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Orientación Universidad
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Como canta una ciudad, Traducciones de Literatura

Federico Garcia Lorca describe Granada con sonidos y canciones populares

Tipo: Traducciones

2018/2019

Subido el 01/11/2019

WBKurtz
WBKurtz 🇪🇸

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Señoras y señores:
Siempre que hablo ante mucha gente me parece que me he equivocado de puerta.
Unas manos amigas me han empujado y me encuentro aquí. La mitad de la gente va
perdida entre telones, árboles pintados y fuentes de hojalata y, cuando creen
encontrar su cuarto o círculo de tibio sol, se encuentran con un caimán que los
traga o… con el público como yo en este momento. Y hoy no tengo más espectáculo
que una poesía amarga, pero viva, que creo podrá abrir sus ojos a fuerza de
latigazos que yo le dé.
He dicho «un poeta en Nueva York» y he debido decir «Nueva York en un poeta». Un
poeta que soy yo. Lisa y llanamente; que no tengo ingenio ni talento pero que
logro escaparme por un bisel turbio de este espejo del día, a veces antes que
muchos niños. Un poeta que viene a esta sala y quiere hacerse la ilusión de que
está en su cuarto y que vosotros… ustedes sois mis amigos, que no hay poesía
escrita sin ojos esclavos del verso oscuro ni poesía hablada sin orejas dóciles,
orejas amigas donde la palabra que mana lleve por ellas sangre a los labios o
cielo a la frente del que oye.
De todos modos hay que ser claro. Yo no vengo hoy para entretener a ustedes. Ni
quiero, ni me importa, ni me da la gana. Más bien he venido a luchar. A luchar
cuerpo a cuerpo con una masa tranquila porque lo que voy a hacer no es una
conferencia, es una lectura de poesías, carne mía, alegría mía y sentimiento
mío, y yo necesito defenderme de este enorme dragón que tengo delante, que me
puede comer con sus trescientos bostezos de sus trescientas cabezas defraudadas.
Y esta es la lucha; porque yo quiero con vehemencia comunicarme con vosotros ya
que he venido, ya que estoy aquí, ya que salgo por un instante de mi largo
silencio poético y no quiero daros miel, porque no tengo, sino arena o cicuta o
agua salada. Lucha cuerpo a cuerpo en la cual no me importa ser vencido.
Convengamos en que una de las actitudes más hermosas del hombre es la actitud de
san Sebastián.
Así pues, antes de leer en voz alta y delante de muchas criaturas unos poemas,
lo primero que hay que hacer es pedir ayuda al duende, que es la única manera de
que todos se enteren sin ayuda de inteligencia ni aparato crítico, salvando de
modo instantáneo la difícil comprensión de la metáfora y cazando, con la misma
velocidad que la voz, el diseño rítmico del poema. Porque la calidad de una
poesía de un poeta no se puede apreciar nunca a la primera lectura, y más esta
clase de poemas que voy a leer que, por estar llenos de hechos poéticos dentro
exclusivamente de una lógica lírica y trabados tupidamente sobre el sentimiento
humano y la arquitectura del poema, no son aptos para ser comprendidos
rápidamente sin la ayuda cordial del duende.
De todos modos, yo, como hombre y como poeta, tengo una gran capa pluvial, la
capa del «tú tienes la culpa», que cuelgo sobre los hombros de todo el que viene
a pedirme explicaciones a mí, a mí que no puedo explicar nada sino balbucir el
fuego que me quema.
No os voy a decir lo que es Nueva York por fuera, porque, juntamente con Moscú,
son las dos ciudades antagónicas sobre las cuales se vierte ahora un río de
libros descriptivos; ni voy a narrar un viaje, pero sí mi reacción lírica con
toda sinceridad y sencillez; sinceridad y sencillez dificilísimas a los
intelectuales pero fácil al poeta. Para venir aquí he vencido ya mi pudor
poético.
Los dos elementos que el viajero capta en la gran ciudad son: arquitectura
extrahumana y ritmo furioso. Geometría y angustia. En una primera ojeada, el
ritmo puede parecer alegría, pero cuando se observa el mecanismo de la vida
social y la esclavitud dolorosa de hombre y máquina juntos, se comprende aquella
típica angustia vacía que hace perdonable, por evasión, hasta el crimen y el
bandidaje.
Las aristas suben al cielo sin voluntad de nube ni voluntad de gloria. Las
aristas góticas manan del corazón de los viejos muertos enterrados; estas
ascienden frías con una belleza sin raíces ni ansia final, torpemente seguras,
sin lograr vencer y superar, como en la arquitectura espiritual sucede, la
intención siempre inferior del arquitecto. Nada más poético y terrible que la
