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Asignatura: LÈpoca del Barroc, Profesor: Jose Luis Betran Moya, Carrera: Història, Universidad: UAB
Tipo: Apuntes
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Preludio: La primavera de Praga
En la mañana del miércoles 23 de mayo de 1618, vigilia del día de la Ascensión, cuatro miembros católicos del consejo de regencia del reino de Bohemia fueron como de costumbre a oír misa en la catedral de San Vito, en Praga. Después de ello, a las 8,30 aproximadamente, volvieron al pa 0 0 1 Flacio real y subieron a su cancillería, emplazada en lo alto de una torre que dominaba la ciudad. Media hora más tarde fueron sorprendidos por la llegada de una nutrida delegación de protes 0 0 1 Ftantes de los estados (o Parlamento) del reino, que se habían reunido en un lugar próximo. Los diputados, seguidos por sus sirvientes, todos ellos armados (casi doscientas personas en total), irrum 0 0 1 Fpieron en la sala del consejo. Las escaleras les habían dejado acalorados y sin aliento, y estaban tensos y preocupados porque sabían lo que habían acordado hacer. Aguardaron. Los cabecillas pre 0 0 1 Fguntaron a los consejeros si eran responsables de la orden según la cual los estados habían de disolverse, y les acusaron de ser enemigos de la religión y de la libertad del reino, amenazándo 0 0 1 Fles con condenarles a muerte. Pocos veían lo que estaba sucediendo, pero las voces se elevaban cada vez más y la temperatura aumentaba por momentos. Repentinamente, las ventanas se abrie 0 0 1 Fron con violencia y dos de los consejeros, gritan 0 0 1 Fdo de terror, fueron arrojados por el aire mañanero, desde 18 metros de altura. Su secre 0 0 1 Ftario, leal pero imprudente, protestó ante esta barbaridad: corrió la misma suerte. Milagrosa 0 0 1 Fmente, los tres cayeron sobre los montones de desperdicios que se habían ido acumulando en el foso del castillo y salvaron la vida. Tamba 0 0 1 Fleándose, ayudados por-^ sts criados, esquivaron los disparos que les hacían desde la cámara del consejo y se pusieron a salvo.
Es fácil ver por qué la defenestración de Praga se ha convertido en el acontecimiento más cono 0 0 1 Fcido de la historia europea del siglo XVII: se mez 0 0 1 Fclaron en él el drama y la farsa, la pasión y la piedad. En la época fue discutido con enorme in 0 0 1 Fterés en todas las capitales europeas, de Estocol 0 0 1 Fmo a Moscú y de Londres a Madrid. Todo el mun 0 0 1 Fdo tomaba partido por uno de los dos bandos, todo el mundo se identíficaba con uno de ellos, porque lo que estaba en juego era de interés ge 0 0 1 Fneral: la religión y la libertad. «La religión--y la libertad van juntas y caen juntas», era el punto de vista de la mayor parte de los contemporáneos, y era opinión general que la suerte que corrieran la religión y la libertad en un país afectaría ine 0 0 1 Fvitablemente a su situación en todos los demás. Si los bohemios desafiaban con éxito a sus go 0 0 1 Fbernantes, aumentaría la libertad religiosa y política de los súbdítos en todos los países; si su desafío fracasaba, el poder de todos los príncipes se reforzaría. «Creedme», escribía un diplomático holandés a su colega alemán en el verano de 1619, «la guerra de Bohemia decidirá el destino de to 0 0 1 Fdos nosotros.» Por esto, cuando seguimos la ca 0 0 1 Fdena de antecedentes y repercusiones relacionados con el drama de la defenestración, comprobamos que enlaza con
todos los rincones de Europa.
I. El apogeo del imperialismo de los Habsburgo
«El mes de mayo no transcurrirá sin gran dificul 0 0 1 Ftad... porque todo está ya dispuesto, especialmen 0 0 1 Fte en aquellos lugares en los que la comunidad goza de gran poder.» La predicción para el año 1618 realizada por Johannes Kepler, el astrólogo más famoso de su tiempo, resulto inquietantemen 0 0 1 Fte correcta: en Bohemia se produjo una «gran di 0 0 1 Fficultad» que había de durar treinta años, des 0 0 1 Ftruyendo tanto la prosperidad del reino como el poder de sus estados. Pero Kepler no hacía ho 0 0 1 Fróscopos a oscuras: no en balde ostentaba el car 0 0 1 Fgo de matemático imperial. Estaba claro para todos los miembros de la corte imperial que la si 0 0 1 Ftuación religiosa en Bohemia no había quedado totalmente resuelta con la carta de majestad de 1609 y la carta religiosa de 1611. Por encima de todo, no se había llegado a un acuerdo acerca del derecho de los protestantes a construir iglesias en tierras pertenecientes a la Iglesia, o en tierras pertenecientes a la corona pero posteriormente enajenadas à la Iglesia católica (la cuestión era importante: Matías enajenó 132 parroquias sólo al arzobispo de Praga durante su breve reinado). En 1614 existían graves problemas en dos ciuda 0 0 1 Fdes donde los nuevos señores eclesiásticos cató 0 0 1 Flicos intentaron cerrar las iglesias protestantes construidas de acuerdo con los términos de la car 0 0 1 Fta de majestad: Broumov (Braunau) y Hroby (Klostergrab), las dos cercanas a la montañosa frontera del norte del reino. Los estados bohe 0 0 1 Fmios consideraron estos casos como piedras de toque y en 1614 y de nuevo en 1615 condenaron el intento de terminar con el culto protestante en las dos ciudades. No obstante, el gobierno pasó por alto todas las quejas y en 1617 ordenó que los principales protestantes de Broumov fueran arrestados y autorizó al señor de Hroby a derri 0 0 1 Fbar la iglesia protestante de la localidad. Además, durante el invierno de 1617-18, el gobierno de la regencia (compuesto por siete católicos y tres pro 0 0 1 Ftestantes) estableció una censura sobre la litera 0 0 1 Ftura impresa, prohibió la utilización de subsidios católicos para pagar a los ministros protestantes y se negó a admitir a no católicos (que constituían el 90 por ciento de la población) en cargos pú 0 0 1 Fblicos.
Estas medidas resultaban alarmantes. Parecían presagiar un ataque en toda regla contra el pro 0 0 1 Ftestantismo en Bohemia, y los defensores creados por la carta de majestad decidieron convocar una asamblea protestante en Praga el 5, de marzo de 1618. La asamblea se reunió en su momento y so 0 0 1 Flicitó del emperador (en Viena) que reparara los daños causados por sus regen tes; también escri 0 0 1 Fbió a los estados de Moravia, Silesia y Lusacia (que se hallaban unidos a la corona de Bohemia por una unión federal) solicitando su apoyo. El 21 de marzo, tal como se esperaba, Matías recha 0 0 1 Fzó esta petición; pero también, inesperadamente, declaró que la asamblea era ilegal y prohibió ex 0 0 1 Fpresamente que volviera a reunirse. Esto era sin duda anticonstitucional -el derecho de los defensores a convocar una asamblea estaba garanti 0 0 1 Fzado en las cartas tanto de 1609 como de 1611 0 0 1 Fy los defensores se sintieron justificados a la hora de convocar de nuevo a sus seguidores de Praga para el 21 de mayo. De nuevo el gobierno les instó a que se dispersaran, pero los delegados se negaron. En lugar de esto, el 23 de mayo invadieron el palacio real y arrojaron por la ventana a los dos regentes católicos que encontraron allí, sobre la base de que habían aconsejado a Ma 0 0 1 Ftías rechazar la petición de la asamblea en marzo. Dos días después de la defenestración de Praga, la asamblea eligió un comité dé treinta y seis miembros, doce de cada uno de los estados de la Dieta (nobles, pequeños nobles y burgueses), para formar un gobierno provisional, y les autorizó a formar un ejército de 5 000 hombres para expul 0 0 1 Fsar a las pocas guarniciones del país leales al em 0 0 1 Fperador. También se propusieron obtener el apo 0 0 1 Fyo de la opinión pública europea: una Apología publicada en mayo presentaba su actitud como una actitud de tolerancia y constitucionalismo frente al fanatismo y al
Wesel en 1612, casado a su hija con el jefe de la Unión en 1613 y renovado el tratado de Wesel a comienzos de 1619, ni él ni sus principales consejeros sentían simpa 0 0 1 Ftías por los rebeldes, y especialmente por los rebeldes republicanos. Como dijo el lord canciller Francis Bacon en marzo de 1617 (un año antes de que estallara la crisis bohemia), el gobierno inglés desaprobaba la «progresiva inclinación actual a crear estados y ligas populares en detrimento de la monarquía». En septiembre de 1619, Jacobo de 0 0 1 Fclaró oficialmente que no enviaría ayuda a Bohe 0 0 1 Fmia; en lugar de ello se ofreció a hacer de media 0 0 1 Fdor entre Fernando y sus súbditos. La negativa de apoyo por parte de Jacobo fue crucial, dado que ninguna de las demás potencias que sentían simpatías por Bohemia estaba dis 0 0 1 Fpuesta a actuar en solitario. Francia se mantuvo al margen, al igual que Venecia, Suecia y Dina 0 0 1 Fmarca; el duque de Saboya, al darse cuenta que se estaba pasando de la raya, dejó de pagar las tropas de Mansfeld en abril de 1619. Tras esto, el único aliado dispuesto aún a suministrar ayuda a los bohemios fue Bethlen Gabor , príncipe de Transilvania, desde 1613, que soñaba con conquis 0 0 1 Ftar el resto de Hungría como casi lo había hecho su predecesor, Esteban Bocskay, durante la re 0 0 1 Fvuelta de 1604-6, No obstante, los rebeldes estuvieron a punto de obtener la victoria sin ayuda. También Fernando había recibido escaso apoyo de sus partidarios: España no envió más que dinero – 300.000 ducados en el transcurso del año 1618- y Polonia, el papado y los archiduques de los Países Bajos no enviaron ni