo que se añadió la muerte de tres millones de civiles coreanos. Tras la guerra de Corea se reforzó el nuevo statu quo. Las relaciones entre China y el bloque occidental quedaron seriamente dañadas durante dos décadas, mientras que los EE. UU.
protegieron la soberanía de la isla de Taiwán, donde los nacionalistas de Chiang Kai-shek habían fundado la República de China, y formalizaron alianzas militares con Japón, cuya reconstrucción económica y estabilización política también favorecieron de forma decidida. Igualmente, los EE. UU., junto a Francia y Gran Bretaña, crearon un cordón de alianzas militares con Australia, Pakistán, Tailandia y Filipinas, la Organización del Tratado del Sudeste Asiático (SEATO, constituida en 1954), que garantizaría al bloque occidental el disfrute de una serie de bases militares a lo largo de la costa asiática del
Pacífico. Se eliminó toda prevención al rearme de Alemania, y se aplicaron con mayor intensidad las directrices del memorándum NSC 68. La guerra de Corea supuso la consolidación y radicalización de la Guerra Fría. Ambas superpotencias disponían del arma nuclear, cuyo empleo contra las ciudades de la retaguardia o contra las fuerzas militares del enemigo constituiría a partir de ahora un elemento esencial de toda estrategia. Sin embargo, la capacidad destructiva del arma atómica encerraba una paradoja: nadie podía estar seguro de la victoria total, pues por muy menguadas que resultasen las reservas del enemigo, su
capacidad de respuesta restante podía ser suficiente para asegurar la mutua destrucción de los rivales. FUEGOS DE ARTIFICIO
En 1953 se produjeron cambios significativos en el liderazgo político de ambos bandos, que dieron lugar a una nueva fase de la Guerra Fría. En enero, el general Dwight D. Eisenhower sustituyó a Truman como presidente de los EE. UU. Entre sus prioridades iniciales figuraba la reducción de los gastos de Defensa. En marzo, Stalin falleció de forma repentina. Tras un período de incertidumbre e intrigas
palaciegas en el Kremlin, el nuevo hombre fuerte de la URSS fue el ucraniano Nikita Kruschev, quien acometió una política de denuncia de los crímenes de Stalin y el exceso del culto a la personalidad, sancionada por su discurso ante el XX Congreso del Partido Comunista (PCUS) en enero de 1956. La desestalinización no se tradujo de inmediato en una disminución de los tonos belicistas de las élites políticas de ambos bandos. Frente a la posición más conciliadora de Churchill, desde 1951 de nuevo primer ministro británico, Eisenhower mantenía que en el Kremlin nada cambiaría. En los EE. UU. estaba
reciente el clímax de histeria anticomunista alimentado por la guerra de Corea, que había tenido una traducción en las actividades casi inquisitoriales del senador Joseph R. McCarthy y su Comité de Actividades Antiamericanas, obsesionado con detectar procomunismo en cualquier crítica pública a la política norteamericana. El secretario de Estado de Eisenhower, John Foster Dulles, reinterpretó en 1954 la teoría de la contención, al admitir el posible uso de armas nucleares como represalia masiva (massive retaliation) en caso de agresión soviética. No solo se trataba de contener, sino de roll back, de repeler el
avance de Moscú y de acometer una «activa política de liberación» de los «pueblos esclavizados por el comunismo». Había que correr riesgos diplomáticos y mostrarse dispuestos a llegar al borde mismo de la guerra. Los estrategas militares norteamericanos estaban convencidos, además, de que el arma nuclear otorgaba gran ventaja a los EE. UU., y que era mucho más
Muro de Berlín se convirtió así en el símbolo más visible y emblemático de la división de Europa hasta 1989. Igualmente, tuvo lugar una ruptura de relaciones entre la República Popular China y la URSS, cuyos máximos dirigentes, Mao y Stalin, habían mantenido una cordial relación, habían cerrado una alianza en 1950 y habían
coincidido en la necesidad de colaborar en la tarea de la difusión del comunismo, así como en la «defensa» frente al imperialismo capitalista. Mao Zedong defendió la figura de Stalin y acusó a Kruschev de desviacionista de los fines revolucionarios del comunismo. El enfrentamiento, además de traducir una disputa por el liderazgo del movimiento comunista internacional que duraría décadas, tuvo una primera traducción en el incremento de la tensión en la frontera chino-soviética, que en la década siguiente culminaría en varios incidentes armados.
