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pdf del libro de buenos días princesa de Blue Jeans, gratis
Tipo: Guías, Proyectos, Investigaciones
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Hace dos años se conocieron cuando más se necesitaban y formaron el CLUB DE LOS INCOMPRENDIDOS. Sin embargo, algo ha cambiado y ahora ya no saben si pueden contar los unos con los otros. Valeria no sabe si al dejarse llevar por lo que siente puede traicionar a su mejor amiga; Bruno escribe cartas de amor que no dan resultado; María es el patito feo que busca su sitio; Elísabet no está acostumbrada a que le digan que no; Raúl no quiere equivocarse esta vez, y a Ester le gustaría gritar su amor a los cuatro vientos. Amores desbordantes, dudas existenciales, secretos inconfesables y mucha, mucha diversión. Únete al fenómeno BLUE JEANS, el autor de la trilogía «Canciones para Paula», la primera novela que salta de Internet a las librerías gracias a su éxito en las redes sociales. Autor: Blue Jeans ISBN: 9788408004097
¡Buenos días, princesa! ¡He soñado toda la noche contigo! íbamos al cine y tú llevabas aquel vestido rosa que me gusta tanto. ¡Sólo pienso en ti, princesa! ¡Pienso siempre en ti! La vida es bella ROBERTO BENIGNI
—O yo estoy gorda o tú has adelgazado mucho. Antes cabíamos en la misma ropa. —¿Antes? ¡Hace mucho de eso! —¡Da lo mismo! ¡El caso es que la treinta y seis no es mi talla! —Ya me he dado cuenta, ya. Valeria suspira y entra en el cuarto de baño dando zancadas. Se sienta sobre la tapa del váter y se quita el vaquero que le ha prestado Eli. Lo dobla, quejosa, y lo deja a un lado observándolo con tristeza. ¡El pantalón de Stradivarius es tan bonito! No ha sido una buena idea probarse la ropa de su amiga. Cuando le propuso que fuera a su casa y se cambiara allí antes de salir de marcha, para luego irse las dos juntas, debió negarse. ¡Ha echado caderas! ¡Y su culo no es el que tenía con quince años! Vale, sólo tiene dieciséis, pero el 13 de febrero, dentro de tres meses, cumplirá los diecisiete. ¡Ha engordado demasiado! La culpa es de los brackets que ha llevado durante el último año. ¡Estúpido aparato dental! Si los helados y esos pasteles tan blandí tos no hubieran sido tan fáciles de comer… Ahora tiene los dientes mejor, perfectos, pero ya no está delgada. O no tan delgada como querría. Eli se acerca hasta su amiga y la ayuda a levantarse. Le dedica una sonrisa y le da una palmada en el trasero. Las dos se miran al espejo. —¿Tú no me ves gorda? —Para nada. —¿Seguro? —Segurísima. —No te creo. —Créeme, estás muy buena. —¡Bah! Soy demasiado normal. —Tú no eres normal, nena. Eres mucho más guapa que la mayoría de las chicas que conozco. —¿Qué me das?, ¿un seis? —Un ocho como mínimo. Valeria contempla su rostro; un perfil, de frente, el otro perfil. Quizá Eli tenga razón. Es bastante monilla. Lo que pasa es que a su lado… Elísabet es todo un bellezón: pelo largo negrísimo, ojos verdes hipnotizadores, labios espectaculares, delgadita pero no escuálida… ¡Yuna noventa y cinco de pecho!
