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muy buen autor de la generacion beat
Tipo: Monografías, Ensayos
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© EDITORIAL ANAGRAMA, S.A., 1996 Traducción de Cecilia Ceriani y Txaro Santoro OCR y Revisión de kontra – Julio 2003
Dedicado a la mala escritura
–Ah, Barton, sí. Bueno, escuche, tendrá que darme algún adelanto y tendré que verla a usted en persona. –Estaré ahí dentro de unos minutos –dijo. Ella colgó, yo me subí la cremallera. Y esperé.
Ella entró en mi oficina. Bueno, o sea, aquello no era justo. El vestido le estaba tan apretado que casi le estallaban las costuras. Demasiados batidos de chocolate. Llevaba unos tacones tan altos que parecían zancos. Caminaba como un borracho contoneándose por la habitación. Un glorioso vértigo de carne. –Siéntese, señora –le dije. Se dejó caer y cruzó las piernas muy arriba, tan condenadamente cerca que se me salían los ojos de las órbitas. –Encantado de verla, señora –le dije. –Deje de hacerse el bobo, por favor. No tengo nada que no haya visto usted nunca. –En eso se equivoca, señora. œPodría darme usted su nombre? –Señora Muerte. –œSeñora Muerte? œEs usted del circo? œDel cine? –No. –œLugar de nacimiento? –Da lo mismo. –œAño de nacimiento? –No se haga el gracioso. –Sólo intentaba tener algunos antecedentes. De alguna manera se me fue el santo al cielo. Empecé a mirarle fijamente las piernas. Siempre he sido un hombre de piernas. Fue lo primero que vi al nacer. Después intenté salir. Desde entonces he intentado la dirección contraria pero con bastante poco éxito. Ella chasqueó los dedos: –Eh, déjelo ya. –œEhhh? –dije levantando la mirada. –El asunto Céline. œSe acuerda? –Sí, claro. Desdoblé un clip y apunté hacia ella con el extremo. –Necesitaré un cheque por servicios prestados. –Por supuesto –dijo sonriendo–. œCuál es su tarifa? –6 dólares la hora.
Sacó su talonario de cheques, garabateó algo, arrancó el cheque del talonario y me lo lanzó. Aterrizó en mi escritorio. Lo cogí. 240 dólares. No había visto tanto dinero desde que acerté un pleno en Hollywood Park en
–Gracias, señora... –...Muerte –dijo ella. –Sí, sí –dije–. Ahora déme algunos detalles sobre ese tal Céline. œDijo usted algo de una librería? –Bueno, se ha pasado varias veces por la librería de Red, ha estado hojeando libros, preguntando sobre Faulkner, Carson McCullers, Charles Manson... –Así que se pasa por la librería, œeh? Hmmm.... –Sí –contestó–. Ya conoce usted a Red. Le gusta echar a la gente de su librería. Te puedes gastar mil dólares, pero te quedas uno o dos minutos más y entonces Red te dice: ÿœPor qué no te largas de una puñetera vez?Ÿ Red es un buen tipo, sólo que está un poco chiflado. Bueno, pues echa una y otra vez a Céline, y Céline cruza a Musso's y se queda dando vueltas por el bar con aire triste. Vuelve al día siguiente o al otro y vuelve a suceder lo mismo. –Céline está muerto. Céline y Hemingway murieron con un día de diferencia. Hace 32 años. –Lo de Hemingway lo sé. Conseguí a Hemingway. –œSeguro que era Hemingway? –Oh, sí. –Entonces, œcómo es que no está segura de que este Céline es el auténtico Céline? –No lo sé. Tengo una especie de bloqueo en este asunto. No me había ocurrido nunca hasta ahora. Puede que lleve demasiado tiempo en este rollo. Así que por eso he venido. Barton dice que usted es bueno. –œY usted piensa que el auténtico Céline está vivo y quiere conseguirlo? –No sabe cuánto, jefe. –Belane. Nick Belane. –Muy bien, Belane. Quiero estar segura. Tiene que ser el auténtico Céline, no cualquier tonto del culo que se crea que lo es. Ésos abundan. –Como si no lo supiera. –Bueno, empiece con ello. Quiero conseguir al escritor más grande de Francia. He esperado mucho tiempo. Después se levantó y salió. Nunca en mi vida había visto un culo como aquél. Más allá del concepto. Más allá de cualquier cosa. Ahora no me molestéis. Quiero pensar en aquel culo.