siquiera eso. Cuando las tropas confederadas marcharon sobre la capital Imperial en mayo de 1619 no encontra 0 0 1 Fron resistencia alguna, y el 5 de junio se hallaban a las puertas de Viena. No obstante, cuando em 0 0 1 Fpezaban a olfatear la victoria, todo se vino abajo con la llegada de un destacamento de soldados re 0 0 1 Fgulares de Fernando a la capital y la noticia de que el 10 de junio el ejército de Mansfeld había sido derrotado por las fuerzas imperiales en Záblatí, dejando a Bohemia indefensa (y entregan 0 0 1 Fdo también a Fernando toda la correspondencia de Mansfeld con los holandeses y Saboya, des 0 0 1 Facreditando a ambos). Los confederados reaccio 0 0 1 Fnaron enérgicamente ante su derrota: en julio confiscaron las propiedades de la corona, de las instituciones católicas y de los súbditos leales a gobierno; y en agosto depusieron a Fernando y erigieron en su lugar a Federico del Palatinado, como rey de Bohemia. Aunque estas medidas causaron escándalo y sorpresa en gran parte de Europa, habían sido dis 0 0 1 Fpuestas mucho antes. Al menos desde 1614, algu 0 0 1 Fnos de los cabecillas protestantes bohemios ha 0 0 1 Fbían resuelto que cuando Matías muriera elegirían a un soberano que no perteneciera a la dinastía de los Hasbsburgo. Desgraciadamente para ellos, cuando en 1617 Matías convocó una Dieta para designar a su sucesor los planes para una alter 0 0 1 Fnativa eran aún vagos -algunos de los oponentes del régimen se inclinaban por el elector de Sajo 0 0 1 Fnia, otros por el elector palatino- pero la preelección de Fernando no terminó con la búsque 0 0 1 Fda de un candidato adecuado. El 26 de agosto de 1619, los dirigentes del movimiento sometieron el asunto a votación: 146 estaban a favor del elector palatino, 7 a favor del de Sajonia. Dos días más tarde, a 400 kilómetros de Francfort, los electores (ignorando la deposición de Fernando) le nom 0 0 1 Fbraron Sacro Emperador Romano. Todo el mundo se dio cuenta del potencial peli 0 0 1 Fgro que suponía esta doble elección contrapuesta. «Si es cierto que los bohemios están a punto de deponer a Fernando y de elegir a otro rey», escribía el conde de Solms (embajador palatino en Francfort) a su señor, «que se prepare todo el mundo para una guerra que puede durar veinte, treinta o cuarenta años. Los españoles y la casa de Austria desplegarán todos sus recursos en este mundo para recuperar Bohemia; de hecho los es 0 0 1 Fpañoles preferirían perder los Países Bajos antes que permitir que su casa perdiera Bohemia demanera tan ignominiosa y escandalosa.» Poco después de la elección, el duque de Baviera (que era primo del elector palatino) advirtió a Fede 0 0 1 Frico que la aceptación de la oferta de Bohemia sería su ruina, dado que los Habsburgo se venga 0 0 1 Frían del Palatinado así como de Bohemia. Final 0 0 1 Fmente, la Unión Evangélica, en su asamblea de septiembre, también le aconsejó que no se entro 0 0 1 Fmetiera en Bohemia, al igual que los propios con 0 0 1 Fsejeros de Federico: adujeron catorce razones para rechazar la corona de Bohemia y tan sólo seis para aceptarla. Venecia estaba también en contra de la aceptación. Tan sólo en Inglaterra existía un genuino entusiasmo. Aunque el rey es 0 0 1 Ftaba a favor de la mediación y no de la interven 0 0 1 Fción, había muchos que apoyaban la causa pala 0 0 1 Ftina, encabezados por el arzobispo de Canterbury, George Abbot. La intervención británica, profeti 0 0 1 Fzó, «reconfortará a los bohemios, honrará al Pals 0 0 1 Fgrave [Federico], fortalecerá a la Unión [Evangé 0 0 1 Flica], arrastrará a los estados de los Países Bajos, incitará al rey de Dinamarca...; y Hungría, espero [dado que está en la misma
causa], correrá la mis 0 0 1 Fma suerte». Esta visión apocalíptica, en la que Federico había de dirigir las fuerzas del bien (los protestantes) para derribar al anticristo (los cató 0 0 1 Flicos), fue recogida en la voluminosa literatura panfletaria de la época (en su mayor parte impre 0 0 1 Fsa en Holanda para su distribución en el extran 0 0 1 Fjero). Se realizó una colecta pública en favor de Bohemia (que el rey Jacobo hizo todo lo posible por sabotear) y una campaña de reclutamiento (que tan sólo dio como resultado unos dos mil hombres); pero ninguna de las dos ayudas estuvo disponible hasta el otoño de 1620. La ayuda holan 0 0 1 Fdesa, igualmente, fue tardía y escasa. A pesar de que los Estados Generales reclutaron 5 500 hom 0 0 1 Fbres y enviaron casi 250 000 florines entre mayo y septiembre de 1619, pos 0 0 1 Fteriormente los subsidios holandeses fueron dis 0 0 1 Fminuyendo. Tan sólo fueron enviados 300 000 flo 0 0 1 Frines más entre el otoño de 1619 y la primavera de 1621. El único aliado que de hecho prestó ayuda sustancial a Federico fue el príncipe de Transilvania, Bethlen Gabor, que comenzó la conquista de la Hungría de 1619. En el terreno político, por lo tanto, aceptar la corona de Bohemia era poco recomendable: las promesas de apoyo eran escasas. Pero Federico no consideraba que su política fuera puramente se 0 0 1 Fcular. La elección bohemia, dijo a uno de sus tíos, «es una llamada divina a la que no puedo desobe 0 0 1 Fdecer. Mi único fin es servir a Dios y a su Iglesia». Y el 28 de septiembre notificó a los estados bohe 0 0 1 Fmios que estaba dispuesto a aceptar la corona que le habían ofrecido. Fue coronado en Praga el 4 de noviembre de 1619, dieciocho meses después de la defenestración, y ocho meses después de la muerte de Matías. Tal vez Federico del Palatinado se habría pen 0 0 1 Fsado mejor su obediencia a la «llamada divina» si hubiera comprendido el significado de ciertos cambios que se estaban produciendo en el gobier 0 0 1 Fno de España. El 4 de octubre de 1618, uno de los favoritos del duque de Lerma, don Rodrigo Cal 0 0 1 Fderón, que ostentaba un alto cargo en el gobierno, fue arrestado por asesinato. Su modo de vida venía siendo desde tiempo atrás una fuente de envidia y estorbo, y su desgracia dio a los enemi 0 0 1 Fgos de Lerma la oportunidad de tirar por tierra al protector junto con el protegido. En otoño de 1618, tras un reinado que había durado veinte años, Lerma, que se había ordenado sacerdote y había llegado a cardenal en el mes de marzo (sin duda para evitar un destino peor), cedió su in 0 0 1 Ffluencia sobre la política real y su patronazgo a otras personas. Los asuntos exteriores pasaron a manos de don Baltasar de Zúñiga, veterano de la corona que había sobrevivido a la Armada Inven 0 0 1 Fcible, convirtiéndose en embajador en Bruselas (1599-1603), París (1603-608) y Viena (1608-1617). Desde el momento de su regreso a Madrid, donde su sobrino Olivares estaba ya firmemente atrin 0 0 1 Fcherado como jefe de la casa del presunto herede 0 0 1 Fro, Zúñiga argumentó que lo más primordial para España era apoyar la autoridad de los Habsburgo austríacos, ya fuera contra Venecia o contra los turbulentos estados. El 18 de julio de 1618, incluso antes de la caída de Lerma, Zúñiga consiguió per 0 0 1 Fsuadir al rey que enviara 100 000 ducados (unas 25 000 libras esterlinas) al emperador y permitie 0 0 1 Fra que las unidades pagadas por España en Is 0 0 1 Ftria fueran utilizadas contra los rebeldes bohe 0 0 1 Fmios; el 2 de agosto fueron enviados otros 200 000 ducados. A lo largo del siguiente invierno, Zúñiga convenció a su señor de que eran necesarias nue 0 0 1 Fvas medidas, y en mayo de 1619, por orden de Felipe III, 7 000 soldados abandonaron el ejército español en los Países Bajos y marcharon a Aus 0 0 1 Ftria, mientras que en el transcurso del verano otros 10 000 soldados españoles e italianos mar 0 0 1 Fcharon desde Lombardía para unirse a ellos. Al mismo tiempo llegó más ayuda financiera: 500 000 ducados. También el papado aportó 60 000 florines renanos (10000 libras esterlinas), en julio de 1618 con la promesa en agosto de un subsidio regular de 10 000 florines mensuales, que fue elevado en marzo de 1620 a 20 000. A finales de 1620, el papa había enviado 380 000 florines al emperador, y otros 255 000 florines al duque de Baviera, como jefe de la Liga Católica alemana. En los años 1621-3 fueron enviados nuevos subsi 0 0 1 Fdios, por un importe de 1,3 millones de florines, al emperador, casi 700 000 al duque de Baviera y más a Polonia 5. No obstante, tanto la ayuda papal como la es 0 0 1 Fpañola estuvieron a punto de llegar demasiado tar 0 0 1 Fde. En octubre de 1619, Bethlen Gabor, habiendo finalizado la conquista de Hungría, marchó sobre Viena, apoyado por el ejército confederado bohe 0 0 1 Fmio y algunas tropas reclutadas por los estados austriacos. Por segunda vez en seis meses, la ca 0 0 1 Fpital imperial pareció estar a punto de caer. Pero mientras los sitiadores se preparaban para la vic 0 0 1 Ftoria, Bethlen recibió noticia de que un ejército cosaco, enviado por el rey de Polonia para ayudar a su cuñado Fernando, había atravesado los Cár 0 0 1 Fpatos y estaba devastando Transilvania. Polonia habría de pagar cara esta acción -provocó una invasión turca a gran escala en 1620, porque Tran 0 0 1 Fsilvania