BARBUDOS EN LA HABANA
El triunfo de la revolución cubana en enero de 1959 supuso un nuevo punto de inflexión, y la irrupción de la lógica de la Guerra Fría en el tradicional patio trasero de los EE. UU., América Latina. Washington había sostenido el régimen corrupto y sátrapa de Fulgencio Batista, derrocado por los revolucionarios de Fidel Castro y Ernesto Che Guevara, y en un principio acogió con cierta expectación al nuevo régimen, cuyo impulso nacionalista, romántico y regenerador le había granjeado amplias
simpatías. Sin embargo, pronto las medidas nacionalizadoras y la reforma agraria decretadas por el Gobierno de Castro perjudicaron los intereses norteamericanos en la isla, con lo que rápidamente se deterioraron las relaciones diplomáticas entre Cuba y los EE. UU., que temían la consolidación de un Estado díscolo a 150 kilómetros de su costa. A la ruptura de las relaciones diplomáticas siguieron sanciones comerciales y la expulsión de Cuba de la Organización de Estados Americanos (OEA).
Ernesto Che Guevara. IGDA. El apoyo estadounidense al fallido
intento de invasión por parte de 1500 exiliados anticastristas en Playa Girón (abril de 1961), que no fue secundado por una rebelión popular, como esperaba la Agencia Central de Inteligencia (CIA, fundada en 1947), y el bloqueo económico al que Washington sometió a la isla, empujaron al régimen cubano de manera decidida a los brazos del bloque del Este, opción alimentada por los sectores comunistas del régimen revolucionario. Cuba estrechó sus vínculos con la URSS, ya establecidos en 1960, recibiendo ayuda económica y logística soviética. Y el derrocamiento de Fidel Castro devino en obsesión para la Administración norteamericana.
A mediados de 1962, el espionaje norteamericano detectó la construcción en Cuba de rampas de lanzamiento para misiles nucleares soviéticos. Castro y la URSS justificaron la medida como una necesidad defensiva para evitar una nueva invasión de Cuba. Con todo, se trataba de una respuesta soviética a la instalación por parte de la OTAN de misiles en Gran Bretaña, Italia y Turquía, que serían capaces de alcanzar territorio de la URSS, que en aquel momento se sentía, a su vez, en inferioridad en la carrera armamentística y necesitaba de un golpe de efecto. Como escribió Kruschev en sus memorias, se trataba de hacer probar
a los EE. UU. su propia medicina, la sensación de estar cercado por misiles enemigos. En octubre, la marina norteamericana estableció un bloqueo naval para interceptar los convoyes marítimos soviéticos que transportaban las armas nucleares, desplegó fuerzas navales en el Caribe y aisló a Cuba. El presidente John F. Kennedy dirigió un ultimátum a la URSS para que detuviese la instalación de misiles, bajo la amenaza de represalias nucleares masivas. El mundo asistió atónito a dos semanas de intensa tensión diplomática, jalonada por el derribo de dos aviones espías norteamericanos y un incidente
con un submarino soviético que estuvo a punto de lanzar un misil nuclear. Kruschev, que temía que en Washington se impusiesen los militares partidarios de un ataque preventivo —al que la
URSS no estaría en condiciones de responder—, accedió a retirar los misiles en Cuba. A cambio, los EE. UU. se comprometieron a respetar la soberanía de la isla y a llevarse sus propios misiles del territorio turco, lo que se realizó en secreto. Kennedy, sin embargo, apareció ante la opinión pública mundial como el ganador del envite, pero para los sectores más conservadores de la sociedad norteamericana, incluido el cada vez
más influyente lobby de los cubanos anticastristas exiliados, había cedido al chantaje y renunciado a acabar con la Cuba comunista. En parte por ello, esos sectores aplaudieron el asesinato de Kennedy en noviembre de 1963. En teoría, el pulso diplomáticomilitar quedó en tablas. Había sido una partida de póquer en la que Kruschev, una vez más, se tiró un inmenso farol, aunque siguen sin estar claros sus propósitos y, sobre todo, si calculó fríamente la jugada. Pero la opinión pública mundial había sentido cercano el aliento de la posibilidad de una guerra nuclear. Se había demostrado además que, en el caso de producirse
una inesperada escalada de tensión, las élites políticas de las dos superpotencias podían caer fácilmente en valoraciones erradas de la fuerza e intenciones del contrario, y tomar decisiones imprevisibles. Tampoco se podía descartar que un comandante o un capitán de submarinos nervioso disparase un misil por su cuenta. En parte por ello, el Kremlin y la Casa Blanca acordaron, en julio de 1963, la instalación de una línea de comunicación directa a la que recurrir en casos de crisis, el llamado «teléfono rojo». Y en agosto se firmó un acuerdo de prohibición de experimentos nucleares en la atmósfera, el espacio
