

















































Prepara tus exámenes y mejora tus resultados gracias a la gran cantidad de recursos disponibles en Docsity
Gana puntos ayudando a otros estudiantes o consíguelos activando un Plan Premium
Prepara tus exámenes
Prepara tus exámenes y mejora tus resultados gracias a la gran cantidad de recursos disponibles en Docsity
Prepara tus exámenes con los documentos que comparten otros estudiantes como tú en Docsity
Encuentra los documentos específicos para los exámenes de tu universidad
Estudia con lecciones y exámenes resueltos basados en los programas académicos de las mejores universidades
Responde a preguntas de exámenes reales y pon a prueba tu preparación
Consigue puntos base para descargar
Gana puntos ayudando a otros estudiantes o consíguelos activando un Plan Premium
Comunidad
Pide ayuda a la comunidad y resuelve tus dudas de estudio
Ebooks gratuitos
Descarga nuestras guías gratuitas sobre técnicas de estudio, métodos para controlar la ansiedad y consejos para la tesis preparadas por los tutores de Docsity
Libro de Paulo cohelo puedes hacer un ensayo sobre eso y un resumen
Tipo: Monografías, Ensayos
1 / 57
Esta página no es visible en la vista previa
¡No te pierdas las partes importantes!


















































Una novela sobre la locura
Verónica es una joven que tiene los mismos sueños y deseos que cualquier persona de su edad. Es guapa, cuenta con un buen trabajo y no le faltan pretendientes. Su vida transcurre sin mayores sobresaltos, sin grandes alegrías ni grandes tristezas. Pero Verónica no es feliz. Por eso, la mañana del 11 de noviembre de 1997, Verónica decide morir. Sueños y fantasías. Deseo y muerte. locura y pasión. Verónica, en su camino hacia la muerte, descubre que cada segundo de la existencia es una opción que tomamos entre la alternativa de seguir adelante o de abandonar. Verónica experimenta placeres nuevos y halla un nuevo sentido a la vida, un sentido que le había permanecido oculto hasta ahora, cuando ya es demasiado tarde para echarse atrás.
Paulo Coelho (Río de Janeiro, 1947) se inició en el mundo de las letras como autor teatral. Después de trabajar como letrista para los grandes nombres de la canción popular brasileña, se dedicó al periodismo y a escribir guiones para televisión. Con la publicación de sus primeros libros, El Peregrino de Compostela (Diario de un Mago) (1987) y El Alquimista (1998), Paulo Coelho inició un camino lleno de éxitos que le ha consagrado como uno de los grandes escritores de nuestro tiempo. Publicadas en más de cien países, las obras de Paulo Coelho han sido traducidas a cuarenta y tres idiomas. Además de recibir destacados premios y menciones internacionales, en 1996 el ministro de Cultura francés lo nombró Caballero de las Artes y las Letras. En la actualidad es consejero especial de la UNESCO para el programa de convergencia espiritual y diálogos interculturales. En 1999 ha recibido el premio Cristal Award que concede el Foro Económico Mundial, la prestigiosa distinción Chevalier de l´Ordre National de la Legión d´Honneur del gobierno francés y la Medalla de Oro de Galicia.
Oh, María, sin pecado concebida, rogad por nosotros, que recurrimos a Vos. Amén.
Para S. T. de L., que comenzó a ayudarme sin que yo lo supiera
He aquí que os di el poder de pisar serpientes... y nada podrá causaros daño. Lucas, 10, 19
El día 11 de noviembre de 1997, Veronika decidió que había llegado, por fin, el momento de matarse. Limpió cuidadosamente su cuarto alquilado en un convento de monjas, apagó la calefacción, se cepilló los dientes y se acostó. De la mesita de noche sacó las cuatro cajas de pastillas para dormir En vez de juntarlas y diluirlas en agua, resolvió tomarlas una por una, ya que existe gran distancia entre la intención y el acto y ella quería estar libre para arrepentirse a mitad de. camino. Sin embargo, a cada comprimido que tragaba se sentía más convencida; al cabo de cinco minutos las cajas estaban vacías. Como no sabía exactamente cuánto tiempo iba a tardar en perder la conciencia, había dejado encima de la cama una revista francesa, Homme, edición de aquel mes, recién llegada a la biblioteca donde trabajaba. Aún cuando no tuviese ningún interés especial por la informática, al hojear la revista había descubierto un artículo sobre un juego de ordenador (CD—ROM le llamaban) creado por Paulo Coelho, un escritor brasileño al que había tenido la oportunidad de conocer en una conferencia en el café del hotel Gran Unión. Ambos habían intercambiado algunas palabras, y ella había terminado siendo convidada por su editor a una cena que se celebraba esa noche. Pero el grupo era grande, y no hubo posibilidad de profundizar en ningún tema. El hecho de haber conocido al autor, sin embargo, la llevaba a pensar que él formaba parte de su mundo, y leer algo sobre su trabajo podía ayudarla a pasar el tiempo. Mientras esperaba la muerte, Veronika comenzó a leer sobre informática, un tema que no le interesaba en absoluto, y esto armonizaba con todo lo que había hecho durante toda su vida, siempre buscando lo más fácil o lo que se hallara al alcance de la mano. Como aquella revista, por ejemplo. Para su sorpresa, no obstante, la primera línea del texto la sacó de su pasividad natural (los somníferos aún no se habían disuelto en el estómago, pero Veronika ya era pasiva por naturaleza) e hizo que, por primera vez en su vida, considerase como verdadera una frase que estaba muy de moda entre sus amigos: «nada en este mundo sucede por casualidad». ¿Por qué aquella primera línea, justamente en un momento en que había comenzado a morir? ¿Cuál era el mensaje oculto que tenía ante sus ojos, si es que existen mensajes ocultos en vez de casualidades? Debajo de una ilustración del tal juego de ordenador, el periodista comenzaba su escrito preguntando: «¿Dónde está Eslovenia?»
Cuando encontraran su cuerpo, concluirían que se había suicidado porque una revista no sabía dónde estaba su país. Se rió ante la idea de ver una polémica en los diarios, con gente de acuerdo o en desacuerdo con su suicidio en honor a la causa nacional. Y se quedó impresionada al reflexionar sobre la rapidez con que había cambiado de idea, ya que momentos antes pensaba exactamente lo opuesto: que el mundo y los problemas geográficos ya no le importaban nada. Escribió la carta. El momento de buen humor hizo que tuviera otros pensamientos respecto a la necesidad de morir, pero ya se había tomado las pastillas y era demasiado tarde para arrepentirse. De cualquier manera, ya había tenido momentos de buen humor como ése, y no se estaba suicidando porque fuera una mujer triste y amargada que viviera víctima de una constante depresión. Había pasado muchas tardes de su vida recorriendo despreocupada las calles de Ljubljana o mirando, desde la ventana de su cuarto en el convento, la nieve que caía en la pequeña plaza donde se hallaba emplazada la estatua del poeta. Cierta vez se había quedado casi un mes flotando en las nubes porque un hombre desconocido, en el centro de aquella misma plaza, le había dado una flor. Se consideraba una persona perfectamente normal. Su decisión de morir se debía a dos razones muy simples, y estaba segura de que si dejaba una nota explicándolas, mucha gente la comprendería. La primera razón: todo en su vida era igual y, una vez pasada la juventud, vendría la decadencia, la vejez le dejaría marcas irreversibles, llegarían las enfermedades y se alejarían los amigos. En fin, continuar viviendo no añadía nada; al contrario, las posibilidades de sufrimiento se incrementaban notablemente. La segunda razón era más filosófica: Veronika leía la prensa, miraba la televisión, estaba informada de lo que pasaba en el mundo. Todo estaba mal, y a ella le era imposible remediar aquella situación, lo que le daba una sensación de inutilidad total. Dentro de poco, sin embargo, tendría la última experiencia de su vida, y ésta prometía ser muy diferente: la muerte. Escribió la carta para la revista, dejó el asunto a un lado, y se concentró en cosas más importantes y más propias de lo que estaba viviendo —o muriendo— en aquel minuto. Procuró imaginar cómo sería morir, pero no consiguió llegar a ningún resultado. De cualquier manera, no tenía que preocuparse por eso, pues lo sabría en pocos minutos. ¿Cuántos minutos? No tenía idea. Pero le encantaba pensar que iba a conocer la respuesta a lo que todos se preguntaban: ¿Dios existe? Al contrario de mucha gente, ésta no había sido la gran discusión interior de su vida. En el antiguo régimen comunista, la educación oficial afirmaba que la vida acababa con la muerte, y ella terminó acostumbrándose a la idea. Por otro lado, la generación de sus padres y de sus abuelos aún asistía a la iglesia, solía orar y hacer peregrinaciones y estaba absolutamente convencida de que Dios prestaba atención a todo lo que le confiaban. A los veinticuatro años, después de haber vivido todo lo que le había sido permitido vivir —y hay que reconocer que no fue poco—, Veronika tenía casi la certeza absoluta de que todo acababa con la muerte. Por eso había escogido el suicidio: la libertad, por fin. El olvido para siempre. En el fondo de su corazón quedaba la duda: ¿y si Dios existe? Miles de años de civilización hacían del suicidio un tabú, una afrenta a todos los códigos religiosos: el hombre lucha para sobrevivir, y no para entregarse. La raza humana debe procrear La sociedad precisa de mano de obra. Una pareja necesita una razón para continuar unida, incluso después de que el amor se extinga, y un país requiere de soldados, políticos y artistas. «Si Dios existe, lo que yo sinceramente no creo, sabrá que el entendimiento del hombre tiene un límite. Fue Él quien creó este caos, donde reinan la miseria, la injusticia, la codicia, la soledad. Su intención debe de haber sido excelente, pero los resultados son nefastos. Si Dios existe, Él será generoso con las criaturas que deseen alejarse más pronto de esta Tierra, y puede ser que hasta llegue a pedir disculpas por habernos obligado a pasar por aquí.» Que se fueran al diablo los tabús y las supersticiones. Su religiosa madre le decía: Dios conoce el pasado, el presente y el futuro. En este caso, ya la había colocado en este mundo con plena conciencia de que ella terminaría suicidándose, y no se sorprendería por su gesto. Veronika comenzó a sentir un leve mareo, que fue creciendo rápidamente. A los pocos minutos ya no podía centrar su atención en la plaza que se extendía ante su ventana. Sabía que era invierno, debían de ser alrededor de las cuatro de la tarde, y el sol se estaba poniendo rápidamente. Sabía que otras personas continuarían viviendo; en ese momento, un muchacho que pasaba frente a su ventana la miró, sin, no obstante, tener la menor idea de que ella estaba a punto de morir Un grupo de músicos bolivianos (¿dónde está Bolivia?; ¿por qué los artículos de las revistas no preguntan eso?) tocaba delante de la estatua de Francè Preseren, el gran poeta esloveno que marcara profundamente el alma de su pueblo. ¿Llegaría a poder escuchar hasta el fin la música que provenía de la plaza? Sería un bello recuerdo de esta vida: el atardecer, la melodía que contaba los sueños del otro lado del mundo, el cuarto templado y acogedor; el muchacho guapo y lleno de vida que había pasado, había decidido detenerse y ahora se dirigía hacia ella. Como se daba cuenta de que las pastillas ya estaban haciendo efecto, él sería, con toda seguridad, la última persona que vería. Él sonrió. Ella retribuyó la sonrisa: no tenía nada que perder. Él la saludó con la mano; ella decidió fingir que estaba mirando otra cosa, al fin y al cabo el muchacho estaba queriendo ir demasiado lejos. Desconcertado, él continuó su camino, olvidando para siempre aquel rostro en la ventana.
