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Asignatura: Victimologia, Profesor: no se, Carrera: Criminologia, Universidad: UOC
Tipo: Apuntes
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D OMINGO B ARBOLLA , ESTHER MASA Y GUADALUPE D ÍAZ Violencia invertida_. Cuando los hijos pegan a sus_ padres (2011, Gedisa)
Domingo Barbolla, Esther Masa y Guadalupe Díaz Violencia invertida COMPENDIO E-BOOK Este compendio, editado solo en formato electrónico, se puede descargar gratuitamente en la página www.gedisa.com e incluye los testimonios y los textos que complementan el libro Violencia Invertida. Cuando los hijos pegan a sus padres Colección Psicología Social / Antropología
D OMINGO B ARBOLLA , ESTHER MASA Y GUADALUPE D ÍAZ Violencia invertida_. Cuando los hijos pegan a sus_ padres (2011, Gedisa)
Otros títulos de interés Los desafíos invisibles de ser madre o padre Manual de evaluación de las competencias y la resiliencia parental Jorge Barudy y Maryorie Dantagnan La educación de los hijos como los pimientos de Padrón Emilio Pinto Indómito y entrañable El hijo que vino de fuera José Ángel Jiménez Alvira Los buenos tratos a la infancia Parentalidad, apego y resiliencia Jorge Barudy y Maryorie Dantagnan Los patitos feos La resiliencia: una infancia infeliz no determina la vida Boris Cyrulnik La resiliencia en el mundo de hoy Cómo superar las adversidades Edith Henderson Grotberg (comp.) El amor que nos cura Boris Cyrulnik La resiliencia: resistir y rehacerse Michel Manciaux (comp.)
D OMINGO B ARBOLLA , ESTHER MASA Y GUADALUPE D ÍAZ Violencia invertida_. Cuando los hijos pegan a sus_ padres (2011, Gedisa)
© Domingo Barbolla, Esther Masa, Guadalupe Díaz Este compendio, editado solo en formato electrónico, se puede descargar gratuitamente en la página www.gedisa.com e incluye los testimonios y los textos que complementan el libro Violencia Invertida. Cuando los hijos pegan a sus padres (Gedisa, 2011). Diseño de cubierta: Paolo Portaluri Primera edición: abril de 2011, Barcelona Derechos reservados para todas las ediciones © Editorial Gedisa, S.A. Avda. Tibidabo, 12, 3.o 08022 Barcelona, Espana Tel. 93 253 09 04 Fax 93 253 09 05 Correo electronico: [email protected] http://www.gedisa.com
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Índice Agradecimientos ……………….……..……………….……..………….……... 1.‐ La violencia filio‐parental desde otras perspectivas y las investigaciones publicadas …..……….…………………….………. 11
Cómo informar sobre infancia y violencia………………...….……...… 93 2.‐ Construyendo hijos violentos.
Agustín: “sinceramente, lo que no me gusta es que me lleven la contraria” ……………………..………………….. 106 Abelardo: “nunca pegué a mi madre”…….. ………….………….... …… 108 Álvaro: “llegaba a casa, me decía cualquier cosa y me ponía a darle voces, que si a meterme, a empujarle y de to… una vez le metí un papo y le dejé el ojo morao….. …………………….. 109 Amanda: “me arrancó los altavoces del ordenador (…) y empecé a insultarla, a empujara y claro, pues ya de ahí a pegarla tortazos, patás, a empujarla por las escaleras,
Aurelio: “lo único que he tenío yo de problemas ha sido de las agresiones y de la impulsividad, en casa nunca, nunca, nunca”…………………………...…….………. 132 Amadeo: “o eres el que quita el bocadillo o eres al que le quitan el bocadillo, es así, los demás se quedan mirando sin hacer nada” ……………………………………………………….. 140 Alejandro: “se pasaba bastante, me llegó a tirar mientras dormía un cubo de basura encima, yo ya se lo decía a mi madre
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Agradecimientos A todos los jóvenes y sus madres, artífices de la realidad de estas páginas; al igual que las autoridades que han financiado el proyecto y nos han permitido el acceso. Especialmente a la antropóloga Maribel Merideño Román, primera revisora del documento. Gedisa, la editora, sin ella no hubiera salido a la luz este trabajo. Nuestro agradeciendo a todos los citados.