–Estoy seguro de que existe y lo único que quiero es encontrarlo. Quiero que usted me lo localice. –œAlguna pista para empezar? –No, pero estoy seguro de que el Gorrión Rojo anda por ahí en algún sitio. –Ese Gorrión no tendrá un nombre, œverdad? –œA qué se refiere? –Me refiero a un nombre. Como Henry o Abner o Céline. –No, simplemente Gorrión Rojo. Estoy seguro de que puede encontrarle. Tengo confianza en usted. –Pero eso cuesta dinero, señor Barton. –Si encuentra al Gorrión Rojo le daré 100 dólares mensuales de por vida. –Hmmm... Y œqué le parecería dármelo todo de una vez? –No, Nick, se lo fundiría en el hipódromo. –Muy bien, señor Barton, déjeme su teléfono y me pondré a trabajar en ello. Barton me dio su teléfono y después dijo: –Tengo total confianza en usted, Belane. Luego colgó. Bueno, el negocio estaba remontando. Pero el techo goteaba más que nunca. Me sacudí algunas gotas de lluvia, le di un sorbo al sake, lié un cigarrillo, lo encendí, di una calada, me atragantó una tos seca, me coloqué mi sombrero marrón, puse en marcha el contestador automático, fui despacio hacia la puerta, la abrí y allí estaba McKelvey. Tenía un tórax inmenso y parecía que llevase hombreras. –Tu contrato de alquiler ha vencido, imbécil –escupió–. Quiero que saques tu culo de aquí. Entonces me fijé en su barriga. Era como un suave montón de mierda seca. Le hundí el puño bien adentro. Su rostro se dobló sobre la rodilla que yo estaba levantando. Cayó y luego rodó hacia un lado. Una visión re- pugnante. Pasé por encima. Le saqué la cartera. Fotos de niños en posturas pornográficas. Pensé en matarle, pero me limité a coger su tarjeta Visa Oro, le di una patada en el culo y cogí el ascensor para bajar. Decidí ir caminando a la librería de Red. Cuando iba en coche siempre me ponían una multa de estacionamiento y tenía tantas que no podía hacerles frente. Caminando hacia la librería de Red me sentía un poco deprimido. El hombre ha nacido para morir. œQué quiere decir eso? Perder el tiempo y esperar. Esperar el tranvía. Esperar un par de buenas tetas alguna noche de agosto en un cuarto de hotel en Las Vegas. Esperar que canten los ratones. Esperar que a las serpientes les crezcan alas. Perder el tiempo.
Red estaba en la librería.
Busqué ÿCélineŸ en el Webster. 1894–1961. Estábamos en 1993. Si estuviera vivo, tendría 99 años. No era extraño que la señora Muerte le anduviera buscando. Y aquel tipo de la librería parecía tener entre 40 y 50 años. Bueno, ya estaba. No podía ser Céline. O tal vez era que había encontrado el método para vencer el proceso de envejecimiento. Mira las estrellas de cine, cogen la piel del culo y se la ponen en la cara. La piel del culo es la que más tarda en tener arrugas. Todas van por ahí durante sus últimos años con cara de culo. œHaría Céline eso? œA quién le gustaría vivir tanto como para llegar a los 99 años? A nadie que no sea un estúpido. œPor qué querría Céline durar tanto? Todo el asunto era de locos. La señora Muerte estaba loca. Yo estaba loco. Los pilotos de las líneas aéreas estaban locos. Nunca mires al piloto, simplemente embarca y pide que te sirvan unas copas. Miré a dos moscas que estaban follando y después decidí llamar a la señora Muerte. Me bajé la cremallera y esperé a oír su voz. –Hola –oí que decía su voz. –Hmmm –dije yo. –œCómo? Ah, es usted Belane. œHa avanzado algo en el caso? –Céline está muerto, nació en 1894. –Conozco los datos, Belane. Mire, sé que está vivo... en algún sitio, y el tipo de la librería podría ser él. œHa avanzado algo? Quiero conseguir a ese tipo. No sabe usted cuánto. –Hmmm –dije.
