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Este documento aborda el tema de la hiperactividad en la infancia, con enfoque en el trastorno por déficit de atención e hiperactividad (tdah). Se discuten los síntomas y causas de este trastorno, incluyendo factores genéticos, psicosociales y ambientales. Además, se analiza la relación entre el vínculo, el temperamento y el tdah, explorando la posible predisposición genética a este trastorno.
Tipo: Apuntes
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La hiperactividad tiene su comienzo en la infancia temprana, se estima que aproximadamente un 2% de los preescolares cumplen los criterios para el diagnóstico del trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH).Los síntomas se presentan antes de los siete años de edad y en los procesos de desarrollo que marcarán las claves de la conducta y socialización del niño van a influir factores genéticos, psicosociales y ambientales.
Algunos niños que se diagnostican con TDAH muestran ya desde los primeros meses de vida disfunciones en la modulación del arousal, se muestran fácilmente sobreexcitables ante cualquier estímulo, con vínculos que no incluyen la sonrisa social, y exteriorizan dificultades para relajarse, calmarse espontáneamente o ser tranquilizados por sus cuidadores. La consecución de un grado flexible de autocontrol es un objetivo primordial del desarrollo en la edad preescolar.
Durante la fase de modulación sensorio motora, que tiene lugar entre los 3- meses , el lactante es capaz de ajustar su conducta motora voluntaria en respuesta a estímulos ambientales y en la consecución del control inhibitorio desempeña un papel importante el desarrollo significativo que durante la segunda mitad del segundo año tiene lugar en la memoria de trabajo. El escaso rendimiento académico en niños con TDAH puede resultar de deficiencias en la memoria de trabajo más que por una consecuencia directa de trastornos conductuales, falta de atención y/o hiperactividad.
A los 2 años debe ser capaz de inferir el estado de otros, ofrecer consuelo o asistencia a una persona que se encuentra mal e inhibir actos agresivos por la interiorización de que pueden causar malestar a otras personas. En niños con temperamento difícil puede verse afectado el ambiente propicio para el establecimiento y la aceptación de límites conductuales y el consiguiente desarrollo de una adecuada conciencia de lo correcto e incorrecto; hecho simi- lar para los niños con manifestaciones precoces de TDAH o aquellos que se desarrollan en un ambiente desprovisto de normas conductuales adecuadas. Una respuesta inadecuada en dichas limitaciones refuerza la conducta de crisis de ira y negativismo que puede contribuir a que las rabietas típicas de esta edad se conviertan en una estrategia consolidada para obtener el control. Hacia la mitad del segundo año de vida , la mayoría de los niños se comportan como si esperasen una respuesta de los adultos a sus acciones, mirarán a sus padres después de haber violado una regla familiar y mostrarán una expresión indicativa de miedo o desasosiego, este estado llevara a que el niño de nombre a sus sentimientos y se haga consciente de ellos. Los límites de comportamiento son externos y al ponerlos a prueba aprenden qué conductas son aceptables desarrollando el sentido de lo que está bien y lo que está mal. Necesitan creer que merecen la aprobación de los adultos para esforzarse por hacer algo.
Alrededor de los 18 meses se inicia la conciencia de la identidad personal, desarrollando una representación interna de su aspecto físico.
A los 3 años de edad, el niño es capaz de expresar claramente lo que quiere con palabras y se convierte en un comunicador experto que se hace valer y sabe cómo moverse y qué decir para conseguir sus deseos. Sabe ser cariñoso y es ingenioso para salirse con la suya; es fantástico e imaginativo en sus juegos.
atención. Las respuestas de inhibición están bien desarrolladas a la edad de 3 o 4 años y se incrementan significativamente en el transcurso del cuarto año, de forma que los niños se tornan más capaces de inhibir su conducta ante instrucciones propias o ajenas. El aumento en el autocontrol se sustenta en el desarrollo de las habilidades lingüísticas, que emerge alrededor del tercer año, esto permite al niño regular sus emociones, su motivación y su persistencia en las tareas, al tiempo que modula sus respuestas motrices, por tanto el desarrollo de la atención experimenta un salto cualitativo básico a los 4 años de edad y van adquiriendo las habilidades necesarias para un funcionamiento adecuado en un ambiente escolar estructurado.
Los niños que han desarrollado un vínculo seguro con su figura de apego desarrollan una adecuada competencia social. Por el contrario el vínculo ansioso-evitante se asocia con una falta de inhibición ante lo no familiar, con evolución hacia conductas de agresividad, hiperactividad, especialmente si asocian un temperamento no inhibido. Aquellos con vínculo ansioso-resistente o ambivalente muestran una predisposión contraria, con tendencia a conductas de internalización, como depresión o ansiedad.
VÍNCULO, TEMPERAMENTO Y TDAH
Niños que en su evolución fueron diagnosticados de TDAH mostrarón signos disfuncionales precoces que podrían asimilarse a los asociados a un temperamento difícil; algunos de estos niños presentaron dificultades sociales o trastornos conductuales que repercutieron de forma negativa en su desenvolvimiento escolar. Dado que todas las modalidades sensoriales tienen sinapsis con la amígdala, es posible que aquellos que hereden un bajo umbral de excitabilidad a la estimulación en estas áreas y sus proyecciones tengan una mayor predisposición al llanto con la estimulación. Si esta característica fisiológica es estable, serán más ariscos y rechazantes de lo no familiar debido a que estos núcleos amigdalares y sus proyecciones al hipotálamo, núcleos de la base y cingulado son mediadores de las reacciones disfóricas observadas en niños mayores.
Existen evidencias a favor de la asociación entre determinados tipos de vínculo, objetivados mediante el análisis de la reacción ante la situación extraña de Ainsworth y los polimorfismos en el gen DRD4. Se ha visto que la condición de no portador del haplotipo T.7 actúa como un factor de resiliencia en el desarrollo de un vínculo seguro. Por el contrario, su presencia se asocia a un vínculo desorganizado. La implicación de la asociación del gen DRD4 con el TDAH ya se ha establecido previamente. Algunos polimorfismos, como la repetición de 48 pb en el exón 3, se han asociado a una forma de TDAH en la que predominan las conductas de riesgo y la búsqueda de emociones.