lucha de los rascacielos con el cielo que los cubre. Nieves, lluvias y nieblas
subrayan, mojan, tapan las inmensas torres, pero estas, ciegas a todo juego,
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Señoras y señores: Siempre que hablo ante mucha gente me parece que me he equivocado de puerta. Unas manos amigas me han empujado y me encuentro aquí. La mitad de la gente va perdida entre telones, árboles pintados y fuentes de hojalata y, cuando creen encontrar su cuarto o círculo de tibio sol, se encuentran con un caimán que los traga o… con el público como yo en este momento. Y hoy no tengo más espectáculo que una poesía amarga, pero viva, que creo podrá abrir sus ojos a fuerza de latigazos que yo le dé. He dicho «un poeta en Nueva York» y he debido decir «Nueva York en un poeta». Un poeta que soy yo. Lisa y llanamente; que no tengo ingenio ni talento pero que logro escaparme por un bisel turbio de este espejo del día, a veces antes que muchos niños. Un poeta que viene a esta sala y quiere hacerse la ilusión de que está en su cuarto y que vosotros… ustedes sois mis amigos, que no hay poesía escrita sin ojos esclavos del verso oscuro ni poesía hablada sin orejas dóciles, orejas amigas donde la palabra que mana lleve por ellas sangre a los labios o cielo a la frente del que oye. De todos modos hay que ser claro. Yo no vengo hoy para entretener a ustedes. Ni quiero, ni me importa, ni me da la gana. Más bien he venido a luchar. A luchar cuerpo a cuerpo con una masa tranquila porque lo que voy a hacer no es una conferencia, es una lectura de poesías, carne mía, alegría mía y sentimiento mío, y yo necesito defenderme de este enorme dragón que tengo delante, que me puede comer con sus trescientos bostezos de sus trescientas cabezas defraudadas. Y esta es la lucha; porque yo quiero con vehemencia comunicarme con vosotros ya que he venido, ya que estoy aquí, ya que salgo por un instante de mi largo silencio poético y no quiero daros miel, porque no tengo, sino arena o cicuta o agua salada. Lucha cuerpo a cuerpo en la cual no me importa ser vencido. Convengamos en que una de las actitudes más hermosas del hombre es la actitud de san Sebastián. Así pues, antes de leer en voz alta y delante de muchas criaturas unos poemas, lo primero que hay que hacer es pedir ayuda al duende, que es la única manera de que todos se enteren sin ayuda de inteligencia ni aparato crítico, salvando de modo instantáneo la difícil comprensión de la metáfora y cazando, con la misma velocidad que la voz, el diseño rítmico del poema. Porque la calidad de una poesía de un poeta no se puede apreciar nunca a la primera lectura, y más esta clase de poemas que voy a leer que, por estar llenos de hechos poéticos dentro exclusivamente de una lógica lírica y trabados tupidamente sobre el sentimiento humano y la arquitectura del poema, no son aptos para ser comprendidos rápidamente sin la ayuda cordial del duende. De todos modos, yo, como hombre y como poeta, tengo una gran capa pluvial, la capa del «tú tienes la culpa», que cuelgo sobre los hombros de todo el que viene a pedirme explicaciones a mí, a mí que no puedo explicar nada sino balbucir el fuego que me quema. No os voy a decir lo que es Nueva York por fuera, porque, juntamente con Moscú, son las dos ciudades antagónicas sobre las cuales se vierte ahora un río de libros descriptivos; ni voy a narrar un viaje, pero sí mi reacción lírica con toda sinceridad y sencillez; sinceridad y sencillez dificilísimas a los intelectuales pero fácil al poeta. Para venir aquí he vencido ya mi pudor poético. Los dos elementos que el viajero capta en la gran ciudad son: arquitectura extrahumana y ritmo furioso. Geometría y angustia. En una primera ojeada, el ritmo puede parecer alegría, pero cuando se observa el mecanismo de la vida social y la esclavitud dolorosa de hombre y máquina juntos, se comprende aquella típica angustia vacía que hace perdonable, por evasión, hasta el crimen y el bandidaje. Las aristas suben al cielo sin voluntad de nube ni voluntad de gloria. Las aristas góticas manan del corazón de los viejos muertos enterrados; estas ascienden frías con una belleza sin raíces ni ansia final, torpemente seguras, sin lograr vencer y superar, como en la arquitectura espiritual sucede, la intención siempre inferior del arquitecto. Nada más poético y terrible que la lucha de los rascacielos con el cielo que los cubre. Nieves, lluvias y nieblas subrayan, mojan, tapan las inmensas torres, pero estas, ciegas a todo juego,

