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vampire academy libro PDF, Resúmenes de Psicología

Libro de Richelle Meaf saga vampire academy

Tipo: Resúmenes

2020/2021

Subido el 07/05/2021

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michelle-gomez-25 🇲🇽

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ÍNDICE

Sinopsis

Uno

Dos

Tres

Cuatro

Cinco

Seis

Siete

Ocho

Nueve

Diez

Once

Doce

Trece

Catorce

Quince

Dieciséis

Diecisiete

Dieciocho

Diecinueve

Veinte

Veintiuno

Veintidós

Veintitrés

Veinticuatro

Sobre la autora

UNO

ercibí su miedo mucho antes de oír sus gritos.

Su pesadilla latió en mi interior y me alteró con tal virulencia que acabó por sacarme de mi propia ensoñación, protagonizada por un chico bueno embadurnándome de crema solar en la playa. Las imágenes de su sueño —sangre y fuego, el hedor del humo, el metal retorcido y achicharrado de un coche— no guardaban relación alguna con las del mío, desde luego, pero se dispersaron por mi mente, envolviéndome, asfixiándome, hasta que la parte racional del cerebro me recordó que ese delirio no era el mío.

Me desperté con unos mechones de largo pelo negro pegados a la frente.

Lissa descansaba en su cama sin dejar de retorcerse y gritar. Salté de la mía y crucé con rapidez la escasa distancia entre ambos lechos.

—Liss —le insté, sacudiéndola—, Lissa, despierta.

Cesaron sus gritos, remplazados por unos suaves suspiros.

—André —gimió—. Oh, Dios mío.

La ayudé a incorporarse.

—Lissa, ya ha pasado, despierta.

Al cabo de un rato parpadeó y en la tenue penumbra comprobé que comenzaba a recobrar la conciencia. Acompasó poco a poco la respiración agitada y se reclinó sobre mí, descansando la cabeza sobre mi hombro. Le pasé un brazo por la espalda y la mano por el pelo.

—No ocurre nada —le dije con dulzura—. Todo va bien.

—He tenido otra vez ese sueño.

—Ah, sí, ya sé.

Permanecimos en silencio y en esa misma postura durante varios minutos. Cuando sentí que se calmaban sus emociones, me incliné hacia delante y encendí la

P

lámpara de la mesilla de noche situada entre nuestras camas. Comenzó a brillar suavemente, pero lo cierto era que ninguna de las dos necesitábamos mucha luminosidad. Oscar, el gato de nuestro compañero de piso, acudió atraído por la luz desde su trono en el alféizar de la ventana abierta.

Se mantuvo a una distancia prudencial de mí, pues, por la razón que sea, a los animales no les gustan los dhampir, aunque no le importó saltar sobre el lecho y frotar la cabeza contra Lissa, maullando ligeramente. Los animales no solían tener problemas con los moroi en general, y todos amaban a Lissa en particular. Ella le rascó el cuello, sonriente, y percibí cómo se serenaba un poco más.

—¿Cuándo te alimentaste por última vez? —le pregunté mientras estudiaba su rostro. La piel clara estaba más pálida de lo habitual. Tenía unos círculos oscuros debajo de los ojos, y un leve aire de fragilidad. Esa semana había habido una actividad frenética en la escuela y no conseguía acordarme de la última vez que le había dado sangre—. Han pasado más de dos días, ¿no? ¿O tres? ¿Por qué no me has dicho nada?

Ella se encogió de hombros y evitó mi mirada.

—Estabas ocupada, y yo no quería...

—Vamos, no me cuentes historias —repliqué, acomodándola en una posición mejor. No era de extrañar ese aspecto de debilidad. Oscar, que no me quería tan cerca, saltó y volvió a la ventana, donde podía observarme a una distancia segura—. Vamos, vamos.

—Rose...

—Vamos ya. Haré que te sientas mejor.