exterior y en las profundidades marinas. La crisis de los misiles de Cuba fue el último enfrentamiento directo entre Este y Oeste. En ella, se acabó imponiendo el criterio de los políticos contra el de los militares, de las palomas frente a los halcones, lo que constituyó una lección para el futuro. Pero los líderes norteamericanos también sacaron la optimista conclusión de que, si se demostraba firmeza, los comunistas cedían. Esto les llevaría a un exceso de confianza que pagarían caro en los años sucesivos. A la crisis siguió una nueva fase de distensión. Y en ambos bandos cundía el desasosiego ante el incremento
exponencial de los costes de la carrera armamentística, así como la incertidumbre acerca de quién tendría la capacidad de «golpear primero». En lo sucesivo, los conflictos entre los dos bloques se desplazarían a escenarios laterales, tanto en África como en Asia y Oriente Medio, por medio de terceros países que sirvieron de aliados y, a veces, de intermediarios. Un proceso cuyo cénit se alcanzó en la década de 1960 facilitó el proceso: el fin de los imperios europeos. LA DESCOLONIZACIÓN
A partir de 1945 los Estados nacionales
europeos fueron en medida creciente Estados postimperiales. El proceso de descolonización siguió de manera inmediata al fin del conflicto mundial, y atravesó por diferentes fases hasta 1975; algunas de sus heridas, como la cuestión del Sahara Occidental, siguen todavía pendientes de resolución en el siglo XXI. Los conflictos armados entre los colonizados y los colonizadores se vieron a menudo agravados por la presencia de importantes núcleos de colonos europeos. Y , a menudo, las tensiones interétnicas o religiosas se agravaron tras la retirada de los colonizadores. Al poco de concluir la guerra
mundial se puso en evidencia la crisis de los Estados coloniales consolidados en el último tercio del siglo XIX. Gran Bretaña concedió en 1947 la independencia a la India y Palestina, después de que el Gobierno laborista de Attlee constatase que los recursos del Gobierno de Londres, exhaustos tras seis años de guerra, no eran suficientes para garantizar al mismo tiempo un Estado del Bienestar en casa, el estatus de gran potencia y el mantenimiento de una estructura militar a escala mundial. Birmania (1949, tras una sublevación comunista) y Ceilán (1948, después llamada Sri Lanka) siguieron poco después, mientras los Países Bajos
autoritarios fueron la forma de gobierno más frecuente. También compartían el anhelo de superar el subdesarrollo, mantenerse al margen de los dos bloques geopolíticos enfrentados, y la reivindicación tanto de un nuevo orden mundial más igualitario como de un mayor equilibrio en la distribución de los recursos económicos. El movimiento de los países no alineados, inaugurado por la conferencia de Bandung
(Indonesia, 1955), a iniciativa de Tito, el indio Nehru y el número dos chino, Zhou Enlai, a la que se unieron sobre todo líderes que encarnaban vías nacionales hacia el socialismo que se querían mantener al margen de la política de bloques, tuvo una buena acogida entre los nuevos Estados nacionales surgidos de la descolonización. También disfrutaron de cierto éxito otras plataformas de cooperación regional, como la Unión Africana (1958) y su sucesora, la Organización para la Unidad Africana, fundada en 1963 e impulsada por el presidente egipcio Gamal A. Nasser, el presidente de Ghana K. Nkrumah y el
anacrónico y casi medieval emperador de Etiopía Haile Selassie. Sin embargo, los nuevos Estados experimentaron, al igual que había ocurrido un siglo antes en América Latina, que la soberanía no siempre traía consigo el fin de la dependencia económica del «primer mundo», cuyas empresas multinacionales continuaron ejerciendo presión e influencia sobre las élites políticas africanas y asiáticas. La relación bilateral con los EE. UU., las antiguas metrópolis o en algún caso con la URSS y los países comunistas fue mucho más frecuente que la cooperación económica supraestatal y regional entre los distintos países surgidos de la
descolonización. DEL MEKONG A PEKÍN
Kruschev perdió el poder en 1964 en una nueva maniobra de palacio orquestada por los dirigentes soviéticos. Fue sustituido por el pragmático Leonid Brézhnev, un hombre de aparato gris y con un estilo de gobierno conservador, que sin retornar al estalinismo tampoco se caracterizó por las alharacas populistas de su predecesor. La URSS concedió prioridad a la resolución de sus desequilibrios económicos internos, y Brézhnev optó por rebajar el tono de las tensiones con Occidente. A cambio,
