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Aproximaciones teóricas al concepto de Cultura, Apuntes de Cultura y Sociedad

El texto explica en gran medida el valor estrátegico que ha adquirido el estudio de la cultura en el mundo contemporáneo.

Tipo: Apuntes

2019/2020

Subido el 16/06/2020

MariaBrandol-2020
MariaBrandol-2020 🇸🇻

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CLASE I Enriq ue Valiente
APROXIMACIONES TEORICAS AL CONCEPTO DE CULTURA
Prof. Enrique Valiente
En principio, se puede mencionar que hasta hace algunos años se pretendía hablar de los paradigmas
científicos que organizaban el saber sobre el campo de la cultura. Había en ese sentido una
preocupación científica dominante y la esperanza de que pudiera encontrarse el paradigma de mayor
capacidad explicativa.
Sin embargo, en forma creciente, en la bibliografía sobre estos temas se oye hablar de narrativas, en
vez de paradigmas y, por lo tanto, es posible preguntarse –como lo hace N. García Canclini- qué
narrativas encontramos cuando hablamos de cultura.
Existe una narrativa –la más obvia- que sigue hablando de una especie de uso cotidiano y/o “culto”
de la cultura e identifica cultura con educación, ilustración, refinamiento, información, etc. Es decir,
cultura sería el cúmulo de conocimientos y aptitudes intelectuales y estéticas.
Se reconoce esta corriente en el uso vulgar de la palabra cultura pero tiene un soporte en la filosofía
idealista alemana de fines del siglo XIX y principios del XX (Spencer, Rickert) que manejaban la
distinción entre cultura y civilización. Para esta concepción, por ejemplo, un trozo de mármol
extraído de una cantera es un objeto de civilización, resultado de un conjunto de técnicas que
permiten extraer ese material de la naturaleza y convertirlo en un producto de la civilización. Pero ese
mismo trozo de mármol, decía Rickert, tallado por un artista que le imprime el valor de belleza, lo
convierte en obra de arte y lo vuelve cultura.
Entre las muchas criticas que se pueden hacer a esta distinción tan tajante entre civilización y cultura
es que naturaliza la división entre lo material y lo espiritual, entre lo corporal y lo mental y, por lo
tanto, entre las clases y los grupos sociales que se dedican a una u otra dimensión. A su vez,
naturaliza un conjunto de conocimientos y gustos que serían los únicos que valdrían la pena difundir,
formados en la historia occidental moderna y concentrada, sobre todo, en el área europea o euro
norteamericana.
Frente a estos usos cotidianos, vulgares o idealistas de cultura, surgió un conjunto de usos científicos
que se han caracterizado por separar la cultura en oposición a otros referentes. Una de estas
oposiciones ha sido la trabajada por la antropología que destacó el eje de oposición cultura-
naturaleza. Parecía que de ese modo se diferenciaba a la cultura, lo creado por el hombre y por todos
los hombres, de lo simplemente dado, de lo natural que existe en el mundo.
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APROXIMACIONES TEORICAS AL CONCEPTO DE CULTURA

Prof. Enrique Valiente

En principio, se puede mencionar que hasta hace algunos años se pretendía hablar de los paradigmas científicos que organizaban el saber sobre el campo de la cultura. Había en ese sentido una preocupación científica dominante y la esperanza de que pudiera encontrarse el paradigma de mayor capacidad explicativa. Sin embargo, en forma creciente, en la bibliografía sobre estos temas se oye hablar de narrativas, en vez de paradigmas y, por lo tanto, es posible preguntarse –como lo hace N. García Canclini- qué narrativas encontramos cuando hablamos de cultura. Existe una narrativa –la más obvia- que sigue hablando de una especie de uso cotidiano y/o “culto” de la cultura e identifica cultura con educación, ilustración, refinamiento, información, etc. Es decir, cultura sería el cúmulo de conocimientos y aptitudes intelectuales y estéticas. Se reconoce esta corriente en el uso vulgar de la palabra cultura pero tiene un soporte en la filosofía idealista alemana de fines del siglo XIX y principios del XX (Spencer, Rickert) que manejaban la distinción entre cultura y civilización. Para esta concepción, por ejemplo, un trozo de mármol extraído de una cantera es un objeto de civilización, resultado de un conjunto de técnicas que permiten extraer ese material de la naturaleza y convertirlo en un producto de la civilización. Pero ese mismo trozo de mármol, decía Rickert, tallado por un artista que le imprime el valor de belleza, lo convierte en obra de arte y lo vuelve cultura. Entre las muchas criticas que se pueden hacer a esta distinción tan tajante entre civilización y cultura es que naturaliza la división entre lo material y lo espiritual, entre lo corporal y lo mental y, por lo tanto, entre las clases y los grupos sociales que se dedican a una u otra dimensión. A su vez, naturaliza un conjunto de conocimientos y gustos que serían los únicos que valdrían la pena difundir, formados en la historia occidental moderna y concentrada, sobre todo, en el área europea o euro norteamericana. Frente a estos usos cotidianos, vulgares o idealistas de cultura, surgió un conjunto de usos científicos que se han caracterizado por separar la cultura en oposición a otros referentes. Una de estas oposiciones ha sido la trabajada por la antropología que destacó el eje de oposición cultura- naturaleza. Parecía que de ese modo se diferenciaba a la cultura, lo creado por el hombre y por todos los hombres, de lo simplemente dado, de lo natural que existe en el mundo.

