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Adaptacion, Estrategias, modos, perfiles de afrontamiento del estres
Tipo: Resúmenes
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Alfredo Fierro En: María Isabel Hombrados (comp.), Estrés y salud , Valencia: Promolibro, pp. 9- 38 En los últimos años ha venido a hablarse de estrés para casi todo. Este mismo volumen seguramente es una muestra de ello entre otras muchas. Aparte de un crecimiento exponencial de estudios, informes y revisiones sobre el tema, en los últimos años han aparecido revistas de contenido monográfico (en España, Ansiedad y estrés) y asimismo obras sistemáticas que se presentan como "manuales" sobre estrés (Glaser y Kiecolt-Glaser, 1994; Goldberger y Breznitz, 1993; Zeidner y Endler, 1996). Parece esto avalar y consolidar una demarcación temática de este dominio como posible ámbito de un tratado dentro de la Psicología. Existe gran variedad temática, sin embargo, dentro de ese ámbito; y esa misma variedad pone de manifiesto la difusa amplitud de lo que se entiende por estrés. Es justo esta amplitud, y no por extensión, sino por lo difuso de sus límites, la que ha valido de acicate para desarrollar en este capítulo un análisis (un ensayo, más que una revisión) con el propósito de clarificar y construir un concepto de estrés que no haga dúplica con otros constructos de curso habitual en Psicología. En el desarrollo de esa clarificación el estrés va a aparecer como realidad psicológica caracterizada por la peculiar circunstancia de llamar a la acción, a una clase particular de actividad que es el afrontamiento. Ahora bien, esa especial clase de acción que es la de afrontamiento encaja mal en las grandes concepciones hoy al uso, dominantes: en el "cognitivismo" tanto como en el "conductismo"; y parece requerir un enfoque distinto que, como apropiado nombre, puede llevar el de "psicología de la acción".
1. Adaptación y enfoque funcionalista El punto de partida del presente análisis es una acepción sumamente general - pero necesaria- de la adaptación como función comportamental universal, como atributo interno de la conducta.
En esa acepción, no hay conducta inadaptada o disfuncional: también las conductas psicopatológicas son funcionales y adaptativas, aunque ineficaces o malogradas. En su conducta adaptativa - en su conducta, a secas- el sujeto aparece no aislado, no contrapuesto al mundo, sino en relación básica con él. El de adaptación es, en consecuencia, un concepto (y un fenómeno) relacional. Se refiere a dos direcciones de intercambio de energías del agente con el mundo exterior y que son las relaciones: a) de estimulación, de transducción de energía física en psíquica; y b) de conducta motriz y operante [conducta práctica, acción], consistente en transducción de energía psíquica en física. La adaptación de que aquí se habla no es, pues, adaptación pasiva (adaptarse al entorno, a las circunstancias), o sólo reactiva, sino activa e interactiva: en ella se incluye también adaptar el entorno a las propias necesidades y demandas, y con eso hacerlo vivible, habitable. En una de sus raras incursiones en el dominio de la teoría, Skinner (1953, cap. 28) se pronunció sobre el valor adaptativo y selectivo del refuerzo. Se aprende - dice Skinner- lo que sirve para la supervivencia (y la "mejor-vivencia", cabría glosarle). En ese mismo contexto, alude al evolucionismo de Darwin: las especies adquieren características que les ponen en mejores condiciones de (sobre)vivir y reproducirse en el medio. Compara, pues, y aproxima el valor selectivo de la adaptación biológica en las especies y el del refuerzo en el comportamiento individual, en el aprendizaje, y también en el comportamiento colectivo, en la configuración de las culturas. No sólo el conductismo ha hablado de la función adaptativa en la conducta. También la psicología de los procesos perceptivos lo ha puesto de relieve. Frente a teorías estructuralistas (y de la "Gestalt"), que contemplaban la percepción como proceso en sí autosuficiente, la teoría del "New Look", introdujo la perspectiva funcional al inquirir: "¿dónde está el perceptor en la teoría perceptual?" (Klein y Schlesinger, 1949). Era una pregunta por la funcion adaptativa que el sistema perceptual desempeña para el sujeto perceptor, una función patente incluso en los sesgos perceptivos, ocasionalmente disfuncionales, pero generalmente útiles, al modo de heurísticos rudimentarios. En parecida perspectiva funcional, de análisis del comportamiento adaptativo, se sitúa Piaget en un asunto tan
(como regla, como norma) generan respuestas estresadas. Así que resulta difícil - en rigor, imposible- definir el estrés del lado del estímulo sin incluir un componente del lado de la reacción de los sujetos. Aparece así la noción de estrés-respuesta: patrones de respuesta estresada, trastorno o alteración emocional y motriz. O bien se presenta a la ansiedad como reacción subjetiva ante circunstancias de ambigüedad o amenaza, de estrés. Después de criticar, por insuficientes, las nociones del estrés-estímulo y del estrés-respuesta, Lazarus y Folkman (1984) abogan por una concepción del estrés como relacion, por un concepto relacional: un acontecimiento estresor sobre un sujeto susceptible. Así se entiende que condiciones ambientales extremas son estrés para todo el mundo, mientras otras no lo son tanto (y hacen aparecer diferencias individuales). Definen, pues el estrés como "una clase particular de relaciones E-R, una relación apreciada ("appraised") por el sujeto como amenazante o desbordante de sus recursos y que pone en peligro su bienestar" (Lazarus y Folkmann, 1984 / 1986, pág. 43).
