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Este artículo de national geographic españa explora la crisis que enfrenta venecia debido a la sobrepoblación turística y la desaparición de sus habitantes. El alcalde massimo cacciari, filósofo y traductor, habla sobre el agua alta, el hundimiento de venecia y el costo de mantenerla. La ciudad, conocida como la serenissima, interpreta un doble papel: el de ciudad residencial y el de ciudad turística. La historia, el arte y la belleza de venecia están en peligro, y solo queda tiempo para reflexionar sobre quién será el último veneciano que quede en la ciudad.
Tipo: Apuntes
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Por Cathy Newman, Septiembre de 2009
En ningún lugar de Italia, donde la calamidad a menudo adquiere un cierto aire de opereta rococó, puede una crisis tener un marco más hermoso que en Venecia. Sin estar en el mar ni en la tierra, sino rielando entre ambos, la ciudad se dibuja como un espejismo sobre una laguna del Adriático. Desde hace siglos amenaza con desaparecer bajo las olas del acqua alta, la implacable inundación periódica fruto de la complicidad entre las mareas altas y unos cimientos que se hunden. Pero ése es el menor de sus problemas.
Basta con preguntárselo al alcalde Massimo Cacciari, reflexivo y versátil profesor de filosofía que se expresa con fluidez en alemán, latín y griego antiguo, que ha traducido la Antígona de Sófocles y es capaz de elevar el nivel intelectual de la política hasta la estratosfera. Le preguntamos por el acqua alta y el hundimiento de Venecia, y él responde: «Hay que ponerse botas». Si Venecia se hunde, ¡que se pongan botas!
Las botas están bien para el agua, pero no sirven para detener la inundación que causa más quebraderos de cabeza que cualquier otro desbordamiento de la laguna: la del turismo.
Población de Venecia en 2007: 60.000 habitantes. Número de visitantes durante el mismo año: 21 millones.
En un puente de mayo de 2008, por ejemplo, 80.000 turistas cayeron sobre la ciudad como langostas sobre los campos de Egipto. Los aparcamientos públicos de Mestre, una parte del municipio situada en tierra firme, donde la gente deja el coche para coger el autobús o el tren hasta el centro histórico, se llenaron y tuvieron que cerrar. Los turistas que consiguieron llegar a Venecia tomaron las calles por asalto, como bancos de peces ávidos de pizza y gelato, dejando tras de sí una estela de papeles y botellas de plástico.
La Serenissima, como se conoce a Venecia, lo es todo menos serena. El mundo entero irrumpe en el cáliz exquisitamente labrado de la ciudad con una guía turística en la mano, las fantasías guardadas junto al cepillo de dientes y unos zapatos cómodos. Y entonces, ¡splash!, expulsa a los venecianos. El turismo no es la única razón del éxodo acelerado, pero una pregunta flota en el ambiente como la niebla: ¿quién será el último veneciano que quede en la ciudad?
Venecia es una ciudad preciosa», me dijo el director de una fundación cultural. Desde su ventana se ve todo el canal de San Marcos, con su interminable flotilla de lanchas motoras, góndolas y autobuses acuáticos llamados vaporetti, y más allá, la plaza de San Marcos, el epicentro del turismo veneciano. «En realidad, esto es un gran teatro. Con dinero, cualquiera puede alquilar un apartamento en un palacio del siglo XVII con sirvientes y sentirse aristócrata.»
Por favor, ocupen sus localidades. En esta obra, Venecia interpreta un doble papel: el de ciudad donde la gente vive y el de ciudad visitada por los turistas. La iluminación, la escenografía y el vestuario son tan hermosos que te roban el corazón, pero el argumento es confuso y el desenlace, incierto. Sólo un cosa es segura: todos veneran a la actriz protagonista.
«Beauty is difficult» (la belleza es difícil), me dijo Cacciari, hablando como si impartiera un curso de posgrado sobre estética en lugar de responder a una escueta pregunta sobre política municipal. El alcalde estaba citando a Ezra Pound (el poeta estadounidense enterrado en Venecia), quien, a su vez, citó la respuesta de Aubrey Beardsley a William Butler Yeats, en una especie de circunloquio literario; pero los circunloquios son tan venecianos como las curvas del Gran Canal.