Ladeé la cabeza y me aparté el pelo para poner al descubierto el cuello, cuya visión, y lo que ofrecía, demostró ser irresistible para Lissa. Una expresión de hambre le atravesó el rostro y retiró los labios ligeramente, mostrando los colmillos que solía mantener ocultos mientras convivíamos con los seres humanos corrientes. Aquellos colmillos contrastaban con el resto de sus rasgos, eran anómalos, pues ella tenía un aspecto más parecido al de un ángel, con aquel bello semblante y su pálido cabello rubio, que al de un vampiro.

El corazón se me aceleró a causa del miedo y la expectación cuando percibí sus dientes más y más cerca de mi piel desnuda. Siempre aborrecía esa última sensación, pero no era fácil de evitar y no conseguía deshacerme de esa debilidad.

Una brisa cálida, de una temperatura poco frecuente en el otoño de Portland, jugó con mi pelo cuando me asomé por la ventana. La calle estaba oscura y bastante tranquila. Eran las tres de la mañana, justo el momento en que un campus de facultad suele estar más o menos en paz. La casa donde habíamos alquilado una habitación durante los últimos ocho meses se hallaba en una calle residencial con viejas casonas de estilos distintos. Al otro lado de la calzada titilaba una farola casi a punto de apagarse, aunque arrojaba la luz suficiente para poder distinguir los contornos de coches y edificios. Incluso era capaz de percibir las formas de los árboles y arbustos de nuestro propio patio.

Y la de un hombre que me observaba.

Di un salto hacia atrás ante la sorpresa de descubrir la silueta de un fisgón al lado de un árbol, a unos diez metros, desde donde podía mirar dentro de la casa con facilidad. Se encontraba tan cerca que probablemente podría haberle arrojado algo con muchas posibilidades de acertarle, y desde luego estaba lo bastante próximo para haber visto lo que acabábamos de hacer Lissa y yo.

Las sombras le cubrían con tanta eficacia que incluso con mi vista mejorada no lograba distinguir ninguno de sus rasgos, excepto su estatura. Era alto, muy alto, en realidad. Permaneció allí durante apenas unos momentos, casi indiscernible entre las sombras proyectadas por los árboles del lado más lejano del patio, hacia las que dio un paso, desapareciendo de la vista. Estaba casi segura de haber visto a alguien más moverse cerca de él y unírsele antes de que la oscuridad se los tragara a ambos.

Fueran quienes fueran esas figuras, a Oscar no le gustaron. Solía llevarse bien con casi todo el mundo, si omitíamos mi caso, y sólo se sentía molesto cuando alguien suponía un peligro inmediato. El tipo de ahí fuera no había hecho ningún gesto amenazador hacia el felino, pero él había notado algo que le había puesto nervioso.

Algo idéntico a lo que siempre percibía en mí.

Un miedo helado me recorrió con rapidez, erradicando casi, aunque no del todo, el goce encantador del mordisco de Lissa. Me retiré de allí e intenté embutirme en unos jeans que encontré tirados por el suelo, y estuve a punto de caerme en el proceso. Una vez que los tuve puestos, agarré mi abrigo y el de Lissa, junto con nuestras carteras. Metí los pies en los primeros zapatos que vi y salí disparada hacia la puerta.

La hallé en la planta baja, trasteando en el frigorífico de la atestada cocina. Uno de nuestros compañeros de piso, Jeremy, estaba sentado a la mesa con la mano apoyada en la frente mientras contemplaba con tristeza un libro de Cálculo. Lissa me miró sorprendida.

—No deberías haberte levantado.

—Debemos irnos. Ya.

Se le dilataron los ojos y justo un momento más tarde, comprendió qué quería decirle.

—¿Estás... segura? ¿Segura del todo?

Asentí. No podía explicarle la razón de tanta certeza. Simplemente, era así.

Jeremy nos observó con curiosidad.

—¿Pasa algo?

Se me ocurrió una idea en ese momento.

