Docsity
Docsity

Prepara tus exámenes
Prepara tus exámenes

Prepara tus exámenes y mejora tus resultados gracias a la gran cantidad de recursos disponibles en Docsity


Consigue puntos base para descargar
Consigue puntos base para descargar

Gana puntos ayudando a otros estudiantes o consíguelos activando un Plan Premium


Orientación Universidad
Orientación Universidad


afasf, Apuntes de Ingeniería de Telecomunicaciones

Asignatura: Aplicacions Multidisciplinàries de les Telecomunicacions I i II, Profesor: Juan Jose García Gar, Carrera: Enginyeria de Sistemes de Telecomunicació, Universidad: UAB

Tipo: Apuntes

2014/2015

Subido el 03/05/2015

lagosest
lagosest 🇪🇸

2.5

(2)

11 documentos

1 / 4

Toggle sidebar

Esta página no es visible en la vista previa

¡No te pierdas las partes importantes!

bg1
pf3
pf4

Vista previa parcial del texto

¡Descarga afasf y más Apuntes en PDF de Ingeniería de Telecomunicaciones solo en Docsity!

Elena García Guitián 2.4 Benjamin Constant: «De la libertad de los antiguos comparada con la de los modernos»* [..-] : Preguntemos desde luego lo que en este tiempo entienden un inglés, Un francés o un habitante de los Estados Unidos de América por la palabra liber tad. Ella no es para cada uno de éstos otra cosa que el derecho de no estar so- metido sino a las leyes, no poder ser detenido, ni preso, ni muerto, nimaltrata- do de manera alguna por cl efecto de la voluntad arbitraria de uno o de muchos p individuos: es el derecho de decir su opinión, de escoger su industria, de ejer- cerla, y de disponer de su propiedad, y aun de abusar si se quiere, de ir y venir a cualquier parte sin necesidad de obtener permiso, ni de dar cuenta a nadie de sus motivos o sus pasos: es el derecho de reunirse con otros individuos, sea para deliberar sobre sus intereses, sea para llenar los días o las horas de la ma- o nera más conforme a sus inclinaciones y caprichos: es, en fin, para todos cl Ml derecho de influir o en la administración del gobierno, o en cl nombramiento ¡ de algunos o de todos los funcionarios, sea por representaciones, por peticio- nes o por consultas, que la autoridad está más o menos obligada a tomar en | consideración. Comparad entre tanto esta libertad con la de los antiguos. b Ésta consistía en ejercer colectiva pero directamente muchas partes de la i soberanía entera; en deliberar en la plaza pública sobre la guerra y la paz; en concluir con los extranjeros tratados de alianza; en votar las leyes, pronunciar las sentencias, examinar las cuentas, los actos, las gestiones de los magistra- dos, hacerlos comparecer ante todo cl pueblo, acusarlos, y condenarlos o ab- solverlos. Pero, al mismo tiempo que era todo esto lo que los antiguos llama- ban libertad, ellos admitían como compatible con esta libertad colectiva la sujeción completa del individuo a la autoridad de la multitud reunida. No en- contraréis en ellos casi ninguno de los beneficios y goces que hemos hecho ver que formaban parto de la libertad en los pueblos modernos. Todas las ac- ciones privadas estaban sometidas a una severa vigilancia: nada se concedía a la independencia individual ni bajo el concepto de opiniones, ni del de indus- tria, ni de los otros bienes que hemos indicado. En las cosas que nos parecen i más útiles, la autoridad del cuerpo social se interponía, y mortificaba la vo- Iuntad de los particulares. Terpandro no pudo entre los espartanos añadir una | cuerda a su lira sin que los éforos se diesen por ofendidos. Aun en las relacio- nes domésticas más ocultas también intervenía la autoridad: un joven lacedai- monio no padía visitar libremente a su nueva esposa: en Roma los censores escudriñaban hasta el interior de las familias: las leyes regulaban las costum- bres; y, como éstas tienen conexión con todo, nada había que aquéllas no pre- tendicsen arreglar. Así, entre los antiguos el individuo, soberano casi habitualmente en los negocios públicos, era esclavo en todas sus relaciones privadas. Como ciuda- * Del espíritu de conquista, O Tecnos, Madrid, 1988, EEES 38 3. El discurso liberal: democracia y representación dano decidía de la paz y de la guerra; como particular estaba limitado, obser- vado y reprimido en todos sus movimientos; como porción del cuerpo colec- tivo cuestionaba, destituía, condenaba, despojaba, desterraba y decidía la vida de los magistrados o de sus superiores; pero como sometido al cuerpo colectivo podía llegar también la ocasión de ser privado de su estado, despo- jado de sus dignidades, arrojado del territorio de la república, y condenado a muerte por la voluntad discrecional del toda de que formaba parte. Entre los modernos al contrario, el individuo, independiente en su vida privada, no