la OTAN no reaccionó ante la intervención de las tropas del Pacto de Varsovia en Checoslovaquia en agosto de 1968, para poner fin al corto período de reformas liberalizadoras y democratizadoras emprendido por el presidente reformista Alexander Dubček. Al igual que había ocurrido doce años antes en Hungría, EE. UU. y Europa occidental no estaban dispuestos a arriesgarse a desencadenar una nueva guerra, y Checoslovaquia era considerada territorio de influencia soviética. En noviembre de 1968 el máximo mandatario soviético expresaba con toda claridad la doctrina Brézhnev: la URSS se arrogaba el derecho, en aras
de los intereses comunes del bloque socialista, a restringir la soberanía de sus aliados, incluyendo el empleo de la fuerza. Los norteamericanos, además, pasaron a concentrar su atención de modo preponderante en Vietnam. Desde principios de los años sesenta EE. UU. prestó apoyo logístico masivo al Gobierno de Vietnam del Sur en su lucha contra la república comunista de Vietnam del Norte. Era, para Kennedy, una piedra de toque: si el país caía en manos del comunismo, el conjunto del Sudeste asiático caería, de acuerdo con lo que el secretario de Defensa Robert McNamara llamaría —reutilizando un
término acuñado por Eisenhower— la teoría del dominó. El sucesor de Kennedy, Lyndon B. Johnson, con pleno apoyo del Congreso y del Senado, autorizó el despliegue masivo de tropas a partir de 1965. A fines de ese año había 181 000 soldados norteamericanos en Vietnam, y hasta 1975 más de medio millón pasarían por el Sudeste asiático. De ellos morirían un total de 58 000, luchando en un medio natural inhóspito y contra un adversario experimentado y motivado, que combinaba las tácticas de la lucha guerrillera con las de la guerra convencional, como se demostró en la Ofensiva del Tet en 1968. Ni siquiera
los masivos bombardeos de la aviación norteamericana, incluyendo el uso de sustancias defoliantes y de napalm, sobre las bases norvietnamitas en la vecina Camboya quebraron la férrea resistencia del Vietcong. El sucesor de Johnson tras las elecciones de 1968, el republicano Richard Nixon, extendió la guerra a Camboya y diseñó un plan de intensificación de los bombardeos y de destrucción de Vietnam del Norte, que contemplaba el uso eventual del arma nuclear. Sin embargo, el alto coste de la guerra en recursos y vidas hizo crecer de forma exponencial las protestas contra el conflicto entre amplios
sectores de la opinión pública norteamericana, de modo particular entre los estudiantes universitarios, que sembraron el país de violentas manifestaciones. Y la moral de los soldados norteamericanos desplegados en Vietnam estaba bajo mínimos: más de una cuarta parte de ellos, procedentes en buena medida de los estratos más humildes de la población —quienes, por ejemplo, no podían disfrutar de una prórroga por estudios—, se había convertido en drogodependiente, y muchos regresaron adictos a la heroína. La «revietnamización» de la guerra, y un acuerdo aceptable con Hanói, Pekín y Moscú, se convirtieron en una absoluta
prioridad para Nixon, que combinó la escalada de los bombardeos sobre Vietnam del Norte con la búsqueda de un armisticio, a través de la mediación china y soviética, para consolidar una división del país con una frontera desmilitarizada al estilo coreano, que sin embargo no llegó a fructificar. La situación acabó por decantarse a favor del Vietcong, que en abril de 1975 conquistaba la capital survietnamita, Saigón, y proclamaba la reunificación del país bajo la égida comunista. Solo en Vietnam del Sur se registró cerca de un millón de soldados survietnamitas muertos, y dos millones de civiles. A eso se añadían las secuelas del empleo
de armas químicas sobre otros dos millones de vietnamitas. No se conocen datos sobre las pérdidas militares y civiles de Vietnam del Norte. La victoria comunista en la guerra de Vietnam tuvo algunos efectos geoestratégicos colaterales en Indochina. En particular, influyó decisivamente en que la guerra civil camboyana entre el Gobierno prooccidental de Lon Nol y los Jemeres Rojos maoístas, apoyados por Vietnam del Norte, se decantase a favor de los segundos. Liderados por un mesiánico y sanguinario caudillo, Pol Pot, los Jemeres Rojos instauraron un régimen de terror que acabó con la vida de casi