—Liss, quítale las llaves del coche.

El desplazó la mirada de una a otra alternativamente.

—¿Qué es lo que...?

Lissa, sin vacilar, caminó hacia él. Su miedo se infiltró en mí a través de nuestra conexión psíquica, pero también había algo más: su fe absoluta en que yo me haría cargo de todo y en que estaríamos a salvo. Como siempre, yo esperaba poder estar a la altura de ese tipo de confianza.

Exhibió una gran sonrisa y le miró directamente a los ojos. Durante un momento, Jeremy se limitó a devolver la mirada con gesto de cierta confusión, mas enseguida me di cuenta de cómo ella le sometía. Los ojos del joven se vidriaron y poco después la contemplaba con total adoración.

—Necesitamos que nos prestes el coche —le dijo con voz dulce—. ¿Dónde has puesto las llaves?

Él sonrió y me estremecí. Yo tenía una gran resistencia a la coerción, pero podía notar sus efectos cuando se dirigía hacia otra persona. Por otro lado, durante toda mi vida me habían enseñado que usarla estaba mal. Jeremy se llevó la mano al bolsillo y sacó del mismo un juego de llaves colgado de un gran llavero rojo.

profundamente antes de actuar. Ambos estilos tenían sus ventajas, pero estaba claro que en este momento se imponía la temeridad: no había tiempo para la duda.

Lissa y yo habíamos sido amigas desde la guardería, cuando nuestra maestra nos puso juntas para aprender a escribir. Forzar a unas niñas de cinco años a deletrear «Vasilisa Dragomir» y «Rosemarie Hathaway» era algo que sobrepasaba en mucho lo que podríamos considerar un trato ruel y las dos —o mejor dicho, yo— respondimos de forma apropiada. Le tiré el libro a la maestra y le dije que era una bastarda fascista. Yo no conocía el significado de esas palabras, pero sí sabía cómo atinarle a un objetivo en movimiento.

Desde entonces Lissa y yo nos hicimos inseparables.

—¿Has oído eso? —me preguntó de repente.

Me llevó varios segundos captar lo que sus sentidos más afinados que los míos ya habían hecho. Escuché los pasos de alguien que andaba muy deprisa. Hice una mueca. Nos quedaban todavía otras dos manzanas para llegar a nuestro destino.

—Tendremos que correr para conseguirlo —le dije, agarrándola del brazo.

—Pero tú no puedes...

—Corre.

Necesité toda mi fuerza de voluntad para no desmayarme en la acera. Mi cuerpo no quería correr después de haber perdido sangre ni mientras aún estaba metabolizando los efectos de la saliva de Lissa, pero ordené a mis músculos que dejaran de quejarse y me apoyé en ella cuando nuestros pies comenzaron a golpear el cemento. En circunstancias normales la habría superado corriendo sin hacer mucho esfuerzo —sobre todo porque Lissa iba descalza—, pero esa noche, ella era lo único que tenía para mantenerme derecha.

Los pasos de nuestro perseguidor se oían cada más cerca y con mayor fuerza. Veía unas oscilantes estrellas negras ante los ojos. Justo delante de nosotras localicé el Honda verde de Jeremy. Oh, Señor, si pudiéramos conseguirlo...

A diez pasos del coche nos interceptó directamente un hombre. Nos detuvimos con un ruido chirriante y tiré del brazo de Lissa hacia atrás. Era él, el tipo que había visto al otro lado de la calle. Era mayor que nosotras, quizás en la mitad de la veintena, y tan alto como había imaginado: probablemente sobrepasaba los dos metros. En otras circunstancias, quiero decir, si no estuviera impidiendo nuestra

huida desesperada, hubiera pensado que estaba bastante bueno. Llevaba el pelo castaño a la altura de los hombros, atado en una corta cola de caballo. También los ojos eran de color marrón oscuro. Vestía un largo abrigo marrón, creo que era eso que llaman un guardapolvo.

