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Comentario de texto 4, Apuntes de Historia

Asignatura: Introducció a la Història, Profesor: Marc Baldó, Carrera: Història, Universidad: UV

Tipo: Apuntes

2017/2018

Subido el 13/01/2018

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ALCALÁ GALIANO: TESTIMONI DE L’ENTRADA DE TROPES A MADRID
L’ESTIU DE 1808
“Llegó, por fin, el tan suspirado día de ver los madrileños tropas españolas de
las que habían vencido a los franceses. Mal representante de nuestros ejércitos con el de
Valencia, que entró en esta capital el 13 o 14 de agosto [de 1808]. Los soldados, mal
vestidos, con los zaragüelles provinciales y mantas y fajas, con los sombreros redondos,
cubiertos de malas estampas de santos, desgreñados, sucios, de rostro feroz, de modos
violentos, en que se veía carecer de toda disciplina, presentaban un aspecto repugnante.
A la preocupación que daba a temer de tan malas trazas, nada mejores hechos se
agregaba saberse los horrorosos asesinatos cometidos en Valencia en las personas de
franceses no militares e indefensos, y se suponía, quizá en algún caso con verdad, que
había entre aquellos soldados varios asesinos, y de cierto si no los había, abundaban los
muy capaces de serlo. El buen general Llamas, que los mandaba, tenía apariencias de
oficial antiguo y buen caballero, pero no de guerrero a la moderna. Ello es que en
Madrid se llenó de terror la gente de educación y de clase mediana al ver campeando
por las calles aquella gente con guitarras, cantando y a la par amenazando, entrándose a
los conventos a pedir a las monjas alguna estampa más que poner a sus sombreros
cargados de ellas, y dejando asomar puñales que contrastaban con las imágenes devotas.
Al revés, la plebe y de ésta especialmente la parte acostumbrada o aficionada a
crímenes, o si no tanto, a excesos y alborotos, miraba a los recién llegados como
amigos, y en caso de necesidad como apoyos con que podían contar de seguro. No
salieron fallidas las malas esperanzas, ni vanos los justos temores. A los dos o tres días
de la entrada de los valencianos, hubo un alboroto en las cercanías de la plaza de la
Cebada, en que cayó muerto un sujeto cuyo nombre y calidad no pudieron averiguarse,
como tampoco la causa de su trágico fin, y el cadáver fue arrastrado [...]. Súpose que el
general Llamas había acudido a impedir el asesinato de que sus soldados eran
participantes, y que, sobre ser desobedecido, había sido amenazado de muerte. Cundió
el terror por Madrid, por lo mismo que se ignoraba quién era la víctima, de modo que
nadie podía creerse en plena seguridad.
Así, la estancia de los valencianos en Madrid estaba considerada como una
desdicha. Por lo mismo se deseaba la llegada del Ejército andaluz, del cual se sabía que
era compuesto de tropas disciplinadas.
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ALCALÁ GALIANO: TESTIMONI DE L’ENTRADA DE TROPES A MADRID

L’ESTIU DE 1808

“Llegó, por fin, el tan suspirado día de ver los madrileños tropas españolas de las que habían vencido a los franceses. Mal representante de nuestros ejércitos con el de Valencia, que entró en esta capital el 13 o 14 de agosto [de 1808]. Los soldados, mal vestidos, con los zaragüelles provinciales y mantas y fajas, con los sombreros redondos, cubiertos de malas estampas de santos, desgreñados, sucios, de rostro feroz, de modos violentos, en que se veía carecer de toda disciplina, presentaban un aspecto repugnante. A la preocupación que daba a temer de tan malas trazas, nada mejores hechos se agregaba saberse los horrorosos asesinatos cometidos en Valencia en las personas de franceses no militares e indefensos, y se suponía, quizá en algún caso con verdad, que había entre aquellos soldados varios asesinos, y de cierto si no los había, abundaban los muy capaces de serlo. El buen general Llamas, que los mandaba, tenía apariencias de oficial antiguo y buen caballero, pero no de guerrero a la moderna. Ello es que en Madrid se llenó de terror la gente de educación y de clase mediana al ver campeando por las calles aquella gente con guitarras, cantando y a la par amenazando, entrándose a los conventos a pedir a las monjas alguna estampa más que poner a sus sombreros cargados de ellas, y dejando asomar puñales que contrastaban con las imágenes devotas. Al revés, la plebe y de ésta especialmente la parte acostumbrada o aficionada a crímenes, o si no tanto, a excesos y alborotos, miraba a los recién llegados como amigos, y en caso de necesidad como apoyos con que podían contar de seguro. No salieron fallidas las malas esperanzas, ni vanos los justos temores. A los dos o tres días de la entrada de los valencianos, hubo un alboroto en las cercanías de la plaza de la Cebada, en que cayó muerto un sujeto cuyo nombre y calidad no pudieron averiguarse, como tampoco la causa de su trágico fin, y el cadáver fue arrastrado [...]. Súpose que el general Llamas había acudido a impedir el asesinato de que sus soldados eran participantes, y que, sobre ser desobedecido, había sido amenazado de muerte. Cundió el terror por Madrid, por lo mismo que se ignoraba quién era la víctima, de modo que nadie podía creerse en plena seguridad. Así, la estancia de los valencianos en Madrid estaba considerada como una desdicha. Por lo mismo se deseaba la llegada del Ejército andaluz, del cual se sabía que era compuesto de tropas disciplinadas.

El 24 de agosto, si no me es infiel mi memoria, fue cuando los vencedores de Bailén pisaron las calles de la capital, por su esfuerzo y fortuna liberada del odioso yugo. Era de esperar un entusiasmo loco en el recibimiento hecho a tales tropas, y con todo, si bien hubo grandes aplausos, se notaba menos ardor en los que aplaudían. Lo que más o lo que primero llamó la atención del público, fue el corto cuerpo de lanceros de Jerez, que venían delante. Desde largos años no veían los españoles en su Ejército lanzas ni corazas, y en las tropas francesas habían visto estas armas, que creían desechadas y olvidadas, vueltas a uso. Ahora, pues, pensando en las garrochas con que pican nuestros campesinos o picadores en las plazas a los toros, se creyó que habían dado con un medio de contrarrestar a los lanceros polacos, no dudando la vanidad nacional de que se haría con ventaja. Y se contaba que así había sucedido en Andalucía, donde habían sido ensartados los franceses en las garrochi-lanzas jerezanas. Venían los lanceros vestidos no con uniformes al uso común, sino como los hombres del campo de Jerez, con sombrero de copa baja, muy parecidos a los que hoy llamamos calañeses, y con traje semejante al que llevarían si fuesen a picar reses en el campo. Daba realce a esta apariencia ser andaluces los lanceros, y como tales alegres y decidores, y sus gracias gustaban, aunque no fuesen de las mejores, por lo mismo que se los suponía graciosos, de modo que era un enviar y recibir dichetes lo que se oía alrededor de aquella gente. Las demás tropas tenían mediano aspecto, no como las valencianas, no como las mejores francesas; llevando aún la Infantería el sombrero de picos, hoy dicho apuntado, el cual era entonces pequeño. Al recordar las gentes el porte marcial de los soldados de la guardia imperial francesa, que llevaba consigo el vencido Dupont, pasmaba considerar que se habían rendido a hombres de muy inferior aspecto como militares.”

Antonio Alcalá Galiano, “Recuerdos de un anciano”, incluido en Memorias de D. Antonio Alcalá Galiano , 2 t., Madrid, Biblioteca de Autores Españoles, 1955, t. I, pp. 44-45 (1ª edición en Madrid, Biblioteca Clásica, 1878.)