D OMINGO B ARBOLLA , ESTHER MASA Y GUADALUPE D ÍAZ Violencia invertida_. Cuando los hijos pegan a sus_ padres (2011, Gedisa)
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portadora del principio, germen a modo de recipiente en ese preámbulo del nacer, ejerce en la vida alejada de ella misma la dimensión de eterna cuidadora de lo sagrado, la vida misma. La madre en el marco interpretativo de la lógica vital ejerce de sostén de lo creado, como si la vida necesitare de ese soporte sin tiempo y crease esa parte para ser mimado y arropado hasta el negado final; la madre es el presente, continuo presente en plena satisfacción de necesidades, la misma interacción que en los albores de la placenta. No se puede pedir a esa parte de la vida –en el dibujo de la madre‐ que aboque a su germen a la lógica del tiempo, al final del abismo como paso hacia la nada; no es posible en la creación materna que por evolución se dio el homo sapiens sapiens , esa parte de la vida consciente negará todo aquello que deteriore a su creación más cercana. Desde esta inteligencia descifradora, el autor presta función de genero a lo que ha de vivir, de ahí la mutua interacción que la historia no hace más que reforzar a través de la cultura, la específica y la general. Universal género de madre alejada de cualquier plasticidad que no nazca de este principio vertebrador de la realidad, la realidad más consciente: la vida inteligente en forma de consciencia. Nosotros. Desde esta teoría inteligente queda otro papel a cubrir, la lógica del tiempo, el precipicio riguroso de la otra orilla. La muerte sin idearla nos alcanza en desarrollo más o menos tardío, quizás sea esto el precio de la consciencia, la bocarada amarga al núcleo mismo de nuestra evolución como especie. No seríamos lo que somos de no mediar ese seguro momento, ese cerrar los ojos al infinito que nos dio el origen. Dos impulsos, nos dirá el autor, aterrorizan al hombre: la angustia segura de la muerte y el instinto básico de la sexualidad continua y desbordante, con ellos tendrá que forjar su personalidad esta parte de la vida humana; el hombre –la mujer tendrá otra lógica‐ será una mezcla de seguro futuro en su final y un desbordante impulso por recrearse en muchos otros como manera de ser vidas plurales en sus infantes. Vida a dar y muerte a finalizar forja esa biología masculina como parte realista de la propagación de la misma vida. El hombre padre será pieza consciente –en su actuar inconsciente‐ de esta lógica del final y de la necesidad de generar un presente para otros, los hijos han de ser educados en esa dualidad realista, negadora del ropaje femenino en sus envoltura permanente hacia lo que nace. Este rol desmembrado ante el futuro de muerte y guiado de forma primitiva por el sexo ha de generar normas exigentes con este realismo, ha de hacer mirar al infante esa cruda
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realidad que la madre –por su parte‐ se esfuerza en negar. Será, ha de ser la voz del NO, del no repetido para frustrar la alimentación permanente y a demanda de la placenta materna, en esa frustración sentirá el hijo nacido que muere, que muere en el presente como realismo a eso que inexorablemente llegará. Nos dice Aldo Naouri la necesidad de esa experiencia forzada por el padre, por la figura paterna, por el rol paterno, hace tomar identidad en la misma superación de la angustia de ese instante. Algo instaurado para comprender el último final dará identidad, valentía, a ese nuevo ser que se enfrenta a la vida para prolongarla en lo posible. Es la frustración, la angustia ante lo que se le niega el origen de su fuerza para seguir vivo. Desde estos dos espejos proyectados como antagónicos tiene –en la mente del autor‐ vigencia la realidad, la expresión de lo que somos, o mejor dicho, de lo que debemos llegar a ser. Estas formas a modo de haz y envés de la misma moneda tendrán un continuo diálogo en la formación del niño y en su respuesta hacia los padres y en definitiva hacia el entorno normalizado para convivir con otros en esto que llamamos cultura. Soporte teórico en el que encajar las piezas del aparente rompecabezas en la manifestación violenta y violentada de hijos a padres. La última