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Orientación Universidad
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Comentario texto medieval, Apuntes de Fisiología

Asignatura: fisiologia, Profesor: emilio de Miguel, Carrera: Filología Hispánica, Universidad: USAL

Tipo: Apuntes

2016/2017

Subido el 20/06/2017

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EL CORONEL NO TIENE QUIEN LE ESCRIBA
(fechada en enero de 1957, publicada en 1961)
Su obra favorita: “Debí escribir CIEN AÑOS DE SOLEDAD para
publicar EL CORONEL…”.
Para García Márquez, tomando como ejemplo La peste de Albert
Camus, lo que hay que recrear en una novela de la violencia no es la
lista de los muertos, sino el drama de los vivos.
El coronel no tiene quien le escriba fue escrito en plena boga de la
novela de la violencia (1946-66). Según el autor, el motivo para
escribir El coronel, su siguiente novela, La mala hora (1962) y los
cuentos de Los funerales de Mamá Grande (1962) fue
comprometerse con la realidad violenta de su país. A diferencia de
algunos de los novelistas de la violencia, lo que le interesaba desde
el comienzo no era el reportaje de la violencia misma, sino “la raíz
de esa violencia, los móviles de esa violencia y, sobre todo, las
consecuencias de esa violencia”. De hecho, en El coronel, la
violencia no aparece directamente con matanzas o torturas, sino que
sólo se siente de una manera sutil; en el escenario novelístico los
actos violentos ya pasaron dejando apenas algunas huellas, y el
protagonista es el coronel veterano que ha sobrevivido sucesivas
guerras y la época de la violencia.
En torno al protagonista, el coronel veterano de la guerra civil,
García Márquez cuenta una anécdota, ya conocida, sobre la
coincidencia de la situación en que él mismo se encontraba en París
al empezar a escribir El coronel. Su estado angustioso de estar
esperando interminablemente los cheques del periódico El
Espectador, paralizado por la opresión política, le recuerda una
imagen que tuvo muchos años antes de un hombre “contemplando
las barcas en el mercado de pescados de Barranquilla”, y de la
identificación con ese hombre imaginario que va a ser el coronel,
nace la novela.
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EL CORONEL NO TIENE QUIEN LE ESCRIBA

(fechada en enero de 1957, publicada en 1961) Su obra favorita: “Debí escribir CIEN AÑOS DE SOLEDAD para publicar EL CORONEL…”.

Para García Márquez, tomando como ejemplo La peste de Albert Camus, lo que hay que recrear en una novela de la violencia no es la lista de los muertos, sino el drama de los vivos.

El coronel no tiene quien le escriba fue escrito en plena boga de la novela de la violencia (1946-66). Según el autor, el motivo para escribir El coronel, su siguiente novela, La mala hora (1962) y los cuentos de Los funerales de Mamá Grande (1962) fue comprometerse con la realidad violenta de su país. A diferencia de algunos de los novelistas de la violencia, lo que le interesaba desde el comienzo no era el reportaje de la violencia misma, sino “la raíz de esa violencia, los móviles de esa violencia y, sobre todo, las consecuencias de esa violencia”. De hecho, en El coronel, la violencia no aparece directamente con matanzas o torturas, sino que sólo se siente de una manera sutil; en el escenario novelístico los actos violentos ya pasaron dejando apenas algunas huellas, y el protagonista es el coronel veterano que ha sobrevivido sucesivas guerras y la época de la violencia.

En torno al protagonista, el coronel veterano de la guerra civil, García Márquez cuenta una anécdota, ya conocida, sobre la coincidencia de la situación en que él mismo se encontraba en París al empezar a escribir El coronel. Su estado angustioso de estar esperando interminablemente los cheques del periódico El Espectador , paralizado por la opresión política, le recuerda una imagen que tuvo muchos años antes de un hombre “contemplando las barcas en el mercado de pescados de Barranquilla”, y de la identificación con ese hombre imaginario que va a ser el coronel, nace la novela.

