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apego, Apuntes de Psicología

Asignatura: psicogia educacion, Profesor: Loreto Aracaute, Carrera: Educación Primaria, Universidad: UCM

Tipo: Apuntes

2016/2017

Subido el 14/12/2017

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5. Desarrollo socioafectivo en la primera infancia María José Ortiz, María Jesús Fuentes y Félix López Se analizan en este capítulo los orígenes de la vida social y emocional, las diferencias individuales en los diversos procesos socioafectivos y los fac- tores individuales y contextuales que explican tales diferencias. Un tema central, por lo tanto, será el desarrollo de la vinculación afectiva del niño con los cuidadores principales y el análisis de los variados factores que in- tervienen en el establecimiento de un lazo afectivo seguro O inseguro. El desarrollo de los diversos aspectos de la vida emocional y el modo en que factores temperamentales y relacionales marcan diferencias en todos estos campos será objeto de una revisión general. Finalmente, se analizan las pri- meras relaciones con los iguales y el papel de los padres y educadores en la adquisición y desarrollo temprano de la competencia social infantil. 1. El apego 1.1 Qué es el apego y cuáles son sus funciones Tal como se ha visto en el capítulo 3, cuando nacen, los niños están muy indefensos y necesitados de la ayuda de los demás, pero están bien dotados perceptivamente, tienen una gran capacidad de aprender y están preprogra- mados para interesarse por los estímulos sociales y acabar vinculándose a algunas personas. El vínculo emocional más importante, al menos en la pri- mera infancia, es el apego, el vínculo afectivo que el niño establece con una o en la primera inf. o varias personas del sistema familiar. Aunque este vínculo forma un todo, pueden distinguirse en él tres componentes básicos: conductas de apego (de proximidad e interacción privilegiada con esas personas, por ejemplo), re- presentación mental (los niños construyen una idea de cómo son dichas personas, qué pueden esperar de ellas, etc.) y sentimientos (de bienestar con su presencia o ansiedad por su ausencia, por ejemplo). El apego tiene una función adaptativa para el niño, para los padres, para el sistema familiar y, en último término, para la especie. Desde el punto de vista objetivo, su sentido último es favorecer la supervivencia, manteniendo próximos y en contacto a las crías y a los progenitores (o quienes hagan su función), que son los que protegen y ofrecen los cuidados durante la infan- cia. Desde el punto de vista subjetivo, la función del apego es proporcionar seguridad emocional; el sujeto quiere a las figuras de apego porque con ellas se siente seguro: aceptado incondicionalmente, protegido y con los recursos emocionales y sociales necesarios para su bienestar. La ausencia o pérdida de las figuras de apego es percibida como amenazante, como pérdida irrepa- rable, como situación de desprotección y desamparo, como situación de ries- go. Para cumplir estas funciones básicas (supervivencia y seguridad emocio- nal), el vínculo de apego tiene cuatro manifestaciones fundamentales: a) buscar y mantener la proximidad, b) resistirse a la separación y protestar si ésta se consuma, c) usar la figura de apego como base de seguridad desde la que se explora el mundo físico y social, y d) sentirse seguro buscando en la figura de apego cl bienestar y el apoyo emocional (Feeney y Noller, 1996). Tal vez lo más importante es comprender que los miembros de la espe- cie humana somos mamíferos muy sociales que, para sobrevivir y desarro- llarnos adecuadamente, dependemos del establecimiento de relaciones ade- cuadas con los demás. Éstas suponen vínculos afectivos y sociales como el apego y la amistad. El apego juega un rol muy importante a lo largo de todo el ciclo vital y, desde los 3 6 4 años hasta la adolescencia, la red de amistades va adquiriendo una importancia creciente. Por ello, establecer adecuados vínculos de apego con personas adultas que nos cuiden y edu- quen, así como vínculos de amistad con iguales con los que compartamos experiencias y juegos, es fundamental para el desarrollo. 