pieza en este soporte teórico es el “reparto” de mujeres en la sociedad del origen, vinculada esta –de nuevo en el pensamiento del autor‐ a las dos tensiones enfrentadas en el hombre: impulso sexual y angustia hacia la muerte. En los primeros grupos humanos la hegemonía del mono alfa le permitiría fecundar a demanda de sus impulsos a las hembras privando al resto del grupo de este impulso básico y primario. Ellos, la mayoría, los desposeídos de ese placer se unirían a modo de pacto para acabar con esa lógica egoísta derrotando al más fuerte e instaurando una norma sagrada: el reparto equitativo de esas otras hembras no vinculadas a “tu sangre”. Instaurado de esta forma el tabú del incesto, universal desde entonces, harían desaparecer de la vista al macho primero “enterrando” su cadáver para eliminado de la vista apaciguar la angustia de muerte. Los dos impulsos masculinos quedarían de esta forma organizados, vehiculados en el futuro hacia los demás miembros del grupo, es decir, sus infantes. Ley sagrada que une procreación y muerte, por tanto leyes básicas a trasladar a las generaciones futuras. Instaurado el “papel” de padre en este origen de sentido para las mentes del principio, antropología humana al generar cosmovisión a la hora de entender el mundo, el mismo en el que se pretende continuar. Es en esta lógica en donde Aldo Naouri interpreta la realidad observada durante
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Orden reflejado en la antropología ancestral que no puede dejar de hacerse presente en este presente complejo, reproducción, por tanto, de la mente universal de nuestro género. Esta teoría parece que circunda otras breves interpretaciones que se dan en los distintos estudios, cuando son reflejan únicamente datos con apenas categorización y menos teoría. Nuestras sociedades complejas organizan su vida desde marcos culturales que hacen disfuncional la convivencia, en uno de estos apartados las relaciones familiares invertidas. Legitimada –con más o menos consenso‐ la violencia desde la autoridad de edades y posiciones para hacer ciudadanos pacíficos, esta, parece discurrir por derroteros invertidos de ahí nuestra extrañeza. El orden del poder y la violencia queda bien descrito en el análisis sociológico, de él se visualiza esta manifestación que necesita organizarse hasta alcanzar sentido consentido por la sociedad X. Todas ellas cuentan con la violencia como una realidad en si, universal a la que todos los grupos humanos deben canalizar, orientar, organizar..., en una plasticidad modelada por otros muchos factores –variables en sentido estricto‐. Desde esta lógica sabemos que cada ciudadano debe ceder “su violencia”, respuesta biológica‐cultural a la intromisión de las necesidades del sujeto, a una institución canalizadora de su respuesta, de aquí las fuerzas de seguridad, el sistema penitenciario, el ejército como último bastión interno y externo, la propia escuela sancionadora de toda trasgresión a los canales ideados para su gestión, los padres autores primero de tal proceder..., así hasta conformar voluntades en algo incuestionable que se tiene que hacer subterráneo a la visible experiencia de cualquiera de nosotros. En cada sociedad se “dice”, se acuerda, se pacta quien puede o no ejercer la violencia hacia los demás..., y la de hijos a padres no está contemplada en ninguna cultura conocida desde la autoría legitimada. Este hecho social universal –hablamos solo de la violencia‐ debe ser entendido desde el orden de la moral imperante como atributo para convivir. No podemos negar el hecho violento, la sociedad más allá de los prometedores prados en donde pastar sonrientes el lobo y el cordero, es expresión de la violencia, incluida la física; confundir el deseo de paz con la eliminación de todo tipo de violencia en el escenario cotidiano es confundirse de parámetro. El deber ser en términos antropológicos tiene su propio reducto en el hecho social, la experiencia común, diaria, vertebradora de la realidad es la escenificada una y otra vez, es en este último dónde no es posible su negación. De aquí partimos y al hacerlo nos debemos acercar a su “inteligencia”, algunas claves empezamos dando desde el pensamiento de Aldo Naouri.