es soberano más que en apariencia aun en los Estados más libres: su soberanía está restringida y casi siempre suspensa: y sien algunas épocas fijas, pero ra- ras, llega a ejercer esta soberanía, lo hace rodeado de mil trabas y precaucio- nes, y nunca sino para abdicar de ella. 0] De lo que acabo de decir resulta que nosotros no podemos gozar de la li- bertad de los antiguos, la cual se componía de la participación activa y cons- tante del poder colectivo. Nuestra libertad debe componerse del goce pacífico y de la independencia privada. La parte que en la antigitedad tomaba cada uno en la soberanía nacional no era, como entre nosotros, una suposición abstrac- ta: la voluntad de cada uno tenía una influencia real; y el ejercicio de esta mis- ima voluntad era un placer vivo y repetido: por consecuencia, los antiguos esta- ban dispuestos a hacer muchos sacrificios por la conservación de sus derechos políticos, y de la parte que tenían en la administración del Estado; pues, cono- ciendo cada uno con orgullo cuánto valía su sufragio, encontraba en este mis- mo conocimiento de su importancia personal un amplísimo resarcimiento. Pero este resarcimiento no existe hoy para nosotros: perdido en la multi- tud el individuo, casi no advierte la influencia que ejerce; jamás se conoce el influjo que tiene su voluntad sobre cl todo, y nada hay que acredite a sus pro- pios ojos su cooperación. El ejercicio de los derechos políticos no nos of: ce, pues, sino una parte de los goces que los antiguos encontraban: y al mis- mo tiempo los progresos de la civilización, la tendencia comercial de la época, la comunicación de los pueblos entre sí han multiplicado y variado al infinito los medios de la felicidad particular. De aquí se sigue que nosotros debemos ser más adictos que los antiguos a nuestra independencia individual; porque las naciones, cuando sacrificaban ésta a los derechos políticos, daban menos por ubtencr más, mientras que no- sotros, haciendo el mismo sacrificio, nos desprenderíamos de más por lograr mMecnos. El objeto de los antiguos era dividir el poder social entre todos los ciuda- danos de una misma patria: esto era lo que ellos llamaban libertad. El objeto de los modernos es la seguridad de sus goces privados; y ellos llaman libertad Alas garantías concedidas por las instituciones de estos mismos goces, L.] Resígnese, pues, el poder: lu que nosotros necesitamos es la libertad, la Cual conseguiremos indefectiblemente; pero como la que precisamos es dife- 3. Eldiscurso liberal: democracia y representación habitar sino un primer piso, pretendiese edificar sobre la arena un edificio sin. cimientos, Por otra parte, ¿es tan verdadero el que un género sólo de felicidad, sca éste el que quiera, pueda ser el objeto único de la especie humana? En tal caso nuestra carrora sería muy estrecha, y poco sublime nuestro destino. No hay ciertamente uno de nosotros que quisiese bajar tanto, restringir sus facultades morales, robajar sus descos y abjurar de la actividad, la gloria y las emociones generosas y profundas. No, yo certifico la existencia de la parte mejor de nuestra naturaleza; de esta noble inquietud que nos persigue y nos atormenta; de este ardor de extender nuestras luces y desarrollar nuestras facultades; todo nos dice que no es a un punto de felicidad sólo a lo que se dirigen, sino a la perfección a que muestro destino nos llama; y la libertad política ciertamen- te es el más poderoso y enérgico modo de perfección que el cielo nos ha dado entre los dones terrenos. Ella, sometiendo a todos los ciudadanos sin excep- ción el examen y estudio de sus más sagrados intereses, agranda su espiritu, ennoblece sus pensamientos y establece entre todos ellos una especic de igualdad intelectual, que hace ia gloria y el poder de un pueblo. [... Lejos de nosotros, pues, el renunciar a ninguna de las dos especies de li- hertad de que he hablado. Es necesario, como he demostrado, aprender a combinar la una con la otra, [...] La obra del legislador no es completa cuando ha dado solamente tranqui- lidad a un pueblo: aun estando éste contento, falta todavía mucho por hacer. Es necesario que las instituciones acaben la educación moral de los ciudada- nos. Respetando sus derechos individuales, manteniendo su independencia, no turbando sus ocupaciones, debe, sin embargo, procurarse que consagren su influencia hacia las cosas públicas; llamarles a que concurran con sus determinacionos y sufragios al ejercicio del poder; garantizarles un dere- cho de vigilancia por medio de la manifestación de sus opiniones y, formán- doles de este modo por la práctica a estas funciones elevadas, darles a un mismo tiempo el deseo y la facultad de poder desempeñarlas,