3. Estrés: riesgo de reacción disfuncional El modelo o teoría de Lazarus y Folkman ha pasado a constituir un punto cardinal de casi obligada referencia, aunque sólo sea para separarse de él. También va a ser aquí norte de referencia, sólo que con algunas rectificaciones de rumbo. Las consideraciones que siguen no sólo se sitúan en relación con él. Más que eso, lo dan hasta cierto punto por supuesto, aceptan su núcleo teórico básico: toman como punto de partida un análisis del estrés como relación - una relación E→→R, si se quiere- de carácter no generalizado, no la presente en la adaptación como tal (o sea, en toda estimulación y toda conducta), sino particular: la que se da - o llega a darse- ante ciertos estímulos, en ciertas conductas adaptativas. Ahora bien, a partir de ahí, y aunque estrés implique una relación evento / sujeto, es necesario distinguir en esa relación los elementos objetivos, de acontecimiento, de estímulo, de situación, y los subjetivos, de experiencia, reacción y respuesta del individuo. A ese respecto algunos autores de lengua inglesa (así, Fleming, Baum y Singer, 1984, y Shinn y otros, 1984), además del término "stress" (literalmente: carga, peso, esfuerzo, tensión), utilizan también "strain", que
viene a significar lo mismo (tensión, tirantez, esfuerzo), pero que les sirve para designar el elemento subjetivo y reactivo del estrés. En todo caso, por muy relacional que sea el concepto y la realidad del "estrés", si no se quiere denominar a todo con el mismo término, parece conveniente buscar un término, y no sólo un concepto, para lo que "le sucede" al sujeto ante los eventos estresantes y no ya para lo que sucede en el curso objetivo de esos eventos. Así las cosas, y manteniendo el concepto esencialmente relacional, no se pierde el norte por reservar el término castellano "estrés" para la reacción subjetiva. Una vez admitido ese término - de origen inglés- por la Real Academia de la Lengua, lo mejor seguramente es adoptarlo en la acepción misma del Diccionario de esa Academia, que dice así: " [Med] Situación de un individuo o de alguno de sus órganos o aparatos que por exigir de ellos un rendimiento superior al normal los pone en riesgo próximo de enfermar". La indicación [Med] señala que se introduce el término en castellano dentro del dominio y la acepción de la Medicina. Pero no es difícil transcribir esa excelente definición léxica de estrés, en extensión y por analogía, al orden psicológico, y proponer definir el estrés psicológico como sigue: " [Psi] Situación - o experiencia- de la persona o de alguno de los sistemas de personalidad que por exigir de ella un rendimiento superior al normal la pone en riesgo de funcionar mal o de pasarlo mal". La legitimación de una definición así del estrés no proviene sólo o principalmente de la autoridad lexicológica de un Diccionario y de su posible trasposición al ámbito psicológico. Proviene de unos referentes empíricos, de lo que se ha investigado y encontrado bajo el encabezamiento de estrés, así como de su coherencia conceptual o de constructo y de su validez discriminante respecto a otros constructos afines. Viene, en fin, de que torna posibles unos modos y estrategias de intervención psicológica que no se reducen a otros tratamientos, por ejemplo, de la ansiedad o de la depresión. La anterior caracterización del estrés contiene un término clave, el de "experiencia"; y lo contiene para poner énfasis en ello y señalar la necesidad de recuperar la noción de experiencia para la psicología científica como correlato subjetivo - que no sucedáneo- de las situaciones, de la estimulación. Por otro lado, supone principios varios de psicología de la personalidad, que aquí sólo es posible