¡Y sin relleno! Ella apenas llega a la noventa. Hacía un tiempo no era así. Las dos estaban, podría decirse, empatadas. En cambio, una dio un salto hacia delante espectacular y la otra, simplemente, no saltó. Eli es bastante más mujer que ella. Se la ve más madura, menos cría. Y los tíos piensan lo mismo. ¿Cuántos líos ha tenido a lo largo de los últimos meses? Seis más que ella. Es decir, resultado de enero a noviembre de 2011: Elísabet, seis; Valeria, cero. Pero, en eso, y sólo en eso, no le importa demasiado que su amiga la gane. Ella está enamorada de alguien. De un chico, exclusivamente de un solo chico. Y para él se está guardando. En secreto. Porque ni su compañera de espejo sabe lo que siente. —Tendré que salir vestida como he venido. —Bueno, tu falda vaquera es bonita. —Pero me gustaba tu pantalón de Stradivarius —comenta resoplando—. ¿Tú qué te vas a poner? —El vestido negro. —¿El ceñido? —Sí. El ceñido. ¡No! ¡No! ¡No! Ese vestido le queda increíblemente perfecto. Todos la mirarán a ella. Bueno, últimamente, siempre la miran a ella. Sólo espera que él pase. Que él no le haga caso. Que él se centre en su falda vaquera y su camiseta rosa chicle. Porque hoy… hoy es el día. —¿No pasarás frío? —Que más da eso. Dentro de la disco hará calor. Pero, por si acaso, me pondré la chaqueta gris. Y unas medias. —¿Y los tacones negros? —Sí, y los tacones negros. ¡Ya le vale! ¡Que va a una discoteca un sábado por la noche, no a una fiesta de fin de año! —Estarás guapísima. —Gracias. Lo sé. Intercambio de sonrisas. Y Eli sale del cuarto de baño tras darle un beso a su amiga. Valeria vuelve a suspirar. La verdad es que aunque Eli sea lo más parecido a
¿Al que quiera? ¡Sólo quiere a uno! Y sí, debe ser esta noche. Ya han pasado los veinte días de plazo. Es lo que leyó en una revista una vez: «Si el chico del que estás perdidamente enamorada rompe con su novia, no te lances a por él inmediatamente. Si lo haces, sólo te tomará como un consuelo. Se liará contigo únicamente por el hecho de olvidar las penas. Serás un rollo pasajero. Pero ¡cuidado! Si esperas demasiado puede volver con su ex o, quizá, otra se te adelante. Veinte días después de la ruptura de tu amor con su ex pareja es el tiempo perfecto para intentarlo.» —No sé… —Estás muy bien. Será una noche inolvidable. Y tú triunfarás. —Bueno… La sonrisa de Eli anima a Valeria. Aunque algunas de su clase opinen que se ha vuelto una estúpida presumida y prepotente, ella no lo cree así. Simplemente tienen envidia de su físico y de que tenga tanto éxito con los tíos. —¿Sabes, nena? Creo que hoy es el día —anuncia la chica de los ojos verdes mientras se desnuda. Su amiga la observa ensimismada. Tiene un cuerpo increíble. Sin duda, mucho mejor que el suyo. —¿El día para qué? —pregunta confusa. —Para lanzarme. —¿Lanzarte? —Sí. Creo que es el momento de dejar a un lado las tonterías y empezar algo serio con un tío que me quiera. Estoy cansada de niñatos. ¿De qué está hablando? Valeria no comprende nada de lo que dice su amiga. ¿Le gusta un chico? ¿Desde cuándo? ¿Y por qué no se lo ha confesado hasta ahora? —¿Vas a declararte a alguien esta noche? —Sí. Esta noche no voy a dejar escapar a Raúl.