Esta técnica, al nivel superficial del texto, se manifiesta como el estilo escueto y cinematográfico en el que algunos críticos vieron la influencia de Ernest Hemingway (Rama, 1981, 32; Collazos, 1983, 53), para limitar a lo mínimo la intervención del narrador.

RASGOS DE LA NEOVANGUARDIA: la eliminación del fatalismo, por un lado, y el manejo del tiempo, por otro. El tiempo y el idealismo crean en la novela las tensiones constantes que constituyen el mismo “vivir” del coronel.

IDEALISMO

Mario Vargas Llosa plantea, apoyándose en la teoría de Lukács, que el coronel es el héroe que continúa la tradición del idealismo abstracto de Don Quijote y Julián Sorel, en la medida en que trata de imponer su idealismo a la sociedad dominada por otro criterio de vida (Vargas Llosa, 1971, 295-296); el coronel es “una reliquia” o “una pieza de museo” (307) que representa los valores ya no vigentes en la actualidad, y por tratar de imponer su criterio antiguo ante la realidad histórica materialista, representada por don Sabas y los comerciantes sirios, tiene que seguir sufriendo el hambre y la miseria.

INFLUENCIAS LITERARIAS: KAFKA, HEMINGWAY Y FAUKLNER, RULFO.

INFLUENCIA DEL NEORREALISMO ITALIANO: MILAGRO EN MILÁN, de Vittorio de Sica (1951) y Cesare Zavattini como guionista.

La homenajea en “Milagro en Roma”, incluida en Doce cuentos peregrinos.

Aunque contiene elementos fantásticos, constituye con "Ladrón de bicicletas" y "Umberto D." la gran trilogía neorrealista de De Sica.

cuenta y a lo lejos ve como el ladrón se va con el maletín y Totó le sigue.

Cuando consigue alcanzarlo, le pide el maletín amablemente que se lo devuelva confesándole que no lleva nada de valor. Pero el ladronzuelo se lo devuelve diciéndole que le gustaba el maletín.

Totó se lo queda mirando y se lo regala sin sus pertenencias. El ladrón se pone muy contento, y Totó le pregunta donde podía pasar la noche. El ladrón viendo su amabilidad le invita a pasar la noche en su casa.

Cuando amanece, en la pantalla vemos a un campo desolado con pequeñas chozas hechas con cuatro chapas donde otros pobres se refugian del inmenso frío. Vemos a Totó que sale de una de esas chabolas dando las gracias y contento pero tiritando de frío. Cuando de repente aparece el Sol, todos acuden a calentarse al rayo solar. Una imagen impactante, donde se puede apreciar la más alta cumbre de la pobreza. Un extraordinario Vittorio de Sica, donde supo exponer y dar significado a esa luz.

De repente viene un extraño y frío vendaval, y Totó protege a una niña con la que estaba jugando, y el viento se lleva todas las chapas de las chabolas perdiéndose en el aire.

Al paso de unos días, Totó se ha hecho como un líder carismático, donde ha logrado construir una especie de barrio con sus calles de los mismos desechos de las basuras. Todo es reutilizable y de gran utilidad. Todos los indigentes cooperan formando un gran grupo de trabajo, con Totó han reencontrado la ilusión y la esperanza dentro de su pobreza. Donde pueden comprobar que tienen donde vivir aunque sea en miserias y en chabolas. Totó no deja a ninguno sin atender, ofreciéndose amablemente a todos. De Sica sigue

mostrando perfectamente los sentimientos y las carencias humanas tan como lo hizo en su famosa película "El ladrón de bicicletas"

Van apareciendo más pobres y necesitados que necesitan cobijo, y Totó y los suyos siguen su solidaridad ofreciendo casas y coolaboración. Poco a poco va formándose y naciendo un nuevo pueblo inclusive con una figura femenina que se rige como un monumento al que levantan encontrado también en las basuras.

De repente aparecen las instituciones con un gran capitalista inversor e inmobiliario llamado Mobi, con planes de construir en ese descampado unos edificios. Cuando ve a todos esos pobres e indignados no le faltan palabras para salir del paso y salvar su presencia engañándoles y prometiéndoles con cuatro simbólicas tonterías.