confundirse ni con el duelo o la pena por una pérdida, ni con el dolor que conllevan muchas experiencias, ni con la fatiga por un esfuerzo prolongado, ni con la ansiedad, la depresión o el conflicto. La experiencia de estrés puede y suele aparecer asociada con alguno o varios de esos elementos, entremezclado con ellos: afectos, sentimientos, emociones, y no sólo cogniciones; mas no por ello se identifica con procesos psicológicos que tienen su propia entidad - y construcción conceptual- y que son de otra naturaleza. Al estrés seguramente le caracteriza un alto contenido emocional negativo (Costa, Somerfield y McCrae, 1996), pero no basta este elemento para delimitarlo frente a otras emociones. Para ser bien analizado y comprendido, ha de ser descrito ante todo en su patrón específico, y no genérico, confuso y confundido con reacciones afines o concomitantes. Por razones de coherencia conceptual y también de utilidad práctica para la intervención se propone, pues, conceptúar el estrés por la experiencia y la presencia de un desafío situacional a un sujeto agente con recursos escasos. Lo específico suyo entonces consiste en la demanda - sea externa, o autoimpuesta- de una actividad que es necesaria y para la que se dispone de recursos , pero insuficientes. Suele tratarse de una demanda múltiple: de varias demandas simultáneas y no fácilmente armonizables. Hay que hacer algo; es más, habría que hacer varias cosas a la vez; pero no dispongo de los medios para ello. El estrés surge cuando se hace patente que está en peligro la vida o la calidad de la misma, que ha de hacer algo la persona y que, sin embargo, carece de recursos bastantes para ello. Cabe todavía agregar otra nota característica, otra propuesta. El estrés se da en situaciones relativamente duraderas, permanentes; no es fenómeno de un instante pasajero. Según eso, no es estrés lo que surge en casos de emergencias. La acción para salvar el propio pellejo, así como también el altruísmo e incluso el heroísmo para salvar vidas ajenas en un naufragio, un incendio o un bombardeo, se realiza sin estrés. Este, si acaso, surgirá para atender en tiempo dilatado las consecuencias de la catástrofe, el resultado de una casa o una ciudad en ruinas; pero no está asociado a la emergencia como tal, sólo a sus consecuencias permanentes. Para poder hablar de estrés se requiere que haya una demanda prolongada. Por eso el estrés no es lo mismo que la tragedia o que la indefensión. En la vida humana hay a veces tragedia. Pero a las
tragedias, al destino, a la "moira" griega o a los poderes de la naturaleza, en rigor, no se les afronta, pues no hay nada que hacer. A ellos estamos sencillamente confrontados como puras víctimas. Se puede plantar cara a la tragedia y a la indefensión al modo de Job o de Edipo, pero aquéllas no demandan nada, sólo padecerlas, pues se cumplen de modo inexorable. Conviene reservar el término "estrés" para situaciones que llaman al afrontamiento, a la acción, y ni siquiera para todas ellas, sino para aquéllas en que el sujeto no tiene medios suficientes - habilidades, hábitos, libertad de acción- para atenderlas. La situación de un accidentado grave, de un gran inválido o de un enfermo terminal puede ser dolorosa, dramática, de indefensión; pero no de estrés: los estresados son los familiares y los profesionales que han de hacer frente a las demandas de su atención por mucho tiempo. Reunidos todos los elementos comentados, cabe señalar como componentes de la relación integral (relación y transacción situación / sujeto) de estrés: 1) el hecho objetivo de que el individuo no está a la altura de las demandas, de las circunstancias, y no lo está por la dificultad o imposibilidad, con sus escasos recursos, de atender bien a la vez demandas o muy intensas o de signo dispar, incompatibles; 2) el estado o disposición de ánimo de la persona ("mood", humor, talante, emoción, experiencia); 3) el peligro de patrón disfuncional en el comportamiento instrumental y/o el de daños o riesgo relativamente permanente en alguno de los subsistemas de la persona. Una caracterización así esa lque permite discernir el estrés de otros procesos afines y también proceder a estrategias de intervención específicamente dirigidas a facilitar su afrontamiento.
