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Orientación Universidad
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antropologia, Apuntes de Psicología

Asignatura: PSICOLOGÍA I (Motivación y Emoción), Profesor: Isabel Isabel, Carrera: Criminología, Universidad: UDIMA

Tipo: Apuntes

2013/2014

Subido el 14/12/2014

argenfelina
argenfelina 🇪🇸

4.2

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Carlos Sisi
Carlos Sisi
La pandemia no se los llevó.
Los trajo de vuelta
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Carlos SisiCarlos Sisi

La pandemia no se los llevó. Los trajo de vuelta

LOS CAMINANTES

Los Caminantes es un desgarrador relato que recoge los últimos días de la civilización tal y como la conocemos. Tras sobrevivir a la sobrecogedora pandemia que hace que los muertos vuelvan a la vida, los supervivientes se enfrentan al reto de llegar al final de cada día. La novela narra con un lenguaje visual y directo como los destinos de estos supervivientes se entretejen en torno a un misterioso personaje: El Padre Isidro. Los Caminantes nos sumerge en un entorno de indecible presión psicológica, explorando la oscuridad del alma humana a medida que se enfrenta a sus peores pesadillas.

A mi familia. A todos.

ÍNDICE

I Cuando Susana se decidió por fin a regresar al apartamento, hacía un buen rato que la noche había caído. Era una noche fresca, limpia, y el aire no traía consigo nada de la pestilencia desapacible de los bordes exteriores. Solamente este detalle había inundado de buen humor el corazón de la joven, que caminaba a buen paso por los corredores inferiores del edificio. La guardia había sido muy tranquila. Los caminantes ya rara vez se acercaban a las alambradas, aunque aún podían verse muchos en la distancia, silenciosos, arrastrando los pies en su lento pero continuo deambular. No todos andaban. Susana habría jurado que uno de ellos, situado junto al desvencijado quiosco de prensa, había estado inmóvil durante semanas enteras, con las piernas abiertas y los brazos extendidos, observando la luna con ceñuda preocupación, o el sol con manifiesta indiferencia. En realidad, las ideas de Aranda habían tenido buen resultado. Fue él el que sugirió crear el segundo campamento base, mucho más iluminado que el primero. Siguiendo sus instrucciones, se colocaron allí varias fuentes de sonido que atraían la atención de los caminantes como insectos a la luz. Venían en oleadas y se arremolinaban alrededor sin cejar nunca en el empeño de intentar acceder; desgarrándose la carne contra las alambradas, descomponiéndose en los lodazales ácidos, y finalmente siendo bloqueados por los muros y camiones barricada. Desde entonces, el campamento real disfrutaba de mucha más tranquilidad. Tener a los muertos acechando en el lugar equivocado tenía un efecto psicológico muy positivo sobre todos los supervivientes. Pero sobre todo, haberse librado de los ruidos había obrado maravillas en el corazón de aquellos hombres y mujeres que se obcecaban en sobrevivir. Ruidos de muerte y ruina, como las lentas, arrastradas y sordas palmadas sobre los muros sin ningún deje de ritmo visible. O el susurro de los cuerpos deslizándose unos contra otros en la oscuridad. De vez en cuando, el abominable cloqueo de una garganta inundada por una pasta cenagosa de sangre seca y tierra. Todo eso había cesado por fin. Los muertos acechaban el campamento falso. Susana caminó la distancia que le separaba de su habitación, entró y aseguró la puerta con los muchos cerrojos y tablones. Entonces se volvió hacia la oscuridad de su pequeño apartamento. Era entonces cuando cerraba los ojos y respiraba hondo, preparándose para disfrutar de las últimas horas del día en soledad. Horas para sí misma, que ningún pensamiento oscuro conseguían violentar. Entonces se

desnudaba, se aseaba y se tumbaba sobre la cama. Le gustaba entonces permanecer en silencio, concentrándose en no pensar en nada, al menos hasta que el sueño se proclamaba vencedor. Pero no eran muchas las ocasiones en las que conseguía vaciar su cabeza; imágenes y recuerdos se interponían en tropel. Casi siempre, su inconsciente tenía otros planes e insistía en regresar, una y otra vez, al pasado. Al principio. A un antes... a cuando la vida era normal, y la gente moría y se quedaba muerta.

