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Asignatura: medieval siglos xi al xv, Profesor: enrique cruselles, Carrera: Història, Universidad: UV
Tipo: Apuntes
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MONZÓN HERRERO Carmen Historia Grupo B. Segundo.
El texto es una de las numerosas crónicas escritas por el historiador y poeta francés Jean Froissart, capellán del conde de Blois y canónigo de Chimai que dedicó el final de su vida a la redacción de sus Chroniques (1371-1400) donde narró entre otras cosas los avatares de la Guerra de los Cien Años. Su obra está compuesta de cuatro volúmenes (Crónicas de Francia, Inglaterra y de los países vecinos),reflejan los reinados de los dos primeros Valois en sus aspectos más característicos. Menciona a Jhohn Hawkwood el cual había participado en la guerra de los Cien Años hasta el tratado de Brétigny en 1360. Este tratado puso fin a la primera de las cuatro fases en las que se puede dividir esta guerra. Por este acuerdo recuperó la libertad el rey Juan II de Francia, que había sido capturado en la batalla de Poitiers, por la parte de Inglaterra gobernaba el rey Eduardo III. Esta última fue la gran beneficiada en este tratado, ya que además de recibir una compensación económica, se les dejó a los ingleses Calais, Guines, Ponthieu y gran parte de Aquitania (Guyena, Gascuña, Quercy, Rouerge, Limousin y Poitou), territorios sobre los cuales el rey de Francia cedía su soberanía y Eduardo III renunciaba a sus derechos sobre el trono de Francia. Francia sufrió mucho durante la primera etapa de la guerra de los Cien Años debido a las desastrosas derrotas militares ante los ingleses que además se vieron acompañadas por los estragos de la peste negra, las turbulencias políticas y el pillaje: las Compañías Libres. La escasa eficacia y los problemas de reclutamiento que presentaba la leva de tipo feudal para los conflictos de larga duración hicieron necesaria la movilización de cuerpos permanentes de soldados, prontos a entrar en combate a las órdenes de uno u otro señor. Las compañías representaron pues, una forma de transición entre el ejército feudal de carácter vasallático y el ejército permanente al servicio del estado. Sería en la Italia de los siglos XIV y XV donde la compañía, llamada allí condotta, alcanzaría su forma más acabada, convirtiéndose en un cuerpo permanente de tropas al servicio de un caudillo carismático, el condottiero. Aun cuando esta paz fue bien recibida por ambas partes muchos de los soldados que habían hecho la guerra se encontraron desocupados y se agruparon en compañías bajo el mando de capitanes tales como John Hawkwood. Este valiente caballero según refiere Froissart en sus Crónicas, pensó que al ser un pobre y joven caballero, no le sería de ningún provecho regresar a Inglaterra, por lo que se trasladó a Italia, donde ofreció sus servicios al Papa Urbano y a otros personajes destacados de la época.
recompensa la mano de la hija de uno de los señores a los que servía. Así el Gran Duque Visconti de Milán, casó a una de sus hijas con John Hawkwood, convirtiéndole así en un noble y rico propietario. En el siglo XIV estos caballeros fueron muy numerosos y guerrearon por toda Europa en las llamadas “Free Companies” impulsados por su único afán del dinero y de una vida independiente. De esta manera los ejércitos, en vez de estar formados por los habitantes de una nación, tenían un gran número de caballeros mercenarios. Esta nueva situación propició el que se formaran estas compañías guerreras en diferentes países y durante largos períodos de tiempo, como sucedió con la Guerra de los Cien Años entre Francia e Inglaterra. Hacia 1360 la “gran compañía” era una societas societatum, es decir un conjunto de cuerpos francos que habían reconocido mediante una especie de elección a un jefe supremo y en cuyo seno imperaba la lealtad corporativa. El caso paradigmático de estas compañías permanentes fue la Compañía Blanca capitaneada por Hawkwood y llamada así porque sus hombres llevaban un arnés blanco, sin recubrir de paño (posteriormente se conocería de forma genérica a estas bandas como “compañías blancas”). Sin embargo la forma más típica y acabada de las compañías permanentes se daría en la Italia renacentista, donde las condotte se convirtieron en verdaderos ejércitos autónomos que, en muchos casos tuvieron en sus manos la política de los estados. Los caballeros mercenarios supusieron también un peligro al encontrarse muchas veces sin empleo y ser la guerra su único oficio conocido, por lo que en muchas zonas, sobre todo de Francia e Italia, se dedicaron exclusivamente a la rapiña, y los daños causados solo fueron superados por la Peste Negra. Las diversas compañías carecían de un plan conjunto. Cada una de ellas -compuesta a lo sumo, por unos pocos centenares de hombres- actuaba de forma independiente. Ni Juan el Bueno ni Carlos V pudieron realizar el esfuerzo económico suficiente para librar a los países de esta plaga. El papa lanzaba continuas excomuniones sobre los routiers y los cristianos que osaran comerciar con ellos, pero estas sanciones resultaban de escasa eficacia. El peso de la defensa contra los mercenarios recaía invariablemente sobre la población. En la mayoría de los casos se optó por comprar su retirada, lo que provocaba un perpetuo desplazamiento del problema. La única forma de librarse de los bandidos era mandarles a luchar a otra parte, con la promesa de sustanciosas ganancias. Carlos V intentó apartarles de su reino enviándolos primero a Hungría, con el pretexto de contener el avance de los turcos y enmascarando la añagaza de cruzada. Pero los routiers se negaron a marchar a los confines orientales de Europa, ya que estaban muy lejos de sus centros de operaciones tradicionales.