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Asignatura: historia, Profesor: , Carrera: Derecho, Universidad: UMA
Tipo: Ejercicios
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Hablar de su origen significa referirnos al contexto político e histórico que atraviesa España a lo largo del siglo XIX. Decir una fecha clara como hito del nacimiento de este movimiento es complejo, pues lo cierto es que sus fundamentos se fueron gestando a lo largo de los avatares del citado siglo.
Reproducimos con autorización del autor el Primer Capítulo de la obra: Historia Reciente del Carlismo 1939-2010.
Si desea adquirir la obra completa puede pulsar aquí.
Los orígenes de este movimiento político y social se encuentran en la crisis del Antiguo Régimen. Aunque siempre se nos ha planteado el Carlismo como el resultado de una lucha dinástica, desde este prisma hemos de entender que es algo mucho más complejo. Sus bases ideológicas surgen entre fines del siglo XVIII y principios del XIX. Ante la Revolución Francesa de 1789, aparece en España una corriente contrarrevolucionaria y antiliberal, liderada por
intelectuales eclesiásticos, temerosos de la política anticlerical de los gobiernos de corte revolucionario.
En nuestro país, las consecuencias de la Revolución llegan en 1808 con el periodo de la Guerra de Independencia. Fruto de aquella experiencia nace el primer liberalismo español y la elaboración de la Constitución de 1812. Tras estos sustanciales cambios se produce una división política en la sociedad española entre liberales y realistas en pos del Absolutismo (una de cuyas tendencias es la madre de los Carlistas).
Los realistas procedían de todas las capas sociales aunque al frente de los mismos estaban los grupos privilegiados. Tal heterogeneidad trae una gran disparidad de motivaciones y objetivos, aunque por encima de todo, les unía la lucha contra el liberalismo y una serie de valores comunes como la crítica de la desamortización, la decadencia de valores tradicionales... Será en el periodo de la Década Absolutista del rey Fernando VII (1823-1833), cuando el realismo se divida en dos corrientes: una moderada y otra ultrarrealista. Problemas internos como el no reconocimiento de los grados de muchos realistas o una represión antiliberal que no satisfizo a una parte de los absolutistas, fraguan esta separación. Las tensiones entre ambas corrientes serán constantes.
Promulgación Fernando VII como ley del Reino la Pragmática Sanción (año 1830). No es de extrañar, ante el panorama dibujado, que la problemática descendencia de Fernando VII fuese un elemento aglutinador de tales tensiones, punta de un iceberg afilada y peligrosa.
El 18 de mayo de 1829 falleció su tercera esposa sin haberle dado descendencia. Era de vital importancia un nuevo casamiento para albergar la posibilidad de continuar su línea sucesoria. De no conseguirlo el trono pasaría a su hermano el Infante don Carlos María Isidro, apoyado por los ultrarrealistas. Así se llega al cuarto matrimonio de Fernando, con la princesa María Cristina de Nápoles, que le da una niña: Isabel.
La legalidad dinástica vigente, procedía de la Ley Sálica implantada en España por Felipe V, que primaba la descendencia directa por línea de varón, aunque las hembras tuvieran mayor derecho para tal sucesión. En Marzo, de 1830 Fernando VII publica la Pragmática Sanción, por la cual las hijas del rey recuperan la prioridad en la sucesión respecto a su tío. Ello asestó un duro golpe a las pretensiones de don Carlos de acceder al poder. El último rayo de luz para el pretendiente al trono fue la decisión de su enfermo hermano en 1832 de derogar la Pragmática Sanción para evitar a su muerte una lucha fratricida en el país. Pese a ello, ante una mejoría del rey Fernando, se restablece la Pragmática y se eliminarán del ministerio todos los elementos subversivos ultrarrealistas, instaurando un gabinete de realistas moderados. Los Sucesos de la Granja de 1832 evidencian la falta de apoyos de la opción de Carlos y a lo largo de 1833 los Voluntarios Realistas, claro apoyo de Carlos, serán depurados.
Partidas numerosas alzanse al grito de ¡Viva Carlos V!. En este contexto el rey don Fernando muere el 29 de septiembre de 1833, con la expectación de su hermano que no había dado por acabada aquella lucha.
El 1 de Octubre don Carlos esgrime el Manifiesto de Abrantes , en la ciudad Portuguesa que da nombre a tal manifiesto, por el cual se autoproclama rey de España.