despiadada tenacidad. Julio, inconscientemente, dejó de respirar. Su estómago se había contraído hasta doler. Un segundo disparo le hizo estremecerse de pies a cabeza. La misma pierna. Diminutos coágulos espeluznantes salieron despedidos por la parte de atrás de la pierna, pero no se detuvo. El policía trastabilló y disparó una tercera vez, esta vez en la zona de la clavícula, pero tampoco entonces se detuvo. Presa del pánico, el policía hizo un cuarto disparo. Esta vez el impacto le alcanzó en la mandíbula e hizo volar trozos de carne y dientes en todas direcciones; y tampoco eso lo detuvo. Hubo gritos de horror. Alguien había cogido un raquítico palo y estaba golpeando al ahogado desde atrás. La desaparecida mandíbula supuraba ahora un denso puré negruzco que caía en cuajarones sobre su abotargado pecho, pero sus blancas manos aún buscaban desesperadamente al policía. Un quinto disparo alcanzó al ahogado encima del ojo derecho. El impacto entró limpiamente y le hizo retroceder dos pasos. Allí, bizqueó con gesto confundido y, por fin, cayó al suelo cuan largo era, sin flexionar rodillas o extender las manos. Julio se descubrió en pie. Todos se habían puesto en pie y habían retrocedido varios pasos. El sol de las cuatro de la tarde, brumoso, tintaba la escena de tonos dorados, y la piel del ahogado le recordaba a Julio al pollo frito. El policía en el suelo era por fin atendido: había perdido el conocimiento y su cara era un repulsivo espectáculo de sangre, carne y músculos expuestos. La nariz era un muñón irreconocible. Varios hombres miraban con estupor el cadáver del ahogado, sus bocas cubiertas por manos temblorosas. Sus ojos recorrían las heridas abiertas, pero casi nadie decía nada. —¿Qué cojones ha pasado? —bramó uno de los hombres mientras se movía erráticamente de un lado para otro—. ¡¿Qué cojones de mierda ha pasado?! Y entonces, como activados por un resorte, los demás comenzaron a reaccionar y a interaccionar atropelladamente. —Joder... joder... joder... —repetía otro hombre. — ...sí, mi compañero herido... No, no, se ha acabado... en la playa de La Cala, a la entrada, una ambulancia... —barbullaba el policía por su radio. — ...joder... joder... —Está muerto. — ...por Dios que alguien llame... —¡Joder, está muerto! —¡...coño! En medio de la algarabía, Julio supo que el policía en el suelo había muerto. Su sangre había oscurecido una enorme cantidad de arena debajo de su cuerpo inmóvil. —Dios... —dijo de pronto Alberto, uno de sus compañeros—. Qué pasada... —La... hos... tia... —musitó otro, asegurándose de marcar muy bien cada sílaba. —El hijo de puta... —dijo Alberto—. ¡Qué fuerte! — ...la boca, los dientes... —susurraba Flavio mientras frotaba su incipiente