Pero Veronika se quedó satisfecha de haber sido deseada una vez más. No era por ausencia de amor por lo que se estaba suicidando. No era por falta de cariño de su familia, ni problemas financieros, o por una enfermedad incurable. Veronika había decidido morir aquella bonita tarde de Ljubljana, con músicos bolivianos tocando en la plaza, con un joven pasando frente a su ventana, y estaba contenta con lo que sus ojos veían y sus oídos escuchaban. Pero aún estaba más contenta de no tener que contemplar aquellas mismas cosas durante treinta, cuarenta o cincuenta años más, pues irían perdiendo toda su originalidad al estar inmersas en la tragedia de una vida donde todo se repite, y el día anterior es siempre igual al siguiente. El estómago, ahora, empezaba a dar vueltas y ella se sentía muy mal. «Qué gracia; pensé que una sobredosis de tranquilizantes me haría dormir inmediatamente.» Pero lo que le sucedía era un extraño zumbido en los oídos y la sensación de vómito. «Si vomito, no moriré.» Decidió olvidar los cólicos, procurando concentrarse en la noche que caía con rapidez, en los bolivianos, en las personas que comenzaban a cerrar sus tiendas y salir El ruido en el oído se hacía cada vez más agudo y, por primera vez desde que había ingerido las pastillas, Veronika sintió miedo, un miedo terrible ante lo desconocido. Pero fue rápido. En seguida perdió la conciencia. Cuando abrió los ojos, Veronika no pensó «esto debe de ser el cielo». En el cielo jamás se utilizaría una lámpara fluorescente para iluminar el ambiente, y el dolor (que apareció una fracción de segundo después) era típico de la Tierra. ¡Ah, este dolor de la Tierra! Es único, no puede ser confundido con nada. Quiso moverse, y el dolor aumentó. Aparecieron una serie de puntos luminosos, y aún así Veronika continuó entendiendo que aquellos puntos no eran estrellas del Paraíso, sino consecuencia de su intenso sufrimiento. —Has recuperado la conciencia —declaró una voz de mujer—. Ahora estás con los dos pies en el infierno, aprovecha. No, no podía ser; aquella voz la estaba engañando. No era el infierno, porque sentía mucho frío, y notaba que tubos de plástico salían de su boca y de su nariz. Uno de estos tubos —el introducido por su garganta hasta el fondo— era el que le producía la sensación de ahogo. Quiso moverse para retirarlo, pero los brazos estaban atados. —Estoy bromeando, no es el infierno —continuó la voz—. Es peor que el infierno donde, además, yo nunca estuve. Es Villete. A pesar del dolor y de la sensación de sofocamiento, Veronika, en una fracción de segundo, entendió lo que había pasado. Había intentado suicidarse y alguien había llegado a tiempo para salvarla. Podía haber sido una monja, una amiga que la hubiera ido a visitar sin avisar, o alguien que se acordó de entregar algo que ella ya había olvidado haber pedido. El hecho es que había sobrevivido y estaba en Villete. Villete, el famoso y temido manicomio que existía desde 1991, año de la independencia del país. En aquella época, creyendo que la división de Yugoslavia se produciría de forma pacífica (al fin y al cabo, Eslovenia enfrentó apenas once días de guerra), un grupo de empresarios europeos consiguió licencia para instalar un hospital para enfermos mentales en un antiguo cuartel, abandonado por causa de los altos costes de mantenimiento. Lentamente, sin embargo, las guerras comenzaron: primero fue la de Croacia; después, la de Bosnia. Los empresarios se preocuparon: el dinero para la inversión provenía de capitalistas esparcidos por diversas partes del mundo, cuyos nombres ni sabían, de modo que era imposible sentarse ante ellos, dar algunas disculpas y pedirles que tuvieran paciencia. Resolvieron el problema adoptando prácticas nada recomendables para un asilo psiquiátrico, y Villete pasó a simbolizar para la joven nación, que acababa de salir de un comunismo tolerante, lo que había de peor en el capitalismo: bastaba pagar para conseguir una plaza. Muchas personas, cuando querían desembarazarse de algún miembro de la familia por causa de desacuerdos en torno a una herencia (o de algún comportamiento inconveniente), gastaban una fortuna y conseguían un certificado médico que permitía el internamiento de los hijos o los padres que eran fuente de problemas. Otros, para huir de deudas o justificar ciertas actitudes que podían acarrear largas estancias en prisión, pasaban algún tiempo en el asilo y salían libres de cualquier peligro de proceso judicial. Villete, el lugar de donde nadie jamás había huido. Que mezclaba a los verdaderos locos —enviados allí por la justicia o por otros hospitales— con aquellos que eran acusados de locura, o la fingían. El resultado era una verdadera confusión, y la prensa a cada momento publicaba historias de malos tratos y abusos, aún cuando jamás tuviera permiso para entrar a ver lo que estaba sucediendo. El gobierno investigaba las denuncias, no conseguía pruebas, los accionistas amenazaban con propagar que era difícil hacer inversiones externas en el país y la institución conseguía mantenerse en pie, cada vez más fuerte. —Mi tía se suicidó hace pocos meses —continuó la voz femenina—. Había pasado casi ocho años sin ganas de salir de su cuarto, comiendo, engordando, fumando, tomando calmantes y durmiendo la mayor parte de su tiempo. Tenía dos hijas y un marido que la amaba. Veronika intentó mover su cabeza en dirección a la voz, pero era imposible. —Tan sólo la vi reaccionar una sola vez: cuando el marido encontró una amante. Entonces ella armó escándalos, perdió peso, rompió vasos y durante semanas enteras no dejó dormir a los vecinos con sus gritos. Por más extraño que parezca, creo que fue su época más feliz: estaba luchando por algo, se sentía viva y capaz de reaccionar ante el desafío que se le presentaba.