Cacciari, cuya arrogancia es casi tan famosa como su elocuencia, parecía de un humor tan negro como su cabellera y su espesa barba. La víspera, un diluvio había inundado Mestre. La lluvia había causado la inundación, no el acqua alta, me aclaró Cacciari en su despacho. «El MOSE [proyecto en construcción de barreras protectoras, véase página 22] no habría servido de nada. La marea alta no es un problema para mí, sino para ustedes, los extranjeros.» Fin de la conversación sobre inundaciones.
No, insistió, los problemas son otros. El coste de mantener Venecia: «No hay suficientes fondos públicos para cubrirlo todo: la limpieza de los canales, la rehabilitación de los edificios, la elevación de los cimientos… Todo es muy caro». El coste de la vida: «Vivir aquí cuesta tres veces más que en Mogliano, a 20 kilómetros de distancia. Sólo se lo pueden permitir los ricos o las personas mayores que ya son propietarias de fincas porque las han heredado. ¿Los jóvenes? Imposible».
Finalmente, está el turismo. Al respecto, Cacciari el filósofo dijo: «Venecia no es un rincón sentimental para lunas de miel. Es un lugar poderoso, contradictorio y abrumador. No es una ciudad para turistas. No se puede reducir a una postal». Le pregunté si la cerraría a los turistas. «Sí, cerraría Venecia, o tal vez, pensándolo mejor, haría un pequeño examen de ingreso y cobraría una pequeña entrada.» Parecía confundido. La pequeña entrada se añadiría a unos precios que ya son astronómicos. Los turistas pagan 6,50 euros por un trayecto en vaporetto, 9 euros por un refresco en el Caffè Florian y 30 euros por una máscara de carnaval de plástico, probablemente fabricada en China.
También pueden comprar un palazzo. «El Gran Canal es lo más cotizado», me dijo Eugenio Scola en el despacho de su inmobiliaria con artesonados de nogal y vistas a San Marcos. Vestía americana negra de corte impecable, camisa blanca de algodón recién planchada, vaqueros con cinturón de piel de cocodrilo y mocasines negros de lustrosa piel de becerro. Durante años los compradores han sido estadounidenses, británicos y otros europeos, me explicó Scola. «Pero ahora empezamos a ver rusos. Y chinos.»
Entre sus ofertas había un piso rehabilitado de tres dormitorios en la planta noble de un pequeño palacio del siglo XVIII. «Molto bello», exclamó Scola, mientras me sacaba los planos. Tenía un estudio, biblioteca, salón de música, dos salas de estar, una pequeña habitación para el servicio y bonitas vistas por tres frentes. Sólo nueve millones de euros. Si lo prefería, también tenía todo un palacio de 5.600 metros cuadrados, el Palazzo Nani, que se vendía con el permiso para su reconversión a otros usos. «Probablemente se convertirá en hotel», dijo Scola. Le pregunté por algo más asequible, y al día siguiente me llevó a ver un estudio de 36 metros cuadrados que le habría causado claustrofobia a una sardina. Se vendía por sólo 260.000 euros. Alguien lo compraría como inversión o para tener un sitio donde recalar en Venecia. Pero probablemente no sería un veneciano.
Si eres veneciano, y no formas parte de lo que Henry James llamó «la maltrecha linterna mágica» que es la Venecia turística, si eres un ciudadano que vive en un quinto piso sin ascensor (los ascensores no abundan en Venecia), alguien que se levanta, va a trabajar y vuelve a casa, entonces Venecia es un lugar completamente distinto. Lo anormal es normal. Una inundación es algo rutinario. Suena la sirena, se cierran las persianas metálicas, y las botas de agua, esenciales en todo guardarropa veneciano, salen del armario. Se instalan cuatro kilómetros de pasarelas para los viandantes. La vida sigue su curso.
Aquí, donde todo lo que uno necesita para vivir y morir tiene que llegar flotando y se tiene que transportar azarosamente por los puentes y las escaleras, el tiempo se mide por el aliento de las mareas, y el espacio es un intervalo entre dos paréntesis de agua. La
Hablar de amor no es exagerado; de hecho, es insuficiente para describir lo que Salvadori siente por Venecia. Él no es sólo el director de turismo de la ciudad, sino su defensor. Si de él dependiera, habría geranios en todos los balcones. (Distribuyó 3.000 plantas con ese propósito.) Una vez, cenando en un restaurante junto a un canal, se levantó de la mesa para recriminar a un gondolero por cantar O sole mio, que es una canción napolitana, no veneciana.
