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video ratas del laberinto, Apuntes de Psicología del Aprendizaje

video ratas del laberinto de psicología del aprendizaje

Tipo: Apuntes

2020/2021

Subido el 15/03/2022

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VIDEO RATAS EN EL LABERINTO: LOS INICIOS DE LA
EXPERIMENTACIÓN EN PSICOLOGÍA DEL APRENDIZAJE
Cerca de Londres, en el municipio de Richmond upon Thames, se encuentra uno de
los edificios reales más impresionantes de Inglaterra, el palacio de Hampton Court.
Este palacio de estilo tudor, fue mandado construir por el cardenal Wolsey y
ofrecido como regalo a Enrique VIII, quien durante su reinado lo utilizó como
residencia oficial. Desde su proyecto original Hampton Court fue ampliándose y
modificándose hasta rodearse de jardines que fueron diseñados por el arquitecto
Sir Christopher Wren, para el rey Guillermo III. Los jardines de Hampton Court
incorporaban un laberinto hechos con setos de cierta altura, una práctica lúdica en
la decoración de jardines que se había extendido en la Edad Media y de cuya
popularidad en los siglos XVI y XVII dan también claro testimonio los jardines de
Versalles. Un laberinto de este tipo se ha conservado también hasta hoy en los
Reales Alcázares de Sevilla. El laberinto de Hampton Court iba a tener, además,
una significación muy particular en la historia de la Psicología.
El laberinto de Hampton Court inspiró la construcción de otros recorridos
semejantes destinados a facilitar la observación y el estudio del comportamiento
de las ratas en el laboratorio. El principal responsable de introducir el laberinto en
el laboratorio para estudiar el aprendizaje animal fue Willard Stanton Small.
Willard Stanton Small perteneció a la primera generación de psicólogos
norteamericanos que influidos por el pensamiento darwinista, se interesaron por la
mente de los animales. La idea de la continuidad evolutiva de los organismos que tan
convincentemente había defendido Darwin, había dado un gran impulso al estudio
de las capacidades mentales de las distintas especies. Se pensaba que comparando
unas con otras, se podrían obtener las pruebas que demostrases definitivamente
esa continuidad. El iniciador de este enfoque psicológico comparativo fue Darwin,
que en su libro: La expresión de las emociones en los animales y en el hombre
señaló la semejanza que había entre las expresiones emocionales de los seres
humanos y algunos comportamientos animales. El propósito de Darwin era
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VIDEO RATAS EN EL LABERINTO: LOS INICIOS DE LA

EXPERIMENTACIÓN EN PSICOLOGÍA DEL APRENDIZAJE

Cerca de Londres, en el municipio de Richmond upon Thames, se encuentra uno de los edificios reales más impresionantes de Inglaterra, el palacio de Hampton Court. Este palacio de estilo tudor, fue mandado construir por el cardenal Wolsey y ofrecido como regalo a Enrique VIII, quien durante su reinado lo utilizó como residencia oficial. Desde su proyecto original Hampton Court fue ampliándose y modificándose hasta rodearse de jardines que fueron diseñados por el arquitecto Sir Christopher Wren, para el rey Guillermo III. Los jardines de Hampton Court incorporaban un laberinto hechos con setos de cierta altura, una práctica lúdica en la decoración de jardines que se había extendido en la Edad Media y de cuya popularidad en los siglos XVI y XVII dan también claro testimonio los jardines de Versalles. Un laberinto de este tipo se ha conservado también hasta hoy en los Reales Alcázares de Sevilla. El laberinto de Hampton Court iba a tener, además, una significación muy particular en la historia de la Psicología.

El laberinto de Hampton Court inspiró la construcción de otros recorridos semejantes destinados a facilitar la observación y el estudio del comportamiento de las ratas en el laboratorio. El principal responsable de introducir el laberinto en el laboratorio para estudiar el aprendizaje animal fue Willard Stanton Small.

