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Álgebra basica, intermedia, avanzada
Tipo: Ejercicios
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4
Antología
literaria
SECUNDARIA
Título: Antología literaria 4
Ministerio de Educación Calle Del Comercio N.º 193, San Borja Lima 41, Perú Teléfono: 615- www.minedu.gob.pe
Primera edición: 2015 Segunda edición: junio de 2017 Tiraje: 421 587 ejemplares
Coordinadora Karen Coral Rodríguez
Antologadores Marco Bassino Pinasco Marcel Velázquez Castro
Asistente pedagógica Sara Vela Alfaro
Editor Alfredo Acevedo Nestárez
Recopiladores de textos Elizabeth Lino Cornejo Agustín Prado Alvarado
Ilustrador Oscar Casquino Neyra
Diseñadores y diagramadores Dante Jonathan Quiroz Jara Con la colaboración de Iris Luty Alipio Saccatoma
Revisión de contenidos para la segunda edición Martina Bazán Untul
Impreso por el Consorcio Corporación Gráfica Navarrete S.A., Amauta Impresiones Comerciales S.A.C., Metrocolor S.A. Se terminó de imprimir en setiembre 2017, en los talleres gráficos de Corporación Gráfica Navarrete S.A., sito en Carretera Central 759 km2, Santa Anita, Lima - Perú.
© Ministerio de Educación Todos los derechos reservados. Prohibida la reproducción de este libro por cualquier medio, total o parcialmente, sin permiso expreso de los editores.
Hecho el Depósito Legal en la Biblioteca Nacional del Perú N.º 2017-
Impreso en el Perú / Printed in Peru
En esta antología, se ha optado por emplear términos en masculino para referirse a los géneros de las personas. Esta medida no implica faltar el respeto que todos los seres humanos merecemos. Asimismo, en los relatos, cuentos y poemas se ha respetado el uso de las variedades regionales del castellano cuando, por voluntad del narrador o autor, el texto original lo propone. Por último, se está aplicando la normativa ortográfica vigente del español, publicada el año 2010.
Presentación ............................................................................................................. 5 introducción ............................................................................................................. 6
QUIEN ACABA DE MORIR.................................................................................... 10 Cronwell Jara USHANAN-JAMPI (el remedio último) .................................................................. 12 Enrique López Albújar ELEGÍA .................................................................................................................... 21 Miguel Hernández III .............................................................................................................................. 23 César Vallejo UNA ROSA PARA EMILY ...................................................................................... 25 William Faulkner LA CAÍDA ................................................................................................................ 34 Virgilio Piñera actividades ............................................................................................................... 36
LA TELA DE ARAÑA .............................................................................................. 44 Julio Ramón Ribeyro COLORETE .............................................................................................................. 51 Oswaldo Reynoso LA MUÑECA NEGRA ............................................................................................. 55 José Martí JUANA LA CAMPA TE VENGARÁ ....................................................................... 60 Carlos Eduardo Zavaleta EL REY DEL MONTE ............................................................................................. 70 Ricardo Palma CARTAS DE AMOR TRAICIONADO..................................................................... 77 Isabel Allende actividades ............................................................................................................... 84
LA SIESTA DEL MARTES ..................................................................................... 92 Gabriel García Márquez LA MESA DEL CÓNDOR ....................................................................................... 97 Tradición oral de la Amazonía de Ecuador LADRONES EN LA IGLESIA ................................................................................ 99 Alberto Moravia MANIFIESTO .......................................................................................................... 104 Nicanor Parra EL LENGUADO ....................................................................................................... 108 Mariella Sala FUENTEOVEJUNA ................................................................................................ 112 Félix Lope de Vega actividades ............................................................................................................... 116