Sin embargo, ese enorme atractivo carecía ahora de importancia. Simplemente era un obstáculo que nos impedía a Lissa y a mí acceder al coche y a la libertad. Detrás de nosotras, los pasos disminuyeron su ritmo y comprendimos que los perseguidores nos habían atrapado. También detecté más movimiento a los lados, es decir, más gente que se aproximaba. Dios. Debían de haber enviado al menos a una docena de guardias para capturarnos. No me lo podía creer. Ni la misma reina viajaba con tanta compañía.

Me dio un ataque de pánico y actué por instinto, fuera de control y sin tener en cuenta ningún tipo de racionalidad.

Tiré de Lissa hasta colocarla a mis espaldas y lejos del hombre que parecía ser el líder.

—Dejen que se marche —les gruñí—. No la toquen.

Su rostro resultaba impenetrable, pero alzó las manos en lo que aparentemente era una especie de gesto de calma, como si yo fuera un animal rabioso al que pretendiera sedar.

—No voy a...

Dio un paso al frente, que le colocó muy cerca de nosotras.

Le ataqué, saltando hacia delante en una maniobra ofensiva que no había utilizado desde hacía dos años, no al me-nos desde que Lissa y yo habíamos comenzado nuestra fuga. El movimiento era estúpido, otra reacción nacida del instinto y el miedo. Y además, no tenía futuro alguno. Él era un guardián entrenado, no un novato que no hubiera finalizado aún su entrenamiento. Tampoco estaba débil ni al borde del desmayo.

Y, chico, bien rápido que era. Había olvidado lo veloces que podían ser los guardianes y que se movían y golpeaban como cobras. Me dejó fuera de combate con tanta rapidez como habría aplastado una mosca: sus manos impactaron en mí y me mandaron hacia atrás. No creo que pretendiera golpearme con tanta fuerza, sino que simplemente intentaba apartarme, pero mi falta de coordinación interfirió con mi habilidad para responder. Incapaz de controlar las piernas, comencé a caer

DOS

imitri Beli-lo-que-sea era bastante listo, debería admitirlo, por muy odioso que me resultara. Después de transportarnos hasta el aeropuerto y embarcarnos en el jet privado de la Academia, nos había echado una ojeada mientras susurrábamos entre nosotras y ordenó que nos separasen.

—No les dejen hablar entre ellas —advirtió al guardián encargado de escoltarme hasta la parte trasera del reactor—. Si las dejan cinco minutos juntas, se les ocurrirá un plan de fuga.

Le lancé una mirada envenenada y salí disparada pasillo adelante. La verdad

era quehabíamos estado planeando precisamente eso.

Pero tal como andaban las cosas, no pintaban nada bien para nuestros héroes —o en este caso más bien heroínas—. Nuestras probabilidades disminuyeron todavía más en cuanto estuvimos en el aire. Aun imaginando que ocurriera un milagro y consiguiéramos deshacernos de los diez guardianes al completo, tendríamos más de un problemilla para salir del avión. Suponía que por alguna parte debía de haber paracaídas a bordo, pero en el caso improbable de que fuéramos capaces de activar alguno, aún quedaba ese asunto poco relevante de cómo íbamos a sobrevivir, teniendo en cuenta que aterrizaríamos en algún lugar de las Montañas Rocosas.

No, no podríamos salir de este jet hasta que nos bajásemos de él en algún lugar al otro lado de los bosques de Montana. Me tocaría pensar en algo entonces, algo que supondría deshacernos de las defensas mágicas de la Academia y diez veces la misma cantidad de guardianes que teníamos aquí. Ah, sí, claro, sin problemas.