«La ciudad está consumida por el turismo –dice Salvadori, sentado en su despacho del palacio Contarini Mocenigo, del siglo XVI–. ¿Y qué sacan los venecianos a cambio? Los servicios están desbordados. Durante parte del año, los venecianos apenas pueden entrar en los transportes públicos. El coste de la recogida de basuras aumenta, y también el coste de la vida.» No hace falta decirlo, sobre todo en lo referente a la compra de una vivienda. La ley de 1999 que suavizó la normativa para reconvertir la propiedad residencial en alojamiento para turistas ha extremado la escasez de vivienda. Paralelamente, el número de hoteles y hostales ha aumentado un 600% desde 1999.
«Para ayudar, quizás empecemos a cobrar una tasa municipal a hoteles y restaurantes – comenta Salvadori–. Dicen que los turistas no vendrán, pero yo me pregunto: ¿dejarán de venir por unos pocos euros? –Me mira fijamente–. No puedo preocuparme por los hoteles. Tengo que pensar en los venecianos. Yo batallo por la ciudad. Porque Venecia –dice, bajando la voz, mientras apoya una mano en el pecho– es mi corazón.»
El turismo forma parte del paisaje veneciano desde el siglo XIV, cuando la ciudad era una etapa del peregrinaje a Tierra Santa. Las visitas disminuyeron con la Reforma protestante del siglo xvi, pero volvieron a cobrar impulso en el XVII cuando los aristócratas europeos adoptaron la costumbre de hacer el grand tour para adquirir el refinado barniz de la experiencia cultural.
¿Qué ha cambiado del turismo desde entonces?, le pregunto a Ortalli ya de regreso a su despacho. «Sí, antes estaba el grand tour–responde–. Pero entonces la gente invertía en hospitalidad. Ahora llegan a Venecia cruceros de diez pisos de altura. Es imposible entender Venecia desde una altura de diez pisos. Es como venir en helicóptero. Pero les da igual. Vienen a Venecia, escriben una postal y recuerdan la tarde maravillosa que han pasado.»
La enfermedad es crónica. El comienzo de la infección, dice la historiadora del arte Margaret Plant, data de la década de 1880, cuando la ciudad «se convirtió en fetiche y volvió la mirada hacia el pasado. En ese momento, Venecia, celosamente custodiada, se convirtió en un artículo de moda, en un cúmulo de cosas pintorescas, y sus habitantes quedaron relegados a un segundo plano».
El contagio avanza por las calles, trepa por los puentes y cruza la plaza. «Ahí se va otro trozo de Venecia», dijo con tristeza Silvia Zanon, la profesora, cuando la Camiceria San Marco, una tienda que durante 60 años ocupó un local cerca de la plaza de San Marcos, tuvo que mudarse a otro lugar más pequeño y menos codiciado porque le habían triplicado el alquiler. La tienda, genuinamente veneciana, hacía pijamas para el duque de Windsor y camisas deportivas para Ernest Hemingway. «Es como marcharte de la casa donde has nacido», dijo Susanna Cestari, que trabajaba en la tienda desde hacía 32 años, mientras preparaba las cajas para la mudanza.
En agosto de 2007 cerró Molin Giocattoli, una juguetería tan popular que el puente situado justo al lado se llama puente de los Juguetes. Desde diciembre de 2007 han cerrado diez ferreterías. En el mercado de Rialto, los puestos de souvenirs han reemplazado a los vendedores de salchichas, pan y hortalizas. Los turistas no lo notan. No van a Venecia a comprar berenjenas.
Pero sí van a casarse. La maquinaria del turismo ha incorporado las bodas: 720 en 2007. Ese año, por cada residente que se casó en Venecia lo hicieron tres no residentes. A los ciudadanos no comunitarios es a quienes les sale más caro pasar por el juzgado en la ciudad de los canales: la oficina de matrimonios del Ayuntamiento de Venecia les cobra 1.800 euros en días hábiles. Si es en fin de semana, la feliz pareja tendrá que
desembolsar 4.200 euros. ¿Querrán que la ceremonia sea retransmitida por Internet? 144 euros más, por favor.