–Eh, espere un minuto, señora. La línea se había cortado. Colgué el auricular. – Guau! Para venir por mí no tenía ningún tipo de bloqueo. Yo tenía trabajo que hacer. Miré alrededor buscando alguna mosca a la que cargarme. La puerta se abrió de golpe y allí estaba McKelvey y una gran pila de estiércol subnormal. McKelvey me miró y después señaló aaquello. –Éste es Tommy. Tommy me miró con sus ojillos turbios. –Encantao de conócele –dijo. McKelvey sonreía de un modo horrible. –Bueno, Belane, Tommy está aquí simplemente con un propósito, y ese propósito consiste en convertirte lentamente en una mierda sangrante. œVerdad, Tommy? –Uhh, uhh –dijo Tommy. Parecía pesar unos 170 kilos. Bueno, quitándole el sarro se podría quedar en 160. Le dirigí una sonrisa amable. –Mira, Tommy, tú no me conoces, œverdad? –Uhh, uhh. –Así que œpor qué ibas a querer hacerme daño? –Porque el señor McKelvey me lo ha dicho. –Tommy, si el señor McKelvey te dijera que bebieras pipí, œlo harías? –Eh –dijo McKelvey–, deja de confundir a mi muchacho. –Tommy, œte comerías la caca de tu madre simplemente porque el señor McKelvey te hubiera dicho que te la comieras? –œEh? –Calla, Belane, el que habla aquí soy yo. Se volvió hacia Tommy. –Oye, quiero que rompas a este tipo como si fuera un periódico viejo, que le hagas cachitos y los esparzas al viento, œlo has entendido? –Sí, señor McKelvey. –Bueno y, entonces, œa qué estás esperando, a la última rosa del verano? Tommy dio un paso hacia mí. Saqué la Luger del cajón y apunté a la enorme inmensidad de Tommy.
Abrí la puerta y Tommy se arrastró hacia afuera con su elefantito. Se arrastró por el rellano y al devolver mi Luger al bolsillo del abrigo noté que allí había algo, un trozo de papel arrugado. Lo saqué. Era el formulario para el examen escrito de renovación del carnet de conducir. Es- taba lleno de marcas rojas. Me habían cateado. Tiré el papel por encima del hombro y seguí a mis amigos. Llegamos hasta el ascensor y apreté el botón. Me quedé allí tarareando un trozo de ÿCarmenŸ. Después, sin saber por qué, me acordé de haber leído hacía tiempo cómo encontraron a Jimmy Foxx muerto en la habitación de una pensión de mala muerte. Todos esos tipos que se largan de casa. Muertos entre cucarachas. El ascensor llegó. Se abrió la puerta y yo le di una patada a Tommy en el culo. Se arrastró hacia dentro llevando a McKelvey. Dentro había 3 personas que iban de pie, leyendo sus periódicos. Siguieron leyendo. El ascensor bajó. Yo bajé por las escaleras. Necesitaba hacerlo. Me sobraban 6 kilos. Conté 176 escalones y ya estaba en la planta baja. Me paré en la expendeduría de puros, compré uno y elDaily Racing Form. Oí que llegaba el ascensor. Una vez en la calle caminé con decisión entre la contaminación. Tenía los ojos tristes, los zapatos viejos y nadie me quería. Pero tenía cosas que hacer. Yo era Nicky Belane, detective privado.
Por desgracia, aquella tarde acabé en el hipódromo y aquella noche acabé borracho. Pero no estaba perdiendo el tiempo, estaba reflexionando, examinando los hechos. Estaba justo en la cumbre de todo. En cualquier momento tendría la solución. Seguro.
Al día siguiente probé suerte y volví a mi oficina. Después de todo, œqué es un detective sin oficina? Abrí la puerta y œquién estaba allí sentado? No era Céline. Ni el Gorrión Rojo. Era McKelvey. Me dirigió una sonrisa dulce, falsa. –Buenos días, Belane. œQué tal los tienes? –œPor qué lo preguntas? œQuieres vérmelos? –No, gracias.