un tercio de la población total del país, internada en campos de reeducación y exterminio. Sin embargo, además de Laos, el conjunto del Sudeste asiático no cayó bajo el control de regímenes comunistas, con lo que la teoría del dominó se reveló como falsa. En Norteamérica la derrota cayó en un rápido olvido, tras la dimisión de Nixon por el escándalo de espionaje político Watergate en agosto del año anterior. No hubo desfiles para acoger a los veteranos, de los que muchos sufrieron secuelas físicas y psíquicas que prolongaron el trauma de la guerra perdida durante una generación: la definición del síndrome de estrés
postraumático como una enfermedad típica de excombatientes data de esta época. La ley de poderes de guerra de noviembre de 1973 redujo la autonomía presidencial para enviar tropas al extranjero, y evitar que en el futuro la sociedad norteamericana pasase por un dolor semejante. Nixon, partidario de una línea dura en política interior y exterior, mostró sin embargo cierta flexibilidad en sus relaciones con el bloque del Este, de la mano de su inteligente ministro de Exteriores, el profesor universitario Henry Kissinger. Aprovechó así el distanciamiento entre Pekín y Moscú para inclinar el equilibrio estratégico
hacia Occidente, en un momento en el que la URSS había conseguido una paridad nuclear de facto con los EE. UU. —unos 800 misiles balísticos intercontinentales— y la guerra de Vietnam se daba por perdida, pero necesitaba una salida digna. También Mao deseaba alejar la guerra de su frontera meridional, y dudaba sobre si seguir apoyando a los norvietnamitas. En febrero de 1972, Nixon declaró su intención de iniciar un acercamiento diplomático a la República Popular China y viajó a Pekín para reunirse con Mao y su lugarteniente, el primer ministro y ministro de Exteriores Zhou Enlai, a lo largo de una semana que,
transmitida por asesores europeos y norteamericanos, y combinaron esa política represiva con las concesiones económicas al libre mercado. Solo en Argentina, el número de desaparecidos se eleva a más de 13 000 personas, por 172 en Uruguay y cerca de 1300 en Chile. En Indonesia, los EE. UU. apoyaron al régimen anticomunista del general Suharto, que se caracterizó por su violencia represiva contra los partidarios del Partido Comunista y otras organizaciones de izquierda. La Guerra Fría también se trasladó al continente africano y a Oriente Próximo, inmiscuyéndose —a menudo a través de aliados interpuestos, como
Cuba— en los distintos conflictos coloniales y poscoloniales. Los soviéticos intensificaron sus relaciones, primero, con el Gobierno de la Argelia independiente, liderada por Ben Bella desde 1963, y ganaron aliados entre los nuevos adalides del «socialismo africano», regímenes surgidos de golpes de Estado diversos, como el de la República Democrática de Somalia. A ella siguió el golpe del general Mengistu en Etiopía. Poco después, ambos países se enzarzaron en un cruento conflicto en 1977-1978 por el territorio fronterizo de Ogadén, en el que la URSS y Cuba se implicaron en el apoyo a Etiopía por razones meramente estratégicas: en el
control del Cuerno de África Somalia se alineó entonces con los norteamericanos. La República Independiente de Yemen del Sur se transformó también en 1967 en un Estado marxista-leninista firmemente vinculado a la Unión Soviética. Igualmente, la URSS, a través de o de la mano de la entusiasta Cuba, se inmiscuyó en la guerra civil angoleña que se desencadenó tras la independencia del poder colonial portugués en 1975, apoyando a una de las facciones, el MPLA, que resultaría vencedora. Finalmente, la URSS también prestó apoyo logístico al régimen socialista instaurado por
Samora Machel en Mozambique. En una órbita independiente se situaban regímenes que combinaban socialismo de Estado y nacionalismo árabe laico, como la República de Egipto de Gamal Abdel Nasser (19531970), el socialismo del partido Baas en Siria e Irak, y la República Árabe Libia instaurada en 1969 por el coronel Muamar el Gadafi, que intentaron dar cuerpo a una utopía panárabe, además de llevar a cabo una modernización acelerada de sus países mediante grandes obras públicas y mejoras en la sanidad y la educación. Sin embargo, los proyectos de modernización autoritaria del socialismo árabe fracasaron en sus
objetivos principales. Y la incapacidad para derrotar al gran enemigo regional, ideológico y religioso, el Estado de Israel, desprestigió su componente nacionalista. La alternativa, en las décadas siguientes, sería cada vez con mayor intensidad el fundamentalismo islámico. ACTORES IMPREVISTOS