perilla con desconcertante tenacidad. Julio, sin embargo, aún no se había atrevido a unirse a sus colegas, cuyos aspavientos eran cada vez más pronunciados, haciendo algún comentario. Algo le preocupaba sobremanera. Algo, en toda la escena, estaba completamente mal. Algo chillaba a pleno pulmón denunciando que algo no estaba funcionando como debiera, y la sensación era tan fuerte que Julio sintió un pitido agudo en los oídos. —Pero estaba ahogado... —dijo de pronto Flavio. —Qué coño va a estar ahogado, tío, pero tú has visto al hijo de puta... ése era un traficante y en cuanto lo han pillao se ha puesto como loco... —dijo Alberto. —Sí, sí... listo, que ere mu listo. Ése estaba más muerto que mi abuela, te lo juro... —Sí, anda, gilipolla, no veas qué muerto estaba; tú lo flipas... ¿no has visto lo que ha hecho con el policía o qué? —protestó Alberto, en tono visiblemente enfadado. —Pues estaba muerto, más blanco que una paré... —Flavio miraba al suelo, intentando encontrar algo de coherencia a sus propias palabras. Por fin, Julio habló con voz clara: —Estaba muerto antes, pero luego ya no lo estaba. Hubo unos momentos de silencio. En sus cabezas, manejaban las palabras de Julio como se paladea un pimiento rojo chileno: con miedo a morder, a asimilar la noticia en todas sus significaciones por lo que su mensaje implícito supondría. Las miradas se concentraban ahora, ensimismadas, en la escena que ocurría abajo en la playa. Allí, la mayoría de los hombres hablaban atropelladamente entre sí. Algunos se inclinaban con fascinación sobre el cadáver del falso ahogado, y una mujer de larga cabellera pelirroja señalaba con rápidos ademanes la herida en la cabeza. El policía seguía hablando por radio con gesto afectado. —Esto es la polla —dijo Flavio. En ese momento llegó otro coche patrulla. Los dos policías se apearon del vehículo y bajaron con agilidad las rocas que les separaban de la playa. Había muchos aspavientos y manos que señalaban, intentando explicar lo que había pasado, y mientras tanto, a medida que la noticia se propagaba, llegaban más y más curiosos de La Cala y La Araña, dos pequeños pueblos cercanos. Después de unos instantes, el coche patrulla recién llegado se marchó con la sirena puesta. —Mira a ése —dijo Alberto, señalando al policía—. No para de hablar por radio. Julio se fijó. Lo cierto era que el hombre no se había separado de su aparato. Escuchaba durante un buen rato mientras iba de un lado a otro, dando rápidos giros. —¡¿Y la ambulancia?! —le preguntaban algunas voces. Pero el policía les pedía calma con gestos de la mano. La ambulancia, sin embargo, nunca llegó. Treinta y dos minutos más tarde, la cantidad de gente arremolinada en torno a la escena era apabullante. Julio, Alberto y Flavio habían conseguido permanecer en

III En el depósito de cadáveres del Hospital Carlos Haya, de Málaga, el principal responsable de la cámara mortuoria, Antonio Rodríguez, podía contabilizar los costos de la inmigración indocumentada de modo distinto al de otros funcionarios. En aquellos momentos se enfrentaba a una severa sobrecarga debido a un pecio encontrado que se había convertido en el último lugar de descanso de seis docenas de inmigrantes. Rodríguez abrió la puerta de la gran sala frigorífica donde se guardaban los cadáveres. Resultaba imposible abrirse paso por ella, de tantos cuerpos como yacían en el suelo, amortajados con las sábanas sanitarias en las que los envolvieron o vestidos todavía con las ropas con las que fallecieron. Alrededor de las paredes se amontonaban los cadáveres, dos en cada nicho. En una segunda cámara frigorífica los nichos eran más estrechos, por lo que el señor Rodríguez no tenía más que una espeluznante alternativa: o la de apilar los cuerpos unos encima de otros, con lo que las caras se quedaban aplastadas, o dejar los cuerpos fuera, en el vestíbulo, donde la refrigeración era inexistente. El señor Rodríguez se resistía a que los cuerpos se deformasen, y ésa era la razón por la que un par de cadáveres habían sido dejados fuera, en camillas, detrás de una cortina. El olor a descomposición no era muy fuerte, pero sí nítido. —¿Es todo? —preguntó a uno de los ayudantes. —Sí, ése era el último... —contestó con tono visiblemente afectado. Estaba revisando una lista y escribiendo algunos datos en ella—. Mañana habrá que embalsamar a los que van a irse, creo que estarán más de setenta y dos horas en tránsito. Rodríguez se tomó un momento para echar un vistazo a los cadáveres que habían dispuesto. Sabía que era una solución temporal hasta el día siguiente, pero se sentía muy mal por no haber podido dar un buen aposento a los cuerpos. —Deberíamos filtrar esto a la prensa, a ver si amplían de una puta vez — comentó con aire distraído. Sus ojos estaban fijos en una marca de nacimiento en uno de los pies descalzos, en forma de corazón—. Enviarles una puta foto de esta mierda, sabes lo que te digo... —Si vas a hacerlo, yo mismo te regalo mi cámara digital —contestó el ayudante sin apartar los ojos de su lista. —Es que esto no es normal, hombre. —No, no lo es.