Í ndice
Presentación
El libro que tienes en las manos es un pasaje, que te permite entrar o salir de mu- chos lugares: un extenso campo, un sueño, un lugar inventado, el fondo del mar, la mente de una persona. En realidad, no existen límites para lo que hay al final del pasaje. Si abres este libro, te encontrarás en místicas fiestas para agradecer a los animales del campo, en la Lima española o frente al tenebroso cóndor andino. Vivirás la historia de un valiente indígena, experimentarás una caída mortal o descubrirás el mágico mundo de los sueños. Sentirás dudas, temor o rechazo hacia lo incierto. Sufrirás las adversidades de ser mujer, la tristeza de una madre o la fragilidad de una amistad. Viajarás por impactantes paisajes para descubrir tu identidad o afrontar tu destino. Así, al ingresar por los diversos pasajes, tal vez te hagas preguntas sobre el recorrido que habrás de realizar. Imaginamos que puedes tener algunas y aquí vamos con ellas y sus respuestas:
¿Tengo que leer todos los textos? Lee los textos que quieras. Lee los textos que te atraigan. No todas las lec- turas son para todos. Una vez que he comenzado una lectura, ¿debo terminarla? Las lecturas de esta colección están aquí para que las disfrutes. Ante la primera dificultad, no abandones, dales a la historia y a sus personajes una opor- tunidad de convencerte, de interesarte. ¿Hay un orden para leer los textos? Empieza a leer por donde gustes. Cada texto abre un pasaje distinto. Hay lecturas que tienen su momento, su lugar. Un día quieres una aventura o reírte un poco, otro experimentar algo que te dé miedo o despertar tu curiosidad y vivir el suspenso. Así como eliges qué comer, qué ropa usar, a dónde ir... puedes elegir qué texto leer. ¿Tengo que leer estos textos solamente en clase? Puedes leerlos donde quieras: en el bus, en un parque, en tu casa, junto a un río, frente al mar o en el campo. Puedes leerlos donde te provoque. Este libro es tuyo. ¿Tengo que hacer las actividades? Te aconsejamos que las revises, pues te pueden ayudar a orientarte en tu lectura, a mirar un texto desde otro punto de vista o tal vez a imaginar nuevas historias y escribirlas. Todo gran viaje empieza con un paso.
Te invitamos a que ingreses por muchos pasajes en estas lecturas. ¡Vamos! ¡Recorre las páginas y adelante!
Marco Bassino Pinasco
Con el fin de orientar el tratamiento de los textos seleccionados, se ofrece a los docentes una Guía pedagógica para el uso de las antologías literarias , que encon- trará en el siguiente enlace: http://jec.perueduca.pe/?page_id=
introducción
El lenguaje es una facultad constitutiva de la especie humana que ha producido,
a lo largo de miles de años, las lenguas o idiomas del mundo. La literatura se
instaura como un trabajo sobre la lengua particular por cada escritor para crear
una estructura material novedosa que produce significados mediante una forma
estética. Se denomina soporte verbal al anclaje en la palabra de todo texto literario;
mientras que la función estética refiere al placer sensorial y cognitivo en el acto
mismo de la lectura. Además, la literatura se ha convertido desde hace mucho en
una institución social con prácticas, criterios de valor y tradiciones.
En esta antología, se te ofrece una muestra significativa de la mejor
narrativa latinoamericana, estadounidense y europea. Tales como, el colombiano
Gabriel García Márquez, la argentina Silvina Ocampo y el cubano Virgilio Piñera;
el Premio Nobel estadounidense William Faulkner; y el italiano Alberto Moravia,
entre muchos otros. Entre los autores peruanos, tenemos a narradores de gran
valor, como Enrique López Albújar, Julio Ramón Ribeyro, Oswaldo Reynoso,
Carlos Eduardo Zavaleta, Cronwell Jara y Mariella Sala.
Algunos cuentos emplean una modalidad de representación realista, otros
una modalidad fantástica o maravillosa; todos relatan desde la perspectiva de
un narrador acciones emocionantes y significativas con temáticas asociadas a
la muerte, marginalidad, exclusiones socioculturales, transgresiones y angustia
existencial, entre otras.
Por su parte, la novela es una narración ficcional extensa y la especie épica
más leída en tiempos contemporáneos. La novela crea un mundo verosímil, donde
los personajes nos ofrecen transformaciones, dilemas y conflictos que sorprenden,
y afectan al lector.
Por otro lado, en esta antología, incluimos algunos fragmentos de la obra
dramática Fuenteovejuna , de Lope de Vega, clásico del teatro renacentista español.