6. Estrés y crisis vitales El estrés puede constituir el mito de la psicopatología contemporánea, a semejanza de lo que todavía ahora lo es la depresión y de lo que a comienzos de siglo fue la histeria. En otro tiempo, todo o casi todo era histeria; o quizá aparecía la histeria por doquier. Ahora todo - o casi- es estrés; o es quizá que éste aparece realmente por doquier. Aparece ubicuo en la literatura psicológica, en la científica y en la que se vende en los quioscos. Desde luego, ha de reputarse mito tomar como estrés típico el que es propio del ejecutivo y el del
la característica diferencial aquí propuesta. Una psicología del estrés, por tanto, ha de atender también a la acción requerida: es la conducta de afrontamiento.
7. Afrontamiento Es del todo acertada la correspondencia que Lazarus y Folkman (1984) establecen entre estrés y afrontamiento: éste constituye la conducta apropiada y relativa al estrés. Como también comentan con acierto, la conducta relacionada con el estrés incluye, en realidad, dos géneros de respuesta. Una es la conducta "respondiente", que, a su vez, se compone, primero, de percepción no sólo del peligro, de la pérdida o el daño, sino también - si es correcto el precedente análisis- de la demanda (percepción y, además, "appraisal": apreciación, estimación, juicio); y, segundo, de reacción y alteración emocional. Otra es la conducta adaptativa específicamente relativa a la demanda y que asimismo se compone, a su vez, de dos elementos: una "re- apreciación" del daño, pérdida, amenaza, pero también, por otro lado, de los propios recursos para hacerle frente; y una acción propmeiante tal, una conducta instrumental, operante, que trata de realizar los requeridos cambios en el entorno. Afrontamiento es la respuesta adaptativa al estrés. Costa, Somerfield y McCrae (1996) resaltan que debe distinguirse entre adaptación, término muy amplio que cubre la totalidad de la conducta, y afrontamiento, una especial categoría de adaptación elicitada en el individuo por circunstancias inusualmente abrumadoras. Lazarus y Folkman (1984 / 1986, pág. 164) lo formulan con una excelente definición, que basta reproducir aquí con algunas glosas propias entre paréntesis: "esfuerzos [actos, procesos] cognitivos y comportamentales constantemente cambiantes [adaptativos, flexibles] para manejar las demandas específicas externas o internas apreciadas como excedentes o que desbordan los recursos del individuo". Lo de "manejar" es sumamente genérico, pero certero. En el afrontamiento no siempre se atienden las demandas objetivas, no siempre se resuelve la amenaza, se evita la pérdida o se disipa el daño; simplemente se les maneja hasta cierto punto, se "negocia" con la realidad, se reduce o mitiga hasta donde se puede. También hay afrontamiento en situaciones como la del "aterriza como puedas". El afrontamiento, en suma, entraña siempre la adquisición de un cierto "control" de la situación, pero un control que oscila
mucho: desde el dominio ("mastery"), el hacerse dueño de la situación, hasta el simple "apañárselas como uno pueda" o, todavía menos, un somero control de sólo las emociones suscitadas por el evento estresante. El afrontamiento es siempre, en alguna medida, extraer recursos de la falta de recursos, o sea, sacar fuerzas de flaqueza. Esto no es una paradoja y tiene que ver con el doble momento de la "apreciación": un momento que es el del juicio primario, el que aprecia el evento-fuente del estrés como dañino, amenazante, desafíante; y otro momento de juicio secundario (de reconsideración: "reappraisal") en el que se vuelve a apreciar la situación y se valoran, sopesan, también los propios recursos para afrontar. La acción completa de afrontamiento incluye un componente instrumental, operante, de alguna transformación en el medio, mas no sólo o no siempre del medio exterior: a veces se trata de transformación del medio interior. A ese propósito Lazarus y Folkman (1984) distinguen dos tipos - que son dos funciones- del afrontamiento: 1º) el dirigido al problema objetivo, a la demanda, a la tarea, afrontamiento que trata de solucionar el problema, de realizar la acción requerida; 2º) el dirigido a la propia emoción del sujeto ante la situación estresante, para modificar el modo de vivir la situación y eso aun en el caso de no poder hacer nada por cambiar esta situación. La nueva consideración cognitiva y valorativa ("reappraisal") puede servir a una u otra función; y es instrumental el afrontamiento dirigido a la emoción tanto como el orientado al problema. Pero las estrategias para una y otra función no siempre coinciden. Por lo general, se facilitan mutuamente: así, llevar bien preparado un examen permite resolverlo bien (problema), al propio tiempo que reduce la ansiedad (emoción). Pero también pueden interferir entre sí: por ejemplo, adoptar una decisión prematura, poco meditada, contribuye a disminuir la preocupación (emoción), pero al precio de renunciar a obtener más información y elementos de juicio para hacer frente al problema de modo adecuado.