Pero, además del hecho de vivir en un país en el que los extranjeros, alegremente, venían a felicitarlo por la belleza de la capital (que estaba en el país vecino), Paulo Coelho tenía en común con Veronika el hecho que ya fue descrito aquí pero que siempre conviene recordar: también había sido internado en un sanatorio para enfermos mentales, «de donde nunca debió haber salido», como comentó cierta vez su primera mujer. Pero salió. Y cuando dejó la Casa de Salud del Doctor Eiras por última vez, decidido a nunca más volver allá, hizo dos promesas: a) juró que escribiría sobre el asunto; b) juró esperar a que sus padres muriesen antes de hacerlo público porque no quería herirlos, ya que los dos habían pasado muchos años de sus vidas culpándose por lo que habían hecho. Su madre murió en 1993. Pero su padre, que en 1997 había cumplido ochenta y cuatro años, a pesar de tener enfisema pulmonar sin nunca haber fumado, a pesar de alimentarse con comida congelada porque no conseguía tener una asistenta que controlara sus manías, continuaba vivo, en pleno gozo de sus facultades mentales y de su salud. De modo que, al oír la historia de Veronika, él descubrió la manera de hablar sobre el tema sin faltar a su promesa. Aunque nunca hubiera pensado en el suicidio, conocía íntimamente el universo de un asilo: los tratamientos, las relaciones entre médicos y pacientes, el consuelo y la angustia de estar en un lugar como aquél. Entonces dejemos a Paulo Coelho y Veronika, la amiga, salir definitivamente de este libro, y continuemos el relato.
Veronika no sabe cuánto tiempo estuvo durmiendo. Recordaba haberse despertado en algún momento, aún con los aparatos de supervivencia en su boca y su nariz, al oír una voz que le decía: —¿Quieres que te masturbe? Pero ahora, con los ojos bien abiertos y mirando la habitación a su alrededor, no sabía si aquello había sido real o una alucinación. Aparte de esto , no conseguía recordar nada, absolutamente nada. Le habían retirado los tubos, pero continuaba con agujas clavadas por todo el cuerpo, cables conectados en la zona del corazón y de la cabeza, y los brazos atados. Estaba desnuda, cubierta apenas por una sábana, y sentía frío, pero decidió no quejarse. El pequeño ambiente, rodeado de cortinas verdes, estaba ocupado por las máquinas de la unidad de tratamiento intensivo, la cama donde estaba acostada y una silla blanca, con una enfermera sentada entretenida en la lectura de un libro. La mujer, esta vez, tenía ojos oscuros y cabellos castaños. Aún así, Veronika se quedó con la duda de si era la misma persona con quien había conversado horas —¿o días?— antes. —¿Puede desatarme los brazos? La enfermera levantó los ojos, respondió con un seco «no» y volvió al libro. Estoy viva, pensó Veronika. Va a empezar todo otra vez. Tendré que pasar un tiempo aquí dentro, hasta que comprueben que estoy perfectamente normal. Después me darán de alta, y volveré a ver las calles de Ljubljana, su plaza redonda, los puentes, las personas que pasan por las calles yendo y volviendo del trabajo. Como las personas siempre tienden a ayudar a las otras —sólo para sentirse mejores de lo que realmente son—, me volverán a emplear en la biblioteca. Con el tiempo, volveré a frecuentar los mismos bares y discotecas, conversaré con mis amigos sobre las injusticias y los problemas del mundo, iré al cine, pasearé por el lago. Dado que elegí las pastillas, no he estropeado mi físico en absoluto: continúo siendo joven, bonita, inteligente, y no tendré —como nunca tuve dificultades para conseguir novio. Haré el amor con él en su casa, o en el bosque, obtendré un cierto placer, pero después del orgasmo la sensación de vacío volverá. Ya no tendremos mucho sobre lo que conversar, y tanto él como yo lo sabemos: llega el momento de darnos una disculpa mutua («es tarde» o «mañana tengo que levantarme temprano») y partiremos lo más rápidamente posible, evitando mirarnos a los ojos. Yo vuelvo a mi cuarto alquilado en el convento. Intento leer un libro, enciendo el televisor para ver los mismos programas de siempre, coloco el despertador para despertarme exactamente a la misma hora que el día anterior, repito mecánicamente las tareas que me son confiadas en la biblioteca. Como el sándwich en el jardín frente al teatro sentada en el mismo banco, junto con otras personas que también escogen los mismos bancos para almorzar, que tienen la misma mirada vacía, pero fingen estar ocupadas con cosas importantísimas. Después vuelvo al trabajo, escucho algunos comentarios sobre quién está saliendo con quién, quién está sufriendo tal cosa, cómo tal persona lloró por culpa del marido, y me quedo con la sensación de que soy bonita, tengo empleo y consigo el amante que quiero. Después regreso a los bares hacia el fin del día y después todo vuelve a empezar. Mi madre (que debe de estar preocupadísima por mi intento de suicidio) se recuperará del susto y continuará preguntándome qué voy a hacer de mi vida, porque no soy igual a las otras personas, ya que, al fin y al cabo, las cosas no son tan complicadas como yo pienso que son. «Fíjate en mí, por ejemplo, que llevo años casada con tu padre y procuré darte la mejor educación y los mejores ejemplos posibles.» Un día me canso de oírle repetir siempre lo mismo y, para contentarla, me caso con un hombre a quien yo misma me impongo amar Ambos terminaremos encontrando una manera de soñar ; juntos con nuestro futuro, la casa de campo, los i hijos, el futuro de nuestros hijos. Haremos mucho el amor el primer año, menos el segundo, a partir del tercero quizás pensaremos en el sexo una vez cada quince días y transformaremos ese
pensamiento en acción apenas una vez al mes. Y, peor que eso, apenas hablaremos. Yo me esforzaré por aceptar la situación, y me preguntaré en qué he fallado, ya que no consigo interesarlo, no me presta la menor atención y vive hablando de sus amigos como si fuesen realmente su mundo. Cuando el matrimonio esté apenas sostenido por un hilo, me quedaré embarazada. Tendremos un hijo, pasaremos algún tiempo más próximos uno del otro y pronto la situación volverá a ser como antes. Entonces empezaré a engordar como la tía de la enfermera de ayer, o de días atrás, no sé bien. Y empezaré a hacer régimen, sistemáticamente derrotada cada día, cada semana, por el peso que insiste en aumentar a pesar de todo el control. A estas alturas, tomaré algunas drogas mágicas para no caer en la depresión y tendré algunos hijos en noches de amor que pasan demasiado de prisa. Diré a todos que los hijos son la razón de mi vida, pero, en verdad, ellos exigen mi vida como razón. La gente nos considerará siempre una pareja feliz y nadie sabrá lo que existe de soledad, de amargura, de renuncia, detrás de toda esa apariencia de felicidad. Hasta que un día, cuando mi marido tenga su primera amante, yo tal vez protagonice un escándalo como la tía de la enfermera, o piense nuevamente en suicidarme. Pero entonces ya seré vieja y cobarde, con dos o tres hijos que necesitan mi ayuda, y debo educarlos, colocarlos en el mundo, antes de ser capaz de abandonar todo. Yo no me suicidaré: haré un escándalo, amenazaré con irme con los niños. Él, como todos los hombres, retrocederá, dirá que me ama y que aquello no volverá a repetirse. Nunca se le pasará por la cabeza que, si yo resolviese realmente irme, la única elección posible sería la casa de mis padres, y quedarme allí el resto de la vida teniendo que escuchar todos los días a mi madre lamentándose porque perdí una oportunidad única de ser feliz, que él era un excelente marido a pesar de sus pequeños defectos y que mis hijos sufrirán mucho por causa de la separación. Dos o tres años después, otra mujer aparecerá en su vida. Yo lo descubriré (porque lo veré o porque alguien me lo contará), pero esta vez fingiré ignorarlo. Gasté toda mi energía luchando contra la amante anterior, no sobró nada, es mejor aceptar la vida tal como es en realidad y no como yo la imaginaba. Mi madre tenía razón. El seguirá siendo amable conmigo, yo continuaré mi trabajo en la biblioteca, con mis sándwiches en la plaza del teatro, mis libros que nunca consigo terminar de leer, los programas de televisión que continuarán siendo los mismos de aquí a diez, veinte o cincuenta años. Sólo que comeré los sándwiches con sentimiento de culpa, porque estoy engordando; y ya no iré a bares, porque tengo un marido que me espera en casa para cuidar a los hijos. A partir de ahí, todo se reduce a esperar a que los chicos crezcan y pensar todos los días en el suicidio, sin valor para llevarlo a cabo. Un buen día, llego a la conclusión de que la vida es así, de que es inútil rebelarse, de que nada cambiará. Y me conformo. Veronika concluyó su monólogo interior, y se hizo a sí misma una promesa: no saldría de Villete con vida. Era mejor acabar con todo ahora, mientras aún tuviera valor y salud para morir. Se durmió y despertó varias veces, notando que el número de aparatos a su alrededor disminuía, el calor de su cuerpo aumentaba y las enfermeras cambiaban de rostro, pero siempre había alguien al lado de ella. Las cortinas verdes dejaban pasar el sonido de alguien llorando, gemidos de dolor, o voces que susurraban cosas en tono calmo y profesional. De vez en cuando se oía el zumbido distante de un aparato, y ella escuchaba pasos apresurados en el corredor En esos momentos las voces perdían su tono profesional y tranquilo y pasaban a ser tensas, dando órdenes rápidas. En uno de sus momentos de lucidez, una enfermera le preguntó: —¿No quiere saber su estado? —Ya sé cuál es —respondió Veronika—. Y no es el que está viendo en mi cuerpo; es el que está sucediendo en mi alma. La enfermera aún intentó conversar un poco, pero Veronika fingió que dormía. Por primera vez, cuando abrió los ojos se dio cuenta de que había cambiado de lugar: estaba en lo que parecía ser una gran enfermería. La aguja de un frasco de suero aún continuaba clavada en su brazo, pero todos los otros cables y agujas habían sido retirados. Un médico alto, cuya tradicional ropa blanca contrastaba con los cabellos y el bigote artificialmente teñidos de negro, se encontraba de pie, frente a su cama. A su lado, un joven practicante sostenía una carpeta y tomaba notas. —¿Cuánto tiempo llevo aquí? —preguntó Veronika, notando que hablaba con cierta dificultad, sin conseguir pronunciar bien las palabras. —Dos semanas en esta habitación después de cinco días en la unidad de emergencia —replicó el mayor de los hombres—. Y dé gracias a Dios por estar aún aquí. El más joven pareció sorprendido, como si esta última frase no estuviese en consonancia con la ; realidad. Veronika, de inmediato, notó su reacción y su instinto se alertó: ¿había estado más tiempo? ¿Aún corría algún riesgo? Empezó a prestar atención a cada gesto, a cada movimiento de ambos; sabía que era inútil hacer preguntas, ellos jamás le dirían la verdad, pero, si era lista, podría entender lo que estaba sucediendo. —Díganos su nombre, dirección, estado civil y fecha de nacimiento —continuó el hombre mayor—. Veronika sabía su nombre, su estado civil y su fecha de nacimiento, pero advirtió que había espacios en blanco en su memoria: no conseguía acordarse bien de su dirección.