expresan su intención fría, enemiga de misterio, y cortan los cabellos a la lluvia o hacen visibles sus tres mil espadas a través del cisne suave de la niebla. La impresión de que aquel inmenso mundo no tiene raíz, os capta a los pocos días de llegar y comprendéis de manera perfecta cómo el vidente Edgar Poe tuvo que abrazarse a lo misterioso y al hervor cordial de la embriaguez en aquel mundo. Yo solo y errante evocaba mi infancia de esta manera: Aquellos ojos míos de mil novecientos diez no vieron enterrar a los muertos, ni la feria de ceniza del que llora por la madrugada, ni el corazón que tiembla arrinconado como un caballito de mar. Aquellos ojos míos de mil novecientos diez vieron la blanca pared donde orinaban las niñas, el hocico del toro, la seta venenosa y una luna incomprensible que iluminaba por los rincones los pedazos de limón seco bajo el negro duro de las botellas. Aquellos ojos míos en el cuello de la jaca, en el seno traspasado de Santa Rosa dormida, en los tejados del amor, con gemidos y frescas manos, en un jardín donde los gatos se comían a las ranas. Desván donde el polvo viejo congrega estatuas y musgos. Cajas que guardan silencio de cangrejos devorados. En el sitio donde el sueño tropezaba con su realidad. Allí mis pequeños ojos. No preguntarme nada. He visto que las cosas cuando buscan su curso encuentran su vacío. Hay un dolor de huecos por el aire sin gente y en mis ojos criaturas vestidas ¡sin desnudo! Yo, solo y errante, agotado por el ritmo de los inmensos letreros luminosos de Times Square , huía en este pequeño poema del inmenso ejército de ventanas donde ni una sola persona tiene tiempo de mirar una nube o dialogar con una de esas delicadas brisas que tercamente envía el mar sin tener jamás una respuesta: Asesinado por el cielo. Entre las formas que van hacia la sierpe y las formas que buscan el cristal, dejaré crecer mis cabellos. Con el árbol de muñones que no canta y el niño con el blanco rostro de huevo. Con los animalitos de cabeza rota y el agua harapienta de los pies secos. Con todo lo que tiene cansancio sordomudo y mariposa ahogada en el tintero. Tropezando con mi rostro distinto de cada día. ¡Asesinado por el cielo! Pero hay que salir a la ciudad y hay que vencerla, no se puede uno entregar a las reacciones líricas sin haberse rozado con las personas de las avenidas y con la baraja de hombres de todo el mundo. Y me lanzo a la calle y me encuentro con los negros. En Nueva York se dan cita las razas de toda la tierra, pero chinos, armenios, rusos, alemanes siguen siendo extranjeros. Todos menos los negros. Es indudable que ellos ejercen enorme influencia en Norteamérica y, pese a quien pese, son lo más espiritual y lo más delicado de aquel mundo. Porque creen, porque esperan, porque cantan y