Aunque Lissa estaba sentada en la parte delantera con el ruso, su miedo llegaba en oleadas hasta mí, golpeando de forma insistente el interior de mi cerebro como si fuera un martillo, pero pude controlar mi furia debido a mi preocupación por ella. No la podían volver a llevar allí; otra vez a ese lugar, no. Me pregunté si Dimitri hubiera llegado a tener dudas en el caso de que pudiese sentir

D

lo que yo sentía en esos momentos y supiera lo que yo sabía. Probablemente, no. A él le daba igual.

Tal como estaba la cosa, las emociones de mi amiga se intensificaron tanto que durante un momento sentí una cierta sensación de desorientación, como si me encontrara sentada en su asiento e incluso dentro de su propia piel. Me ocurría algunas veces: ella me atraía hasta introducirme en su mente sin aviso de ninguna clase. La alta estructura ósea de Dimitri estaba sentada allí a mi lado y mi mano — la suya— se aferraba a una botella de agua. Él se había inclinado para tomar algo y el gesto reveló los seis diminutos símbolos tatuados en la parte posterior del

cuello: las marcasmolníja. Tenían el aspecto de dos líneas quebradas, con un trazo

similar al de los relámpagos, entrecruzadas en forma de equis, y cada una de ellas equivalía a un strigoi al que había matado. Por encima de ellas había una raya retorcida, como una especie de serpiente, que lo señalaban como guardián, la marca de la promesa.

Pestañeé con furia y puse una mueca mientras luchaba contra esa atracción a fin de regresar a mi propia mente. Odiaba esa situación cada vez que se producía. Una cosa era sentir las emociones de Lissa, y otra muy distinta deslizarme en su interior; era algo que ambas aborrecíamos. Ella lo consideraba una invasión de su intimidad, de modo que cuando sucedía no solía comentárselo, ya que de todas formas ninguna de los dos era capaz de controlarlo. Ésa era otra de las consecuencias del vínculo existente entre nosotras, un vínculo que ninguna de las dos comprendía del todo. Existían leyendas acerca de las conexiones psíquicas trabadas entre los guardianes y sus moroi, pero esas historias no mencionaban nada parecido a esto, de modo que nos apañábamos con este tema lo mejor que podíamos.

Casi al final del vuelo, Dimitri se acercó a mi asiento e intercambió el lugar con el guardián situado junto a mí. Yo aparté la mirada hacia otro lado adrede y me quedé mirando por la ventanilla con la mente en blanco.

Pasó un buen rato en silencio. Por fin, él dijo:

—¿De verdad ibas a atacarnos a todos? —no le contesté—. Hacer eso... protegerla de ese modo... es algo muy valiente —realizó una pausa—. Estúpido, pero valiente, sin duda. ¿Por qué lo intentaste siquiera?

Me aparté el pelo del rostro y volví la vista atrás, de moldo que pudiéramos mirarnos directamente a los ojos.

—Porque soy su guardiana.

—Eh, camarada.

Él siguió andando y no me dedicó ni una mirada.

—¿Ahora te han entrado ganas de hablar?

—¿Nos llevas a presencia de Kirova?

—Directora Kirova —me corrigió. Desde su otro costado, Lissa me lanzó una

mirada cuyo significado era «no empieces a liarla».

—Directora o lo que sea, sigue siendo una estirada y vieja perr...

Mis palabras se desvanecieron conforme los guardias nos introducían a través

de una serie de accesos directos hacia las zonas comunes. Suspiré. ¿De verdad esta

gente podía ser tan cruel? Debía de haber al menos una docena de caminos para llegar a la oficina de Kirova, pero nos llevaban justo por el que atravesaba las zonas comunes.

Y era la hora del desayuno.

Los guardias novicios —dhampir como yo— y los moroi se sentaban juntos, comiendo y relacionándose, con los rostros iluminados por cualquiera que fuese el cotilleo que mantuviera a la Academia en ascuas en ese momento. Cuando entramos, el fuerte zumbido de las conversaciones se detuvo de repente, como si alguien hubiera pulsado un interruptor. Cientos de pares de ojos se giraron hacia nosotros.