SUENA un pitido. Alguien le ha escrito a la BlackBerry. Raúl corre hasta su cama, donde la dejó antes, y examina la pantalla. Es Ester. Le pregunta por los carnés. El teclado táctil ya no es un problema, como al principio, y contesta a toda velocidad. Todo OK. Está arreglado. Nos vemos luego. Sonriente, regresa al cuarto de baño y se contempla en el espejo. Se abrocha el último botón de la camisa azul que llevará esa noche y se echa un poco de Hugo Boss en el cuello. También en las muñecas. Aspira el aroma de la fragancia para comprobar que no se ha quedado corto. Un poco más le irá bien. Luego, con sumo cuidado, se arregla el pelo con un cepillo especial y el soplo de aire caliente del secador para que quede justo como él quiere. Se guiña un ojo a sí mismo y asiente conforme. ¡Listo! Sale del baño canturreando un tema de Maldita Nerea y se acerca hasta la mesa en la que guarda el dinero. Sin embargo, una tos que proviene de la puerta de la habitación le desvela que no está solo. —¿Qué hacéis aquí? —pregunta al tiempo que se vuelve. Dos niñas rubísimas, idénticas, con pijamas idénticos aunque de diferente color, lo miran muy serias. —Mamá nos ha dicho que te digamos que no vuelvas muy tarde —comenta la que va vestida de rosa. —¿Y por qué no me lo dice ella misma? —Creo que se ha cansado de decirte las cosas. Raúl se encoge de hombros y se da la vuelta. Sus hermanas gemelas no son precisamente un alarde de expresividad. Ni Bárbara ni Daniela. También a ellas les afectó lo de su padre. Han crecido muy de prisa y su forma de pensar y de actuar es diferente de la del resto de niñas de su edad. Si no fuera porque miden menos de un metro cuarenta, nadie diría que apenas han sobrepasado los once años. El chico se vuelve nuevamente al sentir todavía la presencia de las dos
semanas le han servido para reflexionar y darse cuenta de que va siendo hora de buscar algo más serio. Una relación de verdad. Dejarse de niñerías y comenzar los dieciocho años, que ya llegan, en enero, con una novia de verdad. Una de esas que estás deseando que te llame a cualquier hora del día y que te hace sentir el tío más afortunado del mundo cuando te besa. Alguien que te sorprenda con un «te quiero» y cuya mirada provoque que te falte la respiración. Una novia que merezca ser la protagonista de su película. Porque Raúl tiene un sueño, un gran sueño: ser director de cine. Pero, de momento, no ha encontrado a la musa que lo inspire. Otra vez el pitido de la BB. Abre el WhatsApp. En esta ocasión es Bruno. Tío, acabo de ganar a Holanda en los penaltis. ¡Soy campeón del mundo! Puff. Este chico no tiene remedio. ¿Aún no se está preparando para salir? Luego se queja de que no se come una rosca. Son totalmente diferentes en casi todo. Tienen distintos intereses. Distinta manera de ver la vida. Distinto físico. Sin embargo, Raúl y Bruno son buenos amigos y ambos… pertenecen al Club de los Incomprendidos. —Raúl ya ha solucionado lo de los carnés. Un icono amarillo sonriente aparece en la ventana de conversación de Messenger entre Ester y María. Las dos llevan hablando un rato, escribiéndose sin webcams mientras se arreglan para salir. —Genial. —Sí. Espero que no nos salgan muy caros. —Esta mañana dijo que diez euros cada uno. —Si es diez euros, bien. Pero más no puedo pagar, no tengo más dinero — escribe Ester en su portátil—. Espera un segundo, Meri, que me voy a poner ya el regalo de mis padres. Y me das tu opinión. —OK. María suspira y también se levanta de la silla. Se dirige al pequeño tocador que hay en su habitación y vuelve a suspirar. No sabe cómo se le dará la noche.
