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Orientación Universidad
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y manuscritos Siglo, Apuntes de Historia del Arte

Asignatura: introduccion a la historia, Profesor: , Carrera: Historia del Arte, Universidad: UAM

Tipo: Apuntes

2014/2015

Subido el 07/01/2015

mariamerinoj20
mariamerinoj20 🇪🇸

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Para
qué
imprimir
De
autores,
público,
impresores
y
manuscritos
en
el
Siglo
de Oro
FERNANDO
BOLZA
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des
crimes
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que
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Flaubert,
Dictiannaire
des
idées
reyues.
Siempre
feroz
en
su
volteriana
inocencia,
Cándido organizó
en
las
costas
de
Surinam
un
insólito
concurso:
quien
demostrara
ser el
más
desgraciado
de
los
allí
presentes
ganaría
un
premio
de
dos
mil
piastras
y
lo
acompañaría
en
su
viaje
de
vuelta a
Europa.
Tras
largas
horas
de
examen
en
la
taberna
del
puerto,
de
entre la
muchedumbre
que
se
presentó
a
su
convocatoria
Cándido
eligió
al
sabio
Martín,
cuyo
mayor mérito
en la desgracia
consistía
en
haber
trabajado
durante
diez
años
para
los
libreros-editores
de
Amsterdam.
Ajuicio
de
Cándido,
tan
aciaga
circuns
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tancia
lo
convertía
en
el
más
desdichado
de
los
hombres,
puesto
que
no
se
podría
encontrar
en
todo
el
mundo
oficio
peor
que
aquél
y
en
lugar
menos
adecuado
~.
Este pasaje de
Voltaire
merecería formar parte de una antología de
invecti
-
vas de los escritores contra quienes editan o venden
sus
obras,
un
motivo
que
aparece
con
frecuencia
en la
historia
del
autor
como tipo
intelectual.
Por
supuesto,
tal
cosa
es
compatible
con los
elogios
que los
mismos
autores entonan
en
honor
de
la
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El
presente
lexto
es
refundición
de una conferencia pionrtnciada en
el
111
Seminario de
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la
Fundación Duques de
Soria.
«El
libro:
de
la
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al
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III.
Del
manuscrito
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impreso”, Salamanca,
1996.
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Pp. 70-71.
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1995,
pp.
166-192.
Tales
laudes
no
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mucho
de
la
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creador.
Por
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(‘ietolamu
Cardano
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preguntaba
«¿quién
pone
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hecho de que
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Madrid,
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Para qué imprimir De autores, público, impresores y

manuscritos en el Siglo de Oro

FERNANDO BOLZA

IMPRIME: Qn doit croire tout ce qui est imprimé. Voir son nom imprimé! II y en a qui commettent des crimes rien que pour ya.

Flaubert, Dictiannaire des idées reyues.

Siempre feroz en su volteriana inocencia, Cándido organizó en las costas de Surinam un insólito concurso: quien demostrara ser el más desgraciado de los allí presentes ganaría un premio de dos mil piastras y lo acompañaría en su viaje de vuelta a Europa. Tras largas horas de examen en la taberna del puerto, de entre la muchedumbre que se presentó a su convocatoria Cándido eligió al sabio Martín, cuyo mayor mérito en la desgracia consistía en haber trabajado durante diez años para los libreros-editores de Amsterdam. Ajuicio de Cándido, tan aciaga circuns- tancia lo convertía en el más desdichado de los hombres, puesto que no se podría encontrar en todo el mundo oficio peor que aquél y en lugar menos adecuado ~. Este pasaje de Voltaire merecería formar parte de una antología de invecti- vas de los escritores contra quienes editan o venden sus obras, un motivo que aparece con frecuencia en la historia del autor como tipo intelectual. Por supuesto, tal cosa es compatible con los elogios que los mismos autores entonan en honor de la imprenta>.

El presente lexto es refundición de una conferencia pionrtnciada en el 111 Seminario de His- toria del Libro de la Fundación Duques de Soria. «El libro: de la imprenta al lector III. Del manuscrito al impreso”, Salamanca, 1996. 2 ~ jugea quil ny avait point de métierau monde dunt on dñt étre plus dégoúté’=, Candide Ou loptimisttw, Paris, Armand Colin, ¡957, Pp. 70-71. Por supuesto, sus obras se habían publica- do muchas veces en Atnsterdam. (fi Robert lliffe, «Author-mongering. The editor between pro- ducer and consumer”, en A. Bermingham y J. Brewer (eds.), The consumption of culture, 1600-

1800. Image, ob¡eec, ten, London, Routledge, 1995, pp. 166-192. Tales laudes no distan tampoco mucho de la autocotnplacencia del creador. Por ejemplo, (‘ietolamu Cardano se preguntaba «¿quién pone en duda el hecho de que ni a Galeno ni a Aristó-

Ct,a ciernas cíe H/stor/c; Moderna, n.’ 18, Servicio de Publicaciones. Universidad Complutense. Madrid, ¡

32 Fernando Bouza

Quizá el honor de abrir la hipotética colección de vejámenes se le deba reservar al «Dios creó al poeta para el librero, como el ratón para el gato» del Pobrecito hablador Mariano José de Larra4 —que podría usarse muy bien como lema de todo el conjunto. Lugar especialísimo le cabria, por supuesto, al diálogo que en la empretita de Barcelona mantienen Don Quijote y cl desconocido que ha trasladado al castellano Le bagatele: si aquél recuerda «las entradas y salidas de los impresores y las correspondencias que hay de unos a otros», éste se queja de los abusos que cometen los libreros con los autores cuando les han comprado el privilegio de impresión de sus obras’. Su presencia en la imprenta se justifica porque era frecuente que los autores, sí no vendían el privilegio de impresión, como era el caso, supervisasen la edi- ción de su original, corrigiendo pruebas personalmente o comprobando lacorrec- ción que tenía que hacer un oficial de la imprenta. Así se hace constar, por ejemplo, en las Condiciones que se pueden poner cuando se da a imprimir un libro que recopiló el corrector del Consejo de Castilla Juan Vázquez de Mármol. Tres de sus puntos indican:

«6. Que [el impresor) a de tener buen corrector que corrija las probas a gusto del autor.