1.2 El apego durante los primeros años de vida: un sistema de interacción con otros Para entender el desarrollo del apego en los primeros años conviene tener en cuenta cuatro sistemas relacionales, dos de los cuales están presentes desde el momento del nacimiento (el sistema exploratorio y el afiliativo), mientras que los otros dos hacen su aparición a partir de los 6 meses (sistemas de apego y de miedo o cautela ante extraños). El Cuadro 5.1 recoge el conteni- do y significado de cada uno de estos importantes sistemas relacionales. Lu] Cuando el niño nace, manifiesta preferencia por los miembros de la pro- pia especie sin establecer diferencias entre quienes interactúan con él. Como se vio en el capítulo 3, los niños ponen de manifiesto claras preferencias por los estímulos sociales (rostro humano, voz humana, temperatura humana, etc.) y pronto establecen asociaciones entre ellos. Pero se trata del reconoci- miento de la recurrencia de algún elemento del estímulo (postura que se adopta para mamar, rasgos del rostro de la madre, etc.) o de la mera aso- ciación entre ellos, sin que el niño tenga un reconocimiento global de la per- sona. Durante este período, la actividad del niño está fundamentalmente re- gulada por ritmos biológicos a los que se adaptan los adultos. La mayor parte de los autores alargan esta fase hasta el tercer mes de vida del niño. Poco a poco va apareciendo en el bebé una preferencia por la interac- ción con los adultos que le cuidan normalmente, pero sin rechazar a los desconocidos. Los niños discriminan con claridad entre unas personas y otras (no sólo algunos rasgos aislados) y manifiestan clara preferencia por interactuar con los que normalmente les cuidan. Esta habilidad para reco- nocer perceptivamente a las figuras de apego y diferenciar entre propios y extraños, expresada claramente en conductas, la adquieren entre los 3 y los 5 meses. La interacción se hace más flexible (menos dependiente de rit- mos biológicos y respuestas reflejas), extensa y adaptada a los ofrecimientos y respuestas del adulto en la interacción cara a cara. En este período, sin em- bargo, el niño no rechaza aún los cuidados que le ofrecen los desconocidos. El siguiente paso es la formación de los sistemas relacionales de apego y de miedo a extraños. En la segunda mitad del primer año de vida, los bebés manifiestan una clara preferencia por las figuras de apego, a la vez que re- chazan a los desconocidos. Las figuras de apego no sólo son reconocidas, sino que pueden ser evocadas gracias a las capacidades de representación, permanencia de la persona y memoria. La separación provoca reacciones de protesta y ansiedad, y el reencuentro produce alegría y sosiego. El sistema de apego está claramente formado: las conductas para procurar o mantener la proximidad de las figuras de apego, la reacción ante las separaciones bre- ves, el sufrimiento por la pérdida de estas figuras y el rechazo o desconfian- za ante los desconocidos y el uso de la figura de apego como base desde la que se explora el mundo físico y social, no dejan lugar a dudas. A partir del primer año de vida, una vez establecido el vínculo del ape- go, el niño va conquistando cierto grado de independencia de las figuras de apego gracias a sus nuevas capacidades de locomoción, verbales e intelec- tuales. Este proceso es siempre conflictivo, pues exige readaptaciones con- tinuas con ganancias y pérdidas de ciertos privilegios, por lo que va acom- pañado de deseos ambivalentes de avanzar y retroceder. Sin duda, se producen cambios lentos pero continuos: las nuevas capacidades mentales y la propia experiencia del retorno de las figuras de apego permiten al niño aceptar mejor las separaciones breves; el contacto físico no necesita ser tan estrecho y continuo; la conducta exploratoria no necesita tanto de la pre- m5 era infancia sencia física de las figuras de apego. Pero en los momentos de aflicción (enfermedad, por ejemplo) o de separaciones que se pueden percibir como amenazantes (hospitalizaciones, ingreso en la escuela infantil, etc.) se acti- van sobremanera las conductas de apego, reaccionando de forma similar a como se hacía en los primeros años de vida. Los conflictos afectivos más importantes durante este período son los producidos por las situaciones de separación, el deseo de participar en la intimidad de los