—Es... En ese momento, el mundo tranquilo y rutinario de Rodríguez cambió para siempre. Ya no habría más cervecitas después del trabajo en la cafetería Oña, ni celebraría la tradicional Compra Del DVD El Viernes Por La Noche. Ni volvería a comer cocido en casa de su madre o a beber aquel vodka ruso con su amiga Paola la noche de Navidad. Y ese Punto y Final llegó con el espasmo tremendo de uno de los cadáveres. Se sacudió con tanta violencia que uno de los cuerpos que tenía al lado se dio vuelta y cayó pesadamente al suelo con un golpe sordo. Rodríguez dio un acusado respingo. —¡Coño! Durante unos segundos, él y su ayudante permanecieron en silencio; el zumbido de los tubos de neón y las gigantescas cámaras frigoríficas llenaban el aire. Pero al fin, espasmos similares recorrieron muchos de los otros cuerpos. Y entonces empezaron a levantarse. Rodríguez no daba crédito. Miraba alrededor, posando su vista en un cuerpo y en otro a medida que se incorporaban, más o menos trabajosamente, con los ojos en blanco y las bocas abiertas. Las sábanas caían a un lado, los brazos se levantaban, las manos trocadas en garras y puños cerrados. Al incorporarse, casi todos carraspeaban horriblemente, o proferían horribles cloqueos y ruidos guturales de sorda naturaleza, y una mujer de cabello encrespado vomitó una suerte de puré negruzco. —Qué... ¿Qué...? —Por Dios, ¿qué...? A-ayuda... ¡Ayuda! El joven ayudante se acercó rápidamente al primero de los hombres. Rodríguez no pudo moverse. Se descubrió a sí mismo mirando cómo su ayudante le cogía de los hombros y le preguntaba si estaba bien. "¿Está usted bien?", le preguntaba, "¿está usted bien?". Y aquel hombre de color, de labios generosos y facciones duras, le miraba como emergiendo de un profundo sueño, y poco a poco, iba mudando sus facciones de la perplejidad... a una mirada brutal de odio. "Incrustado", pensó Rodríguez incoherentemente. "Tiene el odio incrustado en sus ojos". Quiso avisar a su ayudante, quiso advertirle, gritar, pero no podía articular palabra. De repente, sin que pudiera decir muy bien cómo, su ayudante sonreía con aire estúpido a uno de los chicos, que había reptado hacia su pierna y le había agarrado con ambas manos. El otro hombre movía la cabeza entre espasmos, intentando a todas luces abrir la boca. Eso parecía causarle serias dificultades. El resto de los hombres evolucionaban lentamente, moviéndose como una ola. Algunos bizqueaban hacia el techo, otros movían las manos en extraños ademanes, como si quisiesen alcanzar un objetivo invisible delante de ellos. —¿Qué... qué hace? Vamos, suélteme... señor... ¡señor, suélteme! Rodríguez quería cerrar los ojos. Intuía lo que iba a pasar. Sabía lo que iba a pasar. Lo veía en los ojos acuosos y muertos de toda aquella gente. Pero aún no era capaz de reaccionar.