  1. Que a de sacar dos o tres probas las que se concertaren si el autor quisiere corre- girlas.
  2. Que en este caso embie las probas al autor a tiempos acomodados que tenga lugar de corregirlas» 6

Esos momentos finales de la impresión eran propicios para que surgiesen dis- crepancias entre autores e impresores, que podían llegar a ser bastante ruidosas sí creemos a Cristóbal Suárez de Figueroa. En el célebre discurso que en su Plaza universal de todas ciencias y artes dedica a los impresores leemos:

~<Lafatiga de todos sus oficiales es increffile, y no menor que la de los autores mientras duran las impressiones de sus libros. Entre unos y otros suele auer no pocas diferencias, y vozes, nacidas assí de las prolixidades de los primeros, como de las remissiones de los últimos>7.

teles les tocó en vida ser citados en apenas tantos libros como yo? Claro que quizá debo este pri- vilegio a la invención de la imprentas>, Mi vida, trad. de F. Socas. Madrid, Alianza, 1991, p. 291. «Teatros. ¿Quién es por acá el autor de una comedia? Artículo segundo. El derecho de propiedad», en Obras, ed. de C. Seco. Madrid, Atlas, 1960,1, p. 98. Resumía así en el Pobrecito hc;blc;dor de 1832 [10/lO] las desventuras del joven autor con comedia nueva a quien: «Algún librero de... de donde no es justo decir, le ha hecho el obsequio de imprimirsela en muy mal papel. con pésimo carácter de letra, estropeado el texto original y sin pedirle licencias>. Quijote, 11, 62, M. de Riquer (ed.). Barcelona, Planeta. 1975, p. 1065. Biblioteca Nacional de Madrid IBNM], Ms/9226, Juan Vázquez de Mármol, Notata quae- dam ex libris quos ad vnguem perlegi. Madrid. Por Luis Sánchez. 1615. «De los impressores. Discurso CXL>.

34 Fernando Bouza

afirmarse que la imprenta propició el incremento del número de autores, así como su progresiva definición como creadores individuales en busca de la aten- ción del público más amplio. Además, la mecánica masiva del impreso suponía la conversión del libro en un producto cuyo precio tendía a disminuir en términos relativos, una circuns- tancia que fue observada con satisfacción en numerosas ocasiones y desde ámbi- tos bien distintos. Así, el publicistaprotestante John Foxe consideró providencial, str;ctu sensu, el descenso del precio de los libros religiosos producido gracias a la imprenta, calculando que, a mediados del siglo xvi, era posible hacerse con cuarenta copias impresas del Nuevo Testamento pagando por todas ellas la misma cantidad que el wyclifita Nicholas Belward había tenido que desembolsar por una sola copia manuscrita en el Londres de 1430 i5~ Yen la Plaza universal se lee que:

«antes de su invención sc hallaban en comparación con ahora muy pocos letrados. Esto procedía del intolerable gasto de los libros, supuesto podía sólo estudiar el rico y facultoso, cuya hacienda resistía a tan crecido interés como el de entonces, causa de quedar muchos pobres mal su grado ignorantes. Ahora todos pueden aprender y darse a virtud, por haber cobrado los libros moderados precios» <Y

Por último, la imprenta permitía una aceleración en el proceso de reproduc- ción de textos escritos, reduciendo de forma muy considerable el tiempo nece- sario para obtener no ya una copia, sino cientos. Si las prensas ya eran de por si rápidas, la ocasión podía hacer que lo fueran mucho más, como parece que sucedió en la edición de la Corona virtuosa y virtud coronada del Padre Nié- remberg, una obra que por fuerza tenía que llegar a manos de Felipe IV antes de que cayese don Gaspar de Guzmán. El propio Niéremberg relata satisfecho que así había sido, aunque para explicar la rapidez de la imprenta de Francisco Maroto no acude al interés, sino al milagro:

«Yo me maravillaua como se dauan tanta prissa los impressorcs a imprimirlo que sin decírselo yo imprimían cada día dos pliegos y era que quería Dios saliesse a tiempo porque ocho días antes que caiesse el Conde Duque le tuvo Su Magestad en sus manos»

El incremento absoluto del número de libros, la reducción del tiempo nece- sario para reproducirlos y la moderación relativa de su precio fueron muy bien

~> The acts and ,nonuments.... London. 1837-1841, 8 y., III, p. 721. Suárez de Figueroa, u; .supra cit. 7 Carta de Juan Euseb/a Niéremberga Miguel Bautista Lanuza, Madrid, 3 1/1/1643. Arqui- yo Nacional da Torre do Tombo, Lisboa, Casa de Cadaval, 20. La obra se imprimió en Madrid, Por Francisco Maroto, 1643.