Se trata del monólogo de Laurencia, la célebre imprecación contra los hombres de
su comunidad, un alegato moral con una fuerza expresiva extraordinaria.
posesionau de su cuerpo y hablaba por él, el finado, pa engañar a los deudos. No creo que lleguemos a esto porque todos sabían lo que era el Artidoro Carrasco, un bandolero, un desflorador de tantas huambras sin considerar si eran mucha- chas o ancianas por lo que había que imaginarse lo que hubiese síu si el propio diablo hubiese seguíu haciendo si resucitaba en su cuerpo, no creo que lleguemos a eso. Que por lo demás este féretro va bien claveteau y eran de los clavos más grandes y sería difícil que el finado quien acaba de morir por dejarle de latir el corazón como se dijo, tuviese la fuerza suficiente como pa destapar su caja y salir así como así, buenas tardes de Dios mi amo, como si nada. Mejor distráete y olvídate que vamos a su sepelio a onde lo enterraremos bien fondo y gustosos daremos la primera palada, bébete a gruesos sorbos, ma- réyate y olvídalo y no recuerdes más las cosas que se murmuraban dél mientras vivía, como hago yo pa no dolerme, pues cómo creer en esos rumores y sospechas de que quien acaba de morir mató primero a los dos hijos y a la viuda de su her- mano, a machetazos, pa volver a quedarse con sus tierras, cuando bien sabemos que la prueba de que este finado no lo hizo fue el hallar ensangrentau el machete del loco Eufemio Carrasco, el hermano del bandolero, aunque este negó dicien- do que no había síu él, antes de que lo lincharan, que no tenía por qué hacerlo con una pobre viuda y unos churres indefensos, así el hermano de quien acaba de morir hubiese síu el primero en darle un leñazo al Artidoro Carrasco la vez en que estando finado pidió agua y en vez de agua le dieron lo que ya es sabido; por lo que no fue un escándalo sino más bien cierta forma de recompensar, bien vista por muchos, el que quien acaba de morir también ocupase las tierras del loco Eufemio Carrasco, con la de su hermano el bandolero además de las de su cuñada y sobrinos muertos por el Eufemio, juntándose todas con las del abuelo. Los cristianos tenemos muchas envidias, vos lo sabes bien, y si quien acaba de morir llegó a tener las tierras más grandes y más fértiles con el ganado más gor- do y hermoso, sabes que no fue por culpa dél así no estén de acuerdo las malas lenguas, las perjuriosas sospechas. Porque todo parecía estar según la santísima y la milagrosa decisión del Cielo y de Dios. Piensa o si no, que va bien muerto, así yo lo siga oyendo que agora da voces y suplica acaso arrepentido por lo que no hizo o no pudo llegar a hacer. A tiempo. Alégrate de que en la parcela pronto florecerá el café y dará el maíz y tendremos caña pa moler, y que tanto esfuerzo por trabajar la tierra santa será después de todo recompensau, sanamente; bien hicimos. Y olvídate vos de una vez por todas dél, así nuestras tierras hayan estau de linderos con las suyas, malhaya la hora que nos tocó tenerlas junto, no las queremos, que las tome quien demonio sea, pa olvidar de una vez por todas a ese quien acaba de morir —o que está muriendo— y que ya tanto nos remiraba finalmente con malos ojos y por el cual, triste sangre de nuestras vísceras, tanto más lo hemos llorau, pero que ya no queremos hacerlo más. Sin remordimientos.
1920 ENRIQUE LÓPEZ ALBÚJAR (peruano)
A Francisco A. Loayza, en Yokohama.
a plaza de Chupán hervía de gente. El pueblo entero, ávido de cu- riosidad, se había congregado en ella desde las primeras horas de la mañana, en espera del gran acto de justicia a que se había convoca- do la víspera, solemnemente. Se habían suspendido todos los quehaceres particulares y to- dos los servicios públicos. Allí estaban el jornalero, poncho al hombro, sonriendo con sonrisa idiota, ante las frases intencionadas de los corros; el pastor greñudo, de pantorrillas bronceadas y musculosas, serpenteadas de venas, como lianas en torno de un tronco; el viejo silencioso y taimado, mascador de coca sempiter- no; la mozuela tímida y pulcra, de pies limpios y bruñidos como acero pavonado, y uñas desconchadas y roídas, y faldas negras y esponjosas como repollo; la vieja regañona, haciendo perinolear al aire el huso mientras barbotea un rosario in- terminable de conjuros; y el chiquillo, con su clásico sombrero de falda gacha y capa cónica —sombrero de payaso—, tiritando al abrigo de un ilusorio ponchito que apenas le llega al vértice de los codos. Y por entre esa multitud, los perros, unos perros de color ámbar sucio, hos- cos, héticos^1 , de cabezas angulosas y largas como cajas de violín, costillas trans- parentes, pelos hirsutos, miradas de lobo, cola de zorro y patas largas, nervudas y nudosas —verdaderas patas de arácnido— yendo y viniendo incesantemente, olfateando a las gentes con descaro, interrogándolas con miradas de ferocidad contenida, lanzando ladridos impacientes de bestias que reclamaran su pitanza. Se trataba de hacerle justicia a un agraviado de la comunidad, a quien uno de sus miembros, Conce Maille, ladrón incorregible, le había robado días antes una vaca. Un delito que había alarmado a todos profundamente, no tanto por el hecho cuanto por la circunstancia de ser la tercera vez que un mismo individuo