Entre 1977 y 1980, el nuevo presidente demócrata de los EE. UU. Jimmy Carter intentó suavizar los perfiles agresivos de la política exterior estadounidense en América Latina y Asia. Como principio rector, proclamó el respeto a la doctrina
de los derechos humanos y el compromiso norteamericano con el destino de África, restableció oficialmente las relaciones diplomáticas con China, anunció la retirada de tropas estadounidenses de Corea del Sur y promovió la firma en 1979 de un nuevo tratado de limitación de armas nucleares estratégicas (SALT II), con la URSS. El tratado, sin embargo, no contemplaba los misiles tácticos ni de cabezas múltiples, con lo que la carrera armamentística no se redujo. Carter se apuntó un primer tanto diplomático con la firma de los Acuerdos de Camp David (septiembre de 1978) entre Egipto e Israel, atrayendo además a
Egipto, presidido por el pragmático Anwar el-Sadat, a la órbita occidental. Sin embargo, también irrumpieron nuevos conflictos que en parte suponían la aparición de nuevos actores geopolíticos, que contribuían a complicar la dinámica bipolar. Por un lado, el triunfo de la revolución sandinista en Nicaragua en julio de 1979, que derrocó a la dictadura proestadounidense de Anastasio Somoza y creó un nuevo foco de problemas para los EE. UU.
en Latinoamérica, amenazaba con extenderse a la región del Canal de Panamá y a la República de El Salvador, donde aquel mismo año estalló una violenta guerra civil.
Por otro lado, la que se dio en denominar «bomba islámica», que se unía a la agitación palestina, al creciente protagonismo de la Libia de Gadafi o al creciente poderío militar de Pakistán. El nuevo fundamentalismo islámico no triunfó en los países donde había nacido décadas antes, en Egipto y Arabia Saudí, de mayoría suní y wahhabí, sino en el mundo chií y culturalmente persa, Irán, como consecuencia de la combinación de un fuerte crecimiento demográfico, una urbanización desenfrenada, un incremento de la riqueza gracias a las reservas petrolíferas y las protestas sociales frente a un régimen autocrático y represivo, el del shah Reza Pahlevi,
instaurado en el trono por la CIA décadas antes.
Manifestación en Teherán, 1979. AP Foto / Gtresonline. En febrero de 1979 triunfó la revolución iraní, que condujo en pocos
meses al establecimiento de un peculiar régimen teocrático y nacionalista, gobernado por un Consejo Revolucionario Islámico bajo la autoridad moral del líder espiritual chií (ayatolá) Jomeini. Su motor principal era la combinación del fanatismo religioso, el retorno a la tradición y el nacionalismo antioccidental y antiisraelí. Era un conflicto al margen del enfrentamiento bipolar, en el que los protagonistas no eran grupos o tendencias procomunistas, y que demostraba además el carácter autónomo que había cobrado el conflicto árabe-israelí y la emergencia de nuevos adversarios para el «bloque
occidental». El flagrante fracaso de la operación de comandos destinada a rescatar a los 63 rehenes retenidos en la embajada norteamericana de Teherán, ocupada en noviembre de 1979 por estudiantes islámicos ante la inhibición de las autoridades iraníes, acabó con el prestigio de Carter. La irrupción del islamismo se colocaba fuera de la lógica bipolar, y también desorientaba a las élites soviéticas, en cuyos esquemas de análisis marxista el fundamentalismo religioso no encajaba. Además, la URSS contemplaba con especial preocupación la eventualidad de la propagación de las doctrinas islámicas en Asia Central, un
área donde ya desde los inicios del Estado soviético había sido difícil hacer arraigar la doctrina comunista. En diciembre de 1979 la URSS invadió Afganistán, un país tradicionalmente inestable por su extrema heterogeneidad étnica y su pobreza, que había sido mantenido como estado tapón entre las zonas de influencia occidental (británica primero, norteamericana después) y soviética. El objetivo de Moscú era dar apoyo al tambaleante e impopular régimen títere prosoviético, enfrentado a una población movilizada por islamistas conservadores. La rápida ocupación de los puntos neurálgicos del país, sin embargo, no llevó al desmantelamiento
de la oposición armada. Muchos soldados afganos desertaron y se unieron a los guerrilleros islámicos o muyahidines, que recibían apoyo logístico del vecino Pakistán y, más tarde, de los servicios secretos norteamericanos, que proporcionaron a los guerrilleros armamento ligero y, sobre todo, misiles tierra-aire con los que combatir a los helicópteros artillados soviéticos. El conflicto de Afganistán obligó a la URSS a mantener durante ocho años cerca de cien mil soldados desplegados en un país montañoso e imposible de controlar de manera eficaz, al lado de sus fronteras y combatiendo frente a un