padres y las rivali- dades fraternas. Los niños desean participar en la intimidad de los padres que les es prohibida: dormir con ellos, interponerse cuando se acarician, etc. Descubren que hay determinadas situaciones, que no acaban de enten- der, en las que no pueden estar y de las que son excluidos. Si durante este período nace un nuevo hermano, los niños pueden sentir- se desplazados en las atenciones, mientras asisten perplejos al cuidado con- tinuo que sus padres le ofrecen al recién nacido. Esta situación suele provo- car rivalidad y regresiones en la conducta. Demostrarles incondicionalidad y disponibilidad para seguir atendiéndoles en todo lo que necesiten es la mejor forma de ayudarles a superar los celos. Las separaciones breves, en las hospitalizaciones, ingresos en la escuela infantil, viajes de los padres, etc., no son fácilmente entendidas a esta edad porque niños y niñas requieren de la presencia, disponibilidad y accesibili- dad de las figuras de apego y tienen muchas dificultades para entender el sentido de las separaciones, comprender que quien se ha ido volverá en un tiempo determinado, etc. Mantener la disponibilidad y accesibilidad de las figuras de apego en las separaciones (demostrándoles que, si están afligi- dos, acudirán pronto) es muy importante durante todo este período. El conjunto de experiencias de apego de la primera infancia da lugar a la formación de un modelo interno de relaciones afectivas, que es una represen- tación de las características de la relación establecida con las figuras de ape- go. Se trata de una representación de naturaleza no consciente que tiende a ser bastante estable a partir del primer año, aunque puede verse afectada y modificada por experiencias posteriores. La función de este modelo es servir de base para las relaciones afectivas posteriores, guiando la interpretación de las conductas de otros y la forma de organizar la propia conducta con ellos. 1.3 Diferencias individuales en la seguridad del apego 1.3.1 Tipos de apego Uno de los desarrollos más importantes de la teoría del apego ha sido el análisis de los diferentes patrones o estilos de apego y el origen de tales di- ferencias. Ainsworth, Blehar, Waters y Wall (1978) desarrollaron un proce- dimiento breve y sistemático denominado «la situación extraña» («situación del extraño», según otra traducción) y destinado a evaluar la seguridad del 1550 5. El desarrollo socioafectivo en la primera infancia vínculo en la primera infancia. Se trata de observar cómo organiza el niño su conducta en relación con la figura materna a lo largo de ocho episodios breves más o menos estresantes, descritos brevemente en el Cuadro 5.2. Si analizamos dichos episodios podemos detectar las tres principales fuentes de ansiedad: un entorno desconocido, la presencia de una persona extraña y la separación de la madre. Basándose en criterios como la ansiedad por la separación de la figura de apego, la reacción en el reencuentro y la utilización de la figura de apego como base de exploración, Ainsworth y sus colaboradores identificaron tres grandes patrones de apego, a los que recientemente se ha añadido un cuarto patrón: » el patrón más frecuente (que afecta al 65-70% de las muestras estu- diadas por Ainsworth), definido como apego seguro, se caracteriza por una exploración activa en presencia de la figura de apego, ansie- dad (no necesariamente intensa) en los episodios de separación, reen- cuentro con la madre caracterizado por búsqueda de contacto y proxi- midad, y facilidad para ser reconfortados por ella; + el estilo de apego ansioso-ambivalente agrupa a un porcentaje menor de niños (10-15%), cuya conducta se caracteriza por una exploración mínima o nula en presencia de la madre, una reacción muy intensa de ansiedad por la separación, comportamientos ambivalentes en el reen- cuentro (búsqueda de proximidad combinada con oposición y cólera) y gran dificultad para ser consolados por la figura de apego; + el tercer patrón, en el que se sitúa aproximadamente un 20% de los ni- ños, es definido como apego ansioso-evitativo y se caracteriza por una escasa o nula ansiedad ante la separación, por la ausencia de una clara preferencia por la madre frente a los extraños y por la evitación de la misma en el