Para qué imprimir De autores, público, impresores y manuser;tos... 35

recibidos por los autores que, en consonancia, no dudan en alabar a la tipografía. No hay que olvidar que el tópico de las radices amarae del saber se comple- mentaba con otro, tan bien extendido y tan antiguo como aquél: el de sus fructus dulces. La imprenta llenaba de dulzura y de placeres al autor por medio de esa suerte de ansiada inmortalidad que le ofrecía con sus muchas copias a buen precio. Pero no todo iba a resultar tan halagueño cuando entraron en acción otras circunstancias que también se derivaban de la transformación del libro en un producto de consumo más general. Su conversión en una auténtica mercancía hará que el libro sea tratado den- tro de los parámetros de lo mercantil a una escala nunca antes imaginada; i.e., libreros e impresores buscarán la obtención del máximo provecho económico. Para ello, lo que harán no será otra cosa que llevar a sus últimos extremos las posibilidades que son inherentes a la mecánica tipográfica: aumento de tiradas y descenso de la calidad de los materiales empleados en aquellas obras para las que I se registre una demanda masiva La imprenta permite alcanzar la fama, pero, en primerísimo lugar, puede lle- gar a ser un más que rentable negocio, cuyos fructus dulces libreros e impresores querrán disputar a los autores. El mismísimo Juan Luis Vives se queja a Erasmo de la imposibilidad de escribir sin pagar tributo al lucro de los libreros e impre- sores, en una carta llena de referencias a Frobenius:

«Me avergUenza mi condición de escritor, si no ha de publicarse libro alguno que no cuente con la aprobación dc la avaricia de los libreros, de suerte que estén las librerías llenas de Kempones. de Brechtones y de Torrentinos, y apenas se encuen- tre un solo Cicerón» ~.

Por supuesto, la relación de los autores con los editores venía regulada por un sisteína contractual que obligaba a éstos a respetar ciertas condiciones en cuan- to al volumen de tirada y a la calidad de los ejemplares. Esto ponía a los autores al resguardo de los intereses desmedidos de los editores, pero, eso si y no sIem- pre, si conservaban en su poder el privilegio de impresión del original que con- cedía la Corona, lo que en tantas ocasiones no sucedía, teniendo en cuenta que ese privilegio era, acaso, lo único que el autor podía ofrecer para conseguir que su obra llegase a publicarse 20

5 Vid, los cálculos y gráficas de Carlo M. Cipolla, Educación y desarrollo en Occidente, Bar- celona, Ariel, 1970. ‘“ Brujas, 10/5/1523, Epistolario, ed. de J. Jitnénez Delgado, Madrid, Editora Nacional, p. 311. 2> Vid., el clásico Agustín González de Amezáa y Mayo. Cchno se hacía un libro en nuest,o Siglo de Oro, Madrid. 1946. Cfi-. Valentín Moreno Gallego, «Nesc.it vox missa reverá: cuatro pala- bras sobre el control de la escritura en la modernidad española», en La investigación y lasJiten- res clocwn.eniales de los anch¡ vos, Guadalajara, Anabad Castilla-La Mancha, 1996, pp. 1155-1174.

Para qué imprimir De autores, público, impresores y manuscruos... 37

La responsabilidad de estos correctores era inmensa, puesto que a ellos les tocaba comprobar que lo impreso correspondía con el manuscrito original para el que se habían concedido la licencia y las aprobaciones. Tanto los autores como, ante todo, los libreros-editores los presionaban para que aceleraran al máximo su labor, de forma que el libro pudiera pasar a ser tasado por uno de los escribanos de cámara y, así, ser puesto a la venta. Por ejemplo, véase esta carta de un libre- ro madrileño a Vázquez de Mármol:

«Ay enbio a vm. las 4, el martes, placiendo a Dios, se acabará de todo este 40 torno. dígolo para las erratas, porque no me diga vm. después que le abogo, por eso téngamelas para el miércoles sacada, que por no darme las de Inglaterra como suplicaua, oy será bentura que se tasse, según el secretario mármol me dijo. Enbío los ocho reales y un quartillo que falta para lo de Inglaterra, si más fuere quedo en la misma obligación y quentas, etc. Christóual López [rubricado]» 24

Los libreros y autores no sólo ahogaban con prisas y ruegos al corrector, también podían intentar que fuera benévolo con los cambios que se hacían sobre el manuscrito originalmente aprobado. A Vázquez de Mármol le escribió El Brocense para informarle de que no había resultado elegido corrector de libros por el claustro salmantino como era su pretensión 25 En 1588, se nombró para este oficio a Manuel Correa de Monte- negro, a quien un desairado Francisco Sánchez de las Brozas descalifica así:

«Yo dije allí que este oficio no se había de dar sino a hombre de confianza, y que lo que menos cumplía era darse a hombre que es familiar de los libreros, y mucho menos corrector de emprentas, porque pueden trocar, mudar, enmedar, trasponer, añadir, quitar de lo que viene refrendado de corte, y con un hombre de suerte y auto- ridad no se atraverán los libreros o autores de libros a mudar cosa de como viene de corte» ~

Este testimonio no deja lugar a dudas respecto a los muchos cambios —true- ques, ínudanzas, enmiendas, trasposiciones, añadiduras, quitas— que los origina- les debieron padecer en las imprentas por iniciativa de los propios autores y, pare- ce que en mayor medida, de libreros que editaban obras a sus expensas. Sólo después de haber procedido a la comparación entre un número suficiente de

~ BNM. Notata quaedam..., fol. 329 y. No hemos podido identificarcon seguridad las obras mencionadas en el texto, aunque quizá se trate de los escritos del Padre Ribadeneira impresos por cuenta de Pedro de Madrigal. 25 La Universidad gozaba del privilegio de nombrar un oficial corrector para evitar las demo- ras que padecían las impresiones al tener que ir a la corte para cumplir con la preceptiva presen- tación ante el Consejo. Vid. Moreno. op. <it.. p. 1163. 26 Salamanca, 19/6/ 1588, en Eugenio Ochoa (cd), Epistolario español, Madrid, Rivade- neyra, 1870,11. p. 35.