correoso enemigo, cuya composición étnica era análoga a la de las repúblicas soviéticas vecinas de Asia Central. Para el régimen soviético, la experiencia afgana supuso su particular Vietnam. Los abusos de sus tropas contra la población civil hicieron caer el mito, tan caro al Kremlin, que presentaba al Ejército Rojo como difusor de la revolución y liberador del fascismo. La invasión de Afganistán inauguró una nueva fase de tensión durante los primeros años ochenta, a menudo denominada Segunda Guerra Fría. El presidente Carter, que necesitaba compensar la imagen de debilidad mostrada ante Irán, retiró el Tratado
además con extender la agitación a las repúblicas musulmanas del Asia Central soviética. Eso entraba en contradicción con los temores que seguía despertando la revolución chií en Irán, el conflicto entre Irán e Irak y la posible desestabilización de Oriente Medio, vital por sus recursos petrolíferos para la prosperidad económica de Occidente. La opinión pública estadounidense, sin embargo, era reacia tras el trauma de Vietnam a nuevos envíos masivos de tropas al extranjero. En los años siguientes, los EE. UU. intervinieron en la guerra civil libanesa, invadieron la isla caribeña de Granada para derrocar el régimen izquierdista de Maurice
Bishop, bombardearon Libia en represalia por el apoyo del régimen de Gadafi a acciones terroristas, y apoyaron a la guerrilla antisandinista (Contra) para lanzar incursiones a Nicaragua y controlar parte de su territorio, al tiempo que sostenían al Gobierno de El Salvador en su propia lucha contra la guerrilla. La política de mano dura de Reagan se veía favorecida, además, por la constatación de que el adversario soviético mostraba síntomas cada vez más evidentes de debilidad. Las señales eran especialmente patentes tras la muerte del anciano Brézhnev en 1982 y su sustitución por el antiguo jefe del
servicio secreto KGB Yuri Andrópov, que a su vez apenas duró año y medio en el poder, al fallecer en 1984 y ser sustituido por Konstantín Chernenko. La incapacidad del sistema político soviético para regular mecanismos de sucesión razonables había desembocado en una patética gerontocracia. El sistema de economía planificada se enfrentaba a varios de sus problemas estructurales, agravados por el creciente peso de los gastos militares en el PIB soviético. La URSS, además, había perdido ya la capacidad de igualar al bloque occidental en el terreno tecnológico. Reagan ordenó suprimir la exportación de tecnología civil al bloque soviético,
y la principal fuente de divisas de la URSS pasó a ser la exportación de gas y petróleo, cuya dependencia inhibía los intentos de reformas estructurales. UNA MUERTE ANUNCIADA
Cuando Mijaíl Gorbachov, a los 53 años, se convirtió en el máximo dirigente de la URSS en marzo de 1985, las tornas comenzaron a cambiar. La economía soviética se hallaba en un estado de estancamiento estructural, agravado por la falta de divisas consecuencia de la caída de los precios
del petróleo en la década de 1980. El nuevo mandatario soviético, telegénico y dotado de un carisma personal que contrastaba con las anteriores «esfinges» del Kremlin, y que se ganaba la confianza de sus interlocutores, concedió una absoluta prioridad a la corrección de los desequilibrios económicos internos, continuando con la agenda de reformas establecida por Andrópov. El accidente nuclear de la central de Chernóbil, en Ucrania, en abril de 1986 puso al descubierto, además, el estado de deterioro de la economía soviética y sus vetustas infraestructuras. En junio de 1987 Gorbachov
anunció la aplicación de un programa de reformas económicas conocidas como Perestroika (reestructuración), cuyo objetivo era conceder un margen de mayor autonomía a la actividad económica privada —basándose en la experiencia del modelo de autogestión yugoslavo o la política aplicada por Lenin en los años veinte—, flexibilizar la rigidez del sistema de economía planificada y aumentar de modo paulatino el Bienestar de los ciudadanos, mediante el impulso de la producción de bienes de consumo y la reducción de los niveles de corrupción. Eso también suponía reducir el poder de la industria militar. Gorbachov también