Entonces se puso a rascarse los suyos bostezando. –Bueno, Nicky, chico, un benefactor misterioso te ha pagado el alquiler de todo el año. Algo en mi interior me decía que la señora Muerte estaba jugando conmigo. –œEs alguien que conozco? –le pregunté. –He jurado por el honor de mi madre no decirlo. –œEl honor de tu madre? Pero si tu madre se ha trajinado más pollos que el tendero de la esquina. McKelvey se puso de pie al otro lado de la mesa. –Tranquilo –le dije–, o te convierto en una canasta de baloncesto. –No me gusta que te metas con mi madre. –œPor qué? La mitad de los tíos de esta ciudad se la han metido. McKelvey vino hacia mí rodeando el escritorio. –Acércate más y te coloco la cabeza en el culo. Se paró. Cuando me tienen hasta las narices se me pone un aspecto temible. –Muy bien –dije–, cuéntame. Ese benefactor... era una mujer, œverdad? –Sí, sí. Nunca había visto una nena como ésa. Tenía los ojos vidriosos, pero siempre los tuvo así. –Venga, Mac, cuéntame. Dime algo más. –No puedo. Lo he prometido. Por el honor de mi madre.
Bueno, de nuevo estaba en mi oficina. Era hora de ponerse a trabajar. Cogí el teléfono y marqué el número de mi corredor de apuestas. –Tony's, Pizzas para Llevar, dígame –contestó. Le di mi nombre en clave. –Soy el señor Muerte Lenta. –Belane –me contestó–, me debes 475 dólares, no puedo tomarte nota. Antes tienes que hacer borrón y cuenta nueva. –Tengo una apuesta de 25. Eso hacen 500. Si pierdo, lo cubro todo, por el honor de mi madre.
Retrocedí. –Comprenderás –dijo Fante– que no podemos dejarte andar por ahí respirando tan contento mientras le debes 500 a Tony. –Dadme 3 días... –Tienes 3 minutos –dijo Dante. –œPor qué habláis por turnos, chicos? –les pregunté–. Primero Dante, luego Fante. Siempre igual. œNunca rompéis el ritmo? –Estamos aquí para romper otra cosa –dijeron los dos a la vez–. – A ti! –Eso ha estado muy bien –dije–. Me ha gustado. – Un dúo!
Ella fue hacia una silla, se sentó, cruzó las piernas y la falda se le quedó muy arriba. Ninguno de nosotros podía dar crédito a aquellas piernas. Ni siquiera yo, que ya las había visto antes. –œQuiénes son estos payasos? –me preguntó. –Son los emisarios de un tipo que se llama Tony.
–Es lo que llaman el divorcio sin culpable. No importa lo que cada uno haga. –œCómo es eso? –Agiliza la justicia, despeja los juzgados. –Pero eso no es justicia. –Ellos creen que sí. Bass se quedó simplemente sentado en la silla, respirando y mirándome. Yo tenía que resolver el asunto Céline y encontrar al Gorrión Rojo y allí estaba aquella bola fofa de carne preocupado porque su mujer estaba echando un polvo con alguien. Por fin habló. –Sólo quiero saberlo. Sólo quiero saberlo por saberlo. –No salgo barato. –œCuánto? –6 dólares la hora. –No me parece mucho. –A mí, sí. œTiene una foto de su mujer? Rebuscó en su cartera, encontró una, me la pasó. La miré.
–Yo estoy normal. œY usted? –Oh, sí, estoy muy bien. –Entonces, no se preocupe. Soy su hombre. Le pillaré el culo. Bass se levantó lentamente de la silla. Fue hacia la puerta y luego se volvió. –Barton le recomienda mucho.
Sáltate el resto de ese día y esa noche. Ninguna acción. No vale la pena hablar de ello.
A la mañana siguiente. A las 8. Yo estaba aparcado en mi Volkswagen Escarabajo enfrente de la casa de Jack Bass. Tenía resaca y estaba leyendo el Los Angeles Times. Pero ya había hecho alguna investigación. La mujer de Bass. Su nombre de pila era Cindy. Cindy Bass, de soltera Cindy Maybell. Los recortes de prensa revelaban que fue durante un breve espacio de tiempo ganadora de un concurso de belleza, Miss Chiles Cocidos en 1990, modelo, actriz a ratitos, que le gustaba esquiar, estudiaba piano y le gustaban el béisbol y el waterpolo. Color favorito: rojo. Fruta favorita: plátano. Le