38 Fernando Bauza

manuscritos originales y sus versíones impresas se podrá llegar a estimar el ver- dadero papel que a impresores y a libreros les cupo en la edición de aquellas obras27 Sin duda, no fueron tan^ transparentes2^ a la hora de trasladar los textos del manuscrito al impreso como se cree al darles una función meramente mecánica. Impresores y libreros modificaron no sólo el aspecto gráfico del texto (mise en page, ilustraciones, tablas, etc.), sino que llegaron incluso a variar algo, en principio, tan propio del autor como la elección de un título. Así, por ejemplo, Vives se quejaba de la mala suerte que tenía con los títulos que los impresores daban a sus obras, pues le parecía que no reflejaban exactamente el contenido de sus escritos. Porque, aun a riesgo de crear expectativas que se verían frustadas, eran los libreros quienes decidían el título para captar la atención del público:

«Mis tres libros Sobre la educación de la mujer cristiana —escribe Vives— el impresor los tiene a punto de sacar al público. Con todo no hay cosa que más me desagrade que el título tan mal visto de la obra. En este particular, un mal hado me rodea, de suerte que mis libros siempre llevan títulos semejantes, que no me hacen nada recomendable a mis amigos; me hacen más abominable a mis enemigos y más despreciable a los indiferentes, pues incitados a una estimación de mi talento por el título de la obra, metidos en ella, lo encuentran todo tan distante de lo que el títu- lo prometía. Los libreros sólo buscan su interés y tal vez el libro tenga más venta por el señuelo de su título: pero las más de las veces lo encuentra más ruin una vez que lo han leído, y yo quedo en peor situación» ~

Sin duda, uno de los hitos de la fortuna de Vives es esta InstitutioJbeminae christianae, cuyo título a la postre no fue inventado por el humanista, sino por sus primeros editores Hillen y Byrckmann M>~ Pero cuando un impresor modifica de veras el original, ahora a su pesar, es en el momento en el que aparecen las erratas. Entonces, la rápida, barata y eficacísima imprenta multiplica la transmi- sión de errores si lo que se reproduce en sus prensas una y otra vez es una forma mal compuesta y mal corregida. En 1595, por poner un ejemplo entre los muchos posibles, un primer censor negó la aprobación para imprimir en los Reinos de Aragón la obra Tratado de la excelencia del sacrificio de la ley evangélica del Padre Diego de Guzmán. La concesión de la licencia. sin embargo, fue recomendada por fray Juan de las Cue-

> Véase el exhaustivo análisis que se ha realizado sobre cl fondo de manuscritos para la imprenta de BNM y AHN de Pablo Andrés, Elena Delgado, Arantxa Domingo, y José Luis Rodríguez Montederramo, «Del manuscrito al impreso: estudio técnico”, en el volumen colectivo dirigido por Francisco Rico, Barcelona, Crítica, en prensa. -‘ Tomo la expresión de un contexto bien distinto, el relativo a los copistas tnedievales, del que se ocupa Pamela 5. Gehrke, Sainrs and seribes. Medieval hagiographv in its nianuscrip; cc»ÑexI, Berkeley, University of California Press. 1993, p. 1. -‘ «Vives a Cranevelt», Oxford. 25/l/1524. Epistolario cit., p. 344. Véase, Vives. Edic.ionsprineeps. Valéncia. Universitat, 1992.

(^40) Fernando Bouza

mismo, y mientras Don Francisco se entretenía con su libro, yo lo hazía con las prue- bas del comento que haze mi amigo Don García de Salcedo Coronel a los sonetos de 33 Don Luis de Góngora...» -

La visita de Quevedo se producía el 5 de agosto de 1644 y lo más probable es que ésta tuviera que ver con la entrega del texto de la dedicatoria de su Vida de Marco Bruto a Rodrigo Diaz de Vivar y Mendoza, Duque del Infantado, ya que la fechó el día inmediatamente anterior. Poco después la obra empezó a circular —la fe de erratas es del 8 de agosto y la tasa del II—, obteniendo un gran éxito, como el mismo autor le escribe a Sancho de Sandoval: «no se ha visto 34 jamás tal estimación de libro, ni tan gran venta» Además del propio autor, sin duda, se sentiría muy satisfecho por el buen recibimiento que se dispensaba a la obra Pedro Coello, a cuya costa se había edi- tado, y que con celeridad hizo tirar una segunda impresión35. Sin embargo, el de Infantado no pareció recibir con especial agrado la dedicatoria que le había ofrecido Quevedo:

«Yo no sé —escribe-— qué le da cuidado al señor Duque del Infantado de la impresión de mis obras, pues aun una que le dirigí razonable no la leyó ni me dijo nada, si era buena o mala: cosa de que yo no me quejé ni me quejaré» Mt

Pese a esta frialdad del Mendoza ante el ofrecimiento que se le hacia, lo cier- to es que la historia de la imprenta no podría entenderse sin las dedicatorias, explicables unas como un halago al poder o una demostración de fuerza por parte de éste, otras como una fórmula resolutiva de financiar una impresión. Los nombres y escudos de armas de los poderosos a quienes se dedican las obras menudean en los impresos ~ tanto como los rostros de los autores, en una reía- 35 ción que resultaba beneficiosa tanto para los unos como para los otros -

<~ Madrid. 6/8/1644, BNM, Ms/8391, Cartas de líonibres eruditos pc;ra el coronista Andrés. Fue publicada por Ricardo del Arco y Garay, La erudición española en el siglo XVII y e/ cronista de Aragón Andrés de Uzrarroz, Madrid, CSIC. l950,2v. 1, p. 355. La obra de Quevedo era su Fn- ,nera parte de la vida de Marca Bruto... En Madrid, por Diego Día, de la Carrera. A costa de Pedro Coello, 1644: la que iba a ver Salazar, Obras de D. Luis de Góngora... tonto Ji? En Madrid. por Diego Diego Día, de la Carrera, A costa de Pedro Laso, mercader de libros, 1644. ~ Torre de Juan Abad, 21/11/1644, Luis Astrana Marín (ed.), Epistolcirio completo de don Francisco de Quevedo Villegas, Madrid, Instituto Editorial Reus, 1946, p. 473. ~> Jaime Molí. «Quevedo y la imprenta», en De la imprenta al lector Estudios sc,bre e/libro españolde los siglos XVI al XVIII, Madrid. Arco/Libros, 1994, Pp. 7-20. «A Francisco de Oviedo», Villanueva de los Infantes, 2 118/1645, en Epistolario p. 503. O Vid. Dálmiro de la Válgoma y Diaz Varela, Mecenas de libros. Su heráldica y nobleza, Bur- gos, 1966. « Sobre la dedicatoria a los príncipes, vid. Roger Chartier, «Le prince, la bibliothéque et la dedicace au XVIe et XVIIe siécles», en Mt L. López-Vidriero y Pedro M. Cátedra (eds.), El libro antiguo españoL JI? El libro en palacio y otros estudios bibliográficos, Salamanca, Ediciones Uni- versadad de Salamanca. Patrimonio Nacional, Sociedad Española de Historia del Libro, pp. 81-lOO.