Les devolví las miradas a mis antiguos compañeros de clase con una mueca perezosa, intentando captar en qué podían haber cambiado las cosas. En nada. O al menos no lo parecía. Camille Conta seguía teniendo el mismo aspecto remilgado de lagartona perfectamente acicalada que recordaba, y aún era la líder autoproclamada de la camarilla de los moroi de sangre real de la Academia. Al otro extremo, la desgarbada prima de Lissa, Natalie, nos observaba con los ojos dilatados, tan inocente e ingenua como siempre.

Y al lado opuesto de la habitación... bueno, eso sí que era interesante. Aaron. El pobrecito Aaron que sin duda se había quedado con el corazón destrozado cuando Lissa se marchó. Tenía el mismo aire adorable de siempre, incluso algo más ahora, con el aura dorada que tan bien casaba con la de ella. Sus ojos seguían todos sus movimientos. Sí, definitivamente, no la había olvidado. Y era una pena, porque Lissa nunca había estado tan colada por él. Creo que tan sólo salió con él porque parecía que era lo que se esperaba de ella.

Pero lo que me pareció más interesante de todo esto fue que, aparentemente, Aaron había dado con una manera de pasar el tiempo sin ella. A su lado, sujetándole de una mano, se encontraba una chica moroi con aspecto de tener once años, aunque debía de ser mayor, a menos que él se hubiera convertido en pedófilo en nuestra ausencia. Tenía el aspecto de una muñequita de porcelana con sus pequeñas mejillas redondeadas y sus tirabuzones rubios. Una malvada y muy enojada muñeca de porcelana. Se aferró a su mano con fuerza y le lanzó a Lissa una mirada de odio tan ardiente que me dejó aturdida. ¿De qué infiernos iba todo esto? Yo no la conocía, y supuse que sólo era una novia celosa y nada más. El caso es que era normal estar muy enfadada si tu chico mira a alguien de esa manera.

Misericordiosamente, nuestro paseo de la vergüenza terminó, aunque nuestro nuevo decorado, la oficina de la directora Kirova, no es que mejorara mucho las cosas. La vieja bruja tenía la misma apariencia que yo recordaba: alta y delgada, como la mayoría de los moroi, con la nariz afilada y el pelo gris. Siempre me recordaba a un buitre. La conocía muy bien gracias al montón de tiempo que había pasado en su oficina.

La mayoría de nuestros escoltas se marchó en cuanto Lissa y yo nos sentamos, momento a partir del cual me sentí bastante menos prisionera. Sólo se quedaron Dimitri y Alberta, la capitana de los guardianes de la escuela. Tomaron posiciones junto a la pared, adoptando esa apariencia estoica y aterradora tan propia de su trabajo.

Kirova fijó sus ojos airados en nosotras y abrió la boca para empezar lo que sin duda sería una sesión de quejas de primera categoría, pero una voz profunda y amable la detuvo.

—Vasilisa.

Sorprendida, advertí en ese momento que había alguien más en la estancia, aunque no me había dado cuenta al principio. Era un descuido imperdonable en un guardián, incluso en un novicio.

Con una considerable dosis de esfuerzo, Victor Dashkov se alzó de una silla

de la esquina. Elpríncipe Victor Dashkov. Lissa se levantó de un salto y corrió hacia

él, arrojando los brazos alrededor de su cuerpo frágil.

—Tío —susurró, y su voz sonó al borde de las lágrimas cuando intensificó el abrazo.

—Rose no me secuestró —terció Lissa; sentía una gran inquietud en su fuero interno, pero transmitía aplomo en el semblante y el tono de voz—. Era yo quien quería irse, no la culpe.

La señora Kirova nos chistó a ambas para hacernos callar y recorrió la oficina de un lado a otro con las manos enlazadas tras su estrecha espalda.