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Una vez hallamos finalizado la investigación cabe pensar que nuestra disciplina (Antropología) sea capaz de hacer racionalmente comprensible esta respuesta violenta invertida. Enmarcaremos el hecho en uno de los marcos teóricos que nos envuelven, aquel que mejor se adapte, el más acertado para poner luz a uno de los acontecimientos que la realidad social nos deja más perplejos: cuando pegan los hijos a sus padres. Quizás no sea tan solo una teoría envolvente, seguramente todo un discurso antropológico desde la recurrente negación de la violencia por parte de nuestras sociedades occidentales complejas, tras la evidente visualización de nuestros superbombarderos nucleares, hasta aterrizar en esta trasgresión moral a la que nos referimos. Nos dice, habría sido necesario que se modificara a tiempo la formación de los pediatras y que los médicos con plaza pudieran recibir una información mínima a falta de una formación adecuada para responder a la demanda de los padres de sus pacientes. Nada de esto ha ocurrido. Todavía hoy vemos a pediatras con toda su formación reglamentaria, después de haber frecuentado los servicios más eficaces, acabar sus cursos sin haber oído hablar jamás de los padres ni de la relación de estos padres con sus hijos. Que la evolución de la especie le ha hecho el don de una instancia que se asentó de manera muy progresiva, sin que mediara ningún propósito y únicamente en razón de sus reflejos adaptativos. Los machos sometidos a la violencia de sus pulsiones sexuales, intentaron resolver los problemas intrincados de su egoísmo, de su competencia y del riesgo de morir al intentar satisfacer esas pulsiones. De un modo que durante mucho tiempo resultó desordenado y probablemente hasta hoy mismo todavía inadaptado, intentaron regular sus conflictos promulgando una ley, la de la especie, centrada en el intercambio de mujeres. Éstas, a las que no se les había pedido opinión ninguna y que fueron sometidas durante largo tiempo (sieguen estándolo hasta cierto punto, incluso en lugares en los que se pretende haber promovido su igualdad), no renunciaron por este motivo a la lógica intrínseca de su comportamiento: mudas por su odio a la muerte, conservaron con sus hijos una relación determinante y susceptible de tranquilizarlas, tanto en lo que se refería a su estatus como al poder que dicha relación les permitía ejercer. Siempre han experimentado grandes dificultades en dejar que sus hijos se alejasen de ellas y, en un movimiento reflejo, se pusieron a tejer a su alrededor un útero virtual extensible hasta el infinito, en el seno del cual prevalecen en
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Magnífico, Espléndido, Soberbio, Radiante. Me pareció todo esto y más, Ludo, en la fracción de segundo en que lo vi franquear el marco de la puerta de entrada de mi despacho, ocupándolo prácticamente por entero. Mi mirada no se perdió ni un detalle de su persona. ¡Dios mío, qué guapo era!, ¡Esa silueta atlética enfundada en un traje gris perla de lo más elegante! Pero ¿era él? Reconocía sus grandes ojos azules, pero no había imaginado nunca que un día podría ser tan guapo. En efecto, había guardado el recuerdo de un rostro poco agraciado que los ojos, de expresión huidiza e inquieta, se comían, ciertamente, pero en el que la boca, de labios gruesos siempre abiertos y caídos que desenmascaraban unos dientes demasiado grandes, sobre un mentón pequeño y huidizo, me desesperaba por la debilidad que parecía reflejar. De todo aquello no quedaba nada: la mirada era directa, luminosa, alegre en este caso, y la boca firme y bien dibujada confería al conjunto de la fisonomía una expresión de fuerza y equilibrio poco común. Fui corriendo a su encuentro en cuanto entró. Nos precipitamos uno en brazos del otro y nos apretamos fuerte, muy fuerte, y largamente, como para recuperar todo lo que nos habíamos podido decir a lo largo de tantos años como habían pasado. Fui yo quien se separó de él, por consideración hacia su