La cama de Veronika era la más alejada de la puerta —entre ella y la enfermera había casi veinte camas—. Se levantó con dificultad porque, si era verdad lo que había dicho el médico, llevaba casi tres semanas sin caminar La enfermera levantó los ojos y vio a la joven que se aproximaba cargando su frasco de suero. —Quiero ir al lavabo —susurró Veronika, temerosa de despertar a las otras internas. La mujer, con un gesto desganado, señaló a una puerta. La mente de Veronika trabajaba rápidamente, buscando en todas partes una salida, una brecha, una manera de escapar de aquel lugar «Tiene que ser en seguida, mientras piensan que aún estoy frágil, incapaz de reaccionar» Miró cuidadosamente a su alrededor El cuarto de baño era un cubículo sin puerta. Si quería salir de allí, tendría que sujetar a la vigilante y dominarla para conseguir la llave, pero estaba demasiado débil para hacer eso. —¿Esto es una prisión? —preguntó a la vigilante, que había abandonado la lectura y ahora seguía todos sus movimientos. —No. Es un manicomio. —Yo no estoy loca. La mujer rió. —Es exactamente lo que todos dicen aquí. —Está bien. Entonces soy una loca. ¿Qué es un loco? La mujer dijo a Veronika que no debía quedarse mucho tiempo de pie y la envió de vuelta a su cama. —¿Qué es un loco? —insistió Veronika. —Pregúnteselo al médico mañana. Y váyase a dormir o tendré que aplicarle un calmante. Veronika obedeció. En el camino de vuelta, escuchó a alguien susurrar desde una de las camas: —¿No sabes lo que es un loco? Por un instante pensó en no responder: no quería hacer amigos, establecer círculos sociales, conseguir aliados para una gran sublevación en masa. Tenía sólo una idea fija: la muerte. En el caso de que le resultara imposible huir, 'se las arreglaría para suicidarse allí mismo, lo antes posible. Pero la mujer repitió la misma pregunta que ella había hecho a la vigilante: —¿No sabes lo que es un loco —¿Quién eres? —Mi nombre es Zedka. Ve hasta tu cama. Después, cuando la vigilante piense que ya estás acostada, arrástrate por el suelo hasta aquí. Veronika regresó a su lugar y esperó a que la vigilante volviera a concentrarse en el libro. ¿Qué era un loco? No tenía la menor idea, porque esa palabra se utilizaba de una manera completamente anárquica: decían, por ejemplo, que ciertos deportistas estaban locos por desear superar récords. O que los artistas eran locos porque vivían de una manera insegura, inesperada, diferente de todos los Normales». Por otro lado, Veronika ya había visto a mucha gente andando por las calles de Ljubljana, mal abrigada durante el invierno, predicando el fin del mundo y empujando carritos de supermercado llenos de bolsas y trapos. No tenía sueño. Según el médico, había dormido casi una semana, demasiado tiempo para quien estaba habituado a una vida sin grandes emociones pero con horarios rígidos de descanso. ¿Qué era un loco? Quizás fuera mejor preguntárselo a uno de ellos. Veronika se agachó, retiró la aguja clavada en su brazo y se fue hasta donde estaba Zedka, intentando no hacer caso a su estómago, que empezaba a dar vueltas; no sabía si. el mareo era el resultado de su corazón debilitado o del esfuerzo que estaba haciendo. —No sé lo que es un loco —susurró Veronika—, pero yo no lo soy. Soy una suicida frustrada. —Loco es quien vive en un mundo propio. Como los esquizofrénicos, los psicópatas, los maníacos. O sea, personas que son diferentes de las demás. —¿Como tú? —Sin embargo —continuó Zedka, fingiendo no haber oído el comentario—, ya debes de haber oído hablar de Einstein, que afirmaba que no había tiempo ni espacio, sino una fusión de ambos. O de Colón, que aseguraba que al otro lado del mar no había un abismo, sino un continente. O de Edmund Hillary, que confirmaba que un hombre podía llegar a la cumbre del Everest. O de los Beatles, que crearon una música diferente y se vestían de manera totalmente innovadora. Todas estas personas, y millares de otras, también vivían en su mundo. «Esta demente está diciendo cosas con sentido», pensó Veronika, acordándose de las historias que su madre le contaba acerca de santos que afirmaban hablar con Jesús o con la Virgen María. ¿Vivían en un mundo aparte? —Una vez vi a una mujer con un vestido rojo, escotado, con los ojos vidriosos, andando por las calles de Ljubljana cuando el termómetro marcaba cinco grados bajo cero. Pensé que estaría borracha y fui a ayudarla, pero ella rechazó mi abrigo. —Quizás en su mundo fuese verano, y su cuerpo estuviera caliente por el deseo de alguien a quien esperaba. Y aunque esa otra persona existiese apenas en su delirio, ella tiene el derecho de vivir y morir como quiera, ¿no crees? Veronika no sabía qué decir, pero las palabras de aquella loca tenían sentido. ¿Quién sabe si no era la misma mujer que había visto semidesnuda en las calles de Ljubljana?
—Te contaré una historia —dijo Zedka—. Un poderoso hechicero, queriendo destruir un reino colocó una poción mágica en un pozo del que todos sus habitantes bebían. Quien tomase aquella agua, se volvería loco. »A la mañana siguiente, toda la población bebió y todos enloquecieron, menos el rey, que tenía un pozo privado para él y su familia, donde el hechicero no había conseguido entrar El monarca, preocupado, intentó controlar a la población ordenando una serie de medidas de seguridad y de salud pública, pero los policías e inspectores habían bebido el agua envenenada, y juzgando absurdas las disposiciones reales, decidieron no respetarlas de manera alguna. »Cuando los habitantes de aquel reino se enteraron del contenido de los decretos, quedaron convencidos de que el soberano había enloquecido y por eso disponía cosas sin sentido. A gritos fueron hasta el castillo exigiendo que renunciase. »Desesperado, el rey se declaró dispuesto a dejar el trono, pero la reina lo impidió diciendo: «Vayamos ahora hasta la fuente y bebamos también. Así nos volveremos iguales a ellos.» »Y así se hizo: el rey y la reina bebieron el agua de la locura y empezaron inmediatamente a decir cosas sin sentido. Al momento sus súbditos se arrepintieron: ahora que el rey estaba mostrando tanta sabiduría, ¿por qué no dejarle gobernar? »El país continuó en calma, aunque sus habitantes se comportasen de manera muy diferente a sus vecinos. Y el rey pudo gobernar hasta el fin de sus días. Veronika se rió. —Tú no pareces loca —dijo. —Pero lo soy, aunque esté siendo curada, porque mi caso es simple: basta recolocar en el organismo una determinada sustancia química. Sin embargo, espero que esa sustancia se limite tan sólo a resolver mi problema de depresión crónica; quiero continuar loca viviendo mi vida de la manera que yo sueño y no de la manera en que otros desean. ¿Sabes lo que hay allá afuera, detrás de los muros de Villete? —Gente que bebió del mismo pozo. —Exactamente —dijo Zedka—. Creen que son normales porque todos hacen lo mismo. Voy a fingir que también bebí de aquella agua. —Pues yo bebí y éste es, justamente, mi problema. Nunca tuve depresión, ni grandes alegrías o tristezas que durasen mucho. Mis problemas son iguales a los de todo el mundo. Zedka permaneció en silencio unos momentos y luego replicó: —Tú vas a morir, nos dijeron. Veronika vaciló un instante: ¿podría confiar en aquella extraña? Pero tenía que arriesgarse. —Sólo dentro de cinco o seis días. Estoy pensando si existe un medio de morir antes. Si tú, o alguien de aquí dentro, consiguiera obtener nuevos comprimidos, estoy segura de que mi corazón no lo soportaría esta vez. Comprende todo lo que estoy sufriendo por estar esperando la muerte, y ayúdame. Antes de que Zedka pudiese responder, la enfermera apareció con una jeringuilla en la mano. —Puedo inyectársela yo misma —dijo—. Pero si no hubiera colaboración, puedo pedir a los guardas de allí afuera que me ayuden. —No malgastes tus energías —le recomendó Zedka a Veronika—. Guarda tus fuerzas si quieres conseguir lo que me pides. Veronika se levantó, volvió a su cama y dejó que la enfermera cumpliese su tarea. Fue su primer día normal en un asilo de locos. Salió de la enfermería y tomó café en el gran refectorio donde hombres y mujeres comían juntos. Observó que, al contrario de lo que solía mostrarse en las películas sobre el tema (escándalos, griterío, personas haciendo gestos demenciales), todo parecía envuelto en un aura de silencio opresivo; daba la impresión de que nadie deseara compartir su mundo interior con extraños. Después de un desayuno de calidad aceptable (no se podía culpar a las comidas de la pésima fama de Villete), salieron todos a tomar el sol. A decir verdad, no había sol en absoluto: la temperatura estaba bajo cero y el jardín se encontraba cubierto de nieve. —No estoy aquí para conservar mi vida, sino para perderla —dijo Veronika a uno de los enfermeros. —Aún así, tiene que salir para el baño de sol. —Ustedes sí que están locos, ¡no hay sol! —Pero hay luz, y la luz ayuda a calmar a los internos. Por desgracia nuestro invierno es muy largo; si no fuera así, tendríamos menos trabajo. Era inútil discutir: salió y caminó un poco mirando todo a su alrededor, buscando disimuladamente una manera de huir El muro era alto, como exigían los constructores de cuarteles antiguos, pero las garitas para centinelas estaban desiertas. El jardín estaba bordeado por edificios de apariencia militar, que en la actualidad albergaban enfermerías masculinas, femeninas, las oficinas de la administración y las dependencias de los empleados. Al acabar una primera y rápida inspección, notó que el único lugar realmente vigilado era el portón principal, donde dos guardias verificaban la identidad de todos los que entraban y salían. Todo parecía irse ordenando en su cerebro. Para hacer un ejercicio de memoria, intentó acordarse de pequeñas cosas, como el lugar donde dejaba la llave de su cuarto, el último disco que había comprado, el último pedido que le habían hecho en la biblioteca. —Soy Zedka —dijo una mujer acercándose. La noche anterior no había podido ver su rostro, pues estuvo agachada al lado de la cama durante todo el tiempo que duró la conversación. Ella debía de tener unos treinta y cinco años y parecía absolutamente normal.