y temió durante algún tiempo haberse deja 0 0 1 Fdo alguno atrás. Y con el hundimiento del gobier 0 0 1 Fno central, cualquier resistencia estaba condena 0 0 1 Fda de antemano. Para la mayor parte de los habitantes de las tierras bohemias nunca había tenido sentido com 0 0 1 Fbatir por el «rey de Invierno», un rígido calvinis 0 0 1 Fta al que le importaban poco las creencias husitas de la mayoría de sus súbditos. A pesar de ha 0 0 1 Fber sido «elegido», Federico de hecho debía su trono a un pequeño grupo de nobles que disfru 0 0 1 Ftaban de escaso apoyo tanto de las ciudades, a las que se exigieron mayores impuestos después de la defenestración, como de los campesinos, que se vieron obligados a soportar los excesos de la mal pagada soldadesca. En el verano de 1620, Fe 0 0 1 Fderico había perdido grandes zonas de Bohemia como consecuencia de las revueltas campesinas o de la deserción campesina a ciudades leales al emperador. Los observadores de la corte del rey de Invierno, hombres que no eran en modo alguno demócratas, estaban asombrados ante la indife 0 0 1 Frencia o la crueldad mostrada por Federico y su corte hacia los «desgraciados campesinos». Sólo el dirigente austríaco Tschernembl afirmaba que «si los siervos fueran liberados y la servidumbre abolida... los hombres del común estarían dis 0 0 1 Fpuestos a combatir por su país». Creía incluso que los campesinos combatirían más eficazmente que las tropas reclutadas en el extranjero. Pero su opi 0 0 1 Fnión fue desdeñada: los dirigentes confederados dependían de la explotación sistemática de sus campesinos y toda reducción de las prestaciones de trabajo o del control social amenazaba su bien 0 0 1 Festar. Combatieron malamente, como comentaron los ingleses, por una buena causa. Tal vez Tschernembl fuera un poco duro con las tropas extranjeras. Algunas de ellas resistieron a los Habsburgo mucho después de la Montaña Blanca: los oficiales de Mansfeld se mantuvieron en Pilsen hasta marzo de 1621, mientras que las tropas escocesas y holandesas enviadas por los Estados generales conservaron Tábor hasta no 0 0 1 Fviembre de 1621 y Trebon hasta octubre de 1622. En el Palatinado Renano, la guarnición inglesa de Frankenthal resistió hasta que recibió órdenes de Jacobo I de rendirse, en mayo de 1622. Todos los dominios de Federico estaban ahora bajo control católico; la ribera occidental del Rin en manos de los españoles, la ribera oriental y el Alto Pala 0 0 1 Ftinado en manos de la Liga. A estas alturas Silesia, Lusacia y Moravia también se habían rendido y Behlen Gabor se había retirado de Hungría. La totalidad de las tierras de los Habsburgo estaba -a los pies de Fernando.
La victoria de los Habsburgo sobre los confedera 0 0 1 Fdos y sus aliados exteriores quedó así cómoda 0 0 1 Fmente asegurada antes de que expirara la tregua de los doce años con los holandeses el 9 de abril de 1621. Spínola regresó a los Países Bajos a fí 0 0 1 Fnales de abril con la mitad de su ejército de con 0 0 1 FquIsta, dejando a un subordinado encargado de dar fin al sitio de Mannheim, Frankenthal y Hei 0 0 1 Fdelberg, las únicas ciudades que aún se mantenían fieles a Federico (todas se rindieron en 1622). Ya el 1 de abril, Spínola pudo utilizar sus tropas pa 0 0 1 Flatinas para ímponer a la Unión Protestante un acuerdo según el cual dispersarían sus tropas a cambio de la garantía de que España respetaría su neutralidad (acuerdo de Maguncia). La marcha de los acontecimientos difícilmente podría haber estado mejor regulada desde el punto de vista es 0 0 1 Fpañol. No obstante la decisión de no renovar la tregua holandesa en 1621 fue sorprendente, dado que po 0 0 1 Fcos en Madrid habían previsto una victoria tan fá 0 0 1 Fcil en Alemania y nadie deseaba combatir simul 0 0 1 Ftáneamente en dos frentes. Pero entre la élite gobernante española existía una rotunda oposición a prolongar la tregua con los holandeses en las mismas condiciones. Las cuestiones allí implícitas habían sido debatidas acaloradamente desde que en marzo de 1618 una circular del secretario del rey invitara a los consejeros centrales a dar su opinión sobre la política correcta a seguir con respecto a los Países Bajos a partir de 1621. El consejo de Hacienda, como era de prever, se opo 0 0 1 Fnía a cualquier acción -tal como una declaración de guerra- que pudiera incrementar el gasto público, especialmente en un momento eu que había muchos fondos asignados a Alemania. También fue este el punto de vista adoptado por los archiduques en Bruselas. No obstante, los consejos de Portugal y las Indias ínsistían en que la tre 0 0 1 Fgua había arruinado los imperios ultramarinos ibéricos al permitir a los holandeses
desarrollar su comercio hasta un grado sin precedentes: exis 0 0 1 Ftían ahora fortalezas holandesas en Arguim (Áfri 0 0 1 Fca occidental), en Pulicat (India), en Batavia (Indonesia) y en la desembocadura del Amazonas en América. Había comerciantes holandeses en to 0 0 1 Fdos los mares. Por supuesto, parte de este comer 0 0 1 Fcio clandestino era inevitable. América, Asia y Áfri 0 0 1 Fca producían mercancías atractivas para los ho 0 0 1 Flandeses, y las producían en cantidades superio 0 0 1 Fres a las que podían controlar las flotas española y portuguesa. Además, ciertas zonas (tales como el Caribe) producían mercancías de gran volumen y bajo valor que los barcos españoles no conside 0 0 1 Fraban rentables, y al no haber cargamentos de sa 0 0 1 Flida no había entrada de mercancías europeas. Zo 0 0 1 Fnas descuidadas por el régimen español, tales como el Caribe, eran por lo tanto objetivos eví 0 0 1 Fdentes para los traficantes holandeses, que eran muy bien acogidos por las comunidades locales: ambas partes se sentían encantadas de intercam 0 0 1 Fbiar materias primas coloniales baratas por pro 0 0 1 Fductos manufacturados europeos. Más de 150 bar 0 0 1 Fcos holandeses visitaron cada año el Caribe a par 0 0 1 Ftir de 1594, otros 25 comerciaban anualmente con África occidental, 20 con Brasil y (a partir de 1600), 10 con el Lejano Oriente. En todas estas zo 0 0 1 Fnas el número de barcos holandeses implicados se incrementó tras la firma de la tregua de los doce años en 1609. Si esto hubiera sido todo, tal vez el gobierno español habría estado dispuesto a tolerar la presencia holandesa en ultramar. Pero había más. Las expediciones holandesas se dedi 0 0 1 Fcaron también a fomentar rebeliones contra España entre las tribus nativas de América y se produ 0 0 1 Fjeron ataques directos contra puestos coloniales españoles. Así pues, los consejeros de Felipe III pudieron argumentar no solo que la tregua abia enriquecido á. Holanda, sino que a prolongacion del status quo empobre 0 0 1 Fcería a las potencias ibéricas a través de la apro 0 0 1 Fpiación de sus imperios ultramarinos. El consejo de Estado temía también que, a menos que se re 0 0 1 Femprendiera la guerra en los Países Bajos, los ho 0 0 1 Flandeses tendrían las manos libres para apoyar a los enemigos de España en Italia una vez más, como ya habían hecho en el caso de Saboya y Venecia en 1617-18. Los ministros de Felipe III se vieron así en 0 0 1 Ffrentados a un dilema irresoluble: por una parte, el prestigio, la posición estratégica y la prosperi 0 0 1 Fdad comercial de la monarquía hacían necesaria la guerra; por otra parte, la falta de dinero y la excesiva extensión de sus recursos dictaban pru 0 0 1 Fdencia. Incluso una vez recibidas todas las opinio 0 0 1 Fnes, en abril de 1619, el primer ministro del rey, don Baltasar de Zúñiga, no veía solución alguna. No se podía reducir por la fuerza de las armas a estas provincias a su antigua obediencia. Todo el que analizara la cuestión cuidadosamente y sin apasionamientos quedaría impresionado por la fuerza militar de esas provincias, tanto en tierra como en el mar, y la ventaja de su posición geo 0 0 1 Fgráfica, rodeada por el mar y por grandes ríos y cercana a Francia, Alemania e Inglaterra; además los Países Bajos estaban en toda su grandeza, mientras que España estaba sumida en la confu 0 0 1 Fsión. Prometerse conquistar a los holandeses era perseguir un imposible, era engañarse. A los que culpaban de todos los problemas a la tregua y veían grandes beneficios en romperla les decía que, se le pusiera o no fin, España siempre esta 0 0 1 Fría en desventaja. Los acontecimientos podían lle 0 0 1 Fgar a un punto en el que, cualquiera que fuera la decisión tomada, ésta sería mala, no por falta de buenos consejos sino porque la situación había llegado a ser tan desesperada que no era posible concebir remedio alguno. Resulta enormemente significativo que si bien Zúñiga y sus compañeros de consejo tenían muy claro lo que constituía una derrota para España, eran incapaces de imaginar lo que podía constituir una victoria. Finalmente se llegó a la resolución de que la tregua sólo podría ser renovada si ciertas cláusulas del acuerdo original eran alteradas en beneficio de España. Zúñiga, aspiraba a cuatro cosas: que los holandeses concedieran total tolerancia a los católicos romanos en la República; que la navegación a lo largo del Escalda desde y hasta Amberes estuviera libre de controles e impuestos por parte de los holandeses; que cesara el comer 0 0 1 Fcio holandés con América, y que se restringiera el comercio holandés con Asia. Consciente de que estas exigencias resultaban difícilmente acepta 0 0 1 Fbles, el gobierno de Madrid inició los preparati 0 0 1 Fvos para reemprender la guerra sobre unas bases más económicas que las imperantes antes de 1a tregua. Se aplicaría una presión económica mu 0 0 1 Fcho mayor sobre los holandeses por medio de embargos, piratería y acciones navales, dejando al ejército de Flandes como fuerza defensiva.