Justamente, ha sido la Antropología probablemente la disciplina que de manera más sistemática ha trabajo el concepto de cultura. No es mi intención hacer un análisis detallado de tales usos, para nuestro propósito bastará con distinguir -como lo hace J. B. Thompson^1 - entre dos empleos básicos a los cuales vamos a denominar “concepción descriptiva” y “concepción simbólica”. Esta división implica una simplificación excesiva, no sólo porque no considera algunos matices que pueden discernirse en los distintos usos del término, sino porque acentúa las diferencias entre las dos concepciones y en consecuencia descuida las similitudes; pero en relación a los objetivos de la cátedra nos servirá. La concepción descriptiva de la cultura puede rastrearse hasta los escritos de los historiadores culturales del siglo XIX, quienes estaban interesados en la descripción etnográfica de las sociedades no europeas. Entre los más destacados estaba Gustav Klemm, quien trató de proporcionar una descripción sistemática y amplia de “el desarrollo gradual de la humanidad” al examinar las costumbres, habilidades, artes-herramientas, armas, practicas religiosas y así sucesivamente, de pueblos y tribus de todo el mundo. El trabajo de Klemm era conocido por E. B. Tylor, profesor de Antropología de la Universidad de Oxford, cuya obra más importante “Cultura Primitiva” se publicó en 1871. Tylor proporcionó los elementos claves de la concepción descriptiva de la cultura: de acuerdo a ella, la cultura se puede considerar como el conjunto interrelacionado de creencias, costumbres, leyes, formas de conocimiento, etc., que adquieren los individuos como miembros de una sociedad en particular y que se pueden estudiar de manera científica. Todas esas creencias, costumbres, etc. conforman una “totalidad compleja” que es característica de cierta sociedad y la distingue de otras que existen en tiempos y lugares diferentes. En la descripción de Tylor, una de las tareas del estudioso de la cultura es disecar esas totalidades en sus partes componentes y clasificarlas y compararlas de manera sistemática. Es una tarea similar a la que realizan un botánico o un zoólogo, así como el catalogo de todas las especies de plantas y animales de una localidad representan su flora y su fauna, la lista de todos los aspectos de la vida general de un pueblo representa esa totalidad que llamamos cultura. A partir de allí, con más o menos diferencias se suceden una serie de perspectivas y visiones a lo largo del siglo XX -siempre recordando que se trata de una clasificación muy simplificada- que

(^1) Thompson, J. B. (1997) Ideología y cultura moderna. México: Universidad Autónoma Metropolitana.

trama de sentidos con que le damos significados a los fenómenos o eventos de la vida cotidiana. Y por lo tanto, analizar la cultura consiste en descifrar, interpretar las significaciones que se ponen en juego a través de acciones, expresiones, conductas, las cuales son ya significativas -portan significados- para los individuos que las producen, perciben e interpretan en el curso de su cotidianidad. Veamos un ejemplo tomado de Geertz, pero que intentaré simplificar. Supongamos una cultura en la cual el acto de guiñar el ojo tiene cierta significación (piensen que no todos los pueblos guiñan el ojo con alguna finalidad). En el caso de nuestra sociedad, se me ocurren varias razones por las que un individuo puede guiñar el ojo (y me imagino que a ustedes se les ocurrirán otras tantas): como gesto de complicidad, seducción, tic nervioso, seña en un juego de naipes, como imitación de un guiño o parodia del mismo, etc. Ahora viene lo importante: incluso en un gesto tan sencillo como guiñar un ojo, si alguien no pertenece a la cultura en la que los significados mencionados poseen reconocimiento, le será muy difícil comprender la diferencia entre un guiño de seducción de la parodia de un guiño. Imagino que estarán pensando que nadie comprenderá una cultura, nadie de aproximará al conocimiento de un pueblo por el modo de guiñar un ojo. Es cierto, les mencioné un ejemplo muy sencillo para introducirlos en la concepción simbólica de la cultura, pero piensen en la complejidad de significaciones involucradas en la vida de una comunidad. Para Geertz, el análisis de los fenómenos culturales es una actividad muy distinta de la que implicaba la que llamamos “concepción descriptiva de la cultura”; para dicho autor, el estudio de la cultura es una actividad más parecida a la interpretación de un texto que a la clasificación de la flora y la fauna. Lo que requiere no es tanto la actividad de un analista que busque clasificar y cuantificar sino más bien la sensibilidad de un interprete que busque descifrar patrones de significado, discriminar entre distintos matices de sentido y volver inteligible una forma de vida que ya es de por sí significativa para quienes la viven.