—Nada, sólo estaba pasando. Todos intercambiaron miradas e hicieron algunos gestos exagerados con la cabeza. Uno comentó a otro: «ella sólo estaba pasando», otro lo repitió en voz más alta y al poco tiempo todos estaban gritando juntos la misma frase. Veronika no sabía qué hacer y se quedó paralizada de miedo. Un enfermero fuerte y malcarado se acercó para ver lo que sucedía. —Nada —respondió uno del grupo—. Ella sólo estaba pasando. ¡Está parada ahí, pero continuará pasando! El grupo entero estalló en carcajadas. Veronika asumió un aire irónico, sonrió, dio media vuelta y se alejó para que nadie notase que sus ojos se llenaban de lágrimas. Salió directamente al jardín, sin abrigarse. Un enfermero intentó convencerla de que volviese, pero pronto apareció otro que le susurró algo y los dos se alejaron, dejándola a la intemperie. No valía la pena molestarse en cuidar la salud de una persona condenada. Veronika se hallaba confusa, tensa, irritada consigo misma. Jamás se había dejado llevar por provocaciones; había aprendido muy pronto que era preciso mantener el aire frío y distante siempre que se presentaba una situación nueva. Aquellos locos, sin embargo, habían conseguido hacer que sintiese vergüenza, miedo, rabia, ganas de matarlos, de herirlos con palabras que no hubiera osado decir. Quizás las pastillas, o el tratamiento para arrancarla del estado de coma, la hubiesen transformado en una mujer frágil, incapaz de reaccionar por sí misma. ¡Ya había enfrentado situaciones mucho peores en su adolescencia y, por primera vez, no había conseguido controlar el llanto! Necesitaba volver a ser quien era, saber reaccionar con prestancia, fingir que las ofensas nunca la herían, pues ella era superior a todos. ¿Quién de aquel grupo hubiera tenido el coraje de desear la muerte? ¿Quiénes de aquellas personas podían querer enseñarle algo sobre la vida, si estaban todas escondidas tras los muros de Villete? Nunca dependería para nada de su ayuda, aunque tuviera que esperar cinco o seis días para morir. Un día ya pasó. Quedan apenas cuatro o cinco.»Anduvo un poco, dejando que el frío intenso entrase en su cuerpo y calmara la sangre que circulaba de prisa, el corazón que latía demasiado rápido. «Muy bien, aquí estoy yo, con las horas literalmente contadas y concediendo importancia a los comentarios de gente que nunca vi y que en breve nunca más veré. Y yo sufro, me irrito, quiero atacarlos y defenderme. ¿Para qué perder el tiempo con todo esto?» La realidad, no obstante, era que estaba malgastando el escaso tiempo que le restaba en luchar por su espacio en un ambiente extraño donde era preciso resistir o, en caso contrario, los otros impondrían sus reglas. «No es posible. Yo nunca fui así. Yo nunca luché por nimiedades:» Se detuvo en medio del gélido jardín. Justamente porque consideraba que la realidad era un absurdo, había terminado aceptando lo que la vida le había impuesto de manera natural. En la adolescencia, pensaba que era demasiado pronto para escoger; ahora, en plena juventud, se había convencido de que era demasiado tarde para cambiar ¿Y en qué había gastado su energía hasta ese momento? En intentar que todo en su vida continuase igual. Había sacrificado muchos de sus deseos para que sus padres la continuasen queriendo como la querían de pequeña, aún sabiendo que el verdadero amor cambia con el tiempo y crece y descubre nuevas maneras de expresarse. Cierto día, cuando había escuchado a su madre decir entre sollozos que su matrimonio había acabado, Veronika fue a buscar al padre, lloró, amenazó y finalmente le arrancó la promesa de que él no se iría de la casa, sin pensar en el alto precio que los dos debían de estar pagando por causa de eso. Cuando decidió buscar un empleo, dejó pasar una tentadora oferta de una empresa que acababa de instalarse en su recién creado país para aceptar el trabajo en la biblioteca pública donde el dinero era escaso pero seguro. Iba a trabajar todos los días en el mismo horario, siempre dejando claro a sus jefes que no la viesen como una amenaza. Ella estaba satisfecha, no aspiraba a luchar para crecer; todo lo que deseaba era su sueldo a fin de mes. Alquiló el cuarto en el convento porque las monjas exigían que todas las inquilinas regresaran a una hora determinada y después cerraban la puerta con llave: quien se quedara afuera tendría que dormir en la calle. Así ella siempre podía dar una disculpa verdadera a sus sucesivos amantes para no verse obligada a pasar la noche en hoteles o camas extrañas. Cuando soñaba con casarse, se imaginaba siempre en un pequeño chalet en las afueras de Ljubljana, con un hombre que fuese diferente de su padre, que ganase sólo lo suficiente para mantener a su familia y que fuera feliz con el hecho de estar los dos juntos en una casa con el hogar encendido, contemplando las montañas cubiertas de nieve. Se había educado a sí misma para dar a los hombres una cantidad exacta de placer: ni más, ni menos, apenas el necesario. No sentía rabia hacia nadie, porque eso hubiera significado tener que reaccionar, combatir a un enemigo y después soportar consecuencias imprevisibles, como la venganza. Y cuando obtuvo cuanto deseaba en la vida, llegó a la conclusión de que su existencia no tenía sentido, porque todos los días eran iguales, y decidió morir. Veronika volvió a entrar y se dirigió al grupo que se encontraba reunido en una de las esquinas de la sala. Las personas conversaban animadamente, pero se callaron cuando ella se aproximó. Se dirigió directamente hacia el hombre más viejo, que parecía ser el jefe. Antes de que nadie pudiese detenerla, le dio un sonoro bofetón. —¿Va a reaccionar? —preguntó bien alto, para que la oyesen todos en la sala—. ¿Va a hacer algo?