8. Estrategias de afrontamiento Hay muchos modos de afrontar y no todos ellos son deliberados, ni siquiera voluntarios. Es el caso de los mecanismos de defensa, postulados por el psicoanálisis, pero
categorías: cognitivas, comportamentales y de evitación (ya cognitiva, ya comportamental). Por su parte, y de modo menos sistemático, Stone y Neale (1984) han operado con ocho categorías de afrontamiento: distracción, redefinición de la situación, acción directa, catarsis, aceptación, soporte social, relajación y religiosidad. El afrontamiento es una variedad singularmente destacada de conducta, una variedad en la que luce de modo excepcional la función adaptativa de todo comportamiento. A veces contribuye de hecho a adaptar al agente; otras veces no lo logra. En cuanto modalidad de la conducta, el afrontamiento ha de ser definido con independencia de su resultado, de su eficacia; pero esto no significa que sea indiferente tal resultado perseguido: el acierto en su funcionalidad adaptativa. Es difícil establecer leyes generales sobre las circunstancias en que cumple esa función. Seguramente la más cierta de esas leyes es la cauta afirmación de que "las estrategias de afrontamiento funcionan con efectos modestos, algunas veces y en algunas personas" (Zeidner y Saklofske, 1996). En relación con el buen o mal funcionamiento de la acción de afrontar, aparece toda la temática de los eventos consiguientes al estrés, con o sin el debido afrontamiento: consecuencias del estrés, del no haber afrontado, o de haber afrontado mal, o haber afrontado bien, con éxito, pero también con costes psicológicos que han venido a significar malestar o nuevo estrés. Buena parte de la investigación y la teoría sobre el estrés se concentra, pues, no ya en sus fuentes, en sus factores determinantes, sino en sus consecuencias, en sus efectos. Los eventos estresores y los recursos influencian - se dice- la salud y el bienestar (Holahan y Moos, 1985; Moos, 1988). El estrés llega a afectar y alterar el sistema inmunológico del organismo; lo hace más vulnerable a agentes de infección (Glaser y Kiecolt-Glaser, 1994). Con ello se completa el curso de acción de estrés →→ afrontamiento →→ consecuencias, cuyo análisis global y formalización teórica han tratado de recoger diferentes modelos.