Cuando llega el Carnaval, antes una celebración local llena de encanto, hoy convertida en frenesí comercial, los venecianos sensatos se marchan. Pero si algo éstos no han perdido es la capacidad para el sarcasmo. Cuando el éxodo sea completo, si la ciudad acaba siendo una exquisita bombonera dorada, «¿quién será el último veneciano?», pregunté a una mujer cuya familia lleva varias generaciones en la ciudad. «No lo sé –respondió–, pero seguramente querrá que le paguen por ello.»
Mientras tanto, los planes para la salvación de la ciudad aparecen y desaparecen con la regularidad de las mareas. Pero hay mucho en juego. El turismo en Venecia genera unos ingresos de unos 1.500 millones de euros al año, una estimación que probablemente se queda corta porque gran parte de la economía es sumergida. Según el Centro Internacional de Estudios sobre la Economía del Turismo, de la Universidad de Venecia, el sector turístico es «el corazón y el alma de la economía veneciana, para bien y para mal».
Hay quien dice que Venecia es la única culpable de sus males, que son el fruto de querer exprimir hasta el último euro, yen y dólar del turismo. «No quieren turistas –observa alguien que ya no vive en la ciudad–, pero quieren su dinero. Los estadounidenses son los mejores. Gastan mucho. Los de Europa del Este se traen la comida y el agua. Como mucho, compran una gondolita de plástico.»
Hay rumores, siempre hay rumores (esto es Italia), acerca de limitar el turismo, gravarlo con impuestos e implorar a los turistas que eviten la temporada alta de Semana Santa y Carnaval; pero el turismo (sumado a la pérdida de población residente y complicado con el poder de los hoteleros, gondoleros y conductores de taxis acuáticos, interesados en potenciar la llegada de visitantes) no se presta a soluciones simples.
«Le recuerdo que la pérdida de población no sólo es un problema en Venecia sino en todas las ciudades históricas, y no sólo en Italia –advierte el alcalde Cacciari–. El llamado éxodo, que comenzó hace mucho tiempo, tiene raíces profundas en el problema de la vivienda.»
Tal vez no haya redención. «Es demasiado tarde –apunta Gherardo Ortalli, el historiador–. Nínive y Babilonia desaparecieron. Venecia permanecerá. Es decir, sus piedras permanecerán. La gente, no.» Pero de momento hay vida, además de muerte, en Venecia. Franco Filippi la recorre de noche en busca de ornamentos labrados en las paredes. Silvia Zanon va al instituto, cruza San Marcos y vuelve a enamorarse de la ciudad, y, en temporada, aún es posible comprar berenjenas.
«Puede que Venecia muera –insiste Cacciari–, pero nunca se convertirá en un museo.» Es posible. En 1852, el crítico de arte John Ruskin escribió que en cinco años el palacio Ducal no estaría en pie. Ha pasado un siglo y medio, y sigue ahí.
Deslizarse por las aguas verde pizarra con San Giorgio Maggiore a un lado, entrar en el canal de San Marcos y acercarse al palacio Ducal, con su filigrana de arcos y columnas, es constatar que la belleza, difícil y golpeada, ha sobrevivido.
También el romanticismo. Porque, ¿qué es Venecia, tan seductora, tan mortalmente atractiva, si no el escenario más sublime para los impulsos del corazón?
Por ejemplo, un día de otoño, no hace mucho, dos niños de 12 y 13 años de Grosseto, un pueblo de la Toscana, decidieron fugarse. Los padres no aprobaban su relación, por lo que ahorraron su paga semanal y se la gastaron en un billete de tren a Venecia. Juntos pasearon por las callejuelas empedradas y por los puentes sobre los canales. Al caer la noche entraron en el modesto Hotel Zecchini. El recepcionista oyó una vocecita que pedía una habitación. Se inclinó sobre el mostrador y vio las caritas de los niños. Como no se creyó demasiado la historia de una tía que llegaría pronto, llamó a los carabinieri. Éstos se llevaron a la parejita a recorrer la ciudad en su barco-patrulla y luego los depositaron en la comisaría del distrito, instalada en un antiguo convento, donde les asignaron dos