debía reemplatar a los asedios. Los gastos en la flota de los Países Bajos se triplicaron por lo tanto en el transcurso del año (y el incremento fue dedu 0 0 1 Fcido del presupuesto del ejército), mientras que en España se pusieron en marcha registros regu 0 0 1 Flares de barcos neutrales. En 1623, más de 150 na 0 0 1 Fvíos británicos, franceses y alemanes fueron re 0 0 1 Fgistrados por sorpresa por comisionados especia 0 0 1 Fles procedentes de Madrid, y aquellos que transportaban productos holandeses fueron sometidos a multas y confiscaciones. A partir de 1624, esta guerra económica fue coordinada por un nuevo organismo, el A1mirantazgo del Norte. Tál vez no sea justo hacer generalizaciones a partir de la derrota del ejército de Flandes en Bergen-op-zoom , ya que Spínola y sus tropas fue 0 0 1 Fron derrotados por acontecimientos totalmente imprevistos en Alemania. Tras la Montaña Blan 0 0 1 Fca, Federico del Palatinado realizó intentos de re 0 0 1 Fagrupar a sus seguidores en Lusacia (diciembre) y conseguir ayuda de Dinamarca (febrero de 1621) antes de pedir finalmente asilo en Holanda, donde se dedicó a organizar una nueva campaña. El 27 de abril, el elector firmó un tratado por el cual los Estados Generales aceptaban financiar una campaña para reconquistar las tierras de su patri 0 0 1 Fmonio. Jacobo I envió también 2000 hombres y algo de dinero, aunque insistió en que su yerno no se aliara con Bethlen Gabor, vasallo de los turcos, cuyas victorias (ya fueran contra Polonia o el em 0 0 1 Fperador) servirían a la causa del Islam a expen 0 0 1 Fsas de la cristiandad. En lugar de esto, Federico habría de centrarse en la búsqueda de aliados ale 0 0 1 Fmanes. Cristián de Brunswick (administrador pro 0 0 1 Ftestante de la diócesis de Halberstadt y primo de la reina de Bohemia) y el margrave de Baden 0 0 1 FDurlach accedieron a reclutar un ejército para la causa palatina, mientras que Mansfeld conseguía liberar a algunos de los supervivientes de la cam 0 0 1 Fpaña bohemia y llevarlos a Alsacia. En abril de 1622, Federico abandonó La Haya para unirse a Mansfeld. Los Habsburgo y sus aliados, no obstante, esta 0 0 1 Fban muy bien preparados. Había 4 000 soldados españoles en Alsacia y 5 000 más en los valles al 0 0 1 Fpinos que unían Alsacia y Austria con la Lombar 0 0 1 Fdía española; el ejército de la Liga Católica, bajo el mando de Tilly, fue totalmente movilizado; y España y el papado seguían enviando fondos tanto a la Liga como al emperador. Gracias a su mayor grado de preparación, el ejército católico pudo evitar que los seguidores de Federico llegaran a unirse. En lugar de esto, fueron derrotados uno por uno: el margrave de Baden en Wimpfen, jun 0 0 1 Fto al Neckar (6 de mayo); Cristián de Brunswick en Höchst, junto al Meno (20 de junio). Sólo que 0 0 1 Fdó en pie el ejército de Mansfeld: tras la derrota de sus aliados, dirigió a sus tropas hacia los Paí 0 0 1 Fses Bajos, y fue su llegada por sorpresa a Bergenop-zoom la que obligó a Spínola a abandonar el asedio el 4 de octubre. Esto, no obstante, fue un parco consuelo para Federico y sus seguidores. «Madame, mi más que 0 0 1 Frida amada reina», babeaba Brunswick ante la rei 0 0 1 Fna de Bohemia al día siguiente de su derrota en Höchst, «la culpa no es de vuestro más fiel y afec 0 0 1 Ftuoso siervo que siempre os ama y estima. Os rue 0 0 1 Fgo, muy humildemente, que no estéis enojada con vuestro fiel esclavo por este desastre.» Pero era imposible no sentirse desmoralizado. «Debería ha 0 0 1 Fcerse alguna distinción entre amigos y enemigos», se quejaba Federico desde el campo de Mansfeld el 8 de julio, «pero esta gente arruina por igual a ambos... Creo que estos hombres están poseí 0 0 1 Fdos por el demonio y gozan prendiendo fuego a todo. Me alegraría mucho dejarles». 7 Una semana más tarde no pudo soportarlo más y regresó a La Haya, cancelando las misiones de Mansfeld y Brunswick. El emperador no se rendía tan fácilmente. Los escasos príncipes protestantes que se habían uni 0 0 1 Fdo temerariamente a Federico a lo largo de 1622 -los duques de Weimar, así como Cristián de Brunswick y Baden-Durlach- fueron sistemática 0 0 1 Fmente perseguidos y sus fuerzas destruidas en Stadtlohn mientras intentaban escapar a las Pro 0 0 1 Fvincias Unidas (6 de agosto de 1623). Simultánea 0 0 1 Fmente fue abortado el intento de Bethlen Gabor de apoyar a este nuevo desafío protestante. Mien 0 0 1 Ftras tanto, todos los restantes focos de resistencia en el Palatinado y Bohemia fueron liquidados. Ha 0 0 1 Fbía llegado el momento de pasar la cuenta a aque 0 0 1 Fllos que se habían rebelado. Aunque Fernando no era el tirano que decían sus enemigos, ningún mo 0 0 1 Fnarca de comienzos de la Edad Moderna podía permitirse el lujo de dejar impune una rebelión armada: el castigo era inevitable. La labor de pacificación fué iniciada casi ense 0 0 1 Fguida por los ejércitos de ocupación (bávaro en la Alta Austria, imperial en Bohemia y Moravia, sajón en Lusacia y Silesia). Algunos de los rebeldes fueron ejecutados inmediatamente; otros vieron sus propiedades saqueadas o
quemadas; otros, por último, vieron confiscados sus dominios de manera inmediata. Incluso antes de la Montaña Blanca, por una decisión de 6 de agosto de 1619, Fernando comenzó a transferir posesiones de los rebeldes a los comandantes de su ejército a modo de paga, asegurándose así la permanencia de sus tropas en el campo de batalla. Quince días después de la Montaña Blanca, una proclama im 0 0 1 Fperial confiscaba todas las propiedades de los re 0 0 1 Fbeldes y creaba una comisión judicial para deter 0 0 1 Fminar quién había participado en la revuelta. El 21 de junio de 1621, veintisiete personas (entre ellas el rector de la Universidad de Praga) fueron ejecutadas, y en el transcurso de ese año 486 ha 0 0 1 Fciendas de terratenientes (más de la mitad de la totalidad de las haciendas) y numerosas fortunas de comerciantes fueron confiscadas. Los que sobrevivieron a la encuesta de los jue 0 0 1 Fces sufrieron su castigo de una manera diferente: por la rápida devaluación de la moneda. Hacia fi 0 0 1 Fnales de 1621, el emperador decidió saldar cuen 0 0 1 Ftas con sus fuerzas vendiendo todas las tierras confiscadas por 30 millones de florines. Para ayu 0 0 1 Fdar a los compradores a reunir esta suma con ra 0 0 1 Fpidez (había que seguir pagando al ejército hasta que quedara desmovilizado), Fernando concedió una licencia a un consorcio de los principales com 0 0 1 Fpradores que les permitía acuñar nuevas monedas con bajo contenido de plata y distribuirlas a los antiguos precios, más altos. Dado que se acuñaron monedas por un valor de 42 millones de florines a lo largo de 1621 y 1622, y que el consorcio conseguía acuñar doce veces más monedas que an 0 0 1 Ftes con la misma cantidad de plata, la operación fue un gran éxito: todos los compradores se hi 0 0 1 Fcieron muy ricos y pudieron pagar al contado sus nuevas tierras en un breve espacio de tiempo. Pero la política del emperador supuso la ruina para las poblaciones de Moravia, Bohemia y Aus 0 0 1 Ftria, donde circulaban las nuevas monedas. Has 0 0 1 Fta 1623, sólo aquellos que habían participado ac 0 0 1 Ftivamente en la rebelión, consideraron prudente re 0 0 1 Ffugiarse en el extranjero, pero tras la gran devalua 0 0 1 Fción de la moneda un número cada vez mayor de personas -tal vez 120 000 en total- abandonaron el país. En 1628, el decreto imperial por el que se expulsaba a todos los nobles protestantes hizo de este éxodo una huida masiva. Muchos de los refugiados fueron a la vecina Sajonia, donde la iglesia checa de Dresde tenía 47 miembros en 1623, 400 en 1629 y 642 en 1632. Llevaron consi 0 0 1 Fgo sus riquezas y sus conocimientos, y conser 0 0 1 Fvaron sus costumbres, su lenguaje, su religión y su organización, y hasta imprentas que publica 0 0 1 Fron trabajos tan importantes como la primera edición checa del Laberinto del mundo de Come 0 0 1 Fnius (Pirna, 1631: una triste y amarga exposición de la futilidad de los ideales y las aspiraciones del hombre en contraste con la seguridad de la protección de Dios). En poco tiempo, el clero lu 0 0 1 Fterano de Sajonia comenzó a temer la influencia corruptora de tantos calvinistas y husitas com 0 0 1 Fprometidos en su seno; en 1630 imprimía ya tex 0 0 1 Ftos en checo para explicar la doctrina luterana con la esperanza de convertir a algunos de los recién llegados. Pocos de estos exiliados regresaron, excepto durante la breve ocupación de Praga por el ejér 0 0 1 Fcito sajón en 1631-32. Se negaban a abandonar su religión y los Habsburgo no estaban ya dispues 0 0 1 Ftos a gobernar herejes. Las provincias patrimo 0 0 1 Fniales podrían ser menos prósperas y menos po 0 0 1 Fpulosas (la población de Bohemia disminuyó en un 50 por 100 entre 1615 y 1650; la de Moravia en un 30 por 100), pero los Habsburgo consideraban que la devoción de los habitantes supervivientes a la Iglesia y a la dinastía era suficiente com 0 0 1 Fpensación.