1 Hético: tísico, que padece la enfermedad de la tisis (tuberculosis pulmonar).
—¡Perro! —dijo Maille, encarándose ferozmente a Huaylas—. Tan ladrón eres tú como Ponciano. Todo lo que tú vendes es robado. Aquí todos se roban. Ante la imputación, los yayas , que al parecer dormitaban, hicieron un movimiento de impaciencia al mismo tiempo que muchos individuos del pueblo levantaban sus garrotes en son de protesta y los blandían gruñendo rabiosa- mente. Pero el jefe del tribunal, más inalterable que nunca, después de imponer silencio con gesto imperioso, dijo: — Cunce Maille, has dicho una brutalidad que ha ofendido a todos. Po- dríamos castigarte entregándote a la justicia del pueblo, pero sería abusar de nuestro poder. Y dirigiéndose al agraviado José Ponciano, que, desde uno de los extremos de la mesa, miraba torvamente a Maille, añadió: —¿En cuánto estimas tu vaca, Ponciano? —Treinta soles, taita. Estaba para parir, taita. En vista de estas respuestas, el presidente se dirigió al público en esta forma: —¿Quién conoce la vaca de Ponciano?... ¿Cuánto podrá costar la vaca de Ponciano? Muchas voces contestaron a un tiempo que la conocían y que podría costar realmente los treinta soles que le había fijado su dueño. —¿Has oído, Maille? —dijo el presidente al aludido. —He oído, pero no tengo dinero para pagar. —Tienes ganado, tienes tierras, tienes casa. Se te embargará uno de tus ganados, y como tú no puedes seguir aquí porque es la tercera vez que compare- ces ante nosotros por ladrón, saldrás de Chupán inmediatamente y para siem- pre. La primera vez te aconsejamos, te enseñamos lo que debías hacer para que te enmendaras y volvieras a ser hombre de bien. No has querido. Te burlaste del yaachishum^3. La segunda vez tratamos de ponerte bien con Felipe Tacuche, a quien le robaste diez carneros. Tampoco hiciste caso del alli-achishum^4 , pues no has querido reconciliarte con tu agraviado y vives amenazándole constantemen- te… Hoy le ha tocado a Ponciano ser el perjudicado y mañana quién sabe a quién le tocará. Eres un peligro para todos. Ha llegado el momento de botarte, de apli- carte el jitarishum^5. Vas a irte para no volver más. Si vuelves, ya sabes lo que te espera: te cogemos y te aplicamos ushanan-jampi. ¿Has oído bien Cunce Maille? Maille se encogió de hombros, miró al tribunal con indiferencia, echó mano al huallqui^6 que, por milagro había conservado en la persecución, y sacando un poco de coca se puso a chacchar lentamente. El presidente de los yayas , que tampoco se inmutó por esta especie de desafío del acusado, dirigiéndose a sus colegas, volvió a decir:
3 Yaachishum : lo aconsejaremos. 4 Alli-achishum : lo pondremos bien, los conciliaremos. 5 Jitarishum : lo botaremos. (Esta nota y las dos anteriores provienen del texto original). 6 Huallqui : bolsa de lana colorida en la que se guarda la hoja de coca.