reencuentro (alejándose de ella, pasando de largo o evitando el contacto visual); + recientemente se ha descrito otro patrón, denominado apego ansioso-de- sorganizado, en el que se agrupan los niños que en esta situación se muestran desorientados; se aproximan a la figura de apego con evitación de la mirada, en el reencuentro pueden mostrar búsqueda de proximidad para, repentinamente, huir y evitar la interacción, manifestando movimientos in- completos o no dirigidos a ninguna meta y conductas estereotipadas. Cuando los datos de estudios previos en los que se había utilizado la cla- sificación clásica se han vuelto a analizar incluyendo este estilo, los porcen- tajes de niños que manifiestan este patrón oscilan entre el 10 y el 12 %. 1.3.2 Antecedentes de la seguridad del apego Para la teoría del apego, el principal determinante de la seguridad del víncu- lo afectivo es la sensibilidad de la figura de apego, entendida como la dis- 157 posición a atender a las señales del niño, interpretarlas adecuadamente y responder a ellas rápida y apropiadamente, disposición estrechamente rela- cionada con la empatía. En general, la investigación sobre el tema avala esta propuesta, aunque también existen discrepancias. Un reciente metaaná- lisis realizado por De Wolff y Van Ijzendoorn (1997) con 66 estudios sobre los antecedentes parentales en la calidad del apego infantil, ha corroborado la importancia de la sensibilidad materna. Sin embargo, su influencia parece algo menor que la encontrada inicialmente, y otras dimensiones, como la sincronía y la mutualidad en la relación, muestran una capacidad predictiva similar. Ello nos lleva a pensar que la seguridad del apego no sólo depende de la sensibilidad materna entendida como un rasgo de personalidad, sino de la sensibilidad como patrón conductual en el contexto de la relación, o, si se quiere, del tipo de relación madre-hijo o padre-hijo que se establezca. En los niños con apego seguro se constata un tipo de interacción madre- hijo recíproca, mutuamente reforzante, en la que la figura de apego es efi- caz a la hora de regular la activación emocional del niño, interpretar sus se- ñales, responder de modo contingente, sin intrusividad, y mantener intercambios de atención conjunta frecuentes, lo que se traduce por parte del niño en expresión de afecto positivo y mantenimiento de la interacción. En este tipo de historia interactiva el niño forma un modelo interno que le permite anticipar y confiar en la disponibilidad y la eficacia materna, así como en su propia capacidad para promover y controlar los intercambios socioafectivos. Estos niños disfrutan de la interacción con la figura de ape- go, pero no necesitan un contacto continuo, pues la seguridad de la relación potencia la exploración confiada del entorno y la actividad independiente. Las madres cuyos hijos son calificados como ansiosos-ambivalentes son afectuosas y se interesan por el niño, pero tienen dificultades para interpre- tar las señales de los bebés y para establecer sincronías interactivas con ellos, y son incoherentes —a veces reaccionan de manera muy positiva y otras se muestran insensibles. En este tipo de relación, el niño no desarrolla expectativas de protección, no sabe en qué medida cuenta con la figura de apego, lo que genera una ansiedad persistente sobre el debilitamiento o la pérdida de la relación, ansiedad que activa intensamente el sistema de ape- go e inhibe la exploración. A su vez, la rabia ante la frustración por la rei- terada falta de disponibilidad materna es también intensa y persistente, y se integra en el modelo interno como una rabia anticipada que colorea la re- lación. En cuanto a las madres de los niños evitativos, su estilo interactivo se caracteriza por la irresponsividad, la impaciencia y el rechazo. Estas perso- nas son poco pacientes y tolerantes con las señales de necesidad de sus hi- jos, llegando incluso a bloquear su acceso y a impedir que se les acerquen. Con la evitación y la inhibición de las señales y conductas de apego, el niño previene el rechazo, la cólera o el mayor distanciamiento de la madre. Este tipo de apego se ha asociado también a un estilo de interacción materno ca- rrollo psicológico en madres de los niños evitativos no valoran la importancia