Definición de cultura: Vamos a definir el concepto cultura como lo propone Mario Margulis –quien toma en consideración la postura de Geertz- en el texto “La cultura de la noche. Vida nocturna de los jóvenes en Buenos Aires”^3. En esa obra, Margulis formula el concepto de cultura en el plano de la significación. Las significaciones compartidas y el caudal simbólico que se manifiestan en los mensajes y en la acción,

(^3) Margulis, M (1994) La cultura de la noche. Vida nocturna de los jóvenes en Buenos Aires. Buenos Aires: Espasa-Calpe.

por medio de los cuales, los miembros de un grupo social piensan y se representan a sí mismos, a su contexto social y al mundo que los rodea. La cultura seria el conjunto interrelacionado de códigos de significación, históricamente constituidos, compartidos por un grupo social, que hacen posible la comunicación, la interacción. Se puede comprender a la cultura entonces como producción de sentidos, esto es, el sentido que tienen los fenómenos y eventos de la vida cotidiana para un grupo humano determinado. Si nos preguntamos, por ejemplo, por la subcultura carcelaria, nos estaríamos preguntando por el entramado de significados vividos y actuados dentro de la comunidad carcelaria; si intentamos conocer a una subcultura juvenil particular (a un grupo punk, por ejemplo) deberíamos averiguar el conjunto de significados que caracterizan al hacer de dicho grupo, sus relaciones con los demás, su particular percepción del mundo, etc. Por lo tanto, la comunicación es cultura. Esto significa que la cultura no es patrimonio de unos pocos, de una élite, sino que usted, quienes lo rodean, yo, somos todos miembros competentes de una cultura. No nos damos cuenta de la cultura que compartimos, no tomamos conciencia de ella sino cuando llegamos a sus limites, cuando nos enfrentamos a la incomunicación, cuando rozamos lo desconocido. Por ejemplo, cuando nos encontramos ante una cultura muy extraña, aún los acontecimientos más sencillos o las conductas cotidianas nos resultan difíciles de entender. Entonces –en esa situación- solemos tomar conciencia de la facilidad con que nos movemos en nuestra propia cultura, en la cual existe un marco de referencia común sobre el cual fuimos socializados desde pequeños, y de allí la sensación de confort que experimentamos al compartir códigos comunes. En otras palabras, compartir una cultura significa compartir un gran mundo de sobreentendidos y, sobre ese telón de fondo –de lo que no es necesario explicitar, de lo que todos damos por comprendido- sobre ese piso común de lo presupuesto, se desarrolla la interacción cotidiana. Pero la comunicación no reposa solamente en la palabra: requiere del uso simultáneo y coordinado de distintos códigos, códigos referidos al contexto social, al sentido y al uso del tiempo y del espacio, al cuerpo, a la proximidad y lejanía entre los hablantes (tema que abordaremos en próximas clases), al uso de los silencios, etc. Como subraya Mario Margulis, la comunicación habitualmente nos parece espontánea, nos parece natural el intercambio de mensajes, el acuerdo sobre el sentido de las proposiciones en general, la decodificación fácil de los gestos cotidianos. Es decir, hay una cantidad de saberes simultáneos que ejercitamos, de percepciones conjuntas y sólo porque somos miembros competentes de una cultura

sociales de significación. Uno de esos autores es Jean Baudrillard quien para salir del esquema marxista acotado de que todo objeto tiene sólo un valor de uso y un valor de cambio, ha señalado que cada objeto tiene un plus agregado de valor en la sociedad de consumo: el valor signo y el valor símbolo. Analicemos esto a través de un ejemplo. Supongamos que poseemos una heladera: su valor de uso consiste en enfriar los alimentos y el valor de cambio es aquello por lo cual dicho objeto puede ser intercambiado, por ejemplo el equivalente dinero. Sin embargo, para Baudrillard existe otro valor agregado: imaginemos que dicha heladera es importada y si se encuentra en el contexto de una cultura donde existe una jerarquía superior de lo importado en relación a lo nacional, la heladera en cuestión poseerá un valor agregado de distinción, que ya no depende del valor de uso. Pero, además, el autor le agrega el valor símbolo: esa heladera puede ser un obsequio muy apreciado, de modo que no es cualquier heladera sino tiene una significación personal muy particular. Ambos valores –el valor signo y el valor símbolo-, corresponden a la dimensión de la cultura. Retengan este ejemplo, pues servirá para comprender que la lógica de la sociedad de consumo pivotea -en gran medida- sobre la dimensión cultural del objeto, es decir, sobre el plano de las significaciones (piensen, por ejemplo, las razones por las cuales la lógica publicitaria apela al plano de las significaciones para la venta de un producto; si no fuera así, no haría falta una modelo espectacular para vender un electrodoméstico pues ¿qué le “agrega” ese cuerpo espléndido al valor de uso del electrodoméstico?). Lo expresado permite explicar en gran medida el valor estratégico que ha adquirido el estudio de la cultura en el mundo contemporáneo y éste es el eje de los temas que abordaremos en las próximas clases.