9. Algunos modelos de estrés y afrontamiento Los modelos, en ciencia, son metáforas desarrolladas, sistematizadas; son analogías intuitivas, razonables y razonadas, que buscan semejanzas en algo mejor conocido o más
inteligible, y que a partir de eso tratan de representar lo peor conocido. Contribuyen a esclarecer las relaciones entre fenómenos, pero no, en rigor, a establecerlas. Son guías heurísticas y pragmáticas, que sirven a la investigación, a la construcción de teorías y a la propia intervención tecnológica. Modelos los hay, desde luego, sólo descriptivos; los hay también explicativos, o de carácter práctico, aplicado. Los modelos difieren de las teorías propiamente tales en uno o ambos de estos elementos: 1) se refieren a un ámbito relativamente reducido de fenómenos; 2) no cuentan con el respaldo de hallazgos de investigación, de evidencias empíricas suficientes para juzgarlos sólidos. En ese sentido, los modelos sirven a la clarificación de los fenómenos y a la exploración de relaciones entre ellos; y pertenecen a la imaginación - que no fantasía- científica. En Psicología, como en otras ciencias, los modelos resultan del cúmulo de evidencias ya disponibles y contribuyen a recoger ulteriores evidencias. En materia de estrés y afrontamiento, al tratar de poner juntos los elementos conceptuales y empíricos pertinentes, han aparecido modelos varios que sugieren algún género de determinación o de proceso de unos a otros. Uno de los modelos conceptuales, analíticos, más simples es el propuesto por Moos y Schaefer (1993), relativo al afrontamiento positivamente funcional, adaptativo, ante unos eventos estresantes que han llegado a constituir una crisis vital. En su inserción aquí no hay de cosecha propia más que el encabezamiento que se le antepone: Modelo 1 Diagrama de una crisis bien resuelta en un buen afrontamiento I SISTEMA AMBIENTAL (estresores vitales, recursos sociales) III IV V CRISIS VITALES APRECIACION COGNITIVA SALUD Y Y TRANSICIONES Y RESPUESTAS DE BIENESTAR (factores de AFRONTAMIENTO acontecimiento)
También este diagrama es elocuente por sí solo y se basta sin apenas comentarios. En él aparece y se resalta cómo los eventos vitales y los estresores permanentes ejercen finalmente su efecto sobre el humor cotidiano - positivo o negativo- a través de mediaciones también cotidianas. A diferencia de los modelos anteriores, que presentan a salud y bienestar como variable(s) dependiente(s) última(s), este diagrama se limita a colocar en esa posición al talante o humor ("mood") cotidiano, que en cambio en el modelo 2 ocupa la posición de los efectos inmediatos. Esta limitación lo restringe en su ámbito conceptual, pero con la ventaja de hacerlo operacional, contrastable, empírico. Junto a esas y otras representaciones imaginables de los procesos en que consiste el estrés y en que aparece el afrontamiento, está el modelo que sigue, de elaboración propia, con propósito integrador, no contrastado empíricamente, por desgracia, a diferencia del modelo 3, pero bien fundamentado, a semejanza del modelo 2, al que se asemeja demasiado para presumir de alguna originalidad. Es un modelo no sólo conceptual, integrador de hallazgos, sinóptico de conocimientos al día de hoy, sino también heurístico: propone hipótesis de investigación; y aspira a poder transformar las flechas hipotéticas en coeficientes de determinación en un análisis de vías. Este otro diagrama, al que en orden numeral le toca ser aquí modelo 4, es en realidad modelo enésimo en esta materia y no va a cumplir otra función que la de condensar y visualizar en un mapa semántico o conceptual - y, si se quiere, puesto que va con vectores, en un diagrama de flujo, ahora en vertical y no en horizontal como los anteriores- los conceptos y constructos o,
mejor, los hechos y los procesos principales que suelen aparecer en la literatura sobre estrés y que han sido referidos en las páginas anteriores. Modelo 4 Antecedentes y consecuencias de estrés y afrontamiento (I) Situaciones Persona (acontecimientos) (vulnerabilidad y recursos) (II) Experiencia de estrés (y acaso crisis) (Cognición primaria y emociones) (III) Reconsideración (cognición secundaria) y proceso de decisión Enseñanza, entrenamiento (intervención de otros) (IV) Acción de afrontamiento (logrado o malogrado) (V) Salud / Enfermedad Bienestar/ Malestar (In)adaptación Todo el cuadro anterior podría haber quedado sin líneas en flecha. Sería entonces un mapa semántico, de conceptos relacionados, susceptible de lectura en casi cualesquiera direcciones. Al haberlo dispuesto en cinco fases o momentos sucesivos y haber colocado las líneas orientadas, que están por vectores de sucesión e influencia, se asumen, además, unas determinadas hipótesis de dirección de la causalidad, la influencia, la determinación. Pero tales líneas en flecha son,
identificable con ciertos patrones de personalidad, como el patrón tipo-A, o el neuroticismo; aparece la "tríada" del afrontamiento logrado (bienestar, salud, adaptación) que, en cierto modo, da la réplica a la tríada básica del estrés y de sus connotaciones negativos (daño, pérdida, amenaza), a la vez que tiene su reverso en los efectos de la acción malograda o de la inacción (malestar, enfermedad, inadaptación); se hacen explícitas las actuaciones de otras personas, profesionales o no (enseñanza, entrenamiento, intervención en general), que pueden contribuir a que el sujeto bajo estrés adopte adecuadas estrategias de afrontamiento; sobre todo, se destaca que son acciones, más que cogniciones o emociones, las que conforman el afrontamiento.