Willard Stanton Small perteneció a la primera generación de psicólogos norteamericanos que influidos por el pensamiento darwinista, se interesaron por la mente de los animales. La idea de la continuidad evolutiva de los organismos que tan convincentemente había defendido Darwin, había dado un gran impulso al estudio de las capacidades mentales de las distintas especies. Se pensaba que comparando unas con otras, se podrían obtener las pruebas que demostrases definitivamente esa continuidad. El iniciador de este enfoque psicológico comparativo fue Darwin, que en su libro: “La expresión de las emociones en los animales y en el hombre” señaló la semejanza que había entre las expresiones emocionales de los seres humanos y algunos comportamientos animales. El propósito de Darwin era

fundamentar, de este modo, la tesis de que las expresiones humanas son el resultado de unos comportamientos que fueron adaptativamente útiles en una fase evolutiva anterior. Así, por ejemplo, la acción humana de curvar labios en un gesto de burla o de desprecio, no sería si no un residuo del hábito que tienen los carnívoros de mostrar los caninos cuanto están furiosos.

La aproximación darwiniana a la psicología animal y comparada tuvo en Inglaterra numerosos continuadores. Uno de los más destacados fue el naturalista George John Romanes, quien recopiló numerosos ejemplos de comportamientos de animales para inferir de ellos su inteligencia e intenciones. De este modo, quiso llegar a entender sus procesos mentales. Este procedimiento, sin embargo, llegó a conocerse despectivamente como método anecdótico, y fue duramente criticado por su escaso rigor ya que se basaba en datos procedentes de fuentes muy diversas y no siempre fiables.

Pero fue en los Estados Unidos donde la perspectiva evolucionista, y con ella la psicología animal, prendió con más fuerza. Allí dio lugar a una corriente psicológica interesada por la función que desempeñan los procesos mentales en la adaptación del organismo al medio. Propiciada por autores como William James y John Dewey, esta corriente funcionalista se convirtió en la orientación psicológica norteamericana por excelencia. Entre los nombres más significativos de este primer funcionalismo americano, se cuentan también los de James Mark Baldwin y Granville Stanley Hall. Hall presidía por entonces la Universidad de Clark a la que había dotado de un moderno laboratorio psicológico donde se realizaban estudios con animales. A cargo del laboratorio se hallaba un discípulo de Hall, Edmund Clark Sanford, bajo cuya dirección Small iba a realizar sus investigaciones entre 1896 y

  1. Small compartía, con buena parte de los primeros cultivadores de la psicología comparada, la preocupación de seleccionar problemas que fueran compatibles con la vida normal de los animales que se estudiaban. Precisamente por ello, eligió el laberinto, un aparato que según él se asemeja mucho a las condiciones naturales en que se desenvuelve la rata.

rapidez con que vuelve sobre sus pasos y la decisión con que sale de él, parecen indicar algún contenido mental más que el mero reconocimiento de que es imposible seguir por ese camino. Sigue luego hasta el punto 4 y lo pasa con decisión. En el punto 6 parece dudar de nuevo… pero se vuelve rápidamente, como si se diera cuenta de su error. En el punto 7 parece dudar otra vez. La rata va perfeccionando sus discriminaciones. Esto se pone de manifiesto en que duda menos y elige el camino correcto con mayor frecuencia. Cuando se equivoca, corrige su error a los pocos pasos o retrocede con rapidez para tomar, decididamente, el camino bueno. Cada vez parece ir reconociendo, discriminando y eligiendo mejor.

La rata avanza de forma decidida por el laberinto… no duda en los puntos 2 y 3. En los puntos 4 y 6 se detiene un momento… pero elige el camino correcto hacia la meta. Ha adquirido un conocimiento prácticamente perfecto del laberinto de modo que, ahora, puede recorrerlo rápida y eficazmente cuando quiere. Para ser capaz de hacerlo debe poseer una memoria de dirección definida.

El primer éxito es evidentemente accidental y, según Small, debido exclusivamente a factores sensomotores. Los éxitos sucesivos deben requerir, además, una cierta capacidad intelectual. No obstante, Small consideró que, en general, los input sensoriales, podrían cumplir un papel importante en el aprendizaje. Para comprobarlo consideró con cierto detalle, la contribución de cada uno de los sentidos.

