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Trabajo acerca de Chema Madoz
Tipo: Ejercicios
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1
Antonio García Paz María Mansilla Villalpando La primera obra que se ve al entrar en la sala de la planta uno del Círculo de Bellas Artes no es una fotografía o, al menos, no lo parece. Chema Madoz fotografía un dibujo como diciendo ceci n'est pas une photographie : se trata de una captura instantánea de una posible representación de la realidad dentro de otra realidad que, en este caso, es la de un ojo atravesado por una chincheta. El punctum perfecto. Nada más entrar, uno ya da por sentado que el trabajo del espectador no será pasivo, pues cada una de las fotografías invita a hacer una re exión: «el espectador ve, siente y comprende algo en la medida en que compone su propio poema»^2 (Rancière, 2010). Pero esa mirada principal duele, duele como cuando el perro andaluz quiere cortarse el ojo; duele como cuando « tu mirá se me clava en los ojos como una espá » que cantan Lole y Manuel; duele como dos cosas que encajan a la perfección círculo con círculo y que, cuando se separaran, producen en el sujeto un desdoblamiento. O podría verse también, en la chincheta, el ojo re ejado que observa su propio iris: un espejo platónico. El ojo se mira a sí mismo en introspección para incidir en la multiplicidad de su ser, para observar esa fragmentariedad a lada que nalmente desemboca en dolor (^2) RANCIÈRE, Jacques.: El espectador emancipado. 2010. Castellón. Ellago Ed. (Página 20). (^1) MADOZ, Chema (2021). El arte tiene un punto de inútil/Entrevistado por Henrique Mariño. Diario El Público.
potencial. Siguiendo la idea de la introspección freudiana, la chincheta podría invitar a la excavación profunda del inconsciente y desvelar pasados oscuros. Este inconsciente óptico del que ya hablaban los surrealistas, en palabras de André Bretón: «los ojos existen en estado salvaje», se presenta a través de la cámara de Madoz como un inconsciente instintivo^3. Siguiendo con esta serie de interpretaciones in nitas de la primera fotografía, podría verse la chincheta como una lentilla que se inserta en el ojo, unas gafas con las que mirar el mundo, invitando nuevamente a pensar la imagen. Como diría Lacan: «la imagen sin duda, está en mi ojo. Pero yo estoy en la imagen». Si nos dejamos guiar ahora por el título que el autor le imprime: «confianza en el anteojo, no en el ojo» (César Vallejo, Poemas humanos ) se podría decir que Madoz alerta sobre el ojo que no ve más allá de la lentilla, de un posible artefacto impuesto, de la necesidad de ir al oculista para revisarse cada uno las gafas con las que ve el mundo y, de esa manera, no acabar pinchándose. O quizá, el autor subvierte el sentido de « anteojo » a lo que está « antes del ojo » -el propio cerebro humano- abogando así por el « Pienso, luego existo » de Descartes. Sea como sea, esa mirada realmente duele. En el holismo fotográ co de Madoz, la crueldad no es violenta en acto. Está siempre vendada o a punto de suceder. Una inquietud inmanente que sugiere pero que no ataca en ningún momento. Despierta así en el espectador un estado de alerta que busca interpretar la obra en un océano de posibilidades. La identidad de los objetos desnuda una bilateralidad llena de caminos que abren el mundo a una in nitud interpretativa, tal y como lo hacía Magriette. Otro elemento que podría decirse que comparten Magriette y Madóz sería esa obviedad, esa posibilidad de que lo sugerido parece una obviedad nunca dicha que el espectador puede reconocer y apropiar, como si a él mismo esa idea se le hubiera podido ocurrir de antemano. (^3) CASTRO FLÓREZ, Fernando. (Diciembre, 2013). Las losofías del surrealismo. [https://www.youtube.com/watch?v=ZgMEtyoudP4 ] Museo Nacional Thyssen-Bornemisza.