—Compañeros, este hombre que está delante de nosotros es Cunce Maille, acusado por tercera vez de robo en nuestra comunidad. El robo es notorio; no lo ha desmentido, no ha probado su inocencia. ¿Qué debemos hacer con él? —Botarlo de aquí, aplicarle jitarishum —contestaron a una voz los yayas , volviendo a quedar mudos e impasibles. —¿Has oído, Maille? Hemos procurado hacerte un hombre de bien, pero no lo has querido. Caiga sobre ti el jitarishum. Después levantándose y dirigiéndose al pueblo, añadió con voz solemne y más alta que la empleada hasta entonces: —Este hombre que ven aquí es Cunce Maille, a quien vamos a botar de la comunidad por ladrón. Si alguna vez se atreve a volver a nuestras tierras cualquiera de los presentes podrá matarle. No lo olviden. Decuriones, cojan a ese hombre y sígannos. Y los yayas , seguidos del acusado y de la muchedumbre, abandonaron la plaza, atravesaron el pueblo y comenzaron a descender por una escarpada senda, en medio de un imponente silencio, turbado solo por el tableteo de los shucuyes. Aquello era una procesión de mudos bajo un nimbo de recogimiento. Hasta los perros, momentos antes inquietos, bulliciosos, marchaban en silencio, gachas las orejas y las colas, como percatados de la solemnidad del acto. Después de un cuarto de hora de marcha por senderos abruptos, sembrados de piedras y cactus tentaculares y amenazadores como pulpos rabiosos, senderos de pastores y cabras, el jefe de los yayas levantó su vara de alcalde, coronada de cintajos multicolores y de flores de plata de manufactura infantil, y la extraña procesión se detuvo al borde del riachuelo que separa las tierras de Chupán y las de Obas. —¡Suelten a ese hombre! —exclamó el yaya de la vara. Y dirigiéndose al reo: — Cunce Maille: desde este momento tus pies no pueden seguir pisando nuestras tierras porque nuestros jircas se enojarían y su enojo causaría la pér- dida de las cosechas, y se secarían las quebradas y vendría la peste. Pasa el río y aléjate para siempre de aquí. Maille volvió la cara hacia la multitud, que con gesto de asco e indigna- ción, más fingido que real, acababa de acompañar las palabras sentenciosas del yaya, y después de lanzar al suelo un escupitajo enormemente despreciativo, con ese desprecio que solo el rostro de un indio es capaz de expresar, exclamó: —¡ Ysmayta-micuy^7! Y de cuatro saltos salvó las aguas del Chillán y desapareció entre los ma- torrales de la banda opuesta, mientras los perros, alarmados de ver un hombre que huía, excitados por su largo silencio, se desquitaban ladrando furiosamente, sin atreverse a penetrar en las cristalinas y bulliciosas aguas del riachuelo. Si para cualquier hombre la expulsión es una afrenta, para un indio, y un indio como Conce Maille, la expulsión de la comunidad significa todas las
7 Ysmayta-micuy : come estiércol.
él sienta el deseo de chacchar bajo su techo y al lado de la vieja Nastasia, no habrá nada que lo detenga». Y los yayas pensaban bien. La choza sería la trampa en que habría de caer alguna vez el condenado. Y resolvieron vigilarla día y noche por turno, con disi- mulo y tenacidad verdaderamente indios. Por eso aquella noche, apenas Conce Maille penetró a su casa, un espía corrió a comunicar la noticia al jefe de los yayas. — Cunce Maille ha entrado a su casa, taita. Nastasia le ha abierto la puer- ta —díjole palpitante, emocionado, estremecido aún por el temor, con la cara de un perro que viera a un león de repente. —¿Estás seguro, Santos? —Sí, taita. Nastasia lo abrazó. ¿A quién podría abrazar la vieja Nastasia, taita? Es Cunce … —¿Está armado? —Con carabina, taita. Si vamos a sacarlo, iremos todos armados. Cunce es malo y tira bien. Y la noticia se esparció por el pueblo eléctricamente… «¡Ha llegado Cunce Maille! ¡Ha llegado Cunce Maille!» era la frase que repetían todos estremecién- dose. Inmediatamente se formaron grupos, los hombres sacaron a relucir sus grandes garrotes —los garrotes de los momentos trágicos—, las mujeres, en cuclillas, comenzaron a formar ruedas frente a la puerta de sus casas y los pe- rros, inquietos, sacudidos por el instinto, a llamarse y a dialogar a la distancia. —¿Oyes, Cunce? —murmuró la