Para qué imprimir De autores, público, impresores y manuscritos... 41

Sin embargo, la dedicatoria podía convertirse en un camino abierto, afinnan otros, a la difusión de la mentira. Al hablar de la forma de escribir historia en su tiempo, António de Sousa de Macedo observó que la lisonja de los poderosos había tenninado por convertirse en un obstáculo para la narración de la verdad, culpando de esta desnaturalización de la historia a la difusión de los textos que suponía la tipografía y estableciendo una equiparación entre grado de divulgación y grado de verdad. En su Eva e Ave el portugués habla de una tipografía mendaz:

«A impressáo, que foi beneficio para os escritos mais sc divulgarem, augmentou estes inconvenientes.., por assi vemos que nas histórias antigas, como mais seguras por menos divulgadas, nAo calhou a verdade o vituperio dos muitos; & nas modernas so se achAo louvores, como se nao ouvera peccados» ><>.

La primera forma de engaño se encontraba ya en las portadas y epístolas con las que se abrían los impresos, en las que los autores «hacen por extremo sabio al ignorante, al plebeyo por nacimiento semidiós en nobleza»4t>. En cuanto a dedi- catorias no deben abundar casos como el de Hernán Pérez de la Fuente que rechazó por excesivos los elogios que de su persona hacía Marcos Felipe al dedicarle uno de sus tratados y que estaba dispuesto a poner remedio a aquella situación «con cortar las primeras hojas de vuestro libro, donde esto tractáis, por- que no parescan»4t~ El licenciado Felipe redactó, entonces, una Apología, también dirigida a Hernán Pérez de la Fuente, en la que desarrolla el tema de la alabanza y la adu- lación con ocasión de la dedicatoria, comenzando con un estupendo relato de las iras con la que el oidor había recibido su tratado. Con su argucia de jurista, Marcos Felipe termina por hacer de la necesidad virtud y encuentra que aquel gesto del oidor no era más que la prueba fehaciente de las virtudes y grandeza a las que él sc refería en la dedicatoria enviada. Marcos Felipe imprimió otra Apología, esta vez en defensa de los gastos que la ciudad de Sevilla había hecho en las exequias de María de Portugal, la primera esposa del futuro rey Felipe II muerta en 1545. En este caso, dedicó su obra al maríscal Pedro de Navarra, Marqués de Cortes, cuyo escudo dc armas se ense- ñorea triunfante sobre más de la mitad de la portada42. La celebración de las exequias provocó más dc una crítica por parte de quienes opinaban que hubiera sido mejor dedicar a la asistencia de pobres las

António de Snusa de Macedo, Etc; e Ave c>u Maria Iriuoipbc;nte. 1/teatro <la cruclitcio, dc> ~>bilosopbía chrvsiam Lisboa, 1676. 1. XXX. 17. ~‘ Plaza Universal Discurso XXXII. ~‘ Marcos Felipe. Apc’logíc, ci Hernán Pérez cte Icí Fuente 1 Sevilla 1 a 550 Real Biblioteca RBI. 11/663,[.3 r. Preparamos una edición comentada de esta Apología, en la que nos ocuparemos tanto del autor como de su destinatarto. 42 ¡Sevilla, Domenico de Robertis. 1545].

Parc, qué imprimir. De autores, público, impresores y manuscrito&. 43

tuvo una segunda porque al final de su Discurso «De los libreros» figura un jugo- so pasaje no incluido hasta entonces:

«Por de buenos colores que se quieran pintar los libreros no dexan también de padecer sus defetos y vicos (sic). Quanto a lo primero sin los descuydos en las obras, y costumbres de mentir que ya son hábito de ellos, les atribuyen principal- mente los daños que se siguen en la República de libros legos y escandalosos. Por- que como quiera que consigan ganancia (blanco en que siempre ponen la mira) no reparan en esparcir por el mundo tan mala semilla. Encárganse con particular ansia de su impresión, comprando a vezes a subido precio lo que de balde sería carísimo. Sólo eligen lo que les puede ser útil, y lo que como dizen se halla guisado para el gusto del público, cuyo talento en cosas de ingenio descubre quilates de plomo pesado y vil. Mas no passo adelante supuesto son amigos y no es bien los irrite siquiera porque no se muestren poco favorables en el despacho deste libro» ~

En toda Europa, los testimonios que hablan del exceso de malos libros y de una plaga de lecturas inútiles son tan numerosos o incluso más que las criticas contra los libreros, a las que se añade, además, esta última de publicar sólo lo «guisado para el gusto del público». La elaboración literaria y doctrinal de esta nueva invectiva resulta conocida y sólo traeremos aquí una expresiva cita de The anatomv of ¡nelancholy de Robert Burton:

«... such inamorau.>cs as read nothing but play-books, dic poems, jests, Amadis de Gaul. te Knight of the Sun, the Seven Champions, Palmerin de Oliva, Huon of Bur- deaux. &c. Such many times prove in the end as mad as Don Quixot>~45.