—No. —El hombre se pasó la mano por la cara. Un pequeño hilo de sangre se escurría de su nariz—. Tú no nos vas a perturbar por mucho tiempo. Ella dejó la sala de estar y caminó hacia la enfermería con aire triunfante. Había hecho algo que jamás había realizado antes en su vida. Tres días habían pasado desde el incidente con el grupo que Zedka llamaba la Fraternidad. Estaba arrepentida de la bofetada, pero no por miedo a la reacción del hombre, sino porque había hecho algo diferente. Si seguía así podía terminar convencida de que la vida valía la pena, y sería un sufrimiento inútil, ya que tenía que partir de este mundo de cualquier manera. Su única salida fue alejarse de todo y de todos, intentar de todas las formas ser como era antes, obedecer las órdenes y los reglamentos de Villete. Se adaptó a la rutina impuesta por la clínica: levantarse temprano, desayuno, paseo por el jardín, almuerzo, sala de estar, nuevo paseo por el jardín, cena, televisión y cama. Antes de dormir, una enfermera aparecía siempre con medicamentos. Todas las otras mujeres tomaban comprimidos, ella era la única a quien aplicaban una inyección. Nunca protestó; sólo quiso saber por qué le prescribían tanto calmante, ya que nunca había tenido dificultades para conciliar el sueño. Le explicaron que la inyección no era un somnífero, sino un remedio para su corazón. Y así, al aceptar obedientemente la rutina, los días del hospital fueron tornándose iguales y, al ser iguales, transcurrían más rápidamente. En dos o tres días más ya no sería necesario cepillarse los dientes o peinarse. Veronika percibía cómo su corazón se iba debilitando rápidamente: perdía el aliento con facilidad, sentía dolores en el pecho, no tenía apetito y se mareaba al hacer cualquier esfuerzo. Después del incidente con la Fraternidad había llegado a pensar algunas veces: «Si yo pudiera elegir, si hubiera comprendido que mis días eran iguales porque así yo lo deseaba, tal vez...» Pero la respuesta era siempre la misma: «No hay tal vez porque no hay elección.» Y la paz interior volvía, porque todo estaba determinado. En ese período desarrolló una relación (no una amistad, porque la amistad exige una larga convivencia, y eso sería imposible) con Zedka. Jugaban a las cartas (lo que ayuda a que el tiempo transcurra más velozmente) y a veces paseaban juntas, en silencio, por el jardín. Aquel día por la mañana, después del desayuno, todos salieron para tomar «el baño de sol», conforme exigía el reglamento. Un enfermero, sin embargo, pidió a Zedka que volviese a la enfermería, pues era el día del «tratamiento». Veronika estaba acabando de tomar el café con ella y lo escuchó. —¿Qué es ese tratamiento? —Es un método antiguo, de la década de los sesenta, pero los médicos piensan que puede acelerar la recuperación. ¿Quieres verlo? —Pero tú dijiste que tenías depresión. ¿No es suficiente tomar la medicina para reponer la sustancia que falta? —¿Quieres verlo? —insistió Zedka. Si accedía, se saldría de la rutina, pensó Veronika. Descubriría nuevas cosas cuando ya no necesitaba aprender nada, sólo tener paciencia. Pero su curiosidad fue más fuerte, y ella asintió con la cabeza. —¡Esto no es una exhibición! —protestó el enfermero. —Ella va a morir Y no vivió nada. Deja que venga con nosotros. Veronika presenció cómo la mujer era atada a su cama, sin que la sonrisa abandonara sus labios. —Cuéntale lo que pasa —dijo Zedka al enfermero— para que no se asuste. Él se dio la vuelta y mostró una jeringa. Parecía feliz de ser tratado como un médico que explica a los practicantes los procedimientos correctos y los tratamientos adecuados. —En esta jeringa hay una dosis de insulina —explicó, confiriendo a sus palabras un tono grave y profesional—. Es usada por los diabéticos para combatir las altas tasas de azúcar Sin embargo, cuando la dosis es mucho más elevada que lo habitual, la caída en el nivel de azúcar puede provocar un estado de coma. Luego golpeó levemente la aguja, retiró el aire y la aplicó en la vena del pie derecho de Zedka. —Y eso es lo que va a suceder ahora. Ella entrará en un coma inducido. No se asuste si sus ojos se ponen vidriosos y no espere que la reconozca mientras esté bajo los efectos de la medicación. —Esto es horroroso, inhumano. Las personas luchan para salir del coma y no para entrar en ese estado patológico. —Las personas luchan para vivir y no para suicidarse —respondió el enfermero, pero Veronika ignoró la invectiva—. Y el estado de coma deja al organismo en reposo, sus funciones son drásticamente reducidas y la tensión existente desaparece. Mientras hablaba, inyectaba el líquido y los ojos de Zedka iban perdiendo brillo. —Quédate tranquila —le decía Veronika a Zedka—. Tú eres absolutamente normal. La historia que me contaste sobre el rey.. —No pierda el tiempo. Ella ya no la puede oír La mujer acostada en la cama, que minutos antes parecía lúcida y llena de vida, ahora tenía los ojos fijos en un punto indeterminado y un líquido espumoso salía de su boca. —¿Qué es lo que ha hecho? —gritó al enfermero. —Mi deber. Veronika empezó a llamar a Zedka, a gritar, a amenazar con denunciarlo a la policía, a los periódicos, a las organizaciones defensoras de los derechos humanos.
Al comienzo, Zedka había quedado fascinada por Villete y hasta llegó a pensar en ingresar en la Fraternidad cuando estuviese curada. Pero fue consciente de que, con un poco de buen criterio, podía continuar realizando en el mundo exterior todo lo que le gustaría hacer, mientras afrontaba los desafíos de la vida diaria. Bastaba mantener, como había dicho alguien, la locura controlada, llorar, preocuparse, irritarse como cualquier ser humano normal, sin olvidar jamás que, allí arriba, su espíritu se desentiende por completo de todas las situaciones difíciles. Pronto estaría de regreso en su casa, junto a sus hijos y su marido; y esta parte de la vida también tiene sus encantos. Evidentemente tendría dificultades para encontrar trabajo: en una ciudad pequeña como Ljubljana las noticias corren con rapidez, y su internamiento en Villete era ya sabido por mucha gente. Pero su marido ganaba lo suficiente como para proveer el sustento de la familia, y ella podría aprovechar el tiempo libre para continuar realizando sus viajes astrales sin la peligrosa acción de la insulina. Sólo había una cosa que no quería volver a sentir nunca más: el motivo que la había traído a Villete. La depresión. Los médicos aseguraban que una sustancia recién descubierta, la serotonina, era una de las responsables del estado del espíritu del ser humano. La carencia de serotonina interfería en la capacidad de concentrarse en el trabajo, dormir, comer y disfrutar de los momentos agradables de la vida. Cuando esta sustancia estaba completamente ausente, la persona sentía desesperanza, pesimismo, sensación de inutilidad, cansancio exagerado, ansiedad, dificultad para tomar decisiones, y terminaba sumergiéndose en una tristeza permanente que la conducía a la apatía completa o al suicidio. Otros médicos, más conservadores, opinaban que los cambios bruscos en la vida de alguien —como cambio de país, pérdida de un ser querido, divorcio, aumento de exigencias en el trabajo o en la familia— eran los responsables de la depresión. También algunos estudios modernos, basados en el número de internamientos producidos durante el invierno comparado con la cantidad de ingresos acontecidos en el verano, señalaban la falta de luz solar como una de sus posibles causas... En el caso de Zedka, sin embargo, las razones eran más simples de lo que todos suponían: había un hombre escondido en su pasado. O mejor dicho: la fantasía que había creado en torno a un hombre que había conocido mucho tiempo atrás. Qué absurdo. Depresión, obsesión por un hombre del que ya ni sabía dónde vivía, del cual se había enamorado perdidamente en su juventud puesto que, como todas las otras chicas de su edad, Zedka era una persona absolutamente normal y necesitaba pasar por la experiencia del amor imposible. Sólo que, al contrario que sus amigas, que apenas soñaban con el amor imposible, Zedka había decidido ir más lejos: intentaría conquistarlo. Él vivía al otro lado del océano, y ella vendió todo para ir a su encuentro. Él era casado, y ella aceptó el papel de amante, haciendo planes secretos para un día conquistarlo como marido. Él no tenía tiempo ni para sí mismo, pero ella se resignó a pasar días y noches en el cuarto