Tiene miedo. ¿Podrá controlarse una vez más? Lleva mucho tiempo soportando aquella presión interior a la que está sometida un día tras otro. Pero debe ser fuerte. Sí, debe serlo. Achina los ojos y mira hacia la pantalla del PC; en ella observa una petición por parte de su amiga para iniciar una videoconferencia. Se acerca lentamente y acepta. Ante ella aparece una preciosa chica morena con el flequillo en forma de cortinilla, cubriéndole la frente, que posa delante de la cámara de su ordenador. Sus ojos castaños, embelesados detrás de los cristales de sus lentes, se iluminan cuando la ve. —¡Qué guapa! —exclama María mientras la contempla con una gran sonrisa. —¿Te gusta el vestido? —¡Es precioso! Te queda perfecto. Ester da una vuelta sobre sí misma y sonríe. Su nuevo vestido blanco le encanta. Sus padres se lo regalaron hace dos días para celebrar su dieciséis cumpleaños. Aunque sabe el esfuerzo que ha supuesto para ellos, se siente feliz de verse con él. —Muchas gracias, Meri. —Es que estás muy guapa —insiste—. Ya me gustaría a mí parecerme un poquito a ti. La chica se ajusta las gafas de pasta de color azul y se pone colorada. En eso nunca estará al nivel de su amiga. Ella es tan bonita… Además, su personalidad y carisma la convierten en una persona muy especial. Ester sería la noria perfecta para cualquier tío y la nuera que toda madre querría tener. Sin embargo, no ha salido con ningún chico desde que la conoce. Y de eso ha pasado ya un año y pico. Recuerda como si fuera ayer el momento en que la vio por primera vez. Era el día inaugural de cuarto de la ESO. Ella misma fue la que la introdujo en el Club de los Incomprendidos. —¡Pero si tú eres un bombón! ¡Preciosa! —exclama la joven del vestido blanco al tiempo que arruga la nariz. A Mana le encanta cuando hace ese gesto. ¡Es adorable! —Bueno. —Que sí, que sí. ¡Mira qué guapa te has puesto, pelirroja! —Aunque la mona se vista de seda…
cumpleaños. —¡A ti sí que te crecerá la nariz! Ella preferiría que le crecieran otras cosas. Apenas se ha desarrollado. Sigue pareciendo una cría. ¡Cuándo se enterará su cuerpo de que está en plena adolescencia! —Es que si le digo que voy a una fiesta de universitarios… no cruzo ni la puerta. —Te entiendo. Yo a mis padres les he dicho que voy a una fiesta, pero tampoco he especificado quiénes van a estar en ella. Aunque ya te digo que no puedo volver muy tarde, porque mañana jugamos contra las primeras y hay que descansar. —¿A qué hora es el partido? —A la una. —Iré a verte. —Gracias, qué maja eres. —Espero que ganéis. —Yo también. Las dos se miran a través de la pantalla, en silencio. Ester está sonriente y muy ilusionada. Mañana volverá a verlo. ¡Él! Qué ganas… ¡Qué ganas! Sólo espera que esta vez su querido entrenador la ponga en el equipo titular.
NO puede ser. ¿Cómo va a gustarle Raúl? ¿Desde cuándo? Valeria camina por la calle en silencio. Se limita a sonreír cuando Eli le comenta algo. Pero se le han quitado las ganas de todo. Su amiga va a declararse al chico del que ella misma está perdidamente enamorada desde hace tanto tiempo. Se acabó. Ya no hay nada que hacer. En el momento en que ella le diga que quiere ser su novia, el otro no podrá resistirse. —Nena, ¿te pasa algo? —¿Qué? La chica observa a su amiga y, de nuevo, sonríe. —Que si ocurre algo —insiste Elísabet—. Es como si cuando te hablara no te enteraras de nada de lo que te digo. No me haces ni caso. —Eso no es cierto. —¿Que no? ¡Acabo de decirte que se te ve el tanga y has sonreído y me has dicho que sí con la cabeza! —¿Cómo? ¿Que se me ve el…? —pregunta Valeria, muerta de vergüenza, mientras echa un vistazo hacia atrás y se sube la falda vaquera—. Pero si llevo bra… —¡Es mentira, nena! ¡No se te ve nada! —grita Eli interrumpiéndola y dándole un toquecito con el dedo en la nariz—. Es para que veas que estás en la parra. ¿Qué pasa? ¡Cuéntamelo! ¿Que se lo cuente? Sí, claro. ¿Cómo le explica que está enamorada del tío al que ella va a declararse esta noche? —No me hagas mucho caso. Estoy un poco… no sé. —¿No será por lo del vaquero? —¿Qué vaquero? —El mío. El pantalón de Stradivarius que no te ha entrado. Buena excusa. No se le había ocurrido. —Me has pillado —miente—. Estoy preocupada.