Pero volvamos al librero del Sueño de Quevedo y recordemos el pecado cometido en el burdel de los libros que era su tienda:

«... yo y todos los libreros nos condenamos por las obras malas que hacen los otros y porque hicimos barato de los libros en romance y traducidos de latín, sabiendo ya con ellos los tontos lo que encarecían en otros tiempos los sabios; que ya hasta el lacayo latiniza y hallarán a Horacio en castellano en la caballeriza» 1

Es importante señalar que en las criticas contra los libreros e impresores por divulgar lo guisado a gusto de/público, como dijo Suárez de Figueroa, no sólo hay una preocupación por la calificación moral de las lecturas, que, sin duda, es preponderante. 1-lay, también, el rechazo a que la tipografía, de un lado, esté sir- viendo para que se lea lo que no merece serlo —textos cercanos a la cultura

< En la tidelisima Villa de Perpiñán. Por Luys Rourc, librero y a su costa, 1629 16301. Agra- dezco al Profesor Pedro M. Cátedra la amable indicación de la existencia de esta versión modifi- cada dcl Discurso «De los libreros». [16511.OxFord, Thornton’s, 1993, p. 355. »‘ Sucño,.. , e it. p. 1 1 6.

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popular, por ejemplo— y que, de otro, ofrezca textos autorizados a quien no merece leerlos —versiones en romance de clásicos, por ejemplo50. De hecho, gracias a la imprenta se conservó una parte de la cultura popular europea de la Edad Moderna5’ y lo hizo formando parte de bibliotecas de letra- dos, como la de Hernando Colón, quien mostró especial interés en que las «coplas e refranes e otras cosyllas» ingresasen en su fabulosa librería sevillana52. En su Ribliotheca Universalis, Conrad Gesner hizo balance del primer siglo de tipografía y su juicio no fue del todo positivo, pues encontraba lamentable que la imprenta hubiera servido para que «se conozcan los inútiles escritos de nues- tros contemporáneos» y, en cambio, quedasen «abandonados los más viejos y mejores» que antes eran los verdaderamente estimados53. Muy lejos del espíritu de Gesner en tantas cosas, el Lope de Fuente Ovejuna nos ofrece una curiosa dia- triba sobre el abuso que hacen de la imprenta ignorantes y envidiosos. Así, se duda que su invención haya servido para mucho porque, al Barrildo que afirma «la impresión es importante>~, Leonelo le responde «Sin ella muchos siglos se ha pasado 1 y no vemos que en este se levante ¡ un Jerónimo santo, un Agustino» M~ Parecida evocación casi nostálgica del pasado pretipogrático podemos encon- trar en El hombre de letras del jesuita Bartoli, quien llega a preguntarse: «Adón- de se avrá ido aquella preciosa costumbre, y edad dichosa, quando la miel de las ciencias se labraba en las blandas ceras, sobre las quales se escribía con un esti- lo de azero?» ~ Pero esa edad dichosa no se había ido del todo. ¿No estaba ahí todavía presente el mundo del manuscrito? Dos cartas manuscritas ocupan al moribundo Leriano en el final de la Cárcel de amor Qué debía hacer con aquellas dos cartas de Laureola que conservaba: romperlas le resultaba indecoroso, algún peligro podía suponer conliárgelas a otra persona. Así es que «hizo traer una copa de agua, y hechas las cartas peda~os, echólas en ella, y... bevióselas en el agua y ass< quedo contenta su voluntad» >~. Sin entrar en su su simbolismo eucarístico, la libación era «lo más seguro» por- que garantizaba la destrucción de las cartas de su amada.

Cfr, entre otros, Natalie Zemon Davis. «La imprenta y el pueblo», Sociedad y cultura en lc Frc,ncia moderna, Barcelona, Crítica, 1993, pp. 186-224. >‘ Véase, por ejemplo, Richard Mackenney, La Europa del sigla XVI? Expansión y conflicto. Madrid Akal, 1996, p. 166. 52 Klaus Wagner, «Hernando Colón: semblanza de un bibliófilo y de su biblioteca en el qui- nientos aniversario de su nacimiento», en López-Vidriero, y Pedro M. Cátedra. El libro antiguo español. Actas del segt..ndo Coíc>cjuio tnternacionat (Madrid), Salamanca, Ediciones de la lini- versidad de Salamanca. Biblioteca Nacional de Madrid. Sociedad Española de Historia del Libro,

992. p. 490. ‘‘ Vid, nuestro Del escribano a la bibliotec.c,. La civilización escrita europec¡ en la alta Edc¡d Modernc, (siglos XV-XVII), Madrid, Síntesis. 1992, p. 101. ~ Acto II, escena 2. Comedias escogidas, ed. de J. E. Hartzenbusch. Madrid, Rivadeneyra, 1857. » El hombre de letras p. 208. ~ Ed. de C. Parrilla, Barcelona, Cntica. 1995, p. 79.

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manuscrito es un campo abierto a la individualidad, a lo irrepetible de lo perso- nal, en especial en la literatura epistolar59. Sin embargo, la mayor privacidad que permitía el manuscrito no supone que no hubiera difusión de textos no impresos; ahí están para ratificaíio la cir- culación de poemas y libelos satíricos, por poner dos ejemplos harto probados. Se sabe que podían ser conocidos incluso los escritos de memorias considerados mas personales, como el emblemático Memorial de Pero Roiz Soares, que es posible que fuera usado para redactar una crónica de Sebastián de Portugal 6<] Para el ámbito ibérico no se dispone todavía de monografías como las que le han dedicado Harold Love o H.R. Woudhuysen al mercado de la reproducción y círculación de manuscritos en la Inglaterra de los siglos xvt y xvi)’. Sin embar- go, es evidente que la abundancia de testimonios sobre traslados y escritores lleva a pensar que en España y Portugal debió existir también una estructura de cierta coherencia puesta al servicio de la copia manuscrita, no sólo de libros de rezo o de escrituras griegas, sino también de otro tipo de textos, en la cual par- ticiparían desde secretarios a estudiantes, pasando por pendolistas, calígrafos, escríbanos y, quizá, algún librero. José Luis Rodríguez de Diego ha avanzado en la biografía del escritor madrileño Francisco Aguado, un copista profesional que trabajó para el secre- tario Vázquez de Salazar y para García de Loaysa, maestro del futuro Felipe III, antes de llegar a Simancas en 1587, donde coincidió con Pedro de Gaona y Baltasar Ordóñez, los cuales se dedicaban al mismo oficio asalariado de la copia