coman las llantas del auto. En aquel hervor, sin embargo, hay un ansia de nación bien perceptible a todos los visitantes y, si a veces se dan en espectáculo, guardan siempre un fondo espiritual insobornable. Yo vi en un cabaret —Small Paradise — cuya masa de público danzante era negra, mojada y grumosa como una caja de huevas de caviar, una bailarina desnuda que se agitaba convulsamente bajo una invisible lluvia de fuego. Pero, cuando todo el mundo gritaba como creyéndola poseída por el ritmo, pude sorprender un momento en sus ojos la reserva, la lejanía, la certeza de su ausencia ante el público de extranjeros y americanos que la admiraba. Como ella era todo Harlem. Otra vez, vi a una niña negrita montada en bicicleta. Nada más enternecedor. Las piernas ahumadas, los dientes fríos en el rosa moribundo de los labios, la cabeza apelotonada con pelo de oveja. La miré fijamente y ella me miró. Pero mi mirada decía: «Niña, ¿por qué vas en bicicleta? ¿Puede una negrita montar en ese aparato? ¿Es tuyo? ¿Dónde lo has robado? ¿Crees que sabes guiarlo?». Y, efectivamente, dio una voltereta y se cayó con piernas y con ruedas por una suave pendiente. Pero yo protestaba todos los días. Protestaba de ver a los muchachillos negros degollados por los cuellos duros, con trajes y botas violentas, sacando las escupideras de hombres fríos que hablan como patos. Protestaba de toda esta carne robada al paraíso, manejada por judíos de nariz gélida y alma secante, y protestaba de lo más triste, de que los negros no quieran ser negros, de que se inventen pomadas para quitar el delicioso rizado del cabello, y polvos que vuelven la cara gris, y jarabes que ensanchan la cintura y marchitan el suculento kaki de los labios. Protestaba, y una prueba de ello es esta oda al rey de Harlem, espíritu de la raza negra, y un grito de aliento para los que tiemblan, recelan y buscan torpemente la carne de las mujeres blancas. Con una cuchara le arrancaba los ojos a los cocodrilos y golpeaba el trasero de los monos. Con una cuchara. Fuego de siempre dormía en los pedernales y los escarabajos borrachos de anís olvidaban el musgo de las aldeas. Aquel viejo cubierto de setas iba al sitio donde lloraban los negros mientras crujía la cuchara del rey y llegaban los tanques de agua podrida. Las rosas huían por los filos de las últimas curvas del aire y en los montones de azafrán los niños machacaban pequeñas ardillas con un rubor de frenesí manchado. Es preciso cruzar los puentes y llegar al rubor negro para que el perfume de pulmón nos golpee las sienes con su vestido de caliente piña. Es preciso matar al rubio vendedor de aguardiente, a todos los amigos de la manzana y de la arena, y es necesario dar con los puños cerrados a las pequeñas judías que tiemblan llenas de burbujas, para que el rey de Harlem cante con su muchedumbre, para que los cocodrilos duerman en largas filas bajo el amianto de la luna, y para que nadie dude la infinita belleza de los plumeros, los ralladores, los cobres y las cacerolas de las cocinas.

¡Ay, Harlem! ¡Ay, Harlem! ¡Ay, Harlem! No hay angustia comparable a tus rojos oprimidos, a tu sangre estremecida dentro del eclipse oscuro, a tu violencia granate, sordomuda en la penumbra, a tu gran rey prisionero con un traje de conserje. Tenía la noche una hendidura y quietas salamandras de marfil. Las muchachas americanas llevaban niños y monedas en el vientre y los muchachos se desmayaban en la cruz del desperezo. Ellos son. Ellos son los que beben el whisky de plata junto a los volcanes y tragan pedacitos de corazón por las heladas montañas del oso. Aquella noche el rey de Harlem, con una durísima cuchara le arrancaba los ojos a los cocodrilos y golpeaba el trasero de los monos. Con una cuchara. Los negros lloraban confundidos entre paraguas y soles de oro, los mulatos estiraban gomas ansiosos de llegar al torso blanco, y el viento empañaba espejos y quebraba las venas de los bailarines. Negros. Negros. Negros. Negros. La sangre no tiene puertas en vuestra noche boca arriba. No hay rubor. Sangre furiosa por debajo de las pieles, viva en la espina del puñal y en el pecho de los paisajes, bajo las pinzas y las retamas de la celeste luna de Cáncer. Sangre que busca por mil caminos muertes enharinadas y ceniza de nardo, cielos yertos, en declive, donde las colonias de planetas rueden por las playas, con los objetos abandonados. Sangre que mira lenta con el rabo del ojo, hecha de espartos exprimidos y néctares subterráneos. Sangre que oxida al alisio descuidado en una huella y disuelve a las mariposas en los cristales de la ventana. Es la sangre que viene, que vendrá por los tejados y azoteas, por todas partes, para quemar la clorofila de las mujeres rubias, para gemir al pie de las camas ante el insomnio de los lavabos, y estrellarse en una aurora de tabaco y bajo amarillo. ¡Hay que huir!, huir por las esquinas y encerrarse en los últimos pisos porque el tuétano del bosque penetrará por las rendijas para dejar en vuestra carne una leve huella de eclipse y una falsa tristeza de guante desteñido y rosa química. Es por el silencio sapientísimo cuando los cocineros y los camareros y los que limpian con la lengua las heridas de los millonarios buscan al rey por las calles o en los ángulos del salitre. Un viento sur de madera, oblicuo en el negro fango, escupe a las barcas rotas y se clava puntillas en los hombros. Un viento sur que lleva colmillos, girasoles, alfabetos