vieja Nastasia, que, recelosa y con el oído pegado a la puerta, no perdía el menor ruido, mientras aquel, sentado sobre un banco, chacchaba impasible, como olvidado de las cosas del mundo—. Siento pa- sos que se acercan, y los perros se están preguntando quién ha venido de fuera. ¿No oyes? Te habrán visto. ¡Para qué habrás venido guagua-yau! Conce hizo un gesto desdeñoso y se limitó a decir: —Ya te he visto, mi vieja, y me he dado el gusto de saborear una chaccha en mi casa. Voime ya. Volveré otro día. Y el indio, levantándose y fingiendo una brusquedad que no sentía, es- quivó el abrazo de su madre, y, sin volverse, abrió la puerta, asomó la cabeza a ras del suelo y atisbó. Ni ruidos, ni bultos sospechosos; solo una leve y rosada claridad comenzaba a teñir la cumbre de los cerros. Pero Maille era demasiado receloso y astuto, como buen indio, para fiarse de ese silencio. Ordenóle a su madre pasar a la otra habitación y tenderse boca abajo, dio en seguida un paso atrás para tomar impulso, y de un gran salto al sesgo salvó la puerta y echó a correr como una exhalación. Sonó una descarga y una lluvia de plomo acribilló la puerta de la choza, al mismo tiempo que innu- merables grupos de indios, armados de todas armas, aparecían por todas partes gritando: «¡Muera Cunce Maille! ¡ Ushanan-jampi! ¡ Ushanan-jampi !». Maille apenas logró correr unos cien pasos, pues otra descarga, que reci- bió de frente, le obligó a retroceder y escalar de cuatro saltos felinos el aislado
campanario de la iglesia, desde donde, resuelto y feroz, empezó a disparar cer- teramente sobre los primeros que intentaron alcanzarle. Entonces comenzó algo jamás visto por esos hombres rudos y acostum- brados a todos los horrores y ferocidades; algo que, iniciado con un reto, llevaba trazas de acabar en una heroicidad monstruosa, épica, digna de la grandeza de un canto. A cada diez tiros de los sitiadores, tiros inútiles, de rifles anticuados, de escopetas inválidas, hechos por manos temblorosas, el sitiado respondía con uno invariablemente certero, que arrancaba un lamento y cien alaridos. A las dos horas había puesto fuera de combate a una docena de asaltantes, entre ellos a un yaya , lo que había enfurecido al pueblo entero. —¡Tomen, perros! —gritaba Maille a cada indio que tumbaba—. Antes que me cojan mataré cincuenta. Cunce Maille vale cincuenta perros chupanes. ¿Dónde está Marcos Huacachino? ¿Quiere un poquito de cal para su boca con esta shipina? Y la shipina era el cañón del arma, que, amenazadora y mortífera, apun- taba en todo sentido. Ante tanto horror, que parecía no tener término, los yayas , después de deliberar largamente, resolvieron tratar con el rebelde. El comisionado debería comenzar por ofrecerle todo, hasta la vida, que, una vez abajo y entre ellos, ya se vería cómo eludir la palabra empeñada. Para esto era necesario un hombre ani- moso y astuto como Maille, y de palabra capaz de convencer al más desconfiado. Alguien señaló a José Facundo. «Verdad —exclamaron los demás—. Fa- cundo engaña al zorro cuando quiere y hace bailar al jirca más furioso». Facundo, después de aceptar tranquilamente la honrosa comisión, recostó su escopeta en la tapia en que estaba parapetado, sentóse, sacó un puñado de coca, y se puso a catipar^9 religiosamente por espacio de diez minutos largos. He- cha la catipa y satisfecho del sabor de la coca, saltó la tapia y emprendió una ver- tiginosa carrera, llena de saltos y zigzags, en dirección al campanario gritando: —¡Amigo Cunce !, ¡amigo Cunce !, Facundo quiere hablarte. Conce Maille le dejó llegar y una vez que lo vio sentarse en el primer esca- lón de la gradería le preguntó: —¿Qué quieres, Facundo? —Pedirte que te bajes y te vayas. —¿Quién te manda? — Yayas. — Yayas son unos supaypa-huachashgan^10 , que cuando huelen sangre quieren beberla. ¿No querrán beber la mía? —No, yayas me encargan decirte que si quieres te abrazarán y beberán contigo un trago de chacta en el mismo jarro y te dejarán salir con la condición de que no vuelvas más.
9 Catipar : mascar coca con el objeto de adivinar por medio del sabor. 10 Supaypa-huachashgan : hijos del diablo. (Ambas notas provienen del texto original).