de escrituras 62 A buen seguro, la investigación sobre los manuscritos de la

grandes bibliotecas y los del medio universitario habrán de reportar un buen número de noticias al respecto. Por ejemplo, la vida universitaria en Salamanca no parece poder entenderse sín el manuscrito y su copia. No sólo ya porque, como refiere Juan Méndez Nieto en sus I)iscursos, hubo estudiantes que no llegaron a leer libro impreso alguno —«que con sólo los cartapa9ios les basta y se pasan y salen a vezes más bachi- lleres que los demás» «—, sino porque la ciudad asistía a un continuo moví- miento de textos copiados a mano. Revisando el célebre Diario de Girolamo da

~ Cft Lois Potter, Sccret <-hes c,nd secrcc writing. Rovaíist literature, 1641- lóót). Cambridge Universiry Press, Cambridge. 1989. Aparece citado en Varias ~ela<óes pc¿ra a chrc,nic.a, una colección de apuntes y notas para la historia de Sebastián 1 que preparaba J. B. Lavanha. Bibliothéque Nationale. Paris, Port. 8. El original se encuentra en la Biblioteca Nacional de Lisboa [BNLI y no fue publicado hasta 1953 por M. Lopes de Almeida en Coítnbra (Acta Universitaiis Conimbrigensis). St Harold Love ,Sc.ribaí publication in Se,enteentíí-Cc’ntu,v Englc¿nd, Oxford, Clarendon Press. 1993; ¡-1. R. Woudhuysen Sir Philip Sidney and tite circuiation of manuscripts. 1558— /640. Oxford, Clarendon Press. 1996. i. L. Rodríguez de Diego, «Formación del Archivo de Simancas en el siglo xvt. Función y orden interno», en El libro cmtiguo español. IV en piensa. Discursos medicinales. Salamanca, Universidad, 1 itnta de Castilla y León, 1989, p. 17.

Para qué imprimir De autores, público, impresores y manuscritos... (^) 47

Sommaia encontramos que, en los primeros años del Xvii, circulaban por ella desde «2 tomí di Tacito in penna» a unas «Coplas de Don Luys de Góngora», sin olvidar «la Gazzetta di Roma» o «una lettera d’Antonio Pérez» 64 Atendiendo a las notas de Haley, parece que Da Sommaia recurría para sus copias a varios estudiantes pobres, además de emplearse en ellas él mismo y su criado 65~ Un género en el que fueron especialmente numerosas las copias, y no de un avtso o un lugar sino de códices completos, es el de las genealogías~. Su difusión fue tan grande que, en el caso del famoso Conde de Barcelos, uno de los textos que abría su edición madrileña de 1646 no dudaba en afirmar que «queda este libro más vulgarizado en andar manuscrito que otros muchos por andar impressos» ~. Junto a la pasión linajuda, la razón última de esa proliferación de textos gene- alógicos se encontraba en la posibilidad de falsificar linajes, puesto que las enmiendas o añadidos son mucho más fáciles de hacer sobre el espacio abierto de un códice que en un impreso, cuyo texto, como vimos, está fijado gracias a su mecánica y a la proliferación de las copias que servían como testimonio. Las fal- sificaciones en libros de linajes eran tan frecuentes que, hacia 1621, Luís Lobo de Silveira, autor de unas Familias Reales de Portugal, advertía a sus lectores que no «hago casso de escrituras o copias dellas porque una y otra cosa se falsifica por aquéllos a quien toca o por quien los quiere adular, ni menos letreros de sepultura que tnuchos están falsificados» ~ La edición madrileña del Nobiliario del Conde Don Pedro pretendía poner freno a estas falsificaciones, haciendo que el texto genealógico quedase defini- tivamente fijado y bien establecido merced a las notas de Manuel de Faria e Sousa, Álvaro Ferreira de Vera y Félix Machado de Castro, Marqués de Monte- belo. Sin embargo, su principal objetivo no eran los códices que circulaban, sino el impreso que hacia apenas seis años se había publicado en Roma con la lectura de Joño Baptista Lavanha65. Este cronista había utilizado para su edición una copia del original que Manuel de Moura, Marqués de Castelo Rodrigo, había hecho trasladar en la Torre do Tombo. También será él quien financie la impresión de 1640 en Roma, donde se encontraba como embajador católico. Los responsables de la edición de 1646 no dudaban de que el Marqués había utilizado el Nobiliario para falsificar su linaje, aunque hay que recordar que tanto Montebelo como Fama e Sousa eran muy poco proclives a Castelo Rodrigo.

<~ í>iaric, de un e.studianee de Salamanca. La ercánica iuéclitct de Girolamo cia Sonu,naia (1603-MUZ), ed. de George Haley. Salamanca, Universidad, 1977. pp. 150, 53, 155, [85. r]s Diario p. (SS. “~ Nabiliaric~ del Conde de Barcelas L)on Pedro, Madrid. Alonso de Paredes, 1646. Aproba- ción de Jerónimo Mascarenhas. <~ RNM. Ms/3056, «Advertencia a los letores». <> Nobilicírio de D. Pedro Conde de lircícelos hijo del Rey D. Dioniis de Portugal. Roma, Par Estevan Paolino. 1640.