de un hotel barato, esperando sus escasas llamadas telefónicas. A pesar de estar dispuesta a soportar todo en nombre del amor, la relación no funcionaba. Él nunca se lo dijo directamente, pero un día Zedka comprendió que no era bien recibida, y regresó a Eslovenia. Pasó algunos meses casi sin comer, recordando cada instante de los que estuvieron juntos, reviviendo miles de veces los momentos de alegría y placer en la cama, intentando descubrir alguna razón que le permitiese tener fe en el futuro de aquella relación. Sus amigos empezaron a preocuparse, pero algo en el corazón de Zedka le decía que aquello era pasajero: el proceso de crecimiento de una persona exige un cierto precio, que ella estaba pagando sin quejarse. Y así fue: cierta mañana se levantó con unas inmensas ganas de vivir, se alimentó como no hacía desde mucho tiempo atrás y salió a la calle a buscar empleo. Y no sólo encontró empleo, sino que consiguió ser objeto de las atenciones de un joven guapo, inteligente, deseado por muchas mujeres. Un año después se hallaba casada con él. Despertó la envidia y el aplauso de sus amigas. Los dos se fueron a vivir a una casa confortable, con el jardín orientado hacia el río que cruza Ljubljana. Tuvieron hijos y viajaron por Austria e Italia durante el verano. Cuando Eslovenia decidió separarse de Yugoslavia, él se vio obligado a enrolarse en el ejército. Zedka era serbia, o sea «el enemigo», y su vida pareció a punto de desplomarse. En los diez días de tensión subsiguientes, con las tropas listas para enfrentarse y sin que se supiera bien cuáles serían las consecuencias de la declaración de independencia ni la sangre que sería necesario derramar por esa causa, Zedka fue consciente de cuánto amaba a su marido. Pasaba todas las horas rezando a un Dios que hasta entonces le había parecido distante, pero que ahora era su única salida: prometió a los santos y a los ángeles cualquier cosa con tal de tener a su marido de vuelta. Y así fue. Él retornó, los hijos pudieron ir a escuelas que enseñaban el idioma esloveno, y la amenaza de guerra se desplazó a la vecina república de Croacia. Pasaron tres años. La guerra de Yugoslavia con Croacia se trasladó a Bosnia, y empezaron a aparecer denuncias de masacres cometidas por los serbios. Zedka consideraba aquello injusto: juzgar criminal a toda una nación por causa de los desvaríos de algunos alucinados. Su vida pasó a tener un sentido que nunca había imaginado: defendió con orgullo y bravura a su pueblo, escribiendo en periódicos, apareciendo en la televisión, organizando conferencias. Nada de aquello dio resultado y hasta hoy los extranjeros continuaban pensando que todos los serbios eran responsables de las atrocidades; pero Zedka sabía que había cumplido con su deber y no había abandonado a sus hermanos en un momento difícil. Para ello había contado con el
apoyo de su marido esloveno, de sus hijos y de las personas que no eran manipuladas por la maquinaria de propaganda de ambos bandos. Una tarde pasó delante de la estatua de Preseren, el gran poeta esloveno, y se puso a meditar acerca de la vida del escritor A los treinta y cuatro años él había entrado una vez en una iglesia donde había visto a una muchacha adolescente, Julia Primic, de la cual se había enamorado perdidamente. Como los antiguos juglares, empezó a escribirle poemas, con la esperanza de casarse con ella. Sucede que Julia era hija de una familia de la alta burguesía y, con excepción de aquella visión fortuita dentro de la iglesia, Preseren nunca más consiguió aproximarse a ella. Pero aquel encuentro inspiró sus mejores versos y creó la leyenda en torno a su nombre. En la pequeña plaza central de Ljubljana, la estatua del poeta mantiene sus ojos fijos en una dirección: quien siga su mirada descubrirá, al otro lado de la plaza, un rostro de mujer esculpido en la pared de una de las casas. Era allí donde vivía Julia; Preseren, aún después de muerto, contempla a su amor imposible. ¿Y si hubiera luchado más? El corazón de Zedka se aceleró, quizás por el presentimiento de algo malo, como un accidente de sus hijos. Volvió corriendo a la casa: estaban viendo televisión y comiendo palomitas de maíz. La tristeza, sin embargo, no se disipó. Zedka se acostó, durmió casi doce horas seguidas y, cuando se despertó, no tenía ganas de levantarse. La historia de Preseren había hecho volver a su mente la imagen de aquel primer amante, de cuyo destino no volvió jamás a tener noticias. Y Zedka se preguntaba: ¿Habré insistido lo suficiente? ¿Debería haber aceptado el papel de amante en vez de querer que las cosas se amoldasen a mis expectativas? ¿Luché por mi primer amor con la misma fuerza con que he luchado por mi pueblo? Zedka se convenció de que sí, pero la tristeza no se alejaba. Lo que antes le parecía el paraíso —la casa cerca del río, el marido a quien amaba, los hijos comiendo palomitas de maíz delante de la televisión— comenzó a transformarse en un infierno. En esos momentos, después de muchos viajes astrales y de numerosos encuentros con espíritus desarrollados, Zedka sabía que todo aquello eran tonterías. Había usado su amor imposible como una disculpa, un pretexto para romper los lazos con la vida que llevaba y que estaba lejos de ser aquella que verdaderamente esperaba de sí misma. Pero desde hacía doce meses la situación era diferente: empezó a buscar frenéticamente al hombre distante, gastó fortunas en llamadas internacionales, pero él ya no vivía en la misma ciudad, y fue imposible localizarlo. Mandó cartas por correo certificado, que acababan siendo devueltas. Llamó a todos los amigos y amigas que lo conocían y nadie tenía la menor idea de qué había sido de él. Su marido no sabía nada, y esto la conducía a la locura, porque él debía por lo menos sospechar algo, hacer alguna escena, quejarse, amenazar con dejarla tirada en mitad de la calle. Pasó a creer que las oficinas de correos, las telefonistas internacionales y las amigas habían sido sobornadas por él, que fingía indiferencia. Vendió las joyas que le regalaron para su boda y compró un pasaje para partir al otro lado del océano, hasta que alguien la convenció de que América constituía un territorio inmenso y no servía de nada ir sin saber adónde llegar. Una tarde ella se acostó, sufriendo por amor como no había sufrido nunca antes, ni siquiera cuando tuvo que volver a la aburrida cotidianeidad de Ljubljana. Pasó aquella noche y todo el día siguiente en su habitación. Y otro más. Al tercer día, su marido llamó a un médico, ¡qué bueno era! ¿Cómo se preocupaba por ella! ¿Sería posible que ese hombre no entendiera que Zedka estaba intentando encontrarse con otro, cometer adulterio, cambiar su vida de mujer respetada por la de una simple amante escondida, dejar Ljubljana, su casa y sus hijos para siempre? El médico llegó, ella tuvo un ataque de nervios, cerró la puerta con llave y sólo la abrió cuando él se fue. Una semana después no tenía ganas ni de ir al cuarto de baño, y pasó a hacer sus necesidades fisiológicas en la cama. Ya ni siquiera pensaba: su cabeza estaba completamente absorbida por los fragmentos de memoria del hombre que —estaba convencida— también la buscaba sin conseguir encontrarla. El marido, irritantemente generoso, cambiaba las sábanas, pasaba la mano por su cabeza, le decía que todo terminaría bien. Los hijos no entraban en el cuarto desde que ella abofeteara a uno de ellos sin el menor motivo, y después se arrodillara y besara sus pies implorando disculpas, rasgando su camisón en pedazos para mostrar su desesperación y arrepentimiento. Después de otra semana, en el curso de la cual escupió la comida que le ofrecían, entró y salió varias veces de la realidad, pasó noches enteras en blanco y días enteros durmiendo, dos hombres entraron en su cuarto sin llamar Uno de ellos la sujetó, otro le aplicó una inyección y ella se despertó en Villete. —Depresión —había escuchado que el médico decía a su marido—, a veces provocada por los motivos más banales. Falta un elemento químico, la serotonina, en su organismo. —Exactamente. Esta vez voy a responderte sin rodeos: la locura es la incapacidad de comunicar tus ideas. Como si estuvieras en un país extranjero, viendo todo, entendiendo lo que pasa a tu alrededor, pero incapaz de explicarte y de ser ayudada, porque no entiendes la lengua que hablan allí. —Todos nosotros ya sentimos eso. —Todos nosotros, de una manera u otra, estamos locos.