10. La psicología de la acción Justo a partir de la idea de que el afrontamiento consiste, sobre todo, en acciones procede el resto de consideraciones por desarrollar todavía, consideraciones en las que se intenta poner de relieve el alcance generalizable de los principales conceptos hasta aquí utilizados. Para comenzar por los acontecimientos, sean vitales (de pocas veces en la vida), sean cotidianos (del día a día): tales eventos o situaciones son conjuntos más o menos duraderos, pero en todo caso amplios, que engloban una extensa variedad de estímulos y que contribuyen a determinar determinados tipos de experiencias en el sujeto. Quizá es el momento de decir aquí que el concepto de experiencia se halla a la espera de rehabilitación, elaboración y estudio en Psicología. Gozó de merecida atención por parte de algunos clásicos de la psicología (empezando por James, 1902 / 1986); y la ha recibido asimismo de aquellos investigadores de lengua francesa que han llamado "expérience" a las situaciones sea experimentales, sea de observación bien controlada, como las de la investigación piagetiana típica. Y merece ser recuperado y reintegrado a un lugar conceptual clave, porque - hace falta decirlo, subrayarlo- lo que importa y cuenta en Psicología, aun en la más enfáticamente afincada en la primacía - por lo demás, dudosa- del estímulo, no son tanto los acontecimientos o estímulos y situaciones, cuanto las experiencias - perceptivas, emotivas, cognitivas- que esos eventos estimulares elicitan. Por experiencia ha de entenderse la que la psicología
antes llamada soviética (Fernández Trespalacios, 1982) denominó conducta "aferente" o "aferencial": aquella actividad psicológica que se produce de fuera a adentro, en la dirección de interacción con el entorno que va hacia el interior del sujeto. En ese sentido, y de acuerdo con las especificaciones conceptuales antes presentadas, el estrés constituye conducta aferente, experiencia y, por cierto, experiencia de alta relevancia y significación en la vida humana. La otra vertiente de la conducta es la "eferente" o "eferencial", la que va de dentro a fuera, la que sale del agente para afectar al medio, para operar cambios en él, la conducta que es acción, práctica. El afrontamiento es conducta, como el estrés, pero conducta eferente, acción. Es una clase particular de conducta especialmente significativa. También a este propósito cabe recordar y traer una noción afín en la psicología "soviética", la que con Leontiev y Rubinstein como principales inspiradores, destaca la actividad humana. Dicha psicología ha entendido por actividad tanto la psíquica, mental, interna, como la externa, objetivada, física. La actividad es "relación real entre sujeto y objeto en la que la mente es un componente necesario" y "en cuyo curso surgen las emociones" (Lomov, 1982, pág. 67). Es "un fenómeno humano, propositivo, activo, que se desarrolla en el tiempo; es social: regido por metas sociales significativas, sujeto a normas sociales y ajustado a ellas" (Radzikhovskii, 1984, pág. 35). Es un concepto - el de acción- también presente a este otro lado de lo que durante decenios fue el "telón de acero", en la psicología europea (en Harré, 1979; en Nuttin, 1980), así como al otro lado del Atlántico, en la norteamericana. Han sido, sobre todo, psicólogos sociales, quienes lo han desarrollado, a veces en modelos concretos y bien espeficidados, como el de Cranach, Mächler y Steiner (1985) en la que presentan como "teoría de la acción dirigida a metas" ("goal-directed") y que concierne a la conducta que se orienta a tales metas de forma consciente, planificada e intencionada. Lo que se desprende de dichos modelos y teorías es una psicología centrada en la acción. El nombre, por supuesto, es lo de menos: acción, actividad, práctica, tarea, quizás incluso conducta operante valen o pueden valer con tal de definirlos apropiadamente. Lo que importa son los conceptos básicos y los principios de análisis. Bajo diferentes nombres, en todo caso, son reconocibles modelos y teorías pertenecientes a un mismo linaje,