IV Nadie sabía cómo había empezado todo exactamente. El mundo se había desestabilizado mucho antes de que ningún científico hubiese podido dar alguna explicación, teoría o hipótesis. Ningún programa de televisión aguantó el tiempo suficiente como para teorizar sobre el problema. Al principio podías verlo en la televisión. Hablaban sobre ello... muy poco al principio, pero luego cada vez más; en la televisión basura de la noche, en los programas nocturnos líderes de audiencia, hasta que ya no se hablaba de otra cosa y la noticia del año lo inundaba todo. En el programa TNT salieron las primeras imágenes —que Susana recordase— y se pronunciaron por primera vez las palabras "muertos vivientes". Pero por entonces todo el asunto no era muy diferente de los ovnis o las caras de Bélmez, y aún podías sonreír con autosuficiencia y sentirte alejado de todas esas patrañas, aun cuando emitían cantidades ingentes de imágenes horrorosas de gente enloquecida atacando a otros seres humanos en el telediario de la dos, y luego ya no echaban los documentales, sino que seguían hablando sobre los incidentes. Entonces te preocupabas, sí. Incidentes bastante extraños en un tanatorio en Madrid..., en un hospital de Zaragoza, en Huelva. En todas partes. En un hospital, en cinco. Un accidente múltiple de tráfico que acaba en una carnicería cuando uno de los accidentados ataca violentamente a uno de los chicos del 061 y le arranca limpiamente un pedazo de cuello con los dientes. Un suicida que cae estrepitosamente desde la terraza de un duodécimo, y empieza a sacudirse dentro de su bolsa dieciséis minutos después de que el juez hubiese levantado acta. Pero después de algunos días, sabías que la cosa estaba realmente mal porque lo veías en las calles. Una ambulancia estrellada y abandonada en una concurrida avenida, o un policía que te desvía cuando vuelves de Cártama porque, al parecer, algunos vándalos están causando problemas en el Cementerio de San Miguel. Pero sabías que no eran vándalos. Lo veías en sus caras. El mazazo psicológico del concepto de que los muertos habían vuelto a la vida se aceptó bastante rápidamente una vez que todas las televisiones empezaron a emitir boletines de emergencia las veinticuatro horas. Para entonces, las ciudades estaban ya sumidas en un cierto desorden debido al hecho de que cada persona que moría regresaba a la vida entre hora y media y dos horas después. Los cementerios, hospitales, iglesias... y el sótano oscuro y húmedo de algún geriátrico, fueron controlados tan rápidamente como fue posible, aunque para entonces ya se habían registrado numerosos problemas.

Resultó que Málaga ocultaba cadáveres donde menos se esperaba. Un día cualquiera de octubre, la gasolinera Calypso, en Mijas Costa, fue escenario de un macabro espectáculo de canibalismo e infección en masa cuando no menos de siete cadáveres abandonaron la cámara frigorífica de un negocio tapadera de restauración, regentado por un holandés metido en la mafia de compra-venta de armas. Los siete cadáveres irrumpieron a la luz del sol a las once cuarenta y cinco del lunes, degollaron a una norcoreana de diecinueve años llamada Yhin Un y arremetieron contra el interior de la gasolinera acabando con la vida de los tres ingleses, cuatro suecos y dos españoles que hacían sus compras en ese momento. A la una y veinte, una espasmódica horda de caminantes bloqueaba la nacional 340 causando accidentes y atropellos. A las tres y cuarto, doce muertos vivientes vestidos con monos de trabajo de Mudanzas Gaspar masticaban con lenta fruición el cuerpo sin vida de una anciana aquejada de osteoporosis en un chalet de la zona. Cuando las escenas como ésta se repetían en diversos puntos de una misma ciudad, las comunicaciones por móvil se resentían bastante. Después de algunas horas, era incluso imposible comunicar por teléfono fijo. Una locución automática informaba de saturación en la red. "Vuelva a llamar más tarde". Echar un vistazo a la CNN por Internet para ver cómo estaba afectado el resto del mundo se convertía en una auténtica utopía. Susana vivía en un bloque de ladrillo visto en frente del polideportivo de Carranque, a seiscientos metros del Hospital Carlos Haya. El día que se desató la locura, la zona fue inmediatamente impactada por el caos. Empezó en torno a las diez y media, cuando Susana volvía de comprar algunas cosas del supermercado. Una ambulancia se había detenido en la rampa de entrada a la zona de urgencias, y dos policías uniformados se llevaban a un hombre que luchaba por desasirse con inusitada energía. Había sangre en su rostro y en sus puños crispados, y la muchedumbre empezaba a arremolinarse a su alrededor. —Venía en la ambulancia... —comentaba una señora al grupo que la rodeaba. Justo entonces, un enfermero salió de la puerta de urgencias y corrió hacia los policías, gritándoles algo que Susana, por estar en la acera de enfrente, no pudo entender. Los policías se miraron, confundidos, luchando con visible esfuerzo por mantener sujeto al convulso detenido. Por fin, con algo de ayuda de un par de transeúntes, metieron al detenido en la parte de atrás del coche policial y, tras asegurar la puerta, siguieron al enfermero corriendo hacia el interior del centro sanitario. Pero casi todo el mundo seguía observando, en silencio, el coche de policía. Se sacudía con una violencia intimidatoria ante los persistentes embates de su pasajero. Desde la distancia, Susana podía ver una tormenta de brazos y piernas arremetiendo sin sentido contra paredes y cristales, mientras el coche se bamboleaba de izquierda a derecha, de adelante a atrás. Y entonces, se escuchó un fuerte y seco petardazo que levantó ecos entre las