Fernando tomó medidas para aislar sus recién purificadas tierras hereditarias del resto del imperio, convirtiéndolas en una especie de propiedad vinculada. En 1621 decretó que sus diversas provincias patrimoniales habían de permanecer unidas para siempre y de ser heredadas por el primogénito. Creó para ellas unas instituciones especiales: en 1620 fue creada una cancillería co 0 0 1 Fmún (Hofkanzlei), mientras que la competencia del consejo de guerra (Hofkriegsrat) y el consejo aúlico era ampliada hasta abarcar la totalidad de las tierras patrimoniales. La constitución de Aus 0 0 1 Ftria fue revisada en 1625, la de Bohemia en 1627 (el proceso incluyó la revocación ceremonial de la carta de majestad, que Fernando desgarró simbó 0 0 1 Flicamente con dos golpes de su daga). Moravia recibió su «constitución renovada» en
en las tierras germanoparlantes desde la guerra de los campesinos de 1524-25. Los dirigentes populares eran todos protestantes de familias campesinas acomodadas que en el pasado habían suministrado magistrados locales y disfrutado de un estatus privilegiado en la comunidad, estatus que parecía condenado bajo el Nuevo Orden de Fernando. No obstante, la rebelión, que fue aplastada por el ejército de la Liga Católica después de cruentas batallas en noviembre de 1626, no iba dirigi 0 0 1 Fda contra Fernando, ya que la Alta Austria esta 0 0 1 Fba bajo una administración bávara. El empera 0 0 1 Fdor, carente de los fondos necesarios para sufra 0 0 1 Fgar los gastos del ejército de Maximiliano duran 0 0 1 Fte su servicio contra Bohemia, había permitido al duque administrar la Alta Austria a la vez como reembolso parcial y como garantía de que Bavie 0 0 1 Fra recibiría finalmente las recompensas prometi 0 0 1 Fdas en Munich en octubre de 1619. La administración, por lo tanto, era báva 0 0 1 Fra, pero se veía obligada a seguir la política de los Habsburgo: aunque Maximiliano deseaba conser 0 0 1 Fvar el status quo para mantener la afluencia de sus rentas, Fernando deseaba extender su control económico y social. Fue la política del emperador la que causó las revueltas dé 1626 y llevó a Ma 0 0 1 Fximiliano a devolver la Alta Austria en 1628 ha 0 0 1 Fbiendo recibido tan sólo una renta de un millón de florines en lugar de los seis millones que espe 0 0 1 Fraba obtener, los doce millones que Fernando le debía o los veinte millones que había gastado en el ejército de la Liga. Pero ya en 1628 Maximilia 0 0 1 Fno había recibido otras recompensas no financie 0 0 1 Fras y Fernando fue perfectamente capaz de com 0 0 1 Fpletar el sometimiento de Austria por sí solo.
Federico V había sido declarado proscrito por el emperador en enero de 1621. Mucha gente en Alemania, apoyada por los reyes de España e In 0 0 1 Fglaterra, creyó en un principio que la proscrip 0 0 1 Fción sería levantada y Federico restaurado en sus posesiones ancestrales. Pero su invasión del impe 0 0 1 Frio en 1622 lo impidió: Federico era ahora clara 0 0 1 Fmente un rebelde y no ocultaba sus planes de vio 0 0 1 Flar la paz imperial en 1623. El emperador decidió por lo tanto que era el momento de saldar cuen 0 0 1 Ftas. En enero de 1623 convocó una reunión de los más importantes príncipes del imperio en Ratis 0 0 1 Fbona, donde propuso que Federico fuera privado de su dignidad electoral así como de sus tierras, y que ambas fueran transferidas a Maximiliano de Baviera. Se argumentó que el electorado al menos correspondía por derecho a Baviera, puesto que en 1329 se había acordado que la dignidad se alter 0 0 1 Fnara entre las ramas bávara y palatina de la fami 0 0 1 Flia Wittelsbach, aunque los palatinos jamás ha 0 0 1 Fbían renunciado a ella. Pero este argumento tuvo poco éxito en Ratisbona. La oposición a la trans 0 0 1 Fferencia había de ser vencida de otra forma. Sa 0 0 1 Fjonia fue aplacada por la cesión de Lusacia. Bran 0 0 1 Fdemburgo (el otro electorado protestante) recibió amplios derechos sobre Prusia Oriental del cuña 0 0 1 Fdo de Fernando, el rey de Polonia; los escrúpulos de los prínicipes católicos, entusiastas defensores ya del jefe de su Liga, fueron eliminados por la hábil diplomacia de los enviados papales, que in 0 0 1 Fdicaron que la transferencia daría a los electores católicos una mayoría de cinco a dos, en lugar de cuatro a tres (objetivo de la diplomacia papal al menos desde mayo de 1621). Finalmente todas las objeciones y dificultades (tanto en España como en Alemania) quedaron resueltas, y el 25 de febre 0 0 1 Fro de 1623 Maximiliano recibió finalmente la dig 0 0 1 Fnidad electoral junto con el Alto Palatinado (el Bajo Palatinado o Palatinado Renano permanecía por el momento en manos de los españoles). Los agentes papales (que llegaron a ser tan numerosos en Ratisbona que se consideró prudente retirar a algunos) pretendían que la transferencia salvaría de la derrota a la causa católica en Alemania y tan 0 0 1 Fto Maximiliano como Fernando afirmaban creer que pondría fin a los problemas que desde 1618 amenazaban con hundir el imperio. Pero todo esto no era más que retórica, ya que en febrero de 1623 la Liga Católica votó la creación de nuevos impuestos para mantener su ejército y en marzo Fernando y Maximiliano renovaron su alianza de 0 0 1 Ffensiva. Todo el mundo reconocía que la ceremonia de Ratisbona constituía un desafío abierto a la causa protestante en general que no sólo afec 0 0 1 Ftaba a Dresde y Berlín, sino también a Londres, Copenhague, Estocolmo y La Haya.