de sus relaciones de apego, muestran dificultades para recordar su infancia o, cuando la re- cuerdan, minimizan las experiencias negativas e idealizan a sus madres, pero tienen dificultades para referir episodios reales que sustenten esa ima- gen positiva. El apego ambivalente infantil se asocia con un modelo interno materno caracterizado por una gran preocupación por su infancia, descrita de manera incoherente y con gran conflicto emocional, y por sentimientos de cólera o rencor hacia sus padres (Main y Goldwyn, 1984; Van Ijzen- doorn, 1992). En cuanto a la influencia de una historia de abandono o de maltrato, muchos padres que han sufrido malos tratos afrontan la maternidad- paternidad con el firme propósito de tratar adecuada y afectuosamente a sus hijos, pero, en ocasiones, su historia de rechazo y maltrato puede gene- rar dificultades para empatizar con las emociones negativas de sus hijos, in- terpretándolas como rechazo, y pueden reaccionar bloqueando su afecto, y, a veces, maltratando a sus hijos. Sin embargo, sólo un 30% de los padres que han vivido una historia de malos tratos maltratan a sus hijos. Dado que este tipo de información se obtiene de manera retrospectiva, es más que posible que en la representación de los padres de su propia his- toria de apego hayan influido otras experiencias afectivas posteriores y que el modelo interno actual sea una reconstrucción. En cualquier caso, sea una representación fiel del apego temprano o el producto de experiencias, refle- xiones o reelaboraciones posteriores, lo verdaderamente importante es que esta representación de los padres influye decisivamente en el tipo de rela- ción que establecen con sus hijos. Los estudios sobre variables de personalidad de los cuidadores confir- man que rasgos como la empatía, la estabilidad emocional, la capacidad para ponerse en el lugar del otro y la autoestima correlacionan significati- vamente con la seguridad del apego de sus hijos. En lo que concierne a la psicopatología, la investigación coincide en considerar la depresión materna como uno de los factores que más dificultades genera a la hora de estable- cer una interacción adecuada con el niño. En general, las madres depresivas son poco sensibles a las señales del bebé, las interpretan más negativamente y tienen dificultades para establecer sincronías interactivas. Dada la asimetría que caracteriza a estas relaciones tempranas, el papel del niño no parece que sea equiparable al jugado por la figura de apego; sin embargo, es preciso analizar aquellas características del bebé que pueden incidir directa o indirectamente en la interacción. Si bien los tipos tempera- mentales no parecen permitir predicciones relevantes de los tipos de apego, no podemos negar su intervención. Efectivamente, es más costoso estable- cer una sincronía interactiva con un niño irritable o sobre el que al adulto le resulta difícil influir. Sin embargo, la mayoría de los niños de «riesgo» por un temperamento difícil establece vínculos seguros si la figura de apego es paciente y se adapta a las características del bebé (Belsky, Rovine y Taylor, 1984; Lieberman, Weston y Pawl, 1991). Hi60 5. El desarrollo socioafectivo en la primera infancia En cuanto a los niños prematuros, menos atractivos, despiertos y maneja- bles que los recién nacidos a término, los datos apuntan en la misma direc- ción. Es cierto que las características del niño prematuro pueden dificultar la interacción durante los primeros meses de la vida, pero la mayoría de los niños prematuros establecen vínculos seguros. El temperamento y el ser prematuros son factores de riesgo cuya influen- cia en la seguridad del apego depende de su relación con otros factores de estrés (dificultades en la relación de pareja, falta de apoyo social, etc.) y de protección. En muestras clínicas de mayor gravedad (niños con fisura pala- tina, sordos, autistas, etc.), la capacidad predictora de las variables mater- nas sobre el apego infantil se reduce. Es posible que la sensibilidad poten- cial de las figuras de apego se vea seriamente afectada por el estrés o las dificultades que plantea el cuidado de estos niños. La interacción madre-hijo no se da en vacío, sino enmarcada en un com- plejo contexto social. Comenzando por el