ese tiempo, el atasco de tráfico se resolvió a duras penas, aunque casi no pasaban coches. Muchos de los conductores habían ido subiendo sus vehículos a la acera y se habían ido andado, pero al final de la calle, cerca del hospital, Susana aún distinguía muchos vehículos en caravana, con las puertas abiertas pero vacíos. Para entonces, apenas había curiosos andando por las aceras. Durante toda esa noche, a lo lejos, una ocasional columnata de humo negro, el resplandor de un fuego o el constante ir y venir de las sirenas denunciaban que Málaga soportaba una lenta agonía. Cuando volvió a asomarse al ventanal, observó que sus vecinos también miraban desde las ventanas, y en los pisos, las vecinas comentaban con la puerta entreabierta, como preparadas para encerrarse en la seguridad de sus casas. Pero nadie bajaba a la calle, si podían evitarlo. En esas conversaciones veladas llenas de rumores y habladurías, pudo enterarse Susana de algunas cosas. Se decía que la zona del hospital era una auténtica locura. Había policías, heridos y unos grandes camiones donde metían a los violentos. También habían cerrado el tráfico y acordonado el edificio. La televisión tampoco era de mucha ayuda. En La Primera, se hablaba de una oleada de violencia a nivel internacional. Escenas de incendios, tumultos y ataques estremecedores saltaban en la pantalla en una impactante sucesión. En Madrid, en Barcelona... pero también en Beirut, en Londres, en Libia. En una de las escenas, un agente uniformado disparaba a bocajarro sobre otro agente con la camisa desgarrada. En Canal Sur 2, la inesperada visión de unos dibujos animados la hizo pestañear unos momentos intentado comprender. Luego cambió... Antena 3, Telecinco... Canal Sur. En todos los canales se hablaba en términos de ataques irracionales, situación de caos generalizada, incontrolable ola de terror. Susana observó las imágenes durante veinte minutos, incapaz de reaccionar. Luego, apagó el viejo televisor con un movimiento brusco y paseó durante un largo rato por la casa. Más tarde, ese mismo día, llegaron los cortes de luz. Al principio el fluido eléctrico iba y venía. Algunas zonas estuvieron más afectadas que otras, pero no pasó mucho tiempo hasta que la luz ya no volvió. Para entonces, ya nadie iba a sus respectivos trabajos. Las carreteras estaban vacías y el aire nocturno traía ruidos extraños que parecían no venir de ningún lado. Eso hizo la nueva realidad mucho más difícil para todos porque nadie sabía qué hacer o cómo afrontar la situación. Susana había visto partir a casi todo el mundo. La noche anterior, sin ir más lejos, dos familias salieron corriendo muy apresuradamente por la ancha avenida, y al fin desaparecieron por la rampa del garaje portando voluminosas maletas. A dónde iban nadie se lo dijo. Pero ella se quedó en su casa. Estuvo doblando ropa de verano y guardándola primorosamente en sus fundas nuevas hasta que se hizo demasiado oscuro para ver nada. De tanto en tanto, se asomaba a la terraza a mirar a lo lejos. Era inquietante ver cuán silenciosa se había quedado la avenida que se extendía ante sus ojos. El quiosco de abajo permanecía