A finales de 1621, un destacamento del ejército de Federico V interceptó un correo imperial que lle 0 0 1 Fvaba un paquete de cartas altamente secretas del emperador y el nuncio en Viena. Revelaban con embarazoso detalle los planes de los Habsburgo y el papado para la reorganización del imperio, in 0 0 1 Fcluyendo la transferencia del electorado (que has 0 0 1 Fta entonces
había sido un secreto cuidadosamente guardado). En marzo de 1622 el consejero de Fe 0 0 1 Fderico, Ludwig Camerarius, publicó las cartas en una serie de panfletos, junto con un jocoso pero irrecusable comentario. El opúsculo más popular, titulado «La cancillería española» (Cancelleria his 0 0 1 Fpanica, 173 páginas), revelaba en toda su extensión las maquinaciones papales en España, Italia y Ale 0 0 1 Fmania a fin de garantizar tanto el electorado para Maximiliano como la recatolización del imperio. Durante algún tiempo no fue creído, ya que los católicos mantenían que era una falsificación (no lo era; tampoco lo era «La cancillería de Anhalt», un panfleto católico de 1621 compuesto por docu 0 0 1 Fmentos capturados tras la caída de Praga que ha 0 0 1 Fbía servido de modelo a «La cancillería españo 0 0 1 Fla»); pero a partir de febrero de 1623 se puso de manifiesto que todo lo que Camerarius había di 0 0 1 Fcho era cierto. El panfleto fue reeditado con aña 0 0 1 Fdiduras y tuvo un éxito aún mayor, y Camerarius comenzó a explotar el apoyo que había moviliza 0 0 1 Fdo. Desde La Haya encaminó los esfuerzos del go 0 0 1 Fbierno en el exilio de Federico hacia la formación de una gran coalición anti-Habsburgo que recupe 0 0 1 Frara para su señor el Palatinado y Bohemia. Sus esfuerzos continuaron incesantemente hasta que, en 1631, muchos de los que habían huido precipi 0 0 1 Ftadamente de Praga tras la batalla de la Montaña Blanca pudieron regresar.
El gobierno palatino en el exilio tenía dos obje 0 0 1 Ftivos diferentes: combatir incesantemente «pro causa communi» (es decir, por la restauración de una paz religiosa en el imperio, favorable al pro 0 0 1 Ftestantismo) y «pro rege Bohemiae» (es decir, por la recuperación de Bohemia y el Palati 0 0 1 Fnado para Federico). Era la imagen invertida del programa papal. Los protagonistas palati 0 0 1 Fnos emplearon también los métodos opuestos: donde el papado trataba de actuar a través de príncipes autocráticos para establecer el ab 0 0 1 Fsolutismo confesional, los consejeros de Fede 0 0 1 Frico deseaban un constitucionalismo aristocráti 0 0 1 Fco para asegurar una cierta tolerancia. Esto hizo que Camerarius, en particular, fuera cuidadoso a la hora de elegir aliados que tendieran a apoyar sus principios constitucionales (como los holande 0 0 1 Fses y, en alguna medida, Inglaterra) y le llevó a una ruptura con otro antiguo consejero de Fede 0 0 1 Frico, Cristian de Anhalt, que se inclinaba por Di 0 0 1 Fnamarca y Suecia a pesar de las tendencias auto 0 0 1 Fcráticas de sus gobernantes. Pero al final, los exi 0 0 1 Fliados tuvieron que aceptar todas las ofertas de ayuda que se les presentaron. El propio Federico era en ocasiones un problema. «Nuestro rey lan 0 0 1 Fguidece en la ociosidad», se quejó en una ocasión Camerarius, «y empieza a rehusar toda acción meritoria, enérgica o heroica»; y en otra ocasión dijo: «El "rey de Bohemia" está totalmente con 0 0 1 Ffuso y muy deprimido de ánimo.» No fue sino a finales de 1625, con la culminación de una gran coalición anti-Habsburgo, cuando su ánimo se le 0 0 1 Fvantó de nuevo. El primero y más firme aliado del rey de In 0 0 1 Fvierno era la república holandesa. Federico era sobrino tanto de Mauricio de Nassau, que murió en marzo de 1625, como del hermanastro y suce 0 0 1 Fsor de Mauricio, Federico Enrique, y este lazo personal se vio fortalecido cuando Federico En 0 0 1 Frique se casó con Amalia von Solms, hija de uno de los principales consejeros palatinos. La posi 0 0 1 Fción militar de los holandeses en este momento no era buena. Aunque no hubo grandes aconteci 0 0 1 Fmientos en 1623 (excepto un intento por parte de la familia Oldenbarnevelt de asesinar a Mauricio), a comienzos de 1624 los españoles lanzaron un importante ataque a través de los ríos congela 0 0 1 Fdos, arrasando un vasto territorio y llegando casi hasta Utrecht. En agosto pusieron sitio a Breda , importante ciudad del norte de Brabante: en ju 0 0 1 Fnio de 1625, gracias a la llegada de refuerzos del emperador, la ciudad se vio obligada a rendirse. Esta derrota supuso una seria pérdida de presti 0 0 1 Fgio para la República, y se produjo en un mo 0 0 1 Fmento en el que los incrementos de los impuestos (destinados a financiar la guerra) habían provo 0 0 1 Fcado graves tumultos en muchas ciudades, inclu 0 0 1 Fyendo Amsterdam, Haarlem, La Haya y Delft. El malestar popular se vio exacerbado por la general desorganización económica causada por el blo 0 0 1 Fqueo español. La creación del Almirantazgo español en octu 0 0 1 Fbre de 1624 , con una flota de 24 barcos, para im 0 0 1 Fpedir que los barcos holandeses utilizaran los puertos españoles, estaba teniendo un éxito con 0 0 1 Fsiderable. Todos los registros de los puertos atlán 0 0 1 Fticos que han llegado hasta nosotros muestran que los barcos franceses, ingleses y hanseáticos habían conseguido hacerse con una parte impor 0 0 1 Ftante del comercio ibérico y casi monopolizaban los breves recorridos entre los puertos cantábri 0 0 1 Fcos y Burdeos, Nantes y Saint Malo (donde los barcos holandeses podían llegar sin problemas). Las autoridades españolas estaban convencidas de que arrebatar el comercio a los holandeses era lo más importante que podían hacer para contribuir a la guerra en
nuevos vecinos de que prestaran su apoyo a la causa palatina, ofreciendo una vez más sub 0 0 1 Fsidios si aceptaban y señalando que una victoria imperial total pondría en peligro los derechos de todos aquéllos que poseían tierras eclesiásticas secularizadas (incluyéndole a él). En febrero de 1625, Cristián firmó una alianza con los duques de Sajonia-Weimar, que habían combatido a favor de Federico y habían sido proscritos por sus esfuerzos, y en mayo sobornó a los príncipes de la Baja Sajonia para que le eligieran presidente y le permitieran reclutar un ejército para luchar allí. El duque Juan Ernesto de Sajonia-Weimar se convirtió en el intendente general y dirigió el nuevo ejército a Hannover, donde se encontró con las tropas de la Liga Católica bajo el mando de Tilly, extendidas a lo largo del Wesser para ce 0 0 1 Frrarlo a los barcos holandeses. Aunque Cristián podía financiar las acciones ini 0 0 1 Fciales de su agresiva política exterior con su pro 0 0 1 Fpia fortuna, que alcanzaba el millón y medio de táleros (375 000 libras esterlinas) en 1625, tropezó con la oposición interna de su consejo aristocrá 0 0 1 Ftico, que había empezado a darse cuenta de que las actividades del rey en Alemania estaban a punto de precipitar a Dinamarca en una guerra importante. Las negociaciones con los nuevos go 0 0 1 Fbernantes de las Provincias Unidas (Mauricio murió en abril de 1625 y le sucedió su hermanas 0 0 1 Ftro Federico Enrique) estaban ya muy avanzadas. En otoño de 1624, Jacobo había decidido, en efec 0 0 1 Fto, permitir que el conde Mansfeld reclutara un ejército en Inglaterra en nombre del elector pala 0 0 1 Ftino; pero no deseaba una ruptura abierta con España. Carlos, en cambio, no tenía estos escrú 0 0 1 Fpulos y, pocas semanas después de subir al trono, se preparó una expedición para atacar a los Habs 0 0 1 Fburgo. La alianza anglo-holandesa contra España fue firmada en septiembre, y las flotas de ambos países se hicieron a la mar inmediatamente. Pero la expedición no consiguió tomar Cádiz ni captu 0 0 1 Frar la vital flota del tesoro de las Indias. No fue éste el único fracaso en política exterior: Francia se negó a abrazar la causa protestante, aunque Car 0 0 1 Flos se había casado con la hermana de Luis XIII, Enriqueta María, en mayo de 1625, y había reci 0 0 1 Fbido garantías oficiosas de un futuro apoyo fran 0 0 1 Fcés a sus parientes palatinos. El 9 de diciembre de 1625, por lo tanto, tan sólo Dinamarca, Inglaterra y la república holandesa firmaron la conven 0 0 1 Fción de La Haya con Federico V. No obstante, los planes de la coalición resultaban impresionan 0 0 1 Ftes sobre el papel: Cristián había de dirigir un ejército, en parte financiado por Inglaterra; Mans 0 0 1 Ffeld había de acaudillar un segundo ejército, en parte financiado por los holandeses; y Federico había de crear una nueva Unión Protestante que suministraría un tercer ejército dentro de Ale 0 0 1 Fmania. Estos acontecimientos no pasaron inadvertidos para sus presuntas víctimas. Los españoles esta 0 0 1 Fban avisados del inminente ataque a Cádiz: de los 88 barcos británicos y 12 000 hombres que par 0 0 1 Ftieron en octubre de 1625, tan sólo 50 barcos y 5 000 hombres regresaron a finales de año. El du 0 0 1 Fque de Baviera, cuyo ejército se enfrentó