En un intento de buscar similitudes, como hacen constantemente Magritte y Madoz, se podrían relacionar las dos imágenes -la huella y la pluma- al encontrarse el mismo objeto punzante en ambas: la aguja. La similitud de ambas imágenes nos permite pensar en la aguja como un elemento recursivo de Madoz, al igual que la cruz, el reloj sin agujas y la máscara como cadáver. Estos objetos no tienen por qué simbolizar algo en concreto, pero dejan en el espectador una curiosidad ciega que pretende destapar el no velo entre la causalidad y el azar. El poema que acompaña a esta gura no ayuda a despojar la similitud. Podría parecer que el autor hace un guiño a esta primera fotografía, pues el poema entero de César Vallejo contiene un ala: «Confianza en el anteojo, no en el ojo; en la escalera, nunca en el peldaño; en el ala, no en el ave y en ti sólo, en ti sólo, en ti sólo». Mientras que el poema de esta segunda fotografía contiene un ojo, recita: «Lo más leve: ¿la pluma? Lo más leve. En mitad de lo abierto corre un río. Corre un río. En lo abierto. La punzada, en el ojo. Su deriva. Su relieve escondido. Densidad. Y el animal, ausente… y el acero. La punzada en el aire, en pleno vuelo, y, en el vuelo, la sombra. Sangre blanca». La instantánea se torna epíteto, pues la pluma triplica su peso con la aguja de por medio. El epíteto se resuelve como forma de mostrar la densidad de la propia vida, los años caen como caen las plumas en los animales. Tirando de este hilo, la aguja escondida mostraría la forma en la que el objeto permanece ausente. La ausencia del propio concepto, del propio animal o del rostro humano al completo, en el caso de la primera imagen. El concepto parece estar escondido detrás de una paloma blanca que vuela en libertad, pero que ni la propia fotografía deja ver «y el animal ausente… y el acero». Quizá cuanto más vuela libre la paloma, más agujas le clavan, quizá se las clava Dios, quizá se las clavan los Otros o quizá se las clava su propia sombra. La cuestión reside en que la sangre blanca llegará de una u otra manera.
Para concluir, se podría plantear que la idea de Chema Madoz fuese una invitación a terapia, donde el espectador hace una pausa y, a través de una serie de fotografías, libera la caja de pandora que lleva dentro. Es decir, la observación de cada cuadro sería una invitación a hablar con la mente del autor y, al mismo tiempo, con la de uno mismo sobre lo expresado y no expresado, lo dicho y lo no dicho, lo que es y lo que no es... De esta manera, se produciría algo parecido a las terapias freudianas: el espectador habla uidamente sin pensar e intenta desnudar el cuadro desnudándose a sí mismo en sintonía. En todo caso, se podría decir que la mayoría de las fotografías de Madoz son situaciones deliberadas (o elaboradas), la decisión de un esfuerzo, el arte instantáneo de la fotografía a través de la mediación de la máquina^9. La máquina Magritte que producía cuadros, podría traducirse a un ejercicio de la sensibilidad del ojo, pero la facilidad de la acción de fotogra ar no implica que el fotógrafo sea menos artí ce que el pintor, sino que es una manera promiscua de ver que convierte al espectador en voyager^10 de su propia visita. Por lo tanto, la crueldad acabaría entendida como una ardiente deseo de creación in nita de signi cado, un devenir inquieto de los hijos de la fantasía, como decía Bécquer en el principio de Rimas: «Por los tenebrosos rincones de mi cerebro, acurrucados y desnudos, duermen los extravagantes hijos de mi fantasía, esperando en silencio que el arte los vista de la palabra [ … ] padres que engendran más hijos de los que pueden alimentar»^11 (^11) BÉCQUER, Gustavo Adolfo.(1871). Rimas y leyendas. (Madrid). (Introducción). (^10) DORFLES, Gillo. (1974). Las oscilaciones del gusto. (Barcelona). (^9) SONTAG, Susan. (1996). Sobre la fotografía. (Madrid).
Portafolio artístico Ojos occidentales (En orden de izquierda a derecha):