Como acto simbólico del inicio de las hostilidades y que refrenda el apoyo a don Carlos, en la noche del 2 de octubre de 1833 el Comandante de los Voluntarios Realistas proclamó en
entonces cuando se vislumbran los rasgos luddistas de las bases carlistas. Ante el deterioro del poder del Estado el capitán general Rafael Izquierdo afirmara que“hay que hacer país liberal y país español cuando menos”. Los oficiales del ejército liberal reaccionarán violentamente contra quienes no hablaran en castellano e incluso se va a producir la detención de paisanos que por no responder en castellano al ser preguntados por el movimiento de las guerrillas, van a ser considerados sospechosos de ser carlista. Los carlistas llegaron a controlar un territorio lo suficiente amplio como para crear un pequeño estado, restableciendo las instituciones tradicionales de autogobierno y organizando la sanidad, la enseñanza y las comunicaciones. Carlos VII en un manifiesto a los pueblos de la Corona de Aragón anunciará la restauración de sus Fueros, y en Gernika jurará los Fueros vascos. Para el diario La Crónica de Cataluña los carlistas catalanes y los cantonalistas estaban unidos “en la idea de romper la unidad nacional, que tantos siglos ha costado”, acusando a los primeros de pretender hacer un simulacro “de gobierno carlista de Cataluña, de proclamar los fueros de no sabemos de qué época, sin considerar que lo que proclaman es federalismo”.
La victoria del Ejército liberal en 1876 será presentada “por Cánovas como un triunfo de los ejércitos regulares al servicio de un Estado constituido, sobre una guerrilla popular; género este último de resistencia popular en que nunca creyó. Un aspecto que llamó la atención de los corresponsales de prensa fue el espíritu con el que los carlistas volvían a casa “Los carlistas han sido derrotados, vencidos y aplastados por los Ejércitos de la Nación, pero el espíritu carlista, sus convicciones, sus masas quedan en pie, sin armas es cierto, pero engreídos y envalentonados y respirando más animosidad y odio que antes de la guerra (…) más bien que partido anulado y arrepentido, parece un enemigo sujeto a un armisticio indefinido”.
Uno de los principales ejes vertebradores del carlismo fue el comunitarismo (“Los Fueros, en el sentido legítimo de la palabra son la tradición misma, como lo es nuestra Bandera; por eso escribimos en ella al lado de las palabras Dios, Patria, Rey, la de Fueros”). Un comunitarismo que tenía tres dimensiones, una inmediata, ligada a su pueblo, a la parroquia, al valle, con sus tradiciones, sistemas de vida, comunales y relaciones sociales; otra algo más global, que algunos definen como “protonacionalismo” y que une a las diferentes comarcas en países definidos por una historia, una cultura, una lengua y unas tradiciones propias; y por último, Las Españas como el conjunto de los diferentes países o comunidades históricas, unidos culturalmente por la religión católica y políticamente por una Monarquía Federal fundamentada en un pacto entre las comunidades y la Corona, y en la cual los diferentes países tendrían tal alto grado de autogobierno que el proyecto carlista era definido por sus portavoces como una “confederación de repúblicas sociales”. Y en caso de ruptura del pacto las comunidades tenían derecho a independizarse. La Patria para los carlistas era la tierra natal, de los antepasados, la tierra de una misma comunidad afectiva, con cultura e instituciones propias, y por tanto defenderán las comunidades históricas rechazando la división provincial del Estado liberal. Y el aspecto religioso debe interpretarse como un aspecto más de la personalidad de sus comunidades, es la fe de sus antepasados vivida en una dimensión comunitaria con sencillez y autenticidad, pues los carlistas optaban por una Iglesia en pobreza y libertad, con absoluta independencia de los poderes estatales para cumplir su misión. Los carlistas entenderán a los fueros “como las leyes que el pueblo se da a lo largo de la historia, primero consuetudinariamente, posteriormente codificadas por escrito”. Y el régimen foral defendido por los carlistas estará dotado de una base no individualista pues las primeras asambleas vecinales nos muestran una agrupación federativa de familias, desde las cuales se va estructurando progresiva y federativamente el edificio foral: anteiglesias, pueblos, Juntas: “¿Qué es lo que forma y se llama el Señorío de Bizcaya? La unión o asociación de los pueblos bizcaínos, confederados en bien de los intereses generales de todos ellos. Constituyen un todo, una
agrupación homogénea, pero sin que ninguno de ellos abdique su independencia, siendo todos iguales en derechos y deberes, sean grandes o pequeños, y sin que, ni todos reunidos, ni ninguno de ellos por sí, pueda mezclarse en la gestión peculiar y exclusiva de los asuntos que sólo afecten a uno de los componentes de la agrupación. Más claro; es una confederación de pueblos independientes para realizar un objeto determinado, y para, apoyados los unos en los otros, alcanzar el bienestar de todos”. En el régimen foral se da una división de poderes entre las Juntas (legislativo) y la Diputación foral (ejecutivo). Y de la misma forma que los municipios conservan su propia soberanía, el conjunto del Señorío de Vizcaya, históricamente confederado a la monarquía hispánica, conserva la suya. En definitiva: “Los fueros además de ser la constitución de Bizcaya, son la síntesis, la expresión elocuente de la libertad del pueblo euskaro, (…) la fórmula de la libertad personal de los Bizcaínos y de la independencia de la tierra”. Y los carlistas no entenderán el autogobierno foral como un privilegio reservado a uno o dos países, sino como un derecho defendido para todos los pueblos de Las Españas, así el periódico francés Le Monde al comentar el manifiesto de Carlos VII de 1869 afirmaba que “D. Carlos lo ha dicho: la Constitución de Vizcaya, que realiza el gobierno del país por el país, debe ser la constitución de toda España”.