ansia divina de bombardear todo aquel desfiladero de sombra por donde las ambulancias se llevaban a los suicidas con las manos llenas de anillos. Por eso yo puse allí esta danza de la muerte. El mascarón típico africano, muerte verdaderamente muerta, sin ángeles ni resurrexit, muerte alejada de todo espíritu, bárbara y primitiva como los Estados Unidos que no han luchado ni lucharán por el cielo. El mascarón. Mirad el mascarón cómo viene del África a New York. Se fueron los árboles de la pimienta, los pequeños botones de fósforo. Se fueron los camellos de carne desgarrada y los valles de luz que el cisne levantaba con el pico. Era el momento de las cosas secas: de la espiga en el ojo y el gato laminado; del óxido de hierro de los grandes puentes y el definitivo silencio del corcho. Era la gran reunión de los animales muertos traspasados por las espadas de la luz. La alegría eterna del hipopótamo con las pezuñas de ceniza y de la gacela con una siempreviva en la garganta. En la marchita soledad sin onda el abollado mascarón danzaba. Medio lado del mundo era de arena, mercurio y sol dormido el otro medio. El mascarón. ¡Mirad el mascarón! Arena, caimán y miedo sobre Nueva York. Desfiladeros de cal aprisionaban un cielo vacío donde sonaban las voces de los que mueren bajo el guano. Un cielo mondado y puro, idéntico a sí mismo, con el bozo y lirio agudo de sus montañas invisibles. Acabó con los más leves tallitos del canto y se fue al diluvio empaquetado de la savia, a través del descanso de los últimos desfiles levantando con el rabo pedazos de espejo. Cuando el chino lloraba en el tejado sin encontrar el desnudo de su mujer, y el director del banco observaba el manómetro que mide el cruel silencio de la moneda, el mascarón llegaba a Wall Street. No es extraño para la danza este columbario que pone los ojos amarillos. De la esfinge a la caja de caudales hay un hilo tenso que atraviesa el corazón de todos los niños pobres. El ímpetu primitivo baila con el ímpetu mecánico, ignorantes en su frenesí de la luz original. Porque si la rueda olvida su fórmula ya puede cantar desnuda con las manadas de caballos, y si una llama quema los helados proyectos el cielo tendrá que huir ante el tumulto de las ventanas. No es extraño este sitio para la danza. Yo lo digo. El mascarón bailará entre columnas de sangre y de números, entre huracanes de oro y gemidos de obreros parados que aullarán, noche oscura, por tu tiempo sin luces.