cerrado, lo que le causaba un gran desasosiego porque no era miércoles. Nadie paseaba por las anchas aceras, y Susana tenía la terrible sensación de que todo el mundo se había marchado ya. De que todo el mundo estaba en otro lado, menos ella, y de que la ciudad se la tragaría si no hacía algo pronto. Pero Susana aún no había querido hacer frente al problema. Aún descolgaba el teléfono a cada poco, confiando poder hablar con alguien en cuanto los técnicos de Telefónica solucionasen la avería. En el surrealismo de la escena, el monocorde y desacelerado mensaje de "vuelva a llamar más tarde" se había convertido en una promesa de futuro, y Susana llamaba y llamaba. Se quedó dormida a las seis y media de la madrugada, envuelta en procelosos sueños. A las diez y cuarto, una fea pesadilla la despertó con un sobresalto. Se levantó a beber agua, pero descubrió con desasosiego que el grifo ya no daba nada. Pasó el resto del día intentando obtener señal del teléfono. Nadie la invitaba ya a llamar más tarde. Al final de la tarde, cuando la oscuridad devoraba ya el cielo por el este, los vio por fin. Aparecieron por la esquina que llevaba al hospital. Uno llevaba puesta una bata blanca de personal. El otro era grande y musculoso, pero se movía como aquejado de dolorosos espasmos. Los dos iban juntos, avanzando despacio por entre el tráfico detenido. Cruzaron la calle con desmañadas maneras, despacio, arrastrando los pies con exasperante parsimonia, y desaparecieron al fin tras la esquina del bloque de edificios del otro lado. Susana los observó con incrédula fascinación. Eran esas cosas. Eran ésos de la televisión. Eran gente muerta, o eso pensaba. Cosas muertas. Muertos vivientes. Ahora los había visto. Estaban ahí abajo. Ésa era la razón por la que toda la avenida estaba llena de coches abandonados. Era la razón por la que todo había dejado de funcionar. Por la que no había agua. La razón por la que sus sueños estaban plagados de garras húmedas cuajadas de sangre. Cuando pasaban las diez, unos golpes sordos en la puerta la sacaron de su ensimismamiento. Susana corrió a abrir, como si al otro lado estuviese por fin la solución a toda aquella situación inconcebible. Pero la cara lánguida y pálida de su vecina, que la esperaba envuelta en un chal color crema, volvió a desanimarla. —Sigue usted aquí... —comentó la vecina con tono neutro. Susana no sabía si era una pregunta o una afirmación. El pelo aplastado sobre la frente y el tizne negro en la cara le daban un aspecto desaliñado. Los ojos, aspaventados, denunciaban que, de alguna manera, había transgredido hacía algún tiempo los límites de su capacidad para adaptarse a las nuevas circunstancias. —Sí. Se miraron durante algunos momentos, incómodas, en el rellano de la planta. —¿No quiere usted venirse? —preguntó la vecina al fin como si acabara de pensar en ello—. Nosotros nos vamos. Nos vamos a ir. —¿A dónde se van? —preguntó Susana, dubitativa. —Pues... a otra parte. Con el coche... a algún sitio donde haya gente. Aquí no hay luz, no hay agua...