a las tropas de Cristián a lo largo del Weser, solicitó del emperador, a primeros de 1625, que reclutara un ejército que pudiera ayudar a sus propias fuerzas en caso de que Dinamarca atacara. «Tilly no puede conseguir la superioridad por sí solo», advirtió. «Los daneses tienen grandes ventajas: actuarán los primeros y nos aplastarán.» En mayo, Fernando aceptó su consejo: autorizó a su co 0 0 1 Fmandante en Praga, Wallenstein, a crear y acau 0 0 1 Fdillar un nuevo ejército de 50 000 hombres. El ge 0 0 1 Fneral, que con sus vastas posesiones bohemias podía suministrar munición y con sus beneficios de la acuñación contratar soldados, le complació con presteza. En agosto, el nuevo ejército impe 0 0 1 Frial se reunió en Eger, en la frontera de Bohemia, y posteriormente se desplazó al norte hasta tomar posiciones al este de las fuerzas de Tilly. Mientras el ejército de la Liga esperaba en el Weser, sin perder de vista al ejército de Mansfeld en la fron 0 0 1 Ftera holandesa, Wallenstein acampaba en el Elba para evitar que las fuerzas de Cristián salieran de la Baja Sajonia. Los cuatro ejércitos perma 0 0 1 Fnecieron bloqueados en estas posiciones hasta abril de 1626, en que Mansfeld intentó forzar el paso del Elba por el puente de Dessau , que los imperiales habían fortificado cuidadosamente. Mansfeld perdió 5 000 hombres y se vio obligado a retirarse. Poco más tarde condujo al resto de su ejército a través de Silesia y Moravia para unir 0 0 1 Fse a Bethlen Gabor, que había invadido la Hungría de los Habsburgo, mientras Tilly permanecía en el norte para oponerse a Cristián. Wallenstein, no obstante, siguió a Mansfeld por el sudeste, recha 0 0 1 Fzando a Bethlen a finales de septiembre y desgas 0 0 1 Ftando gradualmente a las fuerzas de Mansfeld hasta que su desesperado comandante se dio por vencido y las abandonó. Poco después moría. Lás fuerzas al mando de Cristián en persona no corriereron mejor suerte. Esperando beneficiarse de la partida de Wallenstein en persecución de Mansfeld, en agosto el ejército danés se desplazó hacia,^ el sur, acercándose a Tilly. Pero Cristián fue desastrosamente
derrotado en Lutter , a 32 km al sur de Wolfenbüttel (27 de agosto): la mitad de su ejército y la totalidad de su artillería de campo se perdieron; todos sus aliados alemanes se pre 0 0 1 Fcipitaron a hacer las paces con los triunfadores, todos los duques de Mecklemburgo (omisión que les costaría cara); y el rey se retiró ignomi 0 0 1 Fniosamente a Holstein para reorganizar sus fuer 0 0 1 Fzas. Mientras tanto, Wallenstein y Tilly utilizaron su aplastante superioridad numérica para derro 0 0 1 Ftar a todas las demás fuerzas protestantes que quedaban en el Imperio. La posición de Cristián era ahora comprome 0 0 1 Ftida. Carecía de aliados alemanes, y la ayuda in 0 0 1 Fglesa tardaba en llegar. Carlos I había conseguido enemistarse de tal forma con su parlamento que, aun cuando éste aprobaba en principio la alianza protestante, se negó a votar los fondos necesarios para hacer honor a los compromisos del gobierno. Al final, los 5 000 soldados prometidos a Cristián sólo pudieron ser proveídos recurriendo a las tropas enviadas en 1624 a los Países Bajos. No habían recibido su paga en Holanda; tampoco la recibie 0 0 1 Fron en Dinamarca. Inevitablemente, muchos de ellos se amotinaron, y muchos más desertaron y se fueron a casa. Cuando en abril de 1628 los supervivientes de la empresa se rindieron a Tilly, quedaban menos de 2 000. La rendición del contingente inglés completó prácticamente la reconquista católica de las zonas rebeldes al oeste del Elba. Al este del río, la guerra era llevada por el ejército imperial al man 0 0 1 Fdo de Wallenstein, que fue recompensado por su espectacular avance hasta el Báltico en abril de 1628 con la posesión del ducado de Mecklem 0 0 1 Fburgo, confiscado por el emperador a sus gober 0 0 1 Fnantes hereditarios por el firme apoyo de éstos al rey Cristián. El comandante supremo era ahora señor de 300 000 súbditos y se trasladó al palacio ducal de Güstrow para dirigir las fases finales dela guerra. Derrotó a las fuerzas de Cristián en Wolgast cuando intentaban invadir Mecklembur 0 0 1 Fgo (septiembre de 1628); saboteó un intento fran 0 0 1 Fcés de negociar una paz por separado entre la Liga y los protestantes derrotados (abril de 1629), y ocupó la totalidad de la península de Jutlandia mientras esperaba a que Cristián aceptara sus condiciones (la paz de Lübeck fue firmada el 7 de junio de 1629). Tan soló uno de los signatarios de la conven 0 0 1 Fción de La Haya de diciembre de 1625 había sa 0 0 1 Flido ganando: la república holandesa. Aunque el bloqueo dirigido por el Almirantazgo seguía da 0 0 1 Fñando al comercio, al igual que lo hacía la des 0 0 1 Forganización del comercio báltico por las diversas guerras libradas a lo largo de sus costas, la pre 0 0 1 Fsión de los Habsburgo sobre la república se vio considerablemente reducida al concentrarse el emperador y sus aliados en Dinamarca. En cual 0 0 1 Fquier caso, España estaba empezando a experi 0 0 1 Fmentar un agotamiento financiero tras mantener a sus ejércitos completamente movilizados en Alemania y los Países Bajos durante tanto tiempo: los pagos de España al ejército de Flandes empe 0 0 1 Fzaron a retrasarse cada vez más hasta que el 4 de febrero de 1627 el gobierno de Felipe IV se declaró en bancarrota, congelando todas sus deu 0 0 1 Fdas. Los efectos de esta medida fueron suavizados por Ïa oferta de un consorcio de banqueros por 0 0 1 Ftugueses de suministrar inmediatamente prétamos a la corona en los Países Bajos a través de sus contactos (en su mayoría judíos) en Lisboa y Amsterdam, rompiendo así el casi monopolio mantenido por los banqueros genoveses des 0 0 1 Fde 1575; pero los nuevos financieros se vieron gravemente afectados por la captura de la flota del tesoro prócedente de Nueva España, con 800 000 libras a bordo sólo en plata, por una flota holandesa al mando del almirante Piet Heyn , en septiembre de 1628. No llegó dinero de España al ejército de Flandes entre octubre de 1628 y mayo de 1629, y durante el resto del año las cantidades recibidas de España fueron menos de la mitad del suministro normal. Era imposible que las tropas de Federico IV en los Países Bajos actuaran efi 0 0 1 Fcázmente en estas circunstancias, y en 1626 los holandeses tomaron Oldenzaal, seguida de Groenlo en 1627, completando así la reconquista de los territorios del nordeste tomados por Spínola en 1605-1606. El anciano marqués fue llamado a Ma 0 0 1 Fdrid para explicar estos reveses, y allí intentó con 0 0 1 Fvencer al rey de que había que llegar a un acuerdo con los holandeses antes de que se perdieran más ciudades importantes. Había habido una serie de intentos poco entu 0 0 1 Fsiastas de negociar desde que la tregua de los doce años expiró en 1621 -un intermediario, Madame t'Serclaes (pariente de Tilly y una de las pocas diplomáticas de ese siglo) cruzó la frontera más de 38 veces entre 1621 y 1625; otro en 0 0 1 Fviado fue el pintor Pedro Pablo Rubens-, pero Spínola insistió en 1628 en comenzar seriamente las conversaciones de paz. Argumentó que los Paí 0 0 1 Fses Bajos españoles estaban siendo devastados por las tropas de ambos bandos y por los efectos del embargo sobre el comercio holandés que im 0 0 1 Fpedía que las materias primas llegaran a los cen 0 0 1 Ftros
Valtelina, que ha 0 0 1 Fbía pertenecido a Lombardía hasta 1386; y Saboya y Lombardía competían por la sucesión al Estado unificado de Mantua-Monferrato, aún indecisa tras las guerras de 1614-1615 y 1616-1617_._ Fue la Valtelina la que irrumpió primero en la primera fila de la política eu 0 0 1 Fropea. Los valles alpinos al sudeste de los cantones suizos contaban con una población de tan sólo 80 000 habitantes, pero constituían una zona de inmensa complejidad Política y religiosa. Estaban gobernados por una Dieta electiva, pero el poder efectivo estaba en manos de los dirigentes de tres asociaciones de terratenientes conocidas como las Ligas Grises (Grisons o Graubünden ). Las Ligas administraban conjuntamente la Valtelina como un Estado vasallo, vendiendo los cargos al mejor Postor y dejando luego que los ti 0 0 1 Ftulares de esos cargos se resarcieran de su inver 0 0 1 Fsión explotando a los habitantes del lugar. La Re 0 0 1 Fforma añadió divisiones religiosas a estas injusticias políticas: la mayor parte de las tierras de las propias Ligas Grises se convirtieron al Zwin 0 0 1 Fglianismo, pero la Valtelina seguía siendo irreductiblemente católica. Sus habitantes rechazaban la política protestantizante de sus gobernantes, que a veces utilizaba propiedades de la Iglesia católica para mantener las escuelas protestantes recién fundadas, y a veces simplemente se apropiaba de ellas para su uso particular. Los registros de las visitas diocesanas de finales del siglo XVI revelan un escandaloso grado de abandono: multitud de parroquias carecían de párroco y