¡Oh salvaje Norteamérica! ¡Oh impúdica! ¡Oh salvaje! Tendida en la frontera de la nieve. El mascarón. ¡Mirad el mascarón! ¡Qué ola de fango y luciérnagas sobre Nueva York! Yo estaba en la terraza luchando con la luna. Enjambres de ventanas acribillaban un muslo de la noche. En mis ojos bebían las dulces vacas de los cielos y las brisas de largos remos golpeaban los cenicientos cristales del Broadway. La gota de sangre buscaba la luz de la yema del astro para fingir una muerta semilla de manzana. El aire de la llanura, empujado por los pastores, temblaba con un miedo de molusco sin concha. Pero no son los muertos los que bailan. Estoy seguro. Los muertos están embebidos devorando sus propias manos. Son los otros los que bailan con el mascarón y su vihuela. Son los otros, los borrachos de plata, los hombres fríos, los que duermen en el cruce de los muslos y llamas duras, los que buscan la lombriz en el paisaje de las escaleras, los que beben en el banco lágrimas de niña muerta, o los que comen por las esquinas diminutas pirámides del alba. ¡Que no baile el Papa! ¡No, que no baile el Papa! Ni el Rey, ni el millonario de dientes azules, ni las bailarinas secas de las catedrales, ni constructores, ni esmeraldas, ni locos, ni sodomitas. Solo este mascarón. Este mascarón de vieja escarlatina. ¡Solo este mascarón! Que ya las cobras silbarán por los últimos pisos. Que ya las ortigas estremecerán patios y terrazas. Que ya la Bolsa será una pirámide de musgo. Que ya vendrán lianas después de los fusiles y muy pronto, muy pronto, muy pronto. ¡Ay, Wall Street! El mascarón. ¡Mirad el mascarón! ¡Cómo escupe veneno de bosque por la angustia imperfecta de Nueva York! Y la multitud. Nadie puede darse cuenta exacta de lo que es una multitud neoyorquina; es decir, lo sabía Walt Whitman que buscaba en ella soledades, y lo sabe T. S. Eliot que la estruja en un poema, como un limón, para sacar de ella ratas heridas, sombreros mojados y sombras fluviales. Pero, si a esto se une que esa multitud está borracha, tendremos uno de los espectáculos vitales más intensos que se pueden contemplar. Coney Island es una gran feria a la cual los domingos de verano acuden más de un millón de criaturas. Beben, gritan, comen, se revuelcan y dejan el mar lleno de periódicos y las calles abarrotadas de latas, de cigarros apagados, de mordiscos, de zapatos sin tacón. Vuelve la muchedumbre de la feria cantando y vomita en grupos de cien personas apoyadas sobre las barandillas de los embarcaderos, y orina en grupos de mil en los rincones, sobre los barcos abandonados y sobre los monumentos de Garibaldi o el soldado desconocido. Nadie puede darse idea de la soledad que siente allí un español y más todavía si este es hombre del sur. Porque, si te caes, serás atropellado, y, si resbalas al agua, arrojarán sobre ti los papeles de las meriendas.

recordé aquella otra niña granadina que vi yo sacar del aljibe, las manecitas enredadas en los garfios y la cabeza golpeando contra las paredes, y las dos niñas, Mary y la otra, se me hicieron una sola que lloraba sin poder salir del círculo del pozo dentro de esa agua parada que no desemboca nunca: Las estatuas sufren con los ojos por la oscuridad de los ataúdes, pero sufren mucho más por el agua que no desemboca. … que no desemboca. El pueblo corría por las almenas rompiendo las cañas de los pescadores. ¡Pronto! ¡Los bordes! ¡Deprisa! Y croaban las estrellas tiernas. … que no desemboca. Tranquila en mi recuerdo, astro, círculo, meta, lloras por las orillas de un ojo de caballo. … que no desemboca. Pero nadie en lo oscuro podrá darte distancias sino afilado límite: porvenir de diamante. … que no desemboca. Mientras la gente busca silencios de almohada tú lates para siempre definida en tu anillo. … que no desemboca. Eterna en los finales de unas ondas que aceptan combate de raíces y soledad prevista. … que no desemboca. ¡Ya vienen por las rampas! ¡Levántate del agua! ¡Cada punto de luz te dará una cadena! … que no desemboca. Pero el pozo te alarga manecitas de musgo insospechada ondina de su casta ignorancia. … que no desemboca. No, que no desemboca. Agua fija en un punto. Respirando con todos sus violines sin cuerdas en la escala de las heridas y los edificios deshabitados. ¡Agua que no desemboca! Con la niña muerta ya no podía estar en la casa. Stanton comía con cara triste la miel de arce que había dejado su hermana, y las divinas señoritas de Tyler estaban como locas en el bosque haciendo fotos del otoño para obsequiarme. Yo bajaba al lago y el silencio del agua, el cuco, etc., etc., hacía que no pudiera estar sentado de ninguna manera porque en todas las posturas me sentía litografía romántica con el siguiente pie: «Federico dejaba vagar su pensamiento». Pero, al fin, un espléndido verso de Garcilaso me arrebató esta testarudez plástica. Un verso de Garcilaso: «Nuestro ganado pace. El viento espira.» Y nació este poema doble del lago de Eden Mills. Era mi voz antigua, ignorante de los densos jugos amargos, la que vino lamiendo mis pies bajo los frágiles helechos mojados. ¡Ay voz antigua de mi amor! ¡Ay voz de mi verdad! ¡Ay voz de mi abierto costado, cuando todas las rosas manaban de mi lengua