Para clué imprimir De autores, público, impresores y manuscritos... 49

Sin duda, todo esto formaba parte del recurso retórico de captar la bene- volencia del público mostrándose tan modestos como faltos de interés en la búsqueda de la fama porque el saber es ya un premio en sí mismo. Lo que nos interesa mostrar ahora es un grupo especial de excusas para la impresión, aquéllas que tienen que ver con el reconocimiento de una anterior circula- ción manuscrita de las obras. Presentemos tres ejemplos de la segunda mitad del siglo xvii. Así, ya en el título de su colección de poemas y opúsculos, Juan Gaspar Enrí- quez, Almirante dc Castilla, deja bien claro que se trata de unos Fragmentos del ocio que recogió una templada afición, sin más fin que apartar estos escritos del desaliño porque no los empeorasse el descuido ordinario de la pluma en los tras- lados ~. Algo similar se puede leer en una de las epístolas que abre los Opúscu- los de Gaspare Squarzafacigo, Marqués de Buscayolo:

‘<... desengañado el Marqués y conociendo que era impossible recoger los traslados que cada día más se esparcían y llenavan de errores tuvo por bien permitir que Ile- 74 gasen a mis manos los exemplares enteros

Y en El hombre práctico del Conde de Fernán Núñez se indica que:

«La precisión de dar a personas de respeto y obligación copias de aquestos dis- cursos, después de haucrlos juntado y enquademado ha obligado (para evitar las erra- tas) a valertne de la Imprenta» ~>.

Las tres citas coinciden en la decisión de dar un texto a la imprenta para evi- tar que se desaliñen, diría Enríquez, al pasar de mano en mano. Sin embargo, los tres autores y sus pretensiones son muy distintas. Las coplas, sátiras y papeles políticos del Almirante sí que habían corrido manuscritas por la corte de Car- los JI, en la que ocupaba un lugar destacado en la lucha de facciones, al tiempo que su círculo de poetas y pintores recreaba el antiguo mundo cortesano de la oralidad y la epístola manuscrita. Sin embargo, el advenedizo Marqués de Bus- cayolo era un personaje bien distinto y con la pretensión de que aquellos opús- culos suyos gozaban de tanta estimación que había sido preciso recurrir a la imprenta para salvarlos de los errores parece querer beneficiarse del prestigio indudable que tal cosa podía suponerle. Por último, Fernán Núñez da a la imprenta un uso diferente, recurriendo a ella para presentar y dar a conocer sus teorías sobre la educación y el papel de la nobleza en el gobierno del país, razo- nes por las que será tan estimado en el siglo siguiente.

~3 SI. IMadridí, si., 1683. Valencia. 1669, «El impressor a quien leyere». ~> Francisco Gutiérrez de los Ríos y Córdoba. El hombre práctico c’ discursos <‘arios sobre su cc)nc)cirnicato y enseñanz.as, Bruselas, 1686, «Proet,<ío».

50 Fernando Bauza

Pese a sus imposturas, hay que reconocer que Squarzafacigo nos ha dejado una ingeniosa alegoría de la impresión de libros como una forma de emancipa- ción de los textos. Reelaborando el tópico que quiere que los autores sean padres de sus obras, imagina que una vez redactados, habían sido los opúsculos mismos los que desearon abandonar su custodia y que, para hacerlo, habían decidido hacerse públicos, lo que exigía que su padre los hiciera pasar por la imprenta, pues la difusión manuscrita estaba llena de peligros:

«Por menos mal y porque no salgan furtivamente a la calle mútilos, informes, infectos y supuestos los he reconocido por míos y emancipado» 76

Parafraseando a Buscayolo, podemos decir que correr impreso favorece la publicidad de un texto reconocible, completo, idéntico, autorizado. Si los autores se podían beneficiar de un medio que ofrecía estas posibilidades, lograr dichas condiciones era una exigencia para los poderes públicos en algunas de sus acti- vidades. Administración, propaganda interior y exterior, censura religiosa, con- trol ideológico..., encontraron en la mecánica tipográfica un magnifico aliado ¼ Para todo esto imprimir en el Siglo de Oro. Así, buscando saber para qué hacerlo, hemos recorrido un camino circular, que nos ha llevado de las críticas de los autores a libreros e impresores a la posibilidad de recurrir al manuscrito. Pero, al mismo tiempo, hemos visto que el impreso acaba por demostrar que es insus- tituible por su capacidad de difusión, su celeridad, su moderación de precios y, sobre todo, la fijación textual que permite la tipografía. Pese a las críticas que generan las erratas, las dedicatorias, las prácticas abusivas de los editores, el impreso es el instrumento tanto del triunfo del autor como del poder modernos. Pese a ello, todavía habrá muchos autores que se entreguen a ese delicioso ejercicio de quejarse dc la edición de sus obras, a la que se enfrentan con tan pocas ganas. Ya en este siglo, Francisco Rodríguez Marín le propuso a Alejan- dro Moreno y Gil de Borja la publicación en la Ilustración Española y Amen- cana de una de sus cartas histórico-literarias. Iba a ser la más peregrina, pues su titulo era «¡No imprimas tu libro!» y su materia «Sobre los tramojos que pasa todo autor, entre ellos, el dedicar obras literarias y el regalar dedicadas o sin dedi- car, de grado o por fuerza, ejemplares de ellas» ~ La iba a firmar como el Bachiller de Osuna y parecería que nada había cambiado desde el Siglo de Oro.

7< Opúsculos Carta dedicatoria al Almirante de Castilla. ~ Nos ocupamos de esta materia en «Monarchie en lettres dimpriínerie. Typographic et propagande au temps de Philippe lío>. Revue d’histoire nioderne et conte¡nporaine (Paris) 41- (1994), pp. 207-220. ~< Sevilla. 21/5/1902. BNM. Ms/20408.