muchas de ellas carecían incluso de púlpito o de ornamentos ecle 0 0 1 Fsiásticos. A través de este volcán de inestabilidad política, religiosa y lingüística, que ya había hecho erup 0 0 1 Fción en forma de sangrienta revuelta campesina en torno a Sondrio en 1572, corrían varias rutas internacionales. Algunas unían a Venecia con las Ligas Grises, los cantones suizos y Francia; otras unían a Lombardía con Alsacia, Austria y los Paí 0 0 1 Fses Bajos. La zona era una de las encrucijadas de la política europea, donde los mensajeros las tro 0 0 1 Fpas y el tesoro del eje Habsburgo-católico que iban en una dirección se encontraban con los del eje anti-Habsburgo- protestante que iban en di 0 0 1 Frección opuesta. Fue la guerra de Saluzzo de 1600-1601 lo que situó a la Valtelina en la primera fila de la política europea, ya que la paz de Lyon privó a Francia de su tradicional acceso a Italia (a través de Saluzzo y Saboya) y a España de su pasillo hacia los Países Bajos y el Franco Condado. Ambas potencias comenzaron a buscar una nueva ruta para sus comunicaciones imperia 0 0 1 Fles. Francia fue la primera, al firmar un tratado con los Grisones en diciembre de 1601 por el que se reservaba los valles «para ella sola» en mate 0 0 1 Fria militar, y, a pesar del carácter aparentemente exclusivo de esta concesión, Venecia firmó un acuerdo similar en 1603. España, no obstante, vio rechazadas sus ofertas y, como venganza, el gober 0 0 1 Fnador español de Lombardía, conde de Fuentes, construyó una poderosa fortaleza en la entrada de la Valtelina y prohibió toda exportación de Lombardía a las tierras de los Grisones. Comenzó también una generosa campaña de distribución de sobornos entre los católicos más destacados del valle, dado que el interés es el mejor dominio que se puede tener sobre los suizos, como in 0 0 1 Fformaba Fuentes cínicamente a Felipe III en 1604. En 1607 esta política dio sus frutos cuando un in 0 0 1 Ftento veneciano de pasar tropas por los Grisones provocó un levantamiento popular de las comuni 0 0 1 Fdades católicas que tomaron Chur, capital de los Grisones, y bloquearon los pasos a Italia. Final 0 0 1 Fmente los protestantes recuperaron el control, eje 0 0 1 Fcutaron a dos cabecillas católicos y restauraron el orden, pero el problema básico no quedó re 0 0 1 Fsuelto: los valles no podían permanecer neutrales, y, no obstante, su adhesión bien a los Habsburgo o a los anti- Habsburgo produciría unas divisio 0 0 1 Fnes fatales. En 1618 se produjo otro disturbio. Los protestantes de los Grisones habían comenzado a prestar ayuda clandestina a Venecia en las hosti 0 0 1 Flidades de la República contra Fernando de Esti 0 0 1 Fria. Lógicamente, algunos de los cabecillas cató 0 0 1 Flicos del valle pusieron objeciones a estas activi 0 0 1 Fdades. La reacción protestante, encabezada por un fogoso pastor llamado George Jenatsch, fue ines 0 0 1 Fperadamente violenta: un ejército marchó sobre la Valtelina católica y arrestó, juzgó, torturó y ejecutó a dos cabecillas católicos (uno de ellos el arcipreste de la Valtelina). Otros catorce católi 0 0 1 Fcos, en su mayor parte miembros de la pequeña nobleza, fueron desterrados. Estas acciones enojaron a Francia, al igual que la decisión de los Grisones de expulsar al emba 0 0 1 Fjador de Luis XIII en un intento de mantener una estricta neutralidad en la lucha europea por el poder. Y al mismo tiempo, la revuelta de Bohemia convirtió a la Valtelina en una pieza más crucial que nunca, tanto para España como para los Habsburgo austríacos, ansiosos por crear un pa 0 0 1 Fsillo militar seguro entre Lombardía y el Tirol de forma que pudieran ser enviados
hombres y dine 0 0 1 Fro para ayudar a Fernando. En 1619 dos regimien 0 0 1 Ftos, la vanguardia de la ayuda española, fueron enviados por el paso de San Gotardo y a través de los cantones católicos suizos hasta Baden, jun 0 0 1 Fto al Rin, pero desde allí tuvieron que marchar a pie hasta Viena. La Valtelina resultaba mucho más cómoda y así, en 1620, el gobernador de Lombardía prestó oídos a los católicos de la Val 0 0 1 Ftelina cuando éstos solicitaron apoyo para un pro 0 0 1 Fyectado levantamiento contra sus señores de los Grisones, que desde la purga de 1618 estaban im 0 0 1 Fponiendo la protestantización con creciente ener 0 0 1 Fgía. Incluso en el terreno religioso resultaba acon 0 0 1 Fsejable el apoyo español, dado que la Valtelina católica proporcionaba tanto una barrera a la ex 0 0 1 Fpansión del protestantismo en Italia como una garantía de que los Grisones (al igual que la con 0 0 1 Ffederación federación suiza en general) permanecerían divi 0 0 1 Fdidos y por lo tanto débiles; pero la escalada del conflicto en tierras de los Habsburgo hizo nece 0 0 1 Fsaria la intervención militar. En julio de 1620, por lo tanto (^) , tropas españolas se desplazaron hasta la entrada de la Valtelina y la bloquearon contra cualquier posible contraataque de los Grisones, mientras que los católicos del valle mataban a unos 600 protestantes, en su mayor parte señores de los Grisones. Simultáneamente, un destacamen 0 0 1 Fto de tropas imperiales se desplazó hasta el ex 0 0 1 Ftremo norte del valle en apoyo de los católicos de la Valtelina, exiliados en 1618, que se habían refugiado en Innsbruck. La guerra civil entre los seguidores de ambos credos comenzó en 1621; los protestantes buscaron ayuda militar en Venecia, Francia y los cantones protestantes, y los católi 0 0 1 Fcos en España y Austria. El resultado final era previsible. Las tropas de Lombardía estaban ya en escena, y pronto fueron engrosadas por fuerzas tirolesas enviadas por el obispo Leopoldo de Passau. A finales de 1621 ha 0 0 1 Fbían ocupado todas las tierras de los -^ Grisones y obligado a su Dieta a otorgar la independencia a -^ la Valtelina, que quedó entonces bajo la protec 0 0 1 Fción de España. Cuatro mil soldados fueron acantonados en los valles, y un levantamiento protes 0 0 1 Ftante en el verano de 1622 fue brutalmente aplas 0 0 1 Ftado; había 3 600 españoles estacionados en Alsa 0 0 1 Fcia, y otros 5 000 en el Palatinado Renano. Como decía el embajador inglés en Venecia, Sir Henry Wotton, «los españoles pueden ahora caminar (mientras tengan un pie en el Bajo Palatinado) desde Milán hasta Dunkerque sin salir de sus heredades y adquisiciones, cuestión de terrible importancia en mi opinión». En 1623, la opinión de Wotton se vio confirmada cuando un ejército de más de 7000 hombres marchó por Chiavenna y Chur, a través del corazón de las tierras de los Grisons, hasta el sur de Alemania y los Países Bajos. Fue precisamente el rotundo éxito de los Habs 0 0 1 Fburgo lo que les traicionó: la toma de la Valtelina podría haber sido permitida por las demás po 0 0 1 Ftencias; la ocupación de todas las tierras de los Grisones no. En febrero de 1623, Francia, Vene 0 0 1 Fcia y Saboya firmaron una alianza (el tratado de París) en la que se comprometían a expulsar a los Habsburgo de sus nuevas conquistas. Los espa 0 0 1 Fñoles reaccionaron entregando la Valtelina al pa 0 0 1 Fpado, que envió sus propias fuerzas. Pero esto seguía dejando a los austriacos en posesión de los demás valles y permitía a España seguir en 0 0 1 Fviando fuerzas a través de la Valtelina; de forma que, tras varios ultimátums, Francia envió un ejér 0 0 1 Fcito y en el transcurso de 1624 fueron ocupadas todas las tierras de los Grisones, incluyendo la Valtelina. No obstante, al cabo de un tiempo, Francia aceptó que las guarniciones papales re 0 0 1 Fgresaran a la Valtelina, cuya independencia de los Grisones se vio confirmada (tratado de Monzón, 5 de mayo de 1626). Los Habsburgo pudieron de nuevo utilizar los pasos a su gusto, enviando un ejército español a los Países Bajos en 1631 a tra 0 0 1 Fvés del corazón de los Grisones y dos a Alemania a través de la Valtelina en 1633 y 1634; en direc 0 0 1 Fción opuesta, varios regimientos del ejército im 0 0 1 Fperial marcharon a través de la Valtelina hasta Lombardía en 1629-1631. El ritmo irregular de la intervención francesa en Italia vino dictado por las oscilaciones de la política interna. La reconciliación entre la reina madre y su hijo en agosto de 1620 , negociada por Richelieu (por la cual fue recom 0 0 1 Fpensado con el capelo cardenalicio dos años des 0 0 1 Fpués), anunciaba una serie de medidas procatóli 0 0 1 Fcas en la política exterior e interior francesa. En el interior, el rey decidió recatolizar la ancestral provincia de su padre, Béarn, en los Pirineos, cosa que Enrique IV había prometido hacer en 1595 como condición para su absolución por el papa, absolución que era un preliminar vital para su victoria global en Francia. Pero Enrique no había hecho más que nombrar dos obispos. Ni siquiera les había dado posesión de las temporalidades li 0 0 1 Fgadas a sus obispados, y cuando su hijo decretó en junio de 1617 que fueran reconocidos en sus tierras, la asamblea general de la Iglesia protes 0 0 1 Ftante ordenó con tono