Cuando ya está casi terminado el pueblo, hacen como una especie de inauguración con actos y juegos populares. También se rifa un único pollo frito, que el afortunado agraciado no se acaba de creer. Se come el pollo entero en presencia de todos como si fuera un espectáculo, y cuando termina su banquete, es inmensamente aplaudido. También forma parte de un espectáculo, la contemplación de la puesta de Sol.

En el transcurso de la fiesta, intentan colocar un poste para un juego. En el intento de hacer el agujero aparece un líquido que no es agua, sino dicen ser que es petróleo. Enseguida un traidor con aires de grandeza, coge una muestra en una vieja lata y no tarda en avisar al inversor Mobi.

El capitalista Mobi no tarda en aparecer con los suyos y su guardia personal para desalojarlos. Pero Totó y una representación del pueblo se plantan haciendo frente y resistencia a su desalojo, formando barricadas con todas sus míseras pertenencias. La policía no tarda en combatir con gases y chorros de agua a la multitud que formaba resistencia. De Sica introduce como solución al conflicto,

de dar cuerda al reloj” (El coronel, 9); “Al día siguiente esperó las lanchas frente al consultorio del médico” (30); “El dos de noviembre [...] la mujer llevó flores a la tumba de Agustín” (41). Sin embargo, en esta cronología exterior confluyen insistentemente el peso de los sucesos pasados y las expectativas hacia el futuro, ya interiorizados en la mente del coronel, para configurar el presente novelístico en que el coronel no tiene nada que hacer sino esperar. Desde el lado del pasado, “cincuenta y seis años desde que terminó la última guerra civil” (7), muchos años en que no tenían un muerto natural en el pueblo (11), nueve meses desde la muerte de su hijo (17), casi sesenta años desde que se firmó el tratado de Neerlandia (35), medio siglo que el coronel necesitó “para darse cuenta de que no había tenido un minuto de sosiego después de la rendición” (59) y, finalmente, los setenta y cinco años de su vida para llegar al instante de emitir un “mierda” (85). Desde el lado del futuro, dos años que faltan para que se cumpla la hipoteca de la casa (40), el tiempo indeterminable para que le llegue la carta de pensión y cuarenta y cuatro días que faltan para la pelea del gallo (82), todos estos pesos del tiempo interiorizado hacen angustiosa la espera del coronel.

La mayoría de estas marcas del pasado y del futuro aparecen asociadas con algún elemento material, especialmente con la carta de pensión y el gallo.

El coronel, por estar rodeado de objetos que le recuerdan su ubicación entre el pasado y el futuro, tiene que vivir bajo esta tensión del tiempo. Especialmente la existencia del reloj, al que el coronel da cuerda todos los días, le recuerda sin piedad el avance del tiempo. A pesar de que tiene “deseos de olvidarse de todo, de dormir de un tirón cuarenta y cuatro días y despertar el veinte de enero a las tres de la tarde en la gallera y en el momento exacto de soltar el gallo” (82) y quiere caer al “fondo de una substancia sin tiempo y sin espacio” (84), este reloj, que nunca se vendió a pesar de un intento realizado por el mismo coronel, no le permite escaparse de este presente angustioso.

SÍMBOLOS

RELOJ

CARTA

GALLO

PARAGUAS

ESPEJO

BOTINES

CIRCO

REALISMO MÁGICO

El coronel parece hablar con el muerto y habla en sueños con el Duque de Marlborough.

INTERTEXTUALIDAD

Hay un aspecto importante respecto de esta tensión entre los estilos narrativos de ambas novelas y es, precisamente, la intertextualidad manifestada en El Coronel No Tiene Quien Le Escriba –fechada en París, enero de 1957-: las referencias a Macondo, al Coronel Aureliano Buendía, y a otros muchos hechos y personajes de Cien Años de Soledad, constituyen una lista importante teniendo en cuenta la mínima extensión de la novela. Además, la intertextualidad no se limita a una simple mención de ciertos espacios claves, sino que emerge de forma significativa para la historia: el Coronel ha huido de Macondo una vez iniciada la fiebre del banano, ha conocido personalmente a Aureliano Buendía, sueña con el Duque de Malborough –el Mambrú de la canción popular-, etcétera.