Las condiciones del experimento eran tales que excluían la influencia directa de los sentidos del gusto y del oído en los resultados. Podría suponerse, a priori, que es el sentido del olfato el que desempeña el papel fundamental. En efecto, el olisqueo constante de la rata y toda su actividad olfativa a lo largo de los experimentos, inducía a creerlos así. Sin embargo, en el primer ensayo la rata pasa prácticamente por todas las galerías y, después de calmar un poco el hambre, investiga cuidadosamente todo el laberinto. Sería imposible, por tanto, que eligiese el camino correcto siguiendo su rastro por el olfato. Además, si fuera éste el sentido decisivo, la rata debería intentar acercarse más a la comida cuando pasa cerca,

mientras que, por el contrario, pasa de largo y se aleja de ella. Se podría pensar entonces, que en los ensayos posteriores, las ratas siguen el rastro de algún ensayo anterior, pero se observa que las ratas se apartan, con frecuencia, de la ruta marcada por sus antecesoras. Puede inferirse, pues, que el efecto de las sensaciones olfativas es más bien de carácter general y emocional, y que no se establecen asociaciones específicas entre el olor y la localización.

La rata tiene el ojo y el nervio óptico muy poco desarrollados. Hicimos varias pruebas que nos indicaron que la percepción visual no intervenía en los procesos de reconocimiento y discriminación. En una de ellas, las ratas aprendían a recorrer el laberinto con la luz orientada siempre en una misma dirección. Luego, se orientaba la luz en la dirección opuesta, sin que el proceso cognitivo se viese afectado por ello. En otra de las pruebas, se colocaron unos posters brillantes de color rojo, que indicaban el camino correcto en los puntos críticos. Cuando las ratas aprendieron a recorrer el laberinto en estas condiciones, se retiraron los posters, sin que la conducta de las ratas experimentase la más mínima variación.

Por suerte, además, intervino la naturaleza, que realizó por mi un experimento concluyente. Algunas de las ratas me llegaron con una enfermedad ocular y se fueron quedando ciegas. Las ratas ciegas, sin embargo, aprendían el laberinto igual de bien que las normales. Gracias a este proceso de eliminación, podemos concluir que son las sensaciones tacto-motoras las que proporcionan el dato esencial para el reconocimiento y la discriminación que se hayan implicado en las asociaciones especiales que se forman en los puntos críticos.

El mecanismo de discriminación parece bastante claro. Consiste en una asociación directa entre la imagen motora del giro en una dirección con el éxito y la imagen motora del giro en la otra dirección con el fracaso. En los casos en que las alternatvas son más largas o más cortas, debemos suponer que se establece una asociacion entre la dirección y la distancia. En otras palabras, que una satisfacción más rápida se asocia con el camino más corto. El principal obstáculo para comprender la existencia y el carácter de tales representaciones es que en

parecer excesivamente artificioso e incapaz de permitir que la conducta del animal se mostrase tal cual es en realidad.

Los registros cuantitativos de Thorndike guardan un estrecho paralelismo con las descripciones cualitativas de Small. Aunque la utilización de laberintos, iniciada por Small, llegó a ser habitual en el estudio del aprendizaje, su enfoque observacional y naturalista, en cambio, fue desapareciendo progresivamente de la psicología norteamericana de principios de siglo, ante la influencia de Thorndike y su insistencia en la cuantificación rigurosa.

Los aspectos característicos de dos líneas de investigación psicológica contrapuestas, el laberinto, por una parte, y la exigencia de registrar cuantitativamente la conducta, por otra, vendría a confluir en un estudio que llevó a cabo, en 1907, John Broadus Watson, sobre el papel que desempeñan las sensaciones orgánicas y cinestésicas de la rata, en el aprendizaje del laberinto. Se trataba de una cuestión surgida mientras trabajaba en su tesis doctoral sobre el desarrollo psíquico de la rata blanca, que había realizado bajo la dirección de James Rowland Angell, el gran impulsor de la psicología funcionalista en la Universidad de Chicago. Watson representó sus datos en forma de gráficas y figuras y, a diferencia de Small, sólo registró datos objetivos, como el número de ensayos administrados y la duración del intervalo entre ensayos. Con el trascurso de los ensayos, el tiempo empleado por las ratas en recorrer el laberinto, iba disminuyendo. Este tipo de curvas de aprendizaje muestra que se aprende mucho más en los primeros ensayos que en los últimos, algo para lo que no se había ofrecido todavía ninguna explicación satisfactoria. Es una curva de aprendizaje que recuerda mucho a las de Thorndike, que las había establecido en relación con una especia animal distinta y utilizando un aparato diferente.