—Imagino que sí. —Además, estaba medio liado con la tía esa. La estúpida de Beatriz Montarroso. ¡Menuda capulla…! Y hasta que han pasado unos días desde que rompieron, he preferido no hacer nada. ¡Pero hoy es la noche, nena! ¡Hoy es la noche! Demasiadas coincidencias. ¿Habrá leído Elísabet la misma revista que ella? —Espero que lo consigas —responde muy seria Valeria. —Yo también. Me moriría si no quisiera nada conmigo. Exagerada. Se conocen desde hace un montón de tiempo y ahora se da cuenta de que le gusta. ¿Y dice que se morirá si la rechaza? ¡Su amiga es una melodramática! —No creo que Raúl te diga que no. Los dos sois amigos, muy guapos, os conocéis muy bien… Haréis buena pareja. —¿Tú crees? —Sí. Su afirmación llega en un susurro triste. Agacha la cabeza y continúa andando hacia Sol. Eli sonríe a su lado. Su mirada alegre se pierde entre el barullo de gente que va y viene por todas partes. Sueña con una bonita historia de amor. No sabe muy bien cómo ha llegado a la conclusión de que su amigo es el chico perfecto para ella. El ideal para dejar atrás las aventuras pasajeras, los rollos con niños que sólo van a lo que van. Raúl es el tío que necesita para dar un paso adelante en su madurez. Ya no es una cría. Ni tampoco una chica que va de flor en flor. ¡Eso se acabó! Y quiere demostrárselo a todo el mundo. —¡Allí están Meri y Ester! —grita Elísabet cuando llegan a la plaza del Sol. Las dos se encuentran al lado del escaparate de libros de El Corte Inglés. Sonríen cuando ven a sus amigas y se acercan de prisa hacia ellas. Llueven besos y abrazos por parte de las cuatro y piropos a la portadora del vestido blanco de cumpleaños. —¡Vosotras sí que estáis guapas! —exclama la morena del flequillo en forma de cortinilla para frenar tanto halago hacia ella—. ¿Vais de caza esta noche o qué? —¡Vamos a por todas! —exclama Eli después de un sonoro grito. María y Valeria se miran y se sonríen con timidez. Ellas parecen menos felices que sus dos amigas. Cada una por un motivo diferente y que el resto
desconoce. —¿Y los chicos? —¡Siempre llegan tarde! —protesta Elísabet, ansiosa. Tiene muchas ganas de ver a uno de ellos. —Y luego dicen de nosotras. —Son un desastre. Estoy convencida de que Raúl se ha pasado dos horas delante del espejo peinándose. —Y Bruno seguro que llega tarde porque no hay quien lo despegue de la Play —señala Ester sonriendo. —Para variar. —Pobrecillo, no os metáis con él. —¡No lo defiendas, Meri! ¡Es la verdad! —exclama Eli, que no deja de buscar a alguien entre la multitud que se agolpa en Sol. —No lo defiendo. Sí lo hace. María siempre se lo perdona todo. Ha dado la cara por él en multitud de ocasiones. Cuando ha faltado a alguna reunión del Club de los Incomprendidos, cuando no se ha presentado a su hora, cuando ha metido la pata… siempre se ha puesto de su parte. —Si no estuvieras pillada por él, seguro que no lo defendías tanto —insiste Elísabet—. ¿Cuándo vas a decirle algo? —No estoy pillada por él —responde azorada. —No pasa nada, Meri. Si te gusta, pues te gusta —añade Eli—. Somos tus amigas, te apoyamos. El rostro aniñado de María enrojece a gran velocidad. Mira hacia otro lado y suspira. —Venga, déjala en paz. Si no quiere decir nada, pues que no lo diga — interviene Valeria mientras la achucha. —Nena, en el amor lo mejor es ser sincera y soltar las cosas cuanto antes. Si no, te arriesgas a que venga otra y te lo quite. La mirada de Valeria fulmina a Elísabet, aunque ésta no lo percibe. ¿Le estará leyendo el pensamiento? ¿Se habrá dado cuenta de lo que siente? —Yo creo que no confesarle tus sentimientos a alguien no significa que no seas sincera. —¿Ah, no?