y el césped no conocía la impasible dentadura del caballo! Estás aquí bebiendo mi sangre, bebiendo mi humor de niño pasado, mientras mis ojos se quiebran en el viento con el aluminio y las voces de los borrachos. Déjame pasar la puerta donde Eva come hormigas y Adán fecunda peces deslumbrados. Déjame pasar, hombrecillo de los cuernos, al bosque de los desperezos y los alegrísimos saltos. Yo sé el uso más secreto que tiene un viejo alfiler oxidado y sé del horror de unos ojos despiertos sobre la superficie concreta del plato. Pero no quiero mundo ni sueño, voz divina, quiero mi libertad, mi amor humano en el rincón más oscuro de la brisa que nadie quiera. ¡Mi amor humano! Esos perros marinos se persiguen y el viento acecha troncos descuidados. ¡Oh voz antigua, quema con tu lengua esta voz de hojalata y de talco! Quiero llorar porque me da la gana, como lloran los niños del último banco, porque yo no soy un hombre, ni un poeta, ni una hoja, pero sí un pulso herido, que ronda las cosas del otro lado. Quiero llorar diciendo mi nombre, rosa, niño y abeto, a la orilla de este lago, para decir mi verdad de hombre de sangre matando en mí la burla y la sugestión del vocablo. No, no. Yo no pregunto, yo deseo. Voz mía libertada que me lames las manos. En el laberinto de biombos es mi desnudo el que recibe la luna de castigo y el reloj encenizado. Así hablaba yo. Así hablaba yo cuando Saturno detuvo los trenes y la bruma y el Sueño y la Muerte me estaban buscando. Me estaban buscando allí donde mugen las vacas que tienen patitas de paje y allí donde flota mi cuerpo entre los equilibrios contrarios. Se termina el veraneo porque Saturno detiene los trenes, y he de volver a Nueva York. La niña ahogada, Stanton niño «come-azúcar», los caballos ciegos y las señoritas pantalonísticas me acompañan largo rato. El tren corre por la raya del Canadá y yo me siento desgraciado y ausente de mis pequeños amigos. La niña se aleja por el pozo rodeada de ángeles verdes, y en el pecho del niño comienza a brotar, como el salitre en la pared húmeda, la cruel estrella de los policías norteamericanos. Después… otra vez el ritmo frenético de Nueva York. Pero ya no me sorprende, conozco el mecanismo de las calles, hablo con la gente, penetro un poco más en la vida social y la denuncio. Y la denuncio porque vengo del campo y creo que lo más importante no es el hombre. El tiempo pasa; ya no es hora prudente de decir más poemas y nos tenemos que marchar de Nueva York. Dejo de leer los poemas de la Navidad y los poemas del

¡Oh Cuba! ¡Oh ritmo de semillas secas! Iré a Santiago. ¡Oh cintura caliente y gota de madera! Iré a Santiago. Arpa de troncos vivos. Caimán. Flor de tabaco. Iré a Santiago. Siempre he dicho que yo iría a Santiago en un coche de agua negra. Iré a Santiago. Brisa y alcohol en las ruedas, iré a Santiago. Mi coral en la tiniebla, iré a Santiago. El mar ahogado en la arena, iré a Santiago. Calor blanco, fruta muerta, iré a Santiago. ¡Oh bovino frescor de cañavera! ¡Oh Cuba! ¡Oh curva de suspiro y barro! Iré a Santiago.