El presente estudio resulta directamente de la repetición de los experimentos que realizó Small con ratas en su adaptación del laberinto de Hampton Court. La parte cualitativa del trabajo de Small es valiosa, pero sus registros cuantitativos son completamente inútiles. La inexactitud de estos registros se debe, entre otras

cosas, a que antes de empezar a tomar nota del tiempo que tardaban en recorrer el laberinto, Small dejaba que las ratas lo explorasen durante la noche. Así sólo describía la última parte del proceso de aprendizaje.

Nosotros podemos mejorar su método. Durante el otoño de 1905 de 9 a 12 de la mañana, enfrentamos a cuatro ratas macho de un año al problema de aprender a recorrer el laberinto. El registro riguroso del tiempo es, sin lugar a dudas, la única guía segura para estimar el proceso del aprendizaje de un laberinto como éste. La conducta de estas ratas en el laberinto puede describirse de la manera siguiente: Los primeros ensayos se caracterizan porque en ellos cualquier error es posible. Al principio la comida parece tener poca o ninguna influencia en atraer al animal hacia la meta, y la atención de la rata vaga libremente de un lado a otro del laberinto. Este tipo de conducta contrasta con la del animal plenamente adiestrado, cuya atención se ve captada por la comida, de principio a fin.

La descripción cualitativa del comportamiento de las ratas que ofrece Watson es parecida a la de Small, aunque expresada en términos más objetivos. De hecho Watson criticó duramente los métodos utilizados por Small que, en su opinión, no le permitían sustentar convincentemente sus afirmaciones.

“Aunque nos inclinamos a aceptar las afirmaciones de Small sobre la escasa influencia de la dirección de los rayos de luz, habría sido de agradecer que hubiese registrado el número de ratas empleadas y la duración de los ensayos, inmediatamente precedentes y siguientes, al cambio de dirección de la luz. En cuanto a los experimentos de los posters rojos, nuestra crítica es que con toda probabilidad, las ratas reaccionan a los grandes cambios de brillo, mientras que las reacciones al color, en condiciones normales, son sumamente vagas, si es que existen. Por lo que se refiere a los experimentos realizados con ratas ciegas, según nuestras propias observaciones sobre la visión de estos animales, es imposible saber si una rata blanca está ciega cuando tiene intacto su órgano visual. Small no nos dice que haya hecho ningún experimento para demostrar sus afirmaciones a este respecto”.

Watson probó también distintas posibilidades relacionadas con las sensaciones cutáneas. Colocó, por ejemplo, un poderoso ventilador que producía corrientes de aire en el laberinto. Anestesió la planta de los pies de las ratas e instaló un dispositivo que generaba calor y frío, sin que el comportamiento de los animales se viera esencialmente afectado por ello. Asimismo examinó el sentido del gusto y aún llevó a cabo otros experimentos colocando a la rata en diversos puntos del laberinto e, incluso, haciendo rotar el laberinto mismo. Mediante este cuidadoso procedimiento de eliminación y control de variables, Watson pudo confirmar la tesis de Small, según la cual no son los sentidos externos de la rata los que controlan el proceso de realizar los giros apropiados en el laberinto, pero, como él mismo reconoció, no fue posible hallar las pruebas decisivas de que fueran solo las sensaciones cinestésicas las responsables de ello. Su trabajo, pues, consistió fundamentalmente en realizar una contribución metodológica que representó un avance considerable sobre los procedimientos más intuitivos y experimentalmente menos rigurosos de la investigación de Small que había inspirado la suya propia.

Los laberintos han desempeñado un papel fundamental en el desarrollo de la investigación psicológica. A partir de estudios como los que hemos recordado aquí, los laberintos llegaron a convertirse en una herramienta preferida por los psicólogos para estudiar el comportamiento de los animales en el laboratorio. Si bien, con el tiempo, se fueron haciendo cada vez más sencillos y adaptándose al tipo de comportamiento que se quería estudiar, así como a los distintos enfoques teóricos que se iban adoptando.