—Señorita Dragomir, según lo que a día de hoy obra en mi conocimiento, seguro que usted pudo ser perfectamente la que orquestara todo el plan, pero era

responsabilidadde ella asegurarse de que usted no lo llevara a cabo. Si hubiera

cumplido con su deber, habría notificado esto a quien correspondiese. Si hubiera cumplido con su deber, la habría mantenido a salvo.

Yo repliqué de forma instantánea.

—¡Yo he cumplido con mi deber! —grité, saltando de mi silla. Dimitri y Alberta dieron un respingo pero no me hicieron nada ya que no intenté golpear a nadie. Al menos todavía—. ¡La he mantenido a salvo! ¡La he protegido incluso cuando ninguno de ustedes hizo nada por ella! —acompañé mi defensa con un gesto que abarcó a todos los ocupantes de la habitación—. Me la llevé para apartarla del peligro, hice lo que debía hacer, algo que ninguno de ustedes hizo, por cierto.

Lissa estaba intentando hacerme llegar mensajes de calma a través del lazo que nos unía, urgiéndome a que no dejase que la ira eclipsara lo mejor de mí, pero ya era tarde.

Kirova permaneció mirándome fijamente con rostro inexpresivo.

—Señorita Hathaway, perdóneme si no soy capaz de seguir la lógica de su argumento al entender que usted pretende que sacarla de un lugar muy bien protegido y defendido con recursos mágicos es lo que entiende por protección. A menos que haya algo más que no nos haya contado.

Me mordí el labio.

—Ya veo. Bien, entonces. Según mi estimación, el único motivo por el cual usted se marchó, además de por el afán de novedad que tanto le atrae, sin duda, fue para evitar las consecuencias de esa horrible y destructiva hazaña que cometió inmediatamente antes de su desaparición.

—No, ése no es…

—Y esto sólo hace mi decisión más fácil. Como es una moroi, la princesa debe continuar aquí en la Academia por su propia seguridad, aunque no tenemos las mismas obligaciones en lo que a usted se refiere. La enviaremos fuera tan pronto como sea posible.

De golpe, se me acabó la chulería.

—¿Qué yo… qué?

Lissa se puso a mi lado.

—¡No puede hacer eso! Es mi guardiana.

—Ella no es nada de eso, particularmente teniendo en cuenta que ni siquiera posee ese rango, ya que aún es una novicia.

—Pero mis padres…

—Conozco la voluntad de sus padres, que Dios dé descanso a sus almas, pero las cosas han cambiado y la señorita Hathaway es prescindible. No se merece ser guardiana, así que se irá.

Me quedé mirando fijamente a Kirova, incapaz de creer lo que estaba escuchando.

—¿A dónde va a enviarme? ¿Con mi madre a Nepal? ¿Sabe ella siquiera que

me he escapado? ¿O es que se le ha ocurrido mandarme con mi padre? —

entrecerró los ojos ante la mordacidad con la que pronuncié la última palabra. Cuando hablé de nuevo, mi voz sonó tan fría que apenas pude reconocerla como mía—. O quizá me va a largar de aquí para que me convierta en una prostituta de sangre. Inténtelo y nos habremos marchado antes de que haya finalizado el día.

—Señorita Hathaway —siseó ella—, está pasándose de la raya.

—Tienen una conexión —la voz de Dimitri, grave y con acento, rompió la tensión del instante y todos nos volvimos hacia él. Tuve la sensación de que Kirova se había olvidado de que él estaba presente, pero yo no. Su presencia era demasiado poderosa para poder ignorarla. Estaba allí de pie, contra la pared, con el aspecto de un centinela vestido de cowboy con aquel ridículo guardapolvo largo que llevaba. Me miró a mí, no a Lissa, y sus ojos oscuros me atravesaron—. Rose sabe lo que siente Vasilisa, ¿a qué sí?

Al menos me quedó la satisfacción de ver cómo Kirova bajaba la guardia mientras paseaba la mirada entre nosotras y Dimitri.