marco familiar, el niño es afectado por la madre y por el padre y por la relación de pareja, a la vez que él incide en ambos y en la relación marital. Aunque las madres se implican mucho más en la crianza, muchos niños establecen vínculos seguros con sus padres cuando éstos les dedican tiempo y responden sensiblemente a sus señales y necesidades. El apego seguro con el padre y la madre se asocia con mayor so- ciabilidad y organización emocional. Cuando el grado de ajuste marital es elevado, los niños tienden a establecer apegos seguros con ambos progenito- res (Goldberg y Easterbrooks, 1984). Por el contrario, las dificultades en la relación de pareja tienden a disminuir la sensibilidad y las actitudes positivas hacia el niño y hacia la crianza. Ahora bien, la influencia es bidireccional, puesto que también el niño afecta a la relación entre la pareja parental. La transición a la paternidad es una experiencia estresante y la mayoría de los padres relatan un descenso en el grado de satisfacción respecto a las relaciones con la pareja. Se ha supuesto con frecuencia que el modo en que se realiza esta transición y la subsiguiente relación con el niño dependían es- trechamente del grado de ajuste marital previo al nacimiento. Sin embargo, como descubrieron Belsky e Isabella (1988), la seguridad del apego de los niños se relaciona más con los cambios en la satifacción de pareja en la fase de transición, que con el ajuste marital prenatal. Las madres de los niños clasificados como seguros e inseguros a los 12 meses no presentaron dife- rencias en el nivel de satisfacción previo al nacimiento y en ambos grupos se constató un descenso similar durante los tres primeros meses de la vida del niño. Sin embargo, a partir de este momento la insatisfacción siguió aumen- tando en las madres de los niños inseguros, mientras que en las madres de los niños seguros el nivel de satisfacción se estabilizó, encontrándose que este cambio en la relación de pareja se asoció estrechamente con variables de personalidad materna como la empatía y la estabilidad emocional. En cuanto a la clase social, la asociación entre la sensibilidad materna y el tipo de apego del niño es más reducida en las muestras de clases sociales 1018 arrollo socioafectivo en la primera infancia experiencias de separación de sus madres; para los niños de Israel, criados en kibbutz donde raramente aparece un extraño, la entrada de la desconoci- da es un factor que puede generar mayores niveles de ansiedad. La otra po- sibilidad es que las diferentes culturas y subculturas determinen distintas formas de relación con los niños. La escasa ansiedad y la independencia de los niños alemanes puede explicarse por la tendencia de los padres alema- nes a fomentar la autonomía y el autocontrol, mientras que los padres japo- neses valoran y promueven más la unión y la intimidad con los niños. En cualquier caso, se impone una reflexión sobre el valor normativo de los da- tos de la investigación europea o norteamericana, a la vez que se hace evi- dente la necesidad de adaptar los procedimientos de investigación a los di- ferentes contextos. Sin embargo, conscientes de la variación intra e intercultural, no debemos olvidar que los tres tipos de apego se constatan en la mayoría de culturas estudiadas y que la mayoría de los niños son cla- sificados como seguros. Como se puede deducir de la revisión de factores relacionados con la se- guridad del apego, si bien parece claro el papel determinante de la figura de apego en la relación con el niño, también es evidente que esta experien- cia de interacción y el subsiguiente nivel de seguridad infantil recibe in- fluencias múltiples. Sin embargo, todavía desconocemos el peso exacto que ejerce cada uno de estos factores y su interacción. A modo de resumen, presentamos en la Figura 5.1 una adaptación del modelo propuesto por Belsky e Isabella (1988). Figura 5.1 Antecedentes de la seguridad del apego ¡El Relación de pareja Características de la figura de apego: personalidad, modelos internos, sistemas de creencias Apoyo social e] aractersticas del niño Historia afectiva de la figura de apego Desarrollo del niño Situación económica Trabajo Seguridad del apego Cultura FUENTE: Adaptado de Belsky e Isabella, 1988. Le 163