esposa, a la que sabía detrás de él, todavía en el pasillo, con un crío en brazos. Ludo tenía los ojos empañados. Y como si hubiera comprendido mi intención, se volvió también hacia ella para presentármela. Ella sonreía, enternecida. Ella era deliciosa y muy bella, también. Gracias a una carrera tan larga, he tenido la felicidad indescriptible de recibir a bebés de mis antiguos bebés, chicos o chicas, a veces supervisados durante largo tiempo y luego convertidos en padres. La relación no se establece nunca como sería en cada caso habitual. La familiaridad que se instaura no hace que disminuya en absoluto el respeto o la diferencia de los intercambios, y eso me ha permitido dar a mis observaciones y a mis investigaciones personales la densidad y espesura que confiere un seguimiento longitudinal tan enriquecedor. Pero la emoción con la que acogí a Ludo tenía otra intensidad. Era de otra naturaleza. No podía contentarme con decirme que volvía a estar en presencia de uno de “mis” niños perdidos de vista durante mucho tiempo. Eso era lo que sabía que podía existir y que podía sentir con todos esos niños que en cierto modo también habían sido hijos míos. Pero en ese caso era como si pudiera respirar al fin. Como si viera confirmada una esperanza poco razonable o una creencia de locos. En lo que sentía con ese exceso estaba también la resignación maravillada de poder vivir lo
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increíble, como el perfume, sutil y desconocido hasta entonces, de una resurrección. Eso es. ¡Eso fue! Ludo, ahí, tal como lo veía, relacionado con el recuerdo que había guardado de él, era un resucitado. Había hecho un recorrido (¿un destino?) de resucitado. Cuando empezaba mi carrera había conocido a su madre. Con su primer hijo, una niña de algunos meses que llevaba a la nodriza, dejándola a veces durante la noche, en una casa vecina del inmueble. Estaba sola a su cargo, pues se había divorciado cuando apenas se había quedado encinta. Llevaba una tienda de flores en el otro extremo de París. Me había explicado que a causa de su situación había aceptado sin dudar la vivienda de protección oficial que se le había otorgado en nuestro barrio, auque tuviera que pasar horas en el transporte público. La fui viendo ocasionalmente, menos a menudo de todos modos que a su hija, a la que iba a visitar en casa de la nodriza cuando se ponía enferma. Nuestra relación, cordial, no fue demasiado lejos. Apenas tuve tiempo de recoger algunas informaciones sobre el padre de la niña y sobre las razones, de lo más corrientes, de su divorcio: había conocido a otra. Pero debí de resultar del agrado de la madre, puesto que me envío a la consulta a sus hermanos y a su hermana con sus hijos, y eso que todos ellos vivían lejos de mi consulta. Creo que no había llegado a verla encinta cuando me trajo a su nuevo recién nacido con el padre de éste. Fue el inicio de una pesadilla que duró muchos años, prácticamente hasta el momento en que dejé de ver a Ludo. Y eso a pesar de todos los recursos a los que acudí en cuanto se presentaba la necesidad. Durante mucho tiempo, las consultas transcurrían en un silencio pesado. Ella no abría la boca, lo mismo que su marido (se había casado, y ella había cambiado de apellido), un hombre mayor que ella, algo obeso, de mirada gris y suspicaz, que tenía un hijo ya crecido de un matrimonio anterior. Una familia recompuesta, vaya, como las que empezaban a ser cada vez más habituales. Yo esperaba que todo se hiciera más fluido a medida que nos fuéramos viendo. Pero Ludo quedó rápidamente afectado por una enfermedad de la piel específica en el primer trimestre de su vida, la enfermedad de Leiner‐Moussous, que hacía necesario afinar de manera constante un tratamiento meticuloso. Lo que me llevó a verlos a menudo a los tres, pues el padre no se perdía jamás una consulta. Fueron las curas más minuciosas de toda mi carrera. Y cuando me armaba de valor para mirarlos abiertamente y dirigirles en un tono animoso un –Y aparte de eso, ¿todo bien?‐, el o ella me