—Por eso estaba llorando —dijo Veronika—. Cuando tomé las pastillas yo quería matar a alguien que detestaba. No sabía que existían, dentro de mí, otras Veronikas a las que yo sabría amar. —¿Qué es lo que hace que una persona se deteste a sí misma? —Quizás la cobardía. O el eterno miedo de equivocarse, de no hacer lo que los otros esperan. Hace algunos minutos yo estaba alegre, había olvidado mi sentencia de muerte; cuando volví a entender la situación en que me encuentro, me asusté. La enfermera abrió la puerta y Veronika salió. Ella no podía haberme preguntado eso. ¿Qué quería, entender por qué lloré? ¿Acaso no sabe que soy una persona absolutamente normal, con deseos y miedos comunes a todo el mundo, y que ese tipo de preguntas, ahora que ya es tarde, puede hacerme entrar en pánico? Mientras caminaba por los corredores, iluminados por la misma débil lámpara que había en la enfermería, Veronika se daba cuenta de que era demasiado tarde: ya no conseguía controlar su miedo. «Tengo que dominarme. Soy alguien que lleva hasta el fin cualquier acto que decide hacer.» Era verdad que había llevado hasta las últimas consecuencias muchas acciones en su vida, pero sólo lo que no era importante (como prolongar enfados que un pedido de disculpas resolvería, o dejar de telefonear a un hombre del que estaba enamorada por considerar que aquella relación no la llevaría a ninguna parte). Había sido intransigente justamente en aquello que era más fácil: mostrarse a sí misma su fuerza e indiferencia, cuando en verdad era una mujer frágil, que jamás había conseguido destacar en los estudios, ni en las competiciones deportivas de su escuela, ni en su tentativa por mantener la armonía en su hogar. Había superado sus defectos más leves sólo para ser derrotada en lo que era importante y fundamental. Había conseguido tener la apariencia de mujer independiente cuando en verdad necesitaba desesperadamente una compañía. Llegaba a los sitios y todos la miraban, pero generalmente terminaba la noche sola, en el convento, mirando una televisión que ni siquiera sintonizaba bien los canales. Había dado a todos sus amigos la impresión de ser un modelo que ellos debían envidiar, y había gastado lo mejor de sus energías en comportarse a la altura de la imagen que ella se había creado. Por causa de eso nunca le habían sobrado fuerzas para ser ella misma: una persona que, como todas las de este mundo, necesitaba de los otros para ser feliz. ¡Pero los otros eran tan difíciles! Tenían reacciones imprevistas, vivían rodeados de defensas, actuaban también como ella, mostrando indiferencia en todo. Cuando llegaba alguien más abierto a la vida, o lo rechazaban inmediatamente o le hacían sufrir, considerándolo inferior e ingenuo. Muy bien: podía haber impresionado a mucha gente con su fuerza y determinación, ¿pero adónde había llegado? Al vacío. A la soledad completa. A Villete. A la antesala de la muerte. El remordimiento por la tentativa de suicidio volvió a aparecer, y Veronika volvió a apartarlo con firmeza. Porque ahora estaba sintiendo algo que nunca se había permitido sentir: odio. Odio. Hacia algo casi tan físico como paredes, o pianos, o enfermeras. Casi podía tocar la energía destructora que salía de su cuerpo. Dejó que el sentimiento llegase sin preocuparse de si era bueno o no; ya bastaba de autocontrol, de máscaras, de posturas convenientes. Veronika quería ahora pasar sus dos o tres días de vida siendo lo más inconveniente posible. Había empezado dando un bofetón en el rostro de un hombre mayor, había tenido un ataque con el enfermero, había rehusado ser simpática y conversar con los otros cuando quería estar sola, y ahora era lo suficientemente libre como para sentir odio, aunque también lo suficientemente lista como para no empezar a romper todo a su alrededor y tener que pasar el final de su vida bajo el efecto de sedantes en una cama de la enfermería. Detestó todo lo que pudo en aquel momento. A sí misma, al mundo, a la silla que tenía enfrente, a la calefacción rota en uno de los corredores, a las personas perfectas, a los criminales. Estaba internada en un psiquiátrico y podía sentir cosas que los seres humanos esconden de sí mismos, porque todos somos educados sólo para amar, aceptar, intentar descubrir una salida, evitar el conflicto. Veronika odiaba todo, pero odiaba principalmente la manera en que había conducido su vida, sin jamás descubrir los centenares de otras Veronikas que habitaban dentro de ella y que eran interesantes, locas, curiosas, valientes, arriesgadas. En un momento dado comenzó también a sentir odio por la persona que más amaba en el mundo: su madre. La excelente esposa que trabajaba de día y lavaba los platos de noche, sacrificando su vida para que su hija tuviese una buena educación, supiese tocar el piano y el violín, se vistiese como una princesa, comprase zapatillas y tejanos de marca mientras ella remendaba el viejo vestido que usaba desde hacía años. ¿Cómo puedo odiar a quien sólo me dio amor? ,pensaba Veronika, confusa, queriendo modificar sus sentimientos. Pero ya era demasiado tarde: el odio estaba liberado, ella había abierto las puertas de su infierno personal. Odiaba el amor que le había sido dado, porque no pedía nada a cambio, lo que es absurdo, irreal, contrario a las leyes de la naturaleza. El amor que no pedía nada a cambio conseguía llenarla de culpa, de ganas de corresponder a sus expectativas aunque eso significara abandonar todo lo que había soñado para ella misma. Era un amor que había intentado esconderle, durante años, los desafíos y la podredumbre del mundo, ignorando que un día ella se daría cuenta de eso y no tendría fuerzas para enfrentarlos. ¿Y su padre? Odiaba a su padre también. Porque, al contrario de su madre, que trabajaba todo el tiempo, él sabía vivir, la llevaba a los bares y al teatro, se divertían juntos, y cuando aún era joven ella lo había amado en
secreto, no como se ama a un padre, sino a un hombre. Lo odiaba porque siempre había sido tan encantador y tan abierto con todo el mundo, menos con su madre, la única que realmente merecía lo mejor. Odiaba todo. La biblioteca, con su montaña de libros llenos de explicaciones sobre la vida, el colegio donde había sido obligada a pasar noches enteras aprendiendo álgebra, aunque no conociese a ninguna persona — excepto los profesores y los matemáticos— que necesitase del álgebra para ser más feliz. ¿Por qué le habían hecho estudiar tanta álgebra, y geometría, y todas aquellas asignaturas absolutamente inútiles? Veronika empujó la puerta de la sala de estar, se acercó al piano, levantó su tapa y, con toda su fuerza, golpeó con las manos el teclado, un acorde loco, disonante, desquiciado, que resonaba en el ambiente vacío, chocando con las paredes y regresando a sus oídos bajo la forma de un ruido agudo que parecía arañar su alma. No obstante, ése era el mejor retrato de su alma en aquel momento. Volvió a golpear con las manos y nuevamente las notas disonantes reverberaron por todas partes.«Estoy loca. Puedo hacer esto. Puedo odiar y puedo aporrear el piano. ¿Desde cuándo los enfermos mentales saben disponer las notas en orden?»Golpeó el piano una, dos, diez, veinte veces y , cada vez que lo hacía su odio parecía disminuir, hasta que se disipó por completo. Entonces, nuevamente, la embargó una profunda paz y Veronika volvió a contemplar el cielo estrellado, con la luna en cuarto creciente —su favorita— llenando con suave luz el lugar donde se encontraba. Retornó la sensación de que el Infinito y la Eternidad eran inseparables, y bastaba contemplar a uno de ellos —como el Universo sin límites— para notar la presencia del otro, el Tiempo que no termina nunca, que no pasa, que permanece en el Presente, donde están todos los secretos de la vida. En el breve lapso transcurrido entre la enfermería y la sala, ella había sido capaz de odiar tan fuerte y tan intensamente que no le habían quedado rastros de rencor en el corazón. Había dejado que sus sentimientos negativos, reprimidos durante años en su alma, salieran finalmente a la superficie. Ella los había sentido, y ahora ya no los necesitaba más: podían partir. Se quedó en silencio, viviendo su instante presente, dejando que el amor ocupase el espacio vacío que había ocupado el odio. Cuando sintió llegado el momento, miró a la luna y tocó una sonata en su homenaje, sabiendo que ella la escuchaba, se sentía orgullosa y esto provocaba los celos de las estrellas. Tocó entonces una música dedicada a las estrellas, otra al jardín y una tercera a las montañas que no podía ver de noche pero sabía que estaban allí. En medio de la música para el jardín, otro loco apareció: Eduard, un esquizofrénico sin ninguna posibilidad de curación. Ella no se amedrentó con su presencia; por el contrario, sonrió y, para su sorpresa, él le devolvió la sonrisa. También en su mundo distante, más distante que la propia luna, la música era capaz de penetrar y hacer milagros.
«Tengo que comprar un llavero nuevo», pensaba el doctor Igor mientras abría la puerta de su pequeño consultorio en el sanatorio de Villete. El antiguo se estaba cayendo a pedazos, y el pequeño escudo de metal que lo adornaba se acababa de desprender y había caído al suelo. El doctor Igor se inclinó y lo recogió. ¿Qué haría con este escudo que mostraba el blasón de Ljubljana? Sería mejor tirarlo. Claro que también podía hacerlo arreglar, pidiendo que le hicieran una nueva presilla de cuero, o podía dárselo a su nieto para que jugara. Ambas alternativas le parecieron absurdas; el llavero era muy barato, y su nieto no tenía el menor interés en los escudos. Se pasaba el tiempo viendo televisión o divirtiéndose con juegos electrónicos importados de Italia. A pesar de eso, no lo tiró, sino que lo guardó en el bolsillo para decidir más tarde lo que haría con él. Por eso era el director de un sanatorio y no un paciente; porque reflexionaba mucho antes de tomar cualquier decisión. Encendió la luz: amanecía cada vez más tarde a medida que avanzaba el invierno. La ausencia de luz, así como los cambios de casa o los divorcios eran los principales responsables del aumento del número de casos de depresión. El doctor Igor deseaba intensamente que la primavera llegase pronto y resolviese sus problemas. Consultó la agenda del día. Tenía que tomar algunas medidas para impedir que Eduard muriese de hambre; su esquizofrenia lo tornaba imprevisible, y ahora había dejado de comer por completo. El doctor Igor ya había recetado alimentación endovenosa, pero no podía mantener aquello para siempre; Eduard tenía veintiocho años y era fuerte, pero a pesar del suero terminaría consumido, con aspecto esquelético. ¿Y cuál sería la reacción de su padre, uno de los más conocidos embajadores de la joven república eslovena, uno de los artífices de las delicadas negociaciones con Yugoslavia en los comienzos de los años noventa? A fin de cuentas, este hombre había conseguido trabajar durante años para Belgrado, había sobrevivido a sus detractores —que lo acusaban de haber servido al enemigo— y continuaba en el cuerpo diplomático, sólo que ahora representando a un país diferente. Era un hombre poderoso e influyente, temido por todos. El doctor Igor se preocupó un instante —como antes se había preocupado por el escudo del llavero—, pero pronto alejó el pensamiento de su cabeza: al embajador no le importaba mucho que su hijo tuviera buena o mala apariencia; no tenía intención de invitarlo a fiestas oficiales, ni hacer que lo acompañase por los diversos lugares donde era designado representante del gobierno. Eduard estaba en Villete, y allí se quedaría para siempre, o por lo menos durante el tiempo que su padre continuara percibiendo aquellos elevados emolumentos.