Habla de personajes que sólo aparecerán con su historia completa en una obra publicada diez años después, pero, al mismo tiempo, los refiere en la ficción dentro de situaciones que ya ocurrieron hace

documento dio la vuelta completa a la mesa, en medio de un silencio tan nítido que habrían podido descifrarse las firmas por el garrapateo de la pluma en el papel, el primer lugar estaba todavía en blanco. El coronel Aureliano Buendía se dispuso a ocuparlo. -Coronel -dijo entonces otro de sus oficiales-, todavía tiene tiempo de quedar bien. Sin inmutarse, el coronel Aureliano Buendía firmó la primera copia. No había acabado de firmar la última cuando apareció en la puerta de la carpa un coronel rebelde llevando del cabestro una mula cargada con dos baúles. A pesar de su extremada juventud, tenía un aspecto árido y una expresión paciente. Era el tesorero de la revolución en la circunscripción de Macondo. Había hecho un penoso viaje de seis días, arrastrando la mula muerta de hambre, para llegar a tiempo al armisticio. Con una parsimonia exasperante descargó los baúles, los abrió, y fue poniendo en la mesa, uno por uno, setenta y dos ladrillos de oro. Nadie recordaba la existencia de aquella fortuna. En el desorden del último año, cuando el mando central saltó en pedazos y la revolución degeneró en una sangrienta rivalidad de caudillos, era imposible determinar ninguna responsabilidad. El oro de la rebelión, fundido en bloques que luego fueron recubiertos de barro cocido, quedó fuera de todo control. El coronel Aureliano Buendía hizo incluir los setenta y dos ladrillos de oro en el inventario de la rendición, y clausuró el acto sin permitir discursos. El escuálido adolescente permaneció frente a él, mirándolo a los ojos con sus serenos ojos color de almíbar. -¿Algo más? -le preguntó el coronel Aureliano Buendía. El joven coronel apretó los dientes. -El recibo -dijo. El coronel Aureliano Buendía se lo extendió de su puño y letra. Luego tomó un vaso de limonada y un pedazo de bizcocho que repartieron las novicias, y se retiró a una tienda de campaña que le habían preparado por si quería descansar. Allí se quitó la camisa, se sentó en el borde del catre, y a las tres y cuarto de la tarde se disparó un tiro de pistola en el círculo de yodo que su médico personal le había pintado en el pecho. A esa hora, en Macondo, Úrsula destapó la olla de la leche en el fogón, extrañada

de que se demorara tanto para hervir, y la encontró llena de gusanos -¡Han matado a Aureliano! -exclamó. Miró hacia el patio, obedeciendo a una costumbre de su soledad, y entonces vio a José Arcadio Buendía, empapado, triste de lluvia y mucho más viejo que cuando murió. «Lo han matado a traición -precisó Úrsula- y nadie le hizo la caridad de cerrarle los ojos.» Al anochecer vio a través de las lágrimas los raudos y luminosos discos anaranjados que cruzaron el cielo como una exhalación, y pensó que era una señal de la muerte. Estaba todavía bajo el castaño, sollozando en las rodillas de su esposo, cuando llevaron al coronel Aureliano Buendía envuelto en la manta acartonada de sangre seca y con los ojos abiertos de rabia. Estaba fuera de peligro. El proyectil siguió una trayectoria tan limpia que el médico le metió por el pecho y le sacó por la espalda un cordón empapado de yodo. «Esta es mi obra maestra -le dijo satisfecho-. Era el único punto por donde podía pasar una bala sin lastimar ningún centro vital.» El coronel Aureliano Buendía se vio rodeado de novicias misericordiosas que entonaban salmos desesperados por el eterno descanso de su alma, y entonces se arrepintió de no haberse dado el tiro en el paladar como lo tenía previsto, sólo por burlar el pronóstico de Pilar Ternera.

Se debe comparar este párrafo con la página 19 de nuestra edición de EL CORONEL…