decretó una política de apertura (Glásnost) informativa y de transparencia en la actuación de las instituciones estatales. No pretendía instaurar la economía de mercado de un plumazo, ni avanzar hacia una democracia liberal, pero sí cambiar el sistema soviético para asegurar su supervivencia, conservando sus fundamentos, el objetivo de la igualdad social y la eliminación de la sociedad de clases. Sin embargo, Gorbachov carecía de un plan definido, y fue mudando de táctica al compás de las circunstancias. El nuevo mandatario de la URSS no era el primer dirigente del bloque
comunista que era consciente de la necesidad de superar las estrecheces del modelo de economía planificada. En China, el sucesor de Mao tras su muerte en 1976 y el período de transición que le siguió, Deng Xiaoping, inició de modo progresivo la introducción de reformas económicas en sentido liberalizador, manteniendo la retórica marxista y el poder del Partido Comunista. Fiel al pragmatismo que evocaba su máxima más conocida —«no importa si el gato es blanco o negro, mientras cace ratones»—, bajo el mandato de Deng el Estado chino acometió importantes reformas en la agricultura, el desarrollo tecnológico y
la política de defensa; permitió de forma gradual a los campesinos la comercialización privada de una parte de sus excedentes, decretó desde 1984 la libre oscilación de los precios en productos no estratégicos, y una cierta liberalización del mercado de trabajo. También promovió la apertura comercial a Occidente a partir de la creación de «Zonas Económicas Especiales» cerca de Hong Kong y de Taiwan, suerte de grandes puertos francos. Los resultados macroeconómicos fueron espectaculares. Entre 1978 y 1994, la renta per cápita china se triplicó, el Producto Nacional Bruto se cuadruplicó, y las exportaciones se
multiplicaron por diez. Sin embargo, en la segunda mitad de los ochenta se incrementaron las tensiones sociales, y la economía experimentó serios problemas de adaptación: la inflación subió con fuerza, la producción agrícola se estancó, y las arcas del Estado se resintieron. Al tiempo, aumentaban las protestas de trabajadores industriales y empleados, no siempre satisfechos con las nuevas condiciones laborales. Al contrario que Gorbachov, sin embargo, Deng fue capaz de mantener las primeras manifestaciones de disidencia sociopolítica bajo control. A las primeras protestas estudiantiles en Shangai (1986) se unieron las de
obreros y estudiantes de Tianjin y Pekín. El punto culminante fueron las masivas protestas de la primavera de 1989, reprimidas con extrema dureza. Especialmente simbólico fue el aplastamiento en junio de las concentraciones de estudiantes y jóvenes obreros y funcionarios en la Plaza de Tiananmen, donde un millar de manifestantes perdieron la vida a manos de las tropas gubernamentales.
Tanques chinos en T iananmen, 1989. Jeff Widener / Gtresonline. Igualmente, en algunos países satélites, como la Hungría de János Kádár, se ensayaban desde fines de los años setenta fórmulas parecidas con gran éxito, el llamado socialismo del gulash, basado en la coexistencia de la
iniciativa privada y pública, el desarrollo tecnológico y la promoción social moderada, junto con una progresiva liberalización del sistema político. Entre 1988 y 1989, el sucesor de Kádár, Miklós Németh, procedió a un desmantelamiento progresivo del sistema político y económico vigente, para dar paso a un sistema político pluralista; suprimió los controles aduaneros con Austria, y rehabilitó la figura del líder de la revuelta de 1956, Imre Nagy. En octubre de 1989 el partido único, el Partido Socialista Obrero Húngaro, se autodisolvió, transformándose en un Partido Socialdemócrata que competiría en unas
elecciones libres. Hungría preparaba su estrategia de salida del COMECON. Como respuesta a las concesiones militares y políticas de la URSS, el presidente Reagan accedió a retomar las conversaciones con Moscú sobre cuestiones económicas y la limitación de la carrera armamentística, principiando por la primera cumbre bilateral celebrada en Ginebra en noviembre de 1985 y el acuerdo de reducir los arsenales en un cincuenta por ciento. Tras el fracaso de la cumbre de Reikiavik, motivado por la reticencia estadounidense a desmantelar la Iniciativa de Defensa Estratégica, una tercera reunión en Washington, en
diciembre de 1987, llevó a la firma del Tratado INF, que contemplaba la destrucción paulatina de los misiles balísticos y de crucero convencionales de rango inferior a 5500 kilómetros. Eso suponía eliminar una de las áreas de fricción de los años anteriores: el despliegue desde 1974 de los misiles soviéticos de cabezas múltiples SS-20. Frente a ellos, la OTAN había dispuesto a