Los intelectuales carlistas considerarán al proceso capitalista (industrialización, consumismo, nuevos valores estatales) como una amenaza a la personalidad de sus comunidades, las cuales serán ensalzadas por una literatura de carácter romántico que incide en la loa del mundo rural tradicional, y postularán como alternativa una sociedad basada en la ética del Evangelio. Los carlistas desarrollarán una fuerte actividad culturalista, incentivando el estudio de la historia y el desarrollo de las costumbres tradicionales, fomentando el folclore, y promoviendo el cultivo de las lenguas autóctonas frente al castellano, la lengua de las elites liberales. Para los carlistas si sus comunidades desean llegar a ser libres, éstas deben conservar intacto su patrimonio cultural. Son estos los años del llamado renacimiento de las culturas regionales, cuando se produce el acceso de las lenguas hispánicas diferentes de la castellana a formas de expresión literaria de una calidad no lograda hasta entonces y el redescubrimiento de unas identidades alternativas a la uniforme Nación española del constitucionalismo liberal. Sin embargo el Carlismo va a perder el monopolio de la defensa de las culturas autóctonas y de los particularismos institucionales debido al surgimiento de nuevas corrientes regionalistas, de hecho en País Vasco y en Cataluña éstas intentarán absorberlo y transformarlo en un movimiento nacionalista católico similar al irlandés. Los carlistas criticarán a los nacionalismos periféricos por subordinar la defensa de la cultura y lengua autóctonas a su proyecto de construcción nacional, asentado sobre bases urbanas y dotado de unas tendencias unitarias peligrosas para las peculiaridades específicas de las diferentes comarcas. El carlismo también logrará integrar a algunas de estas nuevas corrientes como es el caso del sector gallego que encabezaba Alfredo Brañas. El ideal carlista es una sociedad asentada en sus raíces, pero constantemente renovada sobre su propia identidad, la cual tiene su mejor representante en el pueblo campesino.
En 1897 varios parlamentarios carlistas elaboran el Acta de Lóredan, uno de los documentos programáticos más importante del Carlismo, en el cual se señala como objetivo político el ver “Reintegradas en sus fueros las Provincias Vascongadas y Navarra; restablecidos también los de Aragón, Cataluña, Valencia y Mallorca; restauradas de nuevo las antiguas instituciones de Galicia y Asturias y garantizadas en adelante las libertades de los diversos países de la Corona de Castilla y León” y se afirma que las constituciones históricas debían ser puestas al día pero siempre sin imposiciones externas. El Carlismo supo adaptarse a la nueva realidad política, creando áreas propias de sociabilidad que le permitieran renovarse: los Círculos Carlistas, donde se organizaban actividades culturales, deportivas y educativas, y que se convirtieron en la base de la estructura del Partido Carlista. Los carlistas desarrollaron toda una estética caracterizada
en la izquierda obrerista (viejos círculos carlistas se convertirán en centros obreros izquierdistas). Finalmente, las políticas antireligiosas y la violencia política acabarán produciendo en 1936 un pacto entre la cúpula directiva carlista (en la cual la presencia de antiguos carlistas era mínima) y un sector del Ejército español, el gran enemigo histórico del Carlismo, para dar un golpe de Estado e instaurar un gobierno ordenancista cuya duración debía ser lo más corta posible y al que deberían seguir unas elecciones libres. El golpe fracasó derivando en una guerra civil, en la cual el pacto con la dirección carlista no va a ser respetado al crearse una dictadura militar que va a intentar absorber al carlismo mediante el Decreto de Unificación. Pero la Comunión Tradicionalista no va a aceptar ese Decreto, siendo todos sus bienes confiscados por Falange y pasando a la ilegalidad. A los carlistas les tocó la terrible paradoja de ser perdedores políticos en el bando de los vencedores militares, sufriendo por parte del régimen franquista, deportaciones, exilios, persecuciones, encarcelaciones…
Durante la postguerra el partido va a reorganizarse lentamente en la clandestinidad y elaborará un discurso político incidiendo en su oposición al fascismo y al capitalismo. También se va a reelaborar una doctrina regionalista marcada por la defensa de la pluralidad cultural hispánica y de los autogobiernos regionales y locales frente al duro centralismo de la dictadura. En esa línea en 1950 Javier de Borbón-Parma en un viaje de incógnito jurará bajo el árbol de Guernica los